José -Pepe- Zalaquett: amistad y ajedrez

José Zalaquett, es una figura inolvidable que se me agranda con el tiempo. Dejó huellas que no solo se limitan a su labor en el campo de los derechos humanos, sino también en los pequeños pero significativos momentos de la vida cotidiana, como el ajedrez y su pasión por el arte y los amigos. Hoy, al recordar a este amigo querido, transcribo sus palabras y lo incluyo en un relato donde su espíritu sigue vivo como un ser humano completo, cuya pasión por los detalles, los juegos y las historias enriqueció la vida de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo. Hoy, al transcribir su carta y escribir este texto, celebro su memoria y su impacto en mi vida. Él forma parte de esos amigos que al partir, el tiempo no logra curar la ausencia.

Estimado Cristian:                                                                        30 de noviembre. 1992

Mil gracias por enviarme el libro de cuentos y los otros textos que acompañan tu reciente carta. Espero leer pronto tus cuentos. También encontré muy interesante la información sobre la nueva batería para automóviles.

Tu humorada ajedrecística de ponerme al lado de Korchnoi y Fischer me pareció graciosísima. En relación con lo mismo paso a contarte un par de anécdotas recientes:

Mi amigo Charles Krauthammer, quien escribe una columna que se publica ampliamente y, además, una sección ensayo en TIME, hizo referencia a una frase mía en el artículo sobre Fischer que acompaño. Charles y yo jugábamos ajedrez regularmente, en Washington.

Otro amigo ajedrecista, Thomas Cohn, quien tiene una galería de arte en Río de Janeiro, me escribió diciendo que había leído TIME y se había quedado lívido de envidia.

Yo recibí la carta de Cohn cuando acababa de llegar de Iceland, donde tuve una extraordinaria experiencia ajedrecística. Resulta que Amnesty International de Iceland, que me invitó, sabiendo mi interés por el ajedrez, organizó para mí una mañana con grandes maestros (Iceland, país de 250.000 habitantes tiene 6 grandes maestros y es el país más fuerte en ajedrez per cápita, tomado por cualquier standard). Fui al magnífico local de la Federación de ajedrez islandesa donde conversé con varios grandes maestros, analicé partidas, jugué ajedrez pimpón con Jon Arnason (ELO: 2525) y perdí dos partidas, estando mejor  en una de ellas (6 minutos para mí, cuatro para él). Finalmente  me invitaron a jugar con Jon Hjartarson, el mejor de Iceland (ELO:2600), en el mismísimo set (mesa, sillas, tablero y piezas) en que jugaron Fischer y Spassky en 1972 en Reykjavik y que se conserva en esa Federación en un rincón medio sagrado. Lo notable es que tenía ganado a Hjartarson  pero al final me ganó. Reconstituimos la partida y te la mandaré más adelante. Fue inolvidable.

Bueno, le contaré a mi amigo Cohn que si estuvo lívido con lo de TIME, que se sujetara… y procedí a contarle lo de Islandia. Ahora pienso escribirle de nuevo, adjuntando fotocopia de la página con tu humorada.

Respecto de cuentos, apareció este domingo la crítica de Valente que acompaño. Es muy positiva. Te enviaré el libro por correo separado (Gente al Acecho de Jaime Collyer).

Que todo siga bien contigo y familia. Mantente en contacto

Un abrazo,

Pepe

P.S. Te envío también copia de una entrevista que apareció en CARAS.

Transcribo solo una página del cuento que mencionó José, y también el artículo de la revista TIME donde su amigo Krauthammer lo mencionaba. Este último terminó como un destacado ensayista y politólogo de la derecha conservadora en los Estados Unidos. Siempre fue amigo de José, pese a que en muchos aspectos pensaran distinto. En los 80, Krauthammer le ayudaba a escribir los discursos a Walter Mondale; era parte de su equipo.

La Confesión Amarilla

…Mi  amigo  Miguel,  silencioso  y  callado,  era  un virtuoso para el ajedrez  de  salón,  ese  fue  el  otro motivo  de mis visitas, disfrutábamos del juego,  de  esa  hermandad  que  exudaba el tablero cubierto de piezas pequeñas. Miguel,  como  todo  lo que  ha  hecho, lo tomaba muy en serio, para él era una ciencia, casi  una  profesión;  compraba  libros especializados y se escondía a estudiarlos  por  la noche, sin que nadie lo viera -aunque él insistió  que nunca lo  hacía-, y movía unas piezas talladas sobre un tablero de madera que guardaba a  los  pies  de su cama. Afuera podía arder el mundo, surgir un nuevo gobierno,  aplacarse  una revolución popular, pero él colocaba tranquilamente su peón  en  la casilla cuatro del rey, su apertura favorita. En especial le gustaba un libro:  «Ajedrez  Magistral», de  un  ex campeón mundial ruso. Guardaba en la cabecera  de  su cama «Mis Sesenta Mejores Partidas», de Bobby Fischer, un volumen grueso  donde  figuraba  el  Maestro  Korchnoi  y  Pepe  Zalaquett, otro maestro importante.   Consumíamos  horas  analizando variantes,  rotando  la  música  y estudiando  las  distintas posiciones  sentados  frente  al tablero. De mujeres  hablábamos poco,  era  el  ajedrez,  el  juego  impune  y  vicioso,  lo que nos consumía.  Además ella estaba tan cerca, que podíamos estirar la mano y en lugar de  tomar un peón, un alfil negro, un caballo, la teníamos a ella y su figura de reina.  A veces nos concentrábamos tanto en el juego que la imaginábamos como un brote más, una floración inocua dentro de las tantas que habían en los floreros del living…