Reconócelo, eres tú.

En una nota anterior mi primo, Nicolás Correa, me comentó algo sobre mi apellido y un especial juego de palabras que resulta cuando a Fierro se le come una “r”. ¿Le estoy haciendo una desconocida a un tal “Fiero” me consulta? Creo que su comentario tiene mucho de verdad. Es interesante porque nos muestra el poder del inconciente, esa sombra, ese amigote que nos conoce bien pero que calla, se tapa la boca y no nos dice mucho. Mi primo comentaba lo siguiente:

 

“….si “Fierro” es el apellido de tu padre, que no reconoces como “Fiero” podemos pensar que no reconoces que dentro de “Fierro” está contenido el “Fiero”, ¿no? Se puede interpretar aquí –con tu permiso querido primo- que no reconoces lo “fiero” de tu padre en ti, sino que ese aspecto (que se metió en la cabeza del otro para sacarle algo, o un Goodenough que te sometería como médico para que le abrieras la boca) está más conectado a una suerte de “deterioro” cuando se quiere ser alguien muy especial como estando por sobre las leyes de la termodinámica.”

 

Cuando me ocurrió todo eso y le hice la desconocida a “Fiero”, mi amigo Peter Faguy, estaba sentado en la oficina y me escuchó decir que ahí no había ningún “Fiero”. Fue entonces cuando me gritó: “That was you, Fiero, that was you!”, justo cuando ya colgaba el fono. Peter siempre lo recuerda y se ríe, pese a que él nunca se ha enterado de su significado.

 

Y ahora retrocedo muchos años: me encuentro parado a la entrada del cuarto de mis padres en la casa de ese tiempo, en avenida Suecia 1521. Es difícil reconocer cuan urgente es la llamada telefónica, pero pocos minutos antes ya había llegado la alerta principal; un accidente, un golpe en la cabeza y las indicaciones de irse de inmediato al Instituto de Neurocirugía (en Santiago, Chile) después de las consultas de rigor: ¿vomitó? ¿Perdió el conocimiento? Mi padre cuelga el fono y llama de inmediato al Instituto. “Déme con el médico de turno, señorita”. Se lo pide urgentemente. La frustración va en aumento cuando ella se demora y comienza a hacer sus propias consultas. Ahí empiezan los gritos, las demandas perentorias, los plazos, y a los pocos segundos el golpe fuerte del teléfono al colgar después de las preguntas de rigor:

-¿Qué con quien habla, señorita?…….. ¿Con quien cree usted que está hablando?……… ¿Y no me deje esperando en la línea, señorita, qué se cree?……….. ¡Déme con otra telefonista, usted no tiene idea! -y cuelga el teléfono que golpea como una bofetada, un látigo de plástico encima de la mesa, muy cerca de su cama.

 

No quiero ser injusto, a lo mejor ese paciente, ya situado adentro de una ambulancia estaba grave, con la masa encefálica chorreando sobre los latones grises del suelo, y necesitado de una urgente atención médica. No había mucho tiempo que perder:

-¡Déme con el médico de turno, señorita!

Y uno lo escuchaba a la entrada del cuarto como celebrando la suerte de no estar al otro lado de la línea, o sobre la camilla chorreando todo con sangre; estaba simplemente ahí parado a la entrada del cuarto, mirando y mironeando como lo he hecho tantas veces.

 

A lo mejor mi padre se sacrificó y gritó todo lo que había que gritar, pero por nosotros, para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. De todas formas ese “Fiero” nunca me gustó, y ahora que lo veo, ahora que casi lo toco a la distancia, me atrae incluso menos. Pienso que cuando uno se acostumbra a gritoneo en el trabajo, cuesta pasar de la primera a la segunda en esa caja de cambios, y la transición para abandonar el griterío se nos hace muy difícil. Por eso me esfuerzo, concientemente, -y a veces con poco resultado- en no ponerme emocional frente a situaciones de conflicto, me esfuerzo por no gritar y perder el control aunque a veces grite y patalee. Trato de no ser “Fiero” al rechazar ese apellido que también está adentro de mí, pero concientemente, y le doy la mano al inconciente para contarle que no se ha equivocado.

Y lo de “Fiero” va mucho más allá de un encontrón con la telefonista, porque mi padre profesionalmente tenía fama de peleador, de “Fiero”. Y aquí se hace necesario aclarar de nuevo por qué y por quien luchaba mi padre: peleaba por nosotros, para protegernos a nosotros. ¿Cual fue el precio que tuvo que pagar? No lo sé; espero no haya sido demasiado alto, pero trabajaba en un ambiente donde los médicos pretendían ser verdaderos supermans, ese era el ambiente que el Dr. Asenjo promovía en el Instituto donde él y solo él era el Dios supremo que gobernaba sobre un regimiento de súbditos. En el Instituto había un culto a su personalidad que impregnaba los muros, las oficinas, los pasillos. Recuerdo que la madre de una amiga, que trabajó en esos años en el Instituto, me contó tiempo después, aquí en Michigan, que por los pasillos circulaba el rumor que cuando Asenjo falleciera, le removerían el cerebro para estudiarlo detenidamente y averiguar de donde provenía tanta inteligencia extraordinaria. Había mucho marketing, y habían también leyendas épicas construidas en torno a su figura.

Las rivalidades y la competencia entre los médicos era también tremenda, fueron verdaderas “fieras” entre ellos. En la punta, bien en las alturas, estaba el doctor Asenjo y después, mucho más abajo, los aspirantes a las migajas que Asenjo les pudiera dar. Así fue como los amigos médicos casi no existieron y nunca pasaron por la casa nuestra; eran simplemente “relaciones”, pero nunca verdaderos amigos, nunca verdaderos compadres. ¿Fue ese uno de los precios que tuvo que pagar, mi padre? El ambiente era competitivo, sanguinario y solo para “fieras”, de eso no cabían dudas. Recuerdo la única ocasión en que el doctor Asenjo nos fue a ver a la casa de Algarrobo, ahí en la playa. Venía llegando de uno de sus tantos viajes al exterior, de un importante Congreso de Neurocirugía, y del cuello le colgaba una cámara Polaroid que recién había irrumpido en el mercado. Nos tomó una foto y después con gran pompa contó los tres minutos que necesitaba para mostrar el resultado. Durante esos minutos, caminó con mucha ceremonia mirando su reloj, y repasando los segundos como un mago, dirigiendo y concitando toda la atención. Frente a la quebrada que teníamos al frente, en el living de nuestra casa, el doctor Asenjo se paseaba y contaba los segundos mientras movía la futura fotografía como un vidente pronto a largarnos un conejo. Su señora también lo aplaudía y esperaba ansiosa el resultado, con expectación. Terminado el plazo, se produjo una exclamación de sorpresa cuando el doctor Asenjo desprendió un papel hediondo y mojado que tenía una crema azul adherida encima, para mostrarle la foto primero a mi padre. Él, al verla, abrió los ojos y la boca sorprendido y confirmó el hallazgo: fantástico, realmente fantástico (aunque no creo que realmente lo sintiera así). Después cada uno de nosotros la miramos siguiendo un turno que aparejaba la importancia de cada uno de nosotros en el living. A mí me tocó verla al último y al final nos abrazamos llenos de felicidad; habíamos participado de un descubrimiento prodigioso, no cabían dudas, una foto mágica había “aparecido” sobre un pedazo de papel (pero me pareció, por la bulla que metíamos, que debería haber sido todavía más espectacular el descubrimiento; como que exagerábamos). Pese a mis cortos años, pese a ser pequeño, me pareció que la celebración había sido excesiva, larga, y quizás algo forzada, poco común; tanto, que desconocí el comportamiento de mi padre. Ya a esa edad, uno había conocido la importancia de una fiesta de cumpleaños, o un diente que perdía para la felicidad de los conejos; pero esa celebración había sido especial, habíamos celebrado una fotografía, y mi padre no había sido el mismo frente a ese gran jefe que nos visitaba. Fue un doble descubrimiento, el de la foto y el comportamiento de papá.

Poco antes de fallecer el gladiador, mi padre-gladiador, me confesaría en una carta:

 

“Yo aparezco generalmente como un hombre duro, pero no es más que una defensa para no mostrarme débil, porque los débiles son arrasados por los fuertes.”

 

¿Será cierto eso que escribió mi padre?

Aquí solo he tratado de recordar en voz alta una parte de ese pasado que me tocó vivir en Chile para entender mejor por qué, con el transcurso de los años, he buscado otros derroteros para construir y descubrir mi propia ruta; siendo menos “Fiero” aunque topándome también con “fieras” y enemigos que buscaban sangre….. y de la tibia. A lo mejor mi situación no se presentó tan “fiera” gracias a ese gladiador, mi padre, que nos abrió el camino; no lo sé. Por otro lado puede ser que Chile es un país difícil, donde para sobresalir tienes que portarte como un gladiador debido a la falta de oportunidades que se te presentan. No lo sé. En todo caso, desde aquí, desde los Estados Unidos, aquí en Northville, Michigan, he podido darme el lujo de continuar siendo menos “Fiero”, hasta el punto de desconocer esa otra parte enquistada en mi apellido. En este país he tenido peleas memorables, pero sin el marketing, y una vez despejado el polvo de batalla he logrado regresar, como esos perros callejeros y mañosos, a la misma ruta de antes. Con los años y con el paso del tiempo puede que haya llegado a asociar a ese “Fiero” con un ser deteriorado, decadente, y por eso lo he dejado abandonado a la orilla del camino……. pese a que mi amigo Peter, aquí en USA, me lo recordara sorprendido: That was you, Fiero, that was you! ¡Reconócelo, eres tú!

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