La familia…o secretos de familia, o simplemente los secretos (III)

Todavía recuerdo mi entusiasmo; porque llegué tarde a eso, al entusiasmo; me costó esfuerzo descubrirlo, pero una vez que me tocó, se quedó conmigo y se ha demorado en emprender su vuelo, en abandonarme. Noto, eso sí, que con los años el entusiasmo se opaca poco a poco y pierde altura, noto que ya me cuesta más esfuerzo interesarme en algo que descubro, por ejemplo, en algo que aprendo, pero felizmente el entusiasmo no ha desaparecido del todo, no completamente.

 

Mi último entusiasmo en esta “fase de los entusiasmos” ha sido la memoria. Encuentro que es justamente ahí, lo que hemos vivido a través de los años, lo que hemos conocido a través de los años, lo que hemos sufrido y gozado a través de los años, eso es lo que nos hace verdaderamente únicos y distintos….. pero siempre que lo recordemos. Si en algún momento pierdo un brazo, creo que seguiré siendo el mismo de antes, pero si pierdo mi memoria, mis recuerdos, ahí creo que es grave, ahí empiezo a ser otro.

 

Son curiosas las escenas, las conversaciones, los actos que a uno se le fijan para siempre; no conozco cómo funciona ese mecanismo en el cerebro por el cual uno los selecciona y guarda. El departamento de ellos, por ejemplo, quedaba bien cerca de la antigua Facultad de Química y Farmacia donde yo estudiaba en ese entonces, casi vecinos, por eso mi padre concertó una visita mía, por qué no los vas a ver, vas a almorzar, me dijo. Y así lo hice, fui a ver a su hermana, a mi tía Maruza a su departamento para comer algo y saludarlos. En ese tiempo estudiaba química y me resultaba fácil ir a verlos, y por eso fui; además deseaba verlos. Terminé una clase de química en uno de esos auditorios de madera bien usada, antiguos, y pasé a verlos. Lo curioso es que el único que almorzó en ese momento fui yo, porque el único que se sentó en una mesita fui yo, el único que probó un pan con tomate y jamones fui yo. Mi tía Maruza estuvo ahí, se movía y conversaba pero nunca se sentó a la mesa, y los pobres me atendieron como si estuvieran rindiendo un examen de grado fulminante. Recuerdo que me ofrecían unos tomates lindos, rojos y jugosos, eso lo recuerdo bien; y que no paraban de rebanar tomates, de producir torrejas de tomate jugosas para que no me fuera a faltar nada. Nos dijimos poco a través de las palabras o en lo conversado, pero nos dijimos mucho en nuestros gestos, donde lo más importante fue encontrar un hueco donde pudiéramos poner las manos, o donde las pudiéramos dejar quietas o escondidas. El tío Pepe no estuvo presente, pero su figura la sentíamos sobrevolar sobre el departamento como una sombra grande. Además de mi tía Maruza, estaba su empleada, Teresa, la empleada de “puertas adentro” que tuvieron siempre. Ella lucía un delantal de cuadritos azules un poco sucio y donde se sobaba las manos y se las secaba. Fumaba mucho, y tenía los dientes cafés y picados de tanto fumar. Cuando uno la saludaba, siempre me fijaba en sus dientes. Y sobre su rostro lucía impunemente una barba y unos pelos negros, largos, o blancos, como canas, y que nunca se afeitó. Pero cuando ella me veía dejaba de fumar para abrazarme como si hubiese sido un hijo suyo. Genuinamente creo que me apreciaba, y la recuerdo con cariño. La última vez que la vi, iba saliendo del Hospital del Salvador. A lo mejor fue en una de sus visitas rutinarias poco antes de morir.

 

Me he dado cuenta que muchos de los mayores de esos años estaban más perdidos que uno, algo así como si el trabajo de ellos hubiese sido mostrarse invulnerables, aunque fueran vulnerables, fuera dar la impresión de que lo sabían todo aunque eso no fuera realmente cierto, porque pese a sus años sabían poco, y conocían incluso menos.

 

Es interesante poder llegar a la edad de uno para mirar hacia atrás, y hacerlo con los anteojos de padre, es decir uno mismo y después de transcurridos varios años como padre, padre de dos hijas. Y después lo veo a él –mi padre- y su misterio crece, a lo mejor porque fuimos “fabricados” en generaciones diferentes y con problemas distintos. Su historia no fue nunca mi historia, y tampoco se la conocí completamente. Se que  trató de hacerlo lo mejor que pudo, como lo he tratado de hacer yo, y también sé que se enfrentó incógnitas tremendas, abandonos que yo no conocí. Lo veo caminar, muchas veces lo imagino caminando, pero lo veo caminar solito.

 

 

¿Y cómo podría terminar esta notita, ahora, en un día de agosto, en una noche de agosto, en el 2018? ¿Cómo hacerlo ahora en Míchigan, cuando mi tía Maruza y Teresa y mi padre y N. N. y tantos otros ya se han evaporado? Me gustaría hacerlo imaginando a Teresa, la barbuda, la de pelos negros y largos sobre el rostro, o blancos, canosos sobre el rostro, elevando volantines o jugando con el avión del tío Pepe, y el tío Pepe cortándome más torrejas de tomate y riéndose, finalmente riéndose y ofreciéndomelas en el almuerzo, y a mi padre en el auto, de regreso a casa, contándome que un día se sintió muy solo, eso que los adultos nunca nos confesaron o nos dejaron ver porque estaba casi prohibido hacerlo, o porque uno a lo mejor les pedía que supieran de todo, o que entendieran de todo y nos hablaran de lo bueno y lo bonito. Y uno entonces dejaba de mirar por las ventanas del auto, dejaba de mirar hacia afuera, hacia los edificios altos que parecían moverse a gran velocidad, para mirarlo a él.

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