…..La investigación judicial fue acompañada por ese duelo persistente. Y cuando el fallo del juez Madrid se dio a conocer, no hubo gritos de victoria. Hubo silencio contenido, y el reconocimiento de que la verdad no siempre libera: a veces confirma la herida.
Pero, ¿se podría haber hecho algo diferente? Creo que sí, pero el efecto sorpresa y la audacia de los asesinos fue muy grande. Sorprende también, la frialdad de los médicos de la Universidad Católica donde Frei había estudiado, como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere que le practicaron un proceso caótico, dantesco, sin seguir un protocolo claro, aplicado de manera fragmentaria y muy casual. Fue una procedimiento fuera de lugar, sin precedentes, diseñado para extirparle sus órganos que después desaparecieron en bolsas plásticas olvidadas. Incluso se utilizó una escalera para facilitar el procedimiento:
- Declaración judicial de MARÍA VICTORIA DE LARRAECHEA BOLÍVAR, enfermera, quien ratifica su declaración policial de fecha 3 de junio del año 2003 la cual señala lo siguiente: que se tituló como enfermera universitaria en el año 1979 la universidad Católica de Santiago, desarrollando sus actividades profesionales en la clínica Santa María, enfermera de piso y de UTI (unidad de tratamiento intensivo)…Indica que se les había informado que iría un equipo de la universidad Católica para un procedimiento de embalsamiento, por ello cuando llegó a la clínica de su casa dicho día no le extrañó ver el equipo trabajando en la misma habitación. Y lo que vio al entrar fue una escala de tijeras en el baño desde donde pendía el cadáver de don EDUARDO FREI boca abajo. Que nunca había visto un procedimiento de embalsamiento, por lo tanto pensó que eso era normal y también observó que habían dos o tres bolsas negras de basura a los pies de la escala, presumió que eran las vísceras de don EDUARDO, pues su abdomen estaba vacío y se podía apreciar porque la herida siempre se mantuvo abierta. Que no preguntó nada a esos médicos pues como ya señaló, se imaginó que era el procedimiento adecuado.
Durante años evité los documentos. No podía abordar el tema. Pero ahora, con el paso del tiempo y viviendo en el frío norteamericano, con mis hijas lejos y mi padre ya fallecido, vuelvo a revisar esa historia. Siento que finalmente puedo abrir los archivadores para preguntarme: ¿cuándo supieron los médicos?, ¿por qué no informaron?, ¿quién contaminó qué?, ¿por qué ese silencio prolongado? No puedo evitar conectar los puntos: las compresas y la intervención externa disfrazada de complicación médica. Y el silencio de los médicos presentes, incluyendo el doctor Larraín, que esperó veinte, treinta años para hablar, para sacar la voz, cuando todo estaba envuelto bajo el polvo y el olvido.
Fue en ese intervalo donde otro personaje, Eugenio Berríos, el químico del régimen, el químico de Pinochet, experto en venenos sin huella y en hacer que la ciencia respondiera al miedo, entró en escena; ahí su presencia fue fundamental, porque en esa encrucijada contribuyó con sus conocimientos y sus “gotitas,” impregnando unas compresas, o contaminando el suero administrado por la noche, sobre todo después de la segunda operación donde por varios días quedó expuesto a gente que con el solo hecho de tener un delantal blanco podía entrar a su cuarto. La infraestructura médica de la época permitía ese tipo de maniobras: clínicas bajo vigilancia, suministros manipulados, protocolos saboteados con precisión quirúrgica. Carmen Frei menciona en su libro que la enfermera Alejandra Damiani declaró que Eugenio Berríos visitaba ocasionalmente la clínica, aunque no sabe para qué. Menciona además que hay varios testigos que vieron a Berríos en la Clínica Santa María cuando mi padre estaba internado. Esto también está en el expediente. En ese Chile donde el silencio era arma, las muertes lentas también sabían obedecer órdenes. El cuerpo de Frei se convirtió, así, en campo de operaciones de una violencia silenciosa, ejecutada entre la asepsia del bisturí y la impunidad de los archivos sellados.
Con Frei Montalva ocurrió algo parecido a lo que sucede con el abuso sexual, o con una violación, donde la víctima en un principio cree soñar, o que lo ocurrido es imposible, que está fantaseando y que eso no le ha ocurriendo de verdad, es inventado, que es otra realidad que se desplaza en un mundo alternativo, paralelo. En un principio la familia Frei no hizo nada, o muy poco, por esclarecer lo sucedido. Consideraron que la muerte de Frei estuvo dentro de las posibilidades de la cirugía. Pero así ocurrió, tal cual……y todavía lo veo, todavía lo toco: primero llegaba el doctor Goic solitariamente a nuestra casa. Entraba, se sentaba en el sofá de felpa café ubicado en ese living amplio, grande, y trataban –solos, siempre los dos solos, mi padre y el doctor Goic- de solucionar con una nueva movida, una nueva idea, ese puzle de muerte y sangre, de traiciones y cobardía, pero no les resultaría fácil, ni a mi padre ni tampoco al doctor Goic.
En esos días, la verdad aún se deslizaba entre sombras y secretos, el país estaba dividido entre la incredulidad y la desconfianza. Las historias que circulaban eran tan fragmentadas como los recuerdos que evocaban. Cada nuevo hallazgo o testimonio no hacía más que añadir capas a un entramado ya de por sí complejo. Aún resuenan en mi memoria el eco de las palabras de Goic, como si las hubiese escuchado ayer. La incredulidad inicial en mi padre dejó paso a una aceptación resignada de una verdad a medias; una verdad que, como tantas otras, se desvanecía en el aire antes de poder ser atrapada. Cada vez que la conversación se dirigía a lo ocurrido, una sensación de pesadez caía sobre la habitación, como si la verdad misma fuese una losa gruesa que intentábamos levantar sin éxito. Los recuerdos, las emociones, todo se mezclaba en un torbellino que a veces resultaba abrumador. Y sin embargo, era en esos momentos de vulnerabilidad compartida donde encontrábamos una especie de consuelo, una gota de esperanza en medio de la tormenta.
A menudo, me encuentro reviviendo esos días, preguntándome si realmente entendí lo que estaba sucediendo, o si acaso, cegado por la desesperanza, simplemente opté por ignorar la oscura realidad que se cernía sobre nosotros. En medio de ese escenario, las visitas de Goic se convirtieron en un ritual casi sagrado. Allí, entre la calidez del hogar y el pesar compartido, se desarrollaban largas conversaciones que no pude escuchar; pero en esos momentos, percibía como el dolor de la pérdida se entrelazaba con la cruda realidad de una justicia que se mostraba esquiva. El tiempo, que parecía haberse detenido en la sala de estar, no hacía más que subrayar la impotencia que compartían mi padre y el doctor Goic.
Y noto que retiro la alfombra, la levanto otro poco desde Michigan, donde vivo ahora, en una madrugada del año 2020 pero se me cae, se me suelta de las manos y atrapo y encierro nuevamente a esos pájaros que trataban de volar. Pero al menos logro verme, veo mi sigilo, mis dudas, mis sustos, mis temores, y toco mi propia cobardía. Compruebo que los médicos tratantes que no formaron parte del complot, podrían haber hecho algo diferente, como llevárselo fuera del país ante la primera emergencia médica, ante los primeros signos de esa supuesta obstrucción intestinal. Para protegerse, lo podrían haber hecho sin necesidad de proclamar un envenenamiento, podrían haber mencionado deficiencias técnicas y la necesidad de tratamientos más sofisticados, difíciles de encontrar en Chile. Otra posibilidad podría haber sido mudarlo hacia otra Clínica, pero buscando otra excusa, mencionando que esos eran los deseos de la familia. Pero guardaron silencio, demasiado silencio, y ese sigilo, esa inacción, esa parálisis estuvo muy cerca de la cobardía. Tristemente pienso que a lo mejor habría hecho algo parecido, habría guardado silencio (del que también participé), o habría escrito mucho, demasiado, para cubrirlo entonces con una alfombra de escritura y libros y concursos literarios, y notitas semanales que después cuelgo en la Internet.
¿Hui también de esa vergüenza?
Siento que he sido injusto con el doctor Goic. Es cierto que vi una entrevista suya en la televisión chilena, poco tiempo después del fallecimiento de Frei Montalva, donde enfáticamente señalaba que la muerte de su amigo había sido el resultado de una infección que no se pudo controlar, y que no había sido inoculada por extraños, eso lo vi y lo escuché claramente. Pero como me confesó un día mi padre, Pinochet nos jodió a todos, mijito, ese asesinato también afectó al doctor Goic. Le hizo la vida imposible, y solo con el tiempo y poco a poco fue contando la firme, la verdad, que efectivamente Frei Montalva había sido asesinado. Tanto fue así que al fallecer, en abril del año 2021, un nieto de Frei Montalva (Eugenio Ortega Frei, hijo de Carmen Frei) lo recordó con cariño en un mensaje-texto que mandó por X.
“Muy tristes por la partida del Doctor Alejandro Goic, amigo entrañable de Eduardo Frei Montalva. ¡Trató de salvar su vida, y enfrentó las mentiras de otros médicos y nos acompañó siempre en la larga búsqueda de verdad y justicia!”
El cuerpo de Frei fue leído como si fuera un texto. Pero un texto con zonas borradas, con márgenes disputados. Un texto donde cada coma podía cambiar un veredicto histórico. Como diría Elaine Scarry, el dolor corporal es difícil de comunicar: resiste al lenguaje. Pero el cuerpo de Frei habla aún en su silencio. Es una ruina que aún perturba, un testimonio que no se borra pese al fallo, la absolución, el olvido institucional. No descansa en paz, porque no se ha escrito la última frase sobre él. A más de cuatro décadas de su muerte, el cuerpo de Frei sigue siendo campo minado. No por lo que contiene, sino por lo que representa. Porque en él se cruzan las preguntas que Chile aún no responde: ¿Puede la justicia negar lo que la historia afirma? ¿Puede la ciencia callar lo que la memoria grita? Su cuerpo sigue dividido.
Mi memoria se obstina en regresar a esos días, a las conversaciones fragmentadas, a los silencios que pesaban sobre la casa como una manta húmeda. La muerte de Frei no fue solo una pérdida personal, fue una grieta que se abrió en la historia de un país entero, un recordatorio constante de hasta dónde podía llegar la violencia silenciada y el miedo institucionalizado. Me veo a mí mismo transitando esos días con una mezcla de incredulidad y resignación, observando cómo cada gesto cotidiano —el sonido de una puerta al cerrarse, un teléfono que suena en la madrugada— podía transformarse en presagio de algo más oscuro.
Había en el ambiente una sensación de espera, como si algo estuviera a punto de revelarse pero nunca terminará de materializarse. Las miradas intercambiadas en los pasillos, los comentarios entre susurros, las visitas inesperadas de personas que iban y venían sin dejar rastro: todo eso conformaba una especie de coreografía del secreto. Mi hermano, lejos del país, se movía ajeno al peso de esos días, y uno, desde la distancia, intentaba armar un relato coherente a partir de piezas sueltas, como quien reconstruye un jarrón a partir de los fragmentos desperdigados sobre el suelo.
Con el tiempo, comprendí que lo que ocurrió con Frei fue también una forma de aprendizaje brutal sobre la naturaleza del poder y la fragilidad de la verdad. La justicia, ese anhelo tan esquivo, se desdibuja frente a la burocracia y el miedo, y los responsables suelen ampararse en la desmemoria colectiva. Por eso, ahora, siento la urgencia de escribir, de dejar constancia aunque sea en estas líneas, para que el olvido no termine por devorar lo poco que sabemos.

En la fotografía se observa al presidente Aylwin, el primer jefe de estado elegido de manera democrática después de Pinochet (1990-1994). A la derecha de Aylwin está mi padre. El doctor Patricio Rojas es el hombre calvo que mira de manera retorcida hacia un costado. La expresión facial de mi padre -médico del presidente Aylwin en ese entonces- con su ceño fruncido denota incomodidad y temor. Todavía el juez Madrid no investigaba la muerte de Frei Montalva, pero mi padre seguro que conocía la conducta extraña, irregular del doctor Patricio Rojas en ese caso. Al observar la foto con detención, me surgen interrogantes sobre los secretos que guardó mi padre, y el significado de la presencia del doctor Rojas ahí, junto a otro presidente. ¿Qué representa la imagen de ese médico?En ese entonces existían preocupaciones sobre la seguridad del presidente Aylwin. El rostro de mi padre, su gesto, denota desasosiego, incluso susto.
No puedo evitar imaginar la inquietud que habría corroído a mi padre si alguna vez le hubiera tocado actuar, como médico, frente a un atentado contra el presidente Aylwin. El peso de la responsabilidad sería abrumador, y la sombra de quienes participaron en la tragedia de Frei —sobre todo la figura del doctor Patricio Rojas, cuya intervención se volvió sinónima de traición y silencio cómplice— lo perseguía como un mal presagio. Creo que a mi padre le angustiaba la posibilidad de verse enredado en una trama semejante, donde la ética profesional debía abrirse paso entre la desconfianza, el miedo institucional y los fantasmas de la historia reciente. La mera idea de cruzar miradas con Rojas en un pasillo de hospital, sabiendo lo que él representaba, era suficiente para sembrar la duda y el recelo. Quizá por eso, en nuestros silencios compartidos, percibía esa preocupación latente: un temor a repetir, sin quererlo, la pesadilla de la cobardía y el encubrimiento, a verse atrapado entre la lealtad a la vida y la amenaza de la maquinaria política que tantas veces había aplastado la verdad.
La imagen de Patricio Rojas en la foto adquiere una fuerza simbólica que trasciende el simple acto de mirar hacia un costado. Su postura, la manera en que desvía la mirada, parece condensar el peso de los secretos y las ambigüedades de una época donde la ética profesional se vio asediada por la sombra del poder y la desconfianza. Es un rostro que no solo transmite incomodidad, sino también cierta reticencia, como si intentara esquivar una verdad demasiado punzante para ser sostenida con la mirada al frente. Quizá por eso la expresión de Rojas permanece inquietante: porque nos recuerda que, a veces, los silencios y los desvíos de mirada dicen más que las palabras, y que en ciertas fotografías, el verdadero significado reside en aquello que no se nombra, pero se percibe en el temblor involuntario de una postura.
Rojas, en ese retrato, representa no solo a un individuo, sino a toda una generación de médicos y testigos que, enfrentados a dilemas imposibles, a menudo optaron por el silencio o por la mirada evasiva. La imagen invita a preguntarse qué cargas invisibles llevaba consigo, qué decisiones pesaban sobre sus hombros y qué tanto de ese gesto revela un pacto tácito con la historia, con la culpa o con el temor. Es el retrato de una conciencia asediada, de alguien obligado a moverse en los márgenes entre la lealtad y la complicidad, entre la memoria y el olvido.
La palabra culpa, entonces, cobra aquí un sentido mucho más denso, como si se tratara de una sombra persistente que avanza lentamente por los pasillos de la memoria. Es una presencia que no desaparece con el paso de los años, sino que se acomoda en detalles aparentemente mínimos: en el modo de mirar al suelo, como Patricio Rojas, en el temblor involuntario de una mano, en ese impulso de no intervenir y dejar que la historia se desborde, incontrolable, frente a nuestros ojos. A veces la culpa toma la forma de un silencio pesado, con una sensación de no haber preguntado a tiempo, de no haber roto el muro invisible entre mi padre y yo para que, tal vez, las palabras pudieran iluminar lo que se escondía. Pero guardé silencio; el temor a la respuesta me paralizó, y preferí no hurgar, no ponerle nombre a las sospechas que crecían dentro de mí sobre la muerte de Frei Montalva. Hubiera querido tener el coraje de interrogarlo, de exigirle claridad, pero algo en la atmósfera de esos días me detenía, como si cada pregunta fuese una forma de traicionar la paz precaria que reinaba en casa. Ahora entiendo que ese miedo, ese susto de confirmar lo impensable, fue también una manera de refugiarme, de protegerme ante una verdad que podía ser demasiado dolorosa. Sin embargo, el precio de ese refugio es la culpa que hoy me acompaña, el saber que, por miedo, dejé pasar la oportunidad de saber, de comprender, de romper el silencio y enfrentar lo que realmente ocurrió.
A veces pienso que esa sombra es compartida, casi colectiva, tejida entre quienes callaron, quienes miraron hacia otro lado y quienes —como yo— buscaron refugio en la distancia o en la escritura, creyendo que bastaría con poner palabras sobre el dolor para exorcizarlo. Pero la culpa, inasible, regresa disfrazada de recuerdos, de preguntas sin respuesta y de escenas que se repiten en el insomnio. Tal vez por eso sigo reescribiendo y releyendo el mismo episodio, intentando entender en qué momento exacto dejé de ser testigo para convertirme, también, en cómplice de una ausencia.
Con el paso de los años, fue sedimentando en mí una certeza inquietante y brutal: la de haber sido testigo, aunque fuera de manera lateral, de un asesinato. Al principio, mi mente se resistía, lo apartaba confiando en la lógica, en la aparente imposibilidad de que algo así pudiera rozar la vida cotidiana. Pero mientras las piezas iban cayendo en su sitio, mientras las miradas torcidas se expandían y los recuerdos cobraban nuevos significados, esa evidencia insoslayable se ha instalado en el centro de mi conciencia. Y entonces me florecen sentimientos de asombro, de rabia, de impotencia y de un dolor sordo. Me descubro paralizado entre la incredulidad y el peso oscuro de lo real, preguntándome en qué momento, cuando, lo impensable atravesó el umbral para volverse parte de mi propia historia.