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Los metametales

Cuando un escritor me gusta es como si me sacaran jugo. Primero me da una envidia sana, pero pronto recupero el equilibrio porque reconozco mis limitaciones, el barro en que me muevo. Sin embargo, pese a esos murallones que parecen insalvables, difíciles, de todas formas escribo, me largo, gateo y corrijo…. hasta que al final, y en contadas ocasiones, algo resulta porque duele. Me ocurre cuando leo los diarios de mi amigo Ignacio Carrión. O con Eduardo Halfon, que es otro de ellos. Cuando leo su libro de relatos, Signor Hoffman, me salpican los deseos por contar, por decir algo, por escribir lo que nos ocurrió el fin de semana pasado, por ejemplo, cuando fuimos a la casa de Roberto Merlin (originalmente de Argentina) en Ann Arbor, un profesor y miembro del Departamento de Física en la Universidad de Michigan.

En su casa me enteré sobre los metametales, unos compuestos que hacen que la luz se curve y esquive los objetos haciéndolos de hecho invisibles. Y esa es la especialidad de Roberto, una área de mucha actualidad y gran importancia en el campo de la óptica y electromagnetismo. Los metametales son mezclas de metal y materiales de placa con circuitos diminutos impresos como cerámicas. Y es ahí donde la Pili ayuda a los estudiantes porque esa es su especialidad: lo diminuto, lo pequeño, lo “nano”. Cuando escuchaba esas explicaciones, mientras las trataba de digerir, de hacerlas mías, pregunté si en unos años más se podría conseguir la invisibilidad nuestra, de los seres humanos, la invisibilidad mía o de Pilar…..

 

…..pero ahí si que lo miraron feo, al pobre. Fue divertido ver a Cristián como trataba de entender haciendo esas preguntas un tanto excéntricas; el pobre siempre cree que puede ser capaz de hacerlo, de entender. Se las da de vivo, de que “entiende”, de que “sabe”, que “conoce”, o que solo basta con “ponerle el hombro” y todo pasa, pero la verdad es que la realidad es más difícil y compleja, nada de fácil de entender.

 

La estudiante de Roberto, Meredith, se graduó en el programa de doctorado y por eso la celebración, el convite. También asistíamos para celebrar a otro estudiante suyo, uno nacido en Algeria, y que se había graduado hacía poco en el programa de doctorado. Llegamos a la casa adelantados así que la Pili me pidió que manejáramos por un rato más, que no me gusta llegar primero, o no me gusta llegar adelantada, parece que me dijo. Pasamos al frente de la casa que tenía un árbol grande y pelado por los efectos del invierno. Afuera todavía no había ningún auto y las casas vecinas se veían todavía más vacías. Tocamos el timbre finalmente, pero no esperamos a que nadie nos abriera la puerta. La empujamos y entramos, así nomás; o mejor dicho, Cristián empujó la puerta y entraron, así nomás. Adentro nos encontramos con la señora del profe, una señora francesa muy amable, gentil, y que hablaba castellano sin problemas. Trabaja como traductora, nos dijo. Pronto llegó Roberto y ahí me enteré que vivían hace muchos años aquí en USA, y cuando puso su música de fondo, su preferida, todo se confirmó porque los ritmos eran de mi tiempo, con Piero, Mercedes Sosa o Facundo Cabral. Este último asesinado por error -a balazos- hace poco tiempo, después de terminar su último concierto en Guatemala. Los estudiantes se reían porque no reconocían esos ritmos, pero los soportaban con esa típica resignación que muestran las visitas cuando están en la casa de un profe al que respetan. Pronto llegó Meredith, y un abrazo, y felicitaciones por ahí, felicitaciones por allá, y que sí, que estaba feliz porque pronto, en pocas semanas más, partiría hacia Barcelona para trabajar como posdoctora en un Instituto de la Comunidad Económica Europea. Cuando noto que Meredith se ha quedado sola, aprovecho para preguntarle sobre los metametales y la invisibilidad (aunque mi amigo, el que se reía al principio del relato, dice que uno lo trata de entender todo, que “sé”, que “conozco,” cuando lo que sucede es fácil y sencillo: simple curiosidad, eso es todo). Los metametales, me dice Meredith, pretenden conseguir la invisibilidad de los objetos (eso ya lo escuché). Son materiales, que al ser recubiertos por otro material especial, agrega, reorientan los rayos de luz que impactan sobre dichos objetos alterando el comportamiento natural de la luz, de modo que las ondas electromagnéticas rodean al objeto y este no las absorbe (ahí sí que me perdí); es decir ni absorbe ni refleja la luz y el objeto se vuelve invisible (ahi entendí mejor). Se usa y se estudia mucho para evadir radares, me confirma. Quedé intrigado, pero justo llega Roberto, y qué pasemos a probar la comida antes que se enfríe, nos dice. La señora del profe se pierde por un rato y cuando llega, que perdonen, nos dice, estaba fumando un cigarrillo, nos repite. Al final llega también el otro estudiante recién graduado (solo unos meses antes), originalmente de Argelia. Tiene los ojos profundos del que ha sufrido mucho, tristes, recaídos, diría que muy bellos, pero no lo digo para que nadie piense en otra cosa. Cuando te habla ya no pierde el tiempo como lo hacemos nosotros; pareciera que para él todo es importante, incluso los saludos convencionales de un extraño, o escuchar esa música andina poco familiar que nos facilitó Roberto, o saludar casi por última vez a su profe ahora que terminó su doctorado. Su padre se involucró en la vida pública de su país y pagó con su vida. Se “metió en política”, me cuenta la Pili alarmada: y lo mataron, por eso lo mataron. Y que no “meta las patas”, me sugiere, no se te ocurra preguntarle ni escribir sobre eso, me dice (se inquieta). La escuché con atención y después de su alerta fui disciplinado y no le pregunté por los motivos, no le consulté por qué habían asesinado a su papá, o cómo lo habían eliminado, cómo lo habían matado -¿lo ahorcaron? ¿Lo envenenaron? ¿Lo fusilaron? ¿Lo degollaron? ¿Recuperaron su cadáver?- pero él, su padre, estuvo siempre presente, ahí, entre nosotros, y también lo imaginé parecido al hijo, sobre todo cuando vi a su madre, la viuda, que estaba también ahí junto a sus dos hijas, (o con sus dos hermanas), que de seguro ahora lo extrañaban y pensaban en él, sobre todo en una ocasión tan importante como esta. ¿Por qué estamos aquí nosotros y no su padre?, pensé, ¿con qué derecho? Y Roberto feliz conversa en castellano. Ya me cansé nos dice a todos, me cansé de los estudiantes, me cansé de ustedes, declara con una sonrisa, pero ahora lo dice en inglés. Ya tengo 70 años y deseo sacar el pie del acelerador. Y todo eso lo dice mientras veo como su señora se ausenta nuevamente. ¿Otro cigarrillo? Y pronto llegan unas patatas de kubbat, rellenas con carne picada, pinches de pollo adornados con crema de yogurt y arroz con langostinos, comida que todos disfrutamos.

Su madre, la viuda, todavía se ve joven, vive en California, ya no regresan a Argelia. Las dos hermanas altas, (o las hijas) delgadas, hablan y conversan entre ellas, con los otros estudiantes, con su madre. El profe se levanta y ofrece un brindis, está contento, se le ilumina el rostro cuando habla de su trabajo, de sus años en la universidad, de sus más de treinta estudiantes que ha graduado en el programa de doctorado, pero ya está cansado y desea tomarse la vida de manera más liviana.

¿Y más Malbec? ¿Más arroz con langostinos? Y los padres de Meredith, que llegaron de Parma, Ohio, comparten una torta traída especialmente para la ocasión. Habla Meredith que da las gracias, y a los padres –esta vez los dos vivos- se les ilumina el rostro. Están contentos, algo así como misión cumplida, se apoyan, se les nota que ya son muchos años en que danzan juntos.

Y ahí entonces me acuerdo de nuestros amigos iraníes que conocimos en nuestros tiempos de estudiantes, en Cleveland. Al padre de nuestro amigo también lo habían eliminado cuando la revolución instauró al Ayatollah Khomeini como jefe supremo del país. Esa vez, pese a que la Pili no me dijo nada, tampoco consulté sobre los detalles de su muerte, pero parece que lo habían fusilado. Recuerdo que en el departamento donde vivían casi no habían adornos en las repisas o sobre las mesas y paredes; pero la foto del padre estaba ahí, sobre una chimenea limpia que nadie había usado nunca. Era una foto en blanco y negro, de carnet, de documento público, casi lo único que les quedaba de él. Lo más probable es que arrancaron apurados de Irán, pensé, arrancaron con la ropa puesta y pasaportes, y algunos anillos que guardan como recuerdos de familia. Desde ese entonces me fijo con gran atención en las fotos de carnet, que es casi lo único que sobrevive después de una tragedia. Aquí en Michigan tengo la foto de mi abuelo, por ejemplo, en un carnet de identidad que me regaló mi tía Oriana. Se ve muy serio, de corbata, y con sus arrugas en el rostro bien marcadas y trágicas, pese a que a él nadie lo mató; murió de viejo simplemente.

 

Al final regresamos a nuestra casa, en Northville. Podría jurar que me subí con la Pili al auto porque la vi acomodar la cartera negra bajo sus pies, en el suelo, pero ahora acabamos de llegar a casa y no la veo, no la encuentro por ninguna parte. Sé que tenemos que haber llegado juntos porque acabo de ver su cartera negra al lado del sofá amarillo, en el living, y justo cuando llegaban los gatos a recibirnos, y cuando el Copo se acerca a saludarnos moviendo la cola vigorosamente. Imagino por un instante breve, que a lo mejor la Pili se quedó conversando con Roberto sobre los metametales (supongo que ya está claro que ella conoce bastante sobre el tema, y la entusiasma); pero todavía no la veo. Siento algo parecido a la angustia, julepe, me siento solo, acordonado, y me dan unos deseos grandes de contarle intimidades, de hablar con ella sobre eso que nunca hemos podido conversar porque siempre nos ha faltado tiempo, de preguntarle sobre nuestras vidas…… pero uno siempre vive tan escaso de tiempo. Me habría gustado preguntarle si deberíamos, o mejor dicho, si podríamos haber hecho algo diferente durante todos estos años. O si nos arrepentimos de algo que hicimos, de algo que ocurrió en mi vida, en nuestras vidas, algo importante que duele y acaso da vergüenza.

Creo que uno percibe lo mucho que ha perdido cuando ya lo pierde, cuando todo cambia y ya no hay vuelta, como cuando la salud nos da un portazo, o cuando la muerte nos visita sin muchas notificaciones. Y siento nuevamente la urgente necesidad de saber, de preguntarle si valió la pena el que nos mudáramos a Ohio y después a Michigan en esos años iniciales, cuando las niñas estaban chiquititas; si valió la pena haber viajado juntos de visita a Santiago al final de los 80, en una época en que apenas nos resultaban los proyectos, pero de todas formas fuimos, viajamos, ……no, no te preocupes, nos resultará, le decía, mientras contemplábamos con preocupación el aterrizaje en una familia que apenas conocía…

Si valió la pena, me pregunto; si valió la pena haber vivido, haber luchado, llorado, haber celebrado todos estos años juntos….

…. y levanto la vista, enciendo luces, y solo veo a nuestros gatos, a nuestro perro patagónico, el Copo…… y su foto de carnet.

La Primera Sepultura de Salvador Allende

Llegó el día viernes, y ahora nos tocaba visitar a mi querida tía Oriana, hermana de mi madre y que vive desde hace bastante tiempo en una casa de reposo. Para comunicarnos entre USA y Chile hemos usado el teléfono. Cuando la llamo desde USA siempre me espera con un listado de recuerdos que luego me trasmite por si yo los quisiera anotar en un papel; siempre me dice que tome notas sin problemas, que ella no sabe escribir, no quiere, que no le sale la “palabra hermosa”. El teléfono es un sistema que nos funcionó hasta hace poco, cuando ella todavía tenía uno en su cuarto.

Llegamos temprano a saludarla, y nos esperaba contenta y presta para aclarar las dudas de sus relatos anteriores. Nos saludamos, nos abrasamos y ya muy pronto me empuja por el despeñadero de anécdotas y reminiscencias:

-¿Te conté, Cristián, lo de Salvador Allende y su entierro en el cementerio Santa Inés?

-No, no me has contado nunca nada.

-Bueno, mira, tú sabes para el golpe militar lo que pasó en Chile, pues. Mira, en el cementerio Santa Inés, en Viña del Mar, están enterradas mi papá con mi mamá, por eso yo iba harto a pasearme por ahí. El nicho bóveda donde están ellos lo compré ya que la mamá nació en Viña del Mar y porque también están ahí enterrados mi abuelo Agustín Ramírez Gómez junto a mi abuela, doña Emma Ossa. Claro que ahora hay cementerios más modernos que no parecen cementerios, como uno que se llama Parque del Mar, me parece. Y con el tiempo ha cambiado todo porque los cementerios ya no pertenecen al Servicio de Salud como antes, aunque no entiendo porque esto de los cementerios mezclado con salud, cuando eso es pura muerte. En fin, en todo caso ahora pertenecen a la Municipalidad de cada sector.

-Como te contaba por esto de la compra yo conocía y conversaba mucho con el administrador del cementerio, un hombre chico, bien metido y copuchento de apellido Carrasco. Tú entrabas al cementerio y a un lado se ubicaba la casa del administrador, una casona antigua, una puerta, ventanas, poco lujo, y que por la parte de atrás daba al cementerio, ¿me entiendes, tú? Al frente estaban las oficinas donde ibas a preguntar, inscribías los fallecimientos y hacías tus trámites. Así fue como un día fui a ponerle flores a mi mamá cuando este hombre me cuenta que una noche le inundaron el cementerio con autos policiales, camiones y fusiles de batalla. Salió de la casa con lo que llevaba puesto a cumplir con su deber de administrador. Apenas se topó con el grupo militar, se estiró la chaqueta tratando de cumplir con sus obligaciones y pidió el certificado de defunción; así, bien plantado, pese a estar rodeado de armamentos y pelotera. Pero este pobre hombre no había terminado de hablar cuando le gritaron “pa’dentro, pa’dentro, este es un entierro político, me entiende, político, señor, qué certificado ni nada, váyase a acostar.” Así que el pobre hizo caso pero a medias, porque con los pocos empleados del cementerio que tenía cerca se metieron para adentro y mironearon por detrás de las cortinas; ahí mismo, desde su casa al fondo.

-Al final no sé quien daría el certificado de defunción, pero ellos de todos modos presenciaron el entierro. Y era Allende, fíjate, y por los cálculos que hicieron ahí escondidos, detrás de las cortinas, lo depositaron en la sepultura de su cuñado de apellido Grove, que me parece también era político porque cuando yo estaba interna en la monjas francesas de Valparaíso –tenía como 11 años nomás- oía desde el dormitorio, acostadas ya para dormirnos, el griterío que nos llegaba de la calle:

…queremos ver a Grove

colgando de un farol

con media lengua afuera

y pidiéndonos perdón!

-Imagínate la canción de cuna que escuchábamos. El colegio estaba en la calle Independencia esquina con Manuel Rodríguez. Lo que escuchaba yo era el griterío y la trifulca que venía de la calle Manuel Rodríguez. Y ahí, en una esquina, había también una botillería que escupía curaditos todas las noches tambaleándose por las veredas. ¿Y sabes como se llamaba esa botillería, sabes tú como la llamaban? ¡Santa Teresita!, imagínate, una santa y protectora de los que tomaban tanto.

-Bueno, pero la sepultura de Grove está a ras del suelo y separada por un caminito muy chiquito de la sepultura de mis abuelos. Yo en esos tiempos iba al cementerio, llevaba ropa para lavar, les ponía flores y me quedaba varias horas. Y en esa ocasión pasé a la sepultura del tata y la abuelita porque había un rosal muy viejo y lindo que me gustaba regar. Estaba llenando un tarro de latón gris con agua helada cuando me topé con el jardinero, y muy cerca de donde estaba enterrado Allende, así que haciéndome la lesa no me pude aguantar y le consulté bien calladita: oiga, le dije, ¿y por aquí está el Chicho? Porque ese era el sobrenombre que tenía Allende: Chicho. Y me creerás tú que al pobre hombre se le dio vuelta la carreta, tiritó de susto y me gritó: “No se na’yo, señora, no se na”, antes de echar todas sus palas, picotas y herramientas sucias adentro de su carretilla para arrancar a toda carrera perdiéndose entre las tumbas solitarias.

Todos seremos personajes

Julio 20 14

Era el primer San Juan que le celebrábamos a mi padre después del golpe militar ocurrido el 11 de Septiembre del 73, en Chile. En mi casa se celebraban pocas fiestas y con la parentela pasábamos peleados; siempre había algo malo que decir sobre ellos, abusos ancestrales, odios antiguos, aprovechamientos que periódicamente florecían en un ambiente rarificado. Con el tío Pepe, por ponerle un nombre, el hermano de mi madre, era casi divertido. Mi papá, cuando estábamos solos y con la ausencia de mi madre, me decía de manera poco generosa: “ese es un huevón”. Y todo porque el pobre se creía personaje, y como todo personaje de esos años, le pedía a la compañía telefónica que no publicara su número en la guía de teléfonos que en ese tiempo era un libro gordo que salía cada año. Recuerdo que uno de los ritos de niño grande era aprender a usar la guía telefónica, encontrar un número y la dirección. Una vez pregunté con cara de despistado por qué el tío Pepe hacía eso. “Porque se cree personaje, mijito, pero es un huevón.” Esa era la respuesta. Y era divertido porque cuando llegaba a la casa nadie le decía que era realmente un huevón, y eso parecía extraño. Pero uno entonces empezaba a fijarse más, y notaba que el tío Pepe tenía actitudes de divo, grandilocuentes, donde largaba opiniones que a mi padre le molestaban y casi lo hacía callar. Pero lo interesante es que no se iba de la casa, y aceptaba una patadita por aquí y otra por allá, como si estuviésemos todos en un jardín infantil …. aunque recordándolo mejor, en varias ocasiones se fue bien apurado. Era radioaficionado, y ahí era donde se sentía realmente a sus anchas, donde conversaba con conocidos de latitudes lejanas en medio de una estática que le daba un ambiente heroico a las conversaciones. Eso lo encontrábamos de lo más interesante y muy poco huevón.

…….pero al principio de esta notita decía que esa día era el primer San Juan que celebrábamos después del golpe y llegaron a la casa conocidos de bandos opuestos, irreconciliables. En mi casa siempre hubo esa tensión, ese cuchillo que a veces cortaba relaciones. En Chile y en Santiago ya estaba prohibida la política, así que mucho se hacía y se hablaba en las casas particulares y de manera bien poco oficial. Esa noche llegaba gente, y mi padre, a lo mejor ingenuamente pensó que todavía se podía soñar una vía cívica pacífica donde se pudiera generar un entendimiento más amplio entre tanto chileno dividido. Primero llegó Tomic (el excandidato presidencial de la DC, que perdió en las elecciones del 70 donde salió elegido Salvador allende) junto a su señora y se sentaron frente a un bow window, rodeado de gente que le hacían preguntas. El largaba cifras, datos, y realmente concitaba la atención de la audiencia. Recuerdo que le ofrecí algo de tomar y me pidió agua mineral. Al poco rato llegó un General, pariente nuestro, sobre todo de mi madre, el General Ramírez Pineda. Lo divertido es que hubo algo de conmoción y apuros. ¡La incógnita era donde sentarlo si estaba Radomiro Tomic en la casa!, podía quedar la gran cagada y armarse una trifulca peor que los odios de niño chico que se armaban con mi tío Pepe. Al final parece que se optó por llevarlo una sección del living que estaba un poco separada; la famosa pieza de las plantas, y donde las plantas se morían porque nadie nunca les echó una sola gota de agua. Ahí se sentó el General, y pese a que se saludaron con Tomic, nada positivo ocurrió después de ese encuentro. Tomic siguió tomando agua mineral y largando cifras contundentes, mientras el General parecía disfrutar de la conmoción y notoriedad que le regalaba esa época y su rango, sus gorras brillantes y su uniforme forrado de condecoraciones. Nunca más se volverían a ver con Tomic, y creo que el General no vino nunca más a casa. Con el tiempo fue asesor de Pinochet, y ha sido asociado con violaciones a los derechos humanos. Tiene un hijo que se hizo cura jesuita. La última vez que supe de él ya estaba en Santiago, después de una larga detención forzada en Argentina. Ahora debe tener como 90 años.

¿Y que ocurrió con mi querido tío Pepe? Falleció hace como 20 años, todavía joven y de manera bien valiente; le vino un cáncer a los riñones que después se le expandió, y que él aceptó estoicamente sorprendiendo a muchos. Fue alegre y siempre se interesó por nosotros, aunque a veces nos hacía bromas pelotudas, donde se congraciaba haciéndose pasar por jovencito. Recuerdo que una vez le pregunté por el asunto de la guía telefónica. Ahí se puso serio, tan serio que realmente me apareció que era todo un personaje. Poco antes de fallecer fue a la casa de su hija y se tomó una foto con su nieto y con la cámara automática. Su hija la encontró semanas después de fallecido cuando fue a desarrollar el film. Loreto me mostró la foto; era claramente una foto de despedida, donde los dos miraban fijamente hacia la cámara, y él, de manera bien heroica, todavía sonreía.

Radomiro Tomic no logró llegar al año 2000, que era lo que más deseaba; pero al menos murió de muerte natural, un cáncer que lo fulminó. Pocos meses antes de fallecer llamó a los conocidos y amigos para compartir su biblioteca. Ahí tenía metódicamente organizados todos sus libros y en los distintos temas que concitaron todo su interés en las distintas etapas de su vida. En un sector estaban los volúmenes sobre humanismo cristiano, socialismo comunitario, memorias, que sus amigos podían llevarse tranquilamente a casa. A los pocos meses fallecía.

Pero ahora me despierto, me sacudo estos recuerdos que siempre me acompañan y que cuido como si fueran pequeños tesoros, joyas que atesoro en algún rincón de la memoria. Estamos en el 2014 de un veinte de Julio a las 11 de la mañana, donde termino mi café, en Northville, Michigan, para salir a caminar con mi amigo el Copo que me espera pacientemente afuera. Arriba va la foto, es todo un personaje, la verdad es que todos somos grandes personajes….

Julio 20 14

Cual es tu Pac-Man?

Julio 4 14

Nuestro perro, Copo, soportando el verano.

Esto fue ayer:

Hoy se celebra la independencia de este país, USA, y tendremos dos partidos de fútbol memorables, Alemania-Francia y a las 4 de la tarde Brasil-Colombia. Nuestra hija, Camila, que está en Cartagena, Colombia, puede llegar a tener un gran día; veremos que pasa.

Esto es ahora:

Pasó y pasó mucho. Colombia quedó desclasificada. Camila nos cuenta que todos lloraban en Colombia, lloraban en la calle, lloraban frente a la tele donde estaba ella, y lloraba también el goleadeor James Rodríguez (de pena) y Neymar (de dolor físico por la lesión). Los dos nos recuerdan que los hombres también lloran. ¿Se estará poniendo de moda todo eso? No tiene nada de raro, pero sería triste si ahora las mujeres dejaran de hacerlo, dejaran de llorar. “Las mujeres no lloran”, se podría decir.

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En el trabajo, esta semana, recuerdo a Gabriel Benet que todavía vive; al menos eso es lo que escucho de sus amigos y conocidos. Años atrás, cuando nos vino a ver le pregunté cómo estaba.

-Bien, todavía bien, pero ocurre como en los Pac-Man. ¿Conoces ese jueguito? ¿Donde uno siempre pierde, Cristián?

Gabriel es químico, refugiado cubano, y me contestó con esa ironía sarcástica y ácida que ha sido siempre su sello. Padece la temible “esclerosis lateral amiotrófica”, comúnmente conocida como la enfermedad de Lou Gehring, donde las neuronas encargadas de trasmitir el comando para mover los músculos se mueren, se atrofian, hasta que al final el paciente no se mueve ……. ni tampoco puede respirar; se asfixia. Es decir, finalmente ganan los Pac-Man, y el juego se completa, llega a su fin, la aventura se termina.

La penúltima vez que lo vi fue hace varios años, cuando visitó nuestra fábrica ubicada aquí en Michigan como despidiéndose de este mundo activo que él había conocido toda su vida. El día era de un sol radiante, y llegó bien temprano por la mañana. Caminaba solo y se ayudaba de un bastón. Recorrió las instalaciones y largaba feliz un par de palabrotas que nos hacían reír de buen gusto. Pero en esta última ocasión, hace cuatro años, estaba nublado, era tarde, y llegó acompañado de su señora en un mini-van blanco, y donde la parte trasera la habían transformado en una gran cama blanda para que él pudiera tenderse a sus anchas en el largo trayecto que va desde aquí hasta Florida; se iban donde vivía su hijo. Ella había sido operada hacía poco del cerebro, pero se veía bien, manejaba y cuidaba a Gabriel. Y él ya no caminaba apoyándose en un bastón de madera para moverse apenas, ahora usaba un carrito eléctrico que lo trasladaba a gran velocidad -como un muñequito de trapo-, por los distintos rincones de la fábrica. A veces se detenía y miraba nostálgico el proceso que habíamos diseñado con su ayuda. Al frente teníamos las columnas de fibra de vidrio repletas de pellets de níkel metálico, listas para ser procesadas. Gabriel las miró con cariño, casi acariciándolas con la vista, mostrándoselas a su señora, despidiéndose, y pronto agregó:

-Lástima no habernos conocido antes, habríamos podido hacer tantas cosas……

Me habría gustado hacerle la pregunta, esa que muchos nos hacemos una vez que conocemos la enfermedad que sufre Gabriel. Pero uno se queda callado, habla poco, y prefiere imaginar que esas enfermedades no existen, o le ocurren al vecino lejano, a un pariente distante. En cualquier momento lo puedo llamar para conversar, pensé en ese entonces. Pero ahora estábamos en Mayo del 2014 y no he sabido nada de él.

Hace pocas semanas, un chofer que todavía trabaja en la compañía donde trabajó Gabriel antes, tuvo problemas con el camión que nos traía níkel. Me llamaron para que viera lo que estaba ocurriendo. Una vez que terminó de revisar unas conexiones en sus mangueras, unas válvulas, le pregunté por Gabriel. ¿Ha sabido algo de él?

-Esta vivo, pero ya no se mueve. Cuando hablé por teléfono hace como un año me contó que meaba con una felicidad tremenda –me cuenta, Isidro, chofer mejicano.

-Y su señora murió –agregó- tenía un cáncer a la cabeza. Parece que ahora lo cuida su hijo.

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Y en este sábado radiante, de un 5 de Julio, Argentina está a punto de jugar con Bélgica para ver si pasa a las semifinales. Los gatos disfrutan en su jaula de afuera, en el jardín, el Copo se pasea feliz y sin mucho calor. Y sentado aquí en Michigan, tecleando en el computador, me pregunto, ¿cual será mi Pac-Man? A lo mejor por eso no he llamado a Gabriel. Isidro me dejó su número telefónico; se lo pedí con la esperanza de que no lo encontraría por ningún lado. Pero revisó su celular y ahí estaba……. algún día, muy pronto, lo llamaré antes de que sea ya muy tarde. ¿Cual será mi Pac-Man?

                                                                                                            Julio 5 2014

Una Confesión

 

Junio 14 14

Aquí tienen a Esperanza, nuestra gata pianista.

En ese tiempo Rita Pavone causaba a furor en las radioemisoras chilenas con su popular “Ay, muchacho, si no cambias pronto…” mientras Marie Laforet cantaba “Ven, Ven, todo está dispuesto, ven …..Y en los recreos del colegio, Patricio Walker (el “Galeno” Walker) nos deleitaba con la música proveniente de unos platillos de vinilo que el organizaba desde una oficina de olor insoportable gracias a una combinación mortífera de cigarrillos y ventanas clausuradas. “El Galeno” Walker luchaba y se entretenía combatiendo la electrónica de esos tocadiscos que a veces lo dejaban “marcando ocupado”. Y en el patio, Bustamante nos vendía unos sándwiches de jamón-palta deliciosos y que él, transpirado y bañado en sudor, nos entregaba frente al griterío de manos hambrientas que lo asaltaban pidiéndole bebidas, dulces y más sándwiches. Por supuesto que no había mucha higiene, y con los mismos dedos salpicados con palta y mayonesa te pasaba los billetes arrugados y las monedas sucias.

A veces, en los recreos y en ocasiones especiales, veíamos a Milon, el profe de matemáticas, sentado a pleno sol jugando una partida de ajedrez con un despistado que lo había desafiado sin saber quien era. Y ahí también fumaba otro poquito, hundiendo su cabeza debajo de su mano derecha y rebalsando humo por todos los rincones. Recuerdo que una vez le pedí ayuda en matemáticas, que para mí resultaba indescifrable, y él, sin problemas, me ayudó, se sentó a mi lado y en una hoja de papel y con trazos precisos me explicó pacientemente lo que todavía parecía chino. Lo triste fue que en otra ocasión le pedí ayuda a otro profe, y Milon se molestó (?). En esos años recién me iniciaba en las convenciones adultas, en las alianzas de grupos y que en ese entonces entendía todavía menos que las matemáticas ….. solo con el paso del tiempo noto que aprendo un poco más. (……. y aquí alguien podrá decir que me está escaseando el tiempo!). En todo caso, así somos a veces, un poco melodramáticos y dispuestos a sacar conclusiones fáciles, a cerrar las puertas de portazo cuando a veces las podríamos haber dejado entreabierta hacia otras posibilidades. Bueno, lo tremendo fue que en un día fatídico le vino un tremendo ataque cerebral a Milon, y que lo dejó agónico por varios días hasta que finalmente murió. Durante esos días de agonía, me llamó su señora. Yo era su alumno, él había sido mi profe, ¿podría mi padre, médico, hacer algo, “salvarlo”? No le supe contestar, mi padre ya lo sabía y trato de hacer algo (creo!), pero estaba en manos de otro médico y en ese preciso instante no le supe contestar, o no supe qué decirle. Ella colgó el fono y siempre me quedé con la sensación de que mi pobre respuesta quedó registrada como una venganza, una cruel retribución. Recuerdo que a los pocos días fui a la capilla del colegio, donde lo velaban. Estaba sólo, y al poco rato llegó otro profe de matemáticas, “el Lagarto” como le decíamos. Me senté un rato y después me fui…….. pero esa llamada y esos recuerdos no se quedaron simplemente ahí, y me acompañan siempre.

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Nuestro ex-compañero de curso, Juan Pablo Molestina, a empujones, me está enseñando a apreciar los objetos funcionales, y a entender de donde sale esa belleza estética que uno la percibe de manera general y borrosa, pero que no entiende y no sabe de donde realmente proviene. Como lo demuestra Juan Pablo, analizando bien el objeto, uno finalmente puede ver o entender mejor de donde viene, de donde florece esa belleza estética…… y por lo general –y como ocurre siempre- viene del estudio, esfuerzo y dedicación:

Tu radio: Si te fijas, la parte abrible de tu radio es un cuadrado, la radio en su totalidad de fachada es la golden section (sección áurea?) de ese cuadrado. El cuadrado está dividido en dos franjas iguales, una obscura y una clara, que en sí son también dos cuadrados. En la franja clara la posición de los botones (círculos) enfatiza el cuadrado izquierdo. En la foto de Rams, el buscador de ondas también está colocado de manera que un cuadrado sea visible en la parte obscura. El cuadrado y el número cuatro están representados en todos los botones, a veces como una repetición de cuatro botones idénticos, a veces como tres botones idénticos y uno parecido. Este ultimo conecta visualmente con otros grupos de cuatro Es divertido si te fijas bien, es como música visual!

Es divertido que esa época que idealizaba los primeros aparatos técnicos de uso domestico (como tu radio) en manos de Rams convierta éstos en objetos platónicos, metafísicos. Gracias a un cuidado obsesivo en el diseño se comunican dos calidades casi opuestas: pasión y disciplina. La consideración al usuario, a la persona, se nota en el uso de materiales funcionales y formas redondeadas, sin esquinas abruptas que puedan ser desagradables al tacto. Pero las proporciones implacables, los juegos de números y sus transparencias, los colores nobles y los materiales en el mismo tono, ponen a este objeto cotidiano en un plano sublime: la radio es casi un objeto místico (un altar para quien?) Por eso me encanta Rams. Que suerte que tengas una de sus radios!

Tengo la impresión que Steve Jobs conocía a Rams, o al menos conocía el trabajo de Rams. Cuando uno mira los productos Apple, nota sin dificultad ese cuidado obsesivo, esa pasión por el diseño que nos menciona Juan Pablo, y el uso de “materiales funcionales y formas redondeadas”, incluso tengo la impresión que la aleación que Rams usó en la radio, y el lustre de su superficie metálica, es casi idéntico al que podemos encontrar -y que fue entonces copiada- en muchos computadores Apple. Y Steve Jobs definitivamente comunicó esa pasión y disciplina, que nos menciona Juan Pablo. ……. ¿un Apple como un nuevo objeto místico, Juan Pablo? Claro qué Steve Jobs empujó el sistema hacia otros horizontes. Sí uno recuerda como Jobs anunciaba sus nuevos productos, por ejemplo, es fácil ver que estos eran programados como servicios religiosos, donde incluso la vestimenta que él usaba tenía un especial significado, como fueron su polera negra y jeans, que fueron siempre iguales (para la ceremonia y que él incluso usaba como vestimenta de sacerdote, es decir todo el tiempo). Y los nuevos productos los anunciaba frente a unos fervorosos seguidores que lo admiraban extasiados….

Junio 14 2014

En esos años

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Luca, el gato hondureño de nuestra hija Camila, me acompaña mientras escribo esta notita.        

         En esos años –Máximo hijo o junior- era un joven alegre, juguetón y recién casado que junto a todos sus hermanos y hermanas –nueve en total-a veces iban a pasar unos días a nuestra casa de Algarrobo, en la playa. Escaseaba el dinero pero ellos vivían felices y achoclonados, se reían y bromeaban cuando nos sentábamos a la mesa durante las horas de comida. Su padre, Máximo Pacheco, había sido ministro de educación en el gobierno de Eduardo Frei Montalva en los años 60. En los 90, cuando iba a nuestra casa, estábamos en la época de Pinochet y él simplemente sobrevivía –me imagino que con un salario bien estrecho- como profesor en la Escuela de Derecho, en la U de Chile. Tenía un fuerte espíritu de educador. Recuerdo un día en especial, cuando llegó temprano a nuestra casa de Santiago y mientras esta se llenaba de humo –nuestra chimenea nunca funcionó, siempre habían cosas más importantes que hacer o que arreglar- me empezó a recomendar Films de importancia que me podrían servir y educar. Recuerdo que a nuestra casa de Algarrobo nunca fue, ahí largaba a su inmensa tribu mientras él con su señora se quedaban en Santiago tomando unas verdaderas vacaciones. Recuerdo a uno de los hermanos menores de Máximo junior, y las bromas que hacía cuando durante las noches estrelladas de Algarrobo, se acurrucaba afuera del cuarto de su hermano mayor para ver si lograba escuchar algún quejido que brotara del amor. Recuerdo que al escuchar esas bromas en la mesa mi imaginación simplemente reventaba. Años después, en una visita a Chile, recuerdo que caminando por la playa de Algarrobo divisé al hermano menor y nos saludamos. Bromeaba menos, se veía serio, pero parecía tener un gran futuro. Desgraciadamente a los pocos años me enteré que se había suicidado largándose al vacío desde un edificio alto y largo.

         Y siguen pasando los años y ahora me entero que Máximo junior está de ministro de energía en el gabinete del nuevo gobierno de Michelle Bachelet. Y las noticias también cuentan que ahora es millonario, y que tiene un patrimonio acumulado de más de 20 millones de dólares. En todas partes del mundo la política ha cambiado. Pareciera que ahora hay que tener dinero, y mucho, para inmiscuirse en el servicio público. Años antes era distinto, y participar en política era prácticamente un apostolado donde muchas veces los presidentes, al terminar su mandato, como Alessandri o Frei, volvían a la misma casita que tenían antes. Nostálgicamente miro hacia el pasado y me gusta recordar a Bernardo Leighton, -el “hermano” Bernardo, como le decían- otro ex ministro de Eduardo Frei Montalva, que cuando asumió el primer gobierno democrático, en los 90, entre sus amigos le regalaron anónimamente un flamante terno oscuro para que se viera bien en las celebraciones iniciales del nuevo gobierno.

         Miro hacia el pasado y lo prefiero. Tengo la impresión –y aquí puedo equivocarme- que Máximo junior no tiene la menor idea, no conoce nada de energías alternativas, a lo sumo conoce que la energía “solar” viene del “sol”, pero no conoce nada más. Y lo triste es que quizás eso sea suficiente. Vivimos en una época donde lo importante son las percepciones, la imagen, los brillos. Por eso me quedo con esas risas en la casa de la playa, donde las imágenes nos importaban un carajo.

         A veces, cuando vuelvo de visita a Santiago de Chile, camino por la capital, veo las tremendas construcciones del progreso y me pregunto por el edificio que escogió, ¿cuan alto era?, ¿le costaría entrar?, ¿lo visitó varias veces?, ¿cuantas veces se asomó?…. ¿tuvo susto?

                                                                                                                                                                         Abril 12, 2014

Un desayuno bien conversado

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No se si a ti, que estás leyendo, te ha ocurrido lo mismo; pero a mí muchas veces me pasa que las semanas y meses, incluso las estaciones del verano y los inviernos, se me consumen como si fueran miserables días de pocas horas, casi minutos, como en la vida de esa mosca que revolotea en el ventanal de mi casa. Y así fue que hoy por la mañana, tratando de parar y detener esa vorágine de acontecimientos y fechas, obligaciones, me fui a tomar un desayuno reposado y tranquilo a un restorán olvidado, el Northville Crossing-Home Coking, ubicado a pocas cuadras, al lado de la línea del tren y vecino a una lavandería de autos (ver la foto de arriba). Me gusta el restarán porque los parroquianos entran y se saludan como si fueran vecinos o parientes cercanos. Se tutean y se conocen los nombres como si fueran miembros de un club con tradición. Entro como el único forastero que no ha sido formalmente invitado –algo que ocurre más a menudo de lo que uno deseara- para sentarme en una mesa, al lado de una ventana con persianas de plástico. Se acerca una señora de edad que me atiende con una cuadernillo de papel arrugado donde lo anota todo. Le pido dos huevos fritos, mientras recuerdo a nuestra hija, Sofía, que cuando niña jugaba a dárselas de mesonera con una libretita parecida, y donde tomaba notas con un lapicero tan grande como su mano.

-¿Y cómo los quiere?

-Frito por los dos lados, con torrejas de corned beef y tostadas con mantequilla.

-¿Coffee?

-Yes, coffee, please.

Mientras tanto llegan más parroquianos con sus periódicos del día, sus bultos, a leer, a conversar y claro, a tomar desayuno. Se sacuden ruidosamente la nieve de sus abrigos y comentan las inclemencias del tiempo y el frío, antes de escoger y sentarse a la mesa. Lo complicado es que cuando se sientan, conversan despacio y cuesta escuchar lo que se hablan; pero en sus gestos noto que muchas veces son sabrosos comentarios sobre algunos amigos y familiares. Ella le dice algo bien seria y él, mientras prueba el café y se quema la boca, escucha y se queda quieto. Al poco rato, cuando ya ha dejado la taza sobre el plato, le contesta, pero con algo de resignación y una espera distante. Desde un parlante embutido en el cielo se escucha una melodía de Roy Orbison, pero también muy quieta, y simplemente se mezcla con el ruido del lavado de platos que llega de la cocinería. Los comensales se pasan el periódico unos a otros como si fuera una carta con buenas noticias. Una vecina de jeans y polera blanca se levanta y le ofrece el suplemento del sábado a un conocido que acaba de llegar, y a quien saluda de nombre: John. John se sienta, acepta el periódico y le pide a la camarera de edad que le traiga “lo de siempre”.

Me levanto de la mesa para cancelar mi desayuno y ahí arranca la conversa que estaba extrañando. Ella me hace sentir como invitado al gran banquete importante, finalmente aceptado. Antes de pasarme la cuenta me pregunta por mi nombre. Cristián, le contesto. Y usted, ¿de donde es? De Chile, le contesto. Claro, como no , un país bien largo, me repite. Y sin darnos cuenta, empezamos a conversar largo y tendido. Vemos pasar a los clientes, desfile de nuevos parroquianos, pero seguimos inmutablemente involucrados con nuestras preguntas y respuestas. Y no lo van a creer, pero como ocurre en los relatos malos, tontos, de coincidencias fáciles –pero este no es un relato, así que todo está permitido-, me contó que su madre había trabajado para “Paulo Nerruda”, cuando este había estado a cargo del consulado chileno en Rangún. Por eso conocía mucho de Chile; pero a su mamá no le cayó nunca bien ese “Nerruda,” lo consideraba un glotón, demasiado bueno para comer y tomar vino con sus amigos. Notamos que a veces oscurecía, pero pronto aclaraba y salía nuevamente el sol. Se nos ocurrió que a lo mejor habíamos estado conversando por semanas, pero no nos sentíamos cansados, no nos dolían los pies. A veces, al interrumpir la conversación, notábamos que ya nadie entraba sacudiéndose la nieve. Incluso una señora se molestó cuando le dije que cómo se vestía de esa manera en un día de invierno.
Pero al salir a la calle, un calor de verano furioso me abofeteó el rostro. Y al instante me piteó el celular con urgencia. Era Pilar, la Pili que perentoriamente me decía que me apurara, Camila y Sofía, nuestras dos hijas, ya estaban por llegar en una visita de verano…….

Silencié el celular asustado; nuevamente me había ocurrido, el tiempo y las horas, semanas y meses, se me habían comprimido como en la vida de esa mosca en el ventanal de mi casa.

Febrero 22 14

MexicanTown, Detroit

Marzo 8 14

En el restarán “Parrilladas Patagonia” ubicado en Vernon Street en el corazón mismo del Mexican Town, en Detroit. Este cliente está comprando cuatro empanadas (que se ven envueltas en ese plástico). El es uno de los artistas del Mexican Town. Sus cuadros se pueden ver colgados sobre las murallas del restorán. Son dibujos pintados sobre género y sobre poleras.
Mientras manejaba por la autopista I-75, hacia el sur, llamé a Álvaro por teléfono para que me tuviera listas una docena de empanadas –a cuatro dólares cada una. “Las tuve que suprimir” me confidenció al poco rato en su restorán – y un arrollado “a la chilena” por $20. Eran las 5 de la tarde de un día Martes y no había casi nadie en el restarán, el lugar estaba completamente vacío. Me demoré en pagarle porque ya no aceptaba tarjeta de crédito. “Le tengo que pagar como 120 dólares al mes al banco si quiero aceptar tarjetas de crédito. Una estafa. Lo mismo me pasa con estas maquinitas para las bebidas. No vale la pena.”
-¿Y qué pasó con tu mamá que te vino a ayudar desde Chile? –le pregunté
-No me digas nada. Partió de regreso, me espantaba a los clientes. Imagínate, me vas a creer que un día llegó este mexicano, amigo, chorreado de espuelas, botas, sombrero enorme, y mi madre, mi pobre madre, se le planta al frente, se le cruza de brazos, y le dice que aquí no se sirve comida mexicana (!). Me lo contaba y yo no lo podía creer. Y él es el dueño del mejor restarán mejicano que tenemos aquí.
Y Álvaro me lo repetía sujetándose la cabeza con las dos manos.
-Y las empanadas son el negocio del “oso”, -me dijo- yo se las vendo y nada más, es demasiado trabajo. Ahora le hago a lo mejicano. Fíjate que tenía un amigo que a cada rato me decía “contrata a la señora Lucia, contrata a la señora Lucia”. Y uno, el muy pelotudo, el muy huevón no lo escuchaba. Y no lo escuchaba porque todavía insistía que mi restorán tenía que ser un restarán chileno y que vendiera solo comida chilena….. pero aquí estamos en el Mexican Town; ……pero si soy muy pelotudo. Y sentémonos, a conversar, compadre, aquí tengo una Coca-Cola abierta, aquí tienes un vasito- y como te contaba, así es como uno aprende, cagándola y dándose de cabezazos contra una muralla. “Contrata a la señora, Lucía. Contrata a la señora, Lucía,” me decía mi amigo. Y como te contaba, yo no lo escuchaba. Pero como te contaba, se fue mi querida madre….. si me escuchara, la pobre, pero tuve que cerrar el restorán como por tres semanas para que ella se fuera, -imagínate- para que ella se diera cuenta que esto ya se había terminado y no había más restorán y se fuera con tu su ayuda a Chile. ¡Si me escuchara, mi querida madre! Bueno, pero cuando partió, contraté finalmente a la señora, Lucía, y santo remedio, me trajo a toda la clientela mejicana del Mexican Town y ahora no estoy en el rojo. Y comen puras huevadas, todos se las arreglan con las famosas salsitas. Por eso te digo que las empanadas son complicadas, mucho trabajo, pero las sigo vendiendo, aunque ese es el negocio del “oso”. Y se me llena bastante el lugar, al almuerzo tengo como 7 mesas repletas. Y cuando llegan yo me escondo, fíjate, me voy para atrás y la dejo a ella solita que maneje todo el asunto. A ellos no les gusta verme con esta facha de chileno como la tuya o la mía, se asustan, así que yo me voy para atrás a barrer o a limpiar platos, mientras ella los recibe y los atiende. Y cocina muy rico.
-Oye, pero si quieres nos vamos atrás, yo también se barrer –le insinúo.
-No, como se te ocurre, si ahora no hay nadie. ¿Más Coca-Cola?
Marzo 9 14