Última versión de «La Herencia de mi Madre». Capítulo incluido en mi novela titulada «Las Huellas de una Huida».

Abro el laptop y le mando por e-mail el progreso de estas notas a mi tío Lalo, hermano de la madre de Pilar. Su respuesta llega rápido:

…te reitero, con el baúl de papeles amarillentos que tienes debes escribir tu novela ficción antes de que te falle el cuesco. Me encantó tu correo. Pero tómatelo con calma, aun eres un pendejo, cuando tengas 70 o más años, te encontrarás de pronto que eres un viejo de mierda. Es cuestión de que te mires al espejo, cosa que yo no hago desde hace mucho tiempo….

Chus, viuda de mi amigo Ignacio Carrión, también comenta un texto:

Llevo una hora leyéndote y disfrutando. Me ha alegrado mucho volver a contactar. Agosto y septiembre mucho trabajo. Cambio de casa, la consulta, los nietos, la inminente aparición del último libro de Ignacio…pero todo bien. Yo más animada y con ganas de trabajar y de seguir viviendo. Me interesa mucho el tema de tu trabajo, aunque cuando realmente disfruto es cuando escribes sobre tu familia. Seguimos en contacto. Un fuerte abrazo para Pilar y para ti todo mi cariño. 

 Chus

Sigo el consejo de Chus Duato y de mi tío Eduardo -Lalo- Gutiérrez. Bajo al subterráneo de mi casa para escarbar entre las cartas que guardo entre carpetas polvorientas, perdidas en cajas de cartón sin etiquetas, en cuadernos desteñidos y álbumes que ya no recordaba. Los gatos me acompañan, me observan con curiosidad, me los imagino interrogándose, disfrutando también este descenso al subsuelo de mi familia y sus raíces. Es un descenso cargado de nostalgia, donde cada objeto encontrado me habla de historias olvidadas, de momentos congelados en el tiempo. Abrí una caja, y allí estaban unas fotos de reuniones familiares, recortes antiguos de periódicos y notas escritas en papeles que apenas resistían el paso de las décadas. Pero lo que me paralizó fue un archivador de tapas desgastadas, donde Ximena había escrito fragmentos de su vida como si fueran notas al margen de su existencia. La caligrafía era firme, pero mostraba pequeñas vacilaciones, tachaduras, correcciones, como si las palabras estuvieran luchando por salir para no quedar atrapadas en el papel. Esos borradores parecían contener más preguntas que respuestas, más susurros que certezas. En sus páginas encontré trazos de la  mujer que fue, de las batallas que libró consigo misma, de los sueños que acarició y dejó escapar. En uno de los fragmentos hablaba de una tarde lluviosa en Santiago, de cómo la lluvia la conectaba con los años de infancia en el campo y de cómo se sentía atrapada entre su amor por la vida sencilla y las expectativas de una ciudad que nunca terminó de comprender. Fue ese contraste, esa dualidad, lo que me recordó que la historia de una persona no es un monólogo, sino un diálogo constante entre sus raíces y sus aspiraciones.

Los gatos, que hasta entonces habían merodeado entre las cajas, se acomodaron junto a mí mientras leía, como si también sintieran la gravedad de lo que estaba descubriendo. Me di cuenta de que, aunque las cartas eran importantes, estos fragmentos dispersos y casi olvidados contenían los matices de su personalidad, los detalles que realmente le daban vida. Quizá sería en ellos donde hallaría las claves para desentrañar no solo su historia, sino también la mía.

Vuelo hacia mi pasado, pero también regreso. Regreso a Michigan, lejos de Ximena, lejos de la silla de ruedas, esa que usó hasta pocas semanas antes de fallecer. Lejos de sus ropas, de sus sombreros rojos, negros, grises, de sus guantes, lejos de la sordera de Ximena, de su ceguera, de sus últimos sufrimientos, de sus comidas, de sus reproches, de sus miserias. Lejos de sus cafés con leche fría, saboreados sobre una cama grande, lejos de los ruidos que se filtraban en su cuarto, de su televisor a todo volumen que lo cubría todo como una falsa compañía, un barullo de fondo, un ruido blanco sin significado. ¿Qué pasó? ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué ese desencuentro, ese descariño, esa indiferencia? ¿Por qué esa desconocida tan helada? ¿Fue simplemente la vejez, ese descalabro cognitivo que ocurre con los años? Espero no vivir algo parecido. Ojalá me suceda como a mi padre, que durante su vejez también voló a baja altura, pero se abrió. Buscó sus tangos en una radio portátil, a pilas, de plástico amarillo, para internarse en los laberintos de su infancia, y con sus manos siempre tibias. Algunos decían -incluida Ximena- que se había vuelto tonto, tú papá antes no era así, Pablo, me decía calladita.

En medio de estas reflexiones, me asalta una sensación de pérdida, pero también de redescubrimiento. Es como si todas estas voces del pasado me estuvieran guiando hacia un nuevo propósito, mostrándome que la escritura no es solo un ejercicio personal, sino un puente hacia quienes ya no están, un modo de resucitar sus gestos, sus palabras, sus risas y sus silencios. Me pregunto si mi madre, en su manera tímida de tomar la pluma, había sentido lo mismo. Tal vez, en sus textos inacabados, en sus borradores descartados, estaba intentando no solo entenderse a sí misma, sino también dejar un rastro para que otros la encontraran después.

Las cartas, la relectura de las cartas y relatos inconclusos que he preservado en el subterráneo de mi casa, serán como una exploración hacia mis raíces, hacía mi memoria que, con suerte, a lo mejor me ayuda a descubrir, a desentrañar qué fue lo que ocurrió, qué pasó. ¿Por qué mi huida? Hasta el momento no lo sé con certeza, todavía no lo entiendo. Tampoco veo con claridad qué busco. Por ahora capto aromas, ruidos, sabores que resuenan frente a las palabras, frente a frases tomadas de las cartas de mi madre: 

“….hay tantas cosas que quisiera saber de ti….”

“….te quiero tanto Pablito y estoy tan orgullosa de tu capacidad, de tu talento.”

“….la mitad mía está en mis hijos…..”

“….Pablito amor del mundo….”

Por casualidad encuentro una carta escrita por ella que considero empalma bien con lo que escribí antes, y donde me empujaba a escribir:

Querido Pablito, Santiago 13 de julio de 1982

Fue rico recibir ayer otra carta tuya. La descripción que haces de esas manos… simplemente magistral. Trata de escribir algo todos los días –sobre lo que ves- quien sabe si esa sea tu verdadera vocación, la observación escrita. Y solo se escribe bien viviendo, por eso hay tanto escritor frustrado…. No saben escribir porque no tienen tema, falta de vivencias, de observación, de esfuerzo, y entonces mirando al cielo en su ociosidad se dedican a la poesía…. Además, que ya estamos en la era de la necesidad de saber hacer bien distintos trabajos… piénsalo. Así, simplemente, sin escribir perfecto, solo naturalmente, como se habla….

Te quiero desde aquí a donde te encuentres…

Al repasar las palabras de mi madre, me doy cuenta de que son algo más que consejos; son una invitación a reflexionar sobre el tiempo, sobre el peso de las experiencias acumuladas y la forma en que estas moldean nuestras palabras. Hay algo profundamente humano en el acto de escribir: una búsqueda constante de significado, de conexión, de trascendencia. Es como si cada frase fuera un intento de domesticar lo efímero, de atrapar la esencia de un instante antes de que se desvanezca. Me pregunto si el acto de escribir podría ser una forma de reconciliación, no solo con el pasado, sino también con uno mismo. Tal vez, a través de estas líneas, pueda encontrar un equilibrio entre lo que fue, lo que podría haber sido y lo que aún puede ser.

Mi madre sabía escribir, pero nunca se lo tomó en serio porque le arrancaba, le quitaba el poto a la jeringa. Cuando un texto le resultaba bien escrito, cuando respiraba autenticidad, dolor, rabia o alegría, ella retrocedía. Lo dejaba a un lado, justificándose con que era solo un borrador, algo escrito a la rápida y como para no aburrirme tanto, Pablito. Pero esas justificaciones no eran ciertas. Ximena tuvo talento, pero se asustó, se pasmó, le faltó esfuerzo y disciplina. Y, sin embargo, asistió a todos los talleres de narrativa que se ofrecían en Santiago:

Hace dos meses que voy a un taller de narrativa. Somos cuatro viejas, una “lola” y un tipo con un dedo de frente (y que ya aspira a la celebridad), y el profesor, un ingeniero que aburrido del orden numérico un buen día se dedicó a escribir cuentos de ciencia ficción. Le gustó tanto su afición que decidió dedicarse a eso solamente. Ha publicado algunas novelas y cuentos con buen éxito de crítica (ya cincuentón). Es increíble ver lo feliz que está ahora inventando cuentos. Tenemos que llevar uno por semana. Y ríete, el mío fue el mejor de la semana pasada; antes siempre encontraba una disculpa para llegar sin nada que mostrar.

Ha sido bueno inscribirme en el Taller Literario. Me ha entretenido conocer gentes tan diferentes; hay una bióloga, un abogado, una estudiante, y un técnico en electrónica. La única sin profesión soy yo. La semana pasada comimos y bebimos dos botellas a la hora de almuerzo arreglando el mundo en la Sociedad de Escritores de Chile. Y lo que me ha pasmado es que mis cuentos los han encontrado tan buenos que el conductor del taller me ha dado orden de enviarlos a un concurso literario argentino. Te envío los cuentos. Me he dado cuenta de que es lo más fácil escribir, me largo nomás y después quito lo superfluo. Hay gente que escribe regio en el taller y solo una lo hacía tipo novelita rosa, pero ahora descubrí sus poesías y eso sí que es bueno. Si continúo en esto, podría pertenecer a la Sociedad de Escritores no publicados. Hasta tienen una sigla y entregan sus manuscritos al grupo en tapas con dibujos…. estoy maquineando una novela. Lo malo es que tengo la obligación de escribir un cuento semanal, con el título que después te dan.

Ximena se rodeaba de escritores, buscaba la escritura, pero también la esquivaba. Jugaba con ella, pero nunca la enfrentaba, huía cuando el lenguaje tocaba algo real. Disfrutaba del ambiente que respiraba en ese círculo de escritores amigos, saboreaba sus historias, sus anécdotas, pero escribir no le resultaba fácil, era someterse a un escrutinio torturante, al análisis público, a mostrar su intimidad, sus vulnerabilidades, y eso simplemente no lo sabía tolerar, pero sin embargo a mí me empujaba a que lo hiciera libremente.

La escritura, entonces, se presenta como un reflejo de la vida misma: imperfecta, llena de dudas, pero profundamente auténtica. Los talleres literarios eran su forma de desafiar las limitaciones autoimpuestas, de explorar esa chispa creativa que siempre sintió latente, aunque nunca del todo abrazada. Hay honestidad en sus relatos, una habilidad para capturar gestos y palabras que revelaban más de lo que a simple vista dejan ver. Sin embargo, una modestia inquebrantable la detenía, -ahí podía o sabía eliminar su tremendo narcisismo- como si el reconocimiento fuera una carga que no estaba dispuesta a llevar.

A través de sus cartas y recuerdos, me doy cuenta de que mi madre escribía para encontrar sentido, para dejar una huella aunque fuese sólo en el papel. Es en esos textos donde encuentro no sólo su voz, sino también fragmentos de mi propia identidad, ecos de un legado que me empuja a escribir, a buscar también mi propio equilibrio entre el pasado y el presente:

Pablito, no creas que es una tontera escribir. Para mí, por supuesto, no es más que una entretención, ya tengo melladas o enmohecidas las facultades mentales. Para ti es distinto. Estás viviendo experiencias que muy pocas personas tienen, y con facilidad para describirlas. Además, en España y en Europa también se aprecia mucho la literatura latinoamericana por esa mirada nueva, libre del lastre de demasiada civilización, de demasiada erudición y que se nota en el modo de escribir asfixiado de los países antiguos. (Esta es la máquina de escribir de tu hermano Sebastián, se salta letras, no tiene acentos o no lo encuentro, ni tampoco la letra que sigue a la n). Tú tienes gracia, soltura, fluidez, y eso que se llama “ángel” … más la práctica. Dicen que es bueno anotar en cualquier libretita lo que se te ocurra… con un lote de apuntes así, hay un premio Nobel que ha compuesto sus mejores obras.

Debes seguir escribiendo sobre lo que te pasa, sobre lo que te impresiona. Tienes la cualidad de dar con la frase justa, la que en un solo trazo define lo que ves. Escribe, escribe, mejor si es algo como diario (es lo que aconseja Alone). Él dice que un escritor es oficio, el talento se perfecciona con la práctica. Hace falta gente objetiva, clara, limpia de prejuicios anquilosantes. Alguien como tú. Se puede –se debe tener dos profesiones- una para ganarse la vida y apreciarla y otra para vaciar lo personal, la propia visión de las cosas.

Cuéntame de ti. Espero estés aprovechando el tiempo no sólo en acumular conocimientos sino sobre todo en pasarlo bien, en conocer gente, saber qué piensan, qué sienten, qué esperan. Eso enriquece mucho, porque además relativiza la vida. Mientras más conocimientos vividos, más diferentes combinaciones intelectuales. Y escribe, escribe, tú tienes ese don desde chico, sabes tamizar y expresar tus descubrimientos porque tienes una mirada muy personal de las cosas, y recuerda que “ahora”, siempre “ahora” empieza todo. El pasado es algo terminado y el futuro es el camino siempre presente.

¿La escuché, o hui de sus consejos?

Quizás escribir sea un acto de resistencia íntima, una forma de plasmar todo aquello que no se dijo, que no se confrontó a tiempo. Pienso en los silencios incómodos, en esas pausas que se alargaban demasiado durante las cenas familiares, donde las miradas evitaban cruzarse al hablar de política, de ideales, de lealtades. Escribir se convierte, entonces, en un espejo en el que se reflejan las contradicciones más profundas, en un espacio donde el peso de las palabras no puede ser ignorado.

La vida de Ximena está sembrada de esos momentos de indecisión, de lucha entre lo que quería expresar y lo que temía exponer. Y creo que, de alguna forma, ese temor es heredado, transmitido como una carga sutil pero ineludible. Porque escribir, más allá de las palabras, es un testimonio, un acto de audacia que traspasa generaciones, que desafía las versiones oficiales, las historias contadas a medias.

En ese acto solitario y reflexivo de escribir, las palabras toman una vida propia y se convierten en testigos de lo que hemos sentido pero no siempre compartido, en herramientas para descifrar las verdades enterradas bajo capas de tiempo y silencio. Pienso que mi madre comprendía esto, aunque muchas veces sus palabras no lograron cruzar las barreras invisibles que separaban los pensamientos de los hechos. Su vida no solo estuvo marcada por lo que hizo, sino también por lo que omitió, por las palabras que nunca encontró el valor para pronunciar.

En mi familia, la escritura parecía ser una especie de legado no hablado, una forma de resistir la corriente de las circunstancias. Quizás por eso, cuando me siento frente a la hoja en blanco, me parece que estoy retomando hilos que ya estaban ahí, esperando ser tejidos en una narrativa que capture lo que nunca se dijo. Escribir no solo me conecta con mi propia experiencia, sino también con los ecos de las decisiones y dilemas que marcaron a quienes estuvieron antes de mí. Trató de conectar con ese mundo, de ahí no huyo.