Me faltó curiosidad

Al llegar a este país, hace más de cuarenta años, lo primero que hice fue contactar a Ken Guenther, el amigo de mi padre en Washington. Su esposa Lilly, sufrió un accidente serio cuando él trabajó en la embajada de su país, en Chile, entre febrero del año 66 a febrero del 68. Mi padre le salvó la vida al operarla de emergencia en el Instituto de Neurocirugía. El accidente se desencadenó cuando pasando por las afueras del edificio de la NASA en Chile, Ken disminuyó la velocidad para mostrárselo a Lilly. Ahí se precipitó la tragedia. Esperó a la ambulancia en la vereda, empapado en sangre, y mientras le hundía la lengua a Lilly para que pudiera respirar; tenía la cabeza destrozada. Como no tenían parientes en Chile, el embajador aprobó la intervención neuroquirúrgica. Después de varios meses de recuperación, donde Lilly empezó hablando en alemán, se recobró quedando con pequeñas secuelas; pero bien, y muy agradecida. Desde entonces Ken y Lilly recordaron a mi padre con cariño.

Fui ese día a visitarlos a su casa, ubicada en el barrio de Chevy Chase, cuando recién había llegado a USA. Y desde entonces, cuando me ha tocado ir a Washington, la visita a la familia Guenther ha sido la rutina ineludible. Pero ahora que él ha muerto, ese rito mágico también se ha ido. A lo mejor en el futuro seguiré acercándome, aunque solo sea para ver la casa que antes fue de ellos. Siento que sin Ken, muere otro vínculo que me acercaba a mi padre, que lo hacía revivir otro poquito, porque pasa el tiempo y uno se va quedando cada vez más solo.

Recuerdo que en una de mis últimas visitas, fuimos a comer a un restorán cercano a su casa, ubicada en Dalton Road, Chevy Chase. Ken cambiaba de tema parecido a como saltábamos de casa en casa al caminar por ese vecindario fragante a jardín húmedo y árboles que se mecían bajo una ventisca que nos hacía sentir en el campo, lejos de una gran metrópolis y sin embargo tan cercano al Capitolio o la Casa Blanca.

Caminamos por unos rincones de un verde intenso y entre árboles enormes que nos daban la impresión de circular en medio de un gran parque. Muy cerca estaba la oficina principal de Warren Buffett, Geico. No se veía llamativa, y Ken la mostraba con gusto, como si estuviéramos rondando las afueras de una catedral moderna. Cuando llegamos aThe Capital Grille, el restorán estaba lleno, pero encontramos un mesón vacío cercano a una ventana.

Ken y Lilly viven sin grandes lujos, y si uno no conociera su pasado o algo de sus vidas, creería que él es un profesor retirado de una de las tantas universidades que hay en Washington. Mientras probaba un suculento bife acompañado de papas fritas, se quejaba de la diferencia que veían entre esa vida que habían imaginado para los años del retiro y la que tenían ahora, con una hija en la distancia, viviendo en Chicago y sin poder ver a los nietos. Ahora que lo escribo me asalta la curiosidad por conocer los detalles de esa vida que habían imaginado, pero en ese momento no lo hice, no les pregunté, guardé silencio. Es algo que me ocurre muchas veces, donde al revisar el camino recorrido, noto los grandes vacíos que he dejado, abandonados a la orilla de mis intereses. A lo mejor no quise inmiscuirme en la vida privada de Christine, su hija, o en la vida de ellos, porque ese era un problema todavía muy lejano para mí. Sofía, una de nuestras dos hijas, todavía vivía en casa, y no me había dado el tiempo como para imaginar cómo sería nuestra vida si ella partiera lejos a vivir sus intereses. Siento que Christine y sus hijos les habrían alegrado la vida a Ken y a Lilly si hubiese vivido cerca de ellos. Me cuentan que tenían un problema con Christopher, el marido de la hija, porque ella es la que trabaja mientras él se queda en casa a cargo de los hijos. Ese orden, ese mundo, les llegó o se les impuso con la crisis del año 2008, donde el negocio de él, la construcción de casas, se desplomó y se vino al suelo. Desde entonces ha sido Christine la que mantiene a la familia. Se notaban preocupados por ese nido vacío que pronto también iba a sorprender a la hija, cuando sus hijos partieran hacia las distintas universidades o trabajos. Estaban preocupados por el matrimonio de ella. ¿Qué haría el marido cuando no tuviera a quien cuidar? ¿Conseguirse un perro?  ¿Jugar golf y despachar a la señora hacia el trabajo? ¿Quedarse en casa viendo tele? Mientras mordía el feroz sándwich no supe qué decirles, qué contarles. El restorán me pareció más ruidoso. Ken se veía tan lleno de vida, que nunca imaginé que nuestras conversaciones llegarían a su fin, me negaba a ver o aceptar esa encrucijada que ahora se nos hizo realidad.

Pensando en su hija, Ken me aconsejó que me preparara para cuando partieran de la casa. Él, por ejemplo, se ha interesado en historia, y lee todo lo relacionado con la guerra civil en este país. Conoce de generales y ruinas históricas cercanas. A pocas cuadras tiene los vestigios de un fuerte usado por los federalistas. Me indicó con el dedo, y me parece que con bastante precisión, hacia donde apuntaban los cañones, aunque uno, embutido en el asiento acolchonado de su auto, recorriendo esos barrios ordenados, sus calles dibujadas como grandes serpientes entre árboles enormes, no podía ni siquiera imaginar hacia donde estaba el norte.

Viven solos, pero se juntan con amigos de esos años. Todavía mantienen activo un grupo del Servicio Exterior de los años 60, cuando él trabajó en Chile. Son tres matrimonios amigos que se compraron propiedades en el sur de este país. Se construyeron tres casas para vivir juntos y comunicados; como en una gran hacienda chilena, según ellos. Lo triste es que ya dos de los maridos han fallecido, y el único sobreviviente se encarga de los asuntos mundanos, pero cada día se le hace más difícil. El grupo todavía se junta y rememoran esos viejos tiempos como si los expresidentes Jorge Alessandri y Frei Montalva estuvieran a la vuelta de la esquina, lejos de los gladiolos y el mármol helado que los acompaña ahora en el Cementerio General. Ken continúa interesado en lo relacionado con Chile.

En esos años, cuenta Ken, el gobierno de Kennedy junto a los demócratas quería contrarrestar o combatir a los movimientos de izquierda, ayudando al centro político chileno, que en ese caso coincidía con el partido democracia cristiano. Según Ken, el compromiso fue tan grande que el embajador Ralph Dungan, que antes había sido asistente especial de John Kennedy, les tenía prohibido conversar o interaccionar con la derecha política chilena. Mientras prueba una ensalada crujiente, cuenta que él formó parte del grupo político de la embajada, donde tenían como misión conseguir mejor información que la CIA; Dungan les tenía desconfianza después de sufrir esa gran desilusión por la mala información que le proporcionaron a Kennedy sobre Bahía Cochinos, la invasión a Cuba que terminó en un fiasco.

Ken llegó a Chile como el Agregado Minero de la embajada, una posición importante siendo Chile productor de cobre, un metal crítico para la guerra de Vietnam, indispensable para la producción de balas. Mi misión fue mantener el precio del cobre at 32 centavos la libra para así minimizar el costo de la guerra, cuenta. Apenas comenzaba un movimiento para subir el precio del cobre, llegaba un alto ejecutivo de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) prometiendo más ayuda para Chile.

La CIA tenía un grupo grande en Chile, sobre todo por la interacción Chile-China que despertaba alarma en Washington. Cuenta que en la embajada organizaban muchas fiestas donde se encontraban socialmente con gente de la CIA y de la USAID. Él interaccionó mucho con la CIA, tanto que el jefe en Chile trató de reclutarlo. Él era un anticomunista fervoroso, su padre había combatido contra Mao durante la revolución China.

Mi cargo posterior, cuenta, fue como Asistente del Agregado Laboral de la embajada, donde trabajé con un programa ideado inicialmente por la CIA para organizar a los campesinos. Un programa similar se había ensayado antes en Italia. Pero trágicamente, según Ken, después del asesinato de John y Robert Kennedy, la estrategia para combatir a los movimientos de izquierda comenzó a cambiar, y la embajada le dio prioridad a los contactos con la derecha política chilena. Edward Korry, el nuevo embajador en el período que va del año 68 al 71, llegó al final del servicio que prestó Ken, y de inmediato se abrió hacia la derecha y no quiso entenderse con los democratacristianos.  La embajada ocupaba tres pisos en un edificio grande ubicado en el centro de Santiago, frente al Hotel Carrera. La sección política de la embajada ocupaba el noveno piso, la CIA estaba en el octavo y en el quinto piso estaban las oficinas de Papeles y Cartones donde trabajaba Jorge Alessandri. De manera que Korry bajaba al quinto piso o Alessandri subía a la oficina del embajador y conversaban libremente. Korry venía de cumplir un período diplomático en Etiopía, gobernada en ese entonces por el emperador Haile Selassie. Llegó a Chile como representante de un país democrático, Estados Unidos, pero sin embargo le gustaba entenderse y operar con dictadores. Tenía fama de egocéntrico, dice Ken, mirando con ojos saltones.

Tomic en esos años, antes del 70, fue el embajador de Chile en Washington, donde entabló lazos con el clan Kennedy, pero donde también tuvo una fuerte discusión y pelea con Kissinger en los salones de la embajada, y que cimentó ese fuerte distanciamiento de los Estados Unidos (Nixon) con Tomic. Lo que cuenta Ken, confirma lo que escuché de mis padres. Según ellos, Radomiro Tomic les había confesado que Robert Kennedy le había prometido todo su apoyo para la candidatura presidencial del 70, pero al ser asesinado todo eso cambió. Tomic reconoció de inmediato que sus posibilidades de ganar esa elección se habían evaporado con su muerte; había perdido a un gran aliado y ya no contaría con un respaldo parecido al que tuvo Eduardo Frei Montalva frente a la elección presidencial del 64. Trágico final, asevera Ken, tremendo error político de su país, repite mientras mira a su alrededor como asegurándose que ahora esos temas se podían ventilar sin susto.

Neruda en sus memorias menciona que Frei le hizo un presente griego a Tomic, perjudicándolo y tendiéndole una trampa al ofrecerle el cargo de embajador en USA, donde lo alejó, lo distanció de Chile poco tiempo antes de presentarse como candidato presidencial a las elecciones del 70. Creo que basado en lo que dice Ken, esa conjetura no parece válida. Seguro que Frei y Tomic lo conversaron mucho, y decidieron que ir a Washington era importante para conseguirse aliados; no parecía una movida mala. El gobierno norteamericano había ayudado enormemente a Frei durante su campaña. Así fue como Tomic partió a Washington donde encontró en Bobby Kennedy, no solo a un aliado, pero también a un buen amigo. Todo eso cambió trágicamente cuando el 6 de junio del 68, Bobby, moría asesinado. Solo cabe preguntarse cuán distinto habría sido la historia de Chile y de otras naciones sin su asesinato. A lo mejor muchas muertes inútiles se habrían evitado, incluida la de Eduardo Frei Montalva.

En el área laboral, Ken trabajó organizando a los campesinos, que fue justamente el punto fuerte de Frei Montalva, lo que uno recuerda de su época. No fue una coincidencia. Estados Unidos incentivaba una vía alternativa a la de Castro en Cuba; en Chile querían construir un país ejemplo para las democracias de América Latina. Ralph Dungan era un embajador dinámico, energético que se jugó por ese camino. Provenía de la mafia Kennedy, había sido asistente de John Kennedy. Observábamos a la izquierda y boicoteamos a la derecha, cuenta Ken; hicimos lo inhumanamente posible tratando de fortalecer el centro político chileno; por eso la derecha nos odiaba. Mira hacia las mesas vecinas, como asegurándose de que todavía estábamos hablando en confianza.

Después del accidente que sufrió su esposa, Ken renunció al Servicio Exterior porque no podía viajar tanto. Regresó a Washington donde trabajó en el Banco Interamericano para el Desarrollo (BID) donde circunstancias especiales nuevamente lo vincularían con Chile. Después del Golpe de Estado del año 73, Estados Unidos de inmediato abrió generosamente sus puertas con programas de ayuda financiera, los que antes habían estado bloqueados para asfixiar al gobierno de Allende. Así fue como en abril del año 74 Ken viajó a Chile representando al BID y formando parte de la delegación norteamericana donde se firmó un paquete de ayuda financiera para la dictadura de Pinochet. George Schultz, secretario de estado en ese entonces, llegó atrasado, de manera que Ken firmó por los norteamericanos. Solo al día siguiente, y para el saludo oficial, llegó George Schultz.  Recuerda vívidamente, como en una película de ficción, cuando entraron desfilando los cuatro miembros de la junta de gobierno al salón del edificio Diego Portales donde estaban ellos, y con ese paso de ganso que se ve en los films sobre el nacismo. Ken recordó la tragedia nazi y las consecuencias en su vida personal. Él, como descendiente de padres alemanes, cuando joven sufrió la persecución de vecinos judíos que le costó mucho digerir. Lo superó con un psicoanálisis que casi le cierra las puertas para ser aceptado en el Servicio Exterior. Reconoce con rabia y algo de tristeza el aplauso espontaneo de George Schultz para los cuatro miembros de la junta al hacer su entrada triunfal en un desfile íntimo y privado para las autoridades norteamericanas. Noté que Ken, vacilaba, para pronto buscar refugio en la comida que ya había dejado de probar porque no quedaba nada. Se llevó con desgano un resto de lechuga fría hacia la boca. El comedor lo noté menos bullicioso, imaginé que todos empezaban a escuchar. Para subirle el ánimo, le conté entonces lo eficaz que había sido esa reunión organizada a último minuto para ayudar a mi padre, que era el director del Instituto de Neurocirugía donde años antes habían operado a su señora. Ocurrió al día siguiente de ese desfile privado, donde frente a los periodistas y autoridades de la salud, Ken prometió la ayuda del BID para el Instituto. Esa maniobra organizada por mi padre -a la que Ken se prestó gustoso- le dio oxígeno. Le conté que aunque nada de eso resultara, le sirvió a mi padre porque mandó un mensaje claro a las autoridades de gobierno y los servicios de inteligencia chilenos de que el doctor Fierro no estaba solo, tenía aliados poderosos en la embajada de los Estados Unidos (¿amigo del embajador, de la CIA?). Fue importante porque mi padre se perfilaba como un opositor al régimen de Pinochet; ruta peligrosa ya que en esos años si no eras partidario, entones te transformabas en un enemigo al que había que silenciar (¿o eliminar?). Así fue como al día siguiente del desfile, vimos el retrato de mi padre junto a Ken en el diario El Mercurio, donde se informaban los detalles de esa potencial ayuda que estaban considerando para el Instituto. Gracias a esa maniobra, mi padre logró sobrevivir por un tiempo más en su cargo de director, responsabilidad que cada día se le hacía más insoportable y pesada. Ese contacto lo ayudó, fue como un paraguas que lo protegió para a ganar tiempo y ver qué podía hacer y decidir. Ken reía mientras probaba un vaso de agua con hielo y mencionaba nuevamente el aplauso de George Schultz que le encendía el rostro.

Al día siguiente fuimos a comer a un Club de Golf donde el lujo y los brillos estaban escondidos. Entramos a una casona poco presumida, donde todo se veía verde, sereno, y con poca gente; era el lujo de los espacios abiertos y campestres en medio de un Washington bullente con su actividad y su tráfico de gran ciudad. Nos atendió una latina que nos sirvió unas fajitas fragantes junto a un vaso de vino chileno.

“¿Y dónde terminarás viviendo tú, Cristián?”, me preguntó. Por lo menos me lo consultó, no como mi padre que pocos días antes de fallecer, simplemente me lo dijo: “te vas a morir allá, mijito.” Creo que en los Estados Unidos, le contesté. Aquí están nuestras hijas, pero no creo que en Michigan, a nosotros nos gustan las ciudades y el campo, pero el campo que se ve en el oeste, como California, o en el este, como en Massachusetts. Un campo, pero no tan lejos de una gran ciudad. “Y con qué vas a llenar tu tiempo?”, me pregunta nuevamente, mientras Lilly habla de las estrellas y la astronomía.  No sé, todavía no lo sé, le digo. Pienso que me queda tiempo; pero cuantos años, o cuantos meses, no lo sé.

Para despedirnos fuimos al Kahlil Gibran Memorial Garden. Tenían una exposición de gredas de otro siglo que miramos con curiosidad antes de salir a los jardines. Eran unas gredas rojas, gruesas, protegidas por unos cubos transparentes. Dos hombres silenciosos, de terno y de corbata oscura también las admiraban. ¿Quiénes son?, le preguntó Lilly al ver que conversaban entre ellos y reconocían a Ken. De la CIA, contestó Ken con una voz apagada. Se nota, le respondió Lilly, se les nota. ¿Qué se les notaba? No lo sabré nunca.

Ofrecieron acompañarme al Hotel, pero les sugerí que no, no había nada mejor que tomar el Metro para reencontrarme con esa ciudad que me gustaba tanto. Al despedimos, quedé con la impresión de que nos veríamos muchas veces más, nos sobraba el tiempo, y nos veíamos bien, saludables, comíamos de todo, por eso dejé muchos temas sin tocar. Y me arrepiento.

Tomé la “línea roja” y me bajé en el Dupont Circle. A pocos pasos de la estación donde está la librería Krammerbooks, recomendada por mi amigo Ignacio Carrión. Estaba abierta; entraban y salían clientes apurados hacia el restorán o hacia los libros. Había mezcla de gente, de colores y de libros, junto a ese aroma a papel nuevo. Salí con un libro de un escritor suicidado (David Foster Wallace, The Last Interview), y otro de un espía de la CIA que todavía vive en Washington. En la calle creí que me seguían, o que alguien me consultaba sobre Chile. La noche ya empezaba a cambiar la imagen de las veredas y las plazas. Me introduje en el túnel anónimo del Metro para terminar el día solo, no quería estar con nadie. Al bajar por las escalinatas, sentí el tufo hediondo y la ventolera dura y fría que subía desde el subterráneo.

Esa sería la última vez que nos veríamos. En enero de este año, en el 2023, Ken falleció pocas semanas después de una caída. Lo supe por su hija. Pasaron los años y nos quedamos sin tiempo, sin atardeceres para conversar sobre un Chile en convulsión. ¿Es Chile ahora muy distinto? No lo creo. Los problemas son como la música y las modas, se repiten, son parecidos, y las nuevas generaciones tienen que aprenderlo todo nuevamente. Pero al menos han quedado las conversaciones que atesoro con cariño, y están también las entrevistas que le hicieron y que me mandó por correo para compartirlas.

Ken tuvo una historia parecida a la de mi padre. Fue un hijo de inmigrantes alemanes, mientras mi padre fue un hijo de inmigrantes españoles. Los dos sortearon problemas económicos serios, criados frente a grandes adversidades. Se parecían mucho en eso.

A la distancia noto que nosotros también tuvimos vivencias similares. Ken, pese a haber nacido aquí, en muchos aspectos fue un inmigrante con problemas a resolver por el rechazo enorme que despertó frente a sus compañeros de colegio que lo asociaban con los alemanes y el nacismo. Llegó a un punto donde incluso tuvieron que mudarse de barrio cuando Ken quedó tumbado, inconsciente, por el piedrazo de un vecino. Conversamos, pero no lo suficiente. Siento que me faltó curiosidad. Al leer y releer este texto, me resuena con insistencia la irreversibilidad triste de lo que no conversado, la perdida de los temas y los detalles que no tocamos y que nunca más volveremos a tocar. Siento que miré a Ken como a un norteamericano más, un hombre blanco estándar, buena facha, sin notar que en su vida nada le había resultado fácil. Luchó contra sus antecedentes alemanes y una cultura muy distinta.

Me introduzco nuevamente en este texto para leer y recordarlo, para ver si logro sentir el murmullo de la gente en ese Grille cercano a Dalton Road, donde un día conversamos, donde un día caminamos, comimos y recordamos lo ocurrido en Chile en los 70. Bajo solitario por el túnel anónimo del Metro, acompañándome solo de recuerdos para terminar este relato. Necesito saber si todavía siento el tufo hediondo, junto a la ventolera dura y fría de esos años que todavía parece subir desde el subterráneo de mi casa.