Todas las entradas por nagichim

Lector, químico y lector Me gusta todo lo que se lee fácil y sin pedanterías. Relatos autobiográficos ocupan por ahora mi interés

Un desayuno bien conversado

la foto-59
No se si a ti, que estás leyendo, te ha ocurrido lo mismo; pero a mí muchas veces me pasa que las semanas y meses, incluso las estaciones del verano y los inviernos, se me consumen como si fueran miserables días de pocas horas, casi minutos, como en la vida de esa mosca que revolotea en el ventanal de mi casa. Y así fue que hoy por la mañana, tratando de parar y detener esa vorágine de acontecimientos y fechas, obligaciones, me fui a tomar un desayuno reposado y tranquilo a un restorán olvidado, el Northville Crossing-Home Coking, ubicado a pocas cuadras, al lado de la línea del tren y vecino a una lavandería de autos (ver la foto de arriba). Me gusta el restarán porque los parroquianos entran y se saludan como si fueran vecinos o parientes cercanos. Se tutean y se conocen los nombres como si fueran miembros de un club con tradición. Entro como el único forastero que no ha sido formalmente invitado –algo que ocurre más a menudo de lo que uno deseara- para sentarme en una mesa, al lado de una ventana con persianas de plástico. Se acerca una señora de edad que me atiende con una cuadernillo de papel arrugado donde lo anota todo. Le pido dos huevos fritos, mientras recuerdo a nuestra hija, Sofía, que cuando niña jugaba a dárselas de mesonera con una libretita parecida, y donde tomaba notas con un lapicero tan grande como su mano.

-¿Y cómo los quiere?

-Frito por los dos lados, con torrejas de corned beef y tostadas con mantequilla.

-¿Coffee?

-Yes, coffee, please.

Mientras tanto llegan más parroquianos con sus periódicos del día, sus bultos, a leer, a conversar y claro, a tomar desayuno. Se sacuden ruidosamente la nieve de sus abrigos y comentan las inclemencias del tiempo y el frío, antes de escoger y sentarse a la mesa. Lo complicado es que cuando se sientan, conversan despacio y cuesta escuchar lo que se hablan; pero en sus gestos noto que muchas veces son sabrosos comentarios sobre algunos amigos y familiares. Ella le dice algo bien seria y él, mientras prueba el café y se quema la boca, escucha y se queda quieto. Al poco rato, cuando ya ha dejado la taza sobre el plato, le contesta, pero con algo de resignación y una espera distante. Desde un parlante embutido en el cielo se escucha una melodía de Roy Orbison, pero también muy quieta, y simplemente se mezcla con el ruido del lavado de platos que llega de la cocinería. Los comensales se pasan el periódico unos a otros como si fuera una carta con buenas noticias. Una vecina de jeans y polera blanca se levanta y le ofrece el suplemento del sábado a un conocido que acaba de llegar, y a quien saluda de nombre: John. John se sienta, acepta el periódico y le pide a la camarera de edad que le traiga “lo de siempre”.

Me levanto de la mesa para cancelar mi desayuno y ahí arranca la conversa que estaba extrañando. Ella me hace sentir como invitado al gran banquete importante, finalmente aceptado. Antes de pasarme la cuenta me pregunta por mi nombre. Cristián, le contesto. Y usted, ¿de donde es? De Chile, le contesto. Claro, como no , un país bien largo, me repite. Y sin darnos cuenta, empezamos a conversar largo y tendido. Vemos pasar a los clientes, desfile de nuevos parroquianos, pero seguimos inmutablemente involucrados con nuestras preguntas y respuestas. Y no lo van a creer, pero como ocurre en los relatos malos, tontos, de coincidencias fáciles –pero este no es un relato, así que todo está permitido-, me contó que su madre había trabajado para “Paulo Nerruda”, cuando este había estado a cargo del consulado chileno en Rangún. Por eso conocía mucho de Chile; pero a su mamá no le cayó nunca bien ese “Nerruda,” lo consideraba un glotón, demasiado bueno para comer y tomar vino con sus amigos. Notamos que a veces oscurecía, pero pronto aclaraba y salía nuevamente el sol. Se nos ocurrió que a lo mejor habíamos estado conversando por semanas, pero no nos sentíamos cansados, no nos dolían los pies. A veces, al interrumpir la conversación, notábamos que ya nadie entraba sacudiéndose la nieve. Incluso una señora se molestó cuando le dije que cómo se vestía de esa manera en un día de invierno.
Pero al salir a la calle, un calor de verano furioso me abofeteó el rostro. Y al instante me piteó el celular con urgencia. Era Pilar, la Pili que perentoriamente me decía que me apurara, Camila y Sofía, nuestras dos hijas, ya estaban por llegar en una visita de verano…….

Silencié el celular asustado; nuevamente me había ocurrido, el tiempo y las horas, semanas y meses, se me habían comprimido como en la vida de esa mosca en el ventanal de mi casa.

Febrero 22 14

MexicanTown, Detroit

Marzo 8 14

En el restarán “Parrilladas Patagonia” ubicado en Vernon Street en el corazón mismo del Mexican Town, en Detroit. Este cliente está comprando cuatro empanadas (que se ven envueltas en ese plástico). El es uno de los artistas del Mexican Town. Sus cuadros se pueden ver colgados sobre las murallas del restorán. Son dibujos pintados sobre género y sobre poleras.
Mientras manejaba por la autopista I-75, hacia el sur, llamé a Álvaro por teléfono para que me tuviera listas una docena de empanadas –a cuatro dólares cada una. “Las tuve que suprimir” me confidenció al poco rato en su restorán – y un arrollado “a la chilena” por $20. Eran las 5 de la tarde de un día Martes y no había casi nadie en el restarán, el lugar estaba completamente vacío. Me demoré en pagarle porque ya no aceptaba tarjeta de crédito. “Le tengo que pagar como 120 dólares al mes al banco si quiero aceptar tarjetas de crédito. Una estafa. Lo mismo me pasa con estas maquinitas para las bebidas. No vale la pena.”
-¿Y qué pasó con tu mamá que te vino a ayudar desde Chile? –le pregunté
-No me digas nada. Partió de regreso, me espantaba a los clientes. Imagínate, me vas a creer que un día llegó este mexicano, amigo, chorreado de espuelas, botas, sombrero enorme, y mi madre, mi pobre madre, se le planta al frente, se le cruza de brazos, y le dice que aquí no se sirve comida mexicana (!). Me lo contaba y yo no lo podía creer. Y él es el dueño del mejor restarán mejicano que tenemos aquí.
Y Álvaro me lo repetía sujetándose la cabeza con las dos manos.
-Y las empanadas son el negocio del “oso”, -me dijo- yo se las vendo y nada más, es demasiado trabajo. Ahora le hago a lo mejicano. Fíjate que tenía un amigo que a cada rato me decía “contrata a la señora Lucia, contrata a la señora Lucia”. Y uno, el muy pelotudo, el muy huevón no lo escuchaba. Y no lo escuchaba porque todavía insistía que mi restorán tenía que ser un restarán chileno y que vendiera solo comida chilena….. pero aquí estamos en el Mexican Town; ……pero si soy muy pelotudo. Y sentémonos, a conversar, compadre, aquí tengo una Coca-Cola abierta, aquí tienes un vasito- y como te contaba, así es como uno aprende, cagándola y dándose de cabezazos contra una muralla. “Contrata a la señora, Lucía. Contrata a la señora, Lucía,” me decía mi amigo. Y como te contaba, yo no lo escuchaba. Pero como te contaba, se fue mi querida madre….. si me escuchara, la pobre, pero tuve que cerrar el restorán como por tres semanas para que ella se fuera, -imagínate- para que ella se diera cuenta que esto ya se había terminado y no había más restorán y se fuera con tu su ayuda a Chile. ¡Si me escuchara, mi querida madre! Bueno, pero cuando partió, contraté finalmente a la señora, Lucía, y santo remedio, me trajo a toda la clientela mejicana del Mexican Town y ahora no estoy en el rojo. Y comen puras huevadas, todos se las arreglan con las famosas salsitas. Por eso te digo que las empanadas son complicadas, mucho trabajo, pero las sigo vendiendo, aunque ese es el negocio del “oso”. Y se me llena bastante el lugar, al almuerzo tengo como 7 mesas repletas. Y cuando llegan yo me escondo, fíjate, me voy para atrás y la dejo a ella solita que maneje todo el asunto. A ellos no les gusta verme con esta facha de chileno como la tuya o la mía, se asustan, así que yo me voy para atrás a barrer o a limpiar platos, mientras ella los recibe y los atiende. Y cocina muy rico.
-Oye, pero si quieres nos vamos atrás, yo también se barrer –le insinúo.
-No, como se te ocurre, si ahora no hay nadie. ¿Más Coca-Cola?
Marzo 9 14

Viejos que se hablan y se saludan

Febrero 22 2014
Aquí todavía estamos soportando los fríos polares. En la foto de arriba se ve el “jet stream” que podría explicar lo que nos está ocurriendo con el clima. Debido al cambio climático, ese jet stream se hace más ondulado, generando esas lengüetas que suben y bajan, alcanzando así las zonas meridionales. Esa distorsión explicaría la nieve tan al sur que hemos tenido recientemente en USA, alcanzando incluso zonas tan sureñas como Atlanta…. Y para qué decir, Michigan, donde pese a que estamos acostumbrados a los fríos del invierno, nos hemos congelado. Se postula, que cuando las diferencias de temperatura, entre el ártico y las zonas meridionales, disminuye (el ártico lentamente se está calentando) el “jet stream” se hace más ondulado y penetra las zonas meridionales (es decir esas lengüetas frías crecen y se extienden hacia el ecuador). El problema se hace incluso más latente y peligroso porque esa especie de corona que vemos en la foto (el jet stream), rota sobre la tierra, pero rota proporcionalmente a la diferencia en las temperaturas del ártico y las zonas meridionales. Y como ese gap en las temperaturas disminuye (la temperatura en el ártico está subiendo y se acerca a las del trópico) esa “corona” se mueve menos y se estanca; y los que han quedado debajo sufren el calor o el frío. En nuestro caso, en Michigan, esa lengüeta del jet stream se ha quedado detenida sobre nuestras cabezas; por eso el largo invierno y fríos polares. En California ocurre todo lo contrario, es una zona que ahora soporta una de las peores sequías de este siglo…….
Esas son las cosas que tristemente me preocupan y quitan el sueño por ahora. Para aliviarme un poco regresé temporalmente a esos primeros amores de cuentos y relatos breves. Me tropecé gratamente con “Me Alquilo para Soñar,” un cuento de García Márquez que aparece en su colección “Doce Cuentos Peregrinos”. Me gustó sentir como el autor me lleva de la mano y sin titubeos hasta el final del relato. Nada se me hizo cuesta arriba. Una frase seguía a la otra como sujetada por un entramado de ritmo casi tropical en una lectura fácil y entretenida. Me encantó, también, ver como García Márquez introdujo a Neruda describiéndolo de manera gráfica y colorida. Aquí lo copio y lo escribo para disfrutarlo un poco más:
“……Se movía por entre la gente como un elefante invalido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo le parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón.”

Esos viejos que se hablan y saludan en el Northville Crossing

No se si les habrá ocurrido algo parecido, pero muchas veces me pasa que las semanas y meses, incluso las estaciones del verano y los inviernos, se me consumen como si fueran miserables días de horas restringidas, como en la vida de una mosca. Y así fue que hoy por la mañana, tratando de parar y detener esa vorágine de acontecimientos, fechas y obligaciones, me fui a tomar un desayuno reposado y tranquilo a un restorán olvidado, el Northville Crossing-Home Coking, ubicado a pocas cuadras de la casa, al lado de la línea del tren y vecino a una lavandería de autos. Me gusta porque los parroquianos entran y se saludan como si fueran vecinos o parientes cercanos. Se tutean y se conocen los nombres como si fueran miembros de un club de mucha tradición. Entro como el único forastero que no ha sido formalmente invitado –algo que ocurre más a menudo de lo deseado- para sentarme en una mesa, al lado de una ventana con persianas de plástico. Se acerca una señora de edad que me atiende con una cuadernillo de papel arrugado donde lo anota todo. Le pido dos huevos fritos, mientras recuerdo a nuestra hija, Sofía, que cuando niña jugaba a dárselas de mesonera con una libretita parecida, y donde tomaba notas con un lapicero tan grande como su mano.
-¿Y cómo los quiere?
-Frito por los dos lados, con torrejas de corned beef y tostadas con mantequilla.
-¿Coffee?
-Yes, coffee, please.
Mientras tanto llegan más parroquianos con sus periódicos del día, sus bultos, a leer, a conversar y claro, a tomar su desayuno. Se sacuden ruidosamente la nieve de sus abrigos y comentan las inclemencias del tiempo y el frío, antes de sentarse a la mesa. Lo complicado es que cuando se sientan, conversan muy despacio y cuesta escuchar lo que se hablan; pero en sus gestos noto que muchas veces son sabrosos comentarios sobre algunos amigos y familiares. Ella le dice algo bien seria y él, mientras prueba el café, escucha y se queda quietecito. Al poco rato, cuando ya ha dejado la taza sobre el plato, le contesta, pero con algo de resignación y espera. Desde un parlante embutido en el cielo se escucha una radioemisora, pero también muy quieta, y simplemente se mezcla con el ruido del lavado de platos que llega de la cocinería. Los comensales se pasan el periódico unos a otros. Una vecina de jeans y polera blanca se levanta y le ofrece el suplemento del sábado a un conocido que acaba de llegar, y a quien saluda de nombre: John. John se sienta, acepta el periódico y le pide a la camarera de edad que le traiga “lo de siempre”.
Me levanto de la mesa para cancelar mi desayuno y ahí arranca la conversa. Me siento como invitado a un gran banquete, finalmente aceptado. Antes de pasarme la cuenta me pregunta por mi nombre. Cristián, le contesto. Y usted, ¿de donde es? De Chile, le contesto. Claro, como no , un país bien largo, me repite. Y sin darnos cuenta, empezamos a conversar largo y tendido. Vemos pasar a los clientes, desfile de nuevos parroquianos, pero seguimos inmutablemente involucrados con nuestras preguntas y respuestas. Y no lo van a creer, pero como ocurre en los relatos malos, tontos, de coincidencias fáciles –pero este no es un relato, así que todo está permitido-, me contó que su madre había trabajado para “Paulo Nerruda”, cuando este había estado a cargo del consulado chileno en Rangún. Por eso conocía mucho de Chile; pero a su mamá no le cayó nunca bien, “Nerruda,” lo consideraba un glotón. Notamos que a veces oscurecía, pero pronto aclaraba y salía nuevamente el sol. Se nos ocurrió que a lo mejor habíamos estado conversando por semanas, pero no nos sentíamos cansados. A veces, al interrumpir la conversación, notábamos que ya nadie entraba sacudiéndose la nieve.
Al salir a la calle, un calor de verano me abofeteó el rostro. Al instante me suena el celular. Es Pilar, la Pili que perentoriamente me dice que me apure, Camila y Sofía ya están por llegar en una visita de verano……. nuevamente se me había comprimido el tiempo como en la vida de una mosca.

Febrero 22 14
¡Felicitaciones a nuestro sobrino, Fernando, que acaba de ser papi!