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Lector, químico y lector Me gusta todo lo que se lee fácil y sin pedanterías. Relatos autobiográficos ocupan por ahora mi interés

10. Vivir con un recuerdo

Mientras conduzco mi Prius blanco por las largas carreteras de Michigan, envuelto en ese silencio que solo se quiebra con el rumor distante de las llantas sobre el asfalto, de pronto, casi como un relámpago en medio del letargo de la mañana, vislumbro al borde de la autopista amplia y despejada de North Territorial un pino caído, seco, abandonado a su suerte. Siento que algo me sacude por dentro, como si ese árbol vencido me llamara desde un lugar de mi memoria. Sin pensarlo, detengo el auto y bajo a la carretera, todavía con la respiración entrecortada, mientras el aire denso y tibio del verano me envuelve como una manta pesada, cargada de pasado. Camino hacia el tronco con pasos lentos, casi temblorosos, como si temiera que el pino desapareciera si me acerco demasiado rápido. Apoyo las manos sobre la corteza áspera, paso los dedos con una mezcla de reverencia, necesitando encontrar ahí un puente, una grieta por donde asomarse a mis otros días, a las tardes doradas de la infancia en la zona central de Chile. Pero al tocar esa madera fría y quebradiza, me golpea una verdad: no es el mismo pino que llevo a cuestas en la memoria, no es aquel centinela silente que presenció mis juegos y mis duelos en Algarrobo, ni el que custodiaba en soledad el camino a El Totoral, cerca del restorán de don Roberto, ese italiano generoso y eternamente melancólico. Allá, el aire era distinto: una brisa limpia, vibrante, preñada del rumor distante del mar y del aleteo inquieto de las aves, como fragmentos de un mundo que aún palpitaba, intacto e inalcanzable. Aquí, en cambio, la brisa es tibia, casi perezosa, y el aroma de los pinos bajo el sol no logra despertar esa nostalgia luminosa, esa ráfaga de vida que me hacía sentir invencible. Sin embargo, los recuerdos siguen ahí, tercos y ardientes, latiendo con furia; se resisten al paso del tiempo y se repiten obstinados. Nadie, absolutamente nadie, podrá nunca arrebatarme ese torrente de imágenes, esa memoria viva y doliente que me sostiene y me obliga a escribir, a luchar con palabras por preservar esos instantes, extenderlos en el tiempo y protegerlos de la sombra del olvido, aunque solo sea por un instante más, y aunque duela cada vez que los invoco.

En esos años compartíamos mucho más que un techo; respirábamos el mismo aire, nos duchábamos en el mismo baño donde el vapor se mezclaba con nuestras risas y alguna que otra discusión, y nos reuníamos, tarde tras tarde, frente a la mesa coja del comedor de entrada en nuestra casa de Avenida Suecia 1521—una casa que ya no existe, demolida como tantas otras—para partir una empanada entre todos, saborear un sándwich de queso con tomate o dejar que se nos deshiciera en la boca aquel dulce chileno, un “príncipe”, que nos hacía olvidar cualquier tristeza. Ese mundo era mi refugio, lo sentí real, irrompible, como si estuviese hecho de certezas eternas. Pero el tiempo, como una marea lenta, nos fue llevando lejos; la distancia y los malentendidos borraron lo que creía inmutable. Muchas cosas importantes jamás se dijeron, se ocultaron o simplemente se dejaron ir, tragadas por la rutina y el miedo. Y un día, de golpe, con la violencia de un portazo, borraron ese mundo de un plumazo, desheredándome no solo de lo material, sino de ese universo de afectos y recuerdos, como si lo vivido junto a la mesa coja nunca hubiese existido, como si yo fuera un extraño en mi propia historia. Quizás por eso, cada vez que escribo, lo hago impulsado por una nostalgia, como si cada palabra fuera una súplica por acercarme a ellos, especialmente a Ximena, por tender un hilo hacia esa ausencia inmensa y tratar de comprender lo que quedó atrapado. En cada línea que corrijo, en cada frase que retomo, siento los ecos de aquellos días perdidos, y escribo para rescatarlos, aunque sea por un instante, del olvido al que el tiempo intenta condenarlos.

Se nos dio a entender, casi como una sentencia fría y distante, que nosotros, los hermanos, vivíamos holgadamente, mientras que nuestra hermana atravesaba dificultades que la hacían merecedora de una consideración especial; ese fue el veredicto impuesto desde afuera, que dictaba cómo debíamos distribuir el legado de nuestros padres de manera asimétrica, sin tener en cuenta que una enfermedad podía derrumbar nuestra estabilidad en un instante, o que cualquier imprevisto –como la pérdida de un empleo, un accidente, un desastre natural– podía cambiar el rumbo de nuestras vidas para siempre. Lo más doloroso fue descubrir que no fuimos tenidos en cuenta, que todo se decidió a nuestras espaldas, como si nuestras historias, nuestros miedos y nuestras necesidades no importaran. La sorpresa fue amarga, como un gran portazo. Sentí ese golpe como una traición, una injusticia. Me invadió una tristeza que quemaba, mezclada con la sensación de haber sido invisibles para quienes debían protegernos y comprendernos. Todo lo que pensaba seguro, todo lo que creía intocable en el lazo entre hermanos, se desmoronó de repente, dejando tras de sí un vacío helado. Me dolió saber que nuestras voces no valieron nada, que el cariño y el esfuerzo compartidos fueron borrados de un plumazo por una decisión ajena, y me quedé mirando la puerta cerrada, con el eco del portazo resonando en mi memoria. Fue como si una grieta se abriera entre nosotros, donde el amor familiar se fracturó, sin que nadie pudiera detenerlo.

Antes de que se desencadenara el malentendido que nos separó, le escribí una carta a Ximena, con la esperanza de rescatar lo poco que quedaba de nuestra familia, sabiendo que mi padre ya había partido y que el silencio de su ausencia nos envolvía a todos. Fue un intento casi a ciegas de abrir una puerta al diálogo, a la comprensión, a la justicia; porque esa casa no era solo ladrillos y recuerdos, era mi refugio, mi hogar, la cuna de mi infancia y de mi historia, el último refugio contra el frío de la soledad. Sin embargo, ni ella ni mi hermana quisieron entenderlo, o no pudieron, y Ximena ni siquiera se dignó a responder mi carta. Ese mutismo me dejó un vacío inmenso, una herida que se volvió desprecio, soledad, y que me pesó durante semanas interminables. A veces, en las noches más largas, pienso que si se hubiese dado ese diálogo, si hubiera habido un destello de apertura, mis hermanos y yo la habríamos rodeado, habríamos querido sostenerla, apoyarla, buscar juntos lo necesario para que encontrara paz. Pero eligió desconfiar de nosotros; y lo hizo con una desconfianza amarga, oscura, casi venenosa, como si todo lo vivido pudiera borrarse de un golpe. Esa sospecha se dirigía no solo a nosotros, sino a las nueras, esas figuras siempre presentes en las sombras, moviendo sus palillos lacerantes en la oscuridad de la noche, alimentando dudas, apropiándose de lo ajeno como si la herencia fuera un botín a disputarse. Esa sospecha me lastimó hasta lo más hondo, y mi hermana, arrastrada por el temor, terminó por sumarse a ese manto de desconfianza que cubría todo lo que alguna vez fue cariño, aprecio. El dolor de esa desconfianza sigue resonando en mí, como un rumor sordo que no puedo ahuyentar.

Cuando pienso en episodios como ese, no solo veo el silencio que envolvió la vida de mi padre: siento que ese silencio es un manto denso que cubre cada rincón de su historia y la mía. Es como una niebla que se cuela por cada grieta, sofocando los recuerdos y robándole color al pasado. Miro hacia atrás y me asalta una pregunta casi dolorosa: ¿cuántas partes de su vida quedaron atrapadas para siempre en las sombras de su memoria, guardadas bajo llaves que jamás quiso entregar? Esos momentos nunca contados aparecen ante mí como vacíos oscuros en una fotografía antigua—huecos que no solo duelen, sino que laten y reclaman. Siento esos silencios palpitando en los márgenes de mi propia vida, susurrándome en las noches más largas, arrastrando las palabras que se tragó por miedo o pudor, de todo lo que prefirió callar antes que enfrentar. A veces, ese silencio me parece un muro imposible de escalar, otras veces es un abismo que amenaza con tragarme entero. Su silencio no era simple ausencia de palabras; era un refugio precario, una barrera levantada para protegerse del dolor, pero también un abismo frío donde, cada tanto, aún me pierdo, siento que su dolor y el mío se confunden.

A veces me sorprendo imaginando que, en verdad, su mayor deseo—o quizá su temor más profundo—fue dejar todas esas historias sumidas para siempre en la penumbra, ocultas como tesoros malditos en un cofre sellado y condenado a no abrirse jamás. Pero esos hechos sin nombre, esas emociones indefinidas que él intentó enterrar, se rebelan contra el olvido; terminan encontrando fisuras en el muro de su silencio por donde irrumpen, a borbotones, hacia la superficie, como me pasa a mí cuando escribo y me enfrento a ese torbellino de recuerdos que me quema y me desgarra. Al escribir, siento que me acorralan, que se agolpan y me asfixian por salir, que no toleran el silencio y exigen ser nombradas, aunque me partan en dos, aunque hieran. A veces percibo que, en sus últimos años, Juan halló cierto alivio en ese mutismo, en la resignación callada de saber que no todo puede ni debe ser explicado ni revivido; y, sin embargo, ese silencio también pesa y retumba, como una nota grave y sostenida en la memoria, incapaz de apagarse del todo, vibrando en el fondo de mis noches y reclamando su lugar entre mis palabras.

Es curioso cómo la escritura se transforma en un hilo invisible y ardiente que me arrastra hacia todas esas ausencias, haciéndome sentir su peso y su misterio con una intensidad que a veces me desborda. Son recuerdos borrosos, delicados como el humo de una vela que acaba de apagarse, pero obstinados y que se aferran a mi mente y se convierten en palabras que dejo caer, una por una, como lágrimas que resuenan en la penumbra de mi relato. Cada vez que corrijo mis textos, siento que navego en medio de un mar turbulento de fragmentos rotos, vestigios de vidas tan distintas y distantes, que me atraviesan y me hacen sentir parte de un mosaico frágil y palpitante, donde cada pieza encierra no solo su propia historia sino también las grietas, las luces y las heridas de la mía. Escribir se vuelve entonces un acto de esperanza y vigilia insistente, una búsqueda casi febril por rescatar del olvido esos retazos que laten, que arden y que, al nombrarlos, me enseñan a mirar de frente el vértigo de la memoria.

En medio de los recuerdos familiares, resplandece la figura de Ximena con gran intensidad, como si su presencia y sus eternas contradicciones hubiesen tejido los hilos de nuestra historia. Su complejidad no es solo una sombra que se proyecta sobre mi vida: es el pulso invisible que me acompaña incluso en las noches más largas, cuando la nostalgia y el desvelo me envuelven y solo su recuerdo logra calmar el temblor. Siento que su pasión por la escritura era un fuego capaz de iluminar los rincones más oscuros de nuestra familia, pero también de quemarla por dentro. La arrastró a un territorio incierto, entre la reserva y la expresión, donde cada palabra que intentaba poner sobre el papel era un acto de valentía y de miedo, una lucha feroz entre el deseo de pertenecer al mundo literario y el temor devastador de revelar demasiado de sí misma. Escribir, para ella, era mucho más que un ejercicio; era una batalla interna, una búsqueda desesperada por liberar aquello que palpitaba hondo y, al mismo tiempo, un riesgo de quedar expuesta, vulnerable ante los juicios implacables de los demás, como si cada frase pudiera desnudarla para dejarla temblando frente al mundo. En esa danza entre silencio y la palabra, Ximena construyó su refugio y su prisión, y esa misma tensión se transformó en el latido secreto de nuestra dinámica familiar, marcada por emociones que nunca se dijeron y que a veces pesaban como losas sobre cada uno de nosotros. Para mi madre, cada relato era una tentativa de redención, un espacio donde la esperanza de ser entendida se mezclaba con el dolor de sentirse juzgada y sola. Y yo, testigo de su lucha, no podía sino admirar la fuerza con que intentaba romper sus cadenas, aun cuando el miedo la envolvía como un manto helado, porque en ese esfuerzo veía su humanidad, su amor y su fragilidad, y sentía que ese pulso rebelde era lo que nos mantenía vivos, a pesar de las heridas y los inviernos que nos rodeaban.

Recuerdo cómo los libros y las ideas flotaban en nuestra casa, suspendidos en el aire como motas de luz que se colaban por cada rincón y se mezclaban con el aliento cálido y expectante de nuestras conversaciones. Era como si la casa palpitara al ritmo de la literatura, respirando el eco inconfundible de páginas que se abrían y cerraban, de títulos susurrados entre la cocina y el comedor y que por un instante, lograban borrar el dolor y las heridas que cada uno llevaba a cuestas. Mientras mi padre se aislaba, tragándose la soledad de su trabajo y construyendo muros de silencio que nos separaban, mi madre encontraba en los talleres literarios y en esas largas charlas su tabla de salvación, el único refugio que la mantenía a flote cuando la rutina gris amenazaba con devorarle la esperanza. Su entusiasmo era como un fuego que iluminaba la penumbra, pero en el fondo, nunca terminaba de entregarse por completo a la escritura, y esa renuncia latía en el ambiente como una nota amarga que se colaba entre las sombras y nos recordaba que, a pesar de todo, había miedos y sueños que jamás se atrevieron a ser nombrados.

Los libros y aquellas discusiones sobre autores y obras eran nuestro extraño ritual, una ceremonia que nos unía de manera frágil y, al mismo tiempo, dejaba a la vista las grietas invisibles que nos separaban. Mi madre hablaba de literatura con una pasión ardiente, como si al pronunciar nombres de escritores y novelas buscara encender algo que solo chisporroteaba, nunca llegaba a arder en ella. Sentía, a veces, que la creación literaria era un fuego reservado para otros, no para ella, y esa contradicción—tan suya, tan nuestra—era el espejo más nítido y doloroso de la familia que fuimos: siempre al borde de la confesión, siempre bordeando el abismo de lo no dicho.

A medida que el silencio de los años se iba acumulando, sentí cómo el peso de lo no dicho por mi padre no era solo un vacío sino una sombra densa que se extendía sobre mi historia, marcando con cicatrices invisibles cada rincón de mi memoria. Esos huecos, esas decisiones que él eligió guardar bajo llave y nunca compartir, no solo me dolían: a veces sentía que me ahogaban, como si su silencio tejiera un muro imposible de escalar entre nosotros. Mi madre, en un contraste lleno de luces y sombras, buscó refugio en los talleres literarios, aferrándose a ellos como a un salvavidas en medio de una tormenta. Era su ventana hacia un mundo posible, un intento por huir del peso insoportable de las palabras que nunca pudo pronunciar. Pero incluso allí, en el territorio frágil de la creación, la escritura se convertía en una batalla contra sus propios miedos; y esos miedos la iban podando poco a poco, arrancándole el coraje antes de que pudiera florecer del todo. El temor a mirar de frente aquellas verdades incómodas, a asomarse al abismo, la quemaba, y entonces las palabras se le caían de las manos como piedras secas, incapaces de construir un puente hacia la libertad que tanto anhelaba y tanto le asustaba.

Quizás escribo porque Ximena lo hacía bien, porque su manera de enfrentar el papel y sus me dejaron una huella indeleble. Me reconforta pensarlo así, me agarro a esa posibilidad como quien se aferra a un salvavidas en mitad de la tormenta. Me gusta imaginar que fue su herencia, que al escribir sigo los pasos de esa madre sustituta, como dijo alguna vez la escritora argentina María Negroni en una entrevista, y que en cada palabra que esbozo hay un eco de su voz temblorosa y valiente. Hay días en los que el desánimo me deja sin aire, días en los que dudo de todo, y entonces me aferro con fuerza a la idea de que mi pasión por la escritura es el regalo más generoso que ella me dejó, un legado que me sostiene cuando todo parece tambalear. Ximena me empujaba a escribir, a buscarme entre las palabras y los recuerdos, y ese impulso, esa necesidad de nombrar lo que duele y lo que salva, es el tesoro que guardo con ternura, construido con buena leche, tejido entre sus gestos y sus temores. Nunca sabré con certeza si esa fue realmente la herencia que me dejó, pero cada vez que escribo siento que la celebro, que la rescato del olvido, y que, a través de mi escritura, su presencia se vuelve tan real y tan intensa como lo fue en mi infancia.

Avanzo en mis recuerdos y me estremece comprobar cómo las palabras y los sentimientos guardados tejieron, con hilos invisibles, la compleja trama de nuestra historia familiar. Escribir, entonces, no ha sido solo un acto de memoria, sino un intento de sanación, una búsqueda ardiente por rescatar todo aquello que Ximena y Juan nunca pudieron, o no se atrevieron, a compartir. En cada línea que escribo siento que lucho con fantasmas, que intento tender puentes sobre abismos de cariño, miedo y ausencia que todavía me duelen y renacen con cada evocación. Tal vez la escritura es mi único refugio, el espacio donde los mundos rotos de mi familia pueden encontrarse, confesarse y, al menos por un instante, reconciliarse bajo la luz frágil de mis palabras.

En el retazo de imágenes que forman mi pasado, los talleres literarios de mi madre resplandecen como constelaciones vibrantes, pequeñas islas de luz y esperanza donde ella se aferró con todo el corazón a la posibilidad de encontrar algo más, algo hondo y verdadero que quizá nunca terminó de abrazar del todo. La recuerdo rodeada de escritores, sumergida en interminables Talleres Literarios—los de Guillermo Blanco, Martín Cerda, Enrique Lafourcade, Ágata Gligo y Edmundo Concha—buscando con ansia ese destello de sentido, esa revelación que pudiera arrancarla de sus miedos. A veces me pregunto si en esos momentos de escritura en que se atrevía a sacar palabras desde lo más profundo y plasmarlas temblorosas sobre el papel, ¿alcanzaba a rozar, aunque fuera por un instante fugaz, esa verdad que la aterraba y la atraía a la vez? ¿Sentía ese vértigo dulce y doloroso de enfrentarse consigo misma, de desnudar su herida y convertirla en relato? Porque allí, en el silencio del papel y la intensidad de los talleres, mi madre parecía buscarse y perderse, vibrar entre el miedo y la esperanza, tocando con los dedos la emoción pura de estar viva y de atreverse a contar, aun cuando la verdad la asfixiara.

Quizá esa verdad que mi madre perseguía en su escritura era, en realidad, la misma de la cual huía: la confrontación con las heridas abiertas y los pesados silencios que marcaron a fuego cada rincón de su vida. Veo ahora que esas palabras, esos sentimientos encapsulados entre sus costillas, se deslizaban subrepticiamente en cada relato suyo, infiltrándose como un eco en historias que, aunque nunca reconoció como propias, llevaban la huella indeleble de su historia. Tal vez, allá en lo más hondo, Ximena intuía que escribir es mirarse en un espejo implacable y sin piedad, uno que no permite disfrazar ni esconder el temblor de las emociones que la definían. Y, sin embargo, había en esa lucha interna algo conmovedoramente humano, una batalla entre el ardiente deseo de gritar su verdad y el temor paralizante a romper el delicado equilibrio de su mundo interior. Muchas veces la sorprendí quedándose suspendida en el abismo de sus pensamientos, la pluma flotando entre sus dedos, como si las palabras pelearan por salir de una tormenta interna de dudas, culpa y nostalgia. En esos instantes, el silencio era casi tan elocuente como un grito, y me descubría preguntándome si la escritura era, para ella, un refugio cálido, o un campo minado. Quizá ambas cosas a la vez, y ahí radicaba la belleza y el dolor inconmensurable de su oficio de escribir.

Es inevitable que compare su vínculo con las palabras y la forma en que yo me aferro a la escritura, casi como quien abraza a un náufrago en medio de la tormenta. Para mí, escribir se ha transformado en un acto de reconciliación, una manera de curar las grietas y de nombrar las heridas que guardo. Para ella, en cambio, cada palabra se convertía en un umbral peligroso, una puerta que al abrirse dejaba escapar todos los abismos que la acechaban, los miedos que la desbordaban. Y aun así, con valentía, nunca dejó de intentar cruzar ese umbral, aunque supiera que al otro lado la esperaba el vértigo y la incertidumbre. Persistía, luchando contra sus propios fantasmas, como si buscara en cada frase una chispa de redención que, por más que se acercara, siempre parecía desvanecerse entre sus dedos. Cada intento era una batalla, un grito ahogado, y yo, como un testigo, no puedo dejar de admirar esa tenacidad triste y luminosa con la que buscaba alcanzar, aunque fuera por un instante, la paz esquiva que tanto anhelaba.

Conoció a escritores de renombre, como José Donoso y Alone, el célebre y temido crítico literario de aquellos años, aquel que fue capaz de tenderle la mano a Neruda cuando aún era un desconocido para el mundo. Alone tenía un talento feroz para la escritura, pero era sobre todo en sus crónicas dominicales para El Mercurio donde su pluma afilada brillaba y hacía temblar a más de un autor con sus juicios lapidarios. Me sigue resultando fascinante, incluso conmovedor, recordar cómo Juan, los toleraba en casa: ese modo suyo, contenido y distante, de ofrecerles un saludo al llegar del trabajo, estrecharles la mano y mirarlos con una mezcla de respeto y sospecha. Juan mantenía siempre una prudente distancia, como quien intuye que bajo la superficie brillante de esos personajes se ocultan secretos y flaquezas tan humanas como inconfesables. Era como si los viera de verdad, desnudos en su fragilidad, y por eso nunca se permitía acercarse demasiado, temiendo quizá reflejarse en ellos más de la cuenta.

La amistad de mi madre con Alone fue mucho más que un vínculo casual: era una alianza entrañable que supo resistir los embates del tiempo. Juntos paseaban por el Cerro San Cristóbal, dejando que la brisa les despeinara los recuerdos, y se tomaban fotos con esas viejas cámaras de cajón, entre risas y miradas cómplices, en la cima del mundo, justo a los pies de la Virgen. Recuerdo el brillo en los ojos de mi madre cada vez que Alone le proponía enseñarle a escribir en Piedra Roja, su refugio secreto, ese santuario donde nacían sus crónicas capaces de fulminar a un autor o de consagrarlo para siempre. En esas invitaciones se escondía la promesa de descubrir mundos nuevos, de abrir puertas hacia el vértigo de la escritura auténtica, y mi madre, entre emocionada y temerosa, parecía debatirse entre la emoción de ser elegida y el miedo a no estar a la altura de aquel maestro implacable. Cada encuentro era una chispa de vida, un instante suspendido en la memoria, donde la posibilidad de escribir y de arriesgarse se volvía tan real como el horizonte que contemplaban juntos desde lo alto del cerro.

Lo triste y sorprendente es que Ximena, con esa relación tan extraña y difícil que mantenía con la escritura, cuando lograba dar forma a algo bueno, cuando un relato le brotaba a flor de piel y escribía en carne viva, el miedo la invadía como un vendaval y ya no quería volver a tocar ese tema. Sentía pánico de asomarse a ese territorio donde la palabra rasga la costra de lo cotidiano y expone la herida sin anestesia. Tal vez, para ella, la escritura no era más que una tabla de salvación pasajera, un refugio donde podía rodearse de personas brillantes, inteligentes y con un cierto halo de glamour, como José Donoso y, sobre todo, su mujer Pilar Serrano, que con una gracia única hablaba de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes o Cortázar como si fueran vecinos de su barrio. Para Ximena, la escritura fue un territorio importante, pero lo recorrió con temor, con esa angustia que paraliza y que hace temblar las manos. Quizá intuyó que escribir significa llegar a un punto de no retorno, a una frontera en la que ya no hay vuelta atrás, donde se hace imprescindible contar la verdad, sin adornos ni evasivas, sin los fuegos artificiales de las palabras que buscan distraer de lo esencial. Allí, los silencios se vuelven tan palpables como las frases, y la memoria tiembla ante lo revelado. Pero mi madre tuvo buena compañía, porque Alone tampoco se atrevió: a él también se le doblaron las piernas, se quedó en la periferia, comentando lo que leía, el último libro que llegaba a sus manos. Se trancó, se asustó, nunca logró liberarse de su familia ni de las raíces que lo ataban. Recuerdo que le confesó a Ximena, en un momento de honestidad, que él tampoco poseía ese soñar despierto de los escritores, ese impulso que te empuja a seguir escribiendo incluso cuando la vida te reclama en otro sitio, con una parte del cerebro rehaciendo una frase, un párrafo, el título de un relato mientras la otra conduce hacia el trabajo o se ducha por las mañanas. Y hubo otro miedo, más práctico, pero igual de contundente, que terminó marchitando la escritura de Ximena: el terror visceral a la crítica. No sabía cómo enfrentarse a ella, no la soportaba; su sensibilidad se encogía ante el menor comentario, como una flor expuesta a la helada. Pobre del conocido, familiar o amigo que, con valentía, se atreviera a señalarle un posible error (…y aquí recuerdo a Juan, pobre papá). Jamás la vi reconocer un desliz, nunca la vi dudar de esos juicios tajantes, certeros, que lanzaba al grupo como carne cruda, como si en cada palabra estuviera defendiendo la última línea de su propia vulnerabilidad.

Ximena participó en el Taller Literario organizado por la escritora Ágata Gligo, quien lamentablemente falleció en 1997, a los sesenta y un años, tras luchar contra un cáncer fulminante. Ágata dejó una huella imborrable en el mundo literario al darse a conocer con su biografía sobre María Luisa Bombal (María Luisa, Editorial Andrés Bello, 1984), y supo acercarse profundamente a los corazones de quienes la rodearon. Ella conoció a mi madre más allá de los talleres y la vida cotidiana, hasta el punto de mencionarla en su libro póstumo Diario de una Pasajera (Editorial Alfaguara, 1997). Recuerdo con emoción uno de mis viajes a Chile, cuando, completamente por azar, me topé con ese libro escondido en una estantería de la cocina. Al abrirlo, sentí que me asomaba a un mundo íntimo y verdadero, como si las palabras de Ágata pudieran rescatar el pulso secreto de quienes compartieron su vida. En la página 187, me impactó leer: “Me sorprende Ximena. Tiene talento e imaginación, pero carece totalmente de pasión por escribir y, aunque no lo diga, es la única escéptica respecto al propio progreso literario. Intuyo que viene solo para entretenerse.” Ese juicio, tan directo y sincero, me hizo estremecer; sentí en él una mezcla de desilusión y ternura, como si la falta de pasión de Ximena fuera, en realidad, el reflejo de una herida secreta, de un miedo profundo a entregarse por completo al abismo de la creación. Leyendo esas líneas, comprendí mejor la fragilidad de mi madre y el peso que la acompañaba cada vez que se sentaba ante una hoja en blanco.

En su Taller, Ximena escribió el siguiente relato:

Vivir con un Recuerdo:

Los grandes terremotos ya no me impresionan. Viví el primero a los nueve años y caminé entre los escombros que después supe cubrían los cadáveres.

Las atrocidades de la naturaleza nos hacen dar gritos de espanto, pero no nos alcanzan con esa puntada en el pecho, ese escalofrío que nos recorre el espinazo cuando observamos en apenas unos minutos toda una vida.

La muerte de un hijo es una tragedia cruel, la más penosa que le puede ocurrir a una mujer; sin embargo, el tiempo cubre ese sufrimiento de la misma manera con que se cubren las heridas sangrantes, tapándolas con vendas, forrándola. En cambio, los hechos pequeños, realidades apenas advertidas, apenas adivinadas, secretos pesares, como maldades del destino, remueven en la profundidad de nosotros mismos todo un mundo de dolorosos pensamientos que a veces los años y el tiempo no pueden cubrir. Los sufrimientos morales, tan complejos como incurables, tan vivos como profundos, persisten en hundirnos en un mar depresivo, amargo, como un desencanto imposible de alejar.

Recuerdo un hecho hondo, pequeño, palpitante, como si lo viviera ahora mismo. Ya tengo cuarenta años, pero entonces no era más que una chiquilla, una niña algo soñadora sumergida en la filosofía y en la historia. En ese entonces no me gustaba compartir con mis compañeros el café de la escuela, ni me interesaban los alborotos al terminar las clases. Me levantaba temprano y recorría el parque solitaria camino a la escuela. Los jóvenes de ahora ya no parecen caminar bajo los árboles, ¿verdad? El parque era como parte de un bosque olvidado, con claros luminosos, y las avenidas anchas y rectas de los costados fueron mis preferidas. Grupos de flores crecían aquí y allá, y algunas abejas doradas zumbaban al sol de la mañana. A menudo me sentaba a contemplarlas, y gozaba el sosiego de ese mundo.

Una mañana no fui la única. Un viejo flaco y encorvado, reescribía y recopilaba páginas afirmando las hojas sueltas sobre sus rodillas. Me interesó la enigmática postura del anciano. Lo espié durante horas escondida entre el macizo de plantas de la orilla. Me alejaba finalmente silenciosa, esperando no ser vista, cuando repentinamente el anciano me llamó por mi nombre: Ximena. Por un instante me paralizó la sorpresa. De inmediato sus ojos vivos parecieron palpitar al entregarme sus hojas manuscritas. A los pocos minutos, sentados ya muy juntos en la piedra helada, comencé a leer. En lenguaje pomposo explicaba en pormenores el trabajo y los problemas que habían tenido un grupo de personas. Mientras leía, el miraba hacia los lados, inquieto de que alguien más conociera su secreto. Me sentí turbada, intrusa, al conocer las humillaciones que el pobre viejo había sido víctima, hasta ser obligado a jubilar de su propia empresa, una empresa dirigida por él durante veinticinco años.

-Y para que sepas hijita –me aseguró- esto lo publicaré bien corregido, y entonces ellos sentirán vergüenza por lo que hicieron, vergüenza, y me devolverán mi trabajo.

Un ligero viento desprendió de mis manos la última página de su manuscrito. Los hechos narrados estaban fechados treinta años atrás.

Ese viejo, escribiendo su defensa tantos años más tarde, me tortura, y ese recuerdo se me ha quedado adentro como una herida sin curar.

Mi abuelo era un hombre sereno, tranquilo. Gustaba pasar sus horas leyendo en su sillón preferido frente a la chimenea y a su silenciosa biblioteca. ¿Por qué lo encontré escribiendo esa mañana? ¿Por qué esta herida no se cura? No lo sé. ¿Lo sabe usted?

Siento que el cuento está bien escrito; es la madre que deseo atesorar en mi memoria, luminosa y sensible, la madre que me inspira y me conmueve cada vez que la evoco en esas páginas cargadas de verdad. No es la anciana marchita y desconfiada que, con amargura, murmuraba a espaldas de los parientes o de sus nueras, ni la mujer desencantada que dudaba de todo y de todos. Prefiero abrazar a esa otra madre, la que dejó en sus palabras un eco de esperanza y ternura, la que supo transmitir con fuerza y sencillez sus heridas y su mundo interior, la madre viva en cada línea que leo y releo buscando consuelo y sentido. Esas palabras son el retrato más fiel y valioso que guardo de ella, y en ellas encuentro la madre que deseo recordar y honrar, mucho más allá de los desencuentros y el desgaste de los años.

Ese cuento no solo representaba un recuerdo, sino una herida abierta, una puerta hacia esos abismos de la memoria donde laten dolores que nunca terminan de cerrarse. Cada palabra que Ximena eligió parece vibrar con el peso de lo no dicho, como ecos que golpean una y otra vez las paredes de mi corazón. Me asalta la duda de si al escribirlo mi madre encontró algún tipo de consuelo, o si en realidad revivió aún más intensamente esas aguas oscuras en las que, quizás, siempre estuvo sumergida. Mientras vuelvo a leer esos relatos, me invade una necesidad de comprenderla, de acercarme a esa mujer compleja y profunda que fue mi madre, no solo a través de sus vivencias, sino también de sus ausencias. Siento que en esas historias, tan íntimas y tan cargadas de vida, ella dejó sin querer el testimonio más verdadero de su paso por este mundo; un legado poderoso, aunque tal vez jamás llegó a verlo como tal. Esas historias, pequeñas pero poderosas, se convirtieron en su legado, aunque ella, tal vez, nunca lo percibió de esa manera

En el cuento se abren tres heridas que no dejan de punzarme ni un segundo. Primero, el paso implacable del tiempo y la memoria, como un río oscuro que arrastra nuestra vida y la va desdibujando a su antojo, dejando ecos que retumban sin cesar dentro de nosotros. Segundo, los recuerdos imborrables, esos que se clavan como astillas y nos acompañan aun cuando creemos haberlos olvidado. Y tercero, esa llaga secreta y mal cerrada: la herida que el tiempo es incapaz de cubrir, por mucho que lo intente. El dolor de la injusticia, del abandono, de la pérdida de identidad, es profundo y persistente que ningún trámite, ninguna rutina ni responsabilidad puede silenciarlo: permanece ahí, latiendo, presente, como una sombra que se alarga con los años. Me conmueve ese tormento final, esa sensación de irreversibilidad devastadora con la que se nos muestra la vida, como si el destino se burlara de cualquier intento de sanar. La figura del abuelo, leyendo en su sillón frente a la chimenea, sereno y apacible, contrasta con la urgencia de ese otro instante: la necesidad vital de escribirlo todo, de explicarse, de no dejar que la injusticia lo borre sin dejar rastro. Es como si, en un último acto de rebeldía y dignidad, el abuelo se aferrara a las palabras para no derrumbarse, para seguir siendo él mismo. Y siento que el relato está bien logrado porque el narrador se disuelve en la historia, el ego de Ximena –siempre tan desbordante, tan cargado de orgullo– se desvanece por completo, cediendo el protagonismo al dolor y a la verdad. Estoy segura de que escribió ese texto porque algo la hería, la encendía por dentro. ¿Estaría ahí, latiendo en silencio, el recuerdo del doctor Alfonso Asenjo y su despido humillante, esa injusticia que nunca cicatrizó del todo?

Ximena no escribió ese cuento para lucirse frente a Alone, ni para impresionar a los sacerdotes amigos, ni siquiera para dejar boquiabiertos a sus hijos. No buscaba el aplauso ni el reconocimiento: lo hizo desde un lugar de absoluta invisibilidad, donde solo el dolor y la verdad importan. El relato está despojado de adornos superfluos, cada palabra pesa y resuena, como latidos sinceros que nos envuelven sin distracción, sin permitirnos escapar de su hondura. Al leerlo, uno no puede evitar sentirse remecido por el paso del tiempo, ese torrente que arrastra vidas y recuerdos sin remedio, y donde emergen costras abiertas, heridas que arden y desencuentros que nunca se cierran. Es como si el relato pulsara en nuestra propia piel, haciéndonos sentir la nostalgia y la pérdida, el vértigo de lo irreversible. A través de su sinceridad descarnada, Ximena nos deja desnudos ante el abismo, enfrentando las preguntas que duelen y pesan.

Ximena escribía con una sensibilidad y una fuerza especial donde cada palabra parecía palpitar en la página. Por eso mi crítica es aún más honda; porque ella tenía el don, el talento verdadero para dar vida a sus historias, para transmitir emociones que nos atravesaran. Ella pudo, ella debió escribir mucho más, regalarnos relatos aún más profundos, más vastos, más desgarradores. Es una pena que no lo hiciera, y no por deseos de fama, éxito o reconocimiento, sino por el amor y la necesidad de que su memoria, su voz y sus heridas quedaran vivas entre nosotros, sus hijos, sus nietos y nietas. Pese a su talento, nunca abrazó su escritura de verdad, nunca se permitió tomarla en serio, y en ese abandono perdimos todos: ella perdió una parte esencial de sí misma, y nosotros nos quedamos sin el tesoro de sus historias, sin ese legado de palabras que podría habernos ayudado a comprenderla y a sentirla más cerca, siempre presente, siempre luminosa.

A veces me pregunto qué fuerza secreta me empuja a sumergirme una y otra vez entre esos papeles viejos, esos recuerdos y relatos que guardo como tesoros en el subterráneo de mi casa. Es como si en cada hoja amarillenta, en cada frase con tinta desvaída, palpitara una parte extraviada de mí, un fragmento esencial de mi identidad que aún me resisto a perder. Siento que la memoria, tan frágil y esquiva, se hace tangible cuando sostengo esos retazos del pasado entre mis manos temblorosas. Tal vez, en el fondo, busco reconciliarme con quienes fuimos, sanar heridas que nunca supe nombrar y hallar respuestas a preguntas que nunca me atreví a formular en voz alta. Percibo que hay algo bien humano en esa búsqueda: la urgencia de salvar del olvido los restos de nuestra historia, de proteger los ecos de quienes amamos y de mantener viva la llama de lo que fuimos en los rincones más hondos de nuestro ser.

Recuerdo el día en que, casi por azar, encontré una carta escrita por Ximena, doblada con un cuidado casi sagrado dentro de un libro que el tiempo había relegado al olvido. Al desplegar el papel, sentí que sus palabras vibraban en el aire, frescas y palpitantes, como si hubieran sido escritas para mí en ese preciso instante. Aunque los años han ido borrando poco a poco la imagen de mi madre, esa voz suya, contenida en la tinta, atravesó el silencio y me abrazó con una fuerza inesperada. Descubrí, entre el temblor de mis manos, que sus palabras son mucho más que recuerdos: son huellas vivas de su presencia, un eco profundo e imperecedero, una promesa de inmortalidad que solo la escritura es capaz de ofrecer. No son simples vestigios del pasado, sino portales abiertos a universos secretos, a emociones y misterios que aún no logro descifrar del todo, pero que me llaman y me envuelven, como si mi madre buscara, a través de cada frase, dejarme una parte de ella para que nunca la olvide.

Siento, con una fuerza casi visceral, que ese cariño por la escritura, ese hechizo por los libros y las palabras, esa reverencia por el lenguaje, los heredé de Ximena. Es una herencia que nadie podrá arrebatarme, un testamento inquebrantable que llevo grabado en el alma. Cuando la tristeza me asalta, la evoco así: rodeada de libros, sumergida en sus historias, dejándome el eco de su voz entre las páginas. Imagino que esa fue su verdadera herencia, la llama viva del lenguaje, el don de transformar el dolor y la belleza en palabras. En esos momentos, la mesa coja del comedor de diario, en la entrada de mi antigua casa en Avenida Suecia 1521, vuelve a ser el centro de mi mundo: el lugar donde se tejieron recuerdos y se derramaron emociones. Esa realidad existió y no quiero ni debo huir de ella. Necesito aferrarme a esos instantes, rescatarlos del olvido y revivirlos en textos que transmitan no sólo emociones, sino también la certeza de que todo aquello fue verdadero, que cada risa, cada lágrima, cada palabra pronunciada alrededor de esa mesa sigue palpitando en mi memoria, manteniéndola viva y confirmando que, en efecto, todo eso ocurrió y sigue ocurriendo en mí.