Ultima versión de Momento 22: Eugenio Berríos, químico de Pinochet incluido en Las huellas de una huida

Intentémoslo de nuevo, levantemos otras alfombras. Pasa el tiempo, y las situaciones que en un momento parecían insignificantes, a veces se agrandan, cobran otra intensidad, o adquieren nuevos colores. Es entonces cuando repaso esos momentos como si olfateara fotos o fragmentos del pasado. Trato de encontrarles nuevas interpretaciones; aunque duela y el esfuerzo falle y se derrumbe. No funciona porque el tiempo es otro, las situaciones han cambiado, y los afanes de la gente son distintos; también muchos han desaparecido, están muertos. Al escribirlo busco nuevas luces, nuevas interpretaciones. Noto que al expresarlo en palabras surge una esperanza, me ayuda, no me soluciona el puzle, pero me anima a continuar, a identificar esos momentos por si volvieran a mostrarse. Siento que cuando eso ocurra, es importante estar alerta, atento, para atraparlos en un rincón de la memoria y no se vayan al olvido sin meter tan poco ruido. Son momentos especiales porque la suma de 2 + 2 deja de ser 4, no funciona. Son momentos que obedecen a otras leyes, instantes para colocar uno al lado del otro, como en 22. Es difícil darse cuenta, cuesta distinguir entre esos dos momentos. Los 2 + 2 son 4 parecen aburridos y muchas veces previsibles, por eso uno los deja atrás y los olvida. Los momentos realmente interesantes suceden cuando 2 + 2 dan un 22. Cuesta verlos, pero cuando los identificas te dicen mucho más y ya no los puedes olvidar.

Me enteré de su muerte cuando caminaba por Euclid Avenue, frente al edificio principal de la Universidad donde estudiaba, en Cleveland. Esto ya lo he contado en versiones anteriores, pero nada pierdo con intentarlo otra vez, es una búsqueda que nunca se termina. El 23 de enero de 1982, hacía un frío intenso en Cleveland. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase la tendría en otro edificio, detrás de la biblioteca principal. Todavía no reconocía bien las calles que pronto formarían parte de mi entorno. En el titular del New York Times, que leí parado en la vereda, a través de una vitrina de metal y un vidrio sucio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido. Esa era la noticia que me despabiló, que me dejó plantado mirando el diario por un largo rato. Cuarenta años después todavía sigo plantado, y todavía trato de averiguar qué fue lo que ocurrió. Busco potenciales pistas, pero no resulta, ya todo se ha enfriado. A los pocos días mi padre me escribió una carta confirmando la noticia, pero sin detalles para no comprometerme, para no meterme en problemas. En casos como estos, es bueno saber poco, o es bueno tener mala memoria.

Un fragmento 22 que se me instaló para quedarse, ocurrió en la playa de Punta de Tralca, durante la Convención Anual de la Sociedad de Química de Chile. Corría el año 1981, terminaba mi Licenciatura en Química y me preparaba para continuar mis estudios en el extranjero. Todavía no tengo claro por qué me fui, por qué mi huida del país, pero así ocurrió, partí. Estábamos en el estacionamiento del recinto de vacaciones del Banco Central, donde se efectuaban las Jornadas, cuando repentinamente un conocido de un amigo -un químico llamado Eugenio Berríos- llegó a gran velocidad para estacionarse al frente nuestro, vecino a un roquerío. Se bajó de su Fiat 125 dando un gran portazo y procedió a abrir la maleta de su auto como si descorriera cortinajes y nosotros fuéramos los espectadores de una obra de teatro. Introdujo sus manos en la maleta y con delicadeza de mago las levantó para mostrarnos un botellón de Chivas Regal que le habían regalado hacía pocos minutos. Lo elevó a las alturas como si fuera una condecoración y soltó una carcajada juguetona, invitándonos a compartir y a celebrar con él. La botella, en lo alto, parecía concentrar los rayos del atardecer transformándolos en reflejos pálidos que nadaban en el fondo. Eugenio se veía simpático y bonachón, alegre. Vengo llegando de San Antonio, nos dijo radiante de felicidad y optimismo, donde almorcé con el Mamo en su restorán favorito, La Juanita. Recuerdo esos diálogos porque todo parecía casual, un encuentro simple y anecdótico, de última hora y sin repercusiones importantes. Pero transcurridos varios años, vislumbro conexiones tenebrosas, y me resulta natural imaginar que Eugenio pudo haber visitado antes, antes de pasar por San Antonio, la Clínica Santa María. Se había detenido ahí para averiguar cómo progresaba su trabajo clave, su proyecto estrella: el envenenamiento de Eduardo Frei Montalva, su cliente VIP. Imagino que el Mamo, asignado a Tejas Verdes, en el puerto de San Antonio, lo esperaba ansioso encerrado en su cuartel. Movía papeles sin lograr concentrarse en ninguno, no tenía deseos de leer ni tampoco de fumar, pero chupaba con fuerza un puro cubano que había pertenecido a Salvador Allende. Se lo había obsequiado su jefe máximo, una caja completa substraída cuando desvalijaron la casa del expresidente en el día del Golpe. Su jefe se los había regalado como reconocimiento después de un exitoso atentado contra un opositor en Washington. Pero esas eran glorias pasadas, ahora necesitaba escuchar noticias nuevas, esperanzadoras, que le pudieran empujar hacia nuevos protagonismos y triunfos. Después del informe detallado de Berríos, probablemente el Mamo satisfecho y radiante de optimismo, lo invitó para celebrar los avances del proyecto donde La Juanita. Durante la comida estuvo conversador y demostró buen apetito. El congrio frito acompañado con ensalada a la chilena, pebre y vino blanco, le había durado pocos minutos sobre el plato. El Mamo estaba tan alegre, que al despedirse y como muestra de aprecio, llamó al cuartel para que un subalterno le trajera un botellón de Chivas Regal para Eugenio; los puros eran solo para él. El Mamo imaginaba que después, su jefe máximo lo premiaría a él también. ¿Cuántos favores le debía? ¡Le faltaban manos y dedos para contarlos todos! Tenía más poder que muchos de ellos, le tenían miedo, de seguro ahora lo iban a ascender a general de generales.

En ese entonces no sabía que el Mamo era el general Manuel Contreras, jefe de los servicios de inteligencia de Pinochet. Ese momento 2 + 2 todavía me entregaba un 4. Tampoco sospechaba que ese hombre simpático y bonachón, bien vestido, de corbata -muy hablador- trabajaba en el Proyecto Andrea, donde sintetizaba armas químicas como el fatídico gas sarín y bacterias poderosas.

A Berríos, el químico de Pinochet -como se lo conoció después de algunos años- todavía le admirábamos el botellón de Chivas Regal cuando Fernando sugirió, en medio de una ventolera que llegaba de la playa, que lo probáramos en mi casa, ubicada a pocas cuadras, en Algarrobo. Berríos no se opuso y lo celebró con más sonrisas; nunca dejaba de reír, de mover sus manos y ajustarse una corbata azul. Se notaba que le gustaba la ropa de calidad. Se tocaba los bolsillos de su chaqueta para corregirle las arrugas; lo hacía sentirse bien. Cada cierto tiempo estiraba el cuello hacia adelante, como si le apretara la camisa; esa era una convulsión que no lo abandonaba. Levantó otra vez el botellón sobre un horizonte que nos mostraba un azul intenso salpicado de gaviotas que volaban rasantes sobre nuestras cabezas. Al poco rato, todos sujetamos el botellón como un trofeo, como una condecoración que cada uno se pasó de mano en mano. A los pocos minutos terminamos en mi casa saboreándolo con hielo. Nos sentamos a la mesa de manera desordenada; pero Berríos, sin preguntar nada, sin esperar una invitación, de manera natural se ubicó a la cabecera. De inmediato tomó la palabra y no dejó hablar a nadie más. La conversación se concentró en lo que él había hecho durante su tesis de grado y lo que pensaba hacer en el futuro. Como un químico consumado, nos dio una disertación sobre la boldina, el componente básico del boldo que se consume como agüita de boldo. Recitó fórmulas y estructuras químicas que después garabateó sobre una servilleta de papel. Mencionó análisis de química analítica, demostrándonos así que dominaba el tema. Explicó que buscaba transformar la boldina en un gran negocio. Por momentos, cuando notaba que nuestra atención decaía, de manera espaciada y para mantenerse en control, soltaba nombres de personajes importantes que nos dejaban mudos y, en ocasiones, asustados, con deseos de estar en otra casa y conversando de otros temas. Así fue como regularmente mencionó at Tata como si fuera su compadre. Cuando lo hacía, de inmediato miraba a su alrededor para medir el efecto que habían tenido sus palabras, para ver los fuegos artificiales que encendía. Los que no asociábamos al Tata con la figura de Pinochet, lo imaginábamos, lo suponíamos entre sonrisas forzadas y tragos largos y nerviosos de su Chivas Regal que ya nos empezaba a caer mal. Berríos gesticulaba, movía los brazos, le gustaba impresionar, farsantear sobre sus contactos con políticos y autoridades de gobierno. Su histrionismo atravesaba cada gesto, cada una de sus frases. Buscaba caer bien y que lo aceptaran. Al despedirnos, lo hice con la esperanza de que Eugenio nunca se acordara de nosotros, nunca se acordara de la casa de Algarrobo, el Chivas Regal o de mí. Le di la mano y noté que la tenía blanda y pequeña. En la otra llevaba el botellón casi vació que nunca abandonó. Mientras se alejaba, su rostro todavía dibujaba una sonrisa, pero era un gesto frágil que en cualquier momento podía transformarse en una mueca de susto, o de terror.

Llegué de regreso a Santiago, y a los pocos días, de sorpresa, me ocurrió otro fragmento 22, o quizás una extensión del anterior. Era de noche cuando lo veía llegar a casa. Sucedió varias veces. Tocaba el timbre y entraba con cara de circunstancia, como un escolar que ha fracasado en un examen. Venía para hablar con mi padre, su colega. Esas consultas eran habituales, era común que tarde en la noche, un pariente de algún accidentado llamara buscando atención médica. Uno escuchaba en silencio las preguntas y respuestas. ¿Perdió el conocimiento? ¿Vomitó? Llévenlo de inmediato a la Clínica, decía mi padre. Al poco rato, tendido sobre su cama, llamaba a la Clínica para dar cuenta de la situación. Deme con el médico de turno. Si la telefonista a cargo era lenta o despistada, entonces empezaban los gritos. Pero aquella noche, en el cuarto de estar, hablaban con el rostro preocupado sobre la salud de Eduardo Frei Montalva, recientemente operado en la Clínica Santa María de una hernia al hiato que, inexplicablemente, había evolucionado hacia una infección descontrolada. Los médicos no sabían cómo rescatarlo y buscaban un rumbo para salir de la emergencia. Mi padre no estuvo en el equipo médico que lo atendió; pero en consultas preliminares, le había aconsejado a Frei que se operara en el extranjero, incluso le dijo derechamente y apesadumbrado que no podía operarse en la Clínica Indisa, que en ese entonces dirigía como presidente del directorio; pero se lo dijo sin fundamentar los motivos de su negativa. No se atrevió a conversar derechamente con Frei sobre los peligros que corría al operarse en Chile. No le habló de las sospechas que tenía sobre la posibilidad de un atentado; no se atrevió a tocarle el tema. No le explicó lo fácil que sería intentar algo así en el quirófano o en un cuarto donde pasaría varios días internado. Haberlo hecho, habría puesto en peligro su propia seguridad; el régimen lo podría haber acusado de esparcir calumnias, divulgar rumores falsos sobre las honorables autoridades de gobierno. Sin embargo, intentó hacer algo, trató de disuadirlo explicándole que la cirugía era difícil, y que sería mejor viajara a los Estados Unidos donde tendría una atención médica más sofisticada. Pero al darle ese consejo, mi padre sin querer ayudó a propagar el argumento de una cirugía compleja que podía desembocar en situaciones peligrosas, idea que después fue utilizada por los partidarios del régimen para explicar su deceso como un proceso natural, donde la intervención de terceros no habría ocurrido. Frei no lo escuchó, no lo quiso escuchar, le pareció muy feo desconfiar de los especialistas chilenos, nacidos y educados en su patria. Resulta difícil imaginar las razones que lo hicieron sentirse a salvo, tan al margen del peligro. No le faltaban antecedentes como para percibir amenazas serias: en el año 1974 el general Carlos Prats y su señora habían sido asesinados en Argentina; Orlando Letelier en Washington el año 1976; y su camarada, Bernardo Leighton junto a su esposa, terminaron gravemente heridos a bala en Roma, en el año 1976.

La Clínica Santa María no le puso dificultades para que se atendiera ahí. Pero una vez que se operó, a los pocos días, y como había presagiado mi padre, se le desencadenó una infección virulenta que le causó la muerte en pocas semanas. Durante ese período, el doctor Alejandro Goic, a cargo del equipo médico que lo atendía, llegaba a casa para consultar con mi padre. Se conocían, eran amigos.

La noche comenzaba con la llamada telefónica del doctor Goic, y la seguía su llegada silenciosa, inquietante. Le abría la puerta y lo saludaba dándole la mano; la tenía tibia. Lo dejaba pasar sin preguntarle nada. Se notaba cansado, trataba de sonreírme, pero no le resultaba. Después del saludo miraba hacia el suelo, como esquivando piedras y evitar una caída. Al poco rato, sentados en el sofá del cuarto de estar, discutían las evidencias médicas con incredulidad, y también con miedo, como si exploraran un terreno minado, peligroso. Me enteré de que en un momento cifraron sus esperanzas en un nuevo antibiótico que llegaría de los Estados Unidos, pero eso fue todo lo que supe. No me permitían escuchar lo que hablaban, me tenía que ir. Ahora entiendo los peligros que implicaba conocer detalles. No probaban nada, no disfrutaban ningún trago especial. Tampoco comían, solo conversaban con reserva. Mi gato los acompañaba al pie de la escalera.

Consulto en Wilkipedia los detalles sobre cómo terminó Berríos, cómo le llegó el final. En los años 90, la justicia lo buscaba para que declarara sobre el asesinato de Orlando Letelier en Washington. Todavía no lo buscaban por la muerte de Frei Montalva, su nombre solo aparecería años después, cuando ya había sido asesinado. En esos años los servicios de inteligencia lo llevaron escondido a Uruguay, bajo la protección del servicio de inteligencia de Chile y Uruguay. Ya no lo podían controlar. A Berríos le costaba trabajo seguir esa vida de encierro y silencio; cada día que pasaba bebía más y buscaba rutas de escape. Leo en La Nación del 1 de noviembre del 2009, cuando se investigaba su muerte:

Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país.

Varios años después, en abril de 1995, finalmente encontraron las osamentas de Berríos enterradas en la arena, en la playa de El Pinar, cerca de Montevideo. Berríos no solo trabajó con fuego, pero hablaba demasiado, conocía mucho. Lo más probable es que participó en el envenenamiento de Eduardo Frei Montalva -fue uno de sus proyectos- y los autores intelectuales de ese asesinato querían evitar que la verdad se destapara con un Berríos vivo y hablador, farsante, sobre todo cuando tomaba demasiado y buscaba impresionar.

Con los años me he topado con amigos chilenos y con profesores ya retirados de esa época. Incluso un día me encontré con Fernando en el aeropuerto de Washington. No habíamos terminado de cruzar unas palabras, cuando de improviso, casi agarrándome del cuello, me preguntó con urgencia:

            -¿Te acuerdas?

– ¿De qué?

– ¡De Berríos! –me aseguró, Fernando- ¿te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?

Vibré, dudé un minuto, mientras sus ojos parecían escrutar en mi memoria pidiendo una certeza. Imaginé que huía, que me disculpaba para evitar una respuesta clara. Evadí el tema por unos segundos, me hice el distraído, le iba a contestar que no lo recordaba, que había pasado mucho tiempo, ¡mucho tiempo, Fernando, tantos años!; pero después de un silencio donde lo vi sentado en mi casa en Algarrobo, lo pensé mejor y ya no pude huir. Le respondí que me acordaba, que había sido cierto, todo ocurrió así, Fernando. Al escuchar mi respuesta, se le recompuso el rostro y dejó de temblar. Los eventos que él me había mencionado no habían sido fantasmas del pasado, el botellón de Chivas Regal y las conversaciones sobre el Tata habían ocurrido de verdad. Se lo volví a confirmar mientras me soltaba, mientras me dejaba ir. No me dijo nada más. Se alejó apurado para no perder su vuelo a Chile, chau, viejito, nos vemos. Cojeaba, se veía lento, se veía de más años. Miré hacia las pantallas buscando mi vuelo de regreso a Michigan. Al despedirme con mis dos manos en alto, con mis dos manos vacías en medio del trajín de los viajeros que pasaban cargados con paquetes y maletas, llegué a sentir los roqueríos de la playa en Punta de Tralca. Habían pasado cuarenta años, pero durante unos instantes regresé al oleaje, al murmullo de las olas y hacia el vuelo de gaviotas que vi pasar rasantes sobre mi cabeza. Fernando había vivido un momento 22.

¿Hui también de Punta de Tralca?