VERSIÓN EXPANDIDA de Asesinato de Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile, incluido en «Las Huellas de una Huida».

Al escribir la nota anterior quedé con unos deseos grandes de levantar otra alfombra más, o de remover una alfombra vieja, añosa, para que los pájaros de la memoria puedan emprender su vuelo y salgan, vivan, respiren aire fresco.

Todo comenzó cuando leí en la Internet un artículo en la revista Economía y Sociedad (Abril – junio 2019), donde Álvaro Covarrubias Risopatrón, abogado y profesor universitario, militante democratacristiano, cuenta su versión de cómo había fallecido en la Clínica Santa María don Eduardo Frei Montalva, expresidente de Chile. Según la versión de Álvaro Covarrubias, Eduardo Frei deseaba operarse en la Clínica Indisa, donde mi padre era el presidente del Directorio:

Don Eduardo tenía 70 años y sufría de una enfermedad conocida como hernia al hiato, que le impedía hacer una vida normal. Muy molesto por esa dolencia, supo que había un famoso médico cirujano, llamado Augusto Larraín Orrego, quien operaba a los pacientes de esa dolencia, logrando erradicar el mal. Desesperado por esta molestia, don Eduardo decidió operarse con ese doctor, poniendo como condición, que la intervención quirúrgica debería efectuarse en la Clínica Indisa.

Presumo que la decisión de elegir esta clínica para la operación fue que, en esa época, en ella tenía gran influencia el Cardenal Raúl Silva Henríquez. La clínica era dirigida por los doctores: Juan Fierro Morales (presidente del Directorio y médico personal de don Patricio Aylwin), Alberto Lucchini Albertalli (Vicepresidente del Directorio y médico personal del Cardenal Silva) y Hugo Salvestrini Ricci (Director Médico); todos profesores universitarios de excelencia, de sobra conocidos de don Eduardo. Estos dos últimos habían sido recientemente exonerados de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, por no ser incondicionales al régimen del General Pinochet.

La razón por la que se tomó esa decisión, que se le comunicó al cirujano, fue que dicha operación era de alto riesgo, por lo que la Clínica -velando por su prestigio- no quería exponerse a la posibilidad de que en ella se muriera un expresidente de la República. La explicación técnica que me dio personalmente el Dr. Salvestrini acerca del riesgo de la operación, es que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto, la posibilidad de infección es muy alta. Entiendo que, desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza.

Recibida la notificación de rechazo, el Dr. Larraín procedió a reservar pabellón quirúrgico en la Clínica Santa María, donde se realizó la operación el día 18 de noviembre de 1981.

No me enteré sobre esa negativa de la Clínica Indisa (y de mi padre) en aceptar como paciente al  expresidente Eduardo Frei Montalva. Temas de ese tipo, mi padre no los trató jamás en casa, sobre todo al vivir en dictadura donde podríamos correr un grave riesgo si nos enteráramos de esos detalles. Sin embargo, considero que esa negativa pudo ser muy cierta, pero no debido a la naturaleza difícil, inusual o riesgosa de esa operación. Mi padre participó de esa decisión porque vio el peligro, el riesgo cierto que podía correr Frei frente a una oportunidad ideal que le estarían presentando a los servicios secretos de la dictadura para eliminarlo, para intentar asesinarlo como finalmente ocurrió. ¿Cómo alertar a Frei y su entorno de que algo así podía suceder? Imagino que una manera de hacerlo pudo ser exagerando los peligros de esa operación, sus riesgos, porque si mi padre hubiese  explicado claramente sus sospechas, sus temores, los servicios secretos se habrían enterado y con seguridad mi padre habría sufrido consecuencias graves, habría sido acusado de esparcir rumores, de culpar a los servicios de inteligencia del dictador sin ninguna evidencia clara, con solo elucubraciones descabelladas e imaginación. Creo que al menos los médicos trataron de hacer algo, incluido mi padre, trataron de retrasar la operación, o ponerle cortapisas, como declarar que era una operación muy riesgosa, o peligrosa, asunto que no tenía ningún asidero técnico o científico.

Mi padre en esa época ya conocía los métodos que utilizaba la dictadura para eliminar opositores, sabía que los ajusticiamientos y muertes misteriosas realmente ocurrían. Tristemente el expresidente pecó de ingenuidad o simplemente jamás imaginó que los métodos para eliminar opositores al régimen hubiesen alcanzado niveles de sofisticación tan elevados, de calidad científica y mucho menos sanguinarios y evidentes que los métodos utilizados previamente para eliminar a opositores, como le ocurrió a Orlando Letelier con una bomba en Washington, o a Bernardo Leighton, sorprendido a balazos en Italia. Imagino que por ese motivo, cuando años después, en 1998, Pinochet se operó de la columna, no lo hizo en Chile; sabía que le podía ocurrir algo parecido, enemigos no le faltaban, y por experiencia propia ya conocía el uso creativo que se le podía dar a un pabellón de operaciones. Por ese motivo partió a Londres, donde fue detenido por un tiempo. Tristemente fue liberado, gracias a las gestiones personales presentadas al gobierno de Inglaterra por el hijo del expresidente asesinado, Eduardo Frei Ruiz Tagle, presidente de Chile en ese entonces. Trágica y dolorosa decisión que con el tiempo crece como una gran herida. Durante la presidencia de Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000), la historia le impuso una de las pruebas más complejas y dolorosas de su vida pública y privada: intervenir, desde el cargo máximo del Estado, para la liberación de Augusto Pinochet, detenido en Londres y señalado como responsable de violaciones a los derechos humanos, entre ellas el asesinato de su propio padre, el expresidente Eduardo Frei Montalva, aunque todavía no se iniciaba la investigación oficial. La paradoja de ser hijo en duelo y presidente obligado por los deberes institucionales puso a Frei Ruiz-Tagle ante una encrucijada ética imposible de soslayar. Debió elegir entre el deber político de proteger la soberanía e intereses nacionales y el dolor íntimo de la memoria familiar, comprendiendo que cualquier decisión lo marcaría para siempre, y que en el ejercicio de la democracia la justicia y el perdón nunca transitan caminos sencillos ni libres de cicatrices.

Una hernia al hiato no se considera, y nunca ha sido calificada como “una enfermedad,” donde se necesite de una intervención quirúrgica riesgosa, y ejecutada por un “famoso cirujano” para “curarse del mal”. Una apendicitis y sobre todo si se la retrasa, es más riesgosa que una hernia al hiato. Recuerdo claramente la extrañeza de mi padre al enterarse de las complicaciones postoperatorias que le confidenciaba el doctor Goic, médico de cabecera y amigo de Frei Montalva; simplemente no lo podía creer.

Lo que menciona finalmente Álvaro Covarrubias sobre ese procedimiento tampoco es válido:

 Entiendo que desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza… 

Es cierto, esa hernia ahora rara vez se opera porque el tratamiento con medicamentos ha progresado mucho, sobre todo ingiriendo omeprazol. Y cuando se opera, cuando la cirugía es inevitable, esta se realiza laparoscópicamente, es decir con el uso de un robot. Pero ese carácter de peligrosidad que le atribuye Álvaro Covarrubias a una simple hernia al hiato no es real, no fue riesgosa antes ni tampoco ahora, cuando se usa una técnica más moderna (información obtenida gracias al doctor Alfonso Velasco).

Lilian Olivarse en su libro “La Verdad sin Hora” (Catalonia, 2020) cuenta algo parecido en relación a la Clínica Indisa : De hecho , el director médico de entonces en la Clínica Indisa, doctor Hugo Salvestrini, le contó al ingeniero civil DC Álvaro Covarrubias Risopatrón que cuando se enteró que querían operar a Frei  Montalva de una hernia al hiato en esa clínica consultó a miembros del directorio de Indisa y llamó al doctor Larraín para decirle que no ahí, porque esa cirugía era de alto riesgo y la clínica no quería exponerse a la posibilidad que en ella se muriera un expresidente de la República. ‘La explicación técnica que me dio personalmente el doctor Salvestrini acerca del riesgo de la operación fue que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto la posibilidad de infección era alta.

Así fue como el ex mandatario llegó a la Clínica Santa María, acompañado de su mujer, María Ruiz Tagle.

Lo que no contó el doctor Salvestrini fue que la posibilidad de infección era alta, sobre todo si se utilizaban compresas contaminadas previamente. Para respaldar la negativa de la Clínica Indisa los médicos exageraron los riesgos porque hablar de otro tema -como un probable envenenamiento debido a una toxina introducida intencionalmente-  era imposible, era exponerse a las seguras represalias de los organismos represivos de la dictadura.

En ese momento, mi padre se encontró ante una encrucijada difícil de sobrellevar: por un lado, estaba el indiscutible prestigio que habría significado para la Clínica Indisa realizar la operación a un expresidente de la República, un reconocimiento institucional que cualquier médico o clínica habría valorado. Sin embargo, detrás del brillo de esa distinción, él percibió un peligro mucho más profundo y real, uno que la mayoría no supo o no quiso ver. Era como si su experiencia y su intuición, formadas en años de medicina y observación silenciosa de la vida política, le permitieran leer entre líneas lo que otros pasaban por alto: el evidente riesgo de que Frei se convirtiera en blanco de maniobras oscuras bajo la dictadura, de que cualquier complicación quirúrgica pudiera ser aprovechada para silenciarlo y borrar una voz incómoda, un enemigo interno. No era sólo el temor a una operación riesgosa; era la certeza de que los intereses en juego hacían de cada decisión un acto de protección, de resistencia soterrada, de ética vigilante. Mi padre supo interpretar esas señales como advertencias veladas, y en su prudencia, buscó evitar que la ambición profesional se impusiera sobre la seguridad y la vida de Frei, asumiendo el peso de una responsabilidad que muchos otros no quisieron cargar, quizá por ingenuidad, miedo o simple ceguera ante el contexto de la época.

Ahora vivo en Michigan. A veces me despierto con nieve en el alféizar y papeles sobre la mesa: informes escaneados, datos clínicos y declaraciones cruzadas presentadas al juez Alejandro Madrid después de haber investigado el caso durante veinte años. Han pasado más de cuarenta años desde que operaron a Frei Montalva ese 18 de noviembre de 1981, y sin embargo, en las noches silenciosas, esa historia regresa, me atrapa y me golpea con una nitidez que me duele y que no logro despejar.

Recuerdo claramente la época y sobre todo el ambiente que se respiraba en ese entonces en nuestra casa. Mi padre era amigo del doctor Goic. Confianza antigua, de esas que se sostienen sin necesidad de muchas palabras. Recuerdo la voz pausada del doctor Goic, sus silencios densos, su forma de sostener la mirada cuando hablaban de ética médica. Nunca me lo dijo de forma explícita, pero después de la muerte de Frei, algo en su forma de caminar cambió. Como si llevara una carga que no le pertenecía del todo, pero que tampoco podía dejar a un lado.

Durante mucho tiempo fui incapaz de nombrar aquello que presencié, como si el peso de los años y el desenfoque de la memoria se encargaran de diluir la claridad de los hechos vividos. Sin embargo, ahora, con la distancia que otorga toda una vida, me atrevo a mirar atrás y descifrar los detalles que antes pasaban desapercibidos: las conversaciones entre susurros, las miradas inquietas, la inquietud en el ambiente familiar, el silencio tenso que se apoderó de nuestra casa tras cada visita médica. Comprendo, con una certeza que duele, que fui testigo de algo grave y definitivo. Las piezas encajan, y puedo leer con nitidez lo que estaba ocurriendo: Frei no solo luchaba contra una enfermedad, sino que estaba siendo asesinado. Lo que entonces parecía confusión o casualidad, hoy se revela como una trama oscura donde la vida de un expresidente se extinguía ante nuestros ojos, mientras quienes estábamos cerca apenas intuíamos la dimensión de la tragedia.

Ocurría siempre así: era de noche y el doctor Goic llegaba a casa por la noche, después de las intensas juntas médicas que tenía en la clínica Santa María tratando de salvar a su paciente y amigo. Desgraciadamente, nunca estuve presente (mi padre nos protegía, no hablaba de esos temas con nosotros), pero noté, por el silencio y el sigilo, que ocurría algo importante y grave. Y esto lo he escrito o lo he tratado de escribir en otras oportunidades, en borradores traspapelados, notas, sueños, pesadillas de otro tiempo, de manera que a lo mejor este texto sale repetido o regurgitado. Como mencioné antes, a veces trato de levantar alfombras, de moverlas, pero estas se niegan y vuelven a caer, se rebelan y vuelven a tapar la herida, la hendidura, a cubrirla, y entonces nada vuela, nada se muestra.

Transcurría el año 1981, ya estaba oscuro cuando escuchaba la llamada telefónica. Que sí, te espero, le decía mi padre, no es ningún problema, le decía, ven y conversamos. Y clic, colgaba el fono de plástico, ruidoso, y regresaba la noche, la penumbra, el silencio de las calles vacías. Al poco rato aparecía el doctor Goic que venía de la Clínica Santa María donde atendía a Eduardo Frei Montalva. Todavía no fallecía de una septicemia aguda, inexplicable, misteriosa, que en enero del 2019,  es decir después de treinta y ocho años, sería identificada como un asesinato por el juez Alejandro Madrid. Conversaban, pero en medio del sigilo, casi callados, casi mirando las palabras que se repetían y volaban sobre la soledad de la noche. Afuera, en la calle Las Violetas esquina con Avenida Suecia 1521, había siempre un auto estacionado donde una pareja parecía trabajar en sus cariños, sus besos, en sus falsedades, porque más que nada vigilaban, miraban y tomaban nota sobre los que llegaban a la casa y los que se iban. A lo mejor eran “compañeros de trabajo” de mi primo, que trabajó para la DINA (el servicio de inteligencia organizado por Pinochet).

 Al ver a mi padre conversar con el doctor Goic, palpé la soledad con que a veces nos enfrentan las circunstancias de la vida, una soledad que solo se puede fragmentar con el uso de una navaja filuda porque se ve sólida, pesada. Como lo cuenta Anne Lemott en un X (antes conocido como tweet ), los mayores, esos de los cuales se confía cuando se es pequeño, nunca contaron que la vida iba incluir a veces una soledad tan grande. Primero el doctor Goic tocaba el timbre, y yo corría a abrirle. Mientras lo dejaba entrar, notaba el mundo exterior callado y silencioso, donde incluso los autos parecían desaparecer, o parecían moverse apenas, pero sin motor, sin ruido. Al poco rato se quedaba conversando en el living de la casa con mi padre, mientras yo me retiraba hacia el segundo piso a descansar. Era de noche, había que callar.

 Años después a mi padre no le quedarían dudas: Frei Montalva había sido envenenado, había sido asesinado en la Clínica Santa María. Incluso ese convencimiento lo ayudó a sortear con éxito un envenenamiento posterior, cuando tiempo después, en la Clínica Indisa, operó a una hija de Frei Montalva, una mujer que nunca participó en la vida pública del país, pero que aparentemente también había sido escogida como víctima. Ahí mi padre enfrentó en carne propia un misterio parecido, y que él diagnosticó como otro envenenamiento por las semejanzas con el anterior, por los síntomas que le resultaban familiares. A mi padre nunca le había ocurrido algo semejante, tan raro, donde después de una intervención quirúrgica inocua a la columna, se desarrollara en el paciente una infección tremenda que la tuvo al borde de la muerte. Tiempo después me enteré, por mi madre lo que mi papá le había confesado….quieren amedrentar a los Frei, a la familia Frei, para que nunca más se metan en política. En este nuevo caso, y debido al envenenamiento anterior de Eduardo Frei Montalva, mi padre se había preparado, había aprendido la lección y logró salvarle la vida. No sé cómo lo hizo, cómo se defendió, y nunca se lo pregunté en mis innumerables viajes de visita a Chile, pero imagino que fue algo significativo, como ubicarle un guardia a la entrada de su cuarto, o a lo mejor administrarle el mismo los sueros y medicamentos. Al menos, y esto pudo ser lo más importante, no estaba internada en la Clínica Santa María. Lo triste es que, pese a que ella salvó con vida, quedó indignada, molesta con mi padre, y no sospechó nunca nada criminal, ninguna mala intención de nadie, más bien creyó en la incompetencia de mi padre o de la Clínica Indisa como los responsables de haberla empujado al borde de la muerte. Algo parecido le ocurrió a mi padre años después, cuando atendió a Jorge Lavandero, posterior a una paliza que le propinaron en la calle por investigar las transferencias de dinero de Augusto Pinochet. Recuerdo que le colocó guardias en el cuarto de la Clínica Indisa, y le controló muy bien los medicamentos que le administraban para que no lo fueran a matar.

Siento nostalgia cuando escribo, y también pena, cobardía y tristeza. ¿Por qué cuesta tanto retirar alfombras? ¿Por qué cuesta tanto ayudar a que los pájaros emprendan vuelo? No lo sé. A lo mejor es parecido a cómo evolucionan los traumas, donde lentamente, con sigilo, acaso con algo de temor, salen a la luz, pero con lentitud, escondidos y a regañadientes.

El siguiente, es un resumen cronológico de las intervenciones quirúrgicas que sufrió el expresidente Eduardo Frei Montalva antes de su fallecimiento el 22 de enero de 1982, siguiendo los antecedentes judiciales y periciales disponibles:

1. Primera operación – 18 de noviembre de 1981

  • Motivo: Hernia al hiato (gastroesofágica).
  • Lugar: Clínica Santa María.
  • Cirujano: Dr. Augusto Larraín Orrego.
  • Resultado: La operación fue considerada exitosa y de bajo riesgo. Frei fue dado de alta pocos días después.

2. Reingreso y segunda operación – 4 al 6 de diciembre de 1981

  • Motivo: Obstrucción intestinal que no fue tal y cuadro abdominal agudo.
  • Nuevo equipo médico: Encabezado por el Dr. Patricio Silva Garín, coronel del Ejército que logró desplazar exitosamente al doctor Orrego desprestigiándolo como médico frente a la familia Frei.
  • Intervención: Resección de parte del intestino delgado por una aparente necrosis, que luego se consideró como una decisión precipitada e innecesaria por un panel de nueve médicos expertos.
  • Observación clave: El Dr. Larraín, presente como observador, describió una mesenteritis hipertrófica localizada, que no parecía de origen bacteriano, sino compatible con contaminación química o tóxica. Pero tuvo temor de proclamarlo claramente en ese entonces. No defendió sus opiniones de manera más enérgica.

3. Shock séptico y traslado a UCI – 8 de diciembre de 1981

  • Condición: Frei sufre un shock séptico grave.
  • Tratamiento: Se le administra “Transfer Factor”, un inmunomodulador experimental no aprobado por la Food and Drug Administration (FDA, USA). Su sistema inmunológico estaba completamente desarticulado, no funcionaba, carecía de defensas.
  • Sospechas: Se reciben varias llamadas anónimas a la casa de su amigo Elgueta advirtiendo que Frei estaba siendo envenenado. Se toman medidas ceremoniales como restringir el acceso a su habitación. Sin embargo, cualquiera que tuviera un delantal blanco (como médicos y funcionarios de la DINA) podían entrar sin complicaciones.

4. Embalsamamiento y extracción de órganos – 22 de enero de 1982

  • Fallecimiento: Frei muere a las 17:20 horas.
  • Procedimiento post mortem: Sin autorización familiar, médicos vinculados a la Universidad Católica embalsaman el cuerpo (por darle un nombre a ese procedimiento porque no se siguió ningún protocolo) y se extraen órganos clave.
  • Investigación posterior: Análisis realizados años después (a distintos tejidos que se encontraron escondidos en la Universidad Católica) y en muestras adicionales conseguidas años después al analizar sus restos, por las doctoras Laura Börgely Carmen Cerdase detectó talio y gas mostaza en dosis bajas, administradas por vía endovenosa durante tres meses.

Este patrón de intervenciones, junto con la manipulación médica y la presencia de agentes encubiertos en la clínica, sustenta la hipótesis judicial de homicidio encubierto como complicación médica.

Cuando el cuerpo habla lo que el país calla

A Eduardo Frei Montalva lo operaron cuatro veces, pero lo asesinaron una sola vez.

Los bisturíes entraron en noviembre de 1981, con promesas de alivio, pero fue el silencio clínico lo que marcó el rumbo. Tras la hernia, vino la infección, el shock séptico, y finalmente el embalsamamiento para unos, o autopsia para otros -por darle un nombre- sin autorización de la familia. Cada procedimiento parecía técnico, urgente, inevitable. Pero detrás de los guantes esterilizados, hubo manos que aparentemente obedecieron otras órdenes. Hugo Chavez Arias explicó frente al juez Alejandro Madrid, a cargo de la investigación sobre la muerte de Frei Montalva (2005-2019), lo que se hizo con el cadáver de Frei bajo las órdenes de los doctores Gonzalez Bombardiere y Helmar Rosenberg:

  • Declaración judicial de VICTOR HUGO CHAVEZ ARIAS quién ratifica sus dichos policiales prestados a fojas 584 y siguientes donde señala que trabajó como auxiliar del Departamento de Anatomía Patológica entre los años 1978 y 1990, y su función era cooperar al médico patólogo en las autopsias. Para el año 1982 el Jefe del Departamento era el Doctor BENEDICTO CHUAQUI. Anteriormente estaba el doctor ROBERTO BARAHONA, que para esa época estaba enfermo y concurría ocasionalmente al departamento donde trabajaba en la docencia, su jefe directo en ese entonces era el doctor HELMAR ROSENBERG. Señala que un día como a las cinco de la tarde ya se retiraba cuando su jefe le dice que no se retire y prepare los útiles para realizar una autopsia fuera del Departamento, debían concurrir a la clínica Santa María para realizar un embalsamamiento, pero no le indicó de que persona se trataba. Recuerda que salieron de la Clínica y afuera los esperaba un furgón de Carabineros o una ambulancia, que los trasladó a la clínica, concurriendo junto al Doctor antes referido, el doctor SERGIO GONZALEZ BOMBARDIERE, y al parecer el auxiliar PEDRO SARAVIA SAN MARTIN.

Indica que cuando llegaron a la Clínica habían dos personas esperándolos en el estacionamiento del subterráneo, estas vestían de civil, pero con ropa formal, les dicen que los acompañen y suben en ascensor con ellos al segundo piso de la Clínica, donde los conducen directamente a una habitación. En la antesala habían unas seis personas, una de ellas vestía con delantal blanco que presumió era un médico que se saludó al doctor ROSENBERG. Ingresaron a la habitación donde en ese momento vio un cuerpo sin vida. Se trataba del expresidente de la república don EDUARDO FREÍ MONTALVA.

Señala que se encontraba acostado sobre la cama y vestido con pijama, su abdomen lo tenía vendado con una venda elástica. No recuerda que el doctor ROSENBERG haya firmado algún documento antes de realizar el embalsamamiento, o que se le haya facilitado la ficha médica durante el trabajo o luego, cuando se retiraron. El doctor ROSENBERG le pidió que preparara todos los instrumentos para realizar el procedimiento de embalsamamiento en la misma habitación, lo que le llamó la atención, incluso le preguntó para confirmar. Primero le sacó la venda, percatándose que tenía una infección, había materia y presentaba una herida cocida en toda la región del abdomen.

….. cuando el cuerpo se encontraba en condiciones de abrirlo, ambos doctores hicieron un corte en forma de “T” en la región del tórax y abdomen, procediendo a extraer sus órganos completos, sin separar las vísceras. Recuerda que al observar el páncreas, este presentaba una operación cubierta con una gasa……

Expone que todos los órganos fueron vaciados en una bolsa plástica y después en un balde metálico para su traslado. Luego de realizar el trabajo de embalsamamiento, se suturó, se maquilló y se retiraron alrededor de las diez de la noche.

Reitera en su declaración judicial que le llamó la atención que no estuviera la ficha clínica del cadáver. Para los médicos es siempre necesario contar con ese antecedente, así como la autorización que debe dar la familia para la realización de este procedimiento. Eso es algo ineludible, porque si la familia se opone no se puede hacer. Ignora cuál fue la razón por la que los órganos fueron desechados y porque no se incluyó la autopsia con el número correlativo correspondiente, pues tratándose de una personalidad era obvio que los órganos permanecen guardados indefinidamente. Incluso, en ocasiones, van al museo del Departamento, como en el caso de la autopsia del PADRE GUSTAVO LEPEICH, según recuerda.

El procedimiento que se le practicó al expresidente no había sido autorizado por la familia. Como en ese cuarto no estaban dadas las condiciones para realizar un proceso de esa envergadura, aparentemente se utilizó una escalera en el procedimiento:

  • Declaración judicial de CARMEN VICTORIA FREI RUIZ. En cuanto al embalsamiento y la autopsia, señala que juntaron a su familia y les dijeron que a su padre le iban a hacer una especie de mantención para los días que iba a estar expuesto en sus funerales, pero que nunca se mencionó la palabra embalsamiento, nunca se les dijo nada de autopsia, eso lo corroboró con todos sus hermanos, nunca se les dijo que lo iban a hacer, incluso cuando PATRICIO ROJAS le mencionó que para él había sido muy duro ver las vísceras de su padre, jamás pensó que las hubiera visto fuera de su cuerpo, sino que lo relacionó con que había visto la herida de su padre, que era atroz, la cual vio y le afectó muchísimo. Ella pensó, que éste, en su calidad de médico sabía bien la ubicación de cada órgano del cuerpo y por eso se había percatado de eso, y se horrorizó por la magnitud de la herida.

En cuanto a la mantención, pensaban que le iban a aplicar un maquillaje y nada más, incluso cuando lo fueron a ver estaba dentro del cajón con la tapa cerrada. Su hermana INÉS encontró muy rara su cara y se molestó por lo que se le estaban haciendo, se demoraron demasiado tiempo, incluso, ante la demora, ella trató de entrar a la pieza para vestirlo porque no los dejaban entrar. Cuando entró la sacaron rápidamente. Le llamó la atención ver que había una escalera y además había una persona alta con delantal, quien la sacó de ahí. Después solo esperaron a que les entregaran el cuerpo. Cuando pudieron bajar y verlo, este ya estaba en el ataúd con la ventana abierta. Estaban todos sus hermanos. Ella cuando reclamó por la demora, primero le dijeron que el ataúd no había servido, pero JORGE es quien sabe más al respecto, añadió.

Ese procedimiento, pareciera, fue diseñado para eliminar las pruebas del envenenamiento. El expresidente no murió por complicaciones médicas. Murió como resultado de un protocolo invisible, uno que combinó inmunosupresión química, intervenciones quirúrgicas estratégicas, y aislamiento forzado. Las investigaciones determinaron que en su cuerpo se detectaron rastros de talio y gas mostaza. No fueron errores, fueron decisiones.

Frei como enemigo interno

La Clínica Santa María se convirtió por varias semanas en teatro de operaciones, pero el drama no era sólo médico: fue político. Frei Montalva, opositor activo al régimen militar, representaba un obstáculo en el tablero del poder. Su influencia internacional y su liderazgo moral incomodaban a quienes preferían que Chile olvidara rápido.  En el testimonio de la periodista Mónica González al juez Madrid, que por diez y seis años investigó la muerte de Frei Montalva, afirma que en mayo del año 1975 Eduardo Frei abrió el fuego después de haber sido percibido, por muchos, como un espectador del golpe de Estado. En los primeros tiempos, Frei Montalva pareció aceptar la nueva realidad, incluso dio la impresión de comprender los motivos que llevaron al quiebre institucional. Su posición, marcada por la prudencia y por el contexto turbulento del país, evitó una confrontación directa con los responsables del golpe. Sin embargo, esta actitud le generó críticas severas, pues muchos esperaban de él una defensa más firme de la democracia. La incapacidad de impedir la ruptura constitucional y de salvar el sistema democrático le generó una oleada de detractores, tanto entre sus antiguos aliados como en la opinión pública, que nunca dejaron de cuestionar su papel durante ese periodo crucial. Pero esta vez, en la entrevista en el semanario colombiano Nueva Frontera, dió un paso al frente, claro y decisivo, en contra de la Junta de Gobierno. Eso lo convirtió en una persona peligrosa para el régimen. Luego, menciona Mónica González, un segundo hecho importante ocurrió en el año 1977, cuando se incorporó al grupo de notables dirigentes políticos mundiales reunidos en la Comisión norte-sur. Fue el único político sudamericano incluido en esa comisión. El tercer hito, según la periodista,  se produjo el año 1980 con el llamado de Pinochet a aprobar una nueva constitución en un plebiscito. Para darle un aire de normalidad al proceso, el gobierno autorizó un acto donde el orador principal fue Frei Montalva. Así fue como esa noche, el 27 de agosto del año 1980, Frei se convirtió en el dirigente y líder indiscutido de la oposición a Pinochet. Fue un acto impresionante donde Frei emplazó al dictador directamente y lo instó a que iniciara un proceso de transición. En ese acto Frei se transformó en el enemigo público número uno del régimen, o usando el lenguaje de los represores, se transformó en un “enemigo interno”. Antes, en julio de ese año, se había producido también el acercamiento entre la Coordinadora Nacional Sindical presidida por Tucapel Jiménez y las fuerzas políticas lideradas por Eduardo Frei, donde acordaron que la única forma de atajar la crisis económica y política que asolaba al país era con la organización de un gran paro nacional que se produciría en marzo de 1983.

La importancia del caupolicanazo la enfatizó también Mary Figueroa, ex Director de la Policía Investigaciones de Chile, frente al juez Madrid. Declaró que a  raíz del discurso de Frei en el Caupolicán, se le complicó mucho la situación al exmandatario. Mencionó que ese discurso fue intensamente analizado por los servicios de inteligencia militar. Declaró que ella lo había escuchado varias veces, y enfatizó que Frei fue aplaudido en cincuenta y nueve oportunidades, algunas con ovaciones y vítores y consignas. En su discurso, aclara, hubo un claro hilo conductor donde al final confrontó al general Pinochet, rechazó la consulta nacional sin registros electorales, y llamó a votar por el no. Propuso como alternativa, un acuerdo nacional y una asamblea constituyente. Al escuchar el discurso uno de los aplausos más grandes los recibió cuando dijo que ese acuerdo debería ponerle fin a la intervención del gobierno en las universidades y destacó también la fuerza moral de la Iglesia Católica. En su opinión, el caupolicanazo generó cursos de acción que fortalecieron aún más los seguimientos a Frei, o cualquier medida de ese tipo contra su persona; es decir se transformó en un objetivo político rotulado, dentro de la lógica de inteligencia castrense, como un “enemigo interno”.

En declaraciones frente al juez Madrid, Andrés Zaldívar mencionó también la importancia del caupolicanazo y los peligros que corría Frei Montalva. En su declaración frente al juez, mencionó que con posterioridad el plebiscito del año 1980, en octubre de ese año, a petición expresa de Frei Montalva, inició una gira política en el extranjero, tras una invitación que le hizo la Democracia Cristiana italiana. Eso hizo que sintiera temor a que le impidieran el ingreso a Chile.  A fines del mes de septiembre de 1980, post plebiscito, el general Pinochet ya lo había amenazado junto a Eduardo Frei y a Tucapel Jiménez en un discurso que pronunció en el salón Azul del Club de la Unión. Ahí etiquetó a los tres como antipatriotas y grandes enemigos del país. Proclamó que él ya estaba informado sobre sus intenciones de armar un bloque político sindical, y de que pretendían llamar a un paro nacional.

Zaldívar le indicó al juez que después del evento en Italia, se trasladó a Israel, donde también había sido invitado (16 de octubre del año 1980). Ahí fue cuando le informaron la prohibición de regresar a Chile. La noticia se la dio Genaro Arriagada, quien telefónicamente le precisó que habían dictado un decreto de exilio, firmado por el general Augusto Pinochet y el ministro del interior Sergio Fernández. Agregó que el motivo principal de su exilio, fue que calificó el plebiscito de ilegítimo y no reconocible por su partido, la democracia cristiana, del cual él era su presidente. Además,  en un artículo de una publicación mexicana de la época, la revista “1 + 1”, se sostenía que en lo personal quería buscar una alianza con militares para derrocar a Pinochet.

Tucapel Jiménez, en aquel entonces, mencionó Zaldívar, se encontraba muy atemorizado por las amenazas proferidas por Pinochet. Lo triste es que no estaba equivocado, porque transcurrido tan solo un mes y tres días de la muerte de Frei Montalva, le tocaría el turno a él, cuando fue cobardemente asesinado. Tres días antes había convocado a una protesta pacífica. Pareciera que la organización de esa protesta le dio tres días extra de vida porque lo pensaban matar antes. Así lo atestiguó su asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez:

  • CARLOS ALBERTO HERRERA JIMENEZ, oficial del Cuerpo de Inteligencia del Ejército (CIE), declaró frente al juez Madrid, que su comandante era el entonces teniente coronel Víctor Raúl Pinto Pérez. Contó que había sido destinado a una unidad especial de contraespionaje que se creó junto con su llegada, cuyo cuartel fue denominado Coihueco. Funcionaba en la comuna de la reina. Señaló que “nunca tuvo una misión clara y definida, y que la denominación ‘especial’ es porque se debe estar a la espera de hacer algo, pero no se sabe bien en qué consiste; sin embargo, el mando superior lo sabe. Afirmó frente al juez, que estuvo durante un tiempo no muy extenso en esas condiciones, sin hacer nada, hasta que se le impuso una misión especial: dar muerte a Tucapel Jiménez. Sin embargo el comandante Pinto o Ferrer (no recuerda cuál de los dos) le ordenó abortar la misión. No recordó la fecha en que le comunicaron que esperara, pero si recordó que la muerte de Tucapel Jiménez la habían programada para el día 23 de febrero de 1982. El día 25 de febrero le dieron la orden para que actuara cuando se dieran las condiciones, las que se dieron de inmediato.

Tucapel Jiménez era un hombre de rutinas y horarios repetitivos, de manera que fue fácil cumplir con la misión. Los seguimientos dieron sus frutos, le conocían sus horarios, sus costumbres y sus recorridos diarios, sobre todo cuando salía a trabajar en su taxi. Resultó sencillo cumplir la orden ese mismo día. Alberto Herrera usó cinco balazos, seguido de un degollamiento. Lo concretó a la hora en que Tucapel Jiménez trabajaba de taxista.

Según la declaración de Mónica González,  Luis Becerra, chofer y hombre de confianza de Frei Montalva informaba regularmente a la DINA sobre sus actividades, de manera que cuando se presentó para operarse, llegó también un grupo del ejercito a instalarse en puntos clave de la clínica; desde un camillero hasta llegar a la gerencia. Fueron cincuenta y seis personas en total. Muchos de ellos tenían relaciones de trabajo y conocimiento con el doctor Patricio Silva Garín, que trabajaba en el Hospital Militar de manera regular. Le mencionó al juez que siempre le extrañó que el doctor Silva Garín, habiendo hecho un curso en la escuela de las Américas en Panamá, donde el ejército de los Estados Unidos entrenaba a militares latinoamericanos en tácticas de contrainsurgencia y doctrina anticomunista, haya sido subsecretario de salud en el gobierno de Frei.

Quizás el expresidente se sintió de alguna manera protegido debido a la poca posibilidad de que alguien atentara contra su vida de manera violenta y sanguinaria. Los asesinatos de Prats en Buenos Aires, Letelier en Washington y el atentado a Bernardo Leighton en Roma  despertaron consternación mundial. Lo triste fue, que nunca imaginó la deslealtad y la traición de tantos conocidos y amigos, ni tampoco supo calibrar el nivel de sofisticación que había alcanzado la dictadura para acallar y silenciar al “enemigo interno”.

Extraña las pocas precauciones que tomó el doctor Goic, sobre todo después de la primera emergencia médica donde pareció levantar las manos sin hacerse preguntas difíciles, anticipatorias. Estaba como desconectado de la realidad que se vivía en los hospitales y las clínicas.  En ese contexto, resultaba evidente la distancia de Alejandro Goic con la realidad que envolvía a las clínicas bajo el régimen. Su prestigio médico contrastaba con cierta ingenuidad ante la dimensión política de aquellos espacios, que ya no eran solo recintos de salud sino territorios intervenidos, saturados de vigilancia y control por parte de organismos represivos. Mientras Goic se concentraba en el quehacer clínico, la presencia de agentes encubiertos y personal vinculado a la inteligencia militar transformaba los pasillos y quirófanos en escenarios de sospecha, donde la medicina coexistía, a la fuerza, con la estrategia del miedo.

En las declaraciones de Andrés Zaldívar al juez Madrid queda claro que para muchos Frei corría peligro, eso no era una novedad. Le manifestó al juez Madrid que fueron varias las ocasiones en las cuales se encontró en Europa con Eduardo Frei durante su exilio. Encontrándose en Roma, en noviembre del año 1980, don Eduardo, como lo nombraba cariñosamente Andrés Zaldívar, pasó a verlo. Recuerda que Frei se convenció de que lo seguían, porque en el hotel Edén, donde se hospedaba, habían dos personas que indiscutiblemente eran de la DINA. Pudo, incluso, sostener con certeza, que era seguido y vigilado antes de su salida del país, tanto así que cuando conversaba en su oficina ponía la música con mayor volumen. Muchas veces comprobaron la existencia de escuchas y que tanto Frei como Zaldívar se sentían constantemente vigilados.

Carmen Frei declaró ante el juez que la casa de su padre estaba plagada de escuchas. Indicó que en una oportunidad, había unos maestros construyendo una estantería para libros y golpeaban los clavos con sus martillos, cuando a los pocos minutos llamó el General Manuel Contreras, Director de la DINA, preguntando si había pasado algo en su hogar, porque tenía conocimiento que había sucedido un percance en su casa, a lo que su padre le contestó que lo único raro que podía haber escuchado eran los golpes del martilleo de los maestros. Su padre, desde años antes, sabía que existían micrófonos en su casa para vigilarlo.

Zaldívar le mencionó al juez que siempre pensó que podía ocurrirle algo malo al expresidente, incluido también a él. Le dijo que siempre fue muy cercano a Frei Montalva, y que cuando fue a verlo a Madrid antes de la operación, en el año 1981, tuvieron una conversación en la que Frei le señaló que se quería operar de la hernia al hiato que padecía. Había sentido mucho malestar durante una reunión de la Comisión norte-sur, presidida por Willy Brandt. De inmediato Zaldívar le comentó que lo consideraba una locura operarse en Chile dada las condiciones políticas que imperaban en ese momento, y le recomendó que lo hiciera en el extranjero. Pero Frei le informó, para calmarlo, que se intervendría quirúrgicamente con uno de los mejores especialistas, su primo Augusto Larraín. Zaldívar le contestó que el problema no era el médico, o su primo, sino las oportunidades que podía dar al quedar tan expuesto después de una cirugía de ese tipo. Su calidad de principal dirigente opositor y su gran prestigio en el extranjero comprometían su seguridad. Pero Frei no lo quiso escuchar, aduciendo con la austeridad que le caracterizaba, que no quería provocar un gasto mayor. Le indicó al juez que Frei lo llamó después de la primera operación y le dijo que su post operatorio andaba bien, sin embargo, dos días después, se enteró que había reingresado a  la clínica.

El paciente que incomoda

En el siguiente texto he tratado de reconstruir los últimos días del presidente Frei como paciente, como símbolo, y como víctima. Incluyo fragmentos médicos, testimonios silenciados y análisis químicos que el país tardó décadas en considerar. Aquí no hay sentencia definitiva, pero sí preguntas que persisten como síntomas: ¿Quién escribió el diagnóstico? ¿Por qué, una vez muerto, se le extrajeron órganos y embalsamó de manera tan casual y rápida? ¿Qué fue eso? ¿Quién permitió que se cuerpo, se transformara en evidencia, antes que en un duelo?

Es importante revisitar los momentos críticos que condujeron a su muerte. Porque cuando el cuerpo habla lo que el país calla, escuchar se vuelve un acto de justicia. En este contexto, resulta comprensible que la investigación emprendida por Carmen Frei estuviera marcada por la escasa colaboración de quienes podrían haber aportado información relevante. Tal vez, esa reticencia se explica por el peso que conlleva admitir, al hablar hoy, que en el pasado se fue presa del miedo; miedo profundo a las represalias de un aparato represor que operaba en todos los ámbitos de la vida nacional. Y es ese mismo temor, transformado ahora en vergüenza por la propia cobardía, lo que sigue silenciando voces y cerrando puertas a la verdad. Reconocer lo que se calló implica enfrentar no sólo el pasado, sino la propia fragilidad ante el poder y la violencia.

El 18 de noviembre de 1981, Eduardo Frei Montalva ingresó caminando a la Clínica Santa María. Llegaba para tratarse una hernia hiatal, pero en el ambiente se respiraba otra clase de gravedad. Cinco meses antes de la intervención quirúrgica, los organismos de inteligencia ya estaban al tanto de la decisión de Frei. Tenían escuchas en su casa y un observador privilegiado, Becerra, su chofer, que trabajaba para la DINA. Ese margen temporal fue más que suficiente para tejer una red de vigilancia minuciosa dentro de la clínica, copando pasillos y servicios con agentes encubiertos, personal instruido y ojos atentos en cada rincón. No dejaron detalles al azar: cada movimiento, cada cambio de guardia y cada procedimiento médico fue cuidadosamente coordinado, construyendo un entorno controlado y predispuesto para que el desenlace fatal no fuera producto del azar, sino de una maquinaria planificada con tiempo y precisión. Carmen Frei, en su libro “Magnicidio, El Crimen de mi padre” (Ed Aguilar, 2017), cuenta que cuatro enfermeras de la clínica Santa María recuerdan haber visto durante esos días a Eliana Carlota Bolumburu, la jefa de enfermeras de la clínica London y mano derecha del general Manuel Contreras; Estuvo involucrada en muchos casos de violaciones a los derechos humanos.  La enfermera que recibió a Frei ese 18 de noviembre, María Araneda, era enfermera de guerra de la Fuerza Aérea, ligada también a los servicios de seguridad. Había tenido que declarar sobre la muerte de Pablo Neruda, ocurrida también en esa clínica. Quienes atendieron a Frei Montalva tenían formación médica, pero parecían obedecerle a otra jerarquía, a la jerarquía militar asociada a los organismos represivos. Pareciera que Frei Montalva no cayó por complicaciones naturales: cayó por una acumulación de actos quirúrgicamente calculados. Nadie tocó su cuerpo sin que otro lo autorizara primero. Y a veces ese “otro” no vestía blanco, sino un uniforme.

La incomodidad que Frei representaba no era sólo para la Junta de Gobierno. Era para todos los que, por acción u omisión, permitieron que el hospital se convirtiera en un laboratorio del poder. Porque en Chile, incomodar al régimen era más peligroso que cualquier infección.

Frei Montalva, desde el momento en que cruzó la puerta, ya no fue sólo un paciente: fue el símbolo vivo de una memoria que incomodaba. Expresidente, opositor férreo al régimen de Pinochet, portavoz internacional de una democracia ausente. Su presencia convirtió cada camilla en un espacio político, cada bisturí en una decisión de Estado.

Su expediente médico comenzó como tantos otros, lleno de diagnósticos, prescripciones y notas de rutina. Pero pronto se contaminó con el murmullo del poder. Un cirujano veterano y de máxima confianza como el doctor Larraín fue desplazado por especialistas recién llegados y asociados a los organismos represivos del régimen; un fármaco (Transfer Factor) que nunca se habían administrado apareció en las órdenes médicas; y las visitas de los familiares fueron dosificadas como si fueran sustancias peligrosas.

Días en que el cuerpo no sana

Los primeros días después de la primera intervención quirúrgica fueron, según los informes oficiales, “de evolución favorable”. Pero en la Clínica Santa María, ese optimismo olía a tinta oficial más que a salud verdadera. Después de la cirugía a cargo del doctor Larraín, Frei regresó a su casa en buen estado, pero tocado de un ala, ya había sido inoculado con algo que no dejaba huellas, al cual le bastaron tan solo ocho días para producir la emergencia deseada, la supuesta obstrucción intestinal que empujó a Frei a internarse por segunda vez por los malestares que sufría. Después de la primera operación Frei parecía evolucionar normalmente: no hubo fiebre, tampoco signos de infección, ni complicaciones visibles en la herida; por eso la contaminación inicial por bacterias u organismos infecciosos no es factible. Se utilizó un tóxico que le produjo una inflamación, y que a los pocos días se manifestó con síntomas parecidos a los de una obstrucción intestinal que lo obligó a reinternarse.

  • MARÍA ISABEL DÍAZ DELGADO, asesora del hogar, le señaló al juez Madrid que cuando Frei llegó a su hogar después de la primera operación, lo hizo en muy buen estado, incluso antes del alta la llamó por teléfono desde la clínica y le pidió que preparara una cazuela de ave, lo cual hizo y se la sirvió. Llegó acompañado de su hijo Eduardo, de su hija Carmen y también por el doctor Larraín, que lo había operado. También llegó con una enfermera que se quedó hasta la tarde, pues en la noche llegó otra. A veces le cocinaba papilla, pero en general su alimentación era normal, le preparaba su comida que era la casera, nada especial, él ya podía comer alimentos enteros que masticaba normalmente, cree que fueron como cuatro o cinco días que transcurrieron así hasta que se produjo su agravamiento. Él estaba bien, incluso lo vio el doctor Larraín pero en la tarde comenzó a sentirse mal. Cuando se agravó lo vio con vómitos y colitis y eso fue de un día para otro.

Entre los médicos que rodeaban a Frei, el doctor Patricio Silva encauzó la situación hacia sus dominios porque prontamente, después de la primera intervención del doctor Larraín, le transmitió a la familia Frei de que la operación había sido sucia, desacreditando a Larraín para así tomar su lugar y hacerse cargo del paciente. Ese ataque artero lo hizo a sus espaldas, porque al mismo tiempo, mientras le informaba eso a la familia Frei, Patricio Silva y el doctor Pedro Valdivia Soto felicitaban al doctor Larraín por la impecable técnica que había utilizado. Muchos años más tarde, Larraín se enteraría de las opiniones negativas de Patricio Silva, cuando este incluso había fallecido. Pareciera que no tuvo la posibilidad de enfrentarlo, o tuvo susto, temor a luchar contra la maquinaria represiva del régimen. Esa desinformación sobre la primera “operación sucia”, aparentemente confirmada por las molestias súbitas que el expresidente experimentó a los pocos días, empujó a la familia Frei a dejar que el doctor Patricio Silva se hiciera cargo de la segunda operación. Esa decisión fue uno de los últimos clavos en el ataúd de Eduardo Frei, una decisión que selló su suerte. El doctor Silva necesitaba hacerse cargo de Eduardo Frei Montalva, y lo consiguió.  Carmen Frei escribe en su libro:

….El doctor Patricio Silva Garín, quien en la época nos daba confianza porque como señalé había sido parte de su gobierno, nos dijo textualmente que la operación que el doctor Larraín le había realizado a mi padre había sido “una operación sucia”, es decir que no se habían realizado ciertos lavados previos. Sugirió, por lo tanto que había que sacar a Larraín del equipo. Después nos dijo que Larraín no había estado presente en los días en que había que cuidarlo. Lo que no es cierto porque el doctor Larraín había venido a controlar a mi padre permanentemente durante la estadía en la casa y luego en la clínica. Sin embargo, aunque mi madre no estaba de acuerdo, Silva Garín nos convenció de que había sido una mala operación y que había que sacarlo del equipo.

…..En las mañanas, cuando llegábamos a la clínica, iba a averiguar cómo estaba mi padre, y subía al cuarto piso donde estaba mi mamá para informarle. Cada tarde, al final del día, llegaba el doctor Silva Garín y nos daba el parte de la situación. Además de repetirnos que la intervención del doctor Larraín había sido una “operación sucia”, nos señaló que durante esa primera intervención le habían pasado a llevar el intestino, que tenía una herida abierta en la zona del estómago e intestinos y que había que hacerle curaciones todos los días.    

En su declaración Augusto Larraín menciona claramente que él descartó una obstrucción intestinal después de un examen exploratorio. Usó una sonda vía nasal donde comprobó que el tipo de líquido en el estómago de Eduardo Frei era normal y claro. ¿Por qué entonces no defendió con vehemencia su diagnóstico cuando Silva Larraín lo cuestionó?  Quizá la actitud del doctor Larraín —esa prudencia que rozaba la timidez al momento de defender su diagnóstico— no era únicamente fruto de una personalidad reservada, sino el reflejo de una época en la que contradecir el discurso oficial podía costar la carrera, la libertad o incluso la vida. Su aparente sumisión ante los ataques o intrigas del doctor Silva Garín fue, en parte, una respuesta a la atmósfera de sospecha y vigilancia que permeaba cada rincón de la medicina institucionalizada bajo la dictadura. Defender con vehemencia su criterio profesional significaba exponerse, pasar de ser testigo a convertirse en blanco. Tal vez en su silencio, en su renuencia a la confrontación directa, se condensa el miedo colectivo de muchas personas que, como él, prefirieron evitar el choque frontal con quienes detentaban el poder, resignando la verdad clínica ante la imposición de fuerzas ajenas al arte de curar. En ese escenario, la timidez del doctor Larraín no solo fue una estrategia de sobrevivencia, sino también un testimonio silencioso del peso que ejercía el poder sobre la ética y el coraje individual.

Del mismo modo, el doctor Goic no estuvo exento de enfrentar dilemas éticos y presiones ajenas a su vocación; como Larraín, debió maniobrar en un entorno hostil donde la lealtad al paciente era puesta a prueba por fuerzas que superaban el ámbito médico, sintiendo en carne propia la tensión entre el deber profesional y el peligro inminente de contrariar a una estructura de poder implacable.

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  • Declaración judicial de AUGUSTO MARTIN CARLOS LARRAÍN ORREGO, quién ratifica íntegramente su declaración policial de fojas 707 y siguientes. Indica que el expresidente  fue dado de alta a su domicilio, los días siguientes de la operación ejecutada por él. Agrega que lo fue a visitar a su casa a diario, evolucionando el paciente en excelentes condiciones. A los pocos días, en su casa, el paciente le manifestó que sentía molestias por lo que le realizó un examen con sonda vía nasal para constatar que tipo de líquido existía en el estómago, encontrando líquido normal claro. La idea era observar que no hubiese obstrucción intestinal, pero se percató, por el resultado, que no existía ninguna alteración. Esos días debió viajar fuera de Santiago, a Santo Domingo, y se enteró que lo habían trasladado de urgencia a la clínica, por lo que se devolvió el mismo día y fue hasta ella, encontrándose con los doctores GOIC y SILVA que le informan que su trabajo había terminado, quedando el paciente a cargo el doctor SILVA. Se enteró que se le había practicado una radiografía y el diagnóstico era obstrucción intestinal; existía una zona del intestino dilatada.

No fue esa la primera vez que el doctor Patricio Silva culpaba a otro médico para quedarse a cargo de un personaje molesto para la dictadura. Ya lo había hecho antes, en el año 1974, cuando se hizo cargo del general Lutz que también murió en extrañas circunstancias:

  • Declaración judicial de GLORIA PATRICIA LUTZ HERRERA en que ratifica su declaración policial de fojas 1515 y siguientes indicando que su padre AUGUSTO LUTZ URZUA adhirió al grupo de generales que planearon el golpe de Estado en Chile, en ese tiempo era director del Servicio de Inteligencia Militar, después fue nombrado Director de Institutos Militares y además Secretario de la Junta de Gobierno. Señala que el compartía sus ideas con otros generales de inspiración democrática como el General OSCAR BONILLA y pensaba, junto a él, denunciar ante la Junta de Generales las actuaciones del Coronel CONTRERAS, sin embargo el año 1974 el General PINOCHET lo destinó como intendente de la ciudad de Punta Arenas, a mi entender como una forma de alejarlo del centro de toma de decisiones debido a la influencia que él tenía. Fue algo muy extraño que se realizó a mitad de año, lo que es inusual. Indica que ella se quedó en Santiago, y tiempo después recibió un llamado de su madre de Punta Arenas anunciando que su padre estaba enfermo e internado en el Hospital Regional con diagnóstico de várices al esófago, siendo operado por esa causa por un doctor de apellido CERDA a cargo del equipo médico del Ejército. Sin embargo, se agravó, por lo cual se solicitó su traslado al Hospital Militar de Santiago por gestiones que hizo su madre con doña Lucía Hiriart. Por ello viajaron a buscar a su padre en avión estando a cargo del equipo médico el doctor PATRICIO SILVA, su padre venía consciente y en Santiago fue intervenido por el doctor SILVA por una úlcera gástrica, recuerda que el doctor SILVA le echaba la culpa al doctor CERDA, de Punta Arenas, quien habría hecho un diagnóstico equivocado. Afirma que luego el General de Sanidad militar de apellido DÍAZ les comentó que abriría un sumario para investigar las causas de tantos errores, pero su madre, al ir tiempo después a preguntar, éste le contestó “Olguita ¡que sumario!”. Señala que el día que falleció su padre, recibieron una serie de llamados anónimos que decían “este es el primer General traidor muerto, muy pronto morirá otro”, a los cuatro meses después murió el General don OSCAR BONILLA en un accidente de helicóptero.

Así fue como el 4 de diciembre, el doctor Patricio Silva se hizo cargo de la segunda operación destinada, supuestamente, a solucionar una obstrucción intestinal. El doctor Alejandro Goic no era cirujano, de manera que junto con el doctor Larraín presenciaron la cirugía como observadores. Fue entonces cuando los médicos descubrieron algo desconcertante: una mesenteritis hipertrófica localizada, sin necrosis, sin pus, sin la marca típica de una infección, sin explicación quirúrgica evidente. La inflamación estaba localizada en una zona que no había sido tocada por los bisturíes.

El doctor Goic, ni tampoco Larraín sabían que el doctor Valdivia trabajaba también para la DINA, donde concurría a prisiones clandestinas de detención, como la Clínica London. Tampoco estaban enterados de que el doctor Patricio Silva, médico militar, había estado a cargo de organizar un Hospital de Campaña en el Estadio Nacional, un establecimiento que funcionó como centro de detención y de tortura después del Golpe de Estado.

En ese escenario, la distancia profesional y ética entre médicos como Larraín-Goic  y Silva-Valdivia se hacía cada vez más palpable. Mientras los primeros defendían protocolos rigurosos y una atención centrada en el paciente, los segundos oscilaban entre la observación y la marginación impuesta por fuerzas ajenas a la medicina. Las clínicas, más que recintos de salud, se habían transformado en territorio ocupado: espacios intervenidos donde las decisiones ya no respondían sólo a criterios clínicos, sino a la sombra alargada de la dictadura. Los pasillos y quirófanos estaban cruzados por jerarquías invisibles, donde el uniforme militar dictaba turnos, desplazaba especialistas y autorizaba intervenciones bajo argumentos ajenos al arte de curar. Así, el ejercicio médico fue constantemente saboteado por la desconfianza y la sospecha, y las alianzas entre profesionales se erosionaban ante la presión de un poder que todo lo manipulaba.

  • Declaración judicial de ELIANA CARLOTA BOLUMBURU TABOADA. Ratifica su declaración policial de fojas 887 y siguientes y, a la pregunta del tribunal, señala que el doctor PEDRO VALDIVIA era un médico más que cumplía funciones como las que se hacen en un policlínico, es decir, viendo toda clase de enfermedades, ello en la Clínica London
  • Declaración judicial de SERGIO RODRIGO VELEZ FUENZALIDA quien ratifica su declaración policial de fojas 897 y siguientes, señala que como médico de Sanidad militar  prestaba servicios en el Regimiento de Caballería Blindada del Ejército ubicado en Santa Rosa y paralelamente en el Hospital Militar como médico civil en su especialidad de cirujano. Conocía al doctor SILVA quién fue su jefe directo, pero señala que nunca participó como segundo ayudante en las operaciones a las que fue sometido el expresidente como ha señalado el doctor SILVA. Sabe que el doctor WAINSTEIN quién también trabajaba en el Hospital Militar fue su ayudante en dichas intervenciones. Trabajó, también durante ese período, en la clínica Santa María en los turnos de noche, inclusive domingos y festivos. También estuvo destinado en DINA específicamente en la clínica London atendiendo a personal de esa dirección y a sus familiares pero en períodos diferentes. Dentro de los médicos de la clínica London recuerda al doctor SAMUEL PEDRO VALDIVIA como uno que además trabajaba en la clínica Santa María;
  • Declaración judicial de MIGUEL ALBERTO TAPIA DE LA PUENTE, médico cirujano, quien ratifica su declaración extrajudicial de fecha 3 de noviembre del año 2011, otorgada ante la Policía de Investigaciones de Chile a fojas 11.133 la cual fue otorgada en los siguientes términos: Indica que en el mes de septiembre del año 1973 se desempeñaba como médico civil en el Hospital Militar en el servicio de cirugía y en el servicio urgencia, y que paralelo a ello cumplía labores de mayor de sanidad en la academia de guerra.

Señala que en días posteriores al 11 de septiembre de 1973, tenía la misión de designar a los médicos civiles del Hospital Militar, que debían concurrir a los distintos campos de prisioneros, correspondiéndole posteriormente por orden de su superior jerárquico el Mayor de Sanidad don PATRICIO SILVA GARÍN, disponer la instalación de un pelotón del hospital de campaña en el Estadio Nacional, para lo cual por disposición del doctor SILVA GARÍN, designó al doctor MANUEL ANTONIO AMOR LILLO, cirujano civil del Hospital Militar para quedarse a cargo del Hospital de Campaña en el Estadio Nacional, permaneciendo en el cargo de Director del Hospital de Campaña hasta que los prisioneros fueron evacuados hacia Valparaíso donde fueron embarcados en un buque de la Armada.

  • Declaración judicial de doña CARMEN LUZ VERÓNICA PARODI ALONSO, periodista, quien ratifica su declaración extrajudicial rendida ante la policía investigaciones de Chile el día 5 de junio del año 1012 la cual se otorga a los siguientes términos: consultada sobre el documental “ Estadio Nacional” del cual fue directora, cuyo estreno fue en el año 2003, como consecuencia una investigación de tres años, manifiesta que su creación nace de una inquietud personal por indagar sobre la historia de Chile y sobre el más grande campo de concentración del país.

…. Señala que para las sesiones de interrogatorio bajo tortura, los prisioneros eran llamados por altavoz y llevados al velódromo, donde realizaban filas de espera para sus turnos cubiertos por frazadas. Que según el relato de los prisioneros, además de las personas que realizaban el interrogatorio, había una o un secretario que tomaba nota de todo había también personal médico que supervisaba el estado físico del interrogado y su resistencia a la tortura.

Indica que también tomó conocimiento a través de los testimonios que las “máquinas” de aplicación de corriente utilizadas en los tormentos, eran de fabricación brasilera y operaban con personas que hablaban portugués y de que estas, incluso, instruían respecto a su uso.

De ahí los días avanzaron entre mejoras aparentes y recaídas inexplicables. Cada nuevo síntoma parecía fabricado para justificar una intervención adicional. Un ciclo de procedimientos que debilitaba al paciente mientras legitimaba el aislamiento. La estrategia era clara: prolongar el tratamiento para fragmentar su entorno, borrar sus redes, convertirlo en un cuerpo sin voz. Carmen Frei señala en su libro:

Después de la segunda operación, fue devuelto a su habitación del cuarto piso. No lo llevaron a la UTI por orden del doctor Silva Garín, y no ‘por decisión de la familia’, como él afirmó ante el juez. Desde ese momento mi padre estuvo tres días completos al cuidado de personas desconocidas, sin que el personal de la clínica ni la familia lo supieran. Todo indica que las mujeres que lo atendieron en ese momento jugaron un rol decisivo en la inoculación de los tóxicos. Durante esos tres días esas enfermeras o agentes encubiertas tuvieron todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisieran.

En el texto siguiente examino detalles del historial clínico, reviso algunas decisiones médicas relevantes desde una perspectiva analítica, y registro cómo el cuerpo del expresidente empezó a recibir un tratamiento diferente.

El doctor Silva, al igual que en el caso del expresidente, había experimentado previamente complicaciones graves relacionadas con el uso de sondas de drenaje. Dos pacientes, Frei y Lutz, lograron comunicarse por escrito con sus familiares, ya que debido a la intubación no podían hablar. Uno de los mensajes enviados indicaba: “Sáquenme de aquí que me están matando”.

  • Declaración judicial de ALEJANDRO PATRICIO LUTZ HERRERA en que ratifica su declaración policial de fojas 4.717 y señala los hechos relacionados con el fallecimiento de su padre, el General AUGUSTO LUTZ URZUA, hecho ocurrido el día 28 de noviembre de 1974, quién a fines del mes de octubre de 1974 concurrió a un cóctel oficial en alguna rama de las Fuerzas Armadas. Amaneció al día siguiente muy enfermo y con sangre, lo atendió el Dr. MIGUEL CERDA, quien era el Médico Jefe de Sanidad Militar de la Quinta División de Ejército en Punta Arenas, quien señaló que una ulcera gástrica que había tenido años atrás le estaba causando el problema y propuso una laparotomía exploratoria, que significa una cirugía para ubicar el lugar del sangramiento, este doctor recibió ofrecimientos de ayuda por parte del Dr. REYES, quien era cirujano del Hospital Regional de Punta Arenas, para cooperar con equipo quirúrgico, dado que ellos tenían más experiencia en este tipo de casos y contaban con mejor implementación. Además los médicos navales, le ofrecieron ayuda para realizar un diagnóstico adecuado, aplicando técnicas no invasivas de endoscopia. Ambos ofrecimientos fueron rechazados por el Dr. CERDA. Su madre le solicitó trasladarlo hasta el Hospital Militar de Santiago, situación que tampoco aceptó, e incluso le dijo que él no daría el pase para ese traslado. Señala que al efectuar la cirugía no encontró el punto sangrante, lo cual ahora entiendo que era obvio, pues en su interior debe haber habido mucha sangre. Después de la cirugía su padre inició un cuadro séptico secundario. A las 48 horas fue trasladado al Hospital Militar de Santiago, por orden del Dr. PATRICIO SILVA GARÍN, quien concurrió personalmente a buscarlo en un avión Lan-Chile, adaptado en su parte posterior como avión-ambulancia. Venía con un equipo completo de su confianza, para atender a su padre y trasladarlo, siendo operado al día siguiente por el Dr. PATRICIO SILVA, quien debió practicarle una resección estomacal (sacar el estómago) no recuerda exactamente si fue total o parcial. Agrega que en esta cirugía se resecó la zona de sangramiento deteniendo la hemorragia, notándose una mejoría importante los primeros días. El cuadro séptico estaba controlado con antibióticos. Que habían pasado aproximadamente unos cinco días de esa notable mejoría, cuando recuerda que se encontraba con su madre en el Hospital y vieron salir al Dr. SILVA de la sala de su padre, notablemente molesto y desencajado y le dijo a su madre que curiosamente las sondas del drenaje que le había instalado durante la cirugía estaban fuera del cuerpo, comenzando a reagravarse la infección ya controlada, producto de que los líquidos que debía eliminar por la sonda se habían estado acumulando. Indica que por esta situación debió reintervenir inmediatamente y hubo complicaciones, entre ellas las respiratorias, por lo cual se solicitó la asistencia de un grupo de médicos de la Universidad Católica, donde además, se facilitó un respirador de mejor tecnología que el que se tenía en el Hospital Militar. Afirma que después de esa cirugía su padre tuvo una leve mejoría. A los tres o cuatro días después a su padre se le inyectó una alta dosis de antibiótico de nombre “gentamicina”, que estaba prescrita en la ficha, pero que después se preguntaban entre los médicos, quien la había prescrito en esa dosis; atendido a que era una dosis superior a la recomendada por varias veces. Con esto se agravó su estado de insuficiencia renal. Por la infección que su padre presentó y que se estaba agravando, se le practicó al menos un aseo quirúrgico para aminorar por medios mecánicos la infección, pero tampoco dio resultados. También se consiguieron antibióticos de alta generación en otros países, entre ellos de Estados Unidos y Panamá, los que tampoco fueron capaces de controlar la infección. Expone que existió otra situación que siempre le llamó la atención a la familia, que dice relación con la custodia permanente que tenía su padre en un área aislada que había en UCI de ese Hospital. Esta seguridad tan celosa hacia su padre, no permitió que él entrara ni una sola vez a verlo. Una vez que su madre logró entrar autorizada, su padre que no podía hablar por estar entubado, pero estaba consciente y tenía una pizarrita en la cual escribió “Sácame de aquí, que me están matando”. Afirma que quedó muy impresionada con este hecho y lo comentó con las personas que estaban a su alrededor. El Dr. SILVA les señaló que su padre se encontraba en un estado de perturbación mental debido a la infección, al uso de medicamentos que alteran su nivel de conciencia, lo que hacía pensar que le estaban haciendo daño y seguramente por eso escribió lo ya dicho. Finalmente mi padre falleció por una falla multisistémica. Relata que años más tarde cuando trabajó en el Hospital Militar, trató de conseguir la ficha médica y exámenes o cualquier rastro de la hospitalización de su padre, lo cual nunca logró obtener, siempre se le dio la respuesta de que no había registro de él en el Hospital. Agrega que siempre le llamó la atención los consecutivos errores y negligencias que se cometieron con su padre que finalmente determinaron su muerte, no obstante que la patología de base de la cual se enfermó en Punta Arenas había sido resuelta con éxito.

A medida que los días se deslizaban entre falsas esperanzas y recaídas insospechadas, Frei Montalva comenzó a percibir con lúcida desesperación que el hospital se transformaba en un escenario hostil, donde cada decisión parecía dictada por una voluntad ajena a la medicina. La certeza de su encierro, la vigilancia constante y la soledad impuesta le calaban los huesos. Incapaz de comunicarse libremente, rodeado de silencios y miradas evasivas, la impotencia lo fue invadiendo como una niebla espesa: comprendió, en el fondo del aislamiento, que ahí dentro su voz se apagaba y su destino ya no le pertenecía. La súplica escrita temblorosamente —“Sáquenme de aquí que me están matando”— fue el eco desesperado de una conciencia que, aún privada de fuerza, adivinaba que el final no sería natural, y que ninguna autoridad lo escucharía. Algo parecido a lo ocurrido con el general Lutz, le ocurrió también a Eduardo Frei:

  • Declaración judicial de CARMEN VICTORIA FREI RUIZ……Agrega que en una de las ocasiones en que entró a ver a su padre a la UTI, se puso delantal y mascarilla para que no le dijeran nada, pero le dio la impresión de que la habían reconocido. Fue en esa ocasión cuando su padre le dijo “de aquí no voy a salir vivo”. Ella no atinó a preguntarle nada más, y añadió que su familia siempre sospechó que le iban a hacer algo.

Así fue como el cirujano principal, el doctor Augusto Larraín, asistió en calidad de observador a la segunda intervención quirúrgica. Presenció inmutable cuando el doctor Patricio Silva procedió cortar el intestino delgado para extirpar una sección. Es sabido que una acción de esa envergadura se debe hacer en situaciones extremas porque favorece la proliferación de infecciones debido a las bacterias que pueden escapar del intestino y contaminar la cavidad abdominal. El resto del equipo médico, inexplicablemente, tampoco reaccionó con la urgencia que la situación merecía. Notaron la lesión, la vieron con claridad y la registraron en la ficha operatoria con lenguaje aséptico: “zona de engrosamiento inflamatorio focal, sin signos infecciosos”. Pero no se preguntaron nada más. No comentaron lo inusual de una inflamación en una zona del intestino delgado que no había sido intervenida quirúrgicamente durante la primera operación, una zona alejada de la incisión, pero que coincidía con el sitio donde antes se había apoyado una compresa para sostener el intestino. Los médicos amigos no se preguntaron por qué una lesión así podía aparecer en un área donde no hubo corte, ni sutura, ni sangrado. No entiendo como Larraín no se defendió con vehemencia cuando lo atacaron enrostrándole una operación sucia cuando no hubo infección; descubrieron una inflamación, que es algo bien distinto. La hipótesis de una intervención externa —de un agente químico impregnado en la compresa de la primera operación, era una posibilidad, pero no se mencionó. El doctor Larraín, pese a que su integridad como médico idóneo estaba siendo cuestionada, se paralizó, no se defendió. ¿Dónde estaba Goic? Él no era cirujano, no tenía la experiencia, pero podría haber cuestionado, podría haberse informado. Luego tampoco se extrañaron cuando el doctor Silva removió una zona del intestino delgado. Muchos años después, un panel de nueve médicos expertos analizó el trozo del intestino removido y concluyó que no indicaba obstrucción. Larraín, que antes de ser removido del equipo médico, había indicado que no adhería al diagnóstico de una obstrucción intestinal, continuó mudo. Qué le sucedió que en ese mismo instante no se interesó en analizar y tocar ese trozo del intestino removido para defenderse y proclamar que él estaba en lo cierto, la evidencia estaba ahí, no había obstrucción intestinal. Quizá tuvo susto, sintió terror. Y con los años, frente al juez Madrid, tampoco defendió su diagnóstico inicial. En este caso quizá ya no era el susto lo que lo frenaba, pero no quería despertar una interrogante obvia: ¿por qué no se había defendido antes? El bisturí se movió, los nudos se cerraron, y la sala se vació. Eso fue todo.

La atmósfera en torno a Frei Montalva era de control minucioso y alerta perpetua, donde la medicina parecía subordinada a fuerzas externas. El registro de testimonios revela no sólo la intervención constante de personal militar, sino también una serie de “errores” que, más que casualidad, sugieren un patrón de vulnerabilidad inducida. Así, el hospital se convirtió en un escenario de sospecha: todo procedimiento, toda decisión clínica, parecía tener un doble fondo, una intención que iba más allá de la recuperación del paciente. Los familiares, a pesar de sus esfuerzos por acceder o intervenir, chocaron con un muro de protocolos y negativas, mientras Eduardo Frei experimentaba una progresiva erosión de autonomía y bienestar.

Bajo este clima de ambigüedad y temor, los detalles quirúrgicos y diagnósticos muestran indicios de manipulación discreta, como si la práctica médica se hubiese desviado hacia objetivos ajenos a la salud. La sensación de indefensión se agrava cuando las complicaciones surgen y la comunicación se ve limitada a frases escritas temblorosamente en pizarras, verdaderos gritos de auxilio encubiertos bajo el silencio institucional. El propio ambiente hospitalario, dominado por la vigilancia y el aislamiento, refuerza la percepción de que el desenlace está siendo orquestado.

En este contexto, cada acto médico adquiere una relevancia nueva; las intervenciones quirúrgicas no sólo buscan sanar, sino que parecen diseñadas para exponer al paciente a riesgos calculados. El paso del tiempo y los testimonios revelan que la frontera entre el error y la intención se vuelve difusa, y que la medicina puede ser utilizada también como herramienta de poder. Así, el caso de Frei Montalva se entrelaza con el de otros pacientes emblemáticos, donde la búsqueda de la verdad se enfrenta al peso de los silencios y a la dificultad de reconstruir hechos envueltos en sospechas, omisiones y miedos persistentes.

  • Declaración judicial de AUGUSTO MARTIN CARLOS LARRAÍN ORREGO…el doctor PATRICIO SILVA decidió operarlo ese mismo día junto al doctor WAINSTEN, participando él como observador, presenciando lo ya indicado, una mesenteritis hipertrófica localizada de tipo inflamatorio, la que no habría sido de contaminación bacteriana ya que ello habría significado una extensión mayor de la lesión hacía el mesenterio; y, por su experiencia quirúrgica anterior y al no haber encontrado nunca esta lesión en sus intervenciones quirúrgicas abdominales, piensa que solamente puede explicarse por una contaminación localizada por un agente químico o tóxico que no comprometió el resto del mesenterio por lo que este agente sería de tipo deleterio, esto es, que pudo evanecerse. Ello pudo haber ocurrido, según señala, por la presencia de ese tóxico en una compresa, lo que desliga a la Clínica Santa María de toda responsabilidad en cuanto a la esterilización de los instrumentos quirúrgicos utilizados. El doctor SILVA efectuó una resección abdominal del segmento dilatado, con una unión termino-terminal del segmento intestinal, operación que fue adecuada y efectuada de forma correcta, sin embargo, toda resección intestinal conlleva la posibilidad de una contaminación por gérmenes intestinales. Finalmente, indica que no participó en ninguna junta médica después del regreso del Presidente FREI a la clínica y ningún médico tomó contacto con él para analizar la evolución del paciente. Reitera que ambas operaciones fueron exitosas y no tuvo conocimiento de que médicos de la clínica desempeñaban funciones en los organismos de seguridad de la época.
  • Declaración judicial de ANDRÉS ANTONIO VALENZUELA MORALES quien ratifica su declaración policial de fojas 1.434 en la parte en que señala que estando como agregado en la Embajada de Chile en Perú como mayordomo del Agregado Aéreo de Chile, un colega de nombre ALEX CARRASCO, le comentó que su esposa habría escuchado en la Clínica donde trabajaba, no recuerda cuál, que a Don EDUARDO FREI lo habían envenenado y que le habrían aplicado compresas infectadas en la herida dejada por la operación que le practicaron.

La compresa, algo tan rutinario en el acto quirúrgico, pudo haber sido el primer movimiento. Uno de tantos instrumentos anónimos de la práctica médica, una compresa, se convirtió, en retrospectiva, en una sospecha, pero solo veinte, treinta años después. El tejido inflamado parecía haber sido agredido por algo invisible, intangible. Si eso no era un descuido, ¿podía haber sido una intención? ¿Qué sustancia, qué residuo, qué decisión puede transformar una herramienta común, la compresa, en un agente de daño? ¿Pudo habérsela impregnado con algún irritante químico? ¿Formaldehído? ¿Una solución cáustica? ¿Una contaminación con talio? ¿Cloruro de zinc? Todos esos compuestos triviales y accesibles para cualquier laboratorio pueden inducir una mesenteritis sin huella bacteriana. Basta un instante de contacto, una orden ejecutada sin firma, para sembrar daño sin disparos. Una inflamación mesentérica pudo ser fácilmente provocada de esa manera. Ese tipo de inflamación genera una fibrosis o engrosamiento de las paredes del intestino como para comprimir las asas alterando su movilidad y provocando síntomas muy parecidos a los de una obstrucción intestinal. Debido a esa inflamación, aparentemente inducida por un tóxico introducido en las compresas de la primera operación, llegó entonces a postularse una obstrucción intestinal, y la necesidad de esa segunda intervención. Con ella, el riesgo aumentó, porque se abrió una oportunidad para introducir toxinas con intervenciones discretas, maniobras invisibles.

Durante las investigaciones del juez Madrid, un panel de médicos expertos concluyó que el doctor Patricio Silva se había comportado de manera irresponsable y falto de ética al actuar de esa manera:

  • Se constituyó un panel de expertos conformado en el servicio médico legal, compuesto por ocho médicos de distintas especialidades: Carolina Herrera Contreras, medicina intensiva (broncopulmonar), JAVIER BRAHAM BARRIL, medicina interna (gastroenterología), RONALD DE LA CUADRA ESPINOZA, cirugía digestiva, ALFREDO RAMÍREZ NUÑEZ, medicina interna (cardiología), LUIS THOMPSON MOYA, medicina interna (infectología), ANTONIO SAFFIE IBAÑEZ, medicina interna (nefrología), MELCHOR LEMP MIRANDA neurocirugía, RODRIGO SALINAS RIOS, neurología. Estos médicos concluyeron que existieron dos instancias donde el doctor Silva no se ajustó a la lex artis, que en el ámbito médico y jurídico, es un concepto que se refiere al conjunto de normas, prácticas, conocimientos y criterios que un profesional debe seguir para actuar con responsabilidad, ética y competencia en su campo. En medicina, implica que el profesional debe actuar conforme a los estándares aceptados por la comunidad científica y médica. Las dos instancias identificadas unánimemente por el panel de médicos donde eso no ocurrió fueron las siguientes: 

“1. La indicación quirúrgica de la reintervención del día 6 de diciembre del año 1981, no se encontró justificada en los antecedentes clínicos. Retrospectivamente, la resección de intestino tampoco apareció respaldada por el examen histológico ni macroscópico de la pieza operatoria. Es decir los médicos consideraron que fue inoportuno operar y luego cortar una sección del intestino, porque no había una obstrucción. La sección removida no mostró los daños esperados después de una obstrucción intestinal. Los síntomas que tuvo el paciente tampoco fueron relacionados a una obstrucción. Es decir el doctor Silva Garín removió esa sección para exponer al paciente a infecciones severas. Como se verá más adelante, el gas mostaza y el talio desactivaron grandemente el sistema inmunológico del paciente, dejándolo expuesto y a merced de infecciones oportunistas. Es decir no fue necesario inocularlo con bacterias poderosas para causar una infección y un daño irreversible.

2. La ausencia de registro de signos vitales en un período crucial de su evolución post operatoria, no es compatible con una buena práctica médica, ni hoy ni en la fecha en que se llevó a cabo la reintervención. Al panel de médicos le llamó poderosamente la atención que en el día siguiente al post operatorio de la segunda intervención, no aparecen menciones en la ficha médica. Los signos vitales no se escribieron. Eso es de una ineptitud tremenda o simplemente un encubrimiento diseñado para esconder las huellas y dificultar investigaciones posteriores.

La diferencia entre la postura de los médicos aliados de Frei Montalva en esos años,  y la evaluación posterior del panel de nueve expertos radica, en parte, en el clima de temor, presión institucional y lealtades personales que impregnaba la atmósfera médica y política de la época. Los médicos cercanos, atrapados entre la incertidumbre clínica y el peso de las circunstancias externas, optaron por un silencio prudente o por una aparente aceptación del diagnóstico dominante. Tal vez influyó el respeto por la jerarquía o el temor a contradecir a quienes tenían posiciones de poder dentro del equipo médico o, incluso, fuera de él. Es posible también que la falta de información clara, las omisiones deliberadas en la comunicación y el ambiente opresivo dificultaran la formación de un juicio crítico colectivo.

En contraste, el panel de nueve médicos convocados años después para analizar el caso actuó a distancia de los acontecimientos inmediatos, libres de las presiones directas que condicionaron a quienes estuvieron presentes junto a Frei. Amparados en el tiempo, la objetividad forense y la revisión minuciosa de los antecedentes clínicos y quirúrgicos, pudieron emitir una opinión fundada, con el respaldo de los exámenes histológicos y el análisis retrospectivo de los hechos. Así, mientras en el momento crítico prevaleció el silencio y la obediencia, en el análisis posterior surgió una evaluación unánime y rigurosa, capaz de señalar, sin temor ni ataduras, las inconsistencias del diagnóstico de obstrucción intestinal y las irregularidades del proceder quirúrgico.

El doctor Larraín presenció en silencio el hallazgo de la lesión mesentérica en un lugar extraño, vio también como el doctor Patricio Silva cortaba el intestino delgado, pero no emitió juicio alguno, ni tampoco una hipótesis. No se inmutó, no dijo nada, no hizo preguntas, no trazó vínculos. Su rostro quedó impasible, casi ausente, como si nada de lo que veían sus ojos lo sorprendiera. Quizás fue el miedo. Miedo a levantar la voz y ponerse en la mira de los organismos represivos; miedo también, a que lo acusaran de haber encubierto un error. Tal vez supo, en silencio, que allí había algo que no debía nombrarse, como si al callar pudiera contener la grieta que amenazaba con abrirse bajo sus pies para empujarlo hacia el abismo. Y mientras tanto, la huella de la compresa seguía allí, intacta en la memoria del cuerpo, como un fragmento mudo de una historia que no terminaría de contarse nunca.

Una vez que el intestino fue cortado y vuelto a unir, probablemente entró en escena un tóxico necesario para bajarle las defensas, inutilizándole el sistema inmunológico para que una infección común, oportunista, se le inflamara como pólvora. Era importante que el organismo quedara indefenso, y para eso, como mostraron las investigaciones posteriores, se usó gas mostaza en combinación con talio:

  • Declaración judicial DE EDUARDO ALFREDO JUAN FREI RUIZ TAGLE. Está el tema de las fichas que se perdieron en la clínica y se tardó años en recuperarla. Hay registros en estas fichas que SILVA GARIN entraba en la noche con personal del Hospital Militar a hacer procedimientos. En las declaraciones que se han prestado aparece la presencia de Talio y gas mostaza. Podría agregar muchas más dudas porque está lleno de dudas, la autopsia ilegal, por qué no se hizo una como corresponde, ninguno de los médicos tuvo la capacidad para pedirla. Podrían referirse al caso de LUTZ, pero lo que más me duele es que mucha de esa gente, contó con la confianza del Presidente FREI, como BECERRA, el doctor SILVA, y el doctor PATRICIO ROJAS, en donde le inyectaron cantidades gigantescas de un medicamento que él ordenó traer, ¿quién responde? 

Becerra el hombre de confianza del exmandatario, tenía acceso a todos los cuartos de su casa. Durante las investigaciones del juez Madrid se supo que era un informante pagado por la DINA. Tenía una hija cuya pareja pertenecía al Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Los servicios de inteligencia lo sabían y lo forzaron a colaborar. Actuaba también de chofer. En su sentencia el juez Alejandro Madrid declara:

  • VIGESIMO OCTAVO: Que no obstante que el acusado antes nombrado en su declaraciones policiales y judiciales que se mencionan, ha negado su participación en los hechos que se le atribuyen, obren en su contra los siguientes elementos de juicio:

c.-Que, también el señalado acusado ha reconocido su participación como informante de los organismos represivos existentes en dicho período de tiempo, habiendo sido contratado para  dicho fin por el agente de la CNI Raúl Lillo Gutiérrez, siendo remunerado por los expresados servicios, los que prestó por haber sido presionado por el hecho  de que su hija mantuvo una relación sentimental con un integrante del frente patriótico Manuel Rodríguez, lo cual era conocido por los servicios de seguridad de la época, siendo obligado a realizar acciones que iban en perjuicio de personas que eran integrante del partido a de la Democracia Cristiana, los que habían depositado en él su confianza.

A Eduardo Frei Montalva no solo le fallaron las defensas naturales de su organismo, su sistema inmunológico, los glóbulos blancos, pero le fallaron también los amigos, incluido colaboradores de su gobierno, médicos amigos y su chofer: El doctor Patricio Silva había sido subsecretario de salud en su gobierno. El doctor Patricio Rojas, concuñado del doctor Silva, había sido su ministro del interior. Durante las últimas semanas de vida, Patricio Silva se hizo cargo de la interacción de los médicos con la familia Frei. Siempre defendió la idea de que Eduardo Frei había fallecido debido a complicaciones médicas. También aseveró que la familia Frei había autorizado la intervención de su cadáver una vez fallecido, algo que el juez Madrid rotuló como un encubrimiento. Fue tanto, que Frei, hija del exmandatario, mientras el juez Madrid trabajaba en sus investigaciones, se preguntó a viva voz por la prensa: ¿a quién protege este señor? Todo indica que intentaba ayudar a su concuñado, el doctor Patricio Silva. A lo mejor fue el susto, el terror, el horror lo que nos hace actuar de esa manera tan deshumanizada, empujándonos hacia la traición y la mentira. Pareciera que acorralados por el miedo y el horror, los pocos aliados que todavía le quedaban al expresidente, se transformaron lentamente en cómplices involuntarios.

  • Declaración judicial de MARÍA INÉS FREI RUIZ-TAGLE quién indica que con respecto a si la familia fue informada y autorizó la realización de un examen anatomopatológico a su padre, dice que no, no se les preguntó ni se les dijo nada, tanto es así, que ella se enteró del examen cuando salieron las noticias hace poco, y que mencionaba que se había encontrado un protocolo de autopsia en la clínica de la Universidad Católica. El doctor ROJAS dijo que la familia sabía, pero eso no es cierto. Señala que con el tiempo, la explicación que ella le encuentra, es que le extrajeron los órganos a su padre con el fin de que si posteriormente se hacía una exhumación a su cadáver, no existiera prueba de nada. Lo anterior, como una opinión personal.

Una vez operada la supuesta obstrucción, y como no se encendieron fuertemente las alarmas, no se investigó en profundidad, el cuerpo del paciente quedó clínicamente accesible, más vulnerable. El tránsito abierto, la inflamación apagada, la vigilancia relajada, fue un terreno fértil para una intervención discreta, solapada. Ahí fue cuando todo pudo coagular para que los organismos represivos —en las sombras, siempre atentos— aprovecharan el estado postoperatorio para introducir gas mostaza y talio en bajas concentraciones sin dejar huellas inmediatas. Pudo ser una tarea relativamente fácil, cuando puntos críticos de la clínica ya estaban ocupados por los agentes represivos del régimen. El doctor Patricio Silva se presentaba a altas horas de la noche a realizar procedimientos. En ese nuevo paisaje interno, despojado del escudo protector de una investigación, fue más fácil inocular, dañar, avanzar sin ruido.

  • Declaración judicial de LUZ DEL CARMEN VALENZUELA BASSALET, auxiliar de enfermería, quien ratifica su declaración policial de fecha 19 de marzo de 2009 rendida ante la Policía de Investigaciones de Chile, la cual fue otorgada señalando lo siguiente: que trabajó en la casa de don ARTURO FREI MONTALVA desde el año 1966 como auxiliar de enfermería de su madre doña MARÍA VICTORIA MONTALVA, quien falleció el 16 de octubre de 1972 y después continuó trabajando en forma esporádica con la familia FREI MONTALVA. Indicó que comenzó en enero del año 1982. No recuerda la fecha exacta en que llegó a su domicilio la hija mayor de don EDUARDO FREI MONTALVA, IRENE, acompañada de la asesora del hogar MARÍA ISABEL DÍAZ DELGADO, a solicitud del expresidente para solicitarle el cuidado postoperatorio del señor FREI a lo cual accedió inmediato. Fue por ello que concurre directamente la clínica Santa María donde se encontraba internado. Entra a su habitación donde se encontraba acompañado de una enfermera a la cual el señor FREI hizo salir. Fue así que conversó con él, aún se encontraba lúcido, pero pasaba por momentos de dolor y decaimiento. Le habló textualmente del médico de cabecera pero no le entregó su nombre, no le entendió si quería hablar con él o decirle alguna cosa respecto de él, que lamentablemente no lo logró entender. Afirma que también le habló de una enfermera que ingresaba todas las noches a inyectarle un medicamento que le producía mucho dolor, y tampoco pudo darle muchos detalles, no le quiso preguntar más antecedentes ya que en ese momento jamás pensó que algo malo le podría pasar. Que su impresión fue que lo encontró muy triste y que quería salir de esa clínica, que le pidió que una vez que saliera de la Clínica la compareciente lo cuidara por la confianza que existía de años. En dicha visita estuvo alrededor de un cuarto de hora y decidió retirarse ya que él estaba muy cansado.
  • Declaración judicial de fecha 23 de septiembre el año 2009 en la cual ratifica su declaración policial anterior y además agrega lo siguiente: señala que don EDUARDO le pidió en la Clínica que lo cuidara una vez que él saliera de ahí, incluso le señaló que no quería que nadie más lo cuidara, que lo hiciera solamente ella, frente a lo cual le manifestó que no había problema que solamente tenían que avisarle cuando ocurriera. Después que le hizo esa petición recuerda que hablaba mucho de su médico de cabecera sin dar su nombre, pero no entendió lo que le quiso decir, que le hablaba de él ya que su voz se notaba cansado y agitado, que trataba solamente de escuchar sin interrumpirlo, pero se notaba que estaba bastante grave, cuando se movía se quejaba y estaba bastante pálido. Afirma que lo que sí logró entender es que le dijo que una enfermera iba todas las noches a inyectarle un medicamento a través del suero el cual le provocaba mucho dolor, luego de ello y al notar que estaba muy cansado por el tono de su voz, decidió despedirse y salir de la habitación, que si ella hubiera sabido lo que ahora se sabe o se presume, habría puesto más atención a los detalles de lo que le decía respecto de su médico pues quizá ahora sería importante, pero no lo hizo en su oportunidad.

En esos días de fiebre y soledad, Frei Montalva debió sentir el peso abrumador de una sospecha que crecía en el silencio de su cuarto: quizá lo estaban envenenando, pero ya no tenía fuerzas ni para preguntar ni para defenderse. El miedo era un veneno más, lento y corrosivo, que le quitaba el aliento y la esperanza. Tal vez intentó articular su inquietud con el doctor Goic, en busca de algún gesto, de una palabra tranquilizadora, pero quizás Goic no lo escuchó, o las palabras se le escapaban entre el dolor y la fatiga. ¿Cómo enfrentarse a lo invisible, cuando el propio cuerpo se convierte en terreno hostil y las miradas se desvían por temor a mirar demasiado? En ese instante, Frei debió sentirse rodeado por sombras y murmullos, deseando que alguien, cualquiera, rompiera el cerco del silencio. Nadie lo hizo. Y el horror de saberse vulnerable, de intuir la traición y no poder protegerse, terminó por enmudecerlo, mientras la certeza de que la vida se le escapaba era más punzante que la fiebre misma.

Si Frei logró identificar amenazas, cabe preguntarse si alguna otra persona las advirtió. En caso de que el doctor Goic no haya percibido la situación, considerando la relación de confianza existente, es razonable suponer que pudieron mantener conversaciones al respecto. El papel asumido por el doctor Goic frente a estos hechos podría haber implicado prestar credibilidad o bien mostrar cautela y desestimar lo discutido. Asimismo, desconozco si transmitió sus inquietudes a mi padre durante sus visitas nocturnas, así como las acciones y comentarios que mi padre pudo realizarle al respecto.

En algún momento el doctor Goic pudo sentirse atrapado entre la lealtad y el miedo, y no pudo o no supo tomar un rol más decisivo. Sabía que levantar la voz podía convertirlo en objetivo de los mismos organismos represivos que acechaban en la sombra, y que cualquier señal de alarma podía poner en peligro no solo su integridad, sino también la de Frei y la de quienes intentaban protegerlo. El peso de esa responsabilidad, la conciencia de estar rodeado por fuerzas capaces de aplastar cualquier atisbo de disidencia, quizás le impidió actuar con mayor firmeza. Goic, médico de confianza, pudo llegar a ser un rehén de su propio temor: denunciar abiertamente lo que intuía significaba exponerse a represalias implacables, y quizás por ello intentó resguardar a Frei con gestos discretos, evitando provocar una reacción que pudiera traer consecuencias aún más devastadoras. Así, la prudencia silenciosa se volvió su única forma de resistencia, una respuesta frágil pero comprensible ante el riesgo de enfrentarse a un poder que no admitía errores ni dudas. Como lo determinó el juez Madrid, Pinochet fue informado diariamente sobre la salud de Frei Montalva.

La sospecha iba calando hondo en la familia y en quienes cuidaban a Frei Montalva. Los días de hospitalización se convirtieron en una espiral de incertidumbre, donde lo habitual se teñía de matices inquietantes. ¿A quién escuchar, a Larraín, a Silva o Goic? Cada quien interpretaba las señales a su manera, intentando descifrar el secreto que parecía ocultarse tras la rutina clínica. El trajín de batas blancas, las idas y venidas del personal, los cambios de turno y los silencios súbitos iban tejiendo una atmósfera de creciente inquietud. En medio de esta nebulosa, la familia buscaba resquicios de certeza, aferrándose a pequeños detalles, a registros clínicos, a la memoria de lo dicho y lo callado. Sin embargo, la sensación de que la verdad se desdibujaba, oculta bajo capas de miedo, lealtades rotas y amenazas latentes, se volvía cada vez más sofocante. Las versiones sobre lo que ocurría circulaba entre pasillos y conversaciones en voz baja, alimentando la incertidumbre. Las contradicciones entre testimonios, las ausencias y los registros médicos extraviados nutrían la sensación de que el destino del expresidente se estaba determinado por fuerzas que escapaban al control de su entorno. En medio de esta maraña de lealtades difusas y miedos exacerbados, la búsqueda de claridad se volvía cada vez más compleja y dolorosa para quienes lo rodeaban. Las conversaciones se volvían cautelosas, y todo gesto adquiría una relevancia desmesurada: una mirada esquiva, una respuesta a medias. Los familiares sentían que cada pregunta directa era recibida con evasivas o frases ambiguas, como si se pretendiera velar una verdad incómoda o peligrosa. En el transcurrir de los días, la atmósfera en torno a la habitación de Frei Montalva se tiene que haber vuelto cada vez más densa, marcada por un entramado de sospechas sofocantes. Cada intervención, cada ausencia, pudo ser observada con una mezcla de incertidumbre y alarma contenida. Las rutinas médicas, en apariencia ordinarias, ocultaban bajo su superficie el temor a lo invisible, a lo que no se podía nombrar abiertamente. Los familiares y colaboradores percibían fisuras en el relato oficial, una sensación de que los hilos de la seguridad se habían aflojado hasta permitir la intromisión de una amenaza sorda y calculada.

Al mismo tiempo, la confianza en los médicos y asistentes se erosionaba con cada contradicción o laguna en el relato. El desconcierto reinaba, y el dolor por la situación del expresidente se mezclaba con la sospecha de una traición urdida en la sombra. El entorno de Frei Montalva empezó a percibir que lo que ocurría en esa habitación del hospital no era sólo una batalla médica, sino también una pugna silenciosa por el control de la información y el sentido mismo de lo que estaba en juego. Los familiares, entre la esperanza y el desconcierto, sentían que la verdad se deslizaba entre los dedos por quienes tenían el deber de cuidarla. Las noches en la clínica se volvieron el escenario de movimientos discretos, visitas inesperadas y silencios prolongados. Se instaló una inquietud persistente ante la posibilidad de que lo impensable estuviera ocurriendo ante sus ojos, mientras la red de protección alrededor del expresidente se deshacía lentamente, como un tejido carcomido desde dentro. El paso de los días era una sucesión de interrogantes sin respuesta, donde cada suceso trivial podía esconder un trasfondo más oscuro.

Lo que no dijeron los médicos amigos en el quirófano, durante la segunda operación a la que Larraín atendió como si fuera un monigote desautorizado, tal vez fue facilitado por el miedo, o por una ceguera aprendida. El médico a cargo del equipo que atendía a Frei, el doctor Goic, no dijo nada. Él no era cirujano, lo que podría explicar su silencio, pero le faltó curiosidad. Ese mutismo, esa omisión, fue lo que permitió que otros actuaran sin obstáculos. El cuerpo, en su vulnerabilidad, pagó el precio de una complicidad que no siempre fue voluntaria, pero sí muy eficaz. Si los médicos no levantaron la voz en esa instancia, frente a esa anomalía tan evidente, ¿qué se podía esperar de ellos en el futuro, cuando el envenenamiento en manos de los organismos represivos fuera inoculado de manera encubierta y decisiva?

El desautorizado doctor Larraín hablaría solo veinte años después, cuando las pistas estaban frías y el crimen era apenas un eco mal cerrado en los archivos. Para entonces, ya se había tejido una narrativa oficial donde la muerte de Eduardo Frei Montalva parecía atribuible a causas naturales, o al menos quirúrgicamente aceptables. El juez Alejandro Madrid señala que el doctor Larraín explicó en su declaración jurada que no había levantado la voz “pues pudo haber sido considerado como una defensa suya de su participación profesional como médico cirujano.” Creo que además de ese temor, ese susto a ser acusado de encubrir un error profesional, el doctor Larraín tuvo miedo, terror, pánico a que los organismos represivos se concentraran en él, le aplicaran presión y lo hicieran desaparecer tras sufrir un “accidente doméstico”. El doctor Augusto Larraín enfatiza, pero ya muy tarde, treinta años después en La Verdad sin Hora, de Lilian Olivares, y luego en declaraciones al juez Madrid, la posibilidad de una contaminación deliberada de las compresas que utilizó en la operación: en el momento de la operación mía, alguna de las compresas podía haber llegado con unas “gotitas”…..y la segunda operación tiene que ver con eso, entre que yo lo operé y la segunda operación, siguió actuando ese veneno. Era muy potente. Tenía esas condiciones de veneno ruso. Pero pudo ser algo más sencillo, como una contaminación con químicos más simples y en bajas concentraciones, y solo para inducir, después de unos días, unos síntomas parecidos a una obstrucción intestinal que después terminaría en infecciones exacerbadas bajo la mano de terceros. Tras la segunda operación, donde se le operó una supuesta obstrucción intestinal, el paciente quedó vulnerable y ahí se procedió con máxima diligencia. Ese daño sutil —ese punto de contacto intestinal alterado— pudo abrir una ventana, una oportunidad clínica para introducir toxinas diseñadas a reducir la actividad del sistema inmunológico y favorecer la infección por hongos o bacterias comunes, oportunistas, sin levantar las sospechas de un envenenamiento de bacterias más poderosas introducidas por terceros.

No está claro si el juez Alejandro Madrid, tuvo la posibilidad de investigar cuan segura era la logística involucrada en las cirugías a las que fue sometido el expresidente. ¿Dónde se guardaban las compresas o el equipo quirúrgico, los componentes que se utilizaron en las cirugías? ¿Quién estaba a cargo? ¿Se guardaban las compresas bajo llave? ¿Quiénes tenían acceso? Imagino que a los asesinos les tiene que haber resultado fácil actuar desapercibidamente y con gran impunidad, sobre todo si al principio los médicos no dieron la alarma: era solo una obstrucción intestinal. La DINA ya tenía infiltrada la Clínica. Es sabido que pocos días antes llegaron funcionarios externos a hacerse cargo de diferentes unidades, como la bodega de la Clínica. Resulta fácil imaginar que con ese libre acceso, cualquiera de ellos pudo haber contaminado las compresas con un químico que indujera los síntomas de una obstrucción intestinal, para después continuar con la contaminación de los sueros utilizados en el tratamiento posterior. Un montaje de ese tipo pudo haber provocado daños colaterales, al usarse -probablemente por descuido- alguna de esas compresas contaminadas en la cirugía de otro paciente atendido en esos días. Algo así, efectivamente, pudo haber ocurrido con Patricio Yáñez, un paciente de treinta y seis años, fallecido el 26 de enero de 1982, cuatro días después del expresidente (mencionado en La Verdad sin Hora, de Lilian Olivares). Lo operaron por un problema agudo de diverticulosis, y a los pocos días evolucionó de manera parecida a Eduardo Frei, desarrollando infecciones imparables que le provocaron su muerte. Fue tan coincidente con los síntomas de Frei, que incluso se habló de una infección intrahospitalaria.

Hubo también llamadas telefónicas anónimas a la señora de Hernán Elgueta, amigo de Frei Montalva, para anunciarle que Frei estaba siendo envenenado, pero las medidas que se tomaron fueron solo ceremoniales. La vigilancia de su cuarto, que se implementó para protegerlo, para restringir la entrada de desconocidos que podrían causarle daño, fueron solo ceremonias, procesos casi inútiles, frente al montaje demoledor que los agentes represivos habían montado en la clínica. Para todos los efectos prácticos, Frei ya había sido parcialmente sentenciado a muerte. De manera parecida a como algunos se refieren a esos condenados a muerte como “hombres muertos que caminan”, Frei Montalva había llegado a ser un “hombre muerto que todavía usaba cama”.

En el año 1983 Andrés Zaldívar regresó a Chile en forma transitoria, sólo por cinco días, por la enfermedad de su padre. En esa oportunidad, transmitió la información que había escuchado de Hernán Elgueta a la familia de Frei Montalva. Tuvo también un encuentro con su primo, el doctor Augusto Larraín, a quien vio destruido profesionalmente por su participación en la intervención quirúrgica a Eduardo Frei. En esa oportunidad él le aseguró que había hecho una operación “limpia”, que no había cometido ningún error, y que a su parecer se había producido algo fuera de la operación, atribuible a la intervención de terceros. Cuando comenzó la investigación por la muerte de Frei él mismo convenció a su primo para que declarara la verdad respecto a su intervención.

Después de la segunda operación, Eduardo Frei despertó débil, y una fiebre persistente se instaló en su cuerpo. Los antibióticos no hacían su trabajo y fueron cambiados con frecuencia, como si se ensayaran fórmulas sin convicción. Las placas mostraban signos de infección abdominal, pero el diagnóstico se repitió como mantra: “reacción normal”. Normal para quién, pensaba su entorno, si el expresidente parecía encogerse bajo cada nueva dosis.

La obsesión del régimen por mantener bajo vigilancia la salud de Frei Montalva era tan evidente como inquietante. Augusto Pinochet, entonces máxima autoridad del país, exigió ser el primero en recibir cualquier noticia relevante sobre el estado del expresidente. Se había instruido al personal de la clínica que, en caso de fallecimiento, antes de que la familia fuera notificada, debía marcarse un número reservado que conectaba directamente con el propio Pinochet. Esta directriz no solo revela el interés personal que el dictador tenía en el desenlace, sino también el afán de controlar minuciosamente la información y los tiempos, como si el destino de Frei perteneciera, ante todo, al aparato del poder y no a sus seres queridos:

  • Declaración judicial de MARÍA VICTORIA DE LARRAECHEA BOLÍVAR, enfermera, quien ratifica su declaración policial de fecha 3 de junio del año 2003 la cual señala lo siguiente: que se tituló como enfermera universitaria en el año 1979 la universidad Católica de Santiago, desarrollando sus actividades profesionales en la clínica Santa María, enfermera de piso y de UTI (unidad de tratamiento intensivo)…. Finalmente quiere señalar que tenían la orden del doctor DUVAL Director de la clínica que en caso de muerte de EDUARDO FREIMONTALVA al primero que se le debía informar (antes de la familia), sería a don AUGUSTO PINOCHET, por tanto había que marcar un teléfono determinado que estaba anotado en la UCI.

Las visitas de sus hijos comenzaron a ser reguladas por horarios arbitrarios. La enfermera de confianza fue trasladada sin explicación. Los médicos que lo habían seguido por años eran desplazados por nombres menos conocidos, sin antecedentes clínicos sólidos.

  • CARMEN FREI declaró frente al juez Madrid que su padre les comunicó a cada uno de sus hermanas y hermanos su decisión de operarse. Quería estar bien para participar en una reunión de la Comisión Norte Sur a celebrarse en Kuwait en enero de 1982. Declaró ante el juez en el año 2003 y luego lo ratificó en el año 2012 que ante la sugerencia de que mejor se operara fuera de Chile por razones de seguridad frente al riesgo que pudiera usarse este episodio para atentar contra su vida y también por las mejores condiciones de calidad médica, él le señaló que confiaba mucho en los médicos chilenos y afirmó “si a uno lo quieren matar lo pueden hacer en cualquier esquina”. Relata que después de las operaciones adicionales a que fue sometido, en las oportunidades que pudo verlo, conversó con él y para animarlo le dijo que después que se mejorara harían un viaje para reponerse, a lo que él le contestó que “es otro viaje el voy a hacer ya que de aquí no saldré vivo”. Afirma que el día 8 de diciembre como a las ocho y media de la mañana pasó temprano a visitar a su padre, porque después de saber de su estado debía ir al aeropuerto de Pudahuel a buscar a su marido EUGENIO ORTEGA que regresaba de Caracas. A los pocos momentos que llegó, su padre hizo un cuadro de muchas tercianas y escalofríos, estando en ese momento algunas hermanas y su madre, por lo que llamó a una enfermera que lo estaba cuidando que fue interpelada por la compareciente con cierta angustia señalándole que algo le estaba sucediendo, frente a lo cual la enfermera reaccionó trayéndole frazadas sin llamar a ningún médico y tomar ninguna iniciativa. En ese momento su padre seguía en ese estado cuando llegó a visitarlo un médico amigo, el doctor JUAN LUIS GONZALEZ, quien se dio cuenta de la gravedad y comenzó a tocar timbres al personal de la clínica pidiéndonos que abandonáramos la pieza. Recuerda que sacaban muchas sábanas ensangrentadas y con mucha suciedad, frente a lo cual pasado unos momentos lo sacaron de la pieza y lo trasladaron a la UTI. Después supo que estaba haciendo lo que los médicos llamaron un “shock séptico”, informándoles el doctor GONZALEZ lo que le había sucedido y que era muy grave. La compareciente deja constancia en su declaración, que después del hecho descrito, en el mes y medio que duró la enfermedad antes de su deceso, jamás vio en la clínica a esa enfermera que estaba “a su cuidado” y que se refirió anteriormente.

Con respecto al doctor PATRICIO SILVA, siempre que ella visitaba a su padre y él lo sabía, tenía interés especial en que le relatara lo que su padre le había dicho. Continúa señalando que en dichas circunstancias un día pasó a ver a su padre don HERNAN ELGUETA con su señora, quienes eran amigos y en dicha visita le comentó a su marido que estaba llamando a su casa una voz de hombre, para informar que su padre estaba siendo envenenado. Cuando supo por su marido de esta información, pensó que ese llamado había sido sólo una vez, pero ahora, por la señora de don HERNAN doña ELISA y por su nana de ese entonces, doña AMANDA, ha sabido que ello sucedió varias veces, y que quien llamaba solo quería hablar con la señora ELISA DE ELGUETA. Después supo que su hermano EDUARDO y su marido EUGENIO habían ido inmediatamente a casa del doctor GOIC a contar lo que habían escuchado de don HERNÁN.

Durante esos días, Frei fue paciente en dos sentidos: paciente de la medicina, y paciente del poder. Su cuerpo ya no era sólo biológico; era semántico. Se convirtió en campo de disputa, en territorio donde se escribía una versión del país que nadie se atrevía a firmar.

Las complicaciones intestinales derivaron en una tercera, y una cuarta cirugía. Con cada intervención, la recuperación se hacía más improbable. Como si se tratara no de sanar, sino de agotar. El aislamiento se intensificó: llamadas censuradas, visitas prohibidas, y hasta su correspondencia personal fue intervenida. El recinto médico comenzaba a parecer prisión clínica.  

El doctor Goic no tenía fama ni ambición política. Su territorio era el cuerpo humano: sus fallos, sus resistencias, sus misterios. Lo siento y lo veo caminar solo por los pasillos de la Clínica Santa María, lo veo cargando un secreto, no por elección, sino por susto. En su bata no había adornos, pero sus ojos hablaban de noches sin descanso ni tregua. Frei Montalva no era un paciente más. Cuando lo vio tras la segunda cirugía, el cuerpo no respondía como debía. La fiebre persistía, la piel se abría en ampollas silenciosas y la cavidad abdominal parecía quemada por algo que no estaba en los manuales. Solo le faltó decirlo claramente: “Esto no es clínico, es químico.” Pero con esas palabras, habría cruzado una línea que muy pocos se atreven a cruzar cuando se vive en dictadura. Tiene que haber notado que algo serio y misterioso ocurría frente a sus ojos. Claramente lo planteó en la ficha clínica al escribir: “¿metabólico o tóxico?” Es decir, lo que ocurría era como si lo observado en el paciente fuera de origen metabólico, como resultado de una enfermedad, o por el contrario, se debía a la existencia de un tóxico asociado. Los exámenes de sangre sugerían un sistema inmunológico saboteado, donde un veneno borraba su rastro como un asesino entrenado. En medio de los síntomas, se le presentaba una certeza cada vez más nítida: el cuerpo de su paciente y amigo había llegado a ser un campo de batalla, y él, el médico, había llegado a ser apenas un defensor que se movía con las manos atadas en una trinchera oscura. Desde muy adentro de su ser le pudo nacer una duda que después evolucionaría hacia una certeza: Frei no se moría debido a complicaciones quirúrgicas, lo estaban apagando desde dentro, con precisión y toxinas sin rostro. Mientras el doctor Goic caminaba aplastado por las circunstancias, a lo mejor escuchó en la radio del pasillo, la radio de una enfermera, o en su auto, mientras iba a la casa de mi padre, una canción vieja hablando de la libertad. Instintivamente, angustiado, no la pudo escuchar, no le quedó otra alternativa que bajarle volumen.

La figura de Frei Montalva inconsciente fue símbolo y advertencia. El poder no siempre mata con balas. A veces lo hace con bisturíes prestados, con sustancias que no huelen, con complicaciones que el expediente médico no puede explicar sin que tiemble la firma.

La luz era blanca, demasiado blanca, como si el tiempo mismo hubiera sido desinfectado. En la habitación 411 de la Clínica Santa María, el expresidente, el “enemigo interno”, yacía sobre una camilla que parecía más altar que lecho. Su piel, antes bronceada por campañas y discursos, mostraba tonalidades cenicientas. No había dolor visible, pero sí un desvanecimiento, una ruptura lenta desde dentro. Los médicos se turnaban con guantes impecables y miradas turbias. Su cuerpo hablaba desde la fiebre, desde la hemorragia, desde la pérdida progresiva de conciencia. No se trataba de una fiebre común. El cuerpo rechazaba los antibióticos con la arrogancia de algo que conocía su verdugo. Las ampollas que no debían aparecer lo hacían como mensajes cifrados. La cavidad abdominal mostraba una inflamación inexplicable, como si hubiese sido sembrada con un veneno que no dejaba huella, salvo la destrucción.

La voz de algún médico que se formuló las preguntas correctas todavía resonaba apagada en los pasillos de la clínica; no hubo nadie que se atreviera a escuchar para hacer algo. Afuera, los árboles parecían inclinarse por el peso de lo que no se decía. La decisión de usar Transfer Factor, un inmunomodulador experimental, llegó a ser más una sentencia que un tratamiento, o una improvisación, una decisión desesperada tomada bajo el pánico.

Pese a las alertas de su familia, los medios guardaron silencio. Algunos periodistas intentaron investigar, pero sus notas fueron bloqueadas, editadas, desvirtuadas.

Frei dejó de escribir. El hombre que acostumbraba a tomar notas, enviar cartas, leer informes, cayó en el mutismo inducido por la sedación y el deterioro. Su cuerpo ya no era político por lo que representaba, sino por lo que se le estaba haciendo. Pero alcanzó a escribirle algo a Victoria Frei, una de sus hijas:  “sáquenme de aquí…” “me quiero morir en mi casa’

Su muerte

El 22 de enero de 1982, a las 17:20 horas, Eduardo Frei Montalva dejó de respirar; pero no fue enterrado. El enemigo interno había sido eliminado, pero eso no evitó que su cuerpo fuera sometido a todo tipo de vejámenes en un proceso caótico que por darle un nombre se lo rotuló como autopsia, o embalsamiento, pero que después el juez Madrid caracterizó como un encubrimiento. La cazuela de ave que le pidió a Isabel Díaz, cuando la llamó desde la clínica después de la primera operación, terminó siendo su última cena.

Desgraciadamente pasaron los años, y las pruebas, las huellas del magnicidio se fueron esfumando, se enfriaron. Ese retraso en la investigación y la actitud pusilánime de algunos médicos, muchos de ellos actuando como encubridores involuntarios, hicieron muy difícil la tarea investigativa del juez Alejandro Madrid Croharé, que pese a las dificultades, logró reunir pruebas contundentes. Investigar un caso frío, después de tantos años de ocurrido los hechos, fue corajudo de su parte.

Trato de cerrar este texto, necesito darle un corte, pero no resulta. Intentémoslo de nuevo; acompáñame, siéntete solo, sola por un rato, no te asustes, no te desanimes. Imagina las calles vacías, sin gente: era de noche y se respiraba soledad, casi abandono. El aire se notaba quieto y lleno de interrogantes filudas, dolorosas, de esas que muchas veces preferimos no tocar. Escuchas el timbre de la calle que se activaba al presionar un botón de bronce, y entonces corres para abrir la puerta de entrada. En la calle Las Violetas está el auto que vigilaba de costumbre. Estás solo y ves al doctor Goic que llega también solo. Le abres la puerta y lo dejas entrar así, solitario y rodeado de fantasmas. Lo saludas, pero lo notas apesadumbrado, cargando pesadas piedras sobre su espalda, aunque no las ves. Y después escuchas los pasos de tu padre que baja también solo del segundo piso de la casa –ya era tarde- para conversar callados, y para discutir callados y solos, eso que no se podía decir: ¿Sería posible? ¿Sería posible que una simple operación inocua haya degenerado en algo así, una infección tan grave y que mataba a Eduardo Frei Montalva hora a hora, minuto a minuto? ¿Acusar a quién y cómo, del envenenamiento? ¿Conseguir pruebas de dónde y cómo del envenenamiento? ¿Mencionar algo en la prensa? ¿Una entrevista sobre el envenenamiento, para después ser acusado de médico incompetente, de tratar de encubrir los errores personales, acusando a las honorables autoridades de gobierno sin ninguna prueba? ¿Y por qué cuesta tanto decir algo ahora, o encontrar testigos? ¿Por qué no decirlo después de cuarenta años y claramente, anunciar que al menos ocurrió algo inexplicable, y decir que sí, que muchos médicos tuvieron dudas? Esa alternativa tampoco parece funcionar porque al hacerlo habría que reconocer que se tuvo miedo, mucho susto, temor a decir algo y que por eso se calló, se guardó silencio: ¿Fue eso un encubrimiento? ¿Cobardía? ¿Espanto? ¿Algo más?

Mi padre no estuvo entre los médicos tratantes, esa no fue su especialidad pero se había convencido -sobre todo con el paso de los años- de que Frei había sido envenenado, había sido asesinado. El caso se complica aún más porque mi padre nunca tuvo pruebas concretas; solo la necesidad de proteger a su familia de posibles represalias, como las que sufrió la familia Frei, agredida de manera tan cobarde. Pero ese silencio no se justifica con el paso de los años donde, sin Pinochet presente se podría haber contado más. Está claro que hubo y hay silencio y cobardía. Hubo también mucha ingenuidad entre los políticos de esa época, como se evidenció en las decisiones tomadas durante los primeros años de la dictadura. Porque es justamente en la carrera de un político donde el asesinato, el crimen calculado, es el riesgo que está siempre presente, sobre todo cuando se vive en dictadura. Se dejó pasar el tiempo y se investigó muy tarde, cuando ya muchas evidencias se habían enfriado, e importantes testigos fallecían. El ministro Alejandro Madrid comenzó su investigación en el año 2005, es decir después de veinticuatro años. Se le pidió un milagro.

¿Cómo me enteré de su muerte? Recuerdo que supe de su del fallecimiento cuando caminaba por Euclid Avenue, frente a la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, y lo leí en primera plana. Era un 23 de enero del año 1982 y hacía un frío intenso en Cleveland. Había llegado hacía pocos días de Chile. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica a la que tenía que asistir se daría en otro edificio, detrás de la biblioteca principal. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles, esas que pronto formarían parte de mi nueva realidad, mi nuevo entorno. En el titular del New York Times, que leí detenido en la vereda, con el diario escondido adentro de una vitrina de metal y a través de unas ventanas de vidrio sucio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día anterior. Mientras reflexionaba sobre la noticia recordé una conversación significativa con mi padre. Regresábamos de Algarrobo con el doctor Goic en el auto -ya era otro el auto, no el Chevrolet aletudo- , cuando mi padre me preguntó sobre qué pensaba la juventud de Eduardo Frei Montalva, ¿qué piensan de él? Por la manera en que me lo preguntó, noté que era una pregunta con “chanfle”, y de interés para el doctor Goic, amigo de Frei Montalva. De seguro Frei recolectaba opiniones apoyándose en sus conocidos, amigos como Goic, para calcular sus próximas movidas. Le dije que mis amigos notaban mucho silencio de su parte, poco compromiso, sin realmente enfrentar al régimen, sin golpearlo fuerte. De seguro esa era la opinión de muchos porque pocas semanas después Frei organizaría un gran evento en el Teatro Caupolicán (que sería recordado como el Caupolicanazo) donde claramente enfrentó a Pinochet con esa oratoria consumada de sus mejores tiempos. Son muchos los que han dicho que ahí Frei selló su suerte.

Con el paso de los años, cuando la dictadura ya había perdido esa sombra omnipresente y hablar resultaba menos peligroso, Goic comenzó a admitir públicamente sus sospechas sobre el verdadero destino de Frei Montalva. Sin embargo, este gesto tardío no estuvo exento de escozor: el tiempo transcurrido le abría la puerta a la verdad, pero también a la incomodidad de reconocer que, por décadas, el silencio había sido su única respuesta. Era inevitable que surgieran preguntas sobre por qué no habló antes, sobre si fue el miedo o la prudencia, o simplemente el instinto más humano de protegerse del peligro. Goic temía, y lo sabía, que su gesto se interpretara como cobardía, como una confesión de haber callado demasiado, demasiado tiempo, mientras los ecos de la muerte de su amigo seguían resonando en los pasillos y las conciencias.

El retraso en las declaraciones por parte de los médicos incrementó el estigma asociado al silencio inicial. Surgen interrogantes respecto a las conversaciones entre Goic y mi padre durante sus encuentros nocturnos en nuestra casa: ¿abordaron la posibilidad de un envenenamiento? En caso afirmativo, ¿qué recomendaciones le ofreció mi padre? ¿Se manifestó alguna sugerencia respecto a la intervención de terceros o prefirió mantener silencio? Estas omisiones podrían formar parte de los aspectos no revelados que percibo en la vida de mi padre.

Seguro que el doctor Goic en algún momento despertó en medio de una pesadilla sin nombre, atrapado entre el deber profesional y la sospecha corrosiva. La posibilidad de que Patricio Silva, compañero de tantos pasillos y discusiones clínicas, estuviera implicado en algo tan oscuro como el envenenamiento de Frei, lo pudo hundir en una impotencia áspera, casi física. Debió sentir el peso de cada mirada, las palabras no dichas y el silencio denso de la clínica como un muro infranqueable. No podía hablar, no podía señalar sin pruebas, y sin embargo cada detalle clínico, cada decisión tomada a espaldas de la familia, alimentaba esa angustia secreta. En algún momento Goic se debatió entre la ética y el miedo, sabiendo que cualquier paso en falso podía costarle no solo el respeto de sus pares, sino la seguridad de las personas que amaba. Era el tipo de impotencia que paraliza el cuerpo, que hace temblar las manos al escribir, y que transforma el acto médico en una batalla solitaria contra el tiempo, la complicidad y la propia conciencia.

En febrero del año 1982, solo un mes después de la muerte de Frei, sería eliminado Tucapel Jiménez, ese importante dirigente sindical que había pretendido una alianza con Eduardo Frei como alternativa a Pinochet. Fue asesinado con cinco balazos en la cabeza y posterior degollamiento por un grupo operativo de Inteligencia del Ejército. Horroroso final de dos nobles líderes. Uno, un gran dirigente sindical y el otro, un ilustre político que, irónicamente, durante los últimos meses del gobierno de Allende, ayudó a la insurrección, al proclamar la idea de que las instituciones democráticas ya estaban débiles, no estaban suficientemente sanas y fuertes como para combatir el extremismo que desbordaba la coalición de Salvador Allende. Lo curioso es que justamente esos militares, con los que Frei inicialmente tuvo cierta sintonía lo terminarían asesinando a él también.

A las pocas semanas de su muerte, me llegó una carta de mi padre contándome lo que había sucedido. Sin embargo, debido a que el correo estaba interceptado, no incluyó interpretaciones médicas sospechosas. Era peligroso tocar esos temas: el régimen vigilaba cada palabra, y cualquier insinuación podría poner nuestras vidas en peligro:

 26 de enero de 1982

Pablito,

Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Realmente todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados Unidos, fue operado de una hernia de hiato, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y que terminaron por matarlo. A la distancia las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar “murió Frei”, y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde, fue algo así como cuando escuchamos murió Kennedy. Yo no me di cuenta cuan honda era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y de repente que deje de existir, da una sensación de caos y de incredulidad. Creo que todo el país se normalizó y se puso de pie y alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo un “político demagogo”, “ambicioso de poder”, “débil de carácter”, etc. No sé si sincera o hipócritamente decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli tuvieron más difusión. La esposa de Frei, doña María y toda su familia, se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente, que no fuera a la misa. Pero Pinochet sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete a su responso. No había nadie de la familia,  excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el Cardenal Silva Henríquez para que durante el responso los restos no fueran sacados de la urna y llevados al Sagrario, para que no estuviera mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días una cola de personas desfiló frente al ataúd de Frei. A pesar de su calidad de expresidente constitucional la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Pablo, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, te podrás dar una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos.

La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……

Juan

Mi madre también lo anunció brevemente en otra carta:

28 de enero de 1982

Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tú papá más viejo y regañón; escribe.

¿Y con los años qué ocurrió con el amigo de mi padre, el doctor Goic, que encabezó el equipo médico que atendió a Eduardo Frei Montalva? Intentó cubrirlo todo con escritos, con sus libros, y con sus premios, como el Premio Nacional de Medicina que recibió el año 2006. A lo mejor esa fue su alfombra roja, porque  tristemente, todos resultarían salpicados con sangre, y mucha vergüenza y cobardía. Sin embargo la traición de médicos, como Patricio Silva, médico militar, jefe del Departamento Médico del Hospital Militar y que antes había formado parte de su gobierno, resulta sorprendente. Su participación en los eventos que terminaron con la muerte del expresidente, levantó fundadas sospechas debido a su posición y acceso privilegiado.

La noticia de su muerte se difundió con solemnidad, pero lo que ocurrió en las horas posteriores no tuvo nada de ceremonial. Sin conocimiento ni consentimiento de su familia, los doctores Helmar Rosenberg y Javier González Bombardiere, vinculados al Hospital Clínico de la Universidad Católica, procedieron a extraer órganos clave en el mismo cuarto donde había fallecido Eduardo Frei. En un proceso fuera de protocolo, los introdujeron en baldes de plástico para llevárselos al hospital clínico de la Universidad Católica. Se retiraron muestras del hígado, riñones, y sistema linfático. Se manipuló la cavidad abdominal con propósitos que nunca fueron aclarados del todo. La justificación: facilitar exámenes post mortem. Pero no hubo informe completo, ni entrega formal de resultados. El cuerpo fue transformado en evidencia, antes de permitirle ser un símbolo.

Los dos médicos involucrados mencionan al doctor Barahona como el iniciador del proceso a que fue sometido Frei Montalva una vez muerto. Un médico de mucho prestigio pero que para esa fecha estaba muy enfermo, falleciendo a los pocos meses.

  • Declaración judicial de CARMEN VICTORIA BARAHONA SOLAR, secretaria administrativa en el departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Católica, señala que no recuerda comentarios que haya hecho su padre, el doctor ROBERTO BARAHONA, una vez acaecido el deceso del exPresidente FREI, desconoce si ROSENBERG estaba de turno en esa fecha o fue su padre quién se lo encomendó. En ese tiempo su padre era el Jefe del Departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Católica, pero estaba muy enfermo, tanto es así, que falleció a los pocos meses.

En declaraciones al juez, Victoria Barahona declaró que su padre había recibido una llamada del doctor Patricio Rojas pidiendo que un equipo concurriera a la Clínica Santa María. Y que ella siempre oyó hablar de autopsia. El procedimiento fue altamente inusual. Refiriéndose a Patricio Rojas, Carmen Frei menciona: no teníamos como imaginar sus vínculos con los militares, ni el rol siniestro que jugó en esos días. Antes el juez él declaró que ‘efectivamente se hizo un protocolo de autopsia, realizado por un médico del Hospital Clínico de la Universidad Católica. Como no era el médico tratante, no fui yo quien recomendó a la familia que se realizara una autopsia, pero cuando me preguntaron no me opuse. También comenté la necesidad de contar con exámenes tanatológicos para tener la certeza de la causa de su muerte. Tuve conocimiento de que se realizó un embalsamiento, pero desconozco quién lo solicitó, debe haber sido la familia.’ Carmen Frei menciona que eso no fue cierto: En la familia tuvimos conocimiento de la intervención de los médicos de la Universidad Católica, recién veinte años después, durante el proceso judicial. Siendo supuestamente tan cercano a la familia, Patricio Rojas guardó silencio durante todo ese tiempo y hasta el día de hoy nunca ha conversado con nosotros.

Uno de los eslabones más dolorosos para nosotros es el de Patricio Rojas Saavedra, por la cercanía que tuvo en una época con mi padre y con la familia. Él siempre supo lo que le habían hecho los médicos de la UC. Cuando el juez le preguntó si Carmen Barahona estaba presente cuando él llamó a su papá para que un equipo de la UC fuera a la clínica, lo negó abiertamente. En una de sus declaraciones fue aún más lejos: ‘por propia iniciativa, le pedí autorización a la señora María Ruiz-Tagle’.

Esto es sencillamente increíble. ¿Mi mamá iba a dar una autorización tan importante sin preguntar ni comentarlo con nadie, saltándose a la familia y a todos los doctores?

Los antecedentes sobre lo que se hizo con su cuerpo fueron escondidos por más de veinte años. Solo se supo de ellos por una colaboración anónima que precipitó un allanamiento a la clínica de la Universidad Católica, donde se lograron recuperar algunas muestras y documentos relacionados con ese embalsamiento irregular, fuera de todo protocolo:

  • Declaración judicial de don PEDRO SARAVIA SAN MARTIN, técnico fotográfico, quien ratifica su declaración policial de fecha 11 de junio del año 2004, del informe policial N°126 que rola a fojas 1797, la cual se otorgó en los siguientes términos: señala que en el año 1973 ingresó como auxiliar técnico de laboratorio al departamento de Anatomía Patológica del Hospital Clínico de la Universidad Católica, donde colaboró y también participó en algunas autopsias, embalsamientos y todas las técnicas utilizadas en Patología hasta el año 1966, para posteriormente trabajar en el área administrativa.

…Finamente, señala que en los cuarenta y dos años que lleva trabajando en la Católica, nunca ha visto que se haga un embalsamiento en la cama del pensionado en que se encuentra la persona fallecida, por cuanto es muy incómodo y necesariamente al inyectar formalina, se licua la sangre y al remover las vísceras se produce sangramiento, por lo que necesariamente esta debe hacerse en una sala de autopsias o en un quirófano, lo que sería más adecuado

  • Oficio del doctor LUIS IBÁÑEZ, Decano de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile de fecha 4 de marzo de 2014 por el cual se informa al tribunal que indagados los antecedentes respectivos de la época, no hay registros de procedimientos administrativos internos en relación al embalsamamiento del cuerpo de don EDUARDO FREI MONTALVA ni del estudio de los tejidos.

En su libro Carmen Frei menciona: en los diversos careos a propósito de la reunión que se realizó en el Departamento de Anatomía Patológica del Hospital Clínico de la UC, en abril de 1982, o sea tres meses después de su muerte, el doctor Helmar Rosenberg ha dicho que no recuerda quien la había solicitado, pero que en esa oportunidad se reunió con tres médicos  del equipo que había asistido a mi padre. Declaró que ‘concurrieron a esa reunión los doctores Patricio Rojas y Patricio Silva Garín y otro médico cuyo nombre no recuerdo(…)’. En esa reunión, que duró aproximadamente dos horas, se comentaron los hallazgos anatomopatológicos de las muestras estudiadas y las fotografías  macroscópicas.

Rojas dijo al respecto: ‘Del procedimiento de autopsia solo supe sus resultados, porque concurrí a la Universidad Católica con el doctor Alejandro Goic y con otro médico que debe haber sido Patricio Silva Garín. Presumo que el doctor Rosenberg debe haber llamado a uno de estos médicos manifestando que tenía los resultados de la autopsia.

Goic asegura que jamás participó de esa reunión: ‘Desconozco la razón por la cual el señor Patricio Rojas me señala como la persona que pudo haber solicitado la autopsia, lo que no es cierto, y tampoco fui a ninguna reunión al Hospital Clínico de la Universidad Católica, incluso ignoro donde queda. Ni al doctor Rosenberg ni al doctor Gonzalez Bombardiere los conozco’

También el doctor Silva Garín ha negado haber participado en esa reunión: ‘Yo no fui invitado a esa reunión. A Rosenberg solo lo conocía de nombre, nunca lo vi.’ En el careo realizado entre el doctor Rosenberg y el doctor Silva Garín, ambos se mantuvieron en sus dichos, aunque durante el proceso fue quedando acreditado que Silva Garín sí asistió.

En el año 2014 en otro careo, entre Patricio Silva Garín y Patricio Rojas Saavedra, a pesar de que antes había afirmado lo contrario, en esta oportunidad Patricio Rojas cambió su testimonio y declara: ‘Puedo asegurar que el doctor Silva Garín, aquí presente, no estaba presente en esa reunión.’

Carmen Frei agrega un párrafo lapidario:

¿No se da cuenta de que el propio anfitrión, el doctor Rosenberg, dice que Silva Garín sí estuvo presente? ¿Por qué Patricio Rojas Saavedra continua protegiendo al doctor Silva Garín? ¿Por qué sigue actuando como un encubridor?

Para ese supuesto embalsamiento o autopsia, no hubo protocolo judicial, no hubo autorización de la familia. Sólo una decisión respaldada por el silencio institucional. Así fue como llegaron muestras misteriosas a una variedad de laboratorios, como a la Universidad Católica y el Instituto de Salud Pública (ex Instituto Bacteriológico).

  • Declaración judicial de PEDRO ALEJANDRO GONZALEZ FLORES, conductor de transporte público, quien ratifica su declaración policial de fecha 9 de marzo de 2009, del informe policial de la Fuerza de Tareas de Investigaciones Reservadas de la Policía de Investigaciones de Chile, la cual fue otorgada en los siguientes términos: señala que ingresó en el año1981 a trabajar en el Instituto de Salud Pública, ex Bacteriológico, ubicado en calle Maratón, al costado del Estadio Nacional, como auxiliar, siendo destinado a la sección TBC que correspondía a la sigla de Tuberculosis, siendo su jefa la doctora MARIA EUGENIA VALENZUELA. Indica que cierto día, siendo el medio día aproximadamente, se encontró con que habían llegado tres frascos circulares transparentes, cada uno con una cinta adhesiva sobre la tapa, rotuladas con las letras E.F. MONTALVA, envases que eran distintos a los que se usaban en la sección. Recuerda que cuando se percata de esos frascos, estaba todo el personal dentro de la sección. A la pregunta de quién las recibió, no lo puede precisar, pero sí recuerda que estaban en manos de unas tecnólogas médicas, quien les hizo el comentario a todos los que estaban ahí “llegaron las muestras del expresidente FREI”, y luego les señaló textualmente “estas muestras biológicas corresponden a Riñón, Pulmón e Hígado”. Indica que no tiene la claridad si se abrieron los frascos que estaban en manos de la tecnóloga médica. Si recuerda que fue PATRICIA la que los llamó con las muestras en las manos y les hizo el comentario. Le llamó la atención que las muestras biológicas tenían un color distinto a las que le correspondía ver frecuentemente, incluso hizo un comentario alrededor de sus colegas al decir textualmente “al Presidente lo mataron”. Nadie hizo ningún comentario, pero momentos después su jefa lo llamo a la oficina y le dijo “que no anduviera haciendo comentarios como el que había hecho porque podía ser perjudicial”. No le especificó si podía ser perjudicial para él o para la sección. Afirma que el mismo día que se recibieron las pruebas biológicas del expresidente FREI, recuerda haber escuchado en la radio que mantenían encendida todo el día, el deceso del expresidente. Consultado sobre si en aquella fecha él podía distinguir entre muestras biológicas, señala que sí, que efectivamente podía ya que tenía experiencia por las manipulaciones que debía realizar cuando ayudaba a las tecnólogas médicas. Por ejemplo, puede distinguir con claridad una muestra de páncreas, por su contextura porosa, y además tiene un color característico, que no se confunde con otros órganos. Cada órgano, tanto en su contextura como en su color se distingue de los demás. Lo que le llamó la atención en las muestras biológicas del expresidente FREI, fue que tenían un color verduzco obscuro, siendo que eran de órganos distintos, en su caso fue atípico ver este tipo de muestras biológicas. Señala que se fue del Instituto de Salud Pública a los días de ese episodio porque se asustó, retiro que fue voluntario y fue sin dar aviso a nadie, se fue a la ciudad de Angol.
  • Declaración judicial de fecha 5 de mayo de 2009 donde ratifica su declaración policial y además agrega que se encontraba trabajando en la sección esterilización de materiales del Instituto de Salud Pública ex Bacteriológico, aproximadamente al mediodía, cuando fueron llamados por la tecnóloga médico PATRICIA ÁLVAREZ ADRIAZOLA y fue con Patricio Oro. Que recuerda que ella estaba parada cerca de la mampara y a un costado de la cámara de cultivos con tres pocillos trasparentes, con tapas, en sus manos, por lo que se acercaron a ella. Observó que en el interior de esos pocillos habían muestras de tejidos. También pudo apreciar que tenían una cinta adhesiva en su parte superior que tenían las letras “E.F.Montalva”, lo que confirmaba los dichos de PATRICIA. Nos dijo textualmente: “llegaron las muestras del expresidente Frei”. Luego agregó señalando cada uno de los pocillos: “estas muestras biológicas corresponden a riñón, pulmón e hígado”. Agrega que tiene la certeza que era PATRICIA, quien les dijo lo ya señalado y les mostró los pocillos. Ignora quién se los pasó, pero a ella la recuerda bien, incluso tenía la manía de estar siempre quejándose de la vista y decía que iría al oculista, pero nunca lo hacía; además también recuerda de ella que caminaba de una forma extraña y decía que sufría de estrechez. Estaba recién casada, debe haber tenido aproximadamente unos 23 a 24 años de edad, era blanca de cara, pelo oscuro, contextura normal, medía aproximadamente 1,60 cm., y recuerdo que tenía un hijo de aproximadamente un año. Expone que eso lo escucharon también otras dos personas, de las que no puede asegurar nombre, pero que trabajaban ahí, por lo que una vez dicho lo anterior. Ignora qué hizo Patricia con los pocillos, supone que los guardó en la cámara de frío, que era lo que correspondía hacer. Al pasar unos minutos ingresó la doctora MARÍA TERESA VALENZUELA quien les ordenó salir a colación de inmediato. Al regresar de ésta, que debe haber durado aproximadamente tres cuartos de horas, fui a mi sección cuando en ese instante la doctora VALENZUELA dio la orden de retirarse, pues según dijo no había trabajo que hacer. Regularmente salían a las 17:00-18:00 horas, pero ese día se retiraron aproximadamente a las 13:15. Señala que tenía a esa fecha 19 años de edad y que se asustó mucho, más aún que el expresidente había fallecido, no recuerda si ese mismo día o el día anterior, pero estaba la noticia en la radio y la televisión.
  • Declaración de doña ROSARIO DEL CARMEN LEPE LEPE, tecnóloga médico, quien ratifica su declaración policial rendida ante la Fuerza de Tareas de Investigaciones Reservadas de la Policía de Investigaciones de Chile de fecha 18 de marzo del año 2009, rolante a fojas 6908, la cual fue otorgada en los siguientes términos: se tituló de tecnóloga médica en el año 1963 de la Universidad de Chile, y comenzó a trabajar el 15 de noviembre de ese mismo año en el Instituto Bacteriológico, donde trabajó hasta el 31 de diciembre del año 2005.

… consultada sobre si la Dirección del Instituto de Salud Pública tomó conocimiento de la llegada de esas muestras del expresidente FREI, señala que no y menos que en ese momento había un director sin conocimiento técnico. Consultada sobre si en el ISP había personal que estuviese cumpliendo funciones paralelas en los organismos especiales del Gobierno, vale decir, CNI, DINE, DINA u otros, señala que la doctora a cargo, doña MARÍA TERESA VALENZUELA, tenía antecedentes que no eran compatibles con la especialidad y venía de la Fuerza Aérea donde se desempeñó como cardióloga. No era de su agrado el trabajo de laboratorio y en ocasiones fue interrogada por ella, debido a su esposo que fue objeto en una oportunidad del toque  de queda. Agrega que ella jamás se interiorizó profundamente de las labores y técnicas de la sección.

Mientras la familia intentaba organizar el velorio, ya circulaban versiones contradictorias sobre las causas del fallecimiento. La ficha clínica se volvió inaccesible. Los médicos de cabecera fueron desplazados, y algunos incluso excluidos del funeral. El duelo fue interrumpido por la operación científica del olvido.

Años más tarde, ese supuesto embalsamamiento no autorizado sería considerado como uno de los indicios más claros de encubrimiento. Porque embalsamar no fue sólo preservar: fue administrar el cadáver, borrarle los signos visibles del deterioro, impedir que se estudien las huellas químicas que el tiempo puede revelar. Es una forma sofisticada de eliminar evidencia bajo la apariencia del cuidado médico.

La autopsia rotulada como autopsia, tardaría décadas en llegar. Y cuando lo hizo, encontró rastros de talio y gas mostaza, administrados con precisión de laboratorio, a lo largo de semanas. Pero el cuerpo embalsamado ya no hablaba del todo. Las manipulaciones habían sellado la carne, habían intervenido los tejidos, habían adulterado la prueba principal: el cuerpo del presidente.

Cuando el caso Frei parecía hundido en la opacidad de los documentos médicos y el descrédito institucional, Alejandro Madrid decidió abrir una grieta. No era un magistrado mediático, pero tenía una convicción: el cuerpo habla, y es deber de la justicia escuchar incluso lo que se susurra entre tejidos y silencios.

Nombrado en el año 2002 para investigar la muerte del expresidente, el juez Madrid enfrentó un escenario contaminado: fichas alteradas, médicos evasivos, presiones políticas, informes contradictorios. Pero supo que el camino no era el apuro mediático ni la réplica institucional, sino la articulación paciente de evidencias clínicas, testimoniales y contextuales.

A lo largo de la investigación judicial, el ejército, como institución, se mantuvo en un cerrado mutismo ante los requerimientos del juez. Nunca hubo colaboración real con el proceso, ni aporte de información relevante, sino la sistemática negativa a abrir archivos o compartir antecedentes. El silencio institucional fue complementado por acciones concretas de ocultamiento, como la incineración deliberada de documentos y archivos de microfilmación, eliminando rastros que podrían haber sido clave para esclarecer los hechos. Así, la búsqueda de justicia se enfrentó no sólo a la falta de voluntad, sino también a la destrucción material de la memoria oficial:

  • Declaración judicial de MERCEDES DEL CARMEN ROJAS KUSCHEVICH, quien ratifica su declaración policial rendida ante la policía investigaciones de Chile el 4 de julio del año 2014, en la cual declaró lo siguiente: Afirma que entre el año 1999 y 2000, recibió la orden por parte del General JARA HALLAD de incinerar estos archivos de microfilmación, ya que sólo ocupaban espacio. Por tanto dio cumplimiento su instrucción en compañía del Suboficial mayor LUIS ZÚÑIGA CELIS y el Cabo OSVALDO RAMÍREZ LAZCANO, concurriendo hasta las dependencias de la escuela de inteligencia de Nos, donde los quemaron en un horno. Hace presente que no se levantó acta del procedimiento por tratarse de archivos civiles y no militares.

El informe toxicológico de Börgel y Cerda fue su punto de inflexión. Madrid lo trató no como prueba aislada, sino como pieza estructural en un relato de encubrimiento. Cruzó los resultados con la cronología de la hospitalización, la conducta médica, los protocolos omitidos. Notó que las sustancias detectadas no tenían razón terapéutica. Y comprendió que no se trataba de un error médico, sino de una intervención planificada, discreta y letal.

Convocó nuevos peritajes independientes. Entrevistó a enfermeros desplazados. Recompuso la secuencia de tratamientos. Llamó a declarar a expertos en armas químicas. Y cuando el aparato judicial intentó frenar la causa, Madrid persistió en lo que él llamó “la voz del tejido”: el testimonio que sólo puede ofrecer el cuerpo, cuando la verdad ya no tiene garganta.

Su fallo no solo reconoció la administración sistemática de agentes tóxicos, sino que calificó los hechos como homicidio calificado con participación de agentes del Estado. En su sentencia, escribió que “la medicina fue utilizada como herramienta de ocultamiento político”. No era sólo justicia; era restitución histórica.

El juez entendió que la justicia tarda no porque sea lenta, sino porque a veces el silencio ha sido demasiado eficaz. Madrid convirtió los informes científicos en narrativa judicial. Y esa narrativa devolvió al país una verdad incómoda: que en democracia también se puede morir en secreto.

La ciencia contra el silencio

Durante años, el cuerpo embalsamado de Eduardo Frei Montalva -por darle un nombre a ese caótico procedimiento a que fue sometido- fue una incógnita hermética. Las muestras estaban alteradas, la historia clínica incompleta, los registros médicos contradichos. Pero dos doctoras se empeñaron en romper el cerco: Cecilia Cerda médico anatomo patóloga, profesora asociada de Medicina Legal de la Universidad de Chile y Gloria Börgel, médico toxicólogo del Departamento de Medicina Legal de la Universidad de Chile, decidieron someter los restos a un examen que la medicina oficial nunca quiso realizar. La tarea no fue fácil. Buscar en las pocas muestras que lograron conseguir fue importante. En su libro Carmen Frei menciona el notable desempeño de las dos doctoras que llegaron a identificar los mismos tóxicos, MS y talio, trabajando en paralelo, pero de manera independiente, sin saber una lo que hacía la otra, sin compartir información. Solo después tuvieron acceso a la información que se tenía sobre Berríos, “el químico de Pinochet. Esta consistía en algunos libros incautados en el allanamiento a la casa de los padres de este, donde se podían identificar anotaciones y subrayados que, entre otros, mencionaban el MS y talio. En esos años Berríos ya había sido asesinado en Uruguay, pero al menos se lograron incautar algunos libros suyos. 

  • Declaración judicial de LAURA BÖRGEL AGUILERA, quien señala lo siguiente: que al revisar los libros que estaban en el tribunal, oficialmente un libro de bioquímica o clínica, le llamó la atención que habían ciertas marcas o destacados en los libros que mantenía EUGENIO BERRÍOS y con el contexto de la historia médica, se refería al glutatión y para qué servía y otros conceptos. Fabricar mostaza es fácil aunque peligroso. También llama la atención que además el índex Merck tenía cotizaciones de talio a Merck y también se encontraron los estados de cuenta de EUGENIO BERRIOS donde tenía una línea de sobregiro alta. Además en otros libros escritos en italiano, aparecía como fabricar explosivos y cocaína sintética, lo que da una idea de lo que estaba haciendo BERRÍOS. Le llamó la atención, porque esos libros no llegaban a Chile. Afirma demás que, en cuanto las cotizaciones de talio estas decía sulfato de talio a la empresa Merck.

….en el “Índex Merck página 725 a la 726 se encuentran las formas de talio que se podían adquirir en esa época y además en el libro “Fondamenti Di Quimica Organic”, estaban la síntesis de los alquenos y también información sobre glutatión y sobre el DNA o ADN y en “Organic Chemistry”, (del autor Morrison), se encontraban marcadas con letras manuscritas. Coinciden con las páginas de los alquenos, las interferencias de los bromuro, y las reacciones de los aminoácidos y el glutatión. Por lo cual se puede determinar que existía información disponible en estos libros para la elaboración de  MS (mostaza de azufre) y que el talio se podía conseguir fácilmente en el comercio, como raticidas o como muestra analítica.

Carmen Frei en su libro señala que en el allanamiento, además de los libros rayados y marcados de su puño y letra encontraron una carpeta con todo lo que se había publicado hasta entonces sobre la operación y muerte de mi papá.

El desafío era técnico y simbólico. Cerda y Börgel sabían que el embalsamamiento había modificado los tejidos, dificultando cualquier análisis químico posterior. Pero también sabían que los venenos utilizados en contextos políticos dejaban huellas persistentes, aún en matrices deterioradas. Los datos todavía estaban presentes, pero había que buscarlos con paciencia.

Se comenzó con fragmentos de tejidos rescatados en la exhumación del año 2004. Se utilizó espectrometría de masa y cromatografía líquida, técnicas de alta sensibilidad capaces de detectar rastros mínimos. Los laboratorios confirmaron lo que nadie esperaba admitir: presencia de compuestos derivados del talio y del gas mostaza en tejidos linfáticos y hepáticos.

Pero la importancia del hallazgo no fue sólo científica. Fue jurídica, ética, histórica. Porque esos tóxicos no aparecen en tratamientos médicos convencionales. El talio es un veneno lento, utilizado para comprometer funciones neurológicas sin dejar huellas inmediatas. El gas mostaza (MS), por su parte, tiene propiedades vesicantes (capacidad de una sustancia para generar ampollas) y mutagénicas (capacidad de una sustancia para inducir mutaciones genéticas), comúnmente asociadas a armamento químico. Produce efectos devastadores a nivel celular.

Las doctoras, en un estudio riguroso, demostraron que al combinar el talio con MS, se pueden usar bajas concentraciones de estos dos tóxicos sin aminorar sus efectos desbastadores. Con dosis menores, los síntomas se vuelven más complejos y difíciles de identificar, incluso para médicos experimentados.  Las concentraciones más reducidas hacen también más difícil su detección. Lo interesante es que las expertas demostraron de manera contundente, como la presencia del talio inhibe la ruta principal que tiene el organismo para eliminar MS por la orina. Es decir, las expertas no solo lograron medir y detectar MS y talio, pero en una elegante demostración de gran rigor científico mostraron como esos dos tóxicos, usados en combinación y en concentraciones reducidas, se potenciaban para causar los efectos desbastadores esperados.

Los análisis fueron difíciles de realizar. Mostaza sulfúrica (MS) no es posible de detectar directamente porque reacciona con el agua (se hidroliza) y también se transforma en otros químicos o desaparece. Se transforma en otro químico, tras haber causado el daño esperado. Se encontró en concentraciones bajas tiodyglicol y acido glicólico. Tiodyglicol es uno de los principales metabolitos del gas mostaza (bis(2-cloroetil sulfuro). Al encontrar tiodyglicol en una muestra, indirectamente se le asocia a MS. Su presencia puede indicar exposición, pero ese químico también puede derivarse de otras fuentes químicas o industriales. El ácido glicólico, aunque no es un metabolito directo del gas mostaza, puede aparecer como subproducto secundario en procesos de oxidación o degradación de compuestos relacionados. Los detractores pueden entonces sugerir que el ácido glicólico de las muestras puede haber llegado en los productos farmacéuticos, cosméticos y pesticidas, lo que complica su interpretación.

Pero la historia clínica pone todo en perspectiva. El gas mostaza (MS), al ser administrado por vía endovenosa, provoca:

  • Inflamación localizada en tejidos internos, como el mesenterio.
  • Daño al ADN celular, lo que genera necrosis y falla orgánica.
  • Supresión inmunológica, facilitando infecciones oportunistas.
  • Shock séptico, como el que sufrió Frei tras la segunda operación.
  • Evolución clínica inexplicable, incluso para médicos experimentados.

Frei Montalva mostró cada uno de esos síntomas, sobre todo después de la segunda operación, lo que descolocó a los médicos. Unos porque sabían lo que estaban haciendo y otros, aterrorizados, a lo mejor pensaron lo peor pero no se atrevieron a decirlo ni a hacer nada.

Las doctoras Börgel y Cerda tuvieron que defender sus resultados ante el escepticismo institucional. Fueron presionadas, desautorizadas, incluso desacreditadas públicamente. Pero sus informes resistieron las contrapruebas, y fueron incorporados como prueba fundamentalen la investigación judicial. Como señala la doctora Börgel, la ruta que usa el organismo para eliminar el gas mostaza pasa por el glutatión. Se une al glutatión formando el metabolito tiodyglicol que es eliminado por la orina. Pero cuando se administra talio, se termina esa vía de eliminación porque es el talio quien se une al glutatión (el talio tiene mayor afinidad por el glutatión que el MS) y el gas mostaza no se elimina y hace su trabajo destruyendo las células. Con talio la víctima queda deficiente en glutatión. De esa manera el talio potencia los efectos negativos del gas mostaza haciéndolo efectivo en dosis más reducidas.Como consecuencia, se produce un daño en el ADN y se deprime el sistema inmunológico. Esos cambios se traducen en una mayor susceptibilidad a un cuadro infeccioso que produce finalmente la muerte. Carmen Frei menciona como esta complejidad que se produce al usar la combinación de dos tóxicos, fue utilizada por El Mercurio en mayo de 2017, cuando presentó los datos obtenidos por el doctor español, Aurelio Luna, como ‘un vuelco en el caso’ ya que las concentraciones de TDG medidas en sus muestras eran muy bajas. Carmen Frei explica que en total fueron tres los análisis independientes obtenidos basados en las muestras de la primera exhumación. Dos análisis fueron realizados por las doctoras Börgel y Cerda y un tercero, realizado en España por el doctor Aurelio Luna. El análisis de Luna mencionaba que el TDG presente en las muestras se encontraba en concentraciones muy bajas, implicando que prácticamente no hubo gas mostaza en el cuerpo del expresidente. Luna no consideró que cuando se administra el gas mostaza en combinación con talio, como lo explicaron las doctoras Börgel y Cerda, las cantidades de TDG presentes son muy bajas porque se genera muy poco TDG metabólico. El talio prácticamente cancela la eliminación del gas mostaza por la vía natural que genera TDG. No es eliminado por la orina, de manera que queda libre para atacar las células con efectos desbastadores. En este caso la presencia del gas mostaza se debería analizar basado en el daño celular, que es muy característico. En todo caso la sentencia del juez Madrid no estuvo basada solamente en los análisis toxicológicos:

  • Declaración judicial de LAURA BÖRGEL AGUILERA, quien señala lo siguiente: que ratifica sus declaraciones prestadas anteriormente en las cuales describió las metodologías analíticas a la fecha efectuadas y los requerimientos para las conclusiones finales. Que ratifica el informe final entregado en octubre del año 2008. Que la conclusión del informe referido en su parte final se establece la exposición de don EDUARDO MONTALVA a mostaza de azufre y a talio durante los tres últimos meses anteriores a su deceso y dicha exposición se relaciona directamente con la causa de su muerte. Que la exposición a talio se fundamenta en la cuantificación e identificación de esta sustancia en las muestras de cerebro y en las muestras de cabello; y que en las muestras de cabello por sección, se encontraron diferentes concentraciones de este metal, lo cual se interpreta como la exposición a distintas concentraciones en el tiempo. Que esto también se correlaciona con los hallazgos en la anatomía patológica que muestran los depósitos característicos del talio en el cabello, exámenes efectuados por Doctora CERDA y que se compararon con una paciente también expuesta al talio donde se visualizaban similares alteraciones. Por otra parte la exposición a talio se fundamenta con el cuadro clínico presentado por el expresidente de la República don EDUARDO FREI MONTALVA. Cuando la administración es en bajas dosis, el cuadro clínico que se presenta es muy bizarro (no es característico) y no se observan los efectos descritos en todos los libros cuando se administran mediana y altas dosis de talio, que son la alopecia (caída del pelo) y las talalgias (dolor del talón) los cuales son observables entre el día 10 a 20 de la exposición. Que en este caso, la exposición a bajas dosis determinó como parte del cuadro clínico signos y síntomas compatible con una posible obstrucción intestinal; esto está descrito para el talio. Muchos de estos dolores generados se confunden fácilmente con dolores cólicos que son también parte de la historia clínica de una obstrucción intestinal. De no estar en el antecedente de exposición al talio, es muy difícil de hacer el diagnóstico y puede inducir al error de interpretación de este síntoma digestivo clasificándolo como un fenómeno sólo de origen quirúrgico. Esta aparente obstrucción intestinal determinada por el talio está descrita en los libros clásicos de toxicología y en la documentación que se anexó al informe técnico; pero vuelve a reiterar que como fue en dosis bajas, no se observaron los otros elementos que son tan característicos de dicha intoxicación, como son la caída del cabello y los dolores de los talones. Además, en el talio está descrita su neurotoxicidad, que en dosis altas puede llevar a una encefalopatía. También están descritas las arritmias como consecuencia a la exposición a ese metal. Como las dosis de exposición fueron bajas, basadas en las concentraciones encontradas en cerebro y cabellos, sólo se presentaron algunos fenómenos en forma intermitente de encefalopatía que fueron evaluados durante su hospitalización por el doctor GOIC quien sólo en el segundo episodio cercano a la navidad plantea al final de este, la duda si todo lo observado es metabólico o la existencia de un tóxico asociado.

Afirma que con respecto al fundamento de la exposición a mostaza, ellos se basan en las determinaciones analíticas por cromatografía gaseosa con detector de FPD (detector específico para grupos que contienen azufre) en que se detectaron y cuantificaron compuestos relacionados con metabolitos de mostaza en distintas muestras procedentes de la exhumación y, en las muestras de EPON (encontradas en la Universidad Católica). Señala que por otra parte, en cromatografía gaseosa acoplada a masa, se detectaron compuestos derivados de etileno y compuestos determinados por la oxidación de la guanina (aductos o alteraciones del ADN). Importante es señalar también, que a nivel internacional se consideran de gran importancia la identificación de aductos, como el elemento más característico de la exposición a mostaza de azufre dado que esto determina que efectivamente la persona estuvo expuesta a una sustancia y que se generaron todas las alteraciones celulares como el daño del DNA (o ADN). Que cuando se altera el ADN las principales alteraciones se producen en las células que tienen mayor velocidad de recambio, siendo los linfocitos los más sensibles y el epitelio intestinal. Así, estas alteraciones del DNA (aductos) encontrados por cromatografía gaseosa acoplada a espectroscopía de masa en las muestras de cerebro, pulmón y pared toráxica, permiten establecer la exposición a esta sustancia química (mostaza de azufre) y los efectos observados en la baja de los linfocitos que se observó en los hemogramas durante la segunda hospitalización. Además explica las alteraciones del intestino observado durante las distintas intervenciones quirúrgicas al cual fue sometido en la segunda hospitalización. Expone que por otra parte, los estudios efectuados en Estados Unidos en julio del año 2007, se concluyó que existían áreas sospechosas del uso de mostaza de azufre o de alguna sustancia capaz de alterar el ADN, esto se fundamentó en los estudios que se efectuaron en esa oportunidad en el laboratorio del US Army con el doctor CENTENO y posteriormente con la revisión de los documentos publicados por el Doctor ROBIN BLACK, el cual había trabajado con muestras in – vitro a las cuales exponía a distintas concentraciones de mostaza de azufre, para observar las distintas alteraciones que se observaban por Raman en estas células. Al comparar los resultados del estudio del doctor ROBIN BLACK, con los espectros que le correspondió trabajar en Raman en Estados Unidos, se excluye de que existen efectos a nivel de las células del cerebro del expresidente  MONTALVA, compatibles con la exposición a dosis altas y dosis bajas. Que es por esta razón, se puede concluir que no existió una sola exposición sino que a lo menos tres exposiciones a esta sustancia durante los últimos tres meses. Afirma que desde el punto de vista clínico se fundamenta la exposición a MS, en las alteraciones del hemograma que presentan algunas etapas, bajas en los leucocitos con aumento de eosinófilos (distintos tipo de glóbulos blancos) y con constante baja de los linfocitos. Los linfocitos bajos o linfopenia es un reflejo de una alteración de la inmunidad celular y que como se describió anteriormente, se traduce en alteraciones a nivel del DNA de las células, teniendo la mayor repercusión en este tipo de glóbulos blancos. Que se observa también un aumento de eosinófilos, los cuales están descritos en las diversas publicaciones que son parte de los efectos de la exposición a mostaza de azufre. Y que el otro fundamento clínico de exposición son los episodios de encefalopatía, que se precisan en el documento llamado “línea de tiempo del cuadro clínico”, lo cual se relaciona con la lipoperoxidación o formación de radicales libres por las mostaza de azufre a nivel de las células del sistema nervioso central, situación observada en los estudios experimentales en animales que se adjuntan al informe técnico. Todas estas alteraciones relacionadas con el sistema inmunitario se traducen clínicamente en la escasa capacidad de defenderse de los gérmenes oportunistas, y se traducen en un cuadro clínico de sepsis que es lo que se observó como el elemento más manifiesto de su cuadro clínico. Indica que al usar simultáneamente talio y mostaza, se establece la generación de un efecto de potenciación, lo cual permite utilizar dosis bajas tanto de talio como de mostaza, pero muy bien calculadas de tal modo de obtener el resultado de muerte sin haber usado necesariamente las dosis letales por separado. Esto se explica en detalle en el capítulo donde se muestran las ecuaciones y las formas que fundamentan este sinergismo o potenciación entre dos sustancias químicas al ser usadas en conjunto. De esto también se desprende que para haber observado ya en el ingreso de la segunda hospitalización, las alteraciones del hemograma y los elementos clínicos de obstrucción intestinal, estas sustancias químicas, talio mostaza, deben haberse administrado aproximadamente alrededor de 15 días previos a este ingreso lo cual se relaciona con la primera intervención quirúrgica. Además es importante señalar que cuando se administró en animales de experimentación la mostaza de azufre por vía endovenosa, los animales presentaron alteraciones intestinales compatibles con lesiones similares a abscesos, que son el resultado del efecto directo del daño de la mostaza en el intestino producto de la recirculación entero hepática y excreción biliar de la mostaza a nivel intestinal y que estas lesiones generalmente se ubicaron a nivel de la sección del íleon (parte del intestino delgado) y que se relaciona con la lesiones descritas por el equipo quirúrgico que lo intervino en el mes de diciembre del año 1981. Indica que por otra parte las manifestaciones de “obstrucción intestinal” del talio se presentan como parte del cuadro clínico, a partir del día 7 a 10 de una administración por vía oral, que es lo más frecuente en los distintos casos clínicos descritos en la literatura, pero un caso que le correspondió a la compareciente como tratante en la década de los 80, en la persona que se le inyectó por vía endovenosa y las manifestaciones de dolor abdominal, vómitos y diarreas se presentaron en los mismos periodos que para la administración por vía digestiva, esto ocurrió en el Hospital Militar. Señala también que es importante indicar que los años 80 le correspondió ver numerosas intoxicaciones en distintos hospitales, tanto en niños como adultos, públicos y privados, por encontrarse el talio de libre venta en nuestro país hasta el año 1985 en que es prohibido su uso por el servicio agrícola ganadero. Este producto tenía indicación de uso como raticidas. Expone que la relación clínica de la primera exposición se fundamenta en lo expuesto precedentemente y además en los resultados analíticos de las distintas secciones del pelo, en que mientras se encontró una concentración mayor de talio la concentración de derivado de mostaza era menor y viceversa, esto también habla del carácter vital de la exposición a estas dos sustancias y no de un contaminante externo, puesto que el cabello continuaba su crecimiento. Señala que procede a responder lo relacionado con el grupo TIOL (SH) del glutatión: la mostaza necesita metabolizarse con el glutatión para posteriormente eliminarse, principalmente por vía urinaria y desaparecer sus metabolitos (tiodyglicol el más importante) en un periodo de seis días por esta vía. Que esta vía es una vía segura y de un buen pronóstico, la molécula se elimina soluble en agua (orina) y es el mecanismo de mejor defensa del organismo frente a una exposición a este tipo de sustancias. Por el contrario si la persona es deficiente del glutatión o si se interfiere con algún tipo de sustancia química al glutatión, el organismo no puede eliminar en forma natural por la orina y desplaza toda su transformación a una serie de derivado de mostaza como sales sulfónicas, ion sulfónico y sulfóxido; al ion sulfónico se le atribuye la responsabilidad de generar los aductos de ADN (alteración de la guanina) propio de la mostaza de azufre. En resumen, el uso del talio determinó una interferencia metabólica en la vía del glutatión, determinando que la MS (mostaza de azufre) se desplazara a la vía de metabolitos más críticos y de mal pronóstico, con las consecuencias del daño del ADN, daño tisular y efectos en el sistema inmunitario que se tradujeron en la mayor susceptibilidad al cuadro infeccioso que produjo su muerte. Afirma que esto se refleja en el cuadro de la página 182, en la página 187 donde están los aductos de guanina y en la página 242 del informe donde consta el mecanismo de acción de la mostaza con talio y sin talio. La otra línea interesante se encuentra en la página 145 de los efectos de potenciación de ambas sustancias, en la página 147 se muestran las concentraciones en el tiempo en las secciones de cabello de talio y de MS y en la página 257 donde está el de cloruro de azufre y el etileno. Señala que en la página 257, se ven las distintas fórmulas para la obtención del MS, siendo la más fácil ruta la reacción del di cloruro de azufre con el etileno. El di cloruro se puede obtener a partir del azufre con hipoclorito y el etileno por la línea de los alquenos. Esta información se verificó en los libros (libros de Berríos) y otros documentos que están en custodia en el tribunal y que fueron revisados con la autorización (eso pudo haberloejecutado Eugenio Berríos, el químico de Pinochet) de éste: en el “Index Merck página 725 a la 726 se encuentran las formas de talio que se podían adquirir en esa época y además en el libro “Fondamenti Di Quimica Organic”, estaban  la síntesis de los alquenos y también información sobre glutatión y sobre el DNA o ADN y en “Organic Chemistry”, (de Morrison), se encontraban marcadas con letras manuscritas y coinciden con las páginas de los alquenos, las interferencias de los bromuro y las reacciones de los aminoácidos con el glutatión, por lo cual se puede determinar que existía información disponible en estos libros para la elaboración de la MS y el talio se podía conseguir fácilmente en el comercio, como raticidas o como muestra analítica.

  • Declaración judicial de CARMEN CERDA AGUILAR, médico cirujano especialista en anatomía patológica y en medicina legal, quien señala lo siguiente: que ratifica el informe final que hizo llegar al tribunal el 4 de noviembre del presente año. Señala que a partir del estudio de la ficha clínica de don EDUARDO FREI MONTALVA surgieron concretamente tres posibilidades de causa de muerte; La primera de ellas, ser una posible negligencia médica, la segunda era una complicación infecciosa derivada de la cirugía, y la tercera era la intoxicación, la cual podría haberse originado en los fármacos que se estaban administrando, o bien en otro tipo de sustancias. Indica que éstas fueron las hipótesis que se plantearon y que trataron de confirmar o descartar. Afirma que una revisión exhaustiva de la ficha médica demostró que en varios momentos los médicos tratantes expresaron que se encontraban ante un cuadro desconocido, lo que les reafirmó que podría tratarse de una intoxicación. Paralelamente, las búsquedas de sustancias tóxicas arrojaron productos que no estaban relacionados con los medicamentos que según la ficha se le habían administrado. Se pusieron a investigar entonces en qué momento se podía haber producido una exposición a dichas sustancias y qué tipo de exposición podría haber sido: accidental o voluntaria. Expone que para poder llegar a una conclusión exploraron de dónde podían prevenir las moléculas que encontraron, pues generalmente lo que se encuentran en el organismo son aductos, es decir sustancias que el organismo ya ha procesado. Comparar los resultados de las muestras de tejidos del señor FREI, tanto las de exhumación, las incluidas en EPON (descubiertas años después en la Universidad Católica), con tejidos de vivos o fallecidos que hubieran sido conservados en formalina, que era la sustancia conocida a la que había sido expuesto el cadáver, pudiendo descartarla totalmente de sus resultados. El talio se absorbe y se deposita en los tejidos como tal, y no se utiliza como medicamento ni como preservante, ni se encontraba en el terreno donde estaba la sepultura. Que puntualmente en los cabellos extraídos durante la exhumación, se observaron distorsiones de la arquitectura que sólo son posibles de ocurrir en un sujeto vivo. La otra sustancia cuyos metabolitos encontraron, correspondía a un derivado del gas mostaza. Que llamaba la atención que fuera un tipo de derivado que habitualmente se produce en muy pequeña cantidad, siendo principalmente eliminado como otro compuesto. El uso conjunto de gas mostaza con talio en una preparación de glóbulos rojos frescos, permitió aclarar que cuando se administran estas dos sustancias juntas, el producto metabólico que se obtiene del gas mostaza es el que habitualmente es el más difícil de obtener e identificar, por lo tanto aplicando ecuaciones químicas, fue posible determinar que con dosis muy bajas pero repetidas de ambas sustancias, era posible obtener un resultado letal, con síntomas y signos poco específicos y con resultados difícil de rastrear, aún en la actualidad. Afirma que siendo tanto la doctora BÖRGEL, como la compareciente becadas en medicina legal en la época de los hechos, saben que no existía en el país métodos ni elementos para diagnosticar este tipo de intoxicación. Expone que su trabajo siempre consistió en plantearse todas las causas posibles en forma autocrítica, e ir descartando, ojalá por varios métodos. También consideraron el respaldar cada una de las pruebas que se realizaron, tanto con material bibliográfico como con reconfirmaciones y pruebas cruzadas. Indica que en su trabajo también utilizó la metodología del doble ciego, en el sentido de que en muchos momentos una no sabía lo que buscaba la otra, y al final los resultados se complementaban. Consultada sobre cómo se fueron descartando las diferentes hipótesis responde: que la hipótesis de negligencia médica se descartó dado que tanto el cuadro clínico como los hallazgos histológicos presentaban elementos que excedían lo que se pudiera encontrar en una posible negligencia médica, cualesquiera éstos; en primer lugar un problema con la técnica quirúrgica utilizada la primera operación. Con respecto a esto llamaba la atención que síntomas y signos en el paciente, como alteración del ritmo cardíaco, presencia de exceso de eosinófilos o trastornos de conciencia e incluso un examen de biopsia de intestino que le tomaron en la época, en que también se encontraron muchos eosinófilos (tipo de glóbulos blancos encontrados principalmente los cuadros alérgicos y parasitarios). Que esto no correspondía a una infección derivada de una mala técnica quirúrgica. Que uno de los cirujanos al explorar el abdomen, señala la ficha, que se encontró con un tipo de inflamación que nunca había visto, siendo él un profesional de experiencia. También se descartó una negligencia en cuanto a la administración de fármacos por cuanto dos de ellos estaban indicados para el cuadro patológico que presentaba el paciente, y las dosis eran habituales. Indica que la tesis de la infección se descartó, al menos como causa originaria porque el paciente se comportó como si tuviera una inmunosupresión, siendo invadido por una serie de microorganismos oportunistas o por gérmenes de muy baja infectividad. Dado que se trataba de una persona previamente sana, es extraordinariamente infrecuente la adquisición de infecciones con resultados tan graves, pues el organismo con su propio mecanismo de defensa basta para eliminarlos. Que por su experiencia en un hospital donde se realizan muchos trasplantes renales, solamente los enfermos tratados con inmunosupresión para tolerar dichos trasplantes, o más bien recientemente pacientes portadores de VIH sida, adquieren ese tipo de infecciones. Afirma que las hipótesis toxicológicas en cambio adquirieron relevancia, porque tenían una evidencia de laboratorio tanto en el área toxicológica como en el área histológica. Por otra parte el estudio del talio y del gas mostaza como hechos recientemente por hospitales militares con alta tecnología, permiten explicar la totalidad de los síntomas y signos que presentó don EDUARDO FREI MONTALVA y que parecen registrados es su ficha clínica. Consultada sobre lo que señaló en su informe en el número 3 letra a del mismo, donde se señalan antecedentes clínicos del señor FREI MONTALVA .Con respecto a lo que se le consulta, que la ficha clínica se habría observado un cuadro de compromiso encefálico que se interpretó como secundario a trastornos metabólicos, señala lo siguiente: que la encefalopatía tóxico metabólica designa un cuadro de compromiso de conciencia que puede tener distintas causas. Las causa metabólicas, habitualmente son de alteraciones de la glicemia, en aumento o disminución, trastornos en el aporte de oxígeno, o de electrolitos como el cloro, como el sodio o como el potasio. Las infecciones generalizadas (sepsis) también pueden provocarlo, sobre todo si hay grandes cantidades de gérmenes productores de toxinas (como el clostridium o el estafilococo dorado) en el organismo. Además existen muchas sustancias tóxicas que pueden producir encefalopatía. Por las descripciones de la literatura especializada, los efectos en el organismo por talio, producen encefalopatía. En la ficha clínica no se observaron alteraciones del oxígeno, de la glucosa ni de los electrolitos que pudieran explicar los síntomas encefálicos. En este caso, en su tiempo fue aceptado por los médicos tratantes, posiblemente porque la hipótesis de una sustancia tóxica no estaba dentro de su manejo habitual del paciente. Hace presente que desde hace 20 o más años no existe la cátedra de toxicología en las escuela de medicina, por lo que la gran mayoría de los médicos no tienen manejo alguno respecto de las intoxicaciones. Posiblemente conozcan elementos acerca del manejo de insecticida o pesticidas debido a que existe una ley y se deba hacer alguna denuncia obligatoria, acerca de droga de abuso y acerca de intoxicaciones en niños con medicamentos o productos de uso doméstico. Aun así, de haber tenido los conocimientos habría sido difícil imaginar un resultado como el que obtuvieron, e imposible de probar en aquella época. Señala que actualmente la toxicología ha hecho extraordinarios avances, pudiéndose identificar sustancias en muestras muy pequeñas, alteradas por condiciones ambientales o mezcladas con otras sustancias. Consultada sobre la ficha clínica en la cual se planteó la posibilidad elementos tóxicos, por la evolución del paciente, pero no aparece en ella la solicitud de exámenes complementarios para descartar esa causa. Responde lo siguiente: que concretamente hay dos anotaciones en la ficha clínica; una corresponde a un cirujano que no recuerda el nombre, que señala que el cuadro inflamatorio del abdomen es excesivo y escapa al comportamiento habitual para los casos que él conocía. Y el otro fue un comentario del doctor GOIC, al hacer un examen neurológico y al encontrar signos distintos a los habituales, planteando concretamente la posibilidad de una sustancia tóxica. Consultada sobre el hecho que las sustancias empleadas en los procedimientos conservatorios de cadáveres a la fecha en que ocurrieron los hechos existía un consenso en la comunidad científica que dicho procedimiento no debían ser utilizados frente a una sospecha de intoxicación, señala: que efectivamente eso era así, se enseñaba en todas las universidades que cuando existía alguna sospecha de envenenamiento debía guardarse restos o partes de órganos en preservantes, para efectuar los exámenes toxicológicos correspondientes, porque el uso de tales sustancias podía alterar o falsear los exámenes. Actualmente todavía se enseña de esa manera, haciendo la salvedad que los procedimientos toxicológicos actuales permiten individualizar sustancias, pero haciendo más largos y laboriosos los procedimientos.

Con estos antecedentes parece imperativo postular que Patricio Yáñez, paciente de la clínica Santa María fallecido el 26 de enero de 1982, cuatro días después del expresidente, pudo ser contaminado con los mismos tóxicos; pero no por una casualidad, sino que fue escogido y usado para compararlo y aprender cómo utilizar los dos venenos en Eduardo Frei. Pablo Araya pudo jugar un papel fundamental como “conejillo de india” para optimizar o confirmar las dosis y ubicar las cantidades optimas de talio y MS a utilizar en Frei Montalva. Habría sido importante analizar -a lo mejor todavía se podría hacer- el cadaver de Pablo Yáñez bajo una rigurosa autopsia, y de rebote entender lo sucedido con Eduardo Frei. Creo que la poca curiosidad de los médicos, en particular del doctor Goic, no ayudó a solucionar el caso. Mostraron que no estuvieron a la altura de las circunstancias porque nada se hizo. Una autopsia legal a Eduardo Frei y siguiendo un protocolo estándar habría sido muy valiosa; debió implementarse como una prioridad. Goic no sintió la necesidad de hacerlo. A lo mejor se asustó, y más atemorizado de lo que ya estaba, no pudo continuar, no supo cómo hacerlo. Fue mejor pasar hacia la página siguiente, aunque la anterior no estuviese completamente escrita. ¿Qué supo mi padre de todo esto? ¿Lo conversaron los dos juntos sentados en la sala de estar de nuestra casa?

  • Declaración judicial de LAURA CECILIA BÖRGEL DE AGUILERA. Le mencionó al juez que al usar dosis menores de talio y MS el individuo que la manipula también tiene menor riesgo. Señaló que una persona que hace una obstrucción intestinal hace un cuadro de candidiasis baja, pero puede salir adelante. La candidiasis es una infección causada por hongos del género Candida, siendo Candida albicans el más común. Estos hongos suelen vivir en pequeñas cantidades en diversas partes del cuerpo, como la boca, la piel, el tracto gastrointestinal y la zona genital, sin causar problemas en personas con un sistema inmunológico saludable. Sin embargo, cuando las defensas del organismo bajan o hay un desequilibrio en la flora normal, la Candida puede multiplicarse y provocar infecciones que varían en gravedad, desde molestias leves hasta cuadros más severos, especialmente en personas con inmunosupresión. Tuvo también una baciloscopia directa positiva. Ese es un resultado de laboratorio que indica la presencia de bacilos, generalmente del género Mycobacterium, observados directamente en una muestra, habitualmente mediante tinciones especiales bajo el microscopio. Cuando el resultado es positivo, significa que hay suficientes bacterias en la muestra para ser vistas de forma directa, lo que sugiere una infección activa y potencialmente transmisible. Esto suele estar asociado a un sistema inmunológico comprometido, ya que en condiciones normales, la persona no desarrollaría una carga bacteriana tan elevada como para ser detectada tan fácilmente. Agregó que por mucho que hubiese sido un cuadro séptico nunca hubiera crecido tanto como para tener ese tipo de respuesta, para que haya dado baciloscopia directa positiva es porque su inmunidad no servía para nada, ese fue el cuestionamiento, por qué tanta infección oportunista en un momento dado y por qué esos linfocitos extremadamente bajos y estos cuadros oscilantes que no guardaban relación con nada.

Tras la segunda intervención quirúrgica del 6 de diciembre de 1981, Frei Montalva presentó un cuadro de shock séptico, fiebre persistente, descompensación hemodinámica, y una infección abdominal grave que no respondía a los tratamientos convencionales. Médicos como Sergio Valdés y Alejandro Goic diagnosticaron una posible contaminación en la cavidad abdominal, mientras otros especialistas observaron una mesenteritis hipertrófica localizada, una inflamación que no parecía de origen bacteriano.

Este tipo de lesión, según el cirujano Augusto Larraín, solo podía explicarse por la exposición a un agente químico o tóxico, lo que coincide con los efectos del gas mostaza, es decir, daño celular, necrosis tisular y alteración del ADN.

Un político de extrema derecha, como Roberto Thieme, declaró frente al juez Madrid que Eduardo Frei había sido asesinado. Incluso mencionó que en general Contreras se lo había contado:

  • Declaración jurada de WALTER ROBERT THIEME SCHIERSAND, industrial mueblista, quien ratifica su declaración policial de fecha 9 de mayo     de 2005, según informe policial N°108 anexo 304 de O.C.N Interpol, la cual se llevó a cabo en los siguientes términos: Indica que en los años 70, siendo el gerente general de una fábrica de muebles, decidió que no estaba dispuesto a vivir en un régimen socialista marxista e inició negocios del mismo rubro en Buenos Aires, y ante un discurso de año 1971 del abogado PABLO RODRÍGUEZ GREZ mediante el cual fundaba el frente nacionalista Patria y Libertad, fue que se puso a disposición para colaborar en el movimiento, para en los meses siguientes dejar sus actividades económicas y dedicarse por completo a su causa, siendo nombrado secretario general de Patria y Libertad. Así en marzo del año 1972 a raíz de una querella del gobierno contra el movimiento Patria y Libertad, fue detenido y encarcelado junto al jefe nacional PABLO RODRÍGUEZ GREZ entro otros los que se encontraba EUGENIO BERRIOS, todos obteniendo su libertad por falta de méritos, adquiriendo el movimiento una nueva sede en calle Rafael Cañas, quedando la juventud Patria y Libertad en calle Irene Morales, no sabiendo más sobre EUGENIO BERRIOS. Afirma que en cuanto a la muerte del expresidente FREI MONTALVA, en la que se relaciona a EUGENIO BERRIOS, bajo el prisma del análisis histórico, su conclusión es que se trató de un complot del más alto nivel, ejecutado por la Dirección de Inteligencia del Ejército de la época. Indica que con el movimiento nacionalista popular, mantenían estrechos contactos con la Democracia Cristiana, el líder sindicalista TUCAPEL JIMÉNEZ, el General en retiro de la Fuerza Aérea GUSTAVO LEIGH, el General en retiro MANUEL CONTRERAS el dirigente de camioneros JULIO LAGOS COSGROVE, el líder sindical MANUEL BUSTOS y los dirigentes de los agricultores del sur, DOMINGO DURÁN y CARLOS POEDLECH, todos actuando sincronizadamente para producir un paro nacional que desestabilizara el Gobierno del General PINOCHET y como consecuencia las Fuerzas Armadas nombrarían a un nuevo General Gobernante, que en un breve período llamaría a elecciones democráticas y terminara con la participación de los militares en la política nacional. Expone que su tesis de que el expresidente FREI MONTALVA, fue víctima de un complot se sustenta en que don EDUARDO FREI MONTALVA era el más respetado y capaz de los estadistas que podían encabezar la conducción del país, logrando la mayor unidad nacional posible, en vista de ello como ha quedado demostrado, el General Pinochet, no tuvo impedimentos para usar todos los medios a su alcance y proyectarse en el poder por muchos años más, como de hecho sucedió. Señala que a fines del mes de febrero del año 1982, cuando el DINE asesinó a TUCAPEL JIMÉNEZ, el propio General LEIGH le informó que se había tratado de una operación comando, realizada por dicho servicio de inteligencia del Ejército, por lo que a raíz de ello emitió una declaración pública, en nombre del nacionalismo popular, lamentando dicho crimen y señalando que efectivamente se había tratado de una operación de inteligencia, la que fue publicada en el diario “La Tercera” de la época, dentro del análisis efectuado entonces por LEIGH y otros centros de poder militar ya se afirmaba que lo el expresidente FREI MONTALVA también había sido producto de un complot de los altos mandos del Ejército de la época. Finalmente indica que debido a que la correlación de fuerzas cívico militares eran favorables al General PINOCHET, renunció al movimiento nacionalista popular e inició un exilio voluntario, volviendo a Chile en el año 1994. En declaración judicial de fecha 11 de mayo de 2005, ratifica su declaración policial y además agrega, que recuerda que después del asesinato de TUCAPEL JIMÉNEZ, mantuvo reuniones con CONTRERAS, con LEIGHT, con RUIZ y con JULIO TAPIA, donde comenzó a analizarse desde una perspectiva de trabajo de inteligencia la muerte del expresidente FREI MONTALVA, la que al principio les había parecido un hecho lamentable debido a causas naturales, pero al acontecer el crimen de TUCAPEL JIMÉNEZ, se visualizó este hecho dentro de un contexto más amplio y el General CONTRERAS proporcionó información de sus fuentes dentro del ejército, que permitían suponer que el deceso del ex mandatario se había debido a un complot implementado por el DINE al igual que el asesinato del dirigente sindical. Afirma que CONTRERAS manifestó esto y que nunca mencionó sus fuentes, pero sí demostraba una certeza absoluta de que este hecho había sido provocado deliberadamente, lo que lo motivó como Secretario General del Movimiento Nacionalista Popular a hacer una declaración pública que salió publicada en el diario La Tercera de la época en que manifestaban su repudio por un crimen tan alevoso en contra del señor JIMÉNEZ, señalando su apreciación de que se trataba de una operación comando de inteligencia y no de un hecho policial, como se prendió aparentar en ese tiempo.

Fue así como el juez Madrid, en un fallo histórico encontró culpables del delito de homicidio a los doctores Patricio Silva Garín, y Pedro Samuel Valdivia Soto, que participaron en la segunda y posteriores cirugías del exmandatario. A Helmar Egon Rosenberg Gómez y Sergio Javier Gonzalez Bombardiere que participaron en una supuesta autopsia, fuera de protocolo, sin autorización de la familia, culpables por encubrimiento del delito de homicidio. ARaúl Diego Lillo Gutiérrez miembro de la CNI y a Luis Alberto Becerra Arancibia exchofer de Eduardo Frei, contratado como informante por Diego Lillo, el juez los encontró culpables como coautores del delito de homicidio.

El caso, con sus aristas científicas y políticas, se fue transformando en un drama nacional donde la medicina, la química y la historia se entrelazaron en una búsqueda interminable de certezas. Cada informe, cada testimonio, sumaba nuevas capas de complejidad, obligando a la sociedad a mirar de frente la posibilidad de un crimen minuciosamente planeado bajo una fachada de causas naturales. Pero también exponía la fragilidad de los sistemas forenses y la falta de herramientas disponibles en la época para desenmarañar envenenamientos sofisticados.

En la opinión pública, el nombre de Frei Montalva dejó de pertenecer solo al pasado y se convirtió en una pregunta viva: ¿Puede la verdad resistir el paso del tiempo, entre laboratorios y tribunales? Los peritajes cruzados, los debates sobre metodología y las contradicciones entre expertos nacionales e internacionales alimentaron un clima de sospecha y polarización, donde la confianza en las instituciones se resquebrajaba con cada nueva revelación. Así, la discusión se trasladó de los pasillos del hospital y los laboratorios a los de la justicia y los medios, dibujando un escenario donde la ciencia y el derecho parecían hablar idiomas diferentes.

La justicia frente al veneno

Cuando la Corte Suprema emitió su fallo final, el informe toxicológico que había sacudido conciencias fue tratado no como prueba concluyente, sino como hipótesis insuficientemente validada. El tribunal sostuvo que no existían antecedentes que permitieran probar el homicidio ni maniobras para ocultar un envenenamiento. En el contexto de estas tensiones, la investigación judicial avanzó recogiendo testimonios, informes médicos y peritajes toxicológicos, todos atravesados por la duda y la controversia. Se revisaron expedientes, se confrontaron versiones, y la opinión pública se dividió entre quienes veían en la muerte de Frei Montalva un hecho natural producto de complicaciones clínicas, y quienes sospechaban una intervención deliberada. A lo largo del proceso, surgieron nuevas hipótesis, peritos defendieron sus hallazgos y otros los refutaron, mientras familiares y actores políticos exigían respuestas y transparencia.

En medio de este escenario, la Corte Suprema se enfocó en analizar no solo los hechos médicos, sino también el contexto político y los posibles móviles detrás del asesinato del expresidente. Las voces de la época, cargadas de interpretaciones y sospechas, se entrecruzaron con el rigor de la evidencia científica, llevando el caso a un punto donde la certeza parecía inalcanzable, y cada nuevo dato abría una puerta a más incertidumbre.

Lo que para muchos fue una prueba de magnicidio, para la Corte Suprema fue un testimonio técnico sin respaldo suficiente. El informe pasó de ser eje de la acusación a pieza cuestionada, incapaz de sostener el peso de una condena.

Argumentos centrales del fallo de la Corte Suprema

Validación internacional ausente: Los estudios realizados en laboratorios de Estados Unidos, Canadá y España, no lograron replicar completamente los resultados del laboratorio Servitox de la doctora Börgel. En los análisis toxicológicos de las doctoras Börgel y Cerda, se abrió una línea de investigación sobre la interacción entre el talio y el gas mostaza: cuando ambos se emplean de manera conjunta, el talio potencia el efecto tóxico y permite usar dosis menores de gas mostaza, reduciendo la cantidad necesaria para provocar daño letal. Esta sinergia complica la identificación de los agentes, ya que habitualmente se buscan los metabolitos clásicos del gas mostaza como prueba, pero en presencia de talio el metabolismo y la eliminación se alteran, haciendo que los rastros convencionales resulten insuficientes o directamente ausentes. Por ello, los procedimientos de detección deben considerar rutas bioquímicas alternativas y no limitarse a los marcadores más frecuentes, pues las evidencias pueden desvanecerse entre los pliegues de una intoxicación doblemente sofisticada.

Metodología cuestionada: La Corte señaló deficiencias en los métodos analíticos utilizados por la doctora Börgel, especialmente en la detección de thiodiglycol como metabolito del gas mostaza. A pesar de los intentos por esclarecer el panorama, cada nuevo antecedente se encontraba con muros de escepticismo y contradicción. El expediente judicial se volvió un laberinto de peritajes y declaraciones cruzadas, donde los informes toxicológicos carecían de consenso internacional y la interpretación de los hechos clínicos iba y venía entre la sospecha y la explicación racional. De este modo, la investigación fue acumulando más preguntas que respuestas, haciendo que la desconfianza en las conclusiones periciales se sumara a la ya compleja red de intereses políticos y familiares. Mientras tanto, el proceso judicial revelaba la dificultad de armonizar los tiempos de la ciencia con los de la justicia. La evidencia, lejos de cerrar el caso, lo abría a nuevas posibilidades, y el relato de los hechos médicos era permanentemente reescrito por el testimonio de expertos y testigos. Así, la búsqueda de verdad se transformó en un terreno movedizo, donde cada certeza parecía desvanecerse ante la menor duda razonable.

Silencio técnico: La perito no respondió a las consultas enviadas por la Comisión Toxicológica, lo que debilitó aún más la credibilidad de sus hallazgos. Probablemente las toxicólogas Börgel y Cerda se cansaron de lidiar y decidieron no participar de ese debate público que no conocían, que les era ajeno. En ese crisol de sospechas, declaraciones y peritajes contradictorios, el país se polarizó. Mientras algunos sectores exigían esclarecer la verdad a toda costa, otros defendían la versión oficial y la honorabilidad de las instituciones involucradas. El caso Frei Montalva se transformó en un símbolo: una herida abierta en el tejido nacional, donde la desconfianza en las respuestas del Estado se mezclaba con el miedo a remover fantasmas del pasado. La prensa jugó un papel central, alternando entre la denuncia y el escepticismo, amplificando el eco de cada nueva revelación o desmentido. La compleja madeja de intereses, dudas y certezas parciales se extendió durante años en los tribunales y en la esfera pública. Los expedientes judiciales crecieron en volumen pero no en claridad, y el relato oficial nunca logró aplacar del todo la sospecha social. Las familias, la ciudadanía y el círculo político quedaron suspendidos en esa zona gris donde la historia y la justicia no logran coincidir plenamente.

Estado de la ciencia en 1982: El fallo argumentó que en la época de los hechos no existía evidencia científica que demostrara el efecto combinado de talio y gas mostaza, por lo que no se podía sostener que se administraron con conocimiento de su potencial letal. Es interesante comprobar como no se disputó la ciencia, o la validez bioquímica que explicaba el proceso del envenenamiento. No se dijo que la ciencia estuviera errada. Ocurrió que ese tipo de envenenamiento, tan sofisticado, no había sido descrito por nadie en esa época,  lo que demuestra las habilidades y el nivel técnico de las peritos toxicólogas, y también de un personaje como Berríos, con sus conocimientos de química y bioquímica. Tampoco ayudó al juez Madrid, el que no se explicaran por la prensa y de manera fácil y accesible las bases químicas y bioquímicas que fundamentaban el envenenamiento. Quizás se necesitaba de periodistas y divulgadores con conocimientos técnicos, y eso no se dio. El fallo del juez Madrid tiene más de setecientas páginas, por lo que imagino, muchos periodistas y abogados no pudieron acceder de manera natural y rápida a los argumentos presentados. En este escenario, la figura de Frei Montalva dejó de ser solo un personaje histórico y pasó a encarnar la tensión entre verdad oficial y sospecha social. El caso se enredó en discusiones forenses, memorias políticas y relatos familiares, donde cada avance generaba nuevas preguntas y las respuestas se esfumaban entre papeles judiciales y testimonios divergentes. Las calles, los foros y hasta las sobremesas se poblaron de hipótesis, versiones diferentes y debates sobre el rol del Estado, la transparencia y la memoria.

El paso del tiempo no trajo certezas, pero amplificó la exigencia de justicia y verdad. Cada aniversario renovaba el clamor, pero también el cansancio de quienes, año tras año, repetían el rito de pedir lo que el proceso judicial no lograba conceder: una versión definitiva, irrefutable, capaz de reconciliar historia y justicia. Fue así, como el expediente Montalva se convirtió en un símbolo de la dificultad nacional para cerrar ciclos, para enfrentar los fantasmas, y para aceptar que, a veces, la historia queda atrapada en la zona gris de las dudas razonables.

El fallo dejó a los imputados absueltos y a la familia Frei con una herida abierta. Para algunos, fue el cierre de un proceso injusto; para otros, una negación institucional del crimen. La justicia, en este caso, no fue un veredicto unánime: fue un espejo roto, donde cada fragmento refleja una verdad distinta.

El cuerpo de Eduardo Frei Montalva no descansó en paz. No porque le faltara sepultura, sino porque su carne, sus tejidos, sus órganos se convirtieron en territorio de disputa, en campo de batalla donde se enfrentaron no sólo médicos y peritos, sino narrativas irreconciliables sobre la verdad, la justicia y la historia. Fue intervenido quirúrgicamente, manipulado, conservado, dos veces exhumado, analizado. Cada procedimiento médico se convirtió en acto político, cada muestra de tejido en símbolo de sospecha. El informe toxicológico lo transformó en prueba viviente de un crimen sin testigos. Pero también en objeto de controversia, donde la ciencia fue usada tanto para revelar como para encubrir Para la familia Frei y los querellantes, el cuerpo hablaba: decía “fui asesinado”. Era testimonio silente de un magnicidio.

Para los defensores y la Corte Suprema, el cuerpo callaba: no decía nada que pudiera sostenerse en derecho. Era texto tachado, evidencia sin gramática jurídica. En la memoria colectiva, el cuerpo de Frei se convirtió en metáfora del país dividido. Un Chile que no logra ponerse de acuerdo ni siquiera sobre cómo murió uno de sus presidentes. Su cadáver fue territorio ocupado por discursos médicos, jurídicos, políticos y mediáticos. Cada uno lo reclamó como propio, como si al controlar su cuerpo pudieran controlar su legado.

El cuerpo de Eduardo Frei Montalva no fue un cuerpo cualquiera. Fue un cuerpo en disputa, una carne expuesta al bisturí, al microscopio, al lenguaje jurídico y al combate simbólico. No sólo fue intervenido quirúrgicamente: fue inscripto, leído, y luego reescrito por manos que no buscaban sanar, sino interpretar, acusar, exculpar. Su cuerpo sigue dividido entre quienes lo consideran un mártir, quienes lo ven como víctima de errores médicos, y quienes prefieren no verlo en absoluto.

La medicina —en su vertiente institucional— se volvió teatro del poder. Los tejidos del expresidente, exhumados y seccionados, fueron convertidos en signos sin acuerdo. Para unos, hablaban de crimen. Para otros, susurraban silencio. La biología se volvió retórica, y su epidermis, página.

Bajo la dictadura, el poder se ejercía no sólo en las instituciones, sino en lo más íntimo: el cuerpo. Frei no murió únicamente como paciente, sino como figura incómoda que debía ser borrada sin dejar huellas… pero las dejó. Sus muestras de tejidos, conservadas por años, fueron convertidas en lenguaje químico. Talio, tiodyglicol no eran sólo compuestos: eran palabras envenenadas, claves cifradas en un archivo que algunos querían leer como prueba y otros como error.

La justicia demoró décadas, pero la familia de Eduardo Frei Montalva comenzó su duelo apenas terminó el entierro. Sin respuestas ni certezas, sin acceso pleno a los registros, sin explicación oficial sobre lo sucedido en Clínica Santa María. Lo que había era un cuerpo embalsamado, y el vacío que deja una muerte que no se puede narrar.

Fue su hija, Carmen Frei, quien tomó la palabra en medio del silencio. Profesora de historia, senadora por convicción republicana, se volvió investigadora del crimen de su padre. Revisó expedientes, reconstruyó cronologías, enfrentó la indiferencia institucional. Su duelo se volvió público, político, testimonial. Porque no lloró sola: hizo que el país escuchara su llanto.

Con el tiempo, los nietos comenzaron a escribir sobre él. No como presidente, sino como abuelo. Recordaban las caminatas por el cerro, los consejos sin pretensión, el modo en que les hablaba del poder sin presunción. La memoria familiar no buscaba construir estatuas, sino desempolvar el afecto bajo la historia oficial.

En cada aniversario, la familia organizaba actos conmemorativos, recitales poéticos, misas, exposiciones de cartas. No para reclamar justicia solamente, sino para asegurar que la figura de Frei no fuera convertida en mármol sin carne. Querían recordarlo como hombre, como padre, como cuerpo ausente que aún dialoga.

La investigación judicial fue acompañada por ese duelo persistente. Y cuando el fallo del juez Madrid se dio a conocer, no hubo gritos de victoria. Hubo silencio contenido, y el reconocimiento de que la verdad no siempre libera: a veces confirma la herida.

Pero, ¿se podría haber hecho algo diferente? Creo que sí, pero el efecto sorpresa y la audacia de los asesinos fue muy grande. Sorprende también, la frialdad de los médicos de la Universidad Católica donde Frei había estudiado, como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere que le practicaron un proceso caótico, dantesco, sin seguir un protocolo claro, aplicado de manera fragmentaria y muy casual. Fue una procedimiento fuera de lugar, sin precedentes, diseñado para extirparle sus órganos que después desaparecieron en bolsas plásticas olvidadas. Incluso se utilizó una escalera para facilitar el procedimiento:

  • Declaración judicial de MARÍA VICTORIA DE LARRAECHEA BOLÍVAR, enfermera, quien ratifica su declaración policial de fecha 3 de junio del año 2003 la cual señala lo siguiente: que se tituló como enfermera universitaria en el año 1979 la universidad Católica de Santiago, desarrollando sus actividades profesionales en la clínica Santa María, enfermera de piso y de UTI (unidad de tratamiento intensivo)…Indica que se les había informado que iría un equipo de la universidad Católica para un procedimiento de embalsamiento, por ello cuando llegó a la clínica de su casa dicho día no le extrañó ver el equipo trabajando en la misma habitación. Y lo que vio al entrar fue una escala de tijeras en el baño desde donde pendía el cadáver de don EDUARDO FREI boca abajo. Que nunca había visto un procedimiento de embalsamiento, por lo tanto pensó que eso era normal y también observó que habían dos o tres bolsas negras de basura a los pies de la escala, presumió que eran las vísceras de don EDUARDO, pues su abdomen estaba vacío y se podía apreciar porque la herida siempre se mantuvo abierta. Que no preguntó nada a esos médicos pues como ya señaló, se imaginó que era el procedimiento adecuado.

Durante años evité los documentos. No podía abordar el tema. Pero ahora, con el paso del tiempo y viviendo en el frío norteamericano, con mis hijas lejos y mi padre ya fallecido, vuelvo a revisar esa historia. Siento que finalmente puedo abrir los archivadores para preguntarme: ¿cuándo supieron los médicos?, ¿por qué no informaron?, ¿quién contaminó qué?, ¿por qué ese silencio prolongado? No puedo evitar conectar los puntos: las compresas y la intervención externa disfrazada de complicación médica. Y el silencio de los médicos presentes, incluyendo el doctor Larraín, que esperó veinte, treinta años para hablar, para sacar la voz, cuando ya tenía su prestigio arruinado y todo estaba envuelto bajo el polvo y el olvido.

Fue en ese intervalo donde otro personaje, Eugenio Berríos, el químico del régimen, el químico de Pinochet, experto en venenos sin huella y en hacer que la ciencia respondiera al miedo, entró en escena; ahí su presencia fue fundamental, porque en esa encrucijada contribuyó con sus conocimientos y sus “gotitas,” impregnando unas compresas, o contaminando el suero administrado por la noche, sobre todo después de la segunda operación donde por varios días quedó expuesto a gente que con el solo hecho de tener un delantal blanco podía entrar a su cuarto. La infraestructura médica de la época permitía ese tipo de maniobras: clínicas bajo vigilancia, suministros manipulados, protocolos saboteados con precisión quirúrgica. Carmen Frei menciona en su libro que la enfermera Alejandra Damiani declaró que Eugenio Berríos visitaba ocasionalmente la clínica, aunque no sabe para qué. Menciona además que hay varios testigos que vieron a Berríos en la Clínica Santa María cuando mi padre estaba internado. Esto también está en el expediente. En ese Chile donde el silencio era arma, las muertes lentas también sabían obedecer órdenes. El cuerpo de Frei se convirtió, así, en campo de operaciones de una violencia silenciosa, ejecutada entre la asepsia del bisturí y la impunidad de los archivos sellados.

Con Frei Montalva ocurrió algo parecido a lo que sucede con el abuso sexual, o con una violación, donde la víctima en un principio cree soñar, o que lo ocurrido es imposible, que está fantaseando y que eso no le ha ocurriendo de verdad, es inventado, que es otra realidad que se desplaza en un mundo alternativo, paralelo. En un principio la familia Frei no hizo nada, o muy poco, por esclarecer lo sucedido.  Consideraron que la muerte de Frei estuvo dentro de las posibilidades de la cirugía. Pero así ocurrió, tal cual……y todavía lo veo, todavía lo toco: primero llegaba el doctor Goic solitariamente a nuestra casa. Entraba, se sentaba en el sofá de felpa café ubicado en ese living amplio, grande, y trataban –solos, siempre los dos solos, mi padre y el doctor Goic- de solucionar con una nueva movida, una nueva idea, ese puzle de muerte y sangre, de traiciones y cobardía, pero no les resultaría fácil, ni a mi padre ni tampoco al doctor Goic.

En esos días, la verdad aún se deslizaba entre sombras y secretos, el país estaba dividido entre la incredulidad y la desconfianza. Las historias que circulaban eran tan fragmentadas como los recuerdos que evocaban. Cada nuevo hallazgo o testimonio no hacía más que añadir capas a un entramado ya de por sí complejo. Aún resuenan en mi memoria el eco de las palabras de Goic, como si las hubiese escuchado ayer. La incredulidad inicial en mi padre dejó paso a una aceptación resignada de una verdad a medias; una verdad que, como tantas otras, se desvanecía en el aire antes de poder ser atrapada. Cada vez que la conversación se dirigía a lo ocurrido, una sensación de pesadez caía sobre la habitación, como si la verdad misma fuese una losa gruesa que intentábamos levantar sin éxito. Los recuerdos, las emociones, todo se mezclaba en un torbellino que a veces resultaba abrumador. Y sin embargo, era en esos momentos de vulnerabilidad compartida donde encontrábamos una especie de consuelo, una gota de esperanza en medio de la tormenta.

A menudo, me encuentro reviviendo esos días, preguntándome si realmente entendí lo que estaba sucediendo, o si acaso, cegado por la desesperanza, simplemente opté por ignorar la oscura realidad que se cernía sobre nosotros. En medio de ese escenario, las visitas de Goic se convirtieron en un ritual casi sagrado. Allí, entre la calidez del hogar y el pesar compartido, se desarrollaban largas conversaciones que no pude escuchar; pero en esos momentos, percibía como el dolor de la pérdida se entrelazaba con la cruda realidad de una justicia que se mostraba esquiva. El tiempo, que parecía haberse detenido en la sala de estar, no hacía más que subrayar la impotencia que compartían mi padre y el doctor Goic.

Y noto que retiro la alfombra, la levanto otro poco desde Michigan, donde vivo ahora, en una madrugada del año 2020 pero se me cae, se me suelta de las manos y atrapo y encierro nuevamente a esos pájaros que trataban de volar. Pero al menos logro verme, veo mi sigilo, mis dudas, mis sustos, mis temores, y toco mi propia cobardía. Compruebo que los médicos tratantes que no formaron parte del complot, podrían haber hecho algo diferente, como llevárselo fuera del país ante la primera emergencia médica, ante los primeros signos de esa supuesta obstrucción intestinal. Para protegerse, lo podrían haber hecho sin necesidad de proclamar un envenenamiento, podrían haber mencionado deficiencias técnicas y la necesidad de tratamientos más sofisticados, difíciles de encontrar en Chile. Otra posibilidad podría haber sido mudarlo hacia otra Clínica, pero buscando otra excusa, mencionando que esos eran los deseos de la familia. Pero guardaron silencio, demasiado silencio, y ese sigilo, esa inacción, esa parálisis estuvo muy cerca de la cobardía.  Tristemente pienso que a lo mejor habría hecho algo parecido, habría guardado silencio (del que también participé), o habría escrito mucho, demasiado, para cubrirlo entonces con una alfombra de escritura y libros y concursos literarios, y notitas semanales que después cuelgo en la  Internet.

¿Hui también de esa vergüenza?

Siento que he sido injusto con el doctor Goic.  Es cierto que vi una entrevista suya en la televisión chilena, poco tiempo después del fallecimiento de Frei Montalva, donde enfáticamente señalaba que la muerte de su amigo había sido el resultado de una infección que no se pudo controlar, y que no había sido inoculada por extraños, eso lo vi y lo escuché claramente. Pero como me confesó un día mi padre, Pinochet nos jodió a todos, mijito, ese asesinato también afectó al doctor Goic. Le hizo la vida imposible, y solo con el tiempo y poco a poco fue contando la firme, la verdad, que efectivamente Frei Montalva había sido asesinado. Tanto fue así que al fallecer, en abril del año 2021, un nieto de Frei Montalva (Eugenio Ortega Frei, hijo de Carmen Frei) lo recordó con cariño en un mensaje-texto que mandó por X.

“Muy tristes por la partida del Doctor Alejandro Goic, amigo entrañable de Eduardo Frei Montalva. ¡Trató de salvar su vida, y enfrentó las mentiras de otros médicos y nos acompañó siempre en la larga búsqueda de verdad y justicia!”

El cuerpo de Frei fue leído como si fuera un texto. Pero un texto con zonas borradas, con márgenes disputados. Un texto donde cada coma podía cambiar un veredicto histórico. Como diría Elaine Scarry, el dolor corporal es difícil de comunicar: resiste al lenguaje. Pero el cuerpo de Frei habla aún en su silencio. Es una ruina que aún perturba, un testimonio que no se borra pese al fallo, la absolución, el olvido institucional. No descansa en paz, porque no se ha escrito la última frase sobre él. A más de cuatro décadas de su muerte, el cuerpo de Frei sigue siendo campo minado. No por lo que contiene, sino por lo que representa. Porque en él se cruzan las preguntas que Chile aún no responde: ¿Puede la justicia negar lo que la historia afirma? ¿Puede la ciencia callar lo que la memoria grita? Su cuerpo sigue dividido.

Mi memoria se obstina en regresar a esos días, a las conversaciones fragmentadas, a los silencios que pesaban sobre la casa como una manta húmeda. La muerte de Frei no fue solo una pérdida personal, fue una grieta que se abrió en la historia de un país entero, un recordatorio constante de hasta dónde podía llegar la violencia silenciada y el miedo institucionalizado. Me veo a mí mismo transitando esos días con una mezcla de incredulidad y resignación, observando cómo cada gesto cotidiano —el sonido de una puerta al cerrarse, un teléfono que suena en la madrugada— podía transformarse en presagio de algo más oscuro.

Había en el ambiente una sensación de espera, como si algo estuviera a punto de revelarse pero nunca terminará de materializarse. Las miradas intercambiadas en los pasillos, los comentarios entre susurros, las visitas inesperadas de personas que iban y venían sin dejar rastro: todo eso conformaba una especie de coreografía del secreto. Mi hermano, lejos del país, se movía ajeno al peso de esos días, y uno, desde la distancia, intentaba armar un relato coherente a partir de piezas sueltas, como quien reconstruye un jarrón a partir de los fragmentos desperdigados sobre el suelo.

Con el tiempo, comprendí que lo que ocurrió con Frei fue también una forma de aprendizaje brutal sobre la naturaleza del poder y la fragilidad de la verdad. La justicia, ese anhelo tan esquivo, se desdibuja frente a la burocracia y el miedo, y los responsables suelen ampararse en la desmemoria colectiva. Por eso, ahora, siento la urgencia de escribir, de dejar constancia aunque sea en estas líneas, para que el olvido no termine por devorar lo poco que sabemos.

En la fotografía se observa al presidente Aylwin, el primer jefe de estado elegido de manera democrática después de Pinochet (1990-1994). A la derecha de Aylwin está mi padre. El doctor Patricio Rojas es el hombre calvo que mira de manera retorcida hacia un costado.  La expresión facial de mi padre -médico del presidente Aylwin en ese entonces- con su ceño fruncido denota incomodidad y temor. Todavía el juez Madrid no investigaba la muerte de Frei Montalva, pero mi padre seguro que conocía la conducta extraña, irregular del doctor Patricio Rojas en ese caso. Al observar la foto con detención, me surgen interrogantes sobre los secretos que guardó mi padre, y el significado de la presencia del doctor Rojas ahí, junto a otro presidente. ¿Qué representa la imagen de ese médico?En ese entonces existían preocupaciones sobre la seguridad del presidente Aylwin. El rostro de mi padre, su gesto, denota desasosiego, incluso susto.

No puedo evitar imaginar la inquietud que habría corroído a mi padre si alguna vez le hubiera tocado actuar, como médico, frente a un atentado contra el presidente Aylwin. El peso de la responsabilidad sería abrumador, y la sombra de quienes participaron en la tragedia de Frei —sobre todo la figura del doctor Patricio Rojas, cuya intervención se volvió sinónima de traición y silencio cómplice— lo perseguía como un mal presagio. Creo que a mi padre le angustiaba la posibilidad de verse enredado en una trama semejante, donde la ética profesional debía abrirse paso entre la desconfianza, el miedo institucional y los fantasmas de la historia reciente. La mera idea de cruzar miradas con Rojas en un pasillo de hospital, sabiendo lo que él representaba, era suficiente para sembrar la duda y el recelo. Quizá por eso, en nuestros silencios compartidos, percibía esa preocupación latente: un temor a repetir, sin quererlo, la pesadilla de la cobardía y el encubrimiento, a verse atrapado entre la lealtad a la vida y la amenaza de la maquinaria política que tantas veces había aplastado la verdad.

La imagen de Patricio Rojas en la foto adquiere una fuerza simbólica que trasciende el simple acto de mirar hacia un costado. Su postura, la manera en que desvía la mirada, parece condensar el peso de los secretos y las ambigüedades de una época donde la ética profesional se vio asediada por la sombra del poder y la desconfianza. Es un rostro que no solo transmite incomodidad, sino también cierta reticencia, como si intentara esquivar una verdad demasiado punzante para ser sostenida con la mirada al frente. Quizá por eso la expresión de Rojas permanece inquietante: porque nos recuerda que, a veces, los silencios y los desvíos de mirada dicen más que las palabras, y que en ciertas fotografías, el verdadero significado reside en aquello que no se nombra, pero se percibe en el temblor involuntario de una postura.

Rojas, en ese retrato, representa no solo a un individuo, sino a toda una generación de médicos y testigos que, enfrentados a dilemas imposibles, a menudo optaron por el silencio o por la mirada evasiva. La imagen invita a preguntarse qué cargas invisibles llevaba consigo, qué decisiones pesaban sobre sus hombros y qué tanto de ese gesto revela un pacto tácito con la historia, con la culpa o con el temor. Es el retrato de una conciencia asediada, de alguien obligado a moverse en los márgenes entre la lealtad y la complicidad, entre la memoria y el olvido.

La palabra culpa, entonces, cobra aquí un sentido mucho más denso, como si se tratara de una sombra persistente que avanza lentamente por los pasillos de la memoria. Es una presencia que no desaparece con el paso de los años, sino que se acomoda en detalles aparentemente mínimos: en el modo de mirar al suelo, como Patricio Rojas, en el temblor involuntario de una mano, en ese impulso de no intervenir y dejar que la historia se desborde, incontrolable, frente a nuestros ojos. A veces la culpa toma la forma de un silencio pesado, con una sensación de no haber preguntado a tiempo, de no haber roto el muro invisible entre mi padre y yo para que, tal vez, las palabras pudieran iluminar lo que se escondía. Pero guardé silencio; el temor a la respuesta me paralizó, y preferí no hurgar, no ponerle nombre a las sospechas que crecían dentro de mí sobre la muerte de Frei Montalva. Hubiera querido tener el coraje de interrogarlo, de exigirle claridad, pero algo en la atmósfera de esos días me detenía, como si cada pregunta fuese una forma de traicionar la paz precaria que reinaba en casa. Ahora entiendo que ese miedo, ese susto de confirmar lo impensable, fue también una manera de refugiarme, de protegerme ante una verdad que podía ser demasiado dolorosa. Sin embargo, el precio de ese refugio es la culpa que hoy me acompaña, el saber que, por miedo, dejé pasar la oportunidad de saber, de comprender, de romper el silencio y enfrentar lo que realmente ocurrió.

A veces pienso que esa sombra es compartida, casi colectiva, tejida entre quienes callaron, quienes miraron hacia otro lado y quienes —como yo— buscaron refugio en la distancia o en la escritura, creyendo que bastaría con poner palabras sobre el dolor para exorcizarlo. Pero la culpa, inasible, regresa disfrazada de recuerdos, de preguntas sin respuesta y de escenas que se repiten en el insomnio. Tal vez por eso sigo reescribiendo y releyendo el mismo episodio, intentando entender en qué momento exacto dejamos de ser testigos para convertirnos, también, en cómplices de una ausencia.

Con el paso de los años, fue sedimentando en mí una certeza inquietante y brutal: la de haber sido testigo, aunque fuera de manera lateral, de un asesinato. Al principio, mi mente se resistía, lo apartaba confiando en la lógica, en la aparente imposibilidad de que algo así pudiera rozar la vida cotidiana. Pero mientras las piezas iban cayendo en su sitio, mientras las miradas torcidas se expandían y los recuerdos cobraban nuevos significados, esa evidencia insoslayable se ha instalado en el centro de mi conciencia. Y entonces me florecen sentimientos de asombro, de rabia, de impotencia y de un dolor sordo. Me descubro paralizado entre la incredulidad y el peso oscuro de lo real, preguntándome en qué momento, cuando, lo impensable atravesó el umbral para volverse parte de mi propia historia.

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