5. Escribo para llorar acompañado

En mi bolsillo encuentro un papel arrugado, testigo de mi impaciencia y de la urgencia por atrapar instantes que, si no los escribo, se pierden en el aire. Mientras espero la luz verde, detenido frente a un semáforo, la melodía nostálgica de Neil Diamond me envuelve y me recuerda que cada minuto es fugaz. Escribo apurado, con el corazón latiendo más fuerte, temiendo que el tiempo, la música o el movimiento del tráfico me arrebaten ese pensamiento antes de poder darle forma. La camioneta roja que tengo delante se demora en arrancar, regalándome unos segundos preciosos en medio del caos cotidiano. Aprovecho ese respiro y, casi temblando entre ansiedad y melancolía, anoto:

…..escribo buscando sentir como me sentía antes, cuando joven….

Me invade una mezcla de nostalgia y esperanza, mientras percibo que la escritura es mi manera de volver a tocar emociones perdidas, de regresar a aquel tiempo en que todo era más intenso y la vida parecía prometer eternidad. Cada palabra que dejo en el papel busca, desesperadamente, revivir el brillo de los días pasados y abrazar nuevamente los sentimientos que hoy se sienten distantes, pero que aún duelen y reconfortan al mismo tiempo.

A veces, sin previo aviso, una resonancia profunda me sacude el espíritu y me arrastra a otras coordenadas, despertando recuerdos que creía olvidados. Es un fenómeno casi mágico que se apodera de mí cuando escucho una canción que me conmueve o cuando observo algún gesto cotidiano de mis hijas; una risa, una mirada fugaz, una pequeña certeza que ellas exhiben con la seguridad inocente de la infancia. En esos instantes, experimento una regresión espontánea: me veo reflejado en sus edades, en sus movimientos y en su manera de descubrir el mundo, como si el tiempo se plegara y pudiera asomarme a mi propia niñez desde otro ángulo, desde la orilla tibia que me ofrece la realidad de mi familia. Siento una mezcla de nostalgia y ternura, un deseo por abrazar el pasado y el presente al mismo tiempo. Disfruto robándole destellos al ahora, atrapando esos instantes antes de que se desvanezcan, y los escribo a toda prisa en un papel arrugado mientras el mundo se detiene por un semáforo en luz roja. En ese silencio suspendido, temo que el tiempo me arrebate esa emoción antes de que pueda darle forma. Escribo para no olvidar, para sentirme menos solo y para rendir homenaje a la intensidad de lo vivido.

Compruebo, con una mezcla de asombro y tristeza, que con los años ya no percibo la vida como antes. Las emociones, que alguna vez vibraron intensamente en mi pecho, ahora se muestran atenuadas, como si una neblina suave las envolviera y las hiciera más distantes. Los incidentes y los dramas que antes me sacudían, hoy llegan filtrados por esa luz apagada que impone la distancia del tiempo, cubriéndolos de un velo casi irreal. Tal vez por eso mis notas tienen ese aire nostálgico; lo comenté recientemente a un amigo por e-mail, confesando que esa nostalgia surge de un anhelo profundo, casi desesperado, de volver a sentir como antes, de rescatar emociones que ahora parecen tan lejanas como los recuerdos de una infancia feliz. Me esfuerzo por escribir, luchando contra el desgaste inevitable, intentando —aunque sé que es inútil— regresar a esa condición original donde todo era más intenso, donde la vida era pura y las pérdidas no dolían tanto. Mi tío Lalo, con ese cariño que solo él sabe mostrar, me llama «viejo prematuro» cuando recibe mis notas en su casa en Chile. Y tal vez tenga razón: hay una melancolía anticipada en mis palabras, una ternura rota que se asoma cada vez que releo lo que escribo y siento que, en el fondo, estoy peleando por no perder del todo lo que alguna vez me hizo vibrar.

El auto que veo en el retrovisor ahora me pitea con impaciencia, como si quisiera arrancarme de mis pensamientos y devolverme abruptamente a la realidad. La camioneta roja de adelante se esfuma, se desliza sin esfuerzo hacia adelante, dejando tras de sí una estela de melancolía y movimiento. Tengo que acelerar, pero por un segundo dudo, como si el deseo de quedarme detenido en ese instante fuera más fuerte que la luz verde que me empuja de regreso al tráfico del mediodía y al presente. El papelito que acabo de escribir queda a un lado, arrugado y tembloroso, como un fragmento atrapado en el tiempo, subsistiendo por un instante más antes del olvido. Me invade la sensación de que ese pequeño trozo de mí, garabateado a toda prisa, es lo único que me queda de ese momento, y temo que al soltarlo, desaparezca junto con todo lo que alguna vez sentí intensamente.

Vivencias de otros tiempos me asaltan frente a los semáforos con luces rojas. No es sólo la memoria lo que me golpea en esos instantes suspendidos, es una ola de sentimientos que me sacude por dentro. Es como si, entre el vaivén del tráfico y el murmullo lejano de la ciudad, los recuerdos se abrieran paso con una intensidad inesperada: a veces me inunda una tristeza profunda que apenas logro respirar, otras veces una nostalgia dulce me envuelve, haciéndome sonreír ante el sencillo milagro de haber vivido. En esos segundos detenidos, siento el peso de lo perdido y el calor de lo conservado, la soledad que me acompaña y la energía que aún me sostiene. Todo se mezcla, se agita, y por un momento, me dejo llevar por la emoción cruda y la vulnerabilidad de estar vivo, atrapado entre el pasado y el futuro, deseando que el presente no se esfume tan rápido.

En una entrevista al escritor guatemalteco Eduardo Halfon, leí que para él, hacer literatura es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede. Parodiándolo, podría decir lo mismo, pero con una variación: escribir, para mí, es el intento de llenar esos huecos enormes, a veces dolorosos, a veces tristes, sabiendo que nunca será suficiente, que siempre me quedaré corto. Sin embargo, cada palabra que escribo es mi forma de abrazar esos vacíos, de conversar con la ausencia y la añoranza, y en cada línea dejo caer una esperanza, aunque sea diminuta y frágil. A veces, siento que cada palabra es una súplica silenciosa, un grito ahogado que busca respuesta en el eco de los recuerdos. Escribir es, para mí, abrir la puerta a todas las sombras y fantasmas que me habitan, invitar a la melancolía a sentarse a mi mesa y aceptar su abrazo frío. Es un acto de atrevimiento y vulnerabilidad, una manera de llorar sin testigos y de reír en medio de la nostalgia. No importa que el milagro no llegue, sigo escribiendo con la fe del carbonero —aferrado a la convicción de que algo bueno puede surgir incluso de la oscuridad—, y en ese proceso acepto la belleza de fracasar, la gracia de seguir intentándolo, el consuelo de saber que en cada intento, mi corazón late un poco más fuerte, como si cada palabra fuera una chispa que enciende otra vez la vida en medio de la penumbra.

Para recordar, me aferro a las cartas y fotos que he ido entrelazando en estos textos, verdaderos comprimidos de memorias, retazos de otros días y otros años que guardo como tesoros rescatados del naufragio del tiempo. Son fragmentos de hechos que apenas sobreviven, difuminados por la vida que avanza y por la frontera cada vez más borrosa entre la ficción y la realidad. Pero lo esencial, lo que realmente me importa, es la autenticidad de esos instantes, la fidelidad absoluta a lo que sentí cuando ocurrieron; esa sinceridad es lo que les da vida y sentido. Cuando escarbo entre los papeles arrugados que guardo con obsesión, siempre aparecen cartas, libretas llenas de anotaciones apuradas, fechas que ya casi se desvanecen, recordatorios que sangran nostalgia. Las he mostrado aquí, desnudas, tal como son, sin filtros, convencido de que, en el fondo, a nadie de los que nombro les importará, porque todos estamos muertos o al borde del cajón, aunque a veces siento que al releerlas logro revivirlos un poco, devolverles un pulso fugaz, y con eso consigo que mi corazón palpite con el vértigo de lo perdido y lo irrecuperable.

Mi amigo Ignacio Carrión solía decir que escribir le resultaba más fácil si imaginaba a todos los partícipes ya fallecidos, incluso él mismo. De alguna manera, su consejo resuena en mí como un eco liberador, casi como si al escribir bajo esa premisa pudiera quitarme el peso de la mirada ajena y dejar que las palabras fluyan con toda su crudeza y su verdad. Siguiendo su ejemplo, me resisto a censurar las cartas, porque en la censura se pierde la autenticidad, y sin autenticidad, no hay memoria posible. ¿Cómo podría traicionar esas emociones que pujan por salir, incluso si a veces me desgarran por dentro? Si no vivo de esto, ¿para qué esconderme? ¿Para qué huir de los recuerdos, aunque estos sean dolorosos y me atraviesen como un frío en el pecho? Nadie me conoce, nadie me lee, y quizás sea ese anonimato el que me permite despojarme de máscaras y atreverme a escribir con el espíritu desnudo, aunque a veces me tiemble la mano al hacerlo. En el fondo, tengo poco que perder al tratar de ser honesto, aunque duela, aunque el esfuerzo se convierta en una herida abierta que nunca termina de cicatrizar. Al menos es una muestra de respeto para quienes todavía dedican un poco de su tiempo a leer el texto de un extraño, y también para mí mismo, porque solo así siento que lo que viví y lo que aún me atraviesa no se pierde para siempre, sino que queda, aunque sea un instante, latiendo en las palabras.

Sobre los anaqueles altos, casi oculto entre el polvo y la penumbra, redescubro un libro de Tim O’Brien que es mucho más que un simple análisis sobre la escritura de ficción; es una invitación a explorar el corazón mismo del relato. ¿Cómo se escribe una historia de guerra? El título me llama con fuerza, como si reclamara respuestas a viejas inquietudes que llevo dentro. Como lector, siempre me ha perseguido la seductora pregunta sobre la verdad en un relato: ¿lo que cuenta el autor ocurrió tal cual, o es simplemente una construcción alimentada por la memoria, el dolor y la imaginación? O’Brien confiesa que, para él, la verdad no reside en la fría exactitud de los hechos históricos, sino en la autenticidad cruda de la experiencia, en esa emoción que arde y desgarra bajo la superficie de las palabras. A veces, para alcanzar esa verdad más profunda y conmovedora, se permite cambiar detalles, trastocar la cronología o incluso inventar sin pudor, si con ello logra transmitir de verdad aquello que lo marcó, el miedo, la pérdida, el vértigo de estar vivo en medio del caos. Esa libertad creativa no es un engaño, sino un acto de honestidad emocional, una búsqueda desesperada por acercarse a lo que realmente se siente cuando la realidad te sacude y deja cicatrices imborrables.

No puedo decir que me sienta feliz al leerlo, porque inevitablemente vuelvo a aquella tarde fría en Cleveland, en los años 80, cuando su voz aún resonaba en la sala silenciosa de la biblioteca de la Universidad de Case Western Reserve. Recuerdo el viento helado golpeando las ventanas, la luz mortecina de la tarde y mi corazón palpitando con la ansiedad de quien se atreve a preguntar algo importante. Nos quedamos un momento en la puerta, envueltos por la ventolera y el rumor lejano del tráfico. Con cierta timidez, le pregunté si los compañeros de combate que describía en su libro habían existido realmente. Me miró perplejo, sus ojos perdidos en algún lugar lejano, dudó unos segundos, y finalmente respondió que no. Pero fue su titubeo, esa sombra de tristeza y cansancio que cruzó su rostro durante un instante, lo que me reveló que mi pregunta era casi ingenua, que buscaba certezas donde solo había grietas y misterio.

Su libro se presentaba como ficción, pero era obvio que sus palabras navegaban por aguas turbulentas: un territorio híbrido donde lo inventado podía tener la densidad de lo vivido, y lo real se diluía, transformándose en otra cosa, a veces más amarga, a veces más luminosa. Con los años, he comenzado a entender que incluso las memorias más sinceras se escriben desde ese lugar ambiguo, teñido por la nostalgia y por heridas que nunca terminan de cerrar. Me conmueve esa posibilidad de entrelazar verdad y emoción, y siento que, en el fondo, lo que importa no es la fidelidad milimétrica a los hechos, sino la honestidad brutal con que la experiencia se transmite al lector. La memoria, después de todo, no es un registro frío y objetivo; es una reconstrucción viva, a veces dolorosa, otras veces redentora, y escribir es, quizá, el gesto desesperado de dar forma a lo que queda en pie después del temporal, lo que sigue latiendo dentro de nosotros y nos empuja, aún hoy, a seguir buscando sentido en medio de tanta incertidumbre.

En otra estantería, casi escondido entre recuerdos y polvo, me tropiezo con el último libro de Barbara Le Guin, «Sin Tiempo para Perder» (o «No Time to Spare»). Al tenerlo entre las manos, siento una mezcla de curiosidad y reverencia, como si estuviera accediendo a los pensamientos más íntimos de una autora que nunca deja de sorprenderme. El libro reúne los blogs que ella publicó durante varios años, fragmentos sinceros y, a veces, conmovedores de su vida cotidiana. Según cuenta Le Guin en la introducción —y lo leo despacio, dejando que sus palabras me envuelvan—, los blogs no le atraían hasta que por azar se cruzó con los de Saramago. El impacto fue tan grande que, fascinada por la profundidad y la sensibilidad de sus textos, sintió una especie de despertar creativo y comenzó un blog propio. Me conmueve imaginar ese momento de descubrimiento, ese impulso casi urgente que la llevó a compartir su mundo interior, y siento, por un instante, que también yo estoy siendo invitado a cruzar el umbral de su intimidad literaria.

Leo y me conmueve profundamente cómo escribe, con una honestidad cortante que no teme mostrar la verdad, aunque duela como un filo en el pecho. Recuerdo especialmente aquel octubre de 2010, cuando, al responder uno de esos largos cuestionarios que la Universidad de Harvard suele enviar a sus antiguos alumnos, confesó que ya no le quedaban muchas esperanzas. Sus palabras eran como un suspiro resignado, cargado de una tristeza serena, casi como si adivinara que el futuro solo traería más sobresaltos y temores. Aquella confesión me atraviesa cada vez que la releo: era una despedida escrita con tinta invisible, una última mirada hacia adelante donde solo veía sombras y sustos. Y tenía razón. Pocos días después, como si el destino aguardara a la vuelta de esa carta, su luz se apagó de manera silenciosa, dejándonos apenas el eco de sus palabras, tan sinceras y humanas, vibrando en el aire.

La siguiente frase no es mía, y ardo en el deseo de encontrar a su autor para rendirle el homenaje que realmente merece. Cuando la leí, sentí que algo en mi interior se encendía, como si una luz inesperada rasgara la oscuridad de mi noche solitaria. Era de noche, sí, llovía con fuerza y el frío se colaba por cada esquina, pero fue esa frase la que me abrigó, me hizo sentir menos solo. Dice algo así: «Escribir da la oportunidad de seguir hablando una vez que uno se muere.» No pude evitar estremecerme al leerla, porque en esas palabras encontré consuelo y miedo al mismo tiempo: el consuelo de saber que quizá mi voz, mi historia, pueden sobrevivir a mi ausencia, y el miedo de admitir que sólo a través de la escritura puedo resistir el silencio que trae la muerte. Esa frase me acompañó en la penumbra, resonando como un eco persistente que me invita a seguir escribiendo, a seguir buscando sentido incluso cuando todo parece desvanecerse bajo la lluvia y el frío de la vida.

Tal vez por eso, cuando escribo, me asumo muerto, como me lo enseñó Ignacio. Me siento terminado, como si cada palabra que plasmo en la página fuera un suspiro final, una despedida. La censura se diluye, pierde protagonismo, deja de importar; ya no hay temor al qué dirán, sólo queda el temblor de la honestidad desnuda. Escribir, en ese sentido, combate un poco la mortalidad, como han sugerido tantos escritores, y se convierte en un acto heroico, una rebelión contra el silencio eterno. Es un gesto de resistencia frente a la desaparición, frente al olvido, frente a la certeza punzante de que el tiempo avanza y no da tregua. A veces, al escribir, siento el vértigo de estar al borde de un abismo, y aun así lanzo mis palabras como quien arroja piedras en la oscuridad, esperando oír el eco que las devuelva, aunque sea desde el otro lado.

Primero llegan noticias de amigos enfermos. El corazón se encoge cada vez que aparece un nombre conocido entre los murmullos del hospital y las conversaciones cargadas de miedo. Algunos sanan, se recuperan, vuelven al mundo, y su regreso se siente como un pequeño milagro, una luz inesperada en la penumbra. Pero otros, muchos, se terminan, se marchan. Uno los ve irse, los siente desaparecer como si un pedazo de uno mismo se desvaneciera con ellos, dejando un vacío silente y frío. A veces intento convencerme de que lo ocurrido ha sido una excepción, un desvío en el camino, no la regla inevitable de haber vivido tantos años largos y estirados, pero en el fondo, la tristeza se instala, y la memoria se convierte en una sala de espera donde la ausencia tiene nombre y rostro. Y entonces, sigo adelante con la ilusión frágil de que todavía queda tiempo, aunque sé que ese tiempo se escurre entre los dedos, y cada despedida pesa más.

También escribo para conocerme, para tratar de descubrir quién soy realmente, aunque a veces me parezca que esa búsqueda se vuelve un laberinto sin salida. Hay días en que me miro al espejo y, a pesar de todo lo que he vivido, apenas reconozco la sombra que me observa. Me asusta esa sensación de extrañeza, de distancia con mi propio yo, como si el tiempo hubiera arrastrado partes de mí a lugares desconocidos. Quizá sea un esfuerzo estéril, una batalla contra el olvido. Lo que no supe ver en tantos años, en esos domingos eternos y llenos de silencios, tal vez nunca logre descifrarlo. Y ahora, con los años contados, la urgencia pesa más: el reloj avanza y siento que el margen para entenderme se achica, que cada segundo perdido es una interrogante.

Pero escribo igual. Escribo porque necesito recordar a los que ya no están, para rescatar instantes y risas que quedaron suspendidos en el aire, para darles un último abrazo. Escribo para salvar lo que compartimos y se quebró, para pedir perdón por lo que hice mal, por las palabras duras, por las decisiones equivocadas que dejaron heridas. Al escribir, me duele la conciencia de lo que no pude remendar, y sin embargo, insisto. Es mi manera de honrar su memoria, de buscar redención, de arrojar luz sobre esos fragmentos rotos del pasado, con la esperanza de que, al menos por un instante, el dolor se vuelva más llevadero y la ausencia menos fría.

Escribo para ver si esta vez, al fin, me resulta; para soñar con otros caminos que no me atreví a recorrer, para inventar diálogos imposibles, para abrir la puerta a conversaciones que la vida me negó. Escribo buscando una manera distinta de llegar, de tocar lo inalcanzable, de encontrarme con las versiones de mí que aún esperan, en algún rincón, una oportunidad de ser escuchadas. Quizá escribo, sobre todo, para no rendirme, para mantener viva la esperanza de que en alguna palabra, en algún giro inesperado, los errores puedan redimirse y los destinos torcerse hacia un lugar donde, finalmente, todo tenga sentido.

Escribo para usar otra ropa, para vestirme con los trajes que nunca me atreví a mostrar, para sentirme distinto bajo telas desconocidas, jugando con identidades y deseos que apenas me permito. O escribo para caminar sin ropa, despojado de todo, vulnerable ante la página en blanco, dejando que la piel se expongan sin vergüenza. Es en ese instante, desnudo ante mis palabras, cuando siento que puedo ser verdaderamente yo, aunque el frío de la sinceridad me recorra entero y el pudor tiemble entre cada línea. Escribo para experimentar esa libertad, para atreverme a existir en formas que la vida cotidiana nunca me concedió, y en cada frase me reconozco frágil, temeroso y, sobre todo, profundamente humano.

Escribo para decir lo que antes me callaba por miedo, para soltar esas palabras que ardían y nunca me atreví a pronunciar, para contar lo que escondí en rincones oscuros de mi memoria y que hoy, por fin, dejo salir. Escribo para desnudar secretos que me pesaban, para liberar historias que nunca quise revelar, aun temblando por dentro, con la esperanza de que, al compartirlas, el dolor se haga más liviano y la vergüenza se disuelva en el papel.

Escribo para escuchar las voces de mi infancia, para invocarlas en este presente de dudas y certezas, donde tal vez —ahora sí— podría entenderlas de verdad. Les abro un espacio en mi adultez, con la esperanza de que sus palabras resuenen en mi interior y me revelen secretos que antes no supe descifrar. Quisiera que me hablen como nunca lo hicieron, susurrándome verdades y temores, para poder abrazar su inocencia y sus heridas desde la distancia de los años. Escribo para que esas voces me envuelvan, para sentir que no se han perdido y que, al escucharlas hoy, quizás pueda mirarlas con la ternura y la prudencia que entonces me faltaron, como si por fin pudiera reconciliarme con ese niño que aún pudiera vivir en mí.

Escribo para hablar con mi padre como si tuviéramos la misma edad, para cruzar nuestras miradas sin distancia, compartir confesiones que nunca nos atrevimos a decir, desterrar los silencios y los temores que nos separaron, y sentir por un instante que el tiempo nos regala la oportunidad de abrazarnos desde la complicidad que siempre soñé.

Escribo para volver a ver a mi tía Maruza, esa mujer envuelta en misterio, cuya presencia siempre me fascinó y me inquietó a la vez. De ella, los adultos me hablaban tan poco, casi nada; y ese silencio, cargado de susurros, alimentaba mi curiosidad y mi deseo de entenderla. Quisiera poder abrazarla, sentir su mirada profunda y descubrir las historias que callaba, esas que tal vez solo existen en mi memoria y en los sueños que la evocan entre sombras y recuerdos.

Escribo para poder ver diferente, para descubrir mundos donde antes solo había rutinas, para que la realidad se desdoble en matices y colores nuevos, y así dejarme sorprender por lo que nunca me atreví a mirar. Escribo para romper los límites de lo conocido, para sentir que cada palabra me invita a mirar con ojos renovados, con el asombro y la esperanza de quien se asoma por primera vez a un horizonte desconocido.

Escribo porque el tiempo se me escapa entre los dedos, porque siento que cada segundo es un tesoro que no quiero perder. Escribo para aprovechar lo poco que me queda, para que mis palabras sean un refugio, una huella, y así darle sentido y profundidad a cada instante que aún puedo vivir.

Escribo para ganarme otra oportunidad, para que mis palabras sean un puente hacia los sueños que dejé atrás, para redimirme y abrazar la esperanza de empezar de nuevo. Escribo buscando ese instante en que lo perdido puede volver, donde la vida me regala una segunda chance para reparar errores, sanar heridas y descubrir que aún hay luz en el camino.

Escribo para comprobar si todo fue verdad, si realmente ocurrió así, para tocar con mis palabras la textura de los recuerdos, para sentir el temblor de la duda y la esperanza, y descubrir si los instantes vividos no son solo sombras que mi memoria se empeña en retener.

Escribo para llorar acompañado, para que mis lágrimas no resbalen solas, sino que encuentren eco y abrazo en quien lee mis palabras; escribo para que el dolor se vuelva menos frío y la tristeza tenga quien la comprenda y la sostenga conmigo.

Escribo para recordar las calles, los barrios, los amigos y los familiares; para volver a verlos en mi memoria, sentir sus voces y sus risas llenando los rincones de mi vida. Pero también escribo porque, en el fondo, sé que de esos lugares y de esas personas hui, dejando atrás fragmentos de mi historia que a veces duelen, y otras, me llaman a volver, aunque solo sea con palabras y nostalgia.

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