El mercedes de mi padre

Estudio las fechas y me detengo en el año 1982, cuando mi padre, ya con 65 años y a punto de jubilar, tomó una decisión que parecía desafiar la lógica del retiro: abrió una consulta médica modesta en el corazón de Santiago. Quizá lo impulsaban las viejas heridas de la infancia—esas que nunca terminan de cerrar—marcadas por la ausencia y los apuros económicos de una familia rota, y por el peso invisible que cargaba de mi abuelo, Luis Fierro Cabello. Lo imagino, siempre esforzándose hasta el último suspiro, dedicando cada energía a “salpicarnos” con su ayuda, como si al protegernos, hallara una forma de redimirse de los desamparos que lo forjaron. Para él, que conocía el sabor amargo de la humillación, nada era más importante que evitar que su hija e hijos pasaran por el mismo trago.

Trabajaba sin descanso; nunca aprendió ni quiso aprender a detenerse. Sus gustos eran sencillos, casi invisibles: para navidades y festejos, jamás pedía nada, y aceptaba mis corbatas con una sonrisa tímida, como quien no se siente digno de los regalos. Pero hubo una sola excepción, un destello tardío de deseo propio: cuando intentó darse un gusto final, pocos meses antes de partir, como un acto de reivindicación personal frente a la vida. Lo conté en otra nota, pero aquí vuelve, porque ese gesto, el único lujo al que aspiró, revelaba no sólo a mi padre, sino al hombre que siempre quiso ser. Sus sueños, tan postergados, buscaron asomarse, aunque fuera tarde, y con ellos toda la ternura y la fragilidad de quien, al final, sólo quería dejar una huella luminosa en medio de tantas sombras.

Durante las excursiones de fin de semana, me pierdo entre los estantes de la librería Barnes & Noble, buscando en cada libro un refugio y una compañía secreta. Hay algo solitario y mágico en hojear páginas desconocidas, como quien busca consuelo en palabras ajenas. Esta vez, la tentación me llevó a una autora afroamericana que nunca había leído, pero al final, el destino me puso en las manos un volumen de relatos de Tess Gallagher, la viuda del inolvidable Raymond Carver, a quien admiro profundamente. Hace apenas unos días leí una entrevista a Gallagher en un diario local; sus palabras eran un testimonio delicado y estremecedor sobre los últimos días de Carver, marcado por el cáncer que se llevó sus pulmones y su mente, apenas a los cincuenta años. Tocó la gloria justo al borde del abismo, cuando dejó atrás el alcohol y las peleas, cuando la paz y la brillantez literaria finalmente lo abrazaron. Imagino a Carver, en bata y pantuflas, atravesando la vida y la muerte con dignidad, y dándose un último capricho: el Mercedes Benz más caro del mercado, símbolo luminoso de que por fin había conquistado algún rincón de felicidad y respeto, que tras tanto dolor y miseria, había llegado a ser alguien verdaderamente valioso.

Su viuda cuenta que aún maneja el Mercedes, que ese auto es más que un vehículo: es una especie de altar rodante, donde los lectores le dejan notas escritas con ternura, como ofrendas, como si quisieran adquirir una pizca del pasado glorioso que representa. Me conmueve pensar que algo parecido vivió mi padre, aunque con un Mercedes más modesto; también él, poco antes de morir, se permitió soñar y se compró uno. Tuvo que devolverlo después, y lo hizo con corbata—sin pantuflas, sin el desenfado de Carver—, pero con la misma mezcla de pudor y anhelo. Jamás quise preguntar cómo lo convencieron de regresarlo, quizá por miedo a descubrir que sus sueños, al igual que los míos, siempre estuvieron a punto de escaparse entre los dedos. ¿Sería yo capaz de lanzarme a un impulso así, de desafiar la lógica y regalarme algo sólo por el placer de haber llegado hasta aquí? Mi padre, tan calculador y contenido, tenía momentos en que rompía el molde y sorprendía a todos, incluso a sí mismo. Comprar el Mercedes fue mucho más que una compra: fue una declaración silenciosa de triunfo, de dignidad, una forma de gritarle al mundo que, a pesar de las heridas, él también había alcanzado esa cima que parecía reservada para otros.

Veo por la televisión un show donde cantan Simon and Garfunkel en un concierto reciente. Sus voces, intactas por el tiempo, despiertan en mí una oleada de nostalgia que me arrastra a esos días lejanos en Santiago. Los escuchaba en mi refugio de juventud: la pieza de las plantas, rodeado de los discos de vinilo y el murmullo de las agujas rozando la música, lugares donde me escondía a estudiar química antes de cada examen. Ahora, desde la distancia, los miro envejecidos en la pantalla, y siento que han sobrevivido, igual que mis recuerdos, a décadas de silencios y cambios. Cada nota es un hilo que me une a un pasado que ya no existe, y sin embargo, vibra con intensidad en mi memoria.

A menudo me pregunto, con el corazón apretado, cómo fue capaz mi padre de comprar ese Mercedes. ¿Habría esperado ansioso, contando los días hasta que mi madre viajara al extranjero, para lanzarse a ese impulso secreto? ¿Tuvo que mentirle, ocultar sus verdaderos deseos, temerle al juicio de quien compartió su vida? ¿O fue simplemente un acto de fuga, una rebelión silenciosa contra años de resignación y sumisión? Imagino su pulso acelerado, la mezcla de miedo y euforia, el vértigo de apropiarse de un sueño largamente postergado. Ese Mercedes no fue solo un auto: fue su grito sordo de libertad, su afirmación de haber llegado, aunque sea por un instante, a un lugar donde podía permitirse soñar.

Pienso en mi propio destino, y me invade una mezcla de duda y esperanza. Cuando se acerque mi hora, cuando sienta que el final está cerca, ¿me atreveré yo también a desafiar la lógica y los temores para regalarme un capricho? ¿Me lanzaré a comprar un Mercedes Benz, no por lujo, sino como un gesto último de reivindicación personal? Tal vez, como mi padre, también busque dejar una huella luminosa y frágil, un símbolo de que, a pesar de los tropiezos, logré abrirme paso y encontrar mi propio rincón de dignidad.

Mi padre nació el primero de agosto de 1917, pero jamás celebramos su cumpleaños; él huía de esa fecha como si fuera una trampa tendida en el calendario. Prefería perderse en el día de San Juan, buscando refugio en una celebración ajena, como quien se esconde de las sombras que lo persiguen desde niño. Mi hermano, Felipe, me cuenta por correo electrónico que el papá arrastraba un viejo trauma con su cumpleaños: una vez, siendo pequeño, invitó a sus amigos a casa para festejar, pero lo obligaron cruelmente a despedirlos, a renunciar a esa ilusión. Desde entonces, borró la fecha de su memoria, condenándola al silencio, a la invisibilidad.

Quizá en la casa de su tía Isabel, donde vivió de allegado, ya aprendió que los días especiales no siempre traen alegría. Allí, los quesos y jamones llegaban con los apellidos de otros, nunca con el suyo. Tal vez por eso, celebrar el día de su santo era un acto de resistencia, una forma de esquivar el dolor y despojarse del peso de la edad y del paso irremediable del tiempo. Recuerdo con nitidez ese último año de su vida: yo quería llamarlo para desearle felicidad, aunque fuera por teléfono, y regalarle aunque fuera un instante de alegría. Corría el año 2001, pero el primero de agosto se me escurrió entre los dedos, como arena en una tarde de verano. Al año siguiente, el tiempo ya no me alcanzó; el 14 de enero de 2002, a los 85 años, mi padre cerró sus ojos para siempre y dejó atrás sus celebraciones y sus silencios. Tenía planeado celebrar con él en 2002, pero el destino, implacable, me arrebató esa última oportunidad. Ahora, cada vez que llega agosto, siento un nudo en la garganta y el deseo imposible de volver atrás, de hacerle sentir que su cumpleaños merecía ser celebrado, que su vida merecía ser festejada con todas las emociones que nunca se atrevió a mostrar.

En una de mis últimas visitas al país, me descubrí más de una vez sumergido en el remolino de recuerdos santiaguinos, invadido por la melancolía de nuestra casa con su jardín exuberante, ese refugio de plantas y árboles que parecían abrazar nuestra infancia. Volví a sentir la tensión y la esperanza de aquellas largas noches estudiando química, la ansiedad por un futuro mejor, la urgencia de conquistar una vida distinta. A veces, esas imágenes se mezclaban con la visión de mi padre en su Mercedes, ese auto que nunca llegué a conocer realmente, pero que imaginaba como una coraza brillante contra la fragilidad de sus logros. Veía su mirada, orgullosa y vulnerable a la vez, mientras el Mercedes se convertía en una bandera contra el tiempo, un testimonio silencioso de que había luchado y alcanzado algo propio en medio de tantas renuncias. En esos instantes, me preguntaba si alguna vez sentiría esa certeza luminosa de haber llegado, aunque fuera por un momento, a un lugar donde los sueños se vuelven realidad.

Mientras viajaba mentalmente a esos años ya desvanecidos, los roqueríos de la playa en Punta de Tralca aparecían en mi memoria como escenas de una película repetida, cargada de nostalgia y deseo. Me preguntaba si acaso quise huir de esos días que marcaron mi juventud, de las horas de incertidumbre, los descubrimientos furtivos y los silencios densos que llenaban la casa. El eco de esas preguntas resuena todavía, como una melodía dulce y amarga que se niega a apagarse, tejida con gratitud y una tristeza que se anida en el pecho y no desaparece nunca del todo. Porque la historia del Mercedes, en el fondo, no es solo la de un automóvil: es la historia de los anhelos y las dignidades perseguidas, de los sueños abrazados en la penumbra, de la valentía de sostenerse cuando todo parece perdido.

Fue entonces, casi sin darme cuenta, que ya no estaba en Santiago, sino estacionando el auto frente a nuestra casa en Michigan, dispuesto a darle los últimos retoques a este texto. Luca, nuestro gato hondureño, se estiraba frente al laptop como si quisiera compartir mi soledad. El presente y el pasado se entrelazaron en ese instante, y sentí que, aunque las distancias y los años se empeñen en separar, la memoria y el corazón tienen el poder de acercarnos a lo que importa, a lo que nunca se olvida.