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El mundo al instante

En esos años, durante mi infancia en los 60, los días domingo eran aburridos, se me extendían como un chicle que no se terminaba nunca. Los días y meses encajaban entre las navidades y crecían hasta el infinito, donde los años no se terminaban. Había menos distracciones, menos juegos electrónicos, y los celulares no se conocían; solo a veces los mencionaban las revistas gráficas cuando leías un relato de ciencia ficción. Ir al cine, o al biógrafo, como lo llamaba mi abuelita Oriana, era una salida que se planificaba mucho. Recuerdo vívidamente cuando íbamos al cine Las Lilas. Después de comprar los boletos, insertados en una tablero de madera que mostraba los asiento, nos internábamos al salón oscuro y de butacas ordenadas. Al sentarnos, se apagaban las luces y veíamos primero “El Mundo al Instante”, un noticiero en blanco y negro con informaciones de lo ocurrido en el mundo, donde nos mostraban los cañonazos de una guerra lejana, o un presidente que bajaba de un avión a hélice, y rodeado de flores y aplausos en una visita protocolar que había ocurrido meses antes en un país distante. El locutor leía con un acento pomposo, rítmico, y con una música de fondo que después no volvería a escuchar nunca más. Al sentarnos mi abuelita nos ofrecía caramelos Ambrosoli, que uno saboreaba y disfrutaba al escuchar la crujidera del envoltorio de celofán antes de meterlo a la boca, era un murmullo que se repetía a través de la platea salpicándome desde distintos puntos y lugares de esa oscuridad. A veces sufría cuando la película que veíamos era de Walt Disney, donde un animal quedaba huérfano por culpa de un cazador astuto y malo que se movía por la selva, y entonces me cubría los ojos, no lo soportaba. Esa fue parte de mi infancia, lenta, aburrida y larga, y donde los tiempos fueron otros. Mi abuelita disfrutaba, pero creo que disfrutaba más viéndonos a nosotros, ahí sentados junto a ella y vibrando con eso que ocurría en la pantalla. No recuerdo lo que hablábamos, teníamos edades tan dispares que nos costaba encontrarnos. Ahora la imagino o la veo conversando como si tuviéramos la misma edad, con la misma percepción del tiempo en nuestras vidas, y sabiendo que esta se nos puede terminar. Siento no haberla conocido mejor, no haberle conocido sus temores, o los sustos que a veces la hacían dormir mal.

Cuando salíamos del cine nos abofeteaba el ruido de la calle, y me enceguecía la luz fuerte hiriéndome los ojos.  Se terminaba una semana y empezaba otra, y otra más. Me sentía eterno y aburrido, en un mundo sin salida, sin escapatoria, como si jamás fuera a crecer, como si jamás fuera a dejar de ser el hijo que era o el nieto que también fui. Nunca imaginé que podría llegar a ser el padre de dos hijas, y menos un abuelo que acompaña al nieto a un cine. ¿Qué más no supe o no pude imaginar?