23. Último capítulo (Hui también de ese paisaje) de la novela no ficción «Las huellas de una huida.»

Fueron otros tiempos, tiempos que ahora me asaltan con ráfagas de nostalgia y ternura, como postales desvaídas que guardo en el fondo de mi memoria. Fueron días de seriales ingenuas—Bonanza, Hawái 5-0, El Santo—que veíamos aferrados a la esperanza de que el mundo fuera tan simple como el que nos mostraba la pantalla. Recuerdo la Enciclopedia Salvat, las páginas brillando bajo la luz tímida a la entrada de nuestra casa de Santiago, testigos mudos de mis primeras dudas y sueños. Los juguetes a cuerda made in Japan parecían tesoros exóticos, aunque algunos los miraran con desdén; para mí fueron compañeros fieles en aquellas tardes de aburrimiento infinito, cuando el tiempo se arrastraba largo y espeso, y crecer parecía una hazaña lejana, casi imposible. Así, en medio de esa eternidad infantil, aprendí a presentarme como un bellaco, pero era el bellaco de mi propio universo, rebelde contra la monotonía y la espera. En ese tiempo de los bellacos, mi corazón latía con una mezcla de temor y expectación, buscando siempre algún destello de alegría en la rutina, sin saber que un día esos recuerdos arderían nuevamente con la misma fuerza que los vio nacer.

He llegado al final de este relato. Ya no quedan cartas por rescatar del subterráneo de mi casa: la Internet arrasó con esa costumbre y dejó solo el eco de las palabras escritas a mano en la soledad de un cuarto. Las cartas se extinguieron como hojas secas llevadas por el viento del olvido. Todo lo que he logrado preservar ya ha visto la luz, pero aún persiste una duda enorme, un nudo de incertidumbre que late en el centro de mi pecho. Llego a sentir que alguien —con la voz temblorosa, pero decidida— me la arroja como una flor que resuena en lo más hondo:

—¿De verdad… se te fue la vida muy rápido, Pablo?

—¿Cómo dices…?

—El tiempo… ¿se te escapó así, sin avisar?

Siento que mis hijas, Camila y Sofía, me toman de la mano por un instante pero luego las suelto, como si el futuro mismo me pidiera dejarlas ir, dejarlas escapar. Caminamos por el vecindario y el aire se vuelve liviano, cargado de fragilidad. Me viene a la mente una pregunta de mi tía Oriana que con su letra antigua, me escribió en una carta inesperada:

— Aunque tú estás empezando tu vida, ¿me podrías dar una idea para el final de ella?

Un vacío me envuelve y me invita a quedarme quieto, viendo cómo un picaflor atraviesa la tarde, suspendido entre el pasado y el presente. Repaso mis decisiones; el amor por Pilar, el salto hacia otro país, las risas —y las sombras— de Camila y Sofía; lo no dicho que a veces pesa más que las palabras. Como una música de fondo, escucho la melodía lejana de una canción de Leo Dan, pero que ahora me llega de manera distinta, despojada de intensidad porque ya no está mi madre al lado, al timón de ese Chevrolet rojo entrañable. La recuerdo a ella, a Ximena, envuelta en su propia soledad, buscándose consuelo en una taza de café con leche tibia que prueba tendida sobre su cama enorme y gélida, en lo alto de un Santiago ruidoso que se colaba por las ventanales de su departamento. Vuelven a mi mente sus enfermedades, su piel delgada, casi transparente, sus guantes, el brillo apagado de su anillo, y esa soledad final que se la terminó tragando. Lo que me duele, lo que todavía me atraviesa, es ese descariño último, ese silencio final, ese desencuentro que se instaló entre nosotros y nunca más se pudo ir.

Veo a mis hijas alejándose con el Copo, nuestro perro, sus risas flotando en el aire como ecos de un tiempo, de un futuro que ya no me pertenece del todo. Al verlas caminar despreocupadas por el vecindario, me pregunto si sus manos aún guardan ese calor inconfundible que alguna vez fue el legado secreto de mi padre. De mi madre, de Ximena, heredé el lenguaje, la escritura, ese refugio en el que me escondo cuando el mundo pesa demasiado; pero de mi padre, siempre me quedan sus manos tibias, ese rincón seguro al que regreso en la memoria, durante esos días grises cuando me falta luz o aliento. Cierro los ojos, y si lo intento con fuerza, logro abrir una puerta que me lleva a ese instante: sentir de nuevo el roce apacible de sus manos, volver a ese calor. Es un ejercicio íntimo, un salvavidas que me rescata del fracaso cuando las sombras se alargan y la nostalgia amenaza con tragarme.

Veo a mi padre recostado en su inmensa cama, envuelto en un pijama que se le pegaba a la piel como si intentara retenerlo unos días más, antes de que la vida se le fuera sin aviso. Sobre la mesa, su radio portátil amarilla lanza tangos y noticias, mientras él, con los ojos entrecerrados, aún espera una buena nueva sobre Chile, como si la esperanza fuera la única frecuencia que no se puede ir. Me quedo sin palabras, y lo único que se me escapa es un susurro casi inaudible:

—Como un suspiro…

La sensación de que nadie escucha se instala en mi pecho. ¿Realmente me lo preguntaron? Mis hijas, lejos, pasean junto al Copo, y yo, quieto, con los recuerdos hago más ruido que cualquier pregunta.

¿Qué más puedo decir ahora que llego al final de este relato? Al buscar respuestas descubro que el ciclo se repite una y otra vez, y que en lo profundo, cambiamos poco. Hace apenas unos meses, en el 2022, otro plebiscito agitó Chile, como si la historia insistiera en regresar para preguntarnos de nuevo quiénes somos y qué queremos ser.

¿Extraño Chile?

Poco, a veces casi nada, pero cuando la nostalgia me atrapa y el corazón se encoge, extraño el murmullo del oleaje a la orilla de la playa de Algarrobo, esa música paciente que me abrazaba cuando caía la tarde y mis pasos se hundían en la arena blanda y húmeda. Recuerdo la tibieza del aire, la luz que se despedía mientras el cielo se llenaba poco a poco de estrellitas titilantes, como promesas lejanas. Caminaba sin prisa, sabiendo que en cualquier instante podría descubrir que estaba completamente solo, irremediablemente solo, aunque alrededor me acompañaran voces queridas y caminara bien acompañado. Era una soledad que no dolía, sino que me envolvía como un manto suave, y a veces, sólo entonces, sentía que pertenecía a ese paisaje, a ese país que a ratos me parecía tan distante, pero que sin embargo siempre vive en lo más profundo de mi memoria.

Y a ella, a Ximena, la trato de recordar sin rabia, aunque a veces se me acumula el descariño, una mezcla de tristeza y añoranza que a veces me desborda. Me pregunto si algún día eso se transformará en rabia, y me aferro a la esperanza de que algo así no ocurra nunca, porque detrás de todo está un amor que persiste, aunque a veces duela. A ella la asocio con la casa de Algarrobo, ese refugio entre pinos y brisas salinas, y también con nuestra antigua televisión, que parecía ser el corazón palpitante de nuestras tardes en familia. Como lo escribí antes –y nunca está de más intentarlo de otra manera–, partíamos con mis padres en un fin de semana cualquiera en ese Chevrolet rojo, lento y testarudo, que hoy sólo reconozco en los desfiles nostálgicos de autos históricos que organizan en Detroit y que, sin embargo, aún vibra entero en mi memoria. El viaje era largo, casi interminable, y entre los baches y las curvas y La Montina, sentía el corazón acelerado de anticipación, sabiendo que al final del camino nos esperaba la casa, la playa, la promesa de días felices. Al pasar por Isla Negra, los recuerdos se mezclan, veo la casa vecina a la de Neruda, donde alguna vez reímos y corrimos sin miedo al tiempo, antes de que mis padres construyeran nuestro propio refugio en Algarrobo. Me veo niño aún, maravillado por unos patos que cruzaban la cerca a través de un hoyo en el enrejado, como si tuvieran una clave para atravesar mundos distintos. En ese tiempo, Neruda era sólo un vecino distante, un hombre que garabateaba versos en silencio, aún sin el peso del Nobel sobre sus espaldas. Todo era más simple, más luminoso, y cada instante era una chispa de felicidad destinada a brillar en la memoria, aunque los años y la distancia ahora intenten apagarla.

Al llegar a nuestra casa, la sensación de lejanía se volvía abrumadora. Encendíamos la televisión, ese aparato de plástico algo desvencijado, un Motorola que parecía luchar por aferrarse a cualquier fragmento de señal. La pantalla gris se llenaba de puntitos blancos, como copos de nieve suspendidos en la incertidumbre, y por un momento, todo quedaba envuelto en misterio. Esa señal débil, casi fantasmal, me inundaba de una felicidad inexplicable, una alegría mezclada con la melancolía de sentirme lejos, aislado, como si el mundo entero se desvaneciera y sólo existiéramos nosotros en ese rincón perdido; la felicidad parecía encontrar resquicios para colarse entre nosotros. En aquellos días, mi madre aún no se había extraviado en el laberinto de una vejez triste y solitaria; era joven, sus gestos mostraban ternura, extravagancia, y su risa iluminaba el día. Vestía con sencillez, pero irradiaba una calidez que nos hacía sentir a salvo, protegidos. Cada vez que reíamos juntos, ella se contagiaba de esa felicidad y su mirada brillaba de orgullo. El amor era palpable, y los momentos parecían suspendidos sobre la luz dorada de una tarde en la arena de una playa.

Una amiga de ese tiempo, tocada por ese recuerdo, me escribió después de leer una parte triste de este relato en la que hablo de mi madre ya anciana, marchita, casi irreconocible bajo el peso de los años y el desánimo. Su mensaje me devolvió la imagen vibrante de Ximena en su plenitud:

…..me acuerdo de nosotras muy chicas en la playa de Algarrobo Norte. Nos llevó tu mamá. Ella vestía una túnica o caftán, y allí, en la playa, con los brazos bien abiertos y el viento alborotando su cabello, gritaba, ‘quiero ser feliz’, mientras nosotras saltábamos de gusto sobre la arena. Qué feroz es la vejez y la muerte de los padres.

Lo más doloroso es que con el paso de los años, eso se desvaneció como un castillo hecho de arena. Crecimos, nos hicimos adultos, y la distancia se instaló entre nosotros como una sombra persistente. Las amistades y los nuevos afectos se cruzaron en nuestro camino, creando barreras invisibles que ella nunca pudo derribar ni aceptar del todo. Pronto, quizás demasiado pronto, la amargura se apoderó de su espíritu; la vejez la fue alejando, la fue robando poco a poco, como si la vida misma la empujara hacia una orilla distante. A veces siento que los recuerdos felices solo sobreviven como destellos en medio de una niebla fría, y me duele reconocer que lo que fue amor y alegría terminó envuelto en una tristeza callada, que aún hoy me acompaña.

Desde Michigan, en los días en que la tormenta arrecia y las nubes lo cubren todo, la señal en nuestra televisión titubea y se apaga bajo la lluvia interminable de la estática. Mis hijas protestan, Camila se desespera, Sofía se suma al reclamo, y llaman al servidor con la urgencia de quien cree que el mundo puede detenerse por un error del servidor. Pero a mí me sucede lo contrario: me invade una nostalgia dulce, una alegría secreta al reencontrar esa señal errática, esa imperfección que me transporta sin aviso a los días remotos de Algarrobo. Mientras ellas intentan remediar lo que consideran una falla grave, yo me pierdo en el placer de lo imperfecto, saboreando la memoria que llega como un relámpago, y por un instante, la distancia se evapora. Cierro los ojos y me veo niño aún, cruzando el umbral de la casa familiar, una casa sencilla y de refugios sagrados. Allí está mi madre, anciana y frágil, sentada en una silla de fibra de vidrio roja, pero en sus ojos brilla una alegría inesperada al verme. Siento el temblor de su emoción, el eco de antiguas felicidades que sobreviven al paso implacable del tiempo. Salimos en su viejo Mitsubishi gris, y el trayecto hacia Algarrobo Norte se convierte en un viaje a través de los años, donde el pasado y el presente se funden en una sola emoción. Al llegar, la veo descalzarse con un gesto travieso y, desafiando su edad y el viento que enreda su cabello gris, comienza a saltar frente al mar, riendo como una niña, gritando con una voz vibrante y luminosa: “¡He sido feliz, Pablo, he sido feliz!” El viento arrastra sus palabras, las expande sobre la playa, y siento gratitud, algo de felicidad y nostalgia pura.

Los patos de Isla Negra atraviesan el enrejado nuevamente, abriendo portales invisibles entre el ayer y el ahora. Me quito los zapatos, corro a su lado, dejando atrás las dudas y el peso de los años. El agua fría me sube por las piernas, la ropa se me adhiere a la piel, y, con el corazón desbordado, grito que también deseo ser feliz. Es un instante fugaz y eterno, donde el dolor y la alegría se abrazan y las pérdidas dejan de doler, al menos por un rato, porque en ese grito, en ese salto, volvemos a ser como fuimos siempre: libres, luminosos frente al mar infinito.

A pesar de todo, los recuerdos perduran. Las imágenes de Ximena joven en la playa, buscando la felicidad, contrastan con la mujer anciana que se volvió distante y amargada. Nostalgia y melancolía se amalgaman en mi mente, creando un sentimiento agridulce que me acompaña siempre. Y aunque las relaciones se rompieron, esas memorias de alegría pura en Algarrobo Norte permanecen intactas, como fotografías vivas en mi corazón.

¿Hui también de este paisaje?

FIN

Cristian Fierro

Un comentario en “23. Último capítulo (Hui también de ese paisaje) de la novela no ficción «Las huellas de una huida.»”

  1. Gracias por tus textos. Por alguna razón no me gusta publicar comentarios en el blog y lo hago por acá. El final del libro tiene mucha emoción, intuyo que quieres terminarlo en paz. Ojalá sea así. Me ha encantado revivir tus recuerdos de nuestra niñez. Quedo a la espera de que sigas publicando. Un abrazo grande.

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