11. La herencia de mi madre

Abro el laptop y le mando por e-mail el progreso de estas notas a mi tío Lalo, hermano de la madre de Pilar. Su respuesta me llega rápida:

…te reitero, con ese baúl de papeles amarillentos que guardas como un tesoro, tienes la obligación de escribir tu novela de ficción antes de que la vida te juegue una mala pasada y el cuesco te falle definitivamente. Tu correo me ha emocionado de verdad, me ha llegado hondo, como si leyera una confesión que sólo se comparte entre cómplices. Pero tómatelo con calma, no te apresures; todavía eres un pendejo, y aunque creas que el tiempo vuela, aún te queda mucho por delante. Cuando llegues a los 70, o más, te sorprenderás al descubrirte, de pronto, convertido en ese viejo de mierda del que todos huimos pero al que, inevitablemente, nos acercamos. Es cuestión de que un día te atrevas a mirarte al espejo, aunque yo hace siglos que no lo hago, tal vez por miedo a encontrarme con todos mis fantasmas reflejados ahí, junto a mi propia historia. De verdad, no dejes pasar la oportunidad de contarla, de darle vida a esos papeles y a esos recuerdos que aún laten en tu subterráneo.

Chus, viuda de mi amigo Ignacio Carrión, también comenta un texto:

Llevo una hora leyéndote y no puedo evitar emocionarme con cada página, sintiendo cómo tus palabras me envuelven y me llevan a recorrer tu mundo interior. Me ha alegrado profundamente volver a contactar contigo; ha sido como reencontrarme con una parte importante de mi vida que había quedado en pausa. Agosto y septiembre han sido meses intensos, llenos de trabajo y cambios: la mudanza de casa, la consulta, los juegos y risas de los nietos, la inminente aparición del último libro de Ignacio… pero a pesar del ritmo frenético, todo va bien. Yo me siento más animada que nunca, con renovadas ganas de trabajar y de seguir viviendo, de abrazarlo todo con ilusión. Me interesa enormemente el tema de tu trabajo; sin embargo, confieso que me emociono de verdad cuando te leo escribiendo sobre tu familia, porque ahí tus palabras laten con una fuerza especial que me conmueve y me acerca aún más a ti. Por favor, sigamos en contacto. Un fuerte abrazo para Pilar, y para ti todo mi cariño, que hoy te envío como un susurro cálido y cercano, esperando que lo sientas contigo allá donde estés.

Chus

Sigo el consejo de Chus Duato y de mi tío Eduardo -Lalo- Gutiérrez. Bajo al subterráneo de mi casa, impulsado por una mezcla de ansiedad y esperanza, para escarbar entre las cartas que guardo entre carpetas polvorientas, perdidas en cajas de cartón sin etiquetas, en cuadernos desteñidos y álbumes que ya no recordaba. Los gatos me acompañan, me observan con ojos grandes y atentos, como si compartieran conmigo la curiosidad y el misterio de este descenso, y los imagino interrogándose, disfrutando también este viaje íntimo hacia el subsuelo de mi familia y sus raíces. Es un descenso cargado de nostalgia y vértigo, donde cada objeto encontrado me sacude con historias olvidadas, momentos suspendidos en el tiempo, ecos de risas que aún palpitan en el aire. Abrí una caja y, de inmediato, la memoria me asaltó con fotos de reuniones familiares, recortes antiguos de periódicos o de la revista Hoy donde entrevistaban a Juan. Notas escritas en papeles que apenas resisten el paso de las décadas, papeles frágiles que, al tocarlos, parecen susurrar secretos al oído. Pero lo que me paralizó y llenó de un temblor inesperado fue un archivador de tapas desgastadas, donde Ximena había escrito fragmentos de su vida como si fueran notas al margen de su existencia, confesiones íntimas que desafían al olvido. La caligrafía era firme, pero mostraba pequeñas vacilaciones, tachaduras, correcciones, como si las palabras estuvieran luchando por salir para no quedar atrapadas en el papel y se debatieran entre el miedo y el deseo de ser escuchadas. Esos borradores parecían contener más preguntas, más susurros que certezas, como si cada línea fuera un latido que revela la vulnerabilidad y la fuerza de quien escribe. En sus páginas encontré los trazos de la mujer compleja que fue, las batallas que libró consigo misma y los sueños que acarició y dejó escapar. En uno de los fragmentos, relataba una tarde lluviosa en Santiago, describiendo cómo la lluvia la conectaba con los años inocentes de infancia en el campo y cómo se sentía atrapada entre el amor por la vida sencilla y las expectativas de una ciudad que nunca terminó de comprender. Fue ese contraste, esa dualidad profunda, lo que me recordó que la historia de una persona no es un monólogo, sino un diálogo constante entre sus raíces y sus aspiraciones, entre lo que añoramos y lo que nos exige el mundo, entre la luz y la sombra de todo lo que amamos y tememos perder.

Los gatos, que hasta entonces habían merodeado entre las cajas, se acomodaron junto a mí mientras leía, como si también sintieran la gravedad de lo que estaba descubriendo. Su presencia me envolvía en una complicidad, como si quisieran ser testigos y guardianes de los secretos que emergían entre mis manos temblorosas. Me di cuenta de que, aunque las cartas eran importantes, estos fragmentos dispersos y casi olvidados contenían los matices más íntimos y delicados de su personalidad, los detalles minúsculos que realmente le devolvían el aliento y la voz a quien ya no está. Sentí que, al hojear cada página, se abría ante mí una puerta a su mundo interior, y que quizás sería en esos retazos invisibles donde hallaría las claves para desentrañar no solo su historia, sino también la mía: una búsqueda cargada de nostalgia y deseo, de preguntas suspendidas en el aire y respuestas que laten en rincones olvidados. Era como si el pasado se desplegara en oleadas de emoción, envolviéndome por completo, dejando una mezcla de vértigo y esperanza, de pérdida y de reencuentro.

Vuelo hacia mi pasado, pero también regreso. Regreso a Michigan, lejos de Ximena, lejos de la silla de ruedas que la sostuvo en sus últimos días como un símbolo de su fragilidad y de todo lo que la vida le fue arrebatando poco a poco; lejos de sus ropas tejidas con historias, de sus sombreros rojos, negros y grises que parecían protegerle la cabeza de las penas; lejos de sus guantes, de la sordera que la aisló lentamente del mundo, de su ceguera que apagó la luz de sus ojos, de sus últimos sufrimientos, de sus comidas rutinarias y sus reproches a veces llenos de dolor, como si cada palabra quisiera gritar todo lo que nunca pudo decir; lejos de sus miserias, de esos cafés con leche fría saboreados sobre una cama inmensa, donde el silencio pesaba y los ruidos que se filtraban en su cuarto eran apenas murmullos de una vida que se iba apagando; lejos del televisor a todo volumen, cubriéndolo todo como una compañía artificial, un barullo constante que intentaba ahogar la soledad. ¿Qué pasó? ¿Por qué ese cambio tan brusco, tan cruel? ¿Por qué ese desencuentro, ese descariño que se volvió indiferencia, esa extraña frialdad que me dejó tan solo? ¿Era realmente ella, o era sólo una sombra de lo que fue? ¿Fue simplemente la vejez, ese descalabro implacable que consume la memoria y arrasa el cariño que todavía va quedando? Me aterra pensar en vivir algo parecido, que algún día yo también me convierta en un desconocido para quienes amo. Ojalá me ocurra lo que le ocurrió a mi padre, que en su vejez voló bajo, pero se abrió al mundo en vez de cerrarse. Buscaba consuelo en tangos tristes que escuchaba en una radio portátil, de pilas y plástico amarillo, donde se perdía en los laberintos de su infancia, y con sus manos siempre tibias. Algunos decían –incluida Ximena– que se había vuelto tonto, “Tu papá antes no era así, Pablito”, me decía en voz baja, como si temiera que la verdad la golpeara de frente y no pudiera soportarla. Todo eso me duele, me deja una herida, pero también me impulsa a seguir buscando respuestas entre los recuerdos.

En medio de estas reflexiones, se apodera de mí una sensación de pérdida, como si el corazón se encogiera ante la ausencia de quienes ya no están. Sin embargo, esa misma tristeza se transforma poco a poco en un redescubrimiento luminoso: siento que las voces del pasado, envolventes y casi palpables, me guían con ternura y paciencia hacia un propósito renovado. Entiendo de pronto que la escritura no es sólo un acto íntimo, sino también un puente invisible que conecta ambos lados del tiempo, un hilo hecho de recuerdos y sueños que permite resucitar gestos, palabras y risas que creía perdidos para siempre. Me pregunto si mi madre, en su delicada y tímida manera de tomar la pluma, también habrá sentido ese vértigo de querer abrazarse a la vida a través de sus textos. Tal vez, en sus páginas inacabadas y sus borradores descartados, estuviera intentando comprenderse, sí, pero también dejar una huella cálida y secreta, una invitación para que, algún día, yo o cualquier otro pudiera seguir su rastro y reencontrarla, como quien regresa a casa bajo la lluvia y descubre que la luz sigue encendida en la ventana de su cuarto.

Las cartas, la relectura de esos escritos y relatos inconclusos que he preservado en el subterráneo de mi casa, se han convertido en una travesía íntima hacia mis raíces, hacia los rincones más profundos de mi memoria. Son mi brújula y mi refugio, y sólo me atrevo a abrirlas con la esperanza de encontrar alguna pista que me ayude, al fin, a comprender qué sucedió, qué fue lo que realmente pasó y por qué decidí huir. Me duele reconocer que, hasta ahora, esa respuesta sigue siendo un misterio; persiste como una niebla espesa que no logro disipar. Tampoco sé con claridad qué busco entre estas páginas gastadas, pero cada vez que las toco, escucho ecos de voces lejanas, percibo aromas de otros tiempos, ruidos y sabores que vibran y se mezclan con mis recuerdos, envolviéndome por completo. Son sensaciones que se agitan en mi interior cuando leo las palabras, cuando repaso frases entrecortadas tomadas de las cartas de mi madre; es como si su voz traspasara el papel y me acariciara con el calor de un susurro olvidado:

“….hay tantas cosas que quisiera saber de ti….”

“….te quiero tanto Pablito y estoy tan orgullosa de tu capacidad, de tu talento.”

“….la mitad mía está en mis hijos…..”

“….Pablito amor del mundo….”

Por azar, entre papeles y recuerdos, doy con una carta suya que, como un inesperado abrazo, se enlaza profundamente con todo lo que acabo de escribir antes. En esas líneas, siento que me impulsaba a escribir, a lanzar mi voz al mundo, como si quisiera que su deseo cruzara el tiempo y encendiera en mí la valentía de transformar la nostalgia en palabras vivas.

Querido Pablito, Santiago 13 de julio de 1982

Fue rico recibir ayer otra carta tuya. La descripción que haces de esas manos… simplemente magistral. Trata de escribir algo todos los días –sobre lo que ves- quien sabe si esa sea tu verdadera vocación, la observación escrita. Y solo se escribe bien viviendo, por eso hay tanto escritor frustrado…. No saben escribir porque no tienen tema, falta de vivencias, de observación, de esfuerzo, y entonces mirando al cielo en su ociosidad se dedican a la poesía…. Además, que ya estamos en la era de la necesidad de saber hacer bien distintos trabajos… piénsalo. Así, simplemente, sin escribir perfecto, solo naturalmente, como se habla….

Te quiero desde aquí a donde te encuentres…

Al repasar las palabras de mi madre, siento cómo se despiertan en mí emociones que van mucho más allá de simples consejos; es como si, a través de sus frases, me llegara el abrazo cálido de su presencia, aún en la distancia irremediable de los años. Sus palabras son una invitación, sí, pero también un susurro que me impulsa a mirar de frente el paso del tiempo, a cargar con el peso de las experiencias vividas y a dejar que todo eso modele mis palabras, mi voz. Escribir, entonces, se vuelve un acto profundamente humano: una búsqueda por darle sentido a la vida, por conectar con otros y, a la vez, por trascender los límites de lo cotidiano. Siento que cada frase que pongo sobre el papel es un intento de capturar lo fugaz, de eternizar el brillo de un instante antes de que se disuelva en la memoria. Me pregunto, entre la ternura y la melancolía, si el acto de escribir puede realmente sanar heridas, reconciliarme no sólo con los recuerdos, sino también con quien fui y con quien soy ahora. Tal vez, en estas líneas que nacen con esperanza, logre encontrar ese frágil equilibrio entre lo que fue, lo que soñé ser y lo que todavía estoy a tiempo de construir.

Mi madre tenía una verdadera habilidad para escribir; sus palabras brotaban con sinceridad y fuerza. Pero, aunque poseía ese don, nunca se permitió abrazarlo por completo: se apartaba justo cuando el texto empezaba a latir, cuando la autenticidad, el dolor, la rabia o la alegría se hacían carne en el papel. Le temía a la intensidad de lo que era capaz de crear, como si enfrentarse a su propia voz la dejara demasiado expuesta, vulnerable ante sí misma y ante los demás. Decía, para tranquilizarme y tranquilizarse, que lo que había escrito era solo un borrador, apenas unas líneas apresuradas, casi como un entretenimiento para no aburrirme, Pablito. Pero sé que esas excusas ocultaban una lucha interna; en realidad Ximena tenía talento, y sin embargo el miedo la paralizaba, le faltó valor para enfrentarse a sus propios sentimientos. Le faltó el empuje y la disciplina para perseverar, para atreverse a mostrar lo que llevaba dentro, aunque por fuera siempre buscaba aprender más y asistía con esperanza y nerviosismo a todos los talleres de narrativa que se ofrecían en Santiago, como si allí pudiera por fin encontrar el coraje para dejar de huir de sí misma:

Hace dos meses que voy a un taller de narrativa. Somos cuatro viejas, una “lola” y un tipo con un dedo de frente (y que ya aspira a la celebridad), y el profesor, un ingeniero que aburrido del orden numérico un buen día se dedicó a escribir cuentos de ciencia ficción. Le gustó tanto su afición que decidió dedicarse a eso solamente. Ha publicado algunas novelas y cuentos con buen éxito de crítica (ya cincuentón). Es increíble ver lo feliz que está ahora inventando cuentos. Tenemos que llevar uno por semana. Y ríete, el mío fue el mejor de la semana pasada; antes siempre encontraba una disculpa para llegar sin nada que mostrar.

Ha sido bueno inscribirme en el Taller Literario. Me ha entretenido conocer gentes tan diferentes; hay una bióloga, un abogado, una estudiante, y un técnico en electrónica. La única sin profesión soy yo. La semana pasada comimos y bebimos dos botellas a la hora de almuerzo arreglando el mundo en la Sociedad de Escritores de Chile. Y lo que me ha pasmado es que mis cuentos los han encontrado tan buenos que el conductor del taller me ha dado orden de enviarlos a un concurso literario argentino. Te envío los cuentos. Me he dado cuenta de que es lo más fácil escribir, me largo nomás y después quito lo superfluo. Hay gente que escribe regio en el taller y solo una lo hacía tipo novelita rosa, pero ahora descubrí sus poesías y eso sí que es bueno. Si continúo en esto, podría pertenecer a la Sociedad de Escritores no publicados. Hasta tienen una sigla y entregan sus manuscritos al grupo en tapas con dibujos…. estoy maquineando una novela. Lo malo es que tengo la obligación de escribir un cuento semanal, con el título que después te dan.

Ximena se rodeaba de escritores, ansiaba el contacto con la escritura, pero también la esquivaba como quien teme mirar de frente sus propios fantasmas. Jugaba con las palabras, las acariciaba con la esperanza de nunca ser herida por ellas, pero cuando el lenguaje rozaba algo real, algo profundo, huía despavorida, como si el vértigo de la verdad fuera demasiado para su corazón inquieto. Disfrutaba del ambiente vibrante que respiraba en ese círculo de escritores amigos; se nutría de sus historias, se reía con sus anécdotas y se dejaba envolver por la magia de los relatos compartidos. Sin embargo, escribir no le resultaba fácil. Parece que eso ya lo escribí antes, pero no importa repetirme, florece nuevamente: para ella, escribir era exponerse al escrutinio implacable, dejarse analizar, abrir la puerta de su intimidad y mostrar sus vulnerabilidades al mundo. Ese gesto, ese desnudarse ante los demás, sencillamente le resultaba insoportable, algo que la desgarraba internamente. Y sin embargo, en esa contradicción tan suya, a mí me empujaba a que lo hiciera libremente, como si en mi voz quisiera redimir sus propios silencios, como si esperara que yo lograra atravesar el muro que a ella le había ganado la batalla.

La escritura, entonces, se presenta como un reflejo de la vida misma: imperfecta, llena de dudas, pero profundamente auténtica y vibrante. Los talleres literarios eran su refugio, una trinchera donde enfrentaba sus miedos y desafiaba las limitaciones que ella misma se había impuesto. Allí intentaba, a veces temblando de nervios, explorar esa chispa creativa que siempre ardía en su interior, aunque nunca se atrevió a abrazarla por completo. En sus relatos hay honestidad, una capacidad mágica para capturar gestos y palabras que revelan mucho más que lo evidente, dejando al descubierto emociones y secretos que sólo ella podía descifrar. Pero una modestia férrea la detenía; era como si temiera que el reconocimiento la expusiera demasiado, que la luz sobre su talento se convirtiera en una carga imposible de soportar. En esos espacios, lograba domar su narcisismo, permitiéndose ser vulnerable y auténtica, sintiendo el vértigo y la belleza de reconocer, por fin, lo mucho que tenía para dar al mundo, aunque esa revelación le temblara en sus manos.

A través de sus cartas y recuerdos, descubro que mi madre no solo escribía para encontrar sentido, sino también para sostenerse, para luchar contra el olvido y dejar una huella, aunque fuese apenas un suspiro en el papel. En esos textos, siento cómo su voz se mezcla con la mía, como si sus palabras tejieran una red invisible que me sostiene en los momentos de duda y soledad. Cada frase suya es un puente entre nuestras vidas, una invitación a enfrentar mis propios miedos, a buscar en el dolor y en la esperanza ese equilibrio inestable entre lo que fuimos y lo que soñamos ser. Sus palabras me atraviesan: a veces me reconcilian con mi propia historia, a veces me estremecen en la nostalgia, pero siempre me empujan a escribir, a dejar mi marca, a intentar que el pasado y el presente dialoguen en cada línea que nace. Siento que al seguir ese impulso, me convierto no solo en heredero de su voz sino también en creador de mi propio legado, en alguien capaz de transformar las heridas en relato y la memoria en futuro:

Pablito, no creas que es una tontera escribir. Para mí, por supuesto, no es más que una entretención, ya tengo melladas o enmohecidas las facultades mentales. Para ti es distinto. Estás viviendo experiencias que muy pocas personas tienen, y con facilidad para describirlas. Además, en España y en Europa también se aprecia mucho la literatura latinoamericana por esa mirada nueva, libre del lastre de demasiada civilización, de demasiada erudición y que se nota en el modo de escribir asfixiado de los países antiguos. (Esta es la máquina de escribir de tu hermano Sebastián, se salta letras, no tiene acentos o no lo encuentro, ni tampoco la letra que sigue a la n). Tú tienes gracia, soltura, fluidez, y eso que se llama “ángel” … más la práctica. Dicen que es bueno anotar en cualquier libretita lo que se te ocurra… con un lote de apuntes así, hay un premio Nobel que ha compuesto sus mejores obras.

Debes seguir escribiendo sobre lo que te pasa, sobre lo que te impresiona. Tienes la cualidad de dar con la frase justa, la que en un solo trazo define lo que ves. Escribe, escribe, mejor si es algo como diario (es lo que aconseja Alone). Él dice que un escritor es oficio, el talento se perfecciona con la práctica. Hace falta gente objetiva, clara, limpia de prejuicios anquilosantes. Alguien como tú. Se puede –se debe tener dos profesiones- una para ganarse la vida y apreciarla y otra para vaciar lo personal, la propia visión de las cosas.

Cuéntame de ti. Espero estés aprovechando el tiempo no sólo en acumular conocimientos sino sobre todo en pasarlo bien, en conocer gente, saber qué piensan, qué sienten, qué esperan. Eso enriquece mucho, porque además relativiza la vida. Mientras más conocimientos vividos, más diferentes combinaciones intelectuales. Y escribe, escribe, tú tienes ese don desde chico, sabes tamizar y expresar tus descubrimientos porque tienes una mirada muy personal de las cosas, y recuerda que “ahora”, siempre “ahora” empieza todo. El pasado es algo terminado y el futuro es el camino siempre presente.

¿De verdad la escuché alguna vez, o simplemente hui de sus consejos, tapándome los oídos con el ruido de mis propios temores? Escribir, quizá, es el último refugio, una rebelión frente al miedo, un intento de dejar constancia de todo lo que se calló, de aquello que nunca nos atrevimos a enfrentar cuando aún podíamos cambiarlo. Me vienen a la memoria los silencios densos, que pesaban como piedras sobre la mesa durante las cenas familiares; esos momentos en los que las palabras se quedaban atrapadas en la garganta y las miradas esquivaban cualquier verdad incómoda, sobre todo al hablar de política, de sueños rotos, de lealtades heridas. Es en el acto de escribir donde esas contradicciones laten con fuerza, donde el papel se convierte en un espejo que no perdona y obliga a enfrentarse al vértigo de la propia historia. Allí, el peso de las palabras deja de ser una carga invisible y se transforma en un susurro urgente, en una necesidad de redención y memoria.

La vida de Ximena está marcada por esos instantes de indecisión punzante, en los que se debate entre el deseo ardiente de expresar su verdad y el miedo paralizante de exponer sus heridas. Siento que ese temor, lejos de ser solo suyo, es un legado que se ha filtrado en cada rincón de nuestra historia familiar, una sombra heredada que pesa como una manta sobre los sueños. Porque escribir, más allá del acto de juntar palabras, es un salto al vacío, un testimonio valiente que desafía los silencios impuestos y las verdades a medias que tanto nos asfixian. Es un acto de rebeldía, una forma de decir: aquí estoy, con mis dudas y mis cicatrices, pero también con la esperanza intacta de que, al compartir mi voz, pueda sanar algo en mí y quizá en los que me leen. Las palabras, en su boca y en la mía, no solo cuentan lo que fue, sino que tiemblan, se aferran, se rebelan y nos dan el coraje para mirar de frente esas partes de la vida que siempre nos han dolido.

En ese acto solitario y casi ritual de escribir, las palabras no solo cobran vida propia, sino que laten con la intensidad de todo aquello que callamos durante años. Son testigos mudos de las emociones que nos desbordan, de los recuerdos que se resisten a desaparecer, de las heridas que a veces preferimos ignorar. Siento que mi madre entendía profundamente ese poder de la escritura, aunque muchas veces sus frases quedaran atrapadas del otro lado de un muro invisible, incapaces de convertirse en verdad compartida. Su vida estuvo marcada tanto por sus acciones como por sus silencios, por todo lo que hizo y, sobre todo, por aquello que no se atrevió a decir. Las palabras que no pronunció siguen flotando en el aire, pesando en la memoria, como si en cada una de ellas quedara guardado un pedazo suyo, temerosa y valiente a la vez, buscando un refugio donde no fuera juzgada ni herida.

Para Ximena, la escritura era más que un simple pasatiempo: lo sentía como un legado, una forma de resistir la marea implacable de las circunstancias y aferrarse a lo que realmente importaba. Tal vez por eso, cada vez que me enfrento a la hoja en blanco, siento que estoy retomando hilos invisibles, cargados de historia y de emociones, esperando ser tejidos para dar vida a una narrativa capaz de capturar lo que siempre permaneció en la sombra. Escribir, entonces, no solo me conecta con mi propia experiencia, sino también con los ecos de las decisiones, los sueños y los dilemas que marcaron a quienes vinieron antes de mí. En cada palabra busco la redención, la reconciliación con las heridas. Trato de conectar con ese mundo, de ahí no huyo; al contrario, me sumerjo, esperando encontrar sentido y tal vez, entre las líneas, el abrazo que tanto necesito.