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Eugenio Berríos, el químico de Pinochet (enero 2026)

Intentemos nuevamente: levantemos otras alfombras y revisemos el pasado con mayor atención. El tiempo, que suele borrar y difuminar los recuerdos, a veces revive situaciones que, en su momento, me parecieron simples e inofensivas, pero que ahora, al mirarlas de nuevo, adquieren una fuerza inesperada o se tiñen de matices que antes no notaba. En esos momentos, repaso los recuerdos como quien toca fotografías antiguas, intentando encontrar, entre el polvo, alguna señal de verdad. Siento la necesidad de comprender esos episodios, de darles un sentido, aunque el proceso resulte doloroso y agotador y, aun así, no logre obtener respuestas claras. Sin embargo, el tiempo es como un animal salvaje: las circunstancias han cambiado, las prioridades de las personas son otras o han desaparecido, y muchos de quienes formaron parte de esos momentos ya no están, se han ido para siempre. Al escribir, encuentro una pequeña luz, una esperanza: aunque la búsqueda no resuelva el misterio del pasado, me impulsa a seguir, me ayuda a reconocer esos instantes cuando regresan, como destellos repentinos en la memoria, antes de que se desvanezcan en el olvido. Son momentos especiales porque, de pronto, la lógica de la vida deja de funcionar: lo que antes era evidente, como que 2 + 2 es 4, ya no tiene sentido y todo se vuelve confuso, 2 + 2 pasa a ser 22. Son instantes misteriosos e impredecibles en los que el tiempo parece doblarse y cada experiencia resulta única. Reconocer esos momentos, capturarlos aunque sea por un segundo, es casi un milagro; y cuando finalmente logro identificarlos, se quedan conmigo para siempre, imposibles de soltar.

Me enteré de la muerte de Frei mientras caminaba por Euclid Avenue, en Cleveland. El aire era tan frío que sentía cómo me cortaba la cara frente a la imponente y grisácea mole de la universidad. Esto ya lo he contado antes, pero lo repito porque busco entender más, como si necesitara oxígeno en una habitación cerrada. Era el 23 de enero de 1982, un día de invierno intenso. Cruzaba la calle sin prisa, porque mi clase se había trasladado y todavía me sentía ajeno a ese entorno extranjero. De manera casual, me detuve frente a una vitrina opaca; ahí, en la portada del The New York Times, un titular me dejó paralizado: Eduardo Frei Montalva había muerto.

La noticia me impactó, dejándome como suspendido en el tiempo, con el mundo detenido a mi alrededor. Cuarenta años después, sigo sintiéndome atrapado en ese instante, buscando respuestas en los recuerdos que han quedado resonando a lo largo de los años. Su muerte se convirtió en una sombra constante que me acompaña y me llena de dudas, sentimientos de rabia o tristeza, dependiendo del día. Es imposible deshacerse de la angustia que produce una verdad oculta, una historia llena de silencios y sospechas que nunca termina de aclararse. A veces quisiera dejar de buscar explicaciones, pero mi memoria es persistente, y mi corazón se empeña en revolver cada fragmento y recuerdo, intentando encontrar sentido entre los restos del pasado.

Días después de la noticia, mi padre me envió una carta corta, sin detalles, protegiéndome al omitir información, como si la prudencia pudiera resguardarme de un peligro mayor. Ese gesto me hizo comprender, de una forma que nunca antes había sentido, que a veces es mejor no saberlo todo, o incluso tener una memoria incompleta, para poder sobrevivir a ciertas verdades.

Uno de esos fragmentos 22, de esos momentos imposibles de olvidar, se me incrustó como una astilla en la memoria ocurrió en la playa de Punta de Tralca, durante la Convención Anual de la Sociedad de Química de Chile celebrada entre el miércoles 25 y el sábado 28 de noviembre de 1981. Yo terminaba la licenciatura y sentía un impulso incontrolable de huir —nunca supe exactamente de qué o hacia dónde—, pero la necesidad de escapar parecía más poderosa que cualquier argumento racional.

Recuerdo que era sábado, el último día de la conferencia. El aire marino rugía a pocos metros, brindando esa mezcla de libertad y vértigo que solo el océano puede ofrecer. Estábamos conversando en el estacionamiento, rodeados por la brisa y el sonido lejano de las olas, cuando apareció Eugenio Berríos. Por aquel entonces, yo no tenía idea de quién era realmente Berríos ni del papel siniestro que desempeñaba, pero ahora sé que, diez días antes, durante la operación de Frei Montalva, probablemente él había contaminado las compresas con talio, iniciando así el proceso que llevaría a la muerte del ex presidente.

Berríos llegó envuelto en una energía nerviosa, casi teatral, que lo precedía como una sombra agitada. Bajó de su Fiat 125 blanco y cerró la puerta de un portazo, un gesto que aún resuena en mi memoria. Actuando como un mago a punto de revelar su truco, abrió la maleta del auto con deliberación y sacó de allí un botellón de whisky Chivas Regal. Lo blandió como si fuera un trofeo de guerra o una ofrenda destinada a sellar una alianza secreta entre quienes lo rodeábamos. Alzó la botella hacia el sol poniente; y con su risa estridente y contagiosa, nos invitó a celebrar, a lanzarnos despreocupadamente al vértigo de la noche que apenas comenzaba, sin que ninguno de nosotros pudiera sospechar la verdadera oscuridad que se tejía a nuestro alrededor.

En ese instante fugaz, Berríos parecía un hombre luminoso, cordial, incluso entrañable, incapaz de causar daño alguno. Nos contó, con una voz teñida de triunfo y complicidad, que venía de almorzar con “el Mamo” en su restaurante favorito, La Juanita, ubicado en San Antonio. Todo sonaba tan simple, tan anecdótico, que jamás sospeché la oscuridad que asomaba bajo la superficie de sus palabras. Hoy, al repasar esa escena con la distancia que dan los años y el peso de los hechos, veo con horror los hilos oscuros que la atraviesan, y no puedo evitar estremecerme.

Ahora me pregunto: ¿había estado Berríos antes en la Clínica Santa María, supervisando cada detalle y esperando que Frei Montalva tuviera que volver para así poder rematarlo con el gas mostaza? Diez días antes, el 18 de enero, a Frei lo habían operado, y desde entonces, comenzó a mostrar síntomas de una obstrucción intestinal, algo que ahora sospecho fue provocado intencionalmente por Berríos al contaminar con talio unas compresas. ¿Sería que Berríos venía a informarle al “Mamo” Contreras, ansioso de poder y reconocimiento, sobre los avances del plan, y a compartir con noticias recientes y promesas de éxito? En su casa, Frei ya estaba vomitando víctima de esas molestias. Lo sabían por las escuchas instaladas en su casa. Berríos se notaba bullente, dichoso en ese mundo de intrigas y secretos. Ahora sólo le faltaba administrar el gas mostaza, tarea fácil una vez que Frei se hospitalizara nuevamente. Esa situación justificaba una celebración junto con “el Mamo”. ¡Sus médicos son todos unos grandes bobos. Frei está jodido!: ¡salud, carajo!

Hoy, al mirar atrás, me horroriza descubrir cómo los hechos encajan de manera tan precisa y siniestra, revelando una trama mucho más oscura de lo que entonces podía imaginar. Aquel botellón de Chivas Regal, que entonces fue motivo de alegría y celebración, ahora me pesa como un mal augurio en el recuerdo

Quizás, mientras “el Mamo” Contreras saboreaba su congrio frito, calculaba mentalmente los favores que le debía Pinochet. Sentía que el puesto de general de ejército ya no le bastaba; sus aspiraciones crecían al ritmo de su cercanía con ese gran poder. Todo esto ocurría delante de nosotros, pero, en nuestra ingenuidad, no alcanzamos a imaginar la profundidad del abismo que se abría frente a nuestros pies, ni la gravedad de lo que se gestaba en ese encuentro. Ahora, al recordar esa tarde en Punta de Tralca, siento que trato de olvidar, noto que la dicha y despreocupación de entonces, se transforman en huida. Revivo esos momentos y comprendo que, entre risas y brindis, estábamos celebrando —sin sospecharlo todavía— el inicio de una tragedia que marcaría nuestras vidas y la historia del país.

En ese momento no comprendí que “el Mamo” era Manuel Contreras, el temido director de la CNI, ni que Eugenio Berríos, con su simpatía desbordante y su verborrea, era mucho más que un invitado extravagante: era el químico de confianza de Pinochet, el arquitecto de venenos como el gas mostaza y armas capaces de decidir la vida o muerte de los opositores. Todo sucedía ahí, frente a nosotros; la historia se tejía en medio de nuestras risas y brindis, frente a nuestra ingenuidad absoluta, sin que ninguno pudiera siquiera intuir el abismo invisible que se abría bajo nuestros pies, amenazando con tragarnos en cualquier momento.

Berríos, ese hombre que la historia terminaría llamando el químico de Pinochet, seguía siendo para nosotros alguien digno de admiración, sobre todo por el botellón de Chivas Regal que sostenía como si fuera la joya de la corona. Cuando Fernando, con la voz cargada de una impaciencia palpable y un temblor inconfundible en la mirada —como si la urgencia le atravesara el cuerpo— propuso que lleváramos el whisky a mi casa en Algarrobo, el ambiente cambió. Berríos aceptó sin pensarlo, soltando una carcajada explosiva, de esas que vibran en el fondo del pecho y dejan una estela incómoda, como un eco de algo irrepetible.

Berríos nunca se detenía; era como un torbellino: manos siempre inquietas, la corbata azul torcida que ajustaba una y otra vez, la chaqueta perfectamente cortada que modelaba con nerviosismo, corrigiendo las arrugas de los bolsillos mientras se aseguraba de verse impecable. Se estiraba el cuello hacia adelante, como si la camisa lo ahogara, una convulsión incontrolable que lo acompañaba en todo momento. Su vanidad era evidente, pero más allá de eso, parecía necesitar esa elegancia como un escudo contra su propio tormento interior. De vez en cuando, alzaba el botellón de whisky como si fuera un talismán, una protección mágica contra la oscuridad que lo acechaba y que, de alguna forma, todos sentíamos aunque no pudiéramos nombrarla. El horizonte, salpicado de gaviotas y de esa brisa fría y marina, observaba la escena como un testigo silencioso, cómplice y distante, y yo, por primera vez, sentí que algo profundo y peligroso estaba ocurriendo, aunque aún no pudiera entenderlo del todo.

En cuestión de minutos, terminamos todos reunidos alrededor de la mesa, como si una fuerza invisible nos hubiera arrastrado a ese pequeño escenario. El Chivas Regal, bañado en el sudor de la botella, se repartía en vasos que temblaban en nuestras manos, reflejando el nerviosismo que nadie quería admitir.

Berríos se instaló en la cabecera con la naturalidad de quien siempre manda, sin pedir permiso ni disculparse. Bastó con que abriera la boca para que todo cambiara: el aire se volvió pesado, difícil de respirar, como si cada palabra suya fuera una carga más sobre nuestros hombros. Hablaba sin parar, nombres propios y anécdotas desfilaban con la misma facilidad de fórmulas químicas imposibles, garabateadas en servilletas que de pronto parecían documentos confidenciales. Nos prometía riquezas y contactos, dejaba caer promesas de poder entre bromas y medias verdades. Cuando mencionaba la boldina o el boldo, su tono se volvía casi solemne, como si estuviera revelando secretos que podrían decidir la vida o la muerte de un desconocido.

Pero lo que más me heló la sangre fue su descarada familiaridad al hablar del “Tata”. Ahí supe quién era Berríos y sentí temor. Sobre todo cuando nombraba a Pinochet como si estuviera entre nosotros, al alcance de su copa, el “Tata”, riendo junto a la mesa. Cada vez que sus ojos nos atravesaban, buscaban un atisbo de miedo, esa chispa de fascinación o pánico que alimentaba su propio espectáculo; era evidente que disfrutaba vernos incómodos, como un titiritero probando los hilos del poder.

La atmósfera se me volvió irrespirable, densa como una bruma venenosa. A cada trago, sentía que el whisky me servía más para ahogar el deseo de huir que para celebrar. El histrionismo de Berríos era magnético y, al mismo tiempo, aterrador: actuaba para no ser olvidado, para dejar una marca, como si presentara su propio juicio ante nosotros.

Cuando llegó el momento de la despedida, una oleada de frío inesperado me recorrió la espalda. Le tendí la mano y sentí la suya, flácida y helada, casi inhumana, mientras con la otra seguía aferrado al botellón casi vacío, ese objeto que parecía su escudo, su único refugio en esa madrugada. Su sonrisa, antes amplia y bulliciosa, se fue disolviendo en la sombra, dejando tras de sí una inquietud punzante, como si supiera –y nosotros también, aunque no quisiéramos admitirlo–, que el verdadero peligro apenas comenzaba y que, tarde o temprano, el miedo terminaría por alcanzarnos a todos.

Llegué de regreso a Santiago, y apenas habían transcurrido unos pocos días cuando, sin previo aviso, la vida me arrastró hacia otro fragmento 22. O quizás, más bien, a una sombra más larga y profunda de aquel episodio inquietante que aún me perseguía. Era de noche, una noche espesa y silenciosa, la clase de noche en la que cualquier golpe en la puerta retumba como un mal presagio. El doctor tocó el timbre con la urgencia sorda de quien huye de sus propios pensamientos —como si ese umbral ofreciera protección frente a un fenómeno devastador—. Al entrar, lo vi atravesar la sala con el rostro pálido y desencajado, los hombros encorvados bajo el peso de un secreto que le robaba la energía. Cada vez que cruzaba esa puerta, la atmósfera se volvía solemne, casi religiosa: su entrada era el preludio de una confesión que nunca terminaría de llegar: Frei ya había reingresado a la Clínica donde lo habían operado por segunda vez.

Goic se reunía con mi padre, su colega y amigo de toda una vida, en un ritual que transformó nuestra casa en un santuario de preocupación. Las conversaciones fluían entre susurros, con rostros apretados y miradas que evitaban encontrarse, como si temieran que el más mínimo intercambio pudiera desatar los demonios que rondaban cerca. Las manos temblorosas se aferraban a las tazas de café como náufragos a una balsa, buscando calor donde ya sólo quedaba frío. Yo, mientras tanto, observaba desde la distancia —apenas detrás de las paredes—; escuchaba fragmentos de frases que se deslizaban a través de la oscuridad del pasillo: “urgente”, “infección”, “no sabemos cómo rescatarlo”, “no despega, todavía no despega”. La desesperación era tan palpable que parecía vibrar en el aire, colgando sobre nosotros una amenaza invisible.

La salud de Eduardo Frei Montalva era el epicentro de la angustia, el núcleo incandescente de una tragedia que se desplegaba día tras día. Recién operado en la Clínica Santa María, de una hernia al hiato —aparentemente sencilla— había desencadenado una infección brutal, impredecible, que mantenía a los médicos al borde del colapso, luchando contra el reloj y la impotencia. Mi padre, aunque no pertenecía al equipo médico a cargo, había estado cerca en los días previos, y sus palabras ahora parecían proféticas y trágicas. Con una mezcla de impotencia y temor, le recomendó al doctor y a Frei Montalva que viajara al extranjero para operarse fuera de Chile. Le confesó, con voz dolida, que no podía hacerlo en la Clínica Indisa. Nunca se atrevió a revelar el verdadero motivo: esa intuición escalofriante de que algo oscuro y peligroso podía acecharlo en Chile. Su silencio era su escudo, porque hablar —en ese tiempo y en ese contexto— era de alto riesgo, podía costarle más que la tranquilidad, podía costarle la vida.

Ahora lo veo con más transparencia: el silencio de mi padre no solo fue un escudo, fue también una derrota, una rendición ante fuerzas demasiado oscuras y poderosas. Recuerdo el temblor en su voz, la mirada esquiva cuando trataba de convencer, que considerara operarse en Estados Unidos. “Allá es más seguro, la cirugía aquí es compleja, hay riesgos…” Pero cada palabra caía como piedra en un pozo sin fondo. Sin pretenderlo, ese consejo se transformó en una triste coartada para los culpables; fue adoptado por el discurso oficial, ese que convierte el miedo en explicación y la muerte en una mera coincidencia, casi como si la tragedia hubiera sido inevitable desde el principio.

Frei no escuchó; tal vez no pudo, tal vez no quiso. Había en él una fe obstinada en el país, en sus médicos, en la nobleza de lo propio; confiaba en la patria como quien confía ciegamente en el calor de un hogar, sin ver las grietas ni las sombras que acechan en las esquinas. ¿Cómo no percibió el abismo? ¿Por qué prefirió aferrarse a la esperanza, aun cuando los fantasmas de su propia historia le susurraban advertencias?

Pienso en los crímenes que habían teñido de sangre esos años: el estruendo sordo que dejó el asesinato de Prats y su esposa en Argentina, el eco aterrador de Letelier en Washington, el horror de Leighton y su mujer baleados en Roma. Neruda muerto en esa misma clínica. Chile entero era un cuerpo marcado por cicatrices, la memoria aún abierta y supurante. Y, sin embargo, en ese instante fatídico, la confianza —ese amor ciego por la tierra— venció al miedo, y el país volvió a perder a uno de los suyos. Ahora, al reconstruir ese momento, me duele la ingenuidad, la ternura de quien cree que el bien siempre triunfa, el apego a una patria incapaz de defender a sus hijos. El silencio pesaba como plomo, y nunca se rompió del todo. El eco de esas noches sigue vivo, vibrando en la penumbra, como un lamento antiguo que el tiempo no logra borrar.

La Clínica Santa María no puso trabas para la operación, pero en cuanto terminó el procedimiento, casi de inmediato, empezó ese calvario que ahora me resulta insoportable de evocar: una infección feroz, implacable, se apoderó del cuerpo de Frei y, en el lapso de unas cortas semanas, lo arrastró hacia la muerte. Era como si la desgracia hubiera estado agazapada, esperando el instante exacto para atacar de manera fulminante.

Las visitas del doctor Alejandro Goic —jefe del equipo médico, pero sobre todo amigo de mi padre— se volvieron un ritual inquietante, casi fantasmal; su silueta en el umbral era sinónimo de malas noticias, y su presencia llenaba la casa de gravedad y sigilo. Llegaba como quien busca refugio y redención, con el rostro consumido por la responsabilidad. Cada noche, su llamada era el preludio de una vigilia interminable, una alarma que nos obligaba a estar siempre listos para lo peor. El timbre, el saludo medido, la mano tibia pero temblorosa, y la mirada huidiza, siempre fija en el suelo, parecían ensayar palabras de consuelo que nunca llegaban. Goic caminaba lento, arrastrando el cansancio y el miedo, como si cada paso lo acercara un poco más al abismo. En el sillón del cuarto de estar, ambos —él y mi padre— discutían datos médicos con voces bajas, impregnadas de incredulidad y temor, las palabras cuidadosamente elegidas, como si temieran que, al nombrar el horror, este pudiera volverse real y tangible. La esperanza alguna vez se cifró en un antibiótico milagroso que vendría de Estados Unidos, una pequeña luz que jamás alcanzó a atravesar la penumbra densa de esos días; bastó con que la carta de la salvación se retrasara para sentir que todo se derrumbaba irremediablemente.

Jamás me dejaron escuchar; la puerta se cerraba lentamente, como un telón pesado, y yo me quedaba afuera, en el corredor, masticando la ansiedad y la impotencia, adivinando fragmentos de conversaciones que nunca terminaba de entender. Comprendía apenas los peligros de saber demasiado, pero sentía en la piel la amenaza, la magnitud de lo que se estaba decidiendo del otro lado. En esa sala no había brindis, ni consuelo en la comida; solo el silencio denso y cortante, la preocupación flotando como una nube tóxica, mientras mi gato, el Olaf, silencioso y atento, hacía guardia al pie de la escalera como si también él, con su instinto animal, percibiera que algo oscuro y definitivo se estaba tejiendo entre esas paredes. Era una espera sin consuelo, una vigilia marcada por la certeza de que el peligro y la tragedia ya estaban entre nosotros.

Años después, leo en Wikipedia y en La Nación los detalles del final de Berríos: lo obligaron a exiliarse para impedir que compareciera como testigo, lo traicionaron y terminaron ejecutándolo de rodillas en una playa de Uruguay. Me detengo a pensar en la cantidad de secretos que llevaba consigo, en todas las muertes que presenció o de las que fue testigo, en cómo hablaba de esos hechos y en el miedo que provocaba en quienes lo rodeaban, precisamente porque temían lo que pudiera revelar. Ahora comprendo con mayor nitidez que su destino estaba decidido mucho antes del disparo final: su vida fue una trama marcada por silencios impuestos y traiciones constantes, en la que jamás tuvo una verdadera oportunidad de escapar:

Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país.

Con el paso de los años, la vida me ha llevado a reencontrarme, una y otra vez, con viejos amigos, exiliados y profesores ya retirados. Cada uno de esos encuentros tiene el poder de reabrir suavemente antiguas heridas: despiertan en mí una mezcla de nostalgia, de cariño profundo y de un dolor persistente que nunca termina de desaparecer por completo. Así, en un aeropuerto cualquiera—en medio de la multitud y el ruido incesante de los altoparlantes—vuelvo a cruzarme con Fernando. En sus ojos noto una urgencia especial, la de alguien que no solo quiere recordar, sino que necesita confirmar que la memoria sigue intacta, que los recuerdos no se han desvanecido con el tiempo. Se acerca hacia mí, casi tembloroso, y me lanza una pregunta directa y contundente, como si arrojara una piedra: “¿Te acuerdas?”—me dice. De inmediato siento cómo el pasado, ese mismo pasado que he intentado ocultar bajo capas de silencio y olvido, se abre de golpe bajo mis pies, como si un abismo se desplegara inesperadamente ante mí.

Intento escapar de esos recuerdos, fingir que no existen, ocultar mi incomodidad detrás de una sonrisa, pero los recuerdos son persistentes; me rodean, me acorralan, no se van. El rostro de Fernando, con sus manos temblorosas, me transporta de inmediato a ese momento que preferiría olvidar por completo. Sin embargo, la verdad termina por surgir, inevitable, como una marea que no se puede contener. “¿Acordarme de qué, Fernando?”, logro preguntar, aunque en realidad sé perfectamente cuál es el tema: ese episodio del pasado que ambos tratamos de evitar, pero que sigue pesando sobre todos nosotros.

—¿Te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?

La escena vuelve a mí con una claridad abrumadora: el aire llevaba ese olor salino tan distintivo de la costa, mientras nos reuníamos en la casa de Algarrobo. Hablábamos en voz baja, cuidando que nadie más nos escuchara, y recuerdo perfectamente la risa de Berríos, corta y nerviosa, como si estuviera siempre al borde de confesar algo importante pero peligroso. Era evidente que vivía acosado por sus propios secretos y las amenazas que lo rodeaban, y, aunque buscaba en nosotros un poco de paz, nunca lograba relajarse del todo; su inquietud se sentía en el ambiente. Sí, Fernando, todo pasó exactamente así, como lo recordamos: nos juntamos con Berríos, y lo hicimos con la sensación de estar presenciando algo que no podíamos comprender del todo.

Fernando se aleja con prisa, casi arrastrando los pies, como si cada paso fuera una batalla contra el tiempo para no perder su vuelo de regreso a Chile. Antes de irse, se despide con un “Chau, viejito, nos vemos”; su voz suena desgastada, cargada de nostalgia y emoción. Camino unos pasos y, al volver la cabeza, lo observo cojeando ligeramente: sus movimientos delatan el paso de los años y el peso de todo lo vivido. Por un instante, el bullicio del aeropuerto desaparece; lo único palpable es el temblor de sus manos, marcadas por tantas experiencias difíciles, y el brillo apagado de la tristeza que aún asoma en sus ojos.

Miro las pantallas buscando mi vuelo de regreso a Michigan, pero ese gesto, que parece tan trivial y automático, en realidad esconde una profunda sensación de vértigo. De repente, el rumor lejano del mar de Algarrobo regresa a mi mente y me envuelve; siento el frío de la playa penetrando en mis huesos y el peso de los años instalándose, una vez más en mi horizonte. Por un instante, es como si todo mi cuerpo viajara y regresara a Punta de Tralca: a ese oleaje antiguo, a ese cruce de miradas en una tarde que en apariencia fue inocente, pero que en realidad nos dejó una marca. Me descubro preguntándome si en aquel momento también elegí escapar, si fui incapaz de enfrentar lo que ocurría, y si alguna vez podré dejar atrás ese instante decisivo en el que, de un modo misterioso e irreversible, las certezas se rompieron: cuando 2 + 2 dejó de ser un 4 y, de forma absurda, se transformó en un 22. Fue un momento en que la vida se me desbordó, y la culpa y el pasado se entrelazaron para convertirse en un único y persistente recuerdo del que no me puedo desprender.