Cuando era niño, a menudo me sumergía en períodos donde el mundo lo veía de color rosa, como si la vida entera se llenara de una luz cálida y esperanzadora. Disfrutaba intensamente la música que emitía la radio del auto mientras viajábamos hacia el balneario de Algarrobo; cada melodía parecía abrazarme por dentro, trayéndome una felicidad serena y contagiosa. Fantaseaba con la idea de que los hombres y mujeres que recorrían las veredas polvorientas, atestadas de perros vagos y vendedores ambulantes, escucharan la misma música —Los Iracundos, por ejemplo— y que sus corazones vibraran igual que el mío, que se les iluminara el rostro con una sonrisa inesperada. Imaginaba que, al regresar a la intimidad de sus hogares, esa música los acompañaría y les despertaría recuerdos dulces, nostalgias compartidas, una alegría común casi secreta. Me reconfortaba pensar que, aunque fuéramos desconocidos, estaríamos de acuerdo: la música sonaba bien, y en ese acuerdo nos unía una emoción invisible, como si todos, por un instante, fuéramos parte de una misma familia de soñadores.
El auto seguía siendo el mismo Chevrolet aletudo de papá, ese refugio rodante que nos cobijaba de un mundo exterior cada vez más incierto. La inocencia de aquellos viajes parecía envolvernos en una burbuja protectora, pero el contraste con los cambios turbulentos que, poco a poco, empezarían a marcar nuestra familia y el país era abrumador. Cuando nos deteníamos en un semáforo, en pleno corazón de Santiago, sentía cómo el tiempo se detenía junto con nosotros, y la ciudad nos rodeaba con su ruido ensordecedor y su ritmo frenético. Observaba la muchedumbre avanzar con pasos agigantados, cruzando la Alameda amplia y ruidosa, y me llamaba la atención la expresión cansada de sus rostros, sus ropas oscuras, de tonos grises apagados, como si el gris del asfalto se hubiera instalado también en sus almas. Los plantones en los semáforos me resultaban tediosos y fríos; a veces, la espera se volvía infinita, y sentía una punzada de soledad dentro del auto, atrapado en mi pequeña burbuja, mirando a quienes circulaban afuera, tan cercanos y, al mismo tiempo, tan imposiblemente distantes. Sentía el pulso acelerado de la ciudad como un presagio: ese todavía no era mi mundo, pero la bulla y el ajetreo de la calle ya dibujaban, en el fondo de mi pecho, la inquietud y el vértigo de lo que serían mis años de estudiante en las secundarias del colegio San Ignacio. Era como si, en cada pausa, el universo se preparara para empujarme lejos de la seguridad del auto, hacia una realidad donde el bullicio y la incertidumbre me esperarían sin aviso.
En esa época surgía en el país el movimiento popular de Salvador Allende, inundando las calles con sus grandes sueños y banderas multicolores que flameaban como promesas de un futuro distinto. El ambiente político era un torbellino; sentíamos la tensión en cada conversación, en cada mirada furtiva, en la manera en que los vecinos susurraban y evitaban tocar ciertos temas. Las fracturas no tardaron en aparecer en nuestro propio hogar: la atmósfera se llenó de silencios incómodos y discusiones nocturnas que a veces terminaban en lágrimas ahogadas. Nuestra familia, como tantas otras, quedó descolocada, sumida en preguntas sin respuestas y en un dolor sordo que nos distanciaba cada vez más. La herida fue profunda: mis padres permanecían de un lado, aferrados a sus convicciones y temores, mientras que en el otro extremo estaba mi hermano mayor, Juan Felipe, quien decidió seguir las banderas de la Unidad Popular con una pasión que a veces parecía rabia y otras veces esperanza desbordada. Ese quiebre nos partió en dos, y la casa nunca volvió a ser la misma.
Pocos años después, cuando Pinochet tomó el poder y la esperanza se transformó en miedo, nuestro mundo se derrumbó como un castillo de arena bajo la marea. Mi hermano tuvo que partir al exilio en Alemania, llevando consigo no solo su juventud, sino también el peso insoportable de las despedidas urgentes y las promesas rotas. Recuerdo el abrazo con mi padre antes de irse: fue breve, tenso, pero cargado de todo lo que no se dijeron. Mi padre, por su parte, aceptó a regañadientes, con el alma dividida y el corazón temblando de dudas, el cargo de director del Instituto de Neurocirugía. Sabía que ocupaba el lugar de su jefe y mentor, el doctor Alfonso Asenjo, amigo y compadre de Salvador Allende, quien también partiría poco después hacia un exilio cruel y miserable. El peso de aquella responsabilidad lo consumía; sus noches eran largas y silenciosas, y sus ojos reflejaban una tristeza que no lograba disimular.
Fueron años marcados por giros bruscos que cambiaron para siempre la vida de quienes se quedaron y de quienes partieron arrancados de su tierra. En cada rincón de nuestra casa se sentía la ausencia de Juan Felipe, un vacío que llenaba los días de nostalgia y desvelo. Mi padre cargó con la preocupación constante por su hijo, el insomnio convertido en compañero fiel, mientras intentaba protegernos del caos exterior y del dolor que retumbaba dentro de nuestras paredes. Quería mostrarse fuerte, pero sus gestos y su mirada delataban la lucha interna, ese forcejeo silencioso entre el deber y el amor, entre el miedo y la esperanza de volver a reunirnos algún día.
Con la elección de Salvador Allende, los jesuitas tampoco se sintieron en tierra firme. En el colegio San Ignacio, donde estudiaba, abandonaron parcialmente sus tareas de guías espirituales y nos dejaron huérfanos, entregados a nuestra suerte en pasillos ruidosos y violentos. La sensación de orfandad era tan palpable, tan cruda, que a veces el eco de nuestros pasos parecía resonar en un vacío infinito, marcando el ritmo de una incertidumbre creciente. Abrumados, se enfrascaron en debates internos y reflexiones sobre cómo reaccionar frente a los signos de los tiempos, mientras nosotros, los alumnos, quedábamos a la deriva, sin brújula ni refugio. La ausencia de una guía espiritual dejó un vacío que pronto llenaron el caos y la violencia de los más fuertes: los matones del curso, quienes se adueñaron de nuestros días con una crueldad a veces brutal y escandalosa. En ese desamparo, comprobé en carne propia cómo florecía el músculo de la tribu y cómo la soledad podía doler hasta los huesos. Me marcó profundamente la importancia y el enorme poder que adquirían los grupos, ese instinto primitivo de protección y pertenencia, que a veces se volvía excluyente y despiadado. Mis compañeros físicamente más poderosos organizaron la convivencia a su antojo, imponiendo reglas no escritas en los recreos y en nuestras relaciones diarias. El temor a ser el próximo blanco de una broma pesada o de un golpe inesperado se instaló como un nudo en el estómago. Muchas veces incluso dominaron el vínculo con los profesores, desdibujando los límites entre autoridad y sumisión. Todavía recuerdo, como si fuera hoy, la tremenda patada en el trasero que me propinó un alumno sin motivo alguno, poco antes de entrar al comedor a la hora del almuerzo. El dolor agudo de la patada se mezcló con la humillación de sentir el polvo áspero adherido a mi ropa, como si todo el colegio fuera testigo de mi fragilidad. Fue un recordatorio cruel de mi vulnerabilidad, un golpe no solo al cuerpo, sino también al corazón, que latía acelerado entre la rabia y la vergüenza. Esa experiencia me mostró, de manera brutal e inolvidable, la crudeza de la fuerza y el inmenso valor de la unidad en un entorno hostil donde sobrevivir dependía de no ser visto o de hallar, aunque fuera, una mano amiga entre tanta indiferencia.
Las autoridades del colegio, los jesuitas, intentaron ponerse al día ante los cambios que empujó la llegada al poder de Salvador Allende. Creyeron conveniente exponernos al mundo de la calle, a las poblaciones marginales, y decidieron contratar a un profesor de rasgos indígenas, de ojos asiáticos y tez morena. En medio de esos cambios, la llegada de un nuevo profesor marcó un punto de inflexión en nuestra percepción del mundo. Recuerdo su nombre completo: Pablo Soto Cortés. Frente a él demostramos descaradamente nuestro racismo crudo, riéndonos cuando pronunciaba ciertas palabras que delataban —o desenmascaraban— su origen humilde, de una casta inferior, distinta a la nuestra. Venía de un barrio periférico donde la ch se pronunciaba como sh, de manera que chiquillo pasaba a ser shiquillo. Recuerdo el ritmo con que Pablo Soto hablaba, cómo modulaba sus palabras, intentando disimularlas como un equilibrista que se balancea entre la vergüenza y el orgullo. Pero, cuando bajaba la guardia, cuando el cansancio vencía su esfuerzo, las dejaba escapar, y sus “shiquillos” se colaban entre nuestras risas, celebrados como un triunfo cruel por la tribu que chillaba de satisfacción y pateaba el suelo de alegría. Porque no cabían dudas: ese desliz confirmaba su origen periférico y, de algún modo, nos daba una excusa para sentirnos superiores. Presenciar ese espectáculo me confundía y dolía —¿de qué lado estaba uno? ¿Había que tomar partido? ¿Era necesario hacerlo?—. Sentía una punzada en el pecho cada vez. Ese mismo grupo —los más pillos del curso, los buenos para los puñetes y las patadas— aprovechó la ventana hacia ese mundo ajeno que ofrecía Pablo Soto, pidiéndole consejos sobre asuntos amorosos, esos que recién comenzábamos a vislumbrar, como si en ese terreno compartiéramos la misma vulnerabilidad. Ellos notaron hábilmente que, en los propósitos de las pasiones eróticas, todos somos parecidos. Porque ahí las castas y las ascendencias sociales desaparecen, y por un instante, todos éramos simplemente humanos, desnudos ante el deseo y la incertidumbre. Ya no importa el apellido ni el barrio en el que vives, ni la raza ni el color de la piel. Yo trataba de escucharlos, aguzaba los sentidos, desesperado por aprender, pero nunca lo logré. Ahí también pertenecía a otro grupo, un círculo extranjero al que nunca supe incorporarme, y esa distancia me dejaba un sabor amargo, como de haber perdido una oportunidad de ser parte de algo verdadero y profundo.
En los recreos, escuchábamos música a través de unos parlantes enormes distribuidos en el patio del colegio, gracias al inolvidable Patricio Galeno Walker. Sus selecciones favoritas —Nicola Di Bari o Domenico Modugno— nos ayudaban a sobrellevar los descansos, creando una atmósfera mágica que parecía detener el tiempo. Recuerdo con especial ternura la figura de Patricio, siempre escondido en una oficina diminuta y cargada del olor agrio a cigarrillos, cenizas y colillas ajenas (porque él jamás fumó, pero igual respiraba ese aire denso). Allí, rodeado de platillos de vinilo negro y equipos electrónicos que chisporroteaban con lucecitas rojas y amarillas titilantes, construía su pequeño reino musical en medio del caos escolar. Bastaba que la música inundara el patio para que una oleada de alivio, alegría y nostalgia nos envolviera, como si cada nota tejiera un puente hacia rincones seguros y recuerdos dulces. Por unos minutos, el bullicio de las discusiones, las rivalidades y los miedos se desvanecía. La música nos unía, nos protegía y nos permitía soñar despiertos, entregándonos un refugio propio, efímero pero imborrable; un respiro donde, a pesar de todo, éramos simplemente niños celebrando la vida con el corazón abierto y los ojos llenos de esperanza.
Desde entonces, los años se consumieron rápido, como hojas llevadas por el viento. Me fui de Chile en el año 1982 y jamás volví a aburrirme como en mis tiempos de colegio; la nostalgia por esos días se mezclaba con la sensación de estar siempre buscando algo que ya no existía. Mi padre, a quien consideraba un ser eterno, inmutable, seguía ahí plantado, vivo, pero sus gestos se volvían más pausados, y su mirada a veces se perdía en recuerdos que yo no alcanzaba a descifrar. Le gustaba escuchar Cambalache, el tango compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo y que Carlos Gardel interpretó con esa melancolía inconfundible. Recuerdo que, durante una de mis últimas visitas a Chile —ya viviendo en EE.UU.— mi padre, retirado y aburrido, casi invisible para quienes antes lo buscaban, me invitó a escuchar el tango en su cuarto, como un rito íntimo que parecía querer conservar a toda costa. Se tendió sobre su cama y me pidió que hiciera lo mismo, como cuando era niño y podía refugiarme en su abrazo. Tenía una colcha verde a los pies y unos diarios sueltos que retiró rápidamente, como si quisiera despejar el espacio para que nada interrumpiera ese encuentro. Acepté su invitación, pero solo a medias; en vez de tenderme a su lado, me senté en el sofá a los pies de su cama, sintiendo esa distancia inexplicable, como una barrera invisible entre dos mundos, el suyo y el mío. No tengo claro por qué no acepté completamente su gesto; tal vez el miedo a la vulnerabilidad, a mostrarle que también necesito de su calor, me hizo dudar.
Escuchamos la melodía en su casete de plástico amarillo, mientras la luz del atardecer entraba tímida por la ventana. Él miró al techo, moviendo los dedos sobre su torso, como si dibujara el ritmo en el aire, buscando aferrarse a momentos que ya no volverían. La canción me gustó, la conocía, pero cuando terminó, no respondí con entusiasmo; me quedé callado, atrapado entre el amor y la incomodidad, entre el deseo de compartir algo profundo y el temor de no estar a la altura de su memoria. No le dije mucho; él seguía siendo mi padre, y yo, por costumbre, lo traté con ese respeto que a veces se convierte en un muro. Entonces Juan se levantó, apagó el casete con un clic sonoro que resonó con eco en el cuarto silencioso, y dijo: “no, tú todavía no estás listo”. Su frase me dejó inmóvil, como si esa verdad que compartía fuera un umbral que yo no sabía cruzar; sentí una punzada en el pecho, una mezcla de vergüenza y tristeza, como si el tango hablara de todas las cosas que aún tenía que aprender, de todo lo que me faltaba para entender la vida y a mi padre.
Me invitó entonces a observar la gran ciudad a través de los ventanales de su departamento, como si quisiera mostrarme el mundo desde su perspectiva, compartir conmigo el peso y la belleza de los recuerdos. Mis padres ya habían dejado la casona antigua, estilo español, con tejas de greda roja y postigos de madera, donde crecimos envueltos en risas y secretos familiares. Se resistieron al cambio por un tiempo, pero al final la casa fue demolida para dar paso a los grandes edificios que se apoderaron del sector, un símbolo de cómo el tiempo arrasa con todo lo que alguna vez nos dio refugio. Solo sobrevivió el almacenero de la esquina, un hombre calvo, masetiado, de pocas palabras, que muchas veces me arregló una radio a pilas, y un magnolio enorme que le dio vida al jardín de mi infancia. A sus pies enterré a mi gato regalón, el Olaf, cuando era pequeño, y todavía puedo sentir el dolor y el amor de ese adiós. Mis padres se trasladaron desde Avenida Suecia 1521, esquina Las Violetas, al noveno piso de un edificio emplazado en Calle Cerro Colorado 777; ese cambio, aunque inevitable, se sintió como una herida abierta, una despedida de todo lo que alguna vez fue hogar. Cada vez que vuelvo a ese recuerdo, el eco de Cambalache y la presencia de mi padre me envuelven, y no puedo evitar extrañarlo, añorar la calidez de aquellos días y el consuelo de saber que, en su compañía, la vida dolía menos.
Nos asomamos a la terraza. Nos recibió un viento tibio que soplaba del oriente, junto al sol del atardecer que suavizó la ocasión y pintó de tonos dorados las esquinas de la ciudad. Desde arriba, las calles de Santiago parecían diminutas, encogidas ante el paso del tiempo. En ese instante, al mirar a mi padre, pude ver cómo se le iluminaba el rostro al fijarse en las distancias, como si cada rincón le devolviera una memoria cálida. Con su mano derecha apuntó hacia abajo y me dijo: «Ahí viven los Garcias, mijito, ¿recuerdas los días que pasamos juntos en la casa de Algarrobo?» Noté un brillo especial en sus ojos, una intensidad que solo aparece cuando uno viaja al pasado y se aferra a lo que ya no volverá. Su mirada se llenó de nostalgia y orgullo, como si una señal lo transportara a un recuerdo triunfal, a un éxito reflejado en sus gestos y en la leve sonrisa que intentaba ocultar la tristeza. Eran muchos los que vivían más abajo que él, física y tal vez espiritualmente, y esa conciencia parecía pesarle en el pecho. Pronto inclinó la cabeza y me miró con unos ojos cansados y húmedos; por unos breves segundos, me abrazó, tocándome el hombro con su mano tibia, transmitiéndome todo el cariño y la vulnerabilidad que nunca se atrevió a decir en palabras. Sentí de golpe el deseo de acompañarlo, de tenderme sobre su cama y aceptar la invitación para escuchar sus canciones favoritas, para compartir ese refugio íntimo y permanecer a su lado, pero no lo hice, no pude dar pie atrás. Me dolió esa distancia invisible que nos separaba y me quedé con el anhelo ardiendo en el pecho. Ya vendrán tiempos mejores, pensé, aunque en el fondo sabía que algunos momentos no se repiten. Santiago se extendía ante nosotros, eterno e imponente, como testigo silencioso de todo lo que habíamos perdido y de todo lo que aún podíamos rescatar.
Ahora, años después, cuando escucho Cambalache, cuando la melodía se cuela entre los rincones del espacio y vibra en las paredes de mi cuarto, es como si la presencia de mi padre cobrara vida por un instante; siento el calor de su mano tibia posarse nuevamente sobre mi hombro, a pesar de que ya no está a mi lado, ya no está tendido sobre su cama para compartir la canción conmigo. Solo me queda la música, ese refugio suave que trae consigo la nostalgia y el consuelo de lo perdido. Cada nota parece envolverme con recuerdos que calan hondo, con todo aquello que ahora creo entender, con ese cúmulo de sentimientos que aquella tarde no supe expresar: el amor, la tristeza, el miedo a la distancia. El clic del casete todavía me resuena claro y nítido, como un eco que sacude mi pecho y me recuerda lo mucho que lo extraño, lo mucho que deseo volver a esos instantes de ternura y complicidad que solo existen en la memoria. Me duele saber que el tiempo se llevó esa cercanía, pero agradezco que la música logre, aunque sea por un momento, unirnos de nuevo entre el pasado y el presente.
En mi última visita a mi padre, en el año 2002, lo recuerdo recostado sobre su cama —la misma cama grande en la que pocos días después, moriría en soledad—. Su rostro transmitía una mezcla de angustia, temor y una ansiedad que apenas lograba disimular. Pensé, con el corazón apretado, que así debe sentirse el alma cuando intuye que el final se acerca, ese instante en que no hay retorno posible y la vida se vuelve frágil, como una hoja a punto de caer. Para calmarlo, le hablé en voz baja, intentando infundirle paz: le aseguré que todos los hermanos estábamos bien, que Felipe, Sebastián, Francisca y Cristóbal seguían adelante, y que a mí no me iba mal en Michigan. «Todos están bien, papá», repetí casi como un mantra, queriendo darle la tranquilidad de la misión cumplida, para que pudiera soltar el timón sin culpa, para que dejara la antorcha en nuestras manos y descansara al fin. Pero él, con su lucidez intacta a pesar del cansancio, percibió mi intento de suavizarle el dolor y me miró con la profundidad de quien sabe que se le están cerrando las puertas del mundo.
Entonces, con un gesto lento y solemne, levantó los brazos, mostrándome las mangas del pijama amarillo que le quedaban cortas, como si quisiera exhibir hasta el último detalle de su vulnerabilidad. La ventana estaba abierta, dejando entrar el murmullo inquieto de la ciudad en pleno verano santiaguino: bocinazos distantes, voces que se perdían en el aire y un gorrión tembloroso posado en el borde del ventanal, testigo de aquel momento suspendido en la memoria. Mientras él estiraba con esfuerzo la sábana blanca hasta la barbilla, me sorprendió con una pregunta inesperada, como un relámpago que ilumina de golpe una noche oscura: fijó su mirada en el cielo raso y, volando lejos de todo, igual que el gorrión, preguntó con una voz entre la ternura y el cansancio:
—¿Y tú, a quién saliste tan inteligente, Cristiancito?
Sus palabras me atravesaron el pecho, cargadas de nostalgia y de esa chispa de humor que aún sobrevivía en medio de su fragilidad. Sentí que su pregunta era un último abrazo, un destello de orgullo y cariño que se mezclaba con la tristeza de la despedida. En ese instante, comprendí cuánto lo iba a extrañar y cuánto había significado para mí cada palabra, cada gesto, cada silencio compartido en esa habitación que, por unos minutos, se llenó de emociones demasiado profundas para ser dichas en voz alta.
Sonreí con dificultad. Sentí que la pregunta de mi padre me atravesaba el pecho como un dardo inesperado, cargado de ternura, nostalgia y una tristeza punzante que no supe cómo descifrar. Quise reír para restarle peso al momento, buscar refugio en el humor, pero solo conseguí quedarme en silencio, envuelto en ese torbellino de emociones que me sacudía por dentro. Habría pagado por escucharlo bromear, que me preguntara a quién salí tan pelotudo, mijito, o que soltara una de sus frases de siempre: no hable huevadas, mijito, no diga leseras; cualquier cosa que nos devolviera la complicidad de antaño, esa risa compartida que funcionaba como salvavidas en medio de las despedidas. Pero no fue así. En ese instante entendí —con una claridad dolorosa— que él notó mi comprensión, que percibió mi intuición de que le quedaba poco tiempo, que pronto moriría, y que ese era un último gesto, un intento por dejarme una chispa de luz antes de partir.
Ahí, de golpe, comprobé lo que enseña el cerebro: que aun acosado por la enfermedad y las debilidades, puede sorprendernos con un relámpago de lucidez, un destello de conocimiento y cariño, una despedida camuflada en una pregunta simple, pero profunda, como un saludo a la bandera. Esa última fibra sana, luchando por no apagarse del todo, aún brillaba, ahogada en medio de la maleza de la ancianidad, pero viva, aferrándose a lo que amaba. No le contesté. No supe cómo hacerlo; el nudo en la garganta era demasiado grande y el miedo a quebrarme frente a él me mantuvo inmóvil. Me hice el leso, como tantas veces, y susurré solo para mí, chuta, solitario y calladito, como siempre. Pero por dentro, sentí que algo se rompía y al mismo tiempo se llenaba de gratitud por ese instante irrepetible.
Cuando me mudé a los Estados Unidos, los tonos y colores del invierno cambiaron radicalmente; el frío era más intenso, el aire parecía morder la piel y todo adquirió un brillo blanco y silencioso, cubierto por la nieve. Aquella blancura no solo transformaba el paisaje, también acentuaba la soledad, la sensación de extrañar rincones y rostros que ya no estaban cerca. Con el paso de los años, he seguido usando distintos automóviles, cada uno cargando sus propias historias. Me detengo frente a los mismos semáforos, con luces rojas que alguna vez compartí con mi padre, y que ahora, en esta tierra lejana, son testigos de mi nostalgia. Aprovecho esos instantes para escuchar música, pero ahora soy yo quien maneja, yo quien elige las canciones; Juan ya no está al volante guiando el trayecto ni marcando el ritmo con sus dedos sobre el tablero. Siento su ausencia como un hueco persistente, y a veces, sin querer, busco su sombra en el asiento vacío que está a mi lado.
Conduzco otro tipo de automóviles, en otras latitudes, y ya no me importa si a alguien no le gusta la música que escucho. Han pasado los años y, más que nada, guardo mis melodías como pequeños tesoros: las atesoro, las protejo, las escribo a escondidas en cuadernos que rara vez comparto con alguien. Las reúno en páginas manuscritas como si fueran conchitas de mar recogidas con paciencia y asombro durante mi infancia, caminando descalzo por la Playa Grande en Algarrobo, o entre las olas de El Quisco. Cada canción, cada palabra, es un rescate de la memoria, un intento de atrapar la calidez de aquellos días y la caricia de una voz que se fue apagando poco a poco.
No escondo esas nostalgias, no huyo de ellas, aunque duelan. Como conté antes, me importa cada vez menos si a nadie le interesa leer mis historias, o si las conchitas que he salvado sólo significan algo para mí. Incluso ya me pesa poco si, al detener mi auto en un semáforo de Northville, Michigan, decido apagar la radio y dejar que el silencio llene el espacio. Ese silencio no es vacío: me arropa y me transporta, como un túnel en el tiempo, de regreso a mi casa de la infancia, a esa cama tibia, a esa ventana abierta y a esa última pregunta que nunca supe cómo responderle a Juan. A veces, en ese instante, me invade la certeza de que la música, el silencio y la memoria son todo lo que me queda para abrazar lo que perdí y seguir andando.