7. Así son a veces los chalecos

¿Qué ha sucedido con esos conocidos que alguna vez vi cuando era niño? ¿Qué ocurrió con el coronel Sudí, por ejemplo, de carabineros? Siempre llegaba entonando una canción folclórica chilena, y su voz retumbaba con una alegría contagiosa que hacía vibrar las paredes y hasta parecía despertar sonrisas en quienes estaban cerca. Bonachón, genuino, se veía amigo de mi padre, pero nunca estuve seguro de si mi padre realmente se sentía cercano a él; había entre ellos una distancia invisible, como si compartieran momentos pero nunca confesaran secretos profundos. Me pregunto ahora, con una mezcla de nostalgia y melancolía, dónde se quedó ese hombre alegre, ese coronel que llenaba la casa de melodías y risas. ¿Se perdió en algún recodo del tiempo, se apagó su voz en el silencio de años que ya no vuelven? Siento un vacío extraño al recordar su figura, como el eco de una infancia que se va desvaneciendo y que a veces duele, porque sé que hay personas que solo existen en la memoria y nunca regresarán.

Hubo un cambio de escena—crecí—y muchos de esos rostros desaparecieron. Nunca los volví a ver. Como goteras, lentamente se fueron evaporando, desperdigándose por caminos diferentes. El vacío que dejaron se instaló en rincones insospechados de mi memoria, a veces pesando y otras simplemente flotando, como la nostalgia que se cuela sin pedir permiso. Recuerdo que en uno de mis primeros viajes de visita a Chile, fui a buscar a mi padre a la Clínica Indisa donde trabajaba entonces. Fue triste, porque encontré al afamado doctor Luccini, a quien no conocía personalmente, viejo, enfermo y mentalmente disminuido por un problema vascular. Ya no le quedaba nada de la imagen de ese médico prestigioso de otros años, el presidente del directorio de la clínica. Sentí una punzada al verlo: solo había un hombre frágil que deambulaba en la antesala a la oficina de mi padre—que antes había sido suya—como si fuera el portero, como si esperara una emergencia, o como si aún buscara, en medio de la soledad, algún propósito que lo atara a la vida. Me costó mirarlo a los ojos, porque en ellos se adivinaba el cansancio de los años, la dignidad herida por el tiempo y el abandono. Fue imposible no sentir la tristeza de las cosas que terminan, de los lugares que ya no pertenecen, y de las personas que, aunque siguen presentes, parecen haberse ido para siempre.

Mi padre no dijo nada, pero percibí una tensión en su rostro. Noté que al doctor Luccini lo dejaban vagar con libertad y cierta deferencia, como si la clínica, pese al paso del tiempo, todavía le perteneciera de alguna manera, aunque ya no tuviera poder ni voz en ella. Me impactó verlo moverse despacio, como una sombra entre los corredores, envuelto en una dignidad herida que parecía impregnarlo todo. Por un instante, sentí que le faltaba poco para que lo invitaran a limpiar las oficinas, como si su prestigio anterior se hubiera diluido en las tareas más simples. Mi padre, visiblemente contrariado, evitaba mirar a su viejo colega a los ojos y buscaba una salida rápida, apurando el paso con una mezcla de incomodidad y tristeza. Nos fuimos, dejando atrás un ambiente cargado de una sensación amarga que me acompañó durante mucho tiempo.

En otra ocasión, nuevamente en la clínica, nos encontramos con una doctora que había almorzado en nuestra casa de Algarrobo junto a su esposo, también médico. Me reconoció al instante, y cuando intenté saludarla con entusiasmo, mi padre, con un gesto brusco y casi desesperado, me empujó ligeramente hacia un costado, obligándonos a seguir adelante sin detenernos. La esquivó, y en ese mismo acto la transformó en una desconocida: había que moverse rápido, como si el pasado fuera un lugar peligroso del que debíamos huir. Vi cómo estiraba las manos, cómo la felicidad iluminó su rostro por un brevísimo momento, un destello cálido que se apagó enseguida, reemplazado por la sombra de la tristeza y la desilusión. Mientras nos alejábamos, apurados, sentí como si hubiera traicionado un lazo invisible.

Mi padre se inclinó y me confesó al oído, con voz queda y temblorosa: “Tiene Alzheimer, mijito”. Aquel susurro me hizo comprender que la enfermedad le había arrebatado los recuerdos, pero no la emoción del encuentro. En su cara, al transformarse abruptamente, reconocí por un instante a la persona sana de otros tiempos, como si luchara por salir a la superficie y gritar que aún existía. Fue una claridad devastadora, el rostro de alguien condenado a un exilio inapelable, prisionera en la niebla de su memoria.

Quise hablar con ella, tenderle palabras que pudieran rellenar esos huecos, esas lagunas que se abrían como grietas profundas, pero mi padre me contuvo. Me quedé con la impotencia de no poder rescatarla del vacío, viendo cómo sus ojos buscaban algo que ya no estaba. No sé por qué su recuerdo regresa con tanta insistencia, por qué me persigue. La veo en la distancia, en ese instante suspendido, tratando de saludar, levantando los brazos, mientras yo camino al lado de mi padre, que la observa con extrañeza y nerviosismo, apremiándome a seguir adelante. Había que marcharse rápido, como si el dolor nos persiguiera.

Recuerdo que en aquel fin de semana en Algarrobo, cuando nos visitó y olvidó un chaleco de lana café. Por mucho tiempo lo vi colgado en un armario, impregnándose del olor a encierro y absorbiendo la humedad salina de la playa. ¿Lo habrá recuperado alguna vez? Poco importa, porque a veces la gente que va quedando abandonada en el camino es como ese chaleco olvidado en la casa de un amigo: permanece allí, testigo silencioso de lo que fue, esperando un regreso que nunca llega. Y ese chaleco, como el recuerdo de ella, se convierte en un símbolo pequeño de lo que hemos perdido y de todo lo que no supimos abrazar a tiempo.

Recuerdo también a la señora Marta Sotomayor. Todavía la veo llegar, como si el tiempo no hubiera pasado, a nuestra casa de Avenida Suecia 1521, esa misma que mencioné antes y que guardaba el calor de tantas historias. Marta siempre llegaba tarde, cuando el día ya había caído sobre la ciudad y las luces anaranjadas jugaban a dibujar sombras en las paredes del living. Su silueta aparecía, casi fantasmal, justo antes de ir a ver a unos parientes que vivían a una cuadra, en la esquina de Pocuro con avenida Suecia. Recuerdo el sonido del timbre, ese pequeño estallido de expectativa que anunciaba su presencia. Yo corría a abrir la puerta y apenas cruzaba el umbral, ella me envolvía con sus brazos, me sujetaba las mejillas con una ternura desbordante y, sin previo aviso, se largaba a cantar con una alegría contagiosa:

Yo vendo unos ojos negros, ¿quién los querrá comprar? Los vendo por hechiceros, porque me han pagado mal.

Su voz, a veces quebrada, llenaba el aire de misterio. Cada palabra parecía acariciar mis recuerdos y dejar una huella pequeña pero imborrable. Nunca supe qué fue de ella, cómo terminó su historia, ni si alguna vez sintió el mismo vacío al despedirse de nosotros. Pero al menos recuerdo su nombre y apellido, y en mi memoria sigue viva, cantando, iluminando con su presencia los rincones oscuros de mi infancia. A veces pienso que hay personas que se quedan habitando para siempre en los ecos de una canción.

A menudo veo a otra mujer que nunca conocí, porque jamás intercambiamos una palabra ni un gesto. Me tomaba un café en el aeropuerto JFK, en Nueva York, cuando la vi llorar. Tenía un café frente a ella, que se le enfriaba y nunca probó. Tal vez la recuerdo porque se parecía a mi abuelita Oriana. Era uno de mis primeros viajes en que volvía de una visita a Chile, cuando todavía abordaba el avión con la sensación de que mis partidas—¿o mis llegadas?—eran solo un paréntesis, porque pronto regresaría a vivir en mi país. Eso pensaba entonces. Salía de Santiago en un estado frágil, y quizás por eso mis neuronas estaban más atentas, más receptivas al sufrimiento de los demás. La señora no movía un solo músculo de su rostro. Su llanto era contenido, invisible para el ruido del aeropuerto. Dejó que las lágrimas transparentes resbalaran sobre sus mejillas de porcelana helada, mientras el café frente a ella seguía enfriándose, intocado, ignorado sobre su mesita circular.

Al escribir esto, me doy cuenta de que nombro a muchos conocidos, pero todavía no he tenido el valor de hablar de mi madre, esa mujer que envejeció y se enfermó rodeada de silencios y dolores, y que también sufrió, y muchísimo. Su recuerdo me arde, aunque a veces lo cubra con una indiferencia trágica que me asusta. Con Ximena, siento una distancia que parece abismo, una ausencia que ni siquiera logra dolerme como debería, pero sé que no siempre fue así. En cambio, con mi padre todo fue distinto, completamente opuesto. Cuando Juan falleció en el año 2002, el mundo se quebró un poco bajo mis pies. Lloré en silencio y lo extrañé en cada gesto cotidiano: al bajarme del auto, sentía como si me hubieran arrancado una parte fundamental de mi ser, algo cálido que me sostenía, tal vez sus manos siempre tibias, tal vez su mirada protectora. Con Ximena, en cambio, cuando murió, sentí apenas una punzada, un vacío breve y frío, y me avergüenza reconocerlo. Pero no fue siempre así. Recuerdo que tendría unos cinco años cuando los vidrios de los ventanales comenzaron a temblar y vibrar como si el corazón de la casa estuviera por estallar. Era el terremoto de 1960, ese monstruo invisible que sacudió todo y a todos. Supe que era grave porque corrimos despavoridos hacia el jardín de entrada. No estábamos en nuestra casa de Santiago, ni tampoco en Algarrobo; estábamos en Valparaíso, en una hostería desconocida y extraña. Yo, con el miedo apretándome el estómago, hacía lo único que sabía hacer: correr, levantar los brazos, gritar a todo pulmón: ¡temblor, temblor! Solo entendí la magnitud de lo que ocurría cuando vi a mis padres llegar, desenfrenados, tocando la bocina del Chevrolet y sacando los brazos por la ventanilla como dos náufragos que buscan rescatarte. En ese instante, sentí que me querían, que su miedo era por nosotros y por mí. Se les notaba el susto en el rostro, en los movimientos torpes y desesperados, en el apuro con que nos abrazaban. Con el tiempo, los temblores siguieron visitándonos, los terremotos regresaron, pero algo esencial se transformó. Ya no se preocuparon de igual forma, ya sus preguntas eran otras, más distantes, más formales: ¿cómo estás?, ¿te asustaste? Las palabras se volvieron ecos lejanos y la calidez de antes se fue desvaneciendo. Y entonces, dudo si ese cariño que mostraban era real, o si fue solo una ilusión que el tiempo se encargó de borrar. Tal vez eso sea crecer, tal vez sea huir de los recuerdos que nos duelen y que no sabemos cómo abrazar.

Es triste, pero así son a veces los chalecos: prendas olvidadas, testigos mudos de lo que nunca pudimos retener, símbolos de todo lo que dejamos ir sin darnos cuenta.