Última versión de «Pinochet nos jodió a todos». Capítulo incluido en «Las Huellas de una Huida».

Siempre me pregunto cómo habrá sido vivir con los zapatos de mi padre en esos años, durante el período marcado entre los años 1970 y 1990, o desde 1973 hasta el 1980, o quizás -para ponerme exquisito y agregar un condimento-, entre el 11 de septiembre del año 1973 y los días posteriores al Golpe militar. Ya anciano y pocos días antes de morir, -y esto ya lo he escrito antes, pero vuelve a surgir pidiendo otra versión, otra costra, otra intentona porque lo que me resultó antes parece no haber alcanzado una altura razonable, me he quedado corto frente a las expectativas, como si me hubiera censurado, como si no me hubiera atrevido a tocar la carne cruda- mi padre, anciano y decaído, me confesó con un dejo de amargura los años que le dolían, los años que le pasaban la cuenta:

-Pinochet nos jodió a todos, mijito….

La confesión de mi padre, tan directa como inesperada, destapó una historia de decisiones silenciosas que zanjaron el destino de nuestra familia. Me pregunto si, al aceptar un cargo bajo un régimen que desarraigaba ideales y exiliaba afectos, no solo buscaba sobrevivir profesionalmente, sino también garantizar una estabilidad que creía necesaria para protegernos. Quizás pensaba que su sacrificio personal equilibraría las grietas abiertas entre el deber y la lealtad.

Su vida parecía un péndulo constante entre el pragmatismo y el arrepentimiento, entre las decisiones que lo definieron y las que lo marcaron como traidor ante los ojos de muchos. Tal vez esa dualidad era también su forma de resistir, de preservar una esencia que no quería perder bajo el peso de las circunstancias. Cuando me hablaba de aquellos años, su voz temblaba al recordar los rostros de quienes quedaron atrás, de los colegas que alguna vez lo respetaron, pero que luego se distanciaron.

Escribir sobre él me ayuda a descifrar las capas de su historia, a entender las razones que nunca quiso compartir por completo. Me hace pensar en los silencios que se acumulan como polvo en los rincones de una habitación en nuestra casa de Avenida Suecia 1521, en las decisiones que, aunque necesarias, dejan heridas que ni el tiempo puede sanar. En los recuerdos fragmentados de mi padre, encontré a un hombre que intentaba sostener todo aquello que se derrumbaba a su alrededor. Quizás, entonces, escribir sea más que una tarea personal; es un ejercicio de memoria colectiva. Es un intento por capturar las voces, las pequeñas verdades que no encontraron espacio en los discursos oficiales. Es mi forma de entender las fisuras de mi historia familiar, de reconciliarme con los errores y las aspiraciones de quienes me precedieron. Porque, a final de cuentas, las palabras no solo reconstruyen el pasado, sino que también lo redimen de la oscuridad del olvido.

Lo miré, y le pregunté por qué decía eso, has hecho una buena carrera como médico, le aseguré. Pero entonces, como si ya hubiesen pasado demasiados años, como si todos estuvieran muertos y enterrados, eternos, me miró con una expresión que parecía decirme que le estaba vendiendo otra pomada. No me lo dijo, ni tampoco preguntó: ¿a quién saliste tan inteligente, Pablito? Simplemente escuchó mis explicaciones mientras yacía en su cama, probando jugo de naranjas.

Una ventisca fresca se coló por el ventanal del cuarto que lo hizo mirar hacia la puerta que se cerró violentamente, de portazo. Sin encontrar una imagen clara sobre el destino final de su carrera -sobre el éxito o el fracaso de su vida médica- se sintió anciano y derrotado, al margen del mundo, sin mucho que decir. Levantó sus brazos, dejó el vaso de jugo de naranjas vacío sobre el velador y se acomodó un almohadón en la cabecera de su cama.

Al reflexionar sobre el peso de las palabras y las decisiones en nuestra historia familiar, me pregunto si su silencio no fue más que un escudo, una forma de enfrentar lo inabordable sin perder completamente el rumbo. Mi padre, un hombre de ciencia y convicciones mezcladas, difícil de desentrañar, parecía vivir atrapado entre dos mundos: uno que exige respuestas concretas y otro que demanda lealtades inherentes, aunque incómodas. En sus relatos fragmentados y ocasionales confesiones, la figura de Pinochet era omnipresente, como una sombra que se extendía sobre sus logros y también sobre sus remordimientos.

Recuerdo que, en los días más grises, solía hablar de cómo las decisiones que tomó, aunque pragmáticas, lo alejaron de sus propios ideales. Era como si cada paso que daba hacia adelante estuviera cargado de un eco de lo que dejó atrás, de las personas que pudo ayudar y no lo hizo, de las relaciones dinamitadas por la exigencia del momento. Quizás, en el fondo, entendía que su posición como médico no solo lo colocaba en un pedestal de respeto, sino también en una encrucijada moral.

En los años 70, la sociedad chilena estaba profundamente dividida, y en nuestra familia ocurrió algo similar. Estábamos partidos: mis padres eran opositores a Salvador Allende, mientras que mi hermano mayor, Felipe, era un fervoroso seguidor suyo. Fueron tiempos en que la tensión nunca se disipó, simplemente crecía sin tocar fondo e invadía las conversaciones políticas en nuestro hogar; la tensión se impregnó en la rutina misma, en lo que se decía y lo que quedaba por decir. Cada decisión, cada palabra no pronunciada parecía llevar consigo el peso de una historia que aún luchaba por encontrar su lugar. Tal vez escribir sobre ello sea mi forma de buscar respuestas, de dar sentido a las piezas inconexas de un legado que, aunque marcado por contradicciones, continúa resonando en los hilos de mi memoria.

A menudo me pregunto si el silencio y las decisiones que mi padre tomó en esos años fueron una estrategia para sobrevivir, una forma de protegernos a todos de un contexto que no daba espacio para cuestionamientos. ¿Cómo reconciliar un rol profesional con un régimen que transformaba cada elección en un acto de complicidad? Tal vez lo que más dolía era la incapacidad de ser completamente transparente sobre aquello que pesaba en su espíritu. En los días más oscuros, su mirada parecía buscar respuestas en algún rincón de nuestra casa, como si los recuerdos pudieran ofrecerle algún consuelo.

En una ocasión, durante una conversación que parecía comenzar como tantas otras, mi padre mencionó algo que nunca olvidaré. Me dijo que los compromisos que había asumido en su rol como director del Instituto de Neurocirugía no solo estaban teñidos de pragmatismo, sino también de sacrificios que él mismo no podía justificar. Nunca se trató solo de lealtad al régimen, Pablo, dijo en voz baja, era también una cuestión de mantener el equilibrio entre lo que podía hacer y lo que no debía hacer.

En ese instante, entendí que había una grieta en su narrativa, un espacio donde el hombre científico y el hombre moral comenzaban a separarse. Mi padre, que siempre había buscado soluciones claras y precisas en su profesión, parecía extraviado ante las contradicciones que traían los tiempos turbulentos. Su figura, que solía proyectar autoridad y certeza, empezaba a desmoronarse bajo el peso de las decisiones tomadas en circunstancias que lo superaban.

Mi padre nunca fue partidario de Salvador Allende, pero su jefe y mentor, el doctor Alfonso Asenjo, sí lo fue. No solo lo apoyaba, sino que era su amigo personal, su compadre. De manera que, llegado ese fatídico 11 de septiembre del año 1973, Asenjo sin demora fue removido de su cargo como director del Instituto de Neurocirugía –el mismo Instituto que él había fundado- para ser despachado hacia su casa y después forzado hacia un exilio cruel y miserable. Mientras ocurría todo eso, mi padre aceptaba el puesto que le ofrecía el dictador, reemplazando a su jefe, a su mentor. Al mismo tiempo, despedía a uno de sus hijos, mi hermano mayor, Felipe, quien partía al exilio en Alemania para evitar las persecuciones y la violencia que llegaba por haber sido partidario de Salvador Allende. Aquello golpeó a mi padre con fuerza. Lo ocurrido con Asenjo manchó su legado, y muchos colegas le retiraron el saludo; no le dirigieron la palabra nunca más. Por eso, la frase que escogió pocos días antes de morir sigue resonando con peso, con una certeza dolorosa: Pinochet nos jodió a todos, mijito.

En el Instituto, las notas y reportes se apilaban alrededor de una calavera que tenía como adorno sobre su escritorio, pero los documentos más importantes eran los que nunca logró firmar: las solicitudes de intervención, los pedidos de ayuda que no podía atender sin enfrentarse al régimen. Recuerdo verlo revisar esos papeles como si buscaran respuestas en el desgastado papel. Quizás esas hojas eran también testigos de las contradicciones que lo habían atormentado desde el inicio. En el fondo de mi corazón, sabía que aquel hombre al volante no conducía solo un auto; manejaba el peso de su historia, de las decisiones que había tomado y de las que no había tomado. Pinochet nos jodió a todos, mijito, arrastra un registro triste pero auténtico: su legado había desaparecido. Años después, cuando dejó de trabajar, nadie lo llamó y él tampoco llamó a nadie. Ya se había retirado y sus colegas nunca le dieron un reconocimiento.

A lo largo de esos años, el aire en la casa estaba cargado de una especie de melancolía latente mezclada con la tensión que traían los tiempos. Mi padre intentaba seguir adelante, dejando atrás las decisiones difíciles que había tomado, mientras que nosotros, su familia, mirábamos con curiosidad y a veces con incomprensión el peso que cargaba sobre sus hombros. Aunque nunca lo decía directamente, era evidente que sus días como director del Instituto no solo marcaron su vida profesional, sino que también dejaron cicatrices profundas en su espíritu. En las reuniones familiares, su figura proyectaba una mezcla de autoridad y fragilidad que, sin duda, era reflejo de esa dualidad entre el hombre de ciencia y aquel que trataba de reconciliarse con el turbulento pasado político del país.

Recuerdo que mi madre, ya viuda, reconoció lo poco que habían hecho por Asenjo, lo poco que habían hecho para ayudarlo frente a las humillaciones que tuvo que soportar. Durante una de mis visitas a Chile, en una noche larga, me lo confesó en voz baja. Me contó que aquella tarde había estado hablando por teléfono con la señora de Asenjo: Cuando le pregunté qué cómo estaban. Ella me contestó que justo en ese momento estaban siendo allanados por una patrulla militar. Y yo no hice nada, Pablito, no hicimos nada, pese a que podríamos haber hecho algo, pero no lo hicimos.

No entiendo cómo pudo ocurrir una conversación así, cómo pudo hablar con la señora de Asenjo cuando las relaciones estaban interrumpidas, cuando no existían. Esa fue otra interrogante que se me quedó colgando, que no resolví porque todo me parecía demasiado descabellado.

Tal vez hay que dejar que el tiempo pase para permitir que esas preguntas cobren vida, para que maduren, se muevan y terminen entregando una amarga respuesta.

Mi padre, sin embargo, nunca exteriorizó completamente sus remordimientos ni sus reflexiones sobre aquellos días. Lo que sí dejó entrever fue una especie de lucha interna, un eterno vaivén entre la lealtad a su familia, las exigencias de su profesión y los compromisos que lo ataban al régimen. En ocasiones, su silencio parecía más elocuente que cualquier confesión. A veces lo encontraba sentado en la sala, revisando a la distancia las fotografías de nosotros. En una nos podía ver sentados en una banca de la piscina del Estadio Italiano. Y las repasaba como si tratara de encontrar algún significado enterrado entre los rostros estáticos y los momentos congelados en papel. Me daba la impresión de que intentaba reconciliarse, al menos en su mente, con las decisiones que lo habían llevado a donde estaba.

La atmósfera en nuestro hogar, lejos de ser tranquila, era como un microcosmos de lo que ocurría en el país. Mientras mi madre intentaba mantener cierta normalidad, las conversaciones a menudo terminaban en discusiones cuando se tocaban temas políticos. El peso del exilio de mi hermano Felipe era una presencia constante, un recordatorio silencioso de las fracturas que nos acompañaban. Y aunque nunca se dijo abiertamente, había una sensación de que todo lo que sucedía—la tensión, los silencios, incluso los momentos de aparente calma—no era más que un eco de los conflictos que mi padre llevaba dentro de sí mismo.

Años después, escuché una entrevista a Leonard Cohen, en un DVD que compré en la librería Barnes & Noble, cerca de mi casa. La vi y recordé a mi padre. Era un tributo que le hicieron en el año 2005 (Leonard Cohen: I’m your Man), donde varios artistas se reunieron para rendirle homenaje, interpretar sus canciones y al final entrevistarlo. En ese diálogo, Cohen menciona a un general indio que, dispuesto a la batalla, divisa en el bando contrario a sus parientes, sus tíos, sus amigos, incluso a sus educadores, aquellos que lo habían formado. Desolado, el general le pregunta a Krishna, el representante de la divinidad: ¿Qué hago ahora, maestro? Y este le responde: Tú nunca resuelves las circunstancias que te han llevado a este momento. Eres un guerrero, estás regido por las circunstancias que yo he determinado para ti. Anda y cumple con tu deber, eres un guerrero.

Juan hizo lo mismo. Fue un guerrero y reemplazó a su mentor sin mayores miramientos, mientras muchos médicos le quitaban el saludo por golpista, por su asociación con la dictadura de Pinochet. Presencié la tensión por la que atravesó en esos años; para algunos, sobrevivía como un ambivalente; para otros, sus enemigos declarados, flotaba entre ambos extremos como un chueco, sin encarnar realmente a un hombre de izquierda ni tampoco de derecha, con amigos y enemigos en cada rincón del espectro, siempre jugando a ganador, siempre a flote, como un corcho. Para algunos, quizás mi padre se paseaba por el mundo como un oportunista desleal, un traidor, o simplemente como un amarillo, sin comprometerse por completo. Pero a mi padre le preocupaba su legado en la familia, cómo lo recordaríamos nosotros, sus hijos e hija. Creo que ese interés precipitó su renuncia en 1977, a la dirección del Instituto de Neurocirugía. Ya no podía continuar representando al régimen, se le hacía insostenible. Mi madre me contó años después -tienen que pasar muchos años para hablar de ciertas cosas – que Patricio Cariola, un jesuita amigo, lo había visitado en su oficina para contarle sobre algunos trabajadores del Instituto que estaban siendo detenidos. ¿Conocía mi padre esos abusos? En esos días, Cariola ya estaba firmemente comprometido como defensor de los derechos humanos, apoyando a los perseguidos por el régimen. Esa visita cambió todo, cruzó la línea roja que mi padre podía, o sabía soportar. Si no lograba defenderlos, tenía que renunciar, debía hacerlo, ya no le quedaba alternativa. No podía escudarse diciendo que no sabía nada, que nunca supo nada. Recuerdo a mi padre conduciendo el auto -muchos eventos y conversaciones importantes me han ocurrido sentado en un auto- cuando me lo preguntó:

– ¿Renuncio al Instituto, mijito?

Guardé silencio, pensé en mi hermano Felipe que vivía con su familia en Alemania. No podía responderle, no sabía cómo hacerlo. Su rostro proyectaba una mezcla de cansancio e incertidumbre, una sombra del hombre que solía ser. Miré a través de las ventanas sucias y le respondí que sí, que mejor renunciara. De seguro lo había consultado con algunos conocidos, con Patricio Cariola, o con Ximena, pero me gustó que me lo preguntara, y que lo hiciera cuando estábamos los dos solos atravesando calles que en ese momento me parecieron distantes y desconocidas. Fue una pregunta que me llegó como un paréntesis y que respondí pensando en el futuro, porque de pasado no tenía nada, todavía era pequeño. No sabía que, al llegar a cierta edad, ocurre todo lo contrario, los años del futuro se hacen cortos y uno, inevitablemente, es empujado a mirar hacia atrás para sacar las cuentas, para revisar, sumar, restar, para mover las piezas de ese rompecabezas que ha sido nuestra vida. Su pregunta se me ha quedado suspendida en el aire, como un eco que después de tantos años, todavía reverbera en los rincones de mi memoria; ¿renuncio al Instituto, mijito?

A medida que los días pasaban, aquellas palabras cobraron peso para convertirse, más que en una consulta, en una confesión velada. Mi padre se había encontrado en una encrucijada entre lo que era políticamente aceptable y lo que su conciencia le permitía soportar. La decisión de renunciar no había surgido del vacío; estaba impregnada de años de tensión acumulada, de silencios prolongados y sacrificios inconfesables.

A medida que el tiempo avanzaba, los recuerdos de aquella época sombría seguían impregnando cada rincón de nuestras conversaciones y silencios familiares. Mi padre, siempre inclinado a la introspección, desarrolló una relación peculiar con el pasado: no lo rechazaba del todo, pero tampoco lo abrazaba. Era como si mantuviera una danza constante entre la culpa y el intento de justificar sus actos, entre su papel como médico y como ciudadano en un país fracturado.

Las fotografías que veíamos sobre una mesa de una superficie de piedra, o sobre la chimenea en la casa de Algarrobo, eran testigos mudos de una dinámica familiar en la que el peso político jamás dejó de influir. Los retratos de mi hermano Felipe, exiliado, y las imágenes de reuniones con colegas o autoridades del régimen eran un contraste entre la normalidad aparente y las cicatrices invisibles de un tiempo en el que actuar o callar podían tener consecuencias impredecibles. Sin embargo, mi padre nunca fue un hombre de extremos. Siempre navegó en aguas grises, un sobreviviente en un entorno donde tomar partido significaba arriesgarlo todo.

En los días más tensos, los momentos de alivio me parecían casi irreales. La música, en particular, se convirtió para mí en un refugio, y no era raro que escuchara a Leonard Cohen, Simon & Garfunkel, o a Mercedes Sosa resonando en los cuartos de la casa. Quizás esas voces entendían mejor que nadie los dilemas que enfrentaba mi padre: la necesidad de actuar frente a la injusticia y la incapacidad, o falta de voluntad, de hacerlo completamente. La letra de canciones como «Suzanne» o «Solo le pido a Dios» parecía reflejar las preguntas que él nunca se atrevió a formular en voz alta.

A pesar de todo, y de las circunstancias que lo rodearon, mi padre buscó preservar algo de dignidad en su legado. Intentó dejar una huella profesional que trascendiera los años más oscuros, aunque el reconocimiento que deseaba nunca llegó de la forma que él imaginaba. Sus colegas, sus enemigos, incluso los que alguna vez lo admiraron, parecían haber decidido que su contribución a la neurocirugía quedaría eclipsada por los aspectos más controvertidos de su vida. Y él, un hombre atrapado entre la historia y la memoria, siguió buscando las palabras que quizás jamás serían suficientes para explicarse a sí mismo.

Su vínculo con la comunidad médica internacional fue otro aspecto importante. Las cartas llegaban de todos lados, algunas con felicitaciones sinceras y otras con comentarios que reflejaban las divisiones del entorno político. Era evidente que mi padre estaba creando una red de aliados y detractores, como si su vida profesional también fuese una especie de tablero de ajedrez donde se movían piezas cuidadosamente calculadas.

En este contexto, los viajes a congresos al extranjero adquirieron una importancia simbólica. Para Juan, no eran solo oportunidades de aprendizaje y exposición académica, sino también momentos de reivindicación. Cada presentación, cada debate científico o charla que dictaba, se convertía en una declaración de identidad y de resistencia, una forma de demostrar que su voz seguía siendo relevante, pese a los intentos por silenciarla.

Los odios y los desencuentros con el doctor Asenjo nunca dieron tregua. En un Congreso de Neurocirugía celebrado en Europa, coincidieron en el Hotel principal, donde ocurrió un bochornoso incidente, algo que Ximena me contó solo hace pocos años. Mi padre nunca lo mencionó, nunca dijo nada: ¿Otro secreto de familia?

Estábamos en su departamento hablando de esos años, ordenando fotos, cartas, recuerdos, cuando mi madre, sin motivo aparente, me preguntó si acaso yo sabía.

-Saber qué -le respondí.

Ahí me confesó lo ocurrido con Asenjo. Me dijo que después de hablar con los organizadores del Simposio, él había logrado que ellos junto mi hermana Francisca fueran obligados a mudarse del hotel donde se celebraba la conferencia, forzándolos a trasladarse hacia otro, distante, lejano, periférico. Fue tremendo y humillante, me confesó mi madre mientras movía unos recortes de periódicos añejos. Ya habían pasado muchos años, y por fin podía hablar sin rabia. Imaginé a mi padre caminando solo por los salones, por los

pasillos de la conferencia. Vi -o imaginé- como algunos médicos se levantaban de sus asientos cuando le llegaba el turno para presentar su trabajo. Pero la venganza de mi padre no tardó en llegar. Al regresar a Chile, contactó a periodistas amigos -como Emilio Filippi- para que divulgaran su participación en esos dos eventos. Las publicaciones hablaban de un gran éxito internacional para la medicina chilena. Un golpe que, sin duda, el doctor Asenjo debió sentir como una bofetada.

El jueves 29 de septiembre de 1977, el diario Las Últimas Noticias publicó una nota sobre los dos exitosos Congresos de Neurocirugía a los que asistió mi padre. El titular decía: Importante participación de Chile en dos Congresos Internacionales. Con grandes halagos, mencionaban como el delegado chileno, el doctor Fierro, en representación del Ministerio de Salud, había presentado con gran éxito trabajos en el XI Congreso de Hidatidosis celebrado en Atenas, y luego en París, en el Congreso de Cirugía de Urgencia. En el artículo lo citaban como jefe del Servicio de Urgencia del Instituto, ya que había renunciado a su dirección. Esa promoción en los periódicos no fue casualidad. Mi padre buscaba reforzar su imagen porque en esos años, si no estabas con el régimen, con Pinochet, con la dictadura, entonces estabas contra ellos. Firmabas como contrincante, un enemigo al que había que neutralizar. Al renunciar como director del Instituto, había dejado en su lugar al doctor Reinaldo Poblete, un firme partidario del régimen, seguidor de Pinochet. No tengo claro quién lo protegió, cómo lo hizo, porque renunciar fue un acto de agresividad y hasta de provocación, porque no solo renunció como director, pero siguió trabajando en el Instituto, y nada le ocurrió a él ni a ninguno de nosotros. Muy extraño, ese es un enigma que no tiene una respuesta clara, el rompecabezas se me queda incompleto, cojo, sin resolución.

Esa fue una de las tantas batallas invisibles que libró en su vida profesional y personal. Su habilidad para navegar entre las aguas turbulentas de la política y la medicina fue admirable, pero también lo sumió en una constante tensión interna. Recuerdo que, durante esa época, sus noches de insomnio se volvieron más frecuentes. Muchas veces lo encontré tendido sobre su cama, rodeado de una pila de periódicos y revistas, cartas, buscando respuestas o simplemente tratando de entender el laberinto en el que se encontraba. Quizás, en esos momentos, la lucha ya no era contra el sistema, sino contra las propias dudas que lo asediaban.

A medida que el clima político se volvía más opresivo, mi padre encontraba refugio en los pequeños gestos de resistencia diaria. Aunque no hablaba de ello abiertamente, sus actos demostraban una lucha interna entre adaptarse o luchar por sus principios. Recuerdo una tarde en que, al regresar a casa, trajo consigo un pequeño recorte de periódico escondido entre los pliegues de su chaqueta. Era un artículo que hablaba sobre el sacerdote Fernando Salas perseguido por la dictadura por su dedicación a los derechos humanos y la protección que brindaba a los perseguidos. Fernando, secretamente se había refugiado en nuestra casa de Algarrobo para evitar ser encontrado por los servicios represivos de Pinochet que le seguían la pista. Eso fue algo que, en aquellos días, podría haber puesto en peligro la vida de cualquiera. Sin decir palabra, dejó el papel sobre la mesa, fue como un recordatorio silencioso de que la verdad siempre encontraba formas de manifestarse, incluso en los momentos más oscuros.

Los años bajo Pinochet fueron dramáticos. A nuestra casa llegaban amigos de los más variados rincones del espectro político chileno, de izquierda y de derecha. El común denominador entre ellos era que vivían con intensidad, con una urgencia que parecía dictada por el momento histórico. Recuerdo que pocos días después del 11 de septiembre, llegó a visitarnos como un escolar cualquiera, don René Silva Espejo, el todopoderoso periodista, director del diario El Mercurio y acérrimo enemigo de Salvador Allende y su gobierno. Y pese a todo lo que uno pudiera imaginar, ese hombre de derecha, partidario del golpe militar, se portó como un buen tipo, y quiso averiguar cómo estábamos. Creo que su visita fue una forma de protección. En otra oportunidad, cuando mi madre lo encontró caminando frente al periódico que dirigía, intentó detener el auto para saludarlo, pero él le advirtió con urgencia: siga manejando, siga manejando, no se detenga, no se detenga. Seguro que los servicios de inteligencia lo tenían vigilado, y en ese momento no deseaba que los vieran juntos.

Durante esos años turbulentos, la presencia de mi padre parecía un símbolo de resistencia. En medio del caos y la incertidumbre, él mantenía una postura estoica, aunque su mirada revelaba una mezcla de determinación y agotamiento. Muchas veces lo observé sentado en su sofá, apuntando notas en un cuaderno desgastado, quizá preparando otro artículo de investigación o trazando estrategias para sortear las dificultades que se acumulaban. No hablaba mucho sobre sus temores, pero sus acciones evidenciaban el peso de las decisiones que tenía que tomar. La medicina, para él, era más que una profesión; era un escenario donde se libraban batallas personales y políticas.

En las noches más silenciosas, cuando el resto de la familia se había retirado, recuerdo cómo Juan se quedaba leyendo bajo la luz tenue de una lámpara. Ese rincón de su cuarto, lleno de papeles arrugados y fotografías antiguas, era su refugio. Me parecía que en ese espacio intentaba reconciliarse con las contradicciones que lo atormentaban: su vocación de servicio frente a un sistema rígidamente hostil, y su deseo de ser reconocido por lo que realmente era, más allá de las etiquetas que le habían impuesto.

Recuerdo claramente su nombre, Parodi. El coronel Parodi, que trabajaba en los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea. Estaba asignado al Instituto donde trabajaba mi padre. Una noche, durante un fin de semana cualquiera, descubrió un principio de incendio en los pisos altos del Instituto. Para investigar, tuvo que saltar las rejas de entrada. Me contaron que en algún momento no se entendió bien con mi padre porque amenazó con arrestarlo. Si no me cree, entonces lléveme preso, se defendió mi padre. Por esa misma época me enteré por un amigo, compañero en la universidad de Chile, Alejandro Parodi, que a tu papá se lo quieren cagar, Pablo. Así me lo dijo, así lo escuché, sin rodeos, como haciéndome un favor, contándome la firme mientras estudiábamos para un examen de química analítica. El coronel Parodi debía ser un pariente, y uno cercano. En Chile muchos están relacionados por ese tipo de parentescos, sobre todo si llevan un apellido poco común. Decidí no mencionarle nada a Juan. Imaginé que hacerlo sería seguirle el juego a quienes estaban en el poder en ese entonces. Sería permitir que nos asustaran. No le contesté. Solo escuché a mi amigo mientras miraba los apuntes y notas que teníamos enfrente. Fue como ver una tormenta acercándose, sintiendo que era necesario prepararnos, tomar nota, protegernos… o partir lejos, emprender vuelo. ¿Huir?, ¿hacia dónde? ¿Hacia los Estados Unidos? 

Detrás de la fachada de resistencia y lucha, había en Juan una humanidad profunda que rara vez mostraba abiertamente. En las pocas ocasiones en que se permitía bajar la guardia, sus ojos reflejaban un cansancio que trascendía lo físico, una melancolía que parecía arraigada en la lucha constante entre el deber y el deseo de protegernos. A veces lo encontraba perdido en sus pensamientos, como si estuviera revisando mentalmente las decisiones que lo habían traído hasta ese punto, tratando de encontrar alguna señal, algún indicio de que había tomado los caminos correctos.

A medida que fui creciendo y madurando, entendí que su silencio, a menudo interpretado como distancia, era en realidad una forma de protegernos. En un mundo donde una palabra mal dicha podía significar el fin, mi padre eligió callar, no por falta de valentía, sino por un amor que priorizaba nuestra seguridad. Y así, entre los silencios y las miradas furtivas, fui descubriendo a un hombre que no solo resistía, sino que también buscaba preservar lo que más amaba: su familia, su trabajo y su integridad.

Creo que mi padre se libró, porque renunciar fue un acto de agresividad y hasta de provocación, ya que no solo renunció como director, pero siguió trabajando en el Instituto, y nada le ocurrió a él ni a ninguno de nosotros. Muy extraño, ese es un enigma que no tiene una respuesta clara, el rompecabezas se me queda incompleto, cojo, sin resolución. Siento que nos libró a todos nosotros de una tragedia mayor. Siempre me he preguntado cómo lo hizo, cómo sobrevivió siendo un hombre conflictivo para las autoridades de turno. Imagino que notó flaquezas en el otro bando, personajes que, pese a formar parte del régimen, también miraban descontentos hacia otros horizontes, atrapados por la dictadura. Supe de un coronel que le recordaba el excelente equipo que habían formado al planificar actividades juntos, insinuándole que lo ayudaría ahora para que él lo hiciera después, cuando todo cambiara, cuando el régimen cayera. Creo que lo protegieron los fuertes contactos que tenía con la embajada de EE. UU. en Chile y sus servicios de inteligencia. Todo comenzó cuando atendió a la esposa de un funcionario de la embajada tras un accidente de auto, pero esa es otra historia y no tengo suficiente información. Olfateo algo que por ahora no logro cristalizar.

Poco antes de que mi padre falleciera, no tuve la claridad como para entender por qué me pedía que le corrigiera un texto que había enviado por carta, en que relataba su desarrollo como neurocirujano y su especialidad. Yo todavía lo veía como un ser eterno, alguien siempre presente para responder una consulta en el futuro. Pablo Donoso, su colega y hermano del escritor José Donoso, ya había publicado su Historia de la Neurocirugía en Chile, en la Revista Chilena de Neurocirugía. A su vez, el doctor Gustavo Díaz escribía su propio libro (Historia de la Neurocirugía en Chile, 2003), que publicó pocos años después. Mi padre pretendía escribir su versión de cómo había ocurrido todo, pero nunca lo dijo claramente. Recientemente me enteré de que, en 1996, el doctor Reinaldo Poblete -quien había sido su reemplazo en la dirección del Instituto en 1977- fue nombrado Maestro de la Neurocirugía Chilena. Pero no él, no mi padre. Creo que esa fue una de las razones por las que intentó escribir su propia versión de los hechos. Pero desgraciadamente lo que alcanzamos a escribir no resultó (Historia de la Neurocirugía en Chile y una Despedida, en Amazon), no funcionó. El tono no era académico, sino más cerca a la autobiografía y la novela, lejos de esos textos áridos y sin sabor que enfatizan lo técnico y lo impersonal, justamente los que valoran y publican en círculos académicos.

Esa mezcla de resistencia y fragilidad que caracterizaba a mi padre también se reflejaba en las decisiones que tomaba, algunas impulsadas por la necesidad de proteger a la familia, otras dictadas por su profundo sentido de justicia. En una ocasión importante, recuerdo que se enfrentó a la decisión de a quien dejar como director del Instituto de Neurocirugía una vez que él renunciara. Lo discutía con mi madre por la noche. Su postura era clara, pero sabía que expresar abiertamente sus argumentos podría costarle caro. Escogió al doctor Reinaldo Poblete. No podía mencionar claramente por qué renunciaba. A pesar de ello, hablaba con palabras medidas pero llenas de convicción, desafiando a aquellos que preferían callar para no comprometer sus posiciones.

A pesar de los riesgos y las tensiones del momento, el trabajo de mi padre en el Instituto continuaba siendo un pilar fundamental, no solo en términos médicos, sino también como un espacio donde las ideas podían sobrevivir a la opresión. En un entorno donde cada acción era vigilada y cada palabra podía ser motivo de sospecha, él encontraba formas discretas de cumplir con su labor, siempre consciente de que cada decisión tenía implicaciones más allá de su oficina.

El Instituto se transformó en un microcosmos de resistencia, donde las interacciones entre colegas, pacientes y visitantes imprimían nuevas dimensiones a la lucha silenciosa que libraba mi padre. Allí, entre consultas y cirugías, se creaban vínculos inesperados, alianzas que trascendían lo político y se basaban en un reconocimiento mutuo de la vulnerabilidad humana. Recuerdo que había días en los que sus colegas más confiables discutía temas médicos con el mismo fervor con el que hablaban de política, como si esas conversaciones fueran una forma de protegerse de la opresión que los rodeaba.

Era frecuente escuchar historias sobre decisiones arriesgadas que tomaba mi padre, no solo para salvar vidas, sino también para dar esperanza a quienes buscaban un refugio en su presencia. Siento que en la sala de urgencias, donde él lideraba incansablemente, se convirtió en un espacio donde el tratamiento médico y las palabras tranquilizadoras se entremezclaban, formando una barrera contra el miedo y la desconfianza que impregnaban el país.

En el sitio web del Instituto de Neurocirugía Asenjo se menciona que el impulso que Asenjo le dio a la neurocirugía chilena se vio interrumpido en septiembre de 1973, cuando fue exiliado a Panamá. Desde entonces se posó en Chile un estancamiento en su desarrollo, para transformarse hoy en una especialidad más de la medicina y su Instituto ha sobrevivido angustiosamente durante muchos años. Como se señala en la editorial de la Revista Chilena de Neurocirugía (Vol 1, No 1, 2012 página 10) Asenjo falleceió el 29 de mayo de 1980 sin volver a pisar los cimientos de su amado Instituto de Neurocirugía e Investigaciones Cerebrales.

Recuerdo la última vez que vi al doctor Asenjo. Acompañaba a mi padre al Instituto y me quedé esperándolo en el auto, frente al edificio, en el estacionamiento. Estaba ahí esperando, cuando vi llegar al doctor Asenjo.  Parecía estar revisando su auto -al menos eso creo, porque le recorrió la carrocería, miró las llantas, y luego regresó al Instituto. No nos saludamos. Él me miró, yo le devolví la mirada. Faltaban pocos días para el golpe militar. Cuando se produjo -cuando volaron las bombas, cuando el humo y fuego cubrieron el Palacio de la Moneda- lo recordé en aquella escena, inspeccionando las ruedas de su auto, o quizás inspeccionándome a mí, el hijo del doctor Fierro, esperando en el estacionamiento. Cuando lo expulsaron, ¿le permitieron entrar a su oficina para retirar sus cosas? ¿Pudo meter sus fotos, sus diplomas, sus cartas, en una caja de cartón? ¿Le devolvieron sus efectos personales, sus libros? No lo sé. Nunca se lo pregunté a mi padre. Esa fue otra interrogante que se me quedó colgando. Recuerdo que, en mayo de 1980, cuando el doctor Asenjo falleció, ya de regreso en Chile después de varios años de un exilio cruel y miserable, varios médicos llamaron a mi padre para pedirle que asistiera a su funeral. Fueron llamadas urgentes, de último minuto, pero mi padre, sin titubeos, -y de manera también urgente- le dio a cada uno su rotundo no. Hasta último momento se negó. No asistió al funeral. Todavía recuerdo el teléfono, el clic de ese teléfono amarillo, de plástico, pero que pesaba como si fuera plomo. La mano de mi padre que levantaba el auricular, su rostro inmutable, severo: no, no pienso ir, clic. Un clic pesado, duro, sonoro, doloroso.

¿Evadió el funeral para evitar el desaire de algún médico?

Mi padre no era un hombre que buscara reconocimiento ni aplausos, pero era evidente que las decisiones que tomaba estaban profundamente cargadas de significado. Cada acción parecía llevar consigo un peso que él no compartía con nadie, ni siquiera con nosotros. Sin embargo, en esas noches, cuando conversaba con mi madre, donde sus palabras se mezclaban con el sonido lejano de los autos y el crujido de las sillas, se podía entrever la lucha interna que libraba para mantenerse fiel a sus principios.

En uno de esos momentos, recuerdo que mencionó, casi de manera casual, cómo ciertos colegas suyos acababan cediendo ante las presiones del poder. No es que sean malos, ni que no tengan convicciones, decía, es que el miedo hace cosas terribles. Esa reflexión me marcó. Entendí que su silencio y sus pasos cautelosos no eran signos de debilidad, sino estrategias para proteger lo valioso en un entorno donde cada movimiento podía tener consecuencias imprevisibles.

A medida que la dictadura se consolidaba, las grietas en el sistema se hacían más evidentes, y mi padre no desaprovechaba la oportunidad para actuar, aunque fuese desde las sombras. Con frecuencia se aliaba con personajes inesperados, como el general Matthei, ministro de salud por unos años y poco después miembro de la Junta de Gobierno. Buscaba puntos de encuentro en medio de las diferencias, como si entendiera que la resistencia no siempre se construye con grandes gestos, sino con pequeños actos que, acumulados, pueden cambiar el curso de una historia.

 ¿Quién fue mi padre? Es difícil dar una respuesta clara cuando uno habla del padre. Los padres son siempre un misterio porque pertenecen a un universo paralelo que en contadas ocasiones llegan a toparse con el nuestro, el de los hijos. Cuando mueren, el diálogo de algún modo continua, como si la conversación nunca se hubiera cerrado del todo. Las burbujas siguen ahí; pero ya no hay contacto, no hay roces, no hay palabras. Solo queda el misterio que flota dentro de esas burbujas, esperando inútilmente a que se toquen, a que se hablen.  A pesar de las contradicciones y los desafíos que marcaron su vida, Juan dejó un legado que no se puede medir únicamente en logros profesionales o en los títulos o reconocimiento que nunca llegaron. Su verdadera herencia está en las pequeñas lecciones: en cómo luchar para mantener la integridad frente a la adversidad, en cómo encontrar refugio en las palabras y la ciencia cuando todo lo demás parecía desmoronarse, en cómo construir puentes silenciosos entre mundos opuestos, casi irreconciliables.

Mi madre, por su parte, intentaba mantener un aire de normalidad en la casa. Su fortaleza era menor al compararla con mi padre, aunque sus ojos delataban una preocupación constante. En los días en que mi padre no llegaba a tiempo, ella encontraba consuelo en la rutina, en los libros, en el bordado, o  los Talleres Literarios, como si esas tareas pudieran protegernos de lo que sucedía más allá de las paredes de nuestra casa. Sin embargo, incluso en su silencio, había fuerza, o una decisión firme de no permitir que el miedo nos derrotara por completo.

Durante esos años, la rutina no fue más que una fachada para ocultar las tensiones y las contradicciones que se vivían bajo la superficie. En casa, la familia trataba de mantener la normalidad, pero los susurros de lo que pasaba afuera llegaban como ecos desde mundos lejanos y cercanos. Mi padre, cada vez más inmerso en su trabajo, parecía conjurar una realidad paralela en la que la ciencia y la medicina eran herramientas no solo para sanar cuerpos, sino también para entender el alma de una nación fracturada.

Las conversaciones en la mesa no siempre giraban alrededor de lo político; a menudo se hablaba de ideas y escritores, como Teilhard de Chardin, Enrique Lafourcade o Alone. Era como si esos fragmentos del mundo literario, fueran una defensa más contra el caos que se respiraba afuera. Pero incluso en esos momentos, era difícil escapar de la sombra de lo que ocurría en el Instituto, en las calles, o en los pasillos del poder. Mi padre tenía una habilidad casi sobrenatural para captar las fisuras en el sistema, las grietas donde la humanidad aún era visible, incluso en quienes parecían formar parte de la maquinaria represiva.

Recuerdo que llegó a casa una tarde con un libro extraño, titulado Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola; una edición gastada que le había regalado un cura amigo, el padre Cariola. Las páginas estaban amarillentas y olían a historia, a resistencia. Me sorprendió verlo leer algo así; nunca lo había asociado con esas expresiones de sensibilidad. Pero ahí estaba, repasando las hojas con una mezcla de concentración y nostalgia, como si cada párrafo fuese un mapa hacia lugares que él nunca había pisado, pero que trataba de entender.

A medida que los fragmentos de su historia se entretejen en mi memoria, me encuentro reconstruyendo una figura llena de contradicciones, pero profundamente humana. Mi padre, con su pasión por la medicina y su habilidad para discernir humanidad en lugares inesperados, me enseñó que las personas no se definen por sus títulos ni por sus éxitos aparentes, sino por las decisiones que toman en los momentos más difíciles. A veces, muchas veces, las consideraciones éticas luchan por sobrevivir.

Noto que a menudo, sus silencios fueron más elocuentes que cualquier discurso. Me parece que, en ellos, se encontraba su verdadera esencia: Juan era un hombre que prefería actuar desde las sombras, con cautela y pragmatismo. En esos días marcados por la tensión política y profesional, demostró que la resistencia puede ser tanto una acción abierta como un gesto discreto.

Su manera de abordar la vida me influyó profundamente y se mezcló con las pequeñas rutinas que creaba para protegernos. Él luchó por mantener su integridad en un sistema que parecía desmoronarse, y nos organizaba los fines de semana como si con cada salida hacia la playa de Algarrobo buscara un refugio para la familia.

Quizás escribir y recordar, no es más que un intento fallido de recrear un contacto con mi padre y esos años. Como escribe Eduardo Halfon, cuando escribimos sabemos que hay algo muy importante que decir sobre la realidad. Sentimos que está cerca, justo en la punta de la lengua, y que no debemos olvidarlo. Pero siempre, sin duda, lo olvidamos. Algo así me ocurre con Juan, el padre, el hombre, el esposo, el médico, y no tanto con Ximena, su mujer, mi madre. Con ella no tuve la oportunidad de conversar, de resolver los entuertos y los malentendidos.

Todavía veo la burbuja de Juan, la trato de tocar, la veo muy cerca, pero siempre, sin ninguna duda, se esconde y se me escapa. Huye.