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Eugenio Berríos, el químico de Pinochet

Intentémoslo de nuevo, levantemos otras alfombras. El tiempo, que todo lo barre y empaña, a veces reaviva situaciones que alguna vez me parecieron simples, inofensivas, y ahora me sacuden, cobran una intensidad inesperada, o incluso se tiñen de matices que antes se me escapaban. Es entonces cuando repaso esos momentos como si pudiera palpar fotografías antiguas con los dedos, buscando en el polvo del recuerdo alguna chispa de verdad. Quisiera entenderlos, darles sentido, aunque duela, aunque el esfuerzo me deje exhausto y sin respuestas. Pero el tiempo es un animal indomable, las circunstancias han mutado, las prioridades de las personas se han esfumado; incluso muchos ya no están, se han ido, perdidos para siempre. Al escribir, hay una luz, una brizna de esperanza de descifrar ese pasado: la búsqueda no me resuelve el enigma, pero me impulsa, me permite reconocer esos instantes cuando asoman de nuevo, relámpagos en la memoria, antes de que se disuelvan sin ruido, devorados por el olvido. Son momentos especiales porque, de repente, la aritmética de la vida se quiebra: 2 + 2 deja de ser 4 y la lógica se vuelve inútil. Son momentos misteriosos, caprichosos, en los que el tiempo parece doblarse sobre sí mismo y cada experiencia se vuelve irrepetible. Verlos, atraparlos, es casi milagroso; pero cuando logro reconocerlos, ya no puedo soltarlos nunca más.

Me enteré de la muerte de Frei mientras caminaba, solo, por Euclid Avenue, el aire helado de Cleveland cortándome la cara, frente a la mole grisácea de la universidad. Esto ya lo he contado, pero nada pierdo con intentarlo otra vez, como quien busca oxígeno en una habitación cerrada. Era el 23 de enero de 1982 y el frío era una presencia brutal. Crucé la calle despacio, sin urgencia, porque mi clase se había movido a otro edificio, y todavía no me sentía parte de ese paisaje extranjero. Me detuve, al azar, frente a una vitrina opaca, y ahí, en la primera plana del New York Times, el titular me dejó inmóvil: Eduardo Frei Montalva había muerto. La noticia me atravesó, me dejó varado, con el mundo suspendido a mi alrededor. Cuarenta años después, sigo varado, en ese mismo instante, buscando explicaciones en el eco de los años. Es una sombra que me persigue y me susurra dudas, que a veces se transforma en rabia, a veces en tristeza. Es imposible arrancarse la angustia que deja una verdad enterrada, una historia de silencios y sospechas que nunca termina de desvelarse. Quisiera poder dejar de buscar, pero la memoria es terca, y el corazón insiste en revolver cada fragmento, cada recuerdo, buscando sentido entre los escombros del pasado. Mi padre, días más tarde, me escribió una carta breve, sin detalles, cuidando mi seguridad, como si la prudencia pudiera protegerme de un daño mayor. Y comprendí como nunca antes, que a veces es mejor no saber, o tener una memoria defectuosa para sobrevivir.

Uno de esos fragmentos 22, de esos momentos imposibles, se me incrustó en la playa de Punta de Tralca, en la Convención Anual de la Sociedad de Química de Chile. Era 1981, yo terminaba la licenciatura y me preparaba para huir -nunca supe bien por qué-, pero la necesidad de escapar era más fuerte que cualquier argumento. Estábamos en el estacionamiento, el mar rugía cerca, cuando apareció Eugenio Berríos envuelto en una energía nerviosa y casi teatral. Bajó de su auto con un portazo, abrió la maleta con gesto de prestidigitador, y sacó un botellón de Chivas Regal, como si fuera un trofeo de guerra o una ofrenda mágica. Lo alzó al sol poniente y su risa, contagiosa y estridente, nos invitó a celebrar, a lanzarnos al vértigo de la noche. En ese instante fugaz, Berríos parecía un ser luminoso, amable, incapaz de causar daño. Nos contó, con voz de triunfo, que venía de almorzar con el Mamo donde La Juanita en San Antonio, y todo era tan simple, tan anecdótico, que jamás sospeché la oscuridad que asomaba bajo la superficie. Hoy, repasando la escena, veo los hilos oscuros que la cruzan, y no puedo evitar estremecerme: ¿había estado antes en la Clínica Santa María, supervisando su proyecto más siniestro, el envenenamiento de Frei Montalva? ¿Le llevaba al Mamo, sediento de poder y reconocimiento, noticias frescas, promesas de éxito? Las piezas encajan con una perfección aterradora, y el botellón de Chivas Regal, que entonces era solo un motivo de alegría, ahora me pesa como un mal presagio.

No entendí, en ese momento, que el Mamo era Contreras, ni que Berríos, tan simpático y parlanchín, era el químico de Pinochet, el artífice de venenos como el gas mostaza y armas letales. La historia se tejía ahí, frente a nosotros, y nosotros ingenuos, riendo y brindando, sin sospechar el abismo a nuestros pies.

A Berríos, el químico de Pinochet —como se le conocería con el paso de los años— aún le admirábamos el botellón de Chivas Regal cuando Fernando, con voz cargada de impaciencia y ese temblor inconfundible en la mirada, propuso, casi suplicando, que lo probáramos en mi casa, a solo unas cuadras, en Algarrobo. Berríos aceptó con una risa explosiva, ese tipo de carcajada que resuena en lo hondo y deja una huella incómoda. Jamás dejaba de moverse: las manos inquietas, la corbata azul torcida, el ajuste nervioso de la chaqueta bien cortada. Se tocaba los bolsillos para corregirle las arrugas; lo hacía sentirse bien. Cada cierto tiempo estiraba el cuello hacia adelante, como si le apretara la camisa; esa era una convulsión que no lo abandonaba. Era vanidoso, sí, pero también parecía necesitar esa elegancia para protegerse de sí mismo. De vez en cuando, alzaba el botellón como si fuera un talismán contra la oscuridad que lo rodeaba, y el horizonte, salpicado de gaviotas, parecía observarnos, cómplice y distante.

En cuestión de minutos, estábamos todos sentados alrededor de la mesa, el Chivas Regal enfriándose en vasos que temblaban entre nuestros dedos sudorosos. Berríos se adueñó de la cabecera sin pedir permiso, y en cuanto abrió la boca, el aire en la habitación cambió: sus palabras caían densas, llenas de nombres y anécdotas, de fórmulas químicas garabateadas en servilletas y promesas vagas de riquezas e influencias. Nos hablaba de la boldina y de la agüita de boldo como si fueran secretos de Estado, y cada tanto, soltaba el nombre del Tata con una familiaridad aterradora —como si Pinochet estuviera sentado ahí mismo, riendo entre nosotros—. Su mirada escudriñaba cada reacción, buscando el destello de pánico o fascinación que encendía su propio espectáculo.

La atmósfera se tensaba, el nerviosismo colgaba como niebla espesa, y algunos tragos se hacían eternos, intentando ahogar el deseo urgente de huir. El histrionismo de Berríos era inquietante, casi hipnótico; buscaba reconocimiento, aceptación, desesperado por no ser olvidado. Cuando llegó el momento de despedirse, sentí un escalofrío atravesándome: le di la mano, blanda y fría como la piel de un pez, mientras en la otra seguía aferrado al botellón casi vacío, su última coraza. Su sonrisa se desdibujaba en la oscuridad, dejando tras de sí una estela de desasosiego, como si supiera que, tarde o temprano, el miedo terminaría por alcanzarnos a todos.

Llegué de regreso a Santiago, y a los pocos días, inesperadamente, me vi envuelto en otro fragmento 22, o quizás en una extensión aún más inquietante del anterior. Era de noche, una de esas noches densas, cargadas de silencios pesados, cuando el doctor Goic llegaba a casa. Tocaba el timbre como quien busca refugio, y su entrada tenía la solemnidad de una confesión. Cruzaba el umbral con el rostro desencajado, los hombros caídos, como si cargara el peso de un secreto imposible de pronunciar. Se reunía con mi padre, su colega y amigo de toda la vida, en un ritual que parecía tan cotidiano como doloroso: conversaciones entre murmullos, rostros tensos, manos que temblaban al aferrarse a una taza de café. Yo escuchaba, detrás de las paredes, fragmentos de palabras que se deslizaban como cuchillas en la oscuridad: «urgente», «infección», «no sabemos cómo rescatarlo». La desesperación vibraba en el aire.

La salud de Eduardo Frei Montalva era el epicentro de la angustia. Recientemente operado en la Clínica Santa María, una hernia al hiato había desencadenado una infección furiosa, impredecible, que empujaba a los médicos al borde del abismo. Mi padre no formaba parte del equipo médico que lo atendía, pero en consultas previas le había aconsejado, con una mezcla de impotencia y temor, que se operara en el extranjero. Le dijo que no podía hacerlo en la Clínica Indisa, aunque nunca se atrevió a revelar las verdaderas razones, esa intuición escalofriante de que algo siniestro podía ocurrirle en Chile. Calló por miedo: hablar era peligroso, podía costar más que la tranquilidad.

Veo ahora, con una claridad dolorosa, que aquel silencio era una forma de protección, pero también de resignación. Mi padre intentó disuadirlo, sugiriendo que la cirugía era compleja, que en Estados Unidos encontraría una atención más segura. Sin buscarlo, su consejo terminó alimentando el discurso oficial, ese que transformó el miedo en argumento y la muerte en casualidad. Frei no lo escuchó, no pudo, o no quiso. Confiaba en la patria, en sus médicos, en esa ilusión de seguridad que es tan frágil como el cristal. ¿Por qué no vio el peligro? ¿Por qué eligió confiar, a pesar de los antecedentes, a pesar de los fantasmas que rondaban su historia?

Pienso en los crímenes que ya habían marcado esos años: el asesinato de Prats y su esposa en Argentina, Letelier en Washington, Leighton y su mujer, baleados en Roma. Todo estaba escrito en la memoria de un país herido, y aun así, la confianza pareció ganar la batalla al miedo. Ahora, al repasar ese instante, me duele la ingenuidad, el amor a la tierra que no pudo protegerlo, el silencio que nunca se rompió. El eco de esas noches sigue resonando, como una herida que no cicatriza, como un recuerdo que se niega a desaparecer.

La Clínica Santa María no puso trabas para la operación, pero en cuanto terminó el procedimiento, casi de inmediato, empezó ese calvario silencioso que mi padre había presentido: una infección feroz, implacable, se apoderó del cuerpo de Frei y, en el lapso de unas cortas semanas, lo condujo hacia la muerte. Recuerdo la atmósfera enrarecida de esos días, la angustia colándose por cada rendija de la casa, el peso del secreto que era casi insoportable. Las visitas del doctor Alejandro Goic, jefe del equipo médico, se volvieron un ritual inquietante, marcado por la gravedad y el sigilo. Era amigo de mi padre, sí, pero llegaba a nuestra puerta como quien busca un refugio, llevando en los hombros el peso de una responsabilidad demasiado grande para ser dicha en voz alta.

Cada noche, su llamada era el preludio de una vigilia. El timbre, el saludo medido, la mano tibia y la mirada esquiva, siempre fija en el suelo, como si buscara respuestas entre las sombras. Caminaba lento, arrastrando el cansancio y el miedo. En el sillón del cuarto de estar, ambos discutían datos médicos con voces bajas, impregnadas de incredulidad y temor, cada palabra cuidadosamente elegida para no despertar a los fantasmas que acechaban la sala. Supe que algún día cifraron sus esperanzas en un antibiótico que vendría de Estados Unidos, pero esa pequeña luz nunca alcanzó a romper la penumbra. Jamás me dejaron quedarme a escuchar todo; la puerta se cerraba y me quedaba afuera, masticando la ansiedad y la impotencia, comprendiendo a medias los peligros de saber demasiado. En esa sala no había brindis, ni consuelo en la comida; solo el silencio denso, la preocupación flotando, y el gato, silencioso y atento, haciendo guardia al pie de la escalera, como si también percibiera que algo oscuro y definitivo se estaba tejiendo entre esas cuatro paredes.

Años después, leo en Wikipedia y en La Nación los detalles atroces del final de Berríos, empujado al exilio, traicionado, ejecutado de rodillas en una playa uruguaya. Pienso en cuántos secretos cargaba, cuánta muerte había transitado, cuánto hablaba y cuánto temían que hablara. Comprendo que su destino estaba sellado mucho antes de aquel disparo: su vida era una suma de silencios y traiciones.

Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país.

El paso de los años me ha cruzado con viejos amigos, con exiliados, con profesores jubilados, cada encuentro teñido de nostalgia y dolor. Y entonces, en un aeropuerto cualquiera, Fernando reaparece, con la urgencia de quien necesita confirmar que su memoria no lo traiciona. ¿Te acuerdas?, me pregunta, y siento que el pasado se abre bajo mis pies. Intento huir, negar, disimular, pero los recuerdos me cercan, y al final, la verdad aflora, inevitable. ¿De qué, Fernando?

-¿Te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?

Todo ocurrió como lo recordamos, Fernando, parece que le dije, aunque preferiríamos olvidarlo todo. Se alejó apurado para no perder su vuelo a Chile, chau, viejito, nos vemos, parece que me dijo. Cojeaba, se veía lento, se veía de más años. Miré hacia las pantallas buscando mi vuelo de regreso a Michigan.

En ese gesto, en ese adiós apresurado, en el temblor de unas manos que han sobrevivido demasiado, volví a sentir el rumor del mar, el frío de la playa, el peso de los años. Por un instante, regresé a Punta de Tralca, a ese oleaje antiguo, y me pregunté, con el corazón en vilo, si también hui de ahí, y si alguna vez podré dejar atrás ese momento donde 2 + 2, de manera misteriosa e irreversible, se convirtió en un 22.