12. Pinochet nos jodió a todos, mijito.

Siempre me pregunto cómo habrá sido vivir en la piel de mi padre durante aquellos años turbulentos, en un país partido entre el miedo y la esperanza, especialmente entre 1970 y 1990. Más aún, afinando el enfoque, desde el 11 de septiembre de 1973 —día del Golpe de Estado— y durante los días y años interminables que siguieron, cuando la vida cotidiana quedó marcada por la represión, el toque de queda, la vigilancia y la constante incertidumbre. Imagino el peso de cada decisión que tuvo que tomar, la ansiedad infiltrándose en sus noches como un veneno, y el silencio envolviendo nuestra casa como una niebla densa que todo lo alcanzaba. En ese clima, cada palabra pronunciada parecía estar cargada de temor, como si cualquier comentario inofensivo pudiera convertirse en motivo de sospecha. Se sentía la presión sobre lo que no podía decirse, los riesgos ocultos tras cada puerta, del miedo a posibles traiciones, incluso dentro del propio círculo familiar o de los amigos. Vivir con esa tensión permanente fue asfixiante, y comprendo ahora cómo ese ambiente de represión y desconfianza marcó profundamente sus días y nuestra historia familiar.

Ya anciano, a pocos días de su muerte—y esto lo he escrito, pero lo siento ahora con mayor urgencia, como si el recuerdo se abriera obligándome a enfrentarlo sin ninguna protección—mi padre, vencido por el paso de los años y las decepciones, me confesó con tristeza cuánto le pesaban esos años. Fueron años que se le habían grabado en su piel, eran visibles en cada arruga de su rostro y en la oscuridad de su mirada; años que hacían que sus manos temblaran al tomar las mías. Cuando me habló, tuve la sensación de que el tiempo se detenía y que la historia de nuestro país, marcada por la represión y las pérdidas, se entrelazaba inevitablemente con nuestra propia historia familiar, llenando el ambiente de una tristeza difícil de ignorar.

—Pinochet nos jodió a todos, mijito… —me dijo con la voz quebrada, como si en ese lamento estuviera soltando impotencia y rabia, como si en esa pequeña frase se condensara el dolor, el miedo y la resignación que muchas veces tuvo.

La revelación de mi padre, tan directa como inesperada, fue como un terremoto que sacudió los cimientos de mi historia. Sentí sus palabras cargadas de una desolación antigua, y vi como rasgaban de golpe llagas que creía dormidas bajo la rutina y el paso de los años. Fue una de esas revelaciones que no solo duelen, sino que también me obligan a mirar hacia atrás con otros ojos, cuestionando cada momento y cada gesto que antes me pareció trivial. Me pregunto si, al aceptar el cargo de director del Instituto de Neurocirugía Asenjo bajo un régimen que desarraigaba ideales y exiliaba afectos, no solo buscó sobrevivir profesionalmente, sino también construir a cualquier precio una coraza para protegernos, aun sabiendo que ese refugio costaría caro y dejaría marcas. Quizás pensó, con la mirada perdida en algún rincón oscuro del pasado, que su sacrificio personal podría, de alguna manera, equilibrar las grietas abiertas entre el deber y la lealtad, como si al cargar con ese peso sobre sus hombros pudiera evitar que el mundo se nos desmoronara. Ahora entiendo que cada elección suya fue también una negociación secreta con sus propios demonios y temores, una batalla que libró por nosotros en soledad, a la espera de que algún día lográsemos comprender el verdadero alcance de todo lo que calló por cariño o miedo, o por prudencia.

Su vida parecía un péndulo constante entre el pragmatismo y el arrepentimiento, un vaivén en el que cada decisión lo empujaba hacia una orilla distinta: la de la necesidad y la culpa. Vivía marcado por los actos que lo definieron, pero también por aquellos que lo señalaron como traidor ante los ojos de quienes alguna vez confiaron en él. En su mirada se podía leer el peso de las noches en vela, el saberse juzgado y, muchas veces, incomprendido. Tal vez esa dualidad, ese conflicto era en el fondo su manera de resistir el embate de la historia, de aferrarse a una esencia que temía perder bajo la presión del poder autoritario. Cuando me hablaba de aquellos años, era como si rasgara una grieta antigua. El recuerdo de amigos perdidos, de colegas que alguna vez lo respetaron y después le retiraron el saludo, parecía ahogarlo. Era como si la conversación reviviera la soledad de saberse distanciado.

Escribir sobre él me permite desentrañar las distintas capas de su historia y comprender esas motivaciones profundas que nunca quiso revelar del todo. Me hace pensar en los silencios que se fueron acumulando como polvo en los rincones de nuestra casa de Avenida Suecia 1521. Me hace pensar en las decisiones que le dejaron desgarros que el tiempo no logró sanar. Al revisar los recuerdos que guardo de Juan, descubro a un hombre que se esforzaba por sostener lo poco que quedaba en pie mientras todo a su alrededor parecía venirse abajo. Así es como siento que escribir, no es solo una tarea íntima o personal; es también un ejercicio donde intento captar esas voces y pequeñas verdades que nunca tuvieron cabida en los relatos oficiales ni en las historias contadas por otros. Es mi manera de comprender las grietas y contradicciones de nuestra historia de familia, reconciliándome tanto con los errores como con los sueños de aquellos familiares que llegaron antes que mí a este mundo. Al final, las palabras no solo reconstruyen algo de lo vivido junto a él, sino que también tienen el poder de rescatarlo del olvido, dándole sentido y dignidad a lo que alguna vez fue ignorado o silenciado.

Cuando me largó ese veredicto, lo miré preocupado, sintiendo cómo el peso de sus años se posaban sobre la habitación. Le pregunté por qué lo decía de esa manera, intentando convencerlo de que había hecho una valiosa carrera como médico, esforzándome por reconocer su esfuerzo y emprendimiento. Sin embargo, en esos instantes, fue como si el tiempo se hubiese detenido, como si todos los que alguna vez formaron parte de su vida estuvieran ya muertos y enterrados. Me miró con una expresión extraña, como si quisiera decirme que yo sólo intentaba endulzarle la vida con palabras, con frases hechas, vendiéndole otra pomada para aliviar algo que ya no tenía remedio. Esta vez ya no me preguntó: ¿a quién saliste tan inteligente, Pablito? Simplemente me escuchó en silencio, mientras yacía en su cama probando el jugo de naranjas con la calma de quien ha dejado atrás los días de esperanza y se refugia en los pequeños placeres que aún le quedaban, como escuchar sus tangos, probar sus platos de comida favoritos, mientras la vida se le iba apagando poco a poco.

Una ventisca fresca se coló por el ventanal del cuarto. El estruendo de la puerta al cerrarse sacudió los recuerdos, y fue como si el mundo entero le recordara que afuera la vida seguía mientras él se estaba quedando atrás, invisible, al margen de todo lo que parecía importante. Buscó en su interior una imagen clara sobre el destino final de su carrera, pero solo encontró dudas y cansancio. Ni el éxito ni el fracaso parecían tener ya importancia; lo invadía una sensación de abandono, como si la historia lo hubiera dejado en tierra de nadie. Anciano, sintió el peso de cada año acumulado a lo largo de su vida. Levantó sus brazos con dificultad, como si cada movimiento fuera una batalla, y dejó el vaso con el jugo de naranjas vacío sobre el velador con un gesto de fracaso. Se acomodó el almohadón en la cabecera de su cama, como buscando un último refugio en la intimidad de su habitación, mientras la ventisca seguía susurrando afuera, como si quisiera arrastrar consigo un aire denso.

Al reflexionar sobre el peso de las palabras y las decisiones en nuestra historia de familia, me pregunto si su silencio no fue más que un escudo, una armadura invisible que empleó para sobrevivir a lo inabordable y no perder completamente el rumbo. Mi padre, ese hombre de ciencia que parecía hecho de certezas, pero cuya alma estaba poblada de convicciones mezcladas y dolores difíciles de desentrañar, vivió prisionero entre dos mundos: uno que le exigía respuestas concretas, frías y racionales; y el otro que le demandaba lealtades viscerales, a veces incómodas, a menudo imposibles de cumplir sin traicionar algo de sí mismo. Cada relato suyo, cada confesión, llevó consigo no solo la figura de Pinochet como un espectro inevitable, sino también la sombra del miedo, la culpa y el duelo por lo perdido. Sus logros, que parecían brillar en la superficie, estaban marcados de cicatrices.

Las decisiones que tomó, por muy pragmáticas que fueran, terminaron por arrancarle pedazos de sí mismo. Hablaba como reconociendo que esos pasos hacia adelante lo habían ido alejando de sus propios ideales, de la versión de sí mismo que alguna vez soñó. Sentía el peso de lo que había dejado atrás: los amigos a quienes no pudo tender una mano, las vidas y esperanzas que se le escaparon por las grietas de la historia, y las relaciones que la urgencia política dinamitó. A veces, lo sorprendía mirando a través de una ventana, como si buscara en la lluvia una absolución. Ahora me doy cuenta, al recordar la intensidad de su mirada, que comprendía perfectamente que su posición como médico no solo le otorgó el respeto de los demás, sino que también lo encadenó a una encrucijada moral, donde cada elección pesó como una condena.

En los años 70, la sociedad chilena estaba desgarrada por una polarización política extrema, y esa fractura se reflejaba también en el interior de nuestra familia. Vivíamos una división interna casi irreconciliable: por un lado estaban mis padres, que se oponían abiertamente a Salvador Allende y defendían sus ideas con firmeza; y por el otro, mi hermano mayor, Felipe, que abrazaba con pasión los ideales de Allende y estaba dispuesto a arriesgarlo todo por sus ideales y sueños. Esta oposición de posturas generaba una tensión constante y latente; nunca había un verdadero momento de paz. Las discusiones políticas se volvían cada vez más frecuentes y cargadas de reproches, hasta el punto de impregnar la atmósfera de la casa y volverla asfixiante. En ese ambiente, incluso las conversaciones cotidianas parecían peligrosas: cada palabra podía encender un conflicto y cada silencio se sentía frío y pesado, como una barrera que nos alejaba aún más. Bastaba con cruzar una mirada para recordar la fractura que llevábamos dentro, una fractura en la familia que era el reflejo de la división de todo un país. Cada decisión, cada comentario no expresado, sumaba una nueva piedra al muro invisible que nos separaba y que hacía más difícil la convivencia.

Vivíamos bajo el peso de una historia marcada por el desencuentro y la incomprensión, sin lograr encontrar redención ni tampoco una reconciliación. Tal vez, al escribir, busco entender mejor lo que nos sucedió, tender puentes entre las partes rotas de ese legado complicado, y dar sentido a una memoria que aún hoy sigue palpitando con vida dentro de mí.

A menudo me pregunto si las decisiones que mi padre tomó en esos años fueron su tabla de salvación, una estrategia diseñada para sobrevivir y envolvernos en un manto de protección frente a un mundo hostil, donde cada palabra podía volverse un arma y cada gesto, una sentencia de peligro. ¿Cómo lograr conciliar ese rol profesional que lo definía y sostenía con la cruel realidad de un régimen que convertía cada elección, cada mínima acción, en un acto involuntario de complicidad y renuncia? Lo que me molestaba era esa incapacidad suya para desnudarse ante nosotros, de volver transparentes esos secretos pesados que habitaban su espíritu y lo mantenían despierto, prisionero de sus propios fantasmas. En los días más oscuros, cuando la tristeza calaba hondo, su mirada perdida recorría los rincones de nuestra casa como si buscara entre los recuerdos y las sombras una chispa de consuelo, una respuesta que le permitiera abrazar tranquilidad.

En una ocasión, durante una conversación que parecía comenzar como tantas otras, mi padre dejó escapar una confesión que se me grabó. Con la mirada perdida en algún punto remoto del pasado, me dijo que los compromisos que había asumido en su rol como director del Instituto de Neurocirugía no solo estaban teñidos de pragmatismo, sino también de sacrificios que aun con el paso de los años, seguían ardiendo en su conciencia. “Nunca se trató de lealtad al régimen, Pablito”, murmuró en tono casi inaudible, como si temiera que la verdad se desbordara y lo arrastrara de nuevo a ese abismo de dudas. Era también—agregó tras una pausa cargada de silencios—aquella interminable lucha por sostener el equilibrio entre lo que podía hacer y lo que, por más que su corazón se lo reclamara, no debía permitir, aunque eso lo desangrara por dentro.

Cuando mencionó a Pinochet, sentí que el aire se volvía más espeso y la distancia entre nosotros se alargaba. Descubrí que había una fisura profunda en su narrativa, un abismo donde el hombre científico y el hombre moral se desgarraban, incapaces de convivir en el mismo sitio. Mi padre, cuya vida había sido guiada por la lógica y la búsqueda de respuestas exactas, se veía ahora perdido, herido por las contradicciones que le impusieron esos tiempos turbulentos. Su figura, antes sólida y revestida de autoridad, comenzaba a desmoronarse ante mis ojos, vencida por el peso abrumador de decisiones que lo aplastaban y lo dejaban vulnerable, pequeño, atrapado en el vórtice de una historia que no eligió pero que se vio obligado a vivir. En su mirada se asomaba la impotencia. Sentí la urgencia de abrazarlo para que no se desvaneciera o se fuera quebrando de a poco, pero no tuve fuerzas, o no me atreví.

Mi padre nunca fue partidario de Salvador Allende, pero su jefe y mentor, el doctor Alfonso Asenjo, sí lo fue. No solo lo apoyó, sino que fue su amigo personal y su compadre. Por esa amistad, cuando llegó ese 11 de septiembre de 1973, el mundo se quebró en dos: Asenjo fue arrancado de su cargo como director del Instituto de Neurocirugía —el mismo Instituto que él había fundado con esfuerzo y sueños— y expulsado sin demora hacia su casa donde muy pronto, fue forzado a un exilio cruel y solitario. Recuerdo el temblor en las manos de mi padre mientras aceptaba el puesto que le ofrecía el dictador, obligado a reemplazar a su propio jefe, a su mentor, sintiendo el frío cortante de la traición y el deber mezclándose en su ser. En ese mismo instante, despedía también a uno de sus hijos, mi hermano Felipe, quien se marchaba hacia el exilio en Alemania llevando consigo nuestras esperanzas rotas y la angustia de no saber si volvería a abrazarlo. Lo ocurrido con Asenjo golpeó a mi padre con fuerza, como una marea oscura que arrasó con su legado; muchos colegas le dieron la espalda, negándole el saludo, condenándolo al silencio y al aislamiento. Por eso, la frase que escogió pocos días antes de morir retumba aún hoy en mi memoria como una losa sólida: “Pinochet nos jodió a todos, mijito.”

En el Instituto, las notas y reportes se apilaban alrededor de una calavera que tenía como adorno sobre su escritorio. Aquel macabro objeto -que a veces era usado como cenicero por un paciente distraído- parecía custodiar no solo el paso del tiempo, sino también los pesares que allí se asentaban.

Poco a poco me convencí que aquel hombre que yo veía al volante cuando íbamos camino a la casa de Algarrobo, no conducía solo un auto; manejaba el peso de su historia, de las decisiones que había tomado, y de todas las renuncias que lo habían ido vaciando poco a poco. La frase “Pinochet nos jodió a todos, mijito,” me resuena todavía como un lamento, arrastrando un registro triste pero auténtico: su legado, ese que alguna vez soñó, había desaparecido entre el abandono y la indiferencia. Años después, cuando jubiló, la soledad se instaló como una sombra en su vida; nadie lo llamaba y él tampoco llamaba a nadie. El silencio de su retiro fue real: había dejado de trabajar y sus colegas, aquellos con quienes compartió días y desvelos, nunca le dieron un reconocimiento; hubo una comida en un restorán de importancia, pero hasta ahí llegó todo. Su historia se fue apagando como la luz de una vela en un cuarto vacío, dejando tras de sí la huella de un destino que nunca quiso, pero que le fue impuesto desde afuera. Hacía esfuerzos por sostenerse, por avanzar a pesar de las heridas que lo atravesaban. Intentaba dejar atrás las decisiones que lo habían marcado, pero el peso de cada una se sentía en el ambiente, en la manera en que suspiraba al sentarse a la mesa o en el silencio que a veces lo envolvía en plena conversación. Yo lo observaba con una mezcla de curiosidad, desconcierto y una compasión a menudo impotente, incapaz de comprender del todo el fardo que él cargaba. En las reuniones de familia, su figura se erguía como una presencia agridulce: proyectaba una autoridad reverenciada, pero al mismo tiempo acompañada de una fragilidad doliente, el reflejo de un hombre que se movía entre la lógica de la ciencia y la necesidad humana, casi febril, de reconciliarse con el pasado turbulento de un país que lo había obligado a tomar decisiones imposibles. Ese contraste, esa lucha interna, se volvía palpable y me atravesaba como si yo también llevara una parte del peso.

Recuerdo cuando mi madre, ya viuda, reconoció lo poco que habían hecho por Asenjo, lo poco —casi nada— que pudo o supo hacer para aliviar las humillaciones que le tocó sufrir. Aquella confesión surgió una noche en la penumbra de su casa de Santiago, mientras las sombras crecían sobre las paredes y el día se nos apagaba. Mientras afuera se sentía el ruido de los autos y motos, me contó que una tarde hablando por teléfono con la señora de Asenjo, con su voz quebrada por el miedo, le susurró que en ese preciso instante estaban siendo allanados por una patrulla militar. “¿Y qué hiciste entonces, mamá?”, le pregunté, aunque temía su respuesta. Ella bajó la mirada y, con un hilo de voz tenue, me confesó al oído: “No hice nada, Pablito… no hicimos nada. Nos quedamos callados, presos de nuestro propio temor, aunque tal vez podríamos haber hecho algo, llamar a alguien, algún pariente o amigo militar, cualquier cosa. Pero no hicimos nada.” Ese remordimiento, esa impotencia, nos envolvió a ambos como si cada segundo de esa llamada hubiera dejado una marca indeleble en ese atardecer que se nos iba. Afuera era de noche.

No entiendo cómo pudo ocurrir una conversación de ese tipo, cómo pudo mi madre levantar el teléfono y hablar con la señora de Asenjo cuando las relaciones estaban completamente cortadas, cuando lo que los separaba era más que un simple desencuentro, era un abismo. Me cuesta recordar el temblor de sus manos, la carga de ese silencio incómodo, antes de que una palabra pudiera cruzar el vacío. ¿Cómo fue posible que, en medio de tanto hielo, de tanta distancia, surgiera ese gesto humano? Esa fue otra interrogante que se me quedó suspendida, flotando en el aire, algo que nunca conseguí resolver porque la escena entera me parecía irreal, casi imposible, demasiado descabellada para ser cierta. Y aun así, la imagen de ambas, unidas por el hilo frágil de una llamada me persigue, como si en ese instante el peso de la historia se concentrara en un par de frases ahogadas por el miedo y lo que no se dijo.

Quizá solo el paso del tiempo puede hacer que esas preguntas broten con verdadera fuerza, que se conviertan en punzadas que maduran para que finalmente entreguen las respuestas buscadas. Es como si el reloj fuera un cómplice: cada tic, cada tac, cada segundo, parece cargar con peso y significado aquello que antes era apenas una inquietud. Hay preguntas que necesitan la distancia de los años para cobrar una voz propia, para revolverse con una verdad que no pueda ser esquivada. El tiempo termina arrancándonos confesiones que nunca supimos que guardábamos, revelando el fondo de nuestros miedos y esperanzas.

Mi padre, sin embargo, no se permitió mostrar abiertamente las interrogantes que lo habitaban. Lo que sí dejaba entrever era una batalla en su interior; una guerra de fuerzas desiguales entre la lealtad a quienes amaba, el deber riguroso de su profesión y los lazos invisibles que lo ataban al régimen. Sus silencios fueron palabras que nunca se atrevieron a asomar, pero que llenaron la casa de un aire denso. A veces lo encontraba solo y ensimismado, sentado en la sala, con sus ojos recorriendo las fotografías de la familia. En una, estábamos todos los hermanos sentados en una banca de la piscina del Estadio Italiano; él la repasaba una y otra vez como si quisiera rescatar algún significado oculto entre los rostros fijos y los instantes congelados sobre ese pedazo de papel.

La atmósfera en nuestro hogar, lejos de ser tranquila, era como un microcosmos de lo que ocurría en el país. Mientras mi madre luchaba por mantener cierta normalidad, el esfuerzo parecía inútil; las conversaciones a menudo terminaban elevando la voz y dejando tras de sí un rastro de angustia cada vez que se tocaban temas políticos. El peso del exilio de mi hermano Felipe era persistente, un recordatorio constante de las grietas que nos acompañaban, de los lazos rotos y las ausencias que dolían. Y aunque nunca se dijo abiertamente, la tensión flotaba cargada de aquello que nadie se atrevía a confesar. Incluso los momentos de aparente calma tenían un pulso propio.

Años después, escuché una entrevista a Leonard Cohen, en un DVD que compré en la librería Barnes & Noble, cercana a mi casa. La vi y recordé a mi padre. Era un tributo que le hicieron en el año 2005 (Leonard Cohen: I’m your Man), donde varios artistas se reunieron para rendirle homenaje, interpretar sus canciones y al final entrevistarlo. En ese diálogo, Cohen menciona a un general indio que, dispuesto a la batalla, divisa en el bando contrario a sus parientes, sus tíos, sus amigos, incluso a sus educadores, aquellos que lo habían formado. Desolado, el general le pregunta a Krishna, el representante de la divinidad: ¿Qué hago ahora, maestro? Y este le responde: Tú nunca resuelves las circunstancias que te han llevado a este momento. Eres un guerrero, estás regido por las circunstancias que yo he determinado para ti. Anda y cumple con tu deber, eres un guerrero.

En ese diálogo, Cohen relata la historia de un general indio, a punto de entrar en batalla, que de pronto reconoce entre las filas enemigas a sus propios parientes, a sus tíos, a sus amigos, incluso a los maestros que lo formaron. Desgarrado por la desesperación y la tristeza, el general le pregunta a Krishna, la divinidad que lo acompaña: ¿Qué hago ahora, maestro? La pregunta queda suspendida, cargada de incertidumbre y dolor, la misma que tantas veces vi reflejada en los ojos de mi padre. Y Krishna le responde, con la serenidad de quien conoce el destino: Tú nunca resuelves las circunstancias que te han llevado a este momento. Eres un guerrero, estás regido por las circunstancias que yo he determinado para ti. Anda y cumple con tu deber, eres un guerrero.

Aquella frase sobre Pinochet que le escuché a mi padre, me golpeó con la fuerza de una revelación; sentí el peso de la resignación, la amarga dignidad de quien debe avanzar aunque se parta en mil pedazos. Era como si Cohen, con su voz profunda y triste, le hablara directamente a mi familia.

Juan hizo lo mismo. Fue un guerrero, pero no impasible; reemplazó a su mentor con una mezcla de orgullo y desgarro, consciente de que cada paso lo alejaba de la serenidad que había conocido. Mientras muchos médicos le negaban el saludo tachándolo de golpista, de cómplice de la dictadura de Pinochet, él caminaba por los pasillos del Instituto con los hombros tensos y la mirada perdida, como si cada rincón pudiera volverse en su contra. Fui testigo del huracán de emociones que lo sacudieron en esos años; para algunos, sobrevivía como un ambivalente, flotando en tierra de nadie, pero para sus enemigos declarados era un traidor, un hombre sin bandera, siempre jugando a ganador, siempre a flote, como un corcho, aunque por dentro se hundía cada día más. Tal vez, para muchos otros, mi padre fue un oportunista, un amarillo, alguien incapaz de comprometerse del todo; pero en las noches, cuando la casa quedaba en silencio y apenas se oía el tic-tac de los relojes, sé que lo único que le quitaba el sueño era su legado en la familia, preguntándose cómo lo recordaríamos nosotros, sus hijos e hija. Creo que esa preocupación, ese miedo a convertirse en una sombra vergonzosa ante nosotros, precipitó su renuncia en el año 1977 a la dirección del Instituto de Neurocirugía. Ya no soportaba el peso de representar al régimen; la culpa y las interrogantes se le hacían insostenibles. La dictadura duraría largo tiempo, no unos cortos años como imaginó mi padre en un comienzo junto a muchos democratacristianos de esa época. Por otro lado, Eduardo Frei Montalva ya había indicado que los democratacristianos debían abandonar sus cargos públicos de importancia, lo que ayudó en su decisión, la situación se hacía insostenible. Mi madre me confesó años después —a veces la verdad necesita décadas para asomar— que Patricio Cariola, un jesuita amigo, había visitado a mi padre en su oficina para hablarle de algunos funcionarios del Instituto que estaban siendo detenidos. ¿Conocía mi padre esos abusos? Cariola, para ese entonces ya era un decidido defensor de los derechos humanos, y mi padre cruzó una línea invisible con esa visita, obligándolo a mirar de frente ese horror que ya no se podía negar. Si no lograba defenderlos, debía renunciar, no había alternativa, no podía seguir escapando, no podía fingir ignorancia, ni esconderse tras un silencio cómplice. Recuerdo aquel día, la imagen imborrable de mi padre conduciendo el auto bajo la luz difusa del atardecer —tantas de nuestras conversaciones ocurrieron así, envueltos en el anonimato de un coche en movimiento— cuando, con voz temblorosa me lo preguntó:

—¿Renuncio al Instituto, mijito?

Guardé silencio, sentí un nudo que no me dejaba respirar con calma; pensé en mi hermano Felipe, tan lejos, construyendo lo que podía de una vida junto a su familia en Alemania, exiliado de todo lo que había sido suyo. No podía responderle, simplemente no tenía el coraje ni las palabras; su pregunta era pesada. Vi el rostro de mi padre bañado en la luz mortecina que entraba por las ventanas sucias, y percibí el cansancio acumulado, la incertidumbre de quien carga con demasiadas derrotas y triunfos a medias; ante mí estaba apenas la sombra de aquel hombre fuerte y seguro que yo admiraba de niño. Miré hacia fuera, tratando de encontrar alguna claridad más allá del vidrio empañado, y al final, con la voz casi quebrada, le dije que sí, que tal vez era mejor que renunciara. Estoy seguro de que ya lo había consultado con otros, quizás con Patricio Cariola, con Ximena, pero aun así me conmovió que me lo preguntara a mí, solo a mí en ese momento de extraña intimidad, mientras cruzábamos calles que de pronto se me antojaron ajenas. Fue una pregunta que me partió en dos, un paréntesis en el tiempo, porque yo solo sabía mirar hacia adelante, en promesas y horizontes por descubrir; del pasado y lo que uno ha hecho no me interesaba, apenas intuía sus sombras. No imaginaba entonces que, al crecer, el tiempo voltearía la balanza, donde serían los años por venir los que empezarían a escasear, obligándome a mirar hacia atrás, a repasar con ternura cada decisión, a reconstruir el rompecabezas incompleto de mi historia. La pregunta de Juan se me ha quedado flotando, es un susurro que todavía escucho en mis noches más largas: ¿renuncio al Instituto, mijito?

A medida que los días pasaban, aquellas palabras adquirieron fuerza, transformándose poco a poco en un peso que aplastaba. Ya no era solo una pregunta lanzada al aire, sino una confesión íntima que revelaba la fragilidad y el desgarro de mi padre ante el abismo de sus propias decisiones. Sentí en cada gesto suyo la angustia de quien sabe que, al elegir, deja atrás una parte irrecuperable de sí mismo. Mi padre se encontraba atrapado en una encrucijada donde lo políticamente aceptable comenzaba a chocar contra los límites de su conciencia. La idea de la renuncia no brotó de la nada; estaba empapada de años de tensión acumulada, de silencios y sacrificios enterrados en un rincón bien hondo. Era imposible no percibir el temblor en su voz, la desesperanza en su mirada, la soledad de quien se sabe condenado a perder, haga lo que haga. El eco de aquella pregunta sigue vibrando en mi memoria como si ese instante de luz se hubiera fundido en una sola verdad irrefutable que todavía vive, todavía respira en esta noche helada de Michigan.

A medida que el tiempo avanzaba, los recuerdos de aquella época siguieron impregnando cada rincón de nuestras conversaciones familiares. Mi padre, siempre inclinado a la introspección; a veces lo sorprendía absorto, con la mirada perdida en algún punto del pasado, como si buscara respuestas que nunca llegaban. Su relación con esos años oscuros fue peculiar: no los rechazaba del todo, pero tampoco se atrevía a abrazarlos por completo. Era como si mantuviera una danza constante entre su papel como médico que debía salvar vidas y como ciudadano que se sentía impotente frente a un país fracturado.

Las fotografías que veíamos colgadas de un muro, o sobre la chimenea de la casa de Algarrobo, eran más que simples imágenes: eran testigos mudos de nuestra historia, portadoras de una gran carga emocional. Cada retrato de mi hermano Felipe, con su mirada ausente, exiliado de todo lo que alguna vez amó, parecía interpelar el silencio de la casa, añorando el abrazo perdido. Las imágenes de reuniones con colegas o autoridades del régimen, tan formales y distantes, chocaban brutalmente contra la fragilidad cotidiana, revelando el abismo que separaba la normalidad aparente, de las cicatrices que marcaban nuestros días. En ese universo de recuerdos atrapados en papel, se respiraba la tensión del tiempo en dictadura, donde actuar o callar podía cambiarlo todo, podía rompernos o salvarnos. Sin embargo, mi padre nunca fue un hombre de extremos; en su rostro se reflejaba la fatiga de quien navegaba en aguas turbias, aprendiendo a sobrevivir en un entorno donde tomar partido significaba arriesgar la vida, la dignidad y hasta la seguridad de la familia.

En los días más tensos, los momentos de alivio me parecían casi irreales, como breves destellos de luz en medio de una tormenta. La música se transformó en mi refugio; era un bálsamo capaz de calmar el temblor cuando el mundo a mi alrededor se desmoronaba. No era raro que los acordes de Leonard Cohen, Simon & Garfunkel o Mercedes Sosa llenaran los cuartos de la casa, como si esas canciones tejieran un manto invisible que nos protegía, que me cuidaba. Había en sus voces una comprensión profunda de lo que nos ocurría, una intimidad con la soledad y la esperanza. Sentía que ellos, mejor que nadie, sabían de los dilemas imposibles: la urgencia de actuar frente a la injusticia y, al mismo tiempo, la parálisis de quien no encuentra el camino. Cuando sonaba «Suzanne» o «Solo le pido a Dios», era como si cada palabra, cada nota, diera forma a las preguntas mudas que nos habitaban; esas que mi padre nunca se atrevió a pronunciar, pero que vibraban en el aire pidiendo de alguna forma, redención y consuelo.

A pesar de todo, y de las circunstancias que lo rodearon, mi padre luchó por preservar, aunque fuera en un destello fugaz, la dignidad de su legado. Sabía que el reconocimiento que anhelaba —ese gesto genuino de gratitud o respeto— tal vez nunca llegaría como él lo imaginó en sus días de juventud y grandes ideales. Entre sus colegas amigos o enemigos y hasta entre aquellos que alguna vez lo admiraron, se fue instalando el silencio, una especie de sentencia que condenaba su contribución a la neurocirugía chilena, ensombrecida por los capítulos más controvertidos de su vida.

Su vínculo con la comunidad médica internacional fue otro aspecto importante, pero no solo por los contactos o reconocimientos: cada carta que llegaba encerraba un torbellino de emociones. Algunas traían felicitaciones sinceras, escritas con palabras cálidas que hacían brillar los ojos de mi padre y le devolvían, aunque fuera por instantes, la esperanza de no estar solo en este mundo. Era evidente que mi padre, aun en la distancia, construía una compleja red de aliados y detractores; su vida profesional se transformó en un tablero de ajedrez, donde cada movimiento podía significar un triunfo, una traición o un nuevo quiebre.

Los viajes que Juan realizaba a congresos internacionales no solo tenían un significado académico, sino que representaban auténticos momentos de reivindicación personal. Para él, viajar al extranjero y participar en estos eventos era mucho más que aprender nuevas técnicas o compartir investigaciones: era una manera de demostrar que, incluso en medio de la adversidad y del desprecio que podía sentir en su país, su trabajo y su voz seguían siendo valiosos. Cuando subía al estrado para presentar sus estudios, sentía que en ese momento defendía no solo su prestigio profesional, sino su derecho a existir, a ser escuchado y respetado. Era como si cada conferencia fuera una prueba de que todavía tenía dignidad y que el pasado no podía borrarlo completamente.

No era solo el régimen de Pinochet el que lo afectaba, sino una dictadura cívico-militar que había logrado infiltrarse en todos los ámbitos de la sociedad chilena. Muchos ciudadanos, que en tiempos normales eran personas decentes y respetuosas, cambiaron profundamente bajo la presión del sistema y empezaron a obedecer órdenes que antes habrían rechazado. En ese contexto, cada vez que Juan exponía sus ideas o debatía en un simposio internacional, lo hacía como una forma de resistencia, de afirmar su identidad y su historia frente al intento de silenciarlo. Era su manera de decir, en voz alta y clara: “Sigo aquí, no han logrado borrarme, todavía tengo algo que aportar y defender.” Aunque a veces su voz temblara por la tensión y el recuerdo del rechazo, nunca dejó que lo cancelaran ni que su contribución fuera ignorada.

Los odios y los desencuentros con el doctor Asenjo nunca dieron tregua; fueron como brasas bajo la ceniza, siempre dispuestas a avivarse al menor soplo de un viento sorpresivo. En un Congreso de Neurocirugía celebrado en Europa, el destino quiso que coincidieran en el hotel principal, donde tuvo lugar un incidente bochornoso, un episodio que dejó una marca. Fue Ximena quien hace unos años, se atrevió a revelármelo, quizá porque el paso del tiempo ya había suavizado el filo de las confesiones. Mi padre jamás lo mencionó, nunca dejó entrever la herida que ese momento se abrió en él: ¿otro secreto de familia, una cicatriz que prefería ocultar bajo la coraza del silencio? Ese mutismo era su modo de protegernos, de mantenernos a salvo.

Estábamos en los pisos altos de su nuevo departamento, ya no vivía en la antigua casa de Avenida Suecia 1521, la habían vendido, estábamos rodeados de recuerdos que parecían escondidos en cada rincón. Nos entreteníamos sacando a la luz fotos, cartas y vestigios de esos años, cuando mi madre, de pronto, como si alguien la empujara, me miró con intensidad y sin previo aviso me preguntó si acaso yo lo sabía.

—¿Saber qué? —le respondí, sintiendo que sus palabras iban a abrir algo que no conocía, y que tampoco imaginaba.

Fue entonces cuando, con una voz temblorosa pero decidida, me confesó lo ocurrido con Asenjo en Europa. Me contó que tras hablar con los organizadores del Simposio, él había logrado que mi padre junto a ella y mi hermana Francisca fueran obligados a mudarse a otro hotel, lejos del bullicio y la vida del evento, desterrados a un lugar periférico y solitario. Recuerdo el temblor en las manos de mi madre mientras movía aquellos recortes de periódicos añejos, como si estuviera apartando el polvo de una memoria que se negaba a salir. «Fue tremendo y humillante», murmuró, y su voz se quebró apenas un instante, como si finalmente pudiera hablar sin la rabia que la había acompañado por tanto tiempo.

Mientras escuchaba a mi madre, cerré los ojos e imaginé a mi padre caminando por los salones desiertos, los pasillos interminables donde se celebraba la conferencia. Sentí el peso de su soledad,  y vi —o quise ver, o lo imaginé— cómo algunos médicos se levantaban de sus asientos para darle la espalda cuando le tocaba presentar su trabajo, como si quisieran borrar su presencia y su esfuerzo.

Pero la venganza de mi padre no tardó en llegar. Al regresar a Chile, con el orgullo herido, contactó a periodistas amigos —como Emilio Filippi— para que divulgaran su participación en esos dos eventos. Las publicaciones, llenas de palabras de elogio y reconocimiento, hablaban de un gran éxito internacional para la medicina chilena. Un golpe que, sin duda, el doctor Asenjo debió sentir como una bofetada. Al escuchar la historia, sentí que la memoria de mi padre se iluminaba por un instante, como si esas páginas del periódico fueran antorchas en medio de la oscuridad que intentó apagarlo.

La noticia apareció el jueves 29 de septiembre de 1977 en el diario Las Últimas Noticias. Para nosotros, esa nota iluminó la casa como si hubiese estallado un relámpago en el comedor de diario. El artículo celebraba la participación chilena en dos Congresos Internacionales de Neurocirugía, y donde el titular resplandecía con orgullo. No era una noticia cualquiera; fue un reconocimiento público, un gesto que devolvía a mi padre, al menos por un instante, al brillo que la vida parecía empeñada en arrebatarle.

Los halagos eran grandes, casi desbordados. Mencionaba cómo el delegado chileno, el doctor Fierro, en representación del Ministerio de Salud, había presentado con un éxito rotundo sus trabajos, primero en el XI Congreso de Hidatidosis celebrado en Atenas, y luego, como si el destino le regalara una segunda oportunidad, en París, durante el Congreso de Cirugía de Urgencia. Recuerdo los ojos de mi madre al leer el artículo, la manera en que sus manos temblaban al repasar la página. En el texto lo citaban como jefe del Servicio de Urgencia del Instituto, un cargo al que se aferró con dignidad después de renunciar a la dirección.

Esa promoción en los periódicos no fue casualidad, sino el resultado de un esfuerzo por mantener viva su imagen profesional en tiempos donde la neutralidad era imposible. En aquellos años, si no estabas con el régimen, con Pinochet, con la dictadura, te convertías en un contrincante, un “enemigo interno”, alguien a quien había que aplastar sin contratiempos. Renunciar como director fue para mi padre un acto de valentía, pero también de desafío. En una jugada arriesgada, apostando todo en una mano donde podía perder mucho, dejó en su lugar al doctor Reinaldo Poblete, un fiel seguidor del régimen. Su postura fue firme, pero bajo esa determinación latía un temor hondo, la certeza de que cualquier palabra mal dicha podría arrastrarnos a un abismo. Aun así, eligió al doctor Reinaldo Poblete; no confiaba tanto en él, pero su instinto le gritaba que era el hombre correcto en medio de la tormenta. No podía mencionar abiertamente los verdaderos motivos de su renuncia; ni siquiera el susurro de la verdad era seguro. Sin embargo, cada noche, en la penumbra del comedor, pronunciaba sus argumentos con una convicción contenida que parecía desafiar al propio destino, enfrentando la amenaza de quienes preferían el silencio a costa de su propia alma. Había en su voz una mezcla de ternura y coraje que solo ahora, con el paso de los años, alcanzo a comprender. Vivía consciente de que lo que hacía, lo que decía, y lo que callaba llevaba consigo el destino de muchos, incluido el nuestro. Su presencia irradiaba una serenidad tensa: era el faro que seguía brillando y guiando, aunque por dentro cargara la incertidumbre, la esperanza y el cariño por todos los que dependían de él.

Aún hoy, el misterio de su protección me persigue: ¿quién lo protegía? No sé quién lo hizo, ni cómo lo hizo, ni por qué, pero nunca le ocurrió nada grave, ni a él ni a ninguno de nosotros. Era como si una fuerza invisible, tal vez alguien en los servicios de inteligencia, nacional o internacional, hubiera decidido darle un margen de respiro, un pequeño oasis en medio del temporal. Ese enigma, ese rompecabezas incompleto, sigue rondando mi memoria: ¿Quién fue capaz de desafiar al poder y proteger a un hombre que, por su sola existencia, se negaba a ser silenciado? Recuerdo que en un congreso internacional realizado en Chile, cuando ya no era director del Instituto de Neurocirugía, él se marginó para no sufrir desagravios de parte de las autoridades chilenas, y se fue de viaje al extranjero. Antes de partir me pidió que llamara a un médico español, el doctor Sixto Obrador, una reconocida autoridad internacional que participaba en el evento. Que lo saludara y le mandara saludos, me dijo. Recuerdo que lo llamé tartamudeando al hotel para saludarlo, pero no supe qué decirle, qué agregar, qué asunto adicional contarle; pero al menos lo llamé.

La habilidad de Juan para navegar entre las aguas turbulentas de la política y la medicina fue admirable, casi heroica, pero también lo sumió en una constante tensión interna, como si caminara siempre al borde de un abismo. Recuerdo que durante esa época, sus noches de insomnio se volvieron más frecuentes, y el silencio en la casa parecía envolverlo todo. Muchas veces lo encontré tendido sobre su cama, rodeado de una pila de periódicos y revistas, cartas abiertas, papeles desordenados en los que buscaba algún sentido, alguna señal que le permitiera entender el caótico laberinto en el que se encontraba atrapado. Su mirada perdida, dejaba entrever una mezcla de angustia y esperanza, como si cada noche fuera una batalla entre rendirse o seguir adelante. Quizá, en esos momentos, la lucha ya no era contra el sistema, sino contra las propias dudas y miedos que lo asediaban y le robaban la harmonía.

A medida que el clima político se volvía más opresivo, mi padre encontraba refugio en los pequeños gestos de resistencia diaria. Aunque no hablaba de ello abiertamente, sus actos eran una batalla entre el temor y el coraje, entre la necesidad de adaptarse y el ardiente deseo de no traicionar sus propios principios.

Recuerdo, como si fuera ayer, una tarde en que regresó a casa envuelto en cansancio y preocupación. Mientras se sacaba la chaqueta, sus movimientos eran lentos, casi solemnes, y noté que escondía algo entre los pliegues de la tela un pequeño recorte de periódico, arrugado y desgastado, que parecía haber viajado con él durante todo el día como un amuleto secreto. Al desplegarlo sobre la mesa, sentí que la habitación se llenaba de un aire distinto, cargado de esperanza. El artículo contaba la historia del sacerdote Fernando Salas, perseguido por la dictadura a causa de su incansable defensa de los derechos humanos y la protección que ofrecía a los perseguidos.

En aquellos años, la dictadura de Pinochet mantenía un férreo control sobre la sociedad chilena, reprimiendo a quienes se oponían al régimen y persiguiendo a quienes defendían a las víctimas de la represión. El padre Fernando Salas se convirtió en un blanco de las autoridades por su compromiso con los derechos humanos: brindaba refugio, apoyo y consuelo a quienes huían de la persecución política, participaba en redes de protección y denunciaba las violaciones cometidas por los organismos de seguridad. Pero además de su labor humanitaria, Fernando Salas fue buscado con especial insistencia porque había aceptado unas metralletas que le entregó un perseguido, quien no sabía cómo deshacerse de ellas sin poner en peligro su vida. Aceptar ese riesgo material lo convirtió en objetivo directo de la policía política, que consideraba todo acto de auxilio a opositores como una amenaza al orden impuesto. Por eso, la vida de Salas transcurría bajo constante vigilancia, riesgo de detención y hostigamiento. Fernando, huyendo de la mirada implacable de los servicios represivos de Pinochet, se había refugiado en nuestra casa de Algarrobo por varias semanas.

Los años bajo Pinochet fueron dramáticos. Nuestra casa muchas veces se convirtió en un lugar de encuentro para amigos procedentes del basto espectro político chileno, desde la izquierda más dolida hasta la derecha más desconfiada. El común denominador entre ellos fue la intensidad en que vivían, con el pulso acelerado por la urgencia de los tiempos, como si cada conversación pudiera ser la última, como si en cada saludo se jugara el destino de alguien. Cuando nos sentábamos en la mesa coja del comedor de diario, sentíamos la historia junto a la incertidumbre y la esperanza.

Recuerdo con un escalofrío, pocos días después del 11 de septiembre, cuando el centro de Santiago  aún olía a humo y a incertidumbre, llegó a visitarnos como un escolar cualquiera don René Silva Espejo, el todopoderoso periodista, director del diario El Mercurio y acérrimo enemigo de Salvador Allende y su gobierno. Entró a la casa con una naturalidad que desarmaba, dejando a un lado su aura de poder y distancia, y por un instante se transformó en un hombre que simplemente quería saber cómo estábamos nosotros. Me sorprendió su gesto, tan humano, y sentí una mezcla de desconcierto y alivio al ver que, pese a todo lo que uno pudiera imaginar, ese hombre de derechas, partidario del golpe militar, se portó como un buen tipo, mostrando una empatía inesperada, casi cálida. Su visita, no lo supe en ese momento, fue más que una cortesía: fue una forma de protección, un escudo contra el peligro que nos acechaba más allá de las paredes de nuestro hogar.

En otra ocasión, ese mismo hombre, tan acostumbrado a moverse entre los laberintos del poder, dejó entrever el vértigo de la amenaza que nos rodeaba, cuando mi madre lo encontró caminando frente al periódico que dirigía. Trató de frenar el auto para saludarlo, pero él le advirtió con urgencia, con una voz temblorosa y firme a la vez: «Siga manejando, siga manejando, no se detenga, no se detenga». Sentí el miedo atravesar la distancia entre ellos: pese a ser un partidario del régimen, los servicios de inteligencia también lo tenían vigilado, y en ese momento no deseaba que lo vieran junto a mi madre. La escena quedó grabada en mi memoria, una advertencia hecha de cariño y terror, un recordatorio de que cada gesto, por pequeño que fuera, podía ser el límite entre la protección y el peligro.

Durante esos años turbulentos, en medio del caos y la incertidumbre que nos invadía, Juan mantuvo una postura estoica, digna, aunque sus ojos, profundos y cansados, dejaban entrever una mezcla inquietante de determinación y agotamiento. Muchas veces lo observé desde un rincón del salón, sentado en su viejo sofá, el cuerpo ligeramente vencido por el peso de los días, apuntando notas en un cuaderno desgastado. Cada trazo parecía cargado de esperanza e incertidumbre; quizá preparaba otro artículo de investigación o trazaba nuevas estrategias para sortear las dificultades que se multiplicaban sin tregua. Difícil saberlo.

Juan no hablaba mucho sobre sus temores; el silencio era su escudo y, a veces, también su prisión. Pero sus acciones discretas y decididas, evidenciaban el peso abrumador de las decisiones que tenía que tomar, como si cada gesto pudiera cambiar nuestro destino. Para él, la medicina fue más que una profesión; fue el escenario donde libró batallas personales y políticas, donde cada vida salvada fue una victoria contra la opresión y el miedo. Sentía que en cada consulta y cada operación, mi padre entregaba no solo su saber, sino también pedazos suyos, resistiendo a pesar de todo, aferrándose a la esperanza como quien se agarra a un hilo de luz que se cuela por una grieta en la pared.

En las noches, cuando el resto de la familia se había retirado y la casa quedaba envuelta en calma, recuerdo cómo Juan permanecía despierto, sumido en la penumbra, leyendo bajo la luz de una lámpara antigua. Ese rincón de su cuarto, donde los papeles arrugados y las fotografías desgastadas por el tiempo se amontonaban en un caos íntimo, era mucho más que un refugio para él: era un santuario, el único lugar donde podía permitirse bajar la guardia y mostrar su vulnerabilidad. Me parecía que en ese espacio, rodeado por recuerdos y fragmentos de su pasado, Juan libraba una batalla contra sus propios fantasmas; era allí donde intentaba reconciliarse con las contradicciones que lo atormentaban, donde la nostalgia y la esperanza se entrelazaban en una lucha desconcertante. Su vocación de servicio chocaba contra un sistema hostil. Su deseo era ser visto y valorado por lo que realmente era, más allá de las etiquetas y prejuicios que le habían impuesto. Nunca olvidaré esos instantes en que sus ojos buscaban en la luz tenue alguna señal, alguna respuesta que le permitiera seguir adelante a pesar de todo.

Recuerdo claramente su nombre, Parodi. El coronel Parodi, hombre de mirada dura y voz cortante, que trabajaba en los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea. Su presencia en el Instituto donde trabajaba mi padre era una sombra que se arrastraba por los pasillos. Una noche, durante un fin de semana cualquiera, el destino quiso que descubriera un principio de incendio en los pisos altos del Instituto. Para investigar, tuvo que saltar las rejas de entrada, con el corazón seguramente bombeando adrenalina y el miedo silbándole en los oídos. En algún momento se entendió mal con mi padre, y llegó a amenazarlo. ¿Ese incendio había sido un atentado? Imagino la tensión de esa escena: “Si no me cree, entonces lléveme preso”, se defendió desafiante mi padre. Era un pulso de voluntades, un duelo en el que cada palabra podía decidir la suerte del otro.

Por esa misma época, la desconfianza y el temor se colaban en cada conversación. Me enteré por un amigo, compañero en la Universidad de Chile, Alejandro Parodi, que “a tu papá se lo quieren cagar, Pablo”. Así me lo dijo, así lo escuché, sin rodeos, con esa urgencia que se tiene cuando la amenaza es real y cercana, como haciéndome un favor, contándome la firme mientras estudiábamos para un examen de química analítica. El coronel Parodi pudo ser un pariente suyo, y cercano. En Chile, los lazos familiares se identifican con facilidad si llevan un apellido poco común. Decidí no mencionarle nada a Juan. El miedo me paralizó; imaginé que hacerlo sería seguirle el juego a quienes estaban en el poder en ese entonces, sería claudicar ante el miedo, permitir que me asustaran y que yo asustara a mi padre, dejarme mandar por la amenaza.

No le contesté. Solo escuché a mi amigo mientras miraba los apuntes y notas que teníamos enfrente, sintiendo cómo la inquietud me corroía por dentro. Fue como ver el peligro tomar forma ante mis ojos, como si el futuro amenazara con romperse. Sentí que era necesario prepararme, tomar nota, protegerme… o partir lejos, emprender vuelo. ¿Huir?, ¿hacia dónde? ¿Hacia los Estados Unidos? El vértigo de esa posibilidad me dejó sin aliento por la incertidumbre de saber que ninguna decisión sería fácil ni tampoco segura.

Detrás de la fachada de resistencia y lucha, en Juan habitaba una humanidad y una ternura que rara vez se atrevía a mostrar, como si la vida le hubiese enseñado a esconder sus afectos para protegerlos mejor. Solo en contadas ocasiones bajaba la guardia, y era entonces cuando sus ojos grandes y oscuros, se volvían espejos en los que brillaba un cansancio antiguo. No parecía un simple desánimo; era la marca de una batalla interior, la tensión entre el deber y el deseo de protegernos a toda costa, aunque ello supusiera renunciar a sí mismo. Recuerdo haberlo visto hundido en sus pensamientos, la mirada perdida en un rincón indefinido del salón, como si en ese instante se quebrara en mil pedazos y él estuviera contando, una por una, las cicatrices que le había dejado la vida. En su soledad buscaba alguna señal, algún indicio que le permitiera creer —aunque solo fuera por un instante fugaz— que había elegido el camino correcto, que su sacrificio no había sido en vano. En esos instantes sentía una ternura que me llenaba al darme cuenta de que aquel hombre, mi padre, era humano y vulnerable, y sin embargo seguía luchando, aferrado al cariño por nosotros como último refugio frente a la agresión y la incertidumbre.

A medida que fui creciendo y madurando, entendí que su silencio, ese muro invisible que a veces sentía frío y lejano, era en realidad un escudo diseñado para protegernos. En un mundo donde una palabra mal dicha podía significar el fin de una carrera, cada silencio de mi padre era un acto de cariño, un sacrificio que elegía por encima de su propio alivio, priorizando nuestra seguridad antes que cualquier otro peligro. Y así, entre las miradas furtivas, fui descubriendo a un hombre que no solo resistía, sino que también luchaba cada día por preservar lo que más amaba: su familia, su trabajo y la integridad que le daba sentido a su existencia.

Creo que mi padre se libró de una persecución peligrosa, y hoy, al recordarlo, siento que ese acto fue mucho más que una simple decisión administrativa: su renuncia a la dirección del Instituto, se convirtió en un desafío suicida. Fue un salto al vacío, una provocación directa a quienes dirigían el destino del país con mano de hierro. No solo abandonó su puesto como director, sino que, con audacia, continuó trabajando día tras día en el mismo Instituto, bajo la mirada vigilante de quienes lo consideraban un hombre incómodo, una amenaza latente, o un enemigo interno. Y, contra todo pronóstico, nada malo le ocurriría a él ni a ninguno de nosotros. Es como si hubiéramos caminado descalzos sobre un campo minado y milagrosamente, llegáramos ilesos a la otra orilla. Ese misterio me persigue; porque me deja incompleto el rompecabezas, cojo, con una pregunta que me clava y no se termina.

A veces me asalta la duda, y me pregunto cómo logró sobrevivir, cómo esquivó los golpes de la represión siendo, para muchos, un hombre conflictivo, incómodo, rebelde ante las autoridades de turno. Imagino la tensión, el miedo latente, la sensación de estar siempre a un paso del abismo. Pero también pienso que mi padre, en su profunda intuición, supo reconocer las fisuras en el muro de la dictadura: veía los gestos de cansancio, los destellos de humanidad en quienes, a pesar de formar parte del régimen, también se sentían atrapados, prisioneros de un sistema cruel y cerrado. Recuerdo cuando me contó que un coronel —un personaje de rostro impenetrable— le recordaba, casi con nostalgia, el excelente equipo que formaban juntos, insinuándole que ahora lo protegía para que cuando la situación cambiara, él le devolviera los favores.

Deseo creer que parte de esa protección vino de los contactos sólidos que tuvo con la embajada de EE. UU. en Chile y sus servicios de inteligencia, como si una red invisible lo sostuviera en los momentos difíciles. Todo empezó, cuando atendió con esmero y humanidad a la esposa de un funcionario de la embajada tras un accidente en la carretera. Pero esa aventura debería terminar en otro relato, por ahora es solo un fragmento apenas esbozado que se pierde entre tantas páginas por escribir. Reconozco que solo puedo olfatear lo que ocurrió, y que solo logro detectar el aroma de ese misterio que flota en el ambiente pero que nunca termina de cristalizar. Hay algo ahí que me inquieta, una verdad oculta que se resiste a ser descubierta, pero que vive.

Poco antes de que mi padre falleciera, nunca tuve la suficiente lucidez para vislumbrar la razón por la que me pedía corregir el texto que me había enviado por correo. En un lenguaje coloquial me relataba con cuidado y cariño su recorrido como neurocirujano y su pasión por la especialidad. Yo seguía viéndolo a él como un faro inmortal, una presencia constante en mi vida, alguien a quien siempre podía acudir en busca de consejo, como si el futuro estuviese garantizado y él fuera un ser de vida ilimitada. Recuerdo la mezcla de ternura que sentí al escucharle hablar, con la voz algo cansada pero firme, sobre los días en que la neurocirugía chilena era un edificio en construcción, lleno de desafíos y sueños grandes.

Pablo Donoso, su colega, hermano del célebre escritor José Donoso, ya había dejado su huella publicando “Historia de la Neurocirugía en Chile” en la Revista Chilena de Neurocirugía, mientras el doctor Gustavo Díaz preparaba su propio libro, una crónica técnica y detallada (Historia de la Neurocirugía en Chile, 2003) que publicaría pocos años después. Mi padre, siempre discreto, aspiraba también a dejar su testimonio, a contar su versión de los hechos, como si temiera que el reconocimiento se le escapara de las manos, pero nunca me lo explicó de esa manera. Su deseo era transmitir algo más que una simple sucesión de logros o datos; quería compartir la esencia de sus vivencias, el fuego y las heridas, la satisfacción y el dolor de quienes construyeron la especialidad desde la nada.

En 1996, el doctor Reinaldo Poblete —el médico al que mi padre había dejado como su reemplazo en la dirección del Instituto en 1977— fue distinguido como Maestro de la Neurocirugía Chilena. Esa, creo, fue una de las razones por las que se aferró con tanta pasión a la idea de escribir su versión. Quería que su voz, su verdad y sus recuerdos sobrevivieran, aunque no fueran celebrados por los círculos académicos ni por quienes solo valoran los textos áridos y distantes, esos relatos impasibles que prescinden de la emoción.

Por desgracia, lo que escribimos juntos —Historia de la Neurocirugía en Chile y una Despedida, publicado en Amazon— no logró funcionar como él lo soñó. El tono se había alejado del canon académico, acercándose a la autobiografía y la novela, una mezcla de memoria y sentimientos, de dolor y esperanza. Quería construir algo vivo, cálido y humano, lejos de los textos impersonales que reinan en la medicina. El mundo académico no supo acogerlo y él ya había partido, pero me quedó el consuelo de haber compartido ese intento, de haber sentido el temblor en cada palabra, la fragilidad que nunca se dejó ver, el anhelo de dejar huella y no ser olvidado.

Recuerdo con nitidez los días en que colegas de mi padre, esos pocos en quienes realmente confiaba, se reunían a conversar en voz baja. Discutían temas médicos con un fervor que rozaba la obsesión, pero a veces, de pronto, el tono cambiaba, y las palabras se cargaban de emoción, de rabia, de sueños que no se pronunciaban en voz alta. Hablaban de política como quien confiesa miedos íntimos, buscando en el otro un eco, un refugio, una complicidad que los salvara del abismo. En esos intercambios, las manos temblaban sobre el café o el pisco sour, las miradas se encontraban y se sostenían unos segundos más de lo necesario, y yo sentía que, aunque todo parecía perdido, en ese pequeño universo subsistía la esperanza —una chispa diminuta, pero viva— que los protegía y los mantenía unidos frente a la opresión.

En el sitio web del Instituto de Neurocirugía Asenjo se recoge el drama y la intensidad de una vida marcada por la pasión y el sacrificio: el impulso que Asenjo le dio a la neurocirugía chilena se vio interrumpido en septiembre de 1973, cuando fue exiliado a Panamá. Desde entonces se posó en Chile un estancamiento en su desarrollo, para transformarse hoy en una especialidad más de la medicina y su Instituto ha sobrevivido angustiosamente durante muchos años. Como se relata en la editorial de la Revista Chilena de Neurocirugía (Vol 1, No 1, 2012 página 10), Asenjo falleció el 29 de mayo de 1980 sin volver a pisar los cimientos de su amado Instituto de Neurocirugía e Investigaciones Cerebrales.

Recuerdo la última vez que vi al doctor Asenjo. Aquella mañana acompañé a mi padre al Instituto y, como tantas otras veces, me quedé esperándolo en el coche, en el estacionamiento. Desde la ventanilla lo vi llegar. El doctor Asenjo caminaba con esa mezcla de elegancia y cansancio; tenía sesentaisiete años. Parecía revisar su coche —al menos eso quise creer— porque recorría la carrocería con la palma de su mano, se agachaba para mirar las llantas, y luego, tras una pausa inquietante, regresó al Instituto. No hubo un saludo. Solo un cruce de miradas: él me miró, y yo le devolví la mirada. Faltaba apenas un día para el Golpe de Estado. Cuando todo estalló —cuando las bombas convirtieron el cielo en humo y fuego y una parte del Palacio de la Moneda en cenizas—, esa escena se grabó en mi memoria como una fotografía quemada por los bordes: Asenjo inspeccionando las ruedas de su auto, o tal vez inspeccionándome a mí, el hijo del doctor Fierro, atrapado en ese instante, suspendido entre la rutina y la catástrofe.

Después, cuando lo expulsaron, me he preguntado muchas veces: ¿le permitieron entrar a su despacho para recoger sus pertenencias? ¿Pudo, en medio de toda esa violencia, recoger sus fotos, sus diplomas, sus cartas personales, para meterlas en una caja de cartón? ¿Le devolvieron sus libros, esos que atesoraba como amuletos? No lo sé. Jamás tuve el valor de preguntarle a mi padre. Y esa pregunta, ese hueco, se me quedó prendido en la memoria.

Recuerdo que en mayo de 1980, cuando el doctor Asenjo falleció, después de regresar a Chile tras años de exilio, varios médicos llamaron a mi padre. Fueron llamadas urgentes, casi desesperadas, pidiéndole que asistiera al funeral. El teléfono amarillo, de un plástico pesado como el plomo, repiqueteaba sobre el velador rompiendo el silencio. Mi padre, sin vacilar —y con una urgencia tajante— respondió a cada uno de ellos con un “no” rotundo, seco como un portazo. Y hasta el último minuto se negó, no asistió a su funeral. Aún puedo oír el sonido del auricular al colgar: ese “clic” denso, metálico, ese “clac” pleno de rechazo. La mano de mi padre firme levantando el auricular, su rostro inmutable, severo, repitiendo una y otra vez lo mismo: no, no pienso ir: “clic”.

¿Evadió el funeral para evitar el desaire de algún médico? Mi padre no era un hombre que buscara reconocimiento ni aplausos, pero era evidente que las decisiones que tomaba estaban cargadas de significado. A veces, me parecía que el peso de sus actos era grande, pero aun así lo llevaba solo, sin compartirlo con nadie, ni siquiera con nosotros. Recuerdo muchas noches envueltas en la penumbra y el susurro lejano de los autos, en las que hablaba con mi madre. Sus palabras se mezclaban con el crujido de las sillas apenas audibles. Podía sentir la batalla interna que libraba por mantenerse fiel a sus principios, el temor a defraudar a los que confiaban en él, la tristeza de no poder ser pletamente sincero.

En uno de esos momentos que aún guardo en la memoria, recuerdo que mi padre mencionó, de manera casual, cómo ciertos colegas suyos acababan cediendo ante las presiones del poder. Me lo dijo con una mezcla de tristeza y comprensión en la voz: “No es que sean malos, ni que no tengan convicciones”, murmuró, y sus ojos parecían perderse en un punto indescifrable: “tienen miedo”. Esa reflexión me atravesó. Sentí como nunca antes, el vértigo de entender que su silencio y sus pasos cautelosos no eran signos de debilidad, sino que escudos, estrategias para proteger lo que verdaderamente importaba en un entorno donde cada movimiento podía tener consecuencias imprevisibles. En ese instante, comprendí la soledad y el sacrificio que significaba resistir sin ruido, sostenerse con las fuerzas justas, mientras el miedo acechaba y el cariño por los suyos era la única luz dentro de tanta oscuridad.

A medida que la dictadura cívico-militar se consolidaba tras el golpe de Estado de 1973, Chile se sumergía en una época de represión y temor, donde la vigilancia, la censura y la persecución de opositores eran parte de la vida cotidiana. El país parecía envuelto en una noche interminable, marcada por el toque de queda, la desaparición de personas y el silenciamiento de voces críticas. En ese contexto opresivo, las grietas en el sistema comenzaban a hacerse evidentes, revelando tanto las debilidades internas del régimen como la persistencia de quienes, a pesar del miedo, no estaban dispuestos a rendirse.

Mi padre, lejos de resignarse o dejarse doblegar por el temor, encontraba en cada fisura del sistema una oportunidad —por diminuta que fuera— para actuar y resistir, aunque siempre desde las sombras y con discreción. Recuerdo cómo, con una mezcla de audacia y prudencia, tejía alianzas impensadas incluso con personajes del régimen, como el general Fernando Matthei. El general era reconocido por su carácter frío y distante. Ocupó el cargo de ministro de Salud entre 1976 y 1978 y, posteriormente, fue miembro de la Junta Militar de Gobierno, participando en la toma de decisiones clave durante la dictadura.

En esas maniobras discretas, mi padre buscaba puntos de encuentro: espacios donde aún era posible apelar a la humanidad y la ética, incluso en medio de la barbarie institucionalizada. A veces, la resistencia no se expresaba en gestos heroicos ni en discursos grandilocuentes, sino en pequeños actos de valentía cotidiana: una palabra dicha a tiempo, un favor concedido en secreto, una puerta que se abre cuando todo parece cerrado. Así, entre susurros y miradas cómplices, luchaba por cambiar el rumbo de una historia que muchos creían ya escrita y definitiva, arriesgando no solo su propia seguridad, sino la dignidad de todos los que soñaban con un futuro diferente y más justo en medio de la oscuridad del autoritarismo.

¿Quién fue mi padre? Es una pregunta que me atraviesa, porque cuando trato de definir a mi padre, me enfrento a un abismo de recuerdos y enigmas. El existe en una dimensión paralela, tan cercana y a la vez inalcanzable, donde apenas alcanzo a rozar su universo, y donde cada encuentro deja una marca indeleble. Cuando murió no fue solo el final de una vida, sino el inicio de un diálogo que persiste, que nunca se apaga. Su burbuja sigue flotando en el aire; una burbuja llena de palabras no dichas y de caricias suspendidas. Pero ya no hay contacto, no hay roces, no hay esa complicidad que nos hacía sentir protegidos frente al mundo. Solo queda el misterio, esa niebla que gira dentro de esa burbuja, esperando, inútilmente, a que la toquen, a que le hable, para que se revelen los secretos que guardaba. Y, sin embargo, hay algo más: cuando un padre muere, en alguna medida, uno puede finalmente ser plenamente uno mismo. La ausencia deja un hueco inmenso, pero también, poco a poco, abre un espacio inesperado donde las propias palabras y decisiones dejan de buscar su reflejo o su aprobación. Surge, junto al dolor, una libertad nueva y agridulce: la de poder mirarse sin el peso de esa sombra protectora y exigente, y animarse a ser, por fin, la versión más auténtica de uno mismo.

A pesar de sus contradicciones, de los días oscuros y de las tempestades que marcaron su existencia, Juan dejó una herencia imposible de medir en títulos, reconocimientos o placas colgadas en un muro. Su verdadero legado está tejido en las pequeñas lecciones de la vida, en la manera delicada con la que luchó por mantener su integridad cuando todo parecía caerse a pedazos. Me enseñó a buscar refugio en las palabras, en la ciencia, en la esperanza, en los gestos mínimos que nos salvan cuando el miedo amenaza con devorarlo todo. Aprendí de él cómo tender puentes entre mundos que parecían condenados a no encontrarse, y cómo sostener esos puentes cuando la incomprensión los hacía tambalear. Ese es el legado que me acompaña; no el del hombre perfecto, sino el del hombre que, a pesar de todo, eligió resistir y amar, aunque el mundo se empeñara en separarnos.

Mi madre, por su parte, intentaba mantener un aire de normalidad en la casa, aunque el temblor de sus manos y el brillo inquieto en su mirada la traicionaban una y otra vez. A su lado, la fortaleza parecía más frágil, menos ruidosa que la de mi padre, pero también más humana, tejida de inseguridades. Sus ojos, siempre atentos, reflejaban una preocupación constante, como si calculara el alcance real del peligro que acechaba tras un portón cerrado. Ella buscaba refugio en la rutina: se aferraba a los libros, dejando que las historias ajenas le ayudaran a soportar la propia; encontraba sosiego también en el bordado, en los hilos que, con cada puntada, intentaban recomponer la vida que afuera amenazaba con deshilacharse. Era como si cada tarea sencilla, cada gesto repetido muchas veces, fuera su manera de protegernos de la tormenta exterior, de construir una burbuja efímera contra la inseguridad. Se sumergía en los Talleres Literarios donde las palabras se volvían escudo y las amigas, trincheras. Sin embargo, había una fuerza secreta, una decisión terca de no permitir que el miedo nos derrotara por completo. Era una resistencia que sabe que la valentía consiste simplemente en no dejar de esperar, aun cuando todo parece perdido.

Durante esos años, la rutina no fue más que una fachada frágil, un velo que apenas lograba disimular las tensiones y contradicciones que vivíamos bajo la superficie. En casa, la familia se aferraba a los gestos de normalidad como náufragos a una tabla, pero los susurros de lo que pasaba afuera llegaban con ecos inquietantes, capaces de romper el silencio y despertar temores antiguos. Cada desayuno, cada risa forzada, era una manera de sostener la esperanza cuando el miedo palpitaba durante las noches con toque de queda. Mi padre, cada vez más absorbido por su trabajo, parecía levantar un muro invisible para protegernos, mientras se sumergía en una realidad paralela donde la ciencia y la medicina no solo eran herramientas para sanar cuerpos rotos, sino también para buscar respuestas y consuelo en medio de una nación fracturada. Había días en los que, al verlo sentado en su escritorio, la luz de la tarde le dibujaba en el rostro una sombra de cansancio y determinación. Era como si luchara, no solo contra las enfermedades, sino contra el propio destino, llevando la angustia de no poder sanar las heridas que nos marcaban a todos. La casa respiraba ese peso, haciendo de nuestro hogar un refugio delicado y, al mismo tiempo una trinchera.

Las conversaciones en la mesa no siempre giraban alrededor de lo político; a menudo se hablaba de ideas y escritores, como Teilhard de Chardin, Enrique Lafourcade o Alone. Recuerdo cómo, en medio de la penumbra, esas discusiones se convertían en una pequeña hoguera contra el frío y la ansiedad que se sentía afuera. Era como si cada cita literaria, o fragmento de pensamiento, fuera un escudo que nos ayudaba a resistir el caos y la amenaza que palpitaba detrás de las cortinas. Sin embargo, incluso en esos momentos de aparente calma, la sombra de lo que ocurría en el Instituto, en las calles, o en los pasillos del poder, se colaba como una corriente que nos hacía temblar. Pero mi padre tenía una habilidad casi sobrenatural para captar las fisuras en el sistema, las grietas donde la humanidad aún era visible, incluso en quienes parecían formar parte de la maquinaria represiva. A veces, bastaba una mirada suya, llena de preocupación y ternura, para que todos supiéramos que el peligro nunca estaba del todo lejos; y, aun así, él insistía en buscar sentido en medio de la tormenta, como quien recoge flores entre los escombros de un mundo que se desmorona.

Recuerdo que llegó a casa una tarde sosteniendo entre sus manos un libro que me pareció extraño, titulado “Ejercicios Espirituales” de San Ignacio de Loyola; una edición desgastada que le había obsequiado el cura amigo, el padre Cariola. Las páginas amarillentas y quebradizas, desprendían un aroma a historia, a secretos guardados entre sus hojas. Me extrañó verlo sumergirse en su lectura; jamás lo había relacionado con esas expresiones de sensibilidad, alejadas —al menos en apariencia— de su carácter. Pero ahí estaba, sentado bajo la luz de la tarde, repasando las hojas con una mezcla de concentración y alivio, como si cada párrafo fuese un mapa hacia territorios desconocidos, lugares que él nunca había pisado, pero que anhelaba entender. En sus ojos brillaba una búsqueda de respuestas que quizás nunca llegaría a encontrar, y yo, observándolo en silencio, sentía que en ese instante compartíamos el peso de todos nuestros anhelos.

A medida que los fragmentos de su historia se entretejen en mi memoria, siento que cada recuerdo late con intensidad. Reconstruir la figura de Juan es como abrazar una tormenta de contradicciones, donde la fragilidad y la fortaleza se enfrentan todo el tiempo; donde el dolor y el amor conviven en un mismo gesto. Él, con esa devoción por la medicina y esa extraña habilidad para descubrir humanidad en los rincones más insospechados, supo enseñarme que la verdadera grandeza no se mide por los títulos recibidos, ni por los triunfos públicos, sino por el coraje que se despliega cuando la vida se pone difícil y el mundo amenaza con aplastarnos. Me conmueve recordar que, en esos momentos límites, su rostro se endurecía y sus manos se volvían más frías, pero jamás dejaba de buscar la luz. Las decisiones que tomaba, cargadas de una tensión ética que muchas veces parecía insostenible, son para mí el testimonio más vivo de su humanidad. A veces pienso que las consideraciones éticas no sólo luchan por sobrevivir: también lloran, se quiebran, se reinventan y nos obligan a mirarnos hacia dentro, a preguntarnos quiénes somos cuando el mundo alrededor se desintegra.

Su manera de abordar la vida me influyó profundamente, y se entrelazó con esas pequeñas rutinas que él inventaba para protegernos del mundo. Lo veía luchar, día tras día, por mantener su integridad en un sistema que parecía resquebrajarse a su alrededor, como si el peso de cada decisión pudiera derrumbarlo todo. Y aun así, encontraba la fuerza para organizarnos los fines de semana, diseñando una salida a la playa de Algarrobo como si buscara un santuario donde resguardarnos. Aquellas escapadas fueron más que simples paseos: fueron actos de cariño, intentos de mantenernos a flote cuando la tormenta arremetía con más fuerza. Recuerdo el aroma salino, las ventoleras de la playa que surgían entre la brisa y ese instante en que su mirada se ablandaba, permitiendo entrever el alivio momentáneo de saber que, al menos ahí, estábamos a salvo, todos juntos.

Quizás escribir y recordar no sea más que un intento de volver a tocar a mi padre y esos años que, aunque se han ido, siguen latiendo en mi memoria. Es como si al poner palabras sobre el papel, intentara conjurar su presencia, rescatar del olvido esa complicidad y ese cariño que tantas veces quedó suspendido en el aire, sin llegar a pronunciarse del todo. Como escribe Eduardo Halfon, cuando escribimos sabemos, con un nudo en la garganta, que hay algo fundamental, algo vital que necesitamos decir sobre la realidad; sentimos esa verdad palpitando en la punta de la lengua, aferrándose a los bordes de la memoria, y nos empeñamos en no dejarla escapar. Pero siempre, sin remedio, se nos escapa, se disuelve y lo olvidamos. Y es entonces cuando me invade cierta tristeza, porque eso es lo que me ocurre con Juan, con el padre, el hombre, esposo y médico: un mosaico de recuerdos y emociones que se mezclan, que me duelen y me sostienen a la vez. En cambio, con Ximena, su mujer, mi madre, lo que siento es una ausencia cruda. Con ella no tuve la oportunidad de conversar, de sanar los desencuentros ni de abrazar nuestras diferencias. Quedaron pendientes tantas palabras, tantos intentos de acercamiento, que a veces el silencio pesa más que la propia distancia. Escribir, en el fondo, es mi forma de tender puentes hacia ellos, hacia ella, sabiendo que nuestras burbujas no llegarán a tocarse nunca más. Todavía veo la burbuja de Juan, tan nítida y brillante que casi puedo sentir el temblor de su presencia enfrente. Extiendo la mano ansioso por rozarla, por atrapar aunque sea un destello de su esencia, pero siempre, en el último instante, se desvanece entre mis dedos como el aire, se esconde tras el humo del recuerdo, y sin remedio se me escapa, huye, dejándome encogido por ese deseo irrealizado de abrazar lo que ya no se puede abrazar, lo que ya se fue, pero que todavía vibra en mi memoria.

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