Como perdonando al tiempo

Me incomoda esta época del año. Los junios son así en este país, donde uno ve muchos animales atropellados en las autopistas; ciervos reventados, mapaches muertos, conejos, oposums, zorros, ardillas aplastadas; de todo encima de la carretera. Cuando empieza a mejorar el clima en Michigan, es normal que ocurra así, se nos va el invierno, y son muchos los animales que salen con sus crías en busca de alimentos y a enfrentar esa dolorida carnicería del camino.

 

El lunes pasado fue bien triste. Como de costumbre, salí apurado de la casa como a las 6:30 de la mañana. Al empalmar con la autopista 275 vi que hacia el norte y a los pocos metros, a la orilla del camino, había una pareja de aves rapaces, halcones de cola roja (red tailed hawk). Uno de ellos estaba claramente atropellado, muerto, mientras su pareja trataba de acercársele, pero de manera intermitente, atemorizado de los autos veloces que pasaban cerca, indiferentes, rugiendo y buscando nuevas víctimas. El pobre trataba de acercarse, y se movía para adelante y para atrás como el péndulo de un reloj antiguo, pero lento, “como perdonando al tiempo” (¡Piero! ¿Cierto?).

 

Los halcones tienen fama de poseer una visión muy buena, vuelan alto y pueden ver una pequeña rata a grandes distancias; son óptimos observadores. A mí me entusiasman por su agilidad, por sus vuelos rasantes y esa determinación tan grande que muestran cuando han escogido una presa a la distancia: se las juegan. Cuando uno se topa con accidentes como ese, y nota la resolución de la pareja solitaria, sospecha que ellos pueden llegar a sufrir tanto como uno frente a las tragedias. Al llegar a la casa, leí sobre las costumbres de esas aves en un libro que tenemos cerca de unos anteojos de larga vista. Todo adquiere más sentido cuando leo que esos halcones se emparejan de por vida, siempre juntos. Noto que ya me entero de costumbres que a lo mejor preferiría no conocer con tanto detalle. Dejo el libro a un lado. Siempre me ocurre así cuando compruebo de esas costumbres y ritos que se parecen tanto a las nuestras. Me intranquilizo, me molesto, me preocupa, como me ocurrió cuando leí algo sobre un santuario de elefantes, aquí en USA. Era un elefante rescatado de un circo y que entabló un fuerte lazo emocional con un perrito. Hasta ahí todo bien, todo normal. Siempre los veían juntos como dos compadres; cuando se movía el elefante para un lado el perrito lo seguía, como si los dos se hubieran adoptado, el uno al otro. Hasta que algo trágico ocurrió con el perrito. Los cuidadores solo se enteraron cuando el pobre elefante llegó con su querido amigo enrollado en la punta de la trompa. Ya nada se podía hacer, estaba muerto, pero de todas maneras el elefante lo trajo de regreso.

 

 

Por la tarde, después del día de trabajo, no quería enfrentarme nuevamente con ese halcón desamparado a la orilla del camino, y ver al único sobreviviente moviéndose de manera tan inútil; pero cuando enfrenté la curva en la autopista 275, todavía estaba ahí el pobre halcón, moviéndose como un péndulo de reloj viejo y acompañando porfiadamente a su pareja fría y tiesa, con sus plumas de colores rojos y cafés sobre el cemento caliente y gris del pavimento. Miré hacia otro lado, aumenté la velocidad del auto, moví el volumen de la música; pero sin muchos resultados. Estaban claramente ahí los dos, todavía los dos juntos. Llegué a la casa molesto, cansado, y no le dije nada sobre la muerte del halcón a la Pili; ¿para qué decirle nada si ella sabe mucho más de pájaros y animales que uno? Además ella también se topa con la misma carnicería cuando sale hacia el trabajo.

 

Al día siguiente, cuando me levanté de la cama, salí preocupado. ¿Qué hacer si encontraba al pobre halcón todavía esperando algún milagro? ¿Detenía el auto? ¿Me bajaba? ¿Llamaba a algún servicio de rescate? Pasé rápido para no mirar, para no enterarme. Felizmente ya no estaban, no quedaban rastros, ni siquiera habían plumas desparramadas sobre el pavimento. ¿Los atropellarían a los dos? ¿Llegó un coyote hambriento a banqueteárselos sin misericordia?

 

A la vuelta, como a las 5 de la tarde, pasé bien despacio para cerciorarme de que ya no hubiera nada, y felizmente así ocurrió. Había solamente un auto en pana, detenido, pero sin señales de algún problema serio.

 

En la casa, como de costumbre, hablamos sobre los asuntos simples del trabajo diario con la Pili; que Mike, mi jefe, seguía igual que siempre, amargado por el poco reconocimiento que le daban, que Trump no cambiaba, y que la pobre Hillary todavía se veía abofeteada después de su derrota. Al final lavé los platos. Cuando terminábamos de limpiar todo, de repente vimos volar un enorme halcón de cola roja que se instaló sobre el gancho de un árbol alto, como a 25 metros del suelo, en la casa del vecino. Nos miraba detenidamente. “Se va a comer a todos los pajaritos pequeños”, le dije a la Pili, preocupado, “se los va a comer”. “No, no te preocupes,” me contestó con voz segura, “se va a quedar ahí, quietecito, a pasar la noche. Mañana bien temprano volará. Cuando bajemos, no va estar; ya verás.” Tomé el anteojo de larga vista y lo observé por varios minutos. Se balanceaba encima de la rama como esperando, sin saber qué hacer, hasta que poquito a poco, después de varios minutos se empezó a acomodar, como arranchándose arriba de ese gancho.

 

Por la noche y ya en la cama, traté de leer otro poco, pero no lograba concentrarme en nada. Hacía varios días que tenía deseos de terminar el último libro de Richard Ford, pero me perseguía la imagen de ese halcón solitario, colgado arriba del árbol del vecino y observando hacia la cocina nuestra. ¿Era acaso el halcón de la pareja atropellada? ¿Era el mismo halcón de la autopista? ¿Cómo se sienten los halcones cuando les atropellan a la pareja? ¿Sufren? ¿Se olvidan pronto? Felizmente me duermo, apago la luz, dejo el libro y me duermo. Sueño que me bajo de la cama, lentamente, sin meter ruido para no despertar a la Pili (le carga cuando la despiertan) y bajo hacia el primer piso. Abro la puerta del family room, mientras le doy una galleta al Copo para que no ladre, y escapo hacia al jardín oscuro y silencioso de la noche. Miro hacia arriba y veo que el halcón ya se había ido. Imagino que estoy viviendo un sueño, y que todo lo que hago es un sueño y que lo mejor sería despertarme. ¿Me despierto o continúo? ¿Te ha sucedido a ti algo parecido? Sabes que es un sueño, y te debates sobre si vale la pena continuar o despertarte. Me decido por el sueño, por la exploración, por el halcón. Me acerco al árbol y me encaramo por el tronco, me entierro varias espinas pero continúo. Subo hasta bien arriba, hasta donde estaba el halcón, y ahí me quedo quieto, quietecito colgando de la rama alta. Era majestuosa la vista que tenía el ave; la disfruto. Y así me quedo por varias horas, hasta que veo que la Pili baja sola a tomar su desayuno. La miro y me pregunto cómo se sentirá preparándose el café. Parece absurdo, pero no logro entender por qué está sola. ¿Por qué bajó sola a prepararse el desayuno? Yo soy el que le preparo su café por las mañanas. La veo revolver el café con leche como si rezara, y por varios minutos no se mueve. De repente, sin probar el café, se levanta del asiento y afirma sus manos sobre el mesón de cocina y empieza a hacer unos stretching moviéndose para adelante y para atrás, como el péndulo de un reloj antiguo, pero lento, como perdonando al tiempo. Fue en ese momento, que sentí una soledad bien grande, profunda, y la imaginé también muy sola, bien desamparada. Cuando estamos solos como que nos da miedo sentirnos así, pero ahora percibo una cierta aceptación de pájaro, una cierta aceptación de halcón colgando de una rama.

 

Miré hacia abajo y afiné la vista hasta ver detalles increíbles, como las ramitas del suelo que se agitaban contra la brisa de la madrugada, o unas ratitas diminutas que jugaban persiguiéndose en el suelo. Me dieron unos deseos tremendos de volar y de transformarme en un halcón…… nunca imaginé que los halcones fueran tan inteligentes y que sintieran tanto.

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