Voy al volante de mi Prius blanco. Lo acelero, cuando de sorpresa diviso desde la carretera, aquí en Michigan, un pino tumbado y seco, cercano a la autopista ancha y limpia, en North Territorial. Me detengo y bajo del auto para tocar el tronco con mis manos, para refregarlas sobre la corteza dura, pero noto que no es lo mismo, no es el mismo pino seco y tumbado que conocí en la zona central de Chile, en Algarrobo, o en El Totoral, en el restorán de Roberto, el italiano solitario, cuando corría un viento fresco, y a lo lejos escuchaba el oleaje del mar y el aleteo de los pájaros. Aquí el aire es otro, no es la misma temperatura, ni la misma brisa viva, o el mismo aroma a pinos y eucaliptos frente al sol del verano. Ese es mi pasado, mi historia, mi memoria, que todavía sobrevive, que todavía palpita, y que pese a todo lo que me pudiera ocurrir nadie me podrá quitar. Por eso escribo, para que esas vivencias sigan vivas y perduren por un tiempo más.
En esos años vivíamos bajo un mismo techo, nos duchábamos en el mismo baño, y nos sentábamos frente a la misma mesa coja, en el comedor de entrada a nuestra casa ubicado en Avenida Suecia 1521 -una casa ya demolida- para compartir una empanada en el almuerzo, probar un sándwich de queso con tomate, o un dulce chileno, un príncipe, que nos gustaban tanto. Ese mundo lo sentí cierto, y creí que duraría eternamente; pero los años y la distancia nos cambiaron y muchos asuntos importantes nunca se conversaron, se escondieron, o simplemente no se mencionaron. Y así ocurrió hasta que ese mundo me lo borronearon de un portazo, en un giro donde para todos los efectos prácticos me desheredaban. Y como si ese mundo hubiese sido una mentira, me alejaron como si nada de eso hubiese sucedido, o como si nunca nos hubiéramos sentado frente a la mesa coja ubicada en el comedor de entrada. Quizás por eso, mientras escribo, siento que cada palabra es una forma de acercarme a ellos, sobre todo a Ximena, de dialogar con esa ausencia y de intentar comprender lo que se quedó sin decir, sin expresar. En cada línea que corrijo, en cada frase que retomo, me asomo a los ecos de esos momentos que se perdieron en el tiempo y que ahora intento revivir con la fuerza de la memoria.
Se nos dio a entender que nosotros, los hermanos, vivíamos holgadamente, mientras que nuestra hermana enfrentaba más dificultades; ese fue el pronóstico, de manera que había que distribuir el legado de nuestros padres de manera asimétrica, sin considerar que una enfermedad nos podía cambiar la vida en un instante, o sin imaginar un imprevisto, como un deterioro en los trabajos, o un desastre natural. Lo triste es que no fuimos considerados, porque todo fue una sorpresa. Antes de que se desencadenara el mal entendido, le escribí a Ximena, (mi padre ya había fallecido), explicándole que la herencia tenía que dialogarse, porque ese también había sido mi hogar, esa había sido mi familia; pero no lo hizo, y ni siquiera respondió a mi carta. Lo más probable es que después de un diálogo, si este se hubiese producido, mis hermanos junto a mí le habríamos aconsejado que hiciera lo que ella deseara. Pero desconfió de nosotros, y sobre todo sospechó de las solapadas nueras, las que movían sus palillos lacerantes en la oscuridad de la noche para apropiarse de lo ajeno. Esa sospecha dolió y mi hermana participó de ella.
Cuando pienso en episodios como ese, veo también el silencio que envolvió la vida de mi padre. Observo hacia atrás, y me surge una interrogante de manera recurrente: ¿cuánto de su historia quedó atrapada en las sombras de su memoria? Los momentos que nunca fueron narrados los veo como huecos en una fotografía antigua: vacíos que me duelen, pero que no puedo rellenar. Son vacíos que parecen susurrar en los rincones de mi propia vida como si fueran un eco de las decisiones que él tomó secretamente, un eco de las palabras que nunca deseó expresar, o que prefirió callar para esconderse en su silencio que estaba muy cercano al miedo.
A veces imagino que su deseo, o su miedo, fue dejar todas esas historias sin contar, como quien guarda un secreto en un cofre que nunca se abrirá. Pero esos hechos sin nombre, esas emociones sin forma, siempre encuentran una manera de salir del inconsciente, como me ocurre mientras escribo y trato de ordenar el caos de mis recuerdos. Quizá en sus últimos años, mi padre, Juan, encontró cierta paz en ese silencio, en aceptar que no todo puede ser explicado o revivido.
Es curioso cómo la escritura me conecta con esas ausencias gracias a la intuición; son cómo recuerdos tenues que, como fumarolas, persisten en mi mente y se transforman en palabras que dejo caer, una por una, como goteras sobre el papel. Corrijo mis textos y navego sobre esos fragmentos de vidas tan dispares, que me hacen sentir parte de un mosaico donde cada pieza cuenta no solo su historia, sino también la mía.
Entre ese mosaico de recuerdos y silencios, emergen figuras como la de mi madre, Ximena, una mujer que encuentro difícil de entender, pero que en su complejidad dio forma a nuestra historia familiar. Ella, con su inclinación por la escritura, se movió entre sombras y luces, entre el temor a exponer su verdadera voz y el deseo fuerte de pertenecer a un mundo literario que ella tanto admiraba. A veces me pregunto si su relación con las palabras no fue un reflejo de nuestra dinámica familiar, cargada de sentimientos y sustos no expresados, de silencios que pesaban como piedras. Escribir para ella parecía un terreno peligroso, un cruce entre la liberación y el juicio que temía recibir.
Recuerdo cómo los libros y las ideas flotaban en nuestra casa como si fueran parte del aire que respirábamos. Mientras mi padre absorbía el aislamiento de su trabajo, mi madre se refugiaba en talleres y conversaciones que parecían darle un propósito, aunque nunca se comprometiera del todo con el arte de escribir. Los libros y las conversaciones sobre literatura llenaban nuestras noches, era una especie de ritual que parecía unirnos, pero al mismo tiempo evidenciaba las brechas que existían entre nosotros. Mi madre hablaba de autores y obras con una pasión que parecía ajena a su propia escritura, como si la creación literaria estuviera destinada para otros, no para ella. Quizás esa contradicción fue el reflejo más profundo de la dinámica familiar que compartimos.
A medida que el silencio de los años se iba acumulando, comprendí que aquellos vacíos que mi padre dejó tras de sí fueron más que ausencias; fueron huellas de una vida marcada por decisiones que nunca compartió; y que él siempre nos escondió. Mi madre, en contraste, se aferró a los talleres literarios como un refugio, como una ventana hacia un mundo que le permitió escapar del peso de las palabras no dichas. Pero incluso en ese espacio de creatividad, su relación con la escritura estaba teñida por el miedo, y eso la podaba, el temor a mirar demasiado de cerca esas verdades que ella misma evitaba confrontar le quemaba las palabras que se le caían como piedras polvorientas sobre el papel que tenía enfrente.
Quizás escribo porque Ximena lo hacía bien. Me reconforta pensarlo de esa manera, me gusta especular que esa fue su herencia, y que esa fue mi madre sustituta (como le escuché en una entrevista a la escritora argentina, María Negroni). En los momentos de desánimo, me aferro a la idea de que mi interés por escribir fue lo que heredé de ella. Ximena me empujaba a hacerlo. Ese fue su legado, y ese es un recuerdo generoso que guardo con cuidado, construido con buena leche, aunque nunca lo sabré con certeza; pero escribo.
Avanzo en mis recuerdos, y noto cómo las palabras y los sentimientos no expresados moldearon nuestra historia familiar. Escribir, entonces, se convirtió para mí no solo en un acto de memoria, sino también en una forma de reconciliación, un intento de llenar esos vacíos que Ximena y Juan dejaron tras de sí. Quizás la escritura es el puente que puede unir esos mundos que parecen tan distantes, pero que comparten raíces profundas de cariño, miedo y silencio.
En el retazo de imágenes que forman mi pasado, los talleres literarios de mi madre brillan como pequeñas constelaciones donde ella buscó algo más, algo que quizá nunca encontró del todo. Ella se rodeó de escritores y participó en innumerables Talleres Literarios, como los de Guillermo Blanco, Martín Cerda, Enrique Lafourcade, Agata Gligo, y Edmundo Concha. Me pregunto si en esos momentos de escritura, cuando alcanzaba a bajar las palabras desde su intimidad hasta el papel, ¿lograba tocar, aunque fuese brevemente, esa verdad que tanto la asustaba?
Quizá esa verdad que perseguía mi madre en su escritura era la misma que siempre intentó evadir: la confrontación con las heridas del pasado y los silencios que moldearon su vida. Esas palabras, que jamás se atrevió a decir con claridad, se filtraban en cada relato, en cada historia que jamás reconoció como propia. Tal vez, en algún rincón de su alma, sabía que la escritura es un espejo implacable, uno que no permite omitir ni disfrazar las emociones que nos definen. Sin embargo, había algo profundamente humano en su lucha interna, en esa tensión entre querer expresar y temer hacerlo. A menudo la veía perderse en sus pensamientos, con la pluma suspendida en el aire, como si las palabras que deseaba escribir estuvieran atrapadas en una tormenta de dudas. En esos momentos, me preguntaba si la escritura para ella era un refugio o un campo de batalla. Quizá ambas cosas a la vez.
Es imposible no comparar su relación con las palabras y mi compromiso con la escritura. Mientras para mí escribir se ha convirtió en un acto de reconciliación, para ella pareció ser una puerta que se abría solo para mostrarle los abismos que tanto le aterraban. Pero aun así, seguió enfrentándose con a esa puerta, intentando cruzarla una vez más, como si buscara algo que nunca lograría alcanzar del todo.
Conoció a escritores de renombre, como José Donoso y Alone, el famoso y temido crítico literario de esos años, que ayudó a Neruda cuando nadie lo conocía. Alone escribía bien, pero solo cuando criticaba a otros escritores en sus celebradas crónicas literarias que aparecían cada domingo en el suplemento de El Mercurio. Fue curioso ver cómo Juan los toleraba, cómo los saludaba al llegar del trabajo, cómo los miraba, cómo les daba la mano; pero hasta ahí nomás, de lejitos, manteniendo las distancias, como si les conociera sus secretos y sus debilidades más íntimas.
La amistad de mi madre con Alone duró años. Iban a pasear al Cerro San Cristóbal y se tomaban fotos con esas cámaras de cajón artesanales, en la punta del cerro, a los pies de la Virgen. En varias ocasiones Alone le ofreció enseñarle a escribir invitándola a Piedra Roja, su refugio, el lugar donde escribía sus crónicas temidas que fulminaban o creaban autores de renombre.
Lo triste y sorprendente es que Ximena, con esa relación extraña que tenía con la escritura, cuando lograba escribir algo bueno, cuando un relato funcionaba y escribía en carne viva, se asustaba y ya no quería tocar más el tema. Quizás la escritura para ella no fue más que una distracción, una oportunidad para rodearse de gente inteligente y con algo de glamur, como José Donoso y sobre todo con su señora, Pilar Serrano, que siempre y con mucho encanto hablaba de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, o Cortázar, como si fueran sus vecinos. Para Ximena la escritura fue importante, pero le tuvo temor, le tuvo miedo. Tal vez descubrió que al escribir se llega a un punto de inflexión, sin retorno, donde ya no hay vuelta y se hace imperativo contar la firme, sin rodeos, sin los fuegos artificiales de la palabrería inofensiva. Ahí los silencios salen a la luz, se notan tanto como las palabras. Pero mi madre tuvo buena compañía porque Alone tampoco se atrevió; se le doblaron las piernas y fracasó, se quedó en la periferia y comentando lo que leía, el último libro que le llegaba a sus manos. Se trancó, se asustó, nunca se liberó de su familia y sus raíces. Recuerdo que le confesó a Ximena que él tampoco poseía ese soñar despierto de los escritores, ese soñar que empuja a seguir escribiendo en el background, con una parte del cerebro recordando o mejorando una frase, un párrafo, el título de un relato, mientras la otra maneja hacia el trabajo, o se toma una ducha por las mañanas. Hubo también otro temor importante y práctico que inhibió a Ximena, que marchitó su escritura. Fue el terror visceral a la crítica porque no la soportaba, no sabía qué hacer frente a ella. Pobre del conocido, familiar o amigo, que con mucha valentía le señalara un potencial error (…y aquí recuerdo a Juan; pobre papá). Nunca la vi reconocer un desliz, nunca la vi dudar de sus juicios certeros, perentorios, inapelables que largaba al grupo como carne cruda.
Ximena participó del Taller Literario organizado por la escritora Ágata Gligo, fallecida a los sesenta y un años de un cáncer fulminante en 1997. Se había dado a conocer al escribir una biografía sobre María Luisa Bombal, (María Luisa, Editorial Andrés Bello, 1984). Ágata Gligo conoció bien a mi madre, la mencionó en su libro póstumo titulado Diario de una Pasajera (Editorial Alfaguara 1997). En una de mis visitas a Chile, lo encontré por casualidad escondido en una estantería de la cocina. Al leerlo me gustó porque me pareció íntimo y auténtico. En la página 187 escribió: Me sorprende Ximena. Tiene talento e imaginación, pero carece totalmente de pasión por escribir y, aunque no lo diga, es la única escéptica respecto al propio progreso literario. Intuyo que viene solo para entretenerse:
Miércoles 21 de septiembre de 1994
Ayer martes, al terminar la clase, las alumnas hicieron todo tipo de declaraciones positivas. Encuentran maravillosas las sesiones, la dinámica y a la profesora. Fedora y Ximena sostienen que su opinión es fundamentada, ya que han pasado anteriormente por conocidos talleres literarios: el nuestro sería algo extraordinario. Fedora, que solo se integró en el segundo semestre al taller que ahora desarrollo en mi casa dice que en estas seis clases ha aprendido más que en toda su vida, que doy mucho, que ilumino y comunico mucho en lo literario y que hago aflorar el sentido filosófico del trabajo. Las demás confirman. Se las ve convencidas. Yo siento que me entrego de verdad a esa tarea. Jamás hubiera pensado que, con todas mis dificultades para escribir, iba a ser capaz de ayudar a otros. Es emocionante. El grupo se ha consolidado muy bien. Me sorprende Ximena. Tiene talento e imaginación, pero carece totalmente de pasión por escribir y, aunque no lo diga, es la única escéptica respecto al propio progreso literario. Intuyo que viene solo para entretenerse.
En el Taller, Ximena escribió el siguiente relato que tituló Vivir con un Recuerdo:
Los grandes terremotos ya no me impresionan. Viví el primero a los nueve años y caminé entre los escombros que después supe cubrían los cadáveres.
Las atrocidades de la naturaleza nos hacen dar gritos de espanto, pero no nos alcanzan con esa puntada en el pecho, ese escalofrío que nos recorre el espinazo cuando observamos en apenas unos minutos toda una vida.
La muerte de un hijo es una tragedia cruel, la más penosa que le puede ocurrir a una mujer; sin embargo, el tiempo cubre ese sufrimiento de la misma manera con que se cubren las heridas sangrantes, tapándolas con vendas, forrándola. En cambio, los hechos pequeños, realidades apenas advertidas, apenas adivinadas, secretos pesares, como maldades del destino, remueven en la profundidad de nosotros mismos todo un mundo de dolorosos pensamientos que a veces los años y el tiempo no pueden cubrir. Los sufrimientos morales, tan complejos como incurables, tan vivos como profundos, persisten en hundirnos en un mar depresivo, amargo, como un desencanto imposible de alejar.
Recuerdo un hecho hondo, pequeño, palpitante, como si lo viviera ahora mismo. Ya tengo cuarenta años, pero entonces no era más que una chiquilla, una niña algo soñadora sumergida en la filosofía y en la historia. En ese entonces no me gustaba compartir con mis compañeros el café de la escuela, ni me interesaban los alborotos al terminar las clases. Me levantaba temprano y recorría el parque solitaria camino a la escuela. Los jóvenes de ahora ya no parecen caminar bajo los árboles, ¿verdad? El parque era como parte de un bosque olvidado, con claros luminosos, y las avenidas anchas y rectas de los costados fueron mis preferidas. Grupos de flores crecían aquí y allá, y algunas abejas doradas zumbaban al sol de la mañana. A menudo me sentaba a contemplarlas, y gozaba el sosiego de ese mundo.
Una mañana no fui la única. Un viejo flaco y encorvado, reescribía y recopilaba páginas afirmando las hojas sueltas sobre sus rodillas. Me interesó la enigmática postura del anciano. Lo espié durante horas escondida entre el macizo de plantas de la orilla. Me alejaba finalmente silenciosa, esperando no ser vista, cuando repentinamente el anciano me llamó por mi nombre: Ximena. Por un instante me paralizó la sorpresa. De inmediato sus ojos vivos parecieron palpitar al entregarme sus hojas manuscritas. A los pocos minutos, sentados ya muy juntos en la piedra helada, comencé a leer. En lenguaje pomposo explicaba en pormenores el trabajo y los problemas que habían tenido un grupo de personas. Mientras leía, el miraba hacia los lados, inquieto de que alguien más conociera su secreto. Me sentí turbada, intrusa, al conocer las humillaciones que el pobre viejo había sido víctima, hasta ser obligado a jubilar de su propia empresa, una empresa dirigida por él durante veinticinco años.
-Y para que sepas hijita –me aseguró- esto lo publicaré bien corregido, y entonces ellos sentirán vergüenza por lo que hicieron, vergüenza, y me devolverán mi trabajo.
Un ligero viento desprendió de mis manos la última página de su manuscrito. Los hechos narrados estaban fechados treinta años atrás.
Ese viejo, escribiendo su defensa tantos años más tarde, me tortura, y ese recuerdo se me ha quedado adentro como una herida sin curar.
Mi abuelo era un hombre sereno, tranquilo. Gustaba pasar sus horas leyendo en su sillón preferido frente a la chimenea y a su silenciosa biblioteca. ¿Por qué lo encontré escribiendo esa mañana? ¿Por qué esta herida no se cura? No lo sé. ¿Lo sabe usted?
Siento que el cuento está bien escrito, es la madre que desearía recordar; no la anciana disminuida y desconfiada, amargada, que hablaba mal de los parientes, o sus nueras, y que no creía en nada ni en nadie.
Ese cuento no solo significaba un recuerdo, sino una forma de confrontar tiempos pasados, heridas que no cicatrizan del todo y preguntas que no encuentran respuesta. En cada palabra que Ximena escogió, siento el peso de lo que no se dice, de lo que queda en el aire, insinuante, como un eco que rebota en los rincones de mi memoria. Me pregunto si ella encontró alivio al plasmarlo o si, al contrario, removió aún más las aguas profundas de aquello que nunca dejó de doler. A veces, mientras leo esos relatos, siento la urgente necesidad de entender a esa mujer que fue mi madre, no solo por lo que vivió, sino también por lo que calló. Esas historias, pequeñas pero poderosas, se convirtieron en su legado, aunque ella, tal vez, nunca lo percibió de esa manera.
En el cuento toca tres temas que me picanean, me rasguñan; primero, el transcurso inexorable del tiempo y la memoria, que nos carcome lentamente y se queda vibrando dentro de nosotros sin descanso; segundo, los recuerdos indelebles; y tercero, esa herida que no cura, que se esconde, y que el tiempo no puede cubrir con vendajes. El dolor de la injusticia, del olvido, de la pérdida de identidad es más difícil de cicatrizar que el dolor físico. Un desgarro así, no se logra cubrir con trámites, con obligaciones, con tareas; estará siempre presente, dolorosamente presente. Me atrae ese tormento final del relato, esa como irreversibilidad desgarradora con que se nos presenta la vida. La imagen del abuelo leyendo en su sillón frente a la chimenea, contrasta con la urgencia de ese otro momento, esa necesidad de escribirlo todo, de explicarlo, como si el abuelo, en una última resistencia, se aferrara a la escritura para mantenerse en pie. Me parece, también, que el relato está bien escrito porque el narrador es invisible, el ego de Ximena, que era portentoso, asociado a un gran narcisismo, no se manifiesta por ningún rincón del relato. Está claro que ese texto lo escribió porque algo le molestaba, le dolía. ¿Estaría ahí presente, el recuerdo del doctor Alfonso Asenjo, despedido de su trabajo de manera tan ignominiosa?
Ximena no escribió ese cuento para lucirse frente a Alone, o frente a los sacerdotes amigos, o frente a sus hijos. No lo escribió para asombrarnos; ella estaba finalmente invisible. Al relato tampoco le faltan ni le sobran palabras; está escrito con lo justo y sin fuegos artificiales innecesarios que pudieran distraernos, que pudieran robarnos, expulsarnos del relato. Uno queda remecido por ese paso inexorable del tiempo (¿hacia la muerte?) y donde regurgitan costras hirientes, desencuentros que nunca se resuelven.
Ximena escribía bien. Por eso mi crítica; porque ella pudo, ella debió escribir más y mejores relatos, fue una lástima que no lo hiciera, y no para publicar o hacerse conocida, o exitosa, o famosa. Haber escrito más para que su memoria perdurara entre nosotros, sus hijos, y entre sus nietos y nietas. Pese a su talento, no tomó en serio su escritura, y perdió ella y perdimos todos.
A veces me pregunto qué me impulsa hacia esa necesidad de buscar entre los papeles, los recuerdos y los relatos que atesoro en el subterráneo de mi casa. Es como si en cada hoja amarillenta, en cada línea escrita, se encontrara una parte perdida de mi identidad, una pieza del rompecabezas que me define. Quizás se trata de una forma de reconciliarme con el pasado, de encontrar respuestas a preguntas que nunca he podido formular del todo. Noto que hay algo profundamente humano en esa búsqueda, en esa urgencia por preservar los fragmentos de quienes fuimos y de quienes estuvieron frente a nosotros.
Recuerdo el día que descubrí una carta escrita por Ximena, doblada cuidadosamente dentro de un libro olvidado. Las palabras se sentían frescas, como si acabaran de ser plasmadas, y aunque había pasado tanto tiempo, la voz de mi madre resonaba a través del relato. En ese momento entendí que, aunque su figura se ha desvanecido con los años, sus palabras permanecen como un eco inmutable, una forma de inmortalidad que solo la escritura puede ofrecerme. No son solo recuerdos, son puertas a mundos que todavía no logro desentrañar por completo.
Siento que ese gusto por escribir, el hechizo por los libros, por las palabras, por el lenguaje, lo heredé de Ximena, es algo que no me lo podrán quitar; es un testamento válido que no tiene vuelta. En los momentos de desánimo, la trato de recordar de esa manera, imagino que esa fue su herencia, que el lenguaje fue su verdadero legado, o el lenguaje fue mi madre sustituta. La mesa coja del comedor de diario y lo que ocurría en torno a ella, a la entrada de mi antigua casa en Avenida Suecia 1521, fue una realidad, existió, y siento que de ella no debo huir. Debo recordarla en textos que transmitan emociones para que siga viva en la memoria y sienta que todo eso fue cierto, que todo fue verdad.