Escribe como si ya hubieras muerto o como si nadie, nunca, te pudiera leer. Escribe solo así. Porque lo otro no es hacer escritura sino méritos. Ignacio Carrión
Me preguntaste si acaso te podrías venir a vivir a mi casa cuando llegaras a tu vejez para morirte tranquila. Al principio te dije que sí, pero no me escuchaste, no volviste a preguntar y entonces te dije que no, mejor no, porque mi casa era pequeña y quedaba lejos, fuera de Chile, en Michigan. No te mencioné que Pilar se habría vuelto loca contigo ensartada en nuestra casa, en nuestras vidas, en nuestros afanes. Pero tú tampoco me dijiste mucho, hiciste como lo hace uno cuando entiende, cuando se da cuenta que algo es inevitable. Le preguntaste eso mismo a mi hermano, Álvaro, el menor, el Plito, pero él también se hizo el desentendido, o quizás derechamente te dijo que no. Creo que a mi hermano Gonzalo, que vive en Canadá -pero tu jamás te habrías ido a vivir a Canadá- no le preguntaste nada, ni tampoco a mi hermano mayor, Alberto. Abrigabas la esperanza de vivir con mi hermana Mónica, en su casa de Santiago, pero ella tampoco se apuntó para consagrarse a esa tarea. Sin embargo te ayudó, te mantuvo en tu departamento alto y aislado, como viviendo en una pajarera lejana, ayudándote en tus asuntos prácticos del día a día, pero tampoco te llevó a vivir con ella a su casa. Muchas veces llegó tarde para solucionarte un descuido, como cuando rebalsaste con agua caliente tu tina del baño mientras dormías, inundando tu cuarto y chorreando con agua los departamentos vecinos ubicados en los pisos inferiores. Fueron emergencias causadas por tu edad, tu deterioro -al que le tenías terror-, y quizás exacerbadas por esa soledad triste que te golpeó de sorpresa durante tus últimos años.
Nunca te mencioné la revista porno que me encontraste escondida en mi cajón de ropa sucia. Y tú tampoco nunca me dijiste nada, pero sé que me espiabas, me seguías, me vigilabas. Recuerdo ya sin espanto y sin sorpresa esa confesión que nos entregaste mientras comíamos pizza en el Centro Comercial Apumanque junto a mis sobrinos y mi hermana en una de mis tantas visitas al país. A ti te gustaba -cuando te quedabas colgando en la periferia de lo que ocurría en tu entorno- desviar y recuperar la atención largando una declaración altisonante, ruidosa, que robaba la atención, el oxígeno del cuarto. Esa tarde no fue diferente, porque no supiste, o no lograste esperar y nos derramaste sobre la mesa esa confesión tan tuya, donde con mucho orgullo nos dijiste que tú habías visto a cada uno de tus hijos hacer el amor. Ese era tu récord, la vara estaba bien alta; nos quedó claro. A lo mejor tu felicidad se relacionó con el hecho de no tener un hijo gay, porque para ti no había nada peor que eso; ser gay, o marica, o salir marica. No supe qué decirte, guardé silencio, nos quedamos mudos, por un momento todos callados, sin pizza ni oxígeno y tú bien acorazada y protegida debajo de tu sombrero negro, enrollada bajo una bufanda de cachemira café, y escondida detrás de unos anteojos de sol y guantes negros. Recordé una instancia donde eso pudo haber ocurrido. Estábamos en un hotel de Nueva York donde compartimos varios cuartos misteriosos y de mucho lujo que nos había conseguido un paciente del papá, o una organización misteriosa que lo había hecho para devolverle un favor, o varios favores. Recuerdo que nuestro cuarto tenía un ventanal amplio que nos entregaba una gran vista hacia Wall Street, con sus luces de colores titilantes recibiéndonos como si fueran fuegos artificiales. Ahí algo puedes haber visto, agazapada en el pasillo que conectaba los dos cuartos. Pero más que nada, con el tiempo siempre recuerdo ese latigazo tuyo, cuando se me enfrió la pizza. Desde entonces te contesto mentalmente pero a destiempo, como ahora, sin que me puedas escuchar, y lo hago con otro comentario aún más desvergonzado: ¿te excitaste, mamá? Recuerdo que después del silencio que cayó sobre nosotros y sobre la pizza (siempre recuerdo ese pedazo de pizza helada, las aceitunas frías, la grasa sólida sobre una masa gris y dura), agregaste con algo de tristeza que yo lo hacía igual a mi padre, lo haces igual a tu papá, mijito.
Con los años, mamá, fuiste añejándote como los vinos malos, de botillería barata. Si tenías la posibilidad de pensar mal de un conocido, o un pariente, lo hacías sin titubear. A mi padre, ya anciano, cuando todavía estaba vivo, le molestaba ver ese espectáculo, escucharte hablar así. Y contrariado no podía dejar de exclamar, me molesta lo que dice tu mamá, mijito; pero lo decía sin que tú lo escucharas, sin que tú lograras enterarte porque te tenía miedo. Lo decía sufriendo, adolorido y callado. El papá ya estaba viejo para detenerte, era tarde para intentar algo, una corrección. A lo mejor mi silencio o negativa a que vivieras en nuestra casa, fue un rechazo a todo eso, y tú tienes que haberlo notado; y espero lo hayas notado. Converso con algunos amigos que me escuchan, pero ayudan poco; son vivaces para dar consejos y opiniones sobre otros dramas, sobre disputas de pareja, calenturas, infidelidades, engaños, pero siempre se quedan mudos al mirar hacia los padres, ahí no saben decir mucho. Se asustan, se paralizan, como si los padres tuvieran que ser siempre inmaculados, intachables.
Estabas añosa, mamá, disminuida, y ya no pretendías asumir el papel de abeja reina cuando llegaras a tu ancianidad. A mí me vendrán a ver como se hace con las abejas reinas, y entonces yo voy y los recibo, nos decías años antes. No imaginaste nunca que en la vejez verdadera, práctica, cuando se te puede inundar la bañera por un descuido, se llega a un punto sin retorno donde se hace imperativo bajar del trono para aceptar ayuda, auxilio, compañía. Muchas veces, cuando se ha muerto un amigo, o alguien a quien aprecio, bajo por la escalera larga que me lleva al subterráneo de mi casa. Ahí me inundan unos incontenibles deseos de llorar. Pero contigo no me ocurriría así, cuando tú partiste no me ocurrió nada importante, o quizás algo, una indiferencia total porque seguí sentado en la mesa del primer piso, en la cocina, y no derramé ni una sola lágrima por ti.
Me cuesta escribir, me cuesta trabajo hablar de ti y de esta manera tan descarnada y cruda. Pero felizmente también quedan recuerdos generosos. Como cuando estábamos en Algarrobo, frente a esa quebrada que teníamos en la casa ubicada en avenida Los Claveles 1984. Se abría una mañana luminosa, junto al murmullo de la ventisca fresca que azotaba los eucaliptus de la orilla, y entonces tú pedías que te pusieran el disco con los poemas del Cid Campeador, recitados por el incomparable Roberto Parada. Colocábamos el platillo de vinilo en el tocadiscos Grundig, y el aire se cargaba de solemnidad bajo el influjo de esa voz grave y dulce, valiente, de alguien que conocía su oficio, y que nos regalaba una cariñosa mañana de verano. Años después lo escuché en persona recitando los versos de su amigo Pablo Neruda en un bar bullicioso y de mucha vida. Su misión en esos años de oscuridad cultural y violencia fue recordar a su amigo, darlo a conocer mostrándoselo a los jóvenes, a las nuevas generaciones. Tiempo después, en marzo de 1985, se quedó mudo por un tiempo: le habían degollado a José Manuel Parada, su hijo.
Leo periódicos donde busco leer sobre traidores, sobre los dramas que ocurren adentro de las familias; un padre que mata a su hijo de un balazo para eliminar la competencia por el cariño de una mujer bella, como ocurrió con unos familiares de mi padre, algo que nunca me quisieron explicar o dar detalles. Pasan los años y el subterráneo de mi casa crece en importancia; lo veo sólido, profundo. Bajo nuevamente para ver si logro encontrar algo nuevo, pero todo lo que veo son los libros que me he traído de Chile como recuerdos, y muchas fotos añejas donde los personajes ya están muertos, familiares mudos, exiliados en un mundo donde ya no pueden contar nada. Afuera nieva. Encuentro dos libros de José Donoso. Me los conseguí en uno de mis tantas visitas a Chile. Este Domingo y Cuentos me trasladan a otros tiempos y a la vida de mi familia en el Chile de esos años. Familias que él describe en sus relatos, poblados de seres herméticos, asfixiados, torturados adentro de sus propias leyes, cargados de secretos y convenciones, un poco como fue mi vida junto a ti, mamá, y junto al papá y sus incógnitas. Perdona, Juanito, perdona Juanito, le escuché esa mañana a un desconocido nervioso, titubeante, que buscaba pedirle disculpas a mi papá. Mi padre me tomó fuertemente de una mano, debo haber tenido siete años, a esa edad todavía me tomaba de la mano, para arrancar presurosos adentro del auto. Me quedó claro que no deseaba entenderse con ese hombre que le pedía disculpas por algo que había ocurrido muchos años atrás; a lo mejor durante su vida de estudiante. ¿Qué le había hecho ese desconocido? Nunca lo sabré, como nunca lograré conocer su verdadera historia y sus orígenes, las raíces de ese recién llegado a Chile que fue mi padre.
Pocos meses después de fallecido mi padre, te mostré esperanzado un texto que lo recordaba. Tu comentario no se hizo esperar, fue rápido: pero escribes solamente sobre lo bueno y lo bonito, Cristián. Por eso al tomar el libro de cuentos de José Donoso, y después de muchos años, me he sentido nuevamente en territorio conocido, y ya no cuento o escribo sobre lo bueno y lo bonito. Se me ha quitado el susto, ya no tengo temor y escribo sobre lo malo y tenebroso, donde me asaltan las historias de vidas deterioradas, podadas y sin salidas. Recuerdo Paseo, el cuento que leí antes de dormir. Es un relato inquietante donde Donoso describe a una familia asfixiante, de muchas convenciones y rutinas escritas con sangre, y donde cuidadosamente y de manera implacable algunos de sus miembros desaparecen, se van, abandonan el hogar, y sin una explicación lógica, simplemente parten para no volver nunca más. Y mientras todo eso ocurre, entre ellos no se toca el tema, simplemente abren la puerta y desaparecen, se descastan, como a veces, creo, me ocurrió a mí.
¿Inventó esas historias José Donoso, mamá? ¿Qué crees tú?
¿Y qué sucedió con el personaje de abeja reina que habías imaginado para ti? Quedó relegado a los recuerdos, porque nadie hizo antesala para ir a verte. Durante tus últimos años, sobre todo a una edad en que la soledad te penetraba hasta en los huesos, fuimos lejanos, distantes, poco comprometidos, ¿malos hijos? Tristemente eso que te ocurría a ti, no me conmovió, porque también participé con mi propia desatención, con mi propio desencuentro helado, patético, aunque siempre pude defenderme anunciando que vivía lejos, aquí en USA, en Michigan; y así ocurrió y siguió ocurriendo hasta que simplemente se te apagó la llama para partir sin mucha bulla de este mundo.
Siempre veo ese anillo tuyo, me encuentro con ese diamante enorme, una verdadera roca transparente que te definió por muchos años; fue tu identidad, lo mismo que un abrigo de visón peludo y protector, grande como una coraza, y que al tocarlo se notaba suave, acogedor. Pero sobre todo veo ese anillo porque a medida que tú envejecías este aumentaba su volumen. Tú te achicabas o el anillo crecía, no lo sé, no lo tengo claro; pero cuando movías las manos se te bamboleaba sobre un dedo esquelético como si fuera un bolo de campanario que en cualquier momento podía saltar lejos, volar por los aires para caer sobre la vereda, o en la tina del baño, en las alcantarillas, o en las manos de esas temibles empleadas (incluidas las nueras) que tú imaginabas esperando agazapadas a que te murieras pronto para peloteárselo y quedarse con lo tuyo, con ese anillo que cada día se veía más grande, o con tus zapatos, incluso con el papá -cuando todavía vivía-, quedarse con ese viejo apetitoso que gozaba de las buenas comidas, del costillar de chancho picante, con pebre y empanadas de pino, o quedarse con tus sombreros de copa alta y ala estrecha, tus medias, tus bufandas de pashmina y guantes de piel blanda.
Pocos horas después de tu muerte, mi hermana comenzó a conversar sobre las bienes que habías dejado. Mencionó dos óleos que te habían pintado cuando joven, y donde mirabas de frente como esas soberanas europeas que uno se topa en las exhibiciones de museos importantes. Le dije que no, que no me interesaban esos óleos porque les faltaba una corona de oro macizo sobre tu cabeza. Así lo escribí en el email, y que no deseaba quedarme con nada tuyo; pero cuando lo leí me costó darme cuenta que lo había escrito así, y que me estaba refiriendo a ti, a mi propia madre. Eres un descastado, Cristian, llegué a pensar, pero se lo mandé, de todas maneras se lo mandé.
Mi hermano Gonzalo me cuenta por teléfono desde Canadá, que un día te preguntó sobre cuál era el peor pecado que uno podía cometer: ser un descastado, Gonzalito, traicionar a su propia casta, a su propia clase social. Mientras lo escuchaba me di cuenta que esa etiqueta se ajustaba bien a lo que me ocurría a mí, porque sentía un rechazo a tu casta, a tus convenciones, a tus mañas, a tus cafés con leche tibia, casi fría, que probabas tendida sobre tu cama grande; un rechazo a ese ninguneo que ejercías frente a cualquiera que no perteneciera a tu burbuja, a tu tribu, como mi padre que pese a ser un recién llegado a Chile -término muy usado por ti ya que su abuelo había llegado de Ronda, España. Me enteré de eso después de su muerte- tenía que tragarse esos desprecios sobre los hombres y mujeres que habían arribado a Chile con una mano por delante y la otra por detrás, al puerto, tiritando de frío, con hambre y muchos sueños moribundos para intentar una vida nueva, otra oportunidad. Pero cuando llegaba la hora de sacarle provecho al papá, cuando sonaba bien proclamar que eras la señora del doctor Juan Fierro, no lo pensabas demasiado y lo largabas sin demora, dígale que llamó la señora del doctor Fierro, te escuchábamos mientras sostenías el fono firme, bien apretado sobre tu oreja. Claro que tuviste iniciativas que te resultaron exitosas y ayudaron al papá, como cuando con otras amigas fundaste esa organización designada como Voluntarias de Hospital Anita Gómez de Asenjo, más conocida como las Damas de Rojo, por el color del uniforme que adoptaron. Anita Gómez fue la madre del doctor Asenjo, el jefe máximo y mentor del papá, impulsor de la neurocirugía en Chile. Esa movida, seguro que apoyada también por mi padre, fue oportuna porque dio los frutos esperados al congraciarlo con la madre del doctor Asenjo, con la madre de su jefe. ¿Promovieron al papá después de esa movida? No lo sé. ¿Le llegaron más pacientes a su consulta? Nunca lo sabré; pero lo dabas a entender, porque tus contactos y tu buena presencia insinuaban que lo habías hecho bien. El desprecio que a veces demostrabas por el papá puede haberse relacionado también con esa idea tuya de que él había hecho carrera gracias a ti, gracias a tus encantos, a tu conversación inteligente. Y la verdad es que no lo hacías mal. Pero todo eso se arruinó con la llegada de Pinochet al poder, donde con algunas dudas pero sin demora, mi padre aceptó el cargo del doctor Asenjo, amigo y compadre de Salvador Allende, que fue despachado sin demora hacia su casa y después hacia un exilio cruel y miserable. Eso marcó a mi padre, le quitó el saludo de muchos colegas y manchó su legado, algo que él acertadamente reconoció en su lecho de anciano, poco antes de fallecer, al confesarme: Pinochet nos jodió a todos, mijito. Eso tú ya lo tenías claro, mamá, lo sabías, porque un día, en tu departamento de Santiago, en el piso diecinueve de tu pajarera, ya sola y viuda, reconociste lo poco que habían hecho por Asenjo para ayudarlo en su humillación, en su retiro obligado, en su expulsión del Instituto y del país. Me confesaste, mientras escondías unas cajas de cartón adentro de un closet apestado a naftalina, que esa tarde habías estado hablando por teléfono con su señora (ya lo habían autorizado a regresar, pero no entiendo cómo conversabas con ella), cuando le preguntaste cómo estaban. Ella sin demora te contestó que estaban bien, pero que justo en ese momento tenía que colgarte porque los allanaba una patrulla militar que registraba la casa entera. Y yo no hice nada, me confesaste, podríamos haber hecho algo, llamar a alguien para que lo dejaran tranquilo, pero no lo hicimos, Cristiancito.
Sentí el tufo a naftalina golpeándome las narices. Corrí a la terraza de tu departamento a tomar aire.
Al final, mamá, te quedaste sola sobrellevando tu vejez, pero al menos te atendieron, uno no llegaba a un cuarto pasado a orina como ocurrió con el papá. Tú tuviste atención, no tanto de tu familia, de nosotros, porque como te conté, no llegaste nunca a ser abeja reina; pero al menos tuviste una cuidadora, alguien contratada para eso. Es decir contigo se gastó, se consumió algo de dinero que en el fondo fueron los ahorros también del papá, pero que él no pudo aprovechar, o no lo supo hacer, o no lo dejaste, ¿tuvo miedo? Recuerdo que incluso escribiste una carta que nos mandaste a cada uno de nosotros para que nos hiciéramos cargo de él, para que lo recibiéramos en nuestras casas porque ya estaba muy anciano y te costaba esfuerzo ayudarlo en sus tareas diarias. Pero no resultó, ya estaba demasiado mal y necesitaba la atención de expertos. Salir de su casa era un suplicio, y ya no lo soportaba. Necesitaba cariño, pero también necesitaba los cuidados de alguien con experiencia en la atención de enfermos:
Invierno 2001
Queridos cinco hijos y nietos
Estamos a mediados de julio, y desde hace siete meses he cuidado de Juan.
El problema es que él necesita la ilusión de esperar algo distinto, pasear, hacer algo nuevo…..con gente cariñosa como hijos y nietos.
He pensado mucho en esto y les propongo lo siguiente:
Mis tres hijos que viven en Santiago podrían invitarlo -cada uno- un fin de semana entero al mes.
Tendrían que ser días bien agradables para Juan. Viniendo a buscarlo un día viernes en la tarde, al anochecer, y trayéndolo de vuelta el domingo, también en la tarde, al anochecer.
Los dos hijos que viven fuera de Chile y ya que tienen programado venir en el verano, -podrían llevarlo y cuidarlo y hacerlo feliz- algunos días, en algún lugar que quieran fuera de Santiago (¿Algarrobo?). Serían las vacaciones de Juan (y mías en Santiago).
Los tres hijos que viven en Santiago podrían -desde ahora- hacerle una llamada telefónica diaria, de preferencia en la mañana, así Juan despertaría contento. También esperaría de los dos hijos del norte, una o dos llamadas telefónicas al mes, y una o dos cartas, o tarjetas, o fotos, dirigidas a Juan, a la semana.
Me atrevo a pedirles estas atenciones, ahora, porque si continúo sola a cargo de Juan, puedo volver a tener otra metástasis y eso sería doblemente doloroso porque no tengo previsión (como tiene Juan). También porque creo que el cariño demostrado ahora, en hechos y palabras, enriquecería la vida que le queda a Juan, el padre de ustedes.
Piénsenlo con el corazón
Ximena
PS. Sería muy triste si Juan tuviera conocimiento de esta carta a mis hijos.
La misión del papá había sido siempre producir, producir y sin descanso; incluso ya anciano y desmemoriado, siguió generando dinero porque eso parecía dictar la letra chica en el contrato de matrimonio. Al final lo tenían que llevar en andas a la sala de operaciones para que estampara su firma atestiguando que él había operado al paciente, que el doctor Juan Fierro había estado a cargo de la exitosa intervención neuroquirúrgica. Pobre papá, que tristeza no haberse dado cuenta que la jubilación, el retiro, no es una medida arbitraria, un castigo que les llega repentinamente a los mal preparados, o a los incompetentes. No pudo o no quiso darse cuenta, o no lo dejaron darse cuenta que el desmoronamiento físico y también intelectual nos llega a todos, nadie se salva de entrar lentamente a la edad de la insignificancia, por mucho títulos y cartones que hayamos conseguido en nuestra vida. Como te decía, mamá, cada día me gustan más los relatos breves de José Donoso. ¿Crees tú, que él inventó sus historias?
Ese día mi padre despertó agitado, le daban ataques de llanto incontrolables, tenía temor, y le rezaba a Dios en voz alta. Fue entonces cuando tú, intuyendo ese momento mágico que esperabas desde hacía tiempo a que se concretara, te calzaste unos botines negros, un abrigo beige de pelo corto y saliste presurosa a caminar por el vecindario. Nadie se había podido hacer cargo del papá después de tu pedido de asistencia. Alguien, uno de nosotros, intentó una ayuda, pero sin buenos resultados. Al llegar a un cuarto de baño que él no conocía, se sentó sin levantar la cubierta de la taza del baño. Costó trabajo limpiar la tapa y los azulejos blancos del suelo. Estaba claro que necesitaba cuidados especiales, ayuda especializada para los quehaceres domésticos; pero eso fue algo que nunca implementaste. De seguro tienes que haber sentido temor por los gastos y que no quedara nada para ti. Tú eso lo tenías claro, no tenías previsión, como lo recordaste en tu carta. Por eso te apuraste en salir a la calle, guardabas la esperanza de que todo se arreglaría de manera rápida, un desenlace definitivo y limpio. Cuando tú salías, a lo mejor el papá estiró sus brazos para pedirte ayuda, o compañía, pero tú ya estabas decidida, apurada, tenías que salir y pronto. Te ajustaste el sombrero y ni siquiera saludaste al portero que te había empujado la puerta con la costumbre de siempre. Por Dios qué le pasa a esta señora. Y partiste a caminar por el vecindario. Así se lo contaste a mi hermano Gonzalo, aunque pocos días después, frente a todos nosotros, lo negaste. Conozco a mi hermano, sé que jamás inventaría una conversación así; por ese motivo le creí y le creo. ¿Y por qué te lo cantó a ti, solamente a ti?, le pregunté. A lo mejor porque yo fui budista, monje budista, me contestó poco convencido.
Es tan descabellado lo sucedido que necesito inventar, imaginar como transcurrió ese día. A lo mejor saliste del ascensor como un trompo. El conserje no supo qué pensar, o cómo ayudarte. ¿Estaba loca la señora? En la calle, en la vereda, el vértigo del tráfico pareció recibirte de una manera agresiva, hiriente, con un viento helado que te enfriaba el rostro. Los autos zumbaban a tu alrededor cuando un despistado, que corría por la vereda, gritó que por favor miraras hacia tu costado izquierdo, ¿qué le pasaba a esa señora? Al poco rato llegaste al McDonald donde acostumbrabas pedir un cafecito para después sentarte a leer La Tercera. Pediste uno, el habitual, y te sentaste a repasar tu vida hojeando ese periódico arrugado y con manchas de comida, recorriendo los años que habías vivido junto al papá, o los años que ahora podrías vivir sin él. Recordaste tu matrimonio, a tus hijos, a nosotros. Estabas feliz porque el mesonero no te había reconocido. Te miró con aire desconfiado, pero eso fue todo; días antes le habías arrojado café caliente, en la espalda, a una señora que había protestado porque te habías rehusado a respetar la línea que se formaba para hacer los pedidos y pagar por el consumo. La señora gritó asustada mientras se limpiaba el café caliente que le quemaba la piel, que le ardía. Qué le sucede a esta mujer, qué bruta. Su marido te amenazó con pegarte una bofetada. Pero nada de eso ocurría porque saliste apresurada con mi hermana tratando de disipar ese tremendo fiasco. Pero esta vez no tuviste que esperar en línea y te sentaste frente al ventanal de siempre, donde por un rato largo, cercano a una hora, no probaste nada, porque no podías probar nada; lo habías pedido por costumbre. Fue entonces cuando sentiste deseos de ir a recorrer el Parque Arauco, querías caminar mientras pasaban esas horas que te parecían eternas y malditas. Entraste a una tienda de lanas donde tocaste muchos tejidos de colores, les sentiste el olor, los acariciaste, y después recorriste la librería Antártica. Cuando finalmente la gente comenzaba a regresar a sus casas, partiste rauda hacia tu departamento. Cuando entraste felizmente ya todo estaba en calma, nadie movía nada, nadie hacia ruido, y el papá yacía en su cama todavía tibio (sus manos siempre las tenía tibias). Su velador mostraba un vaso de jugo de naranjas a medio consumir. Respiraste aliviada, ahora ya podrías gozar de una larga vejez, a pesar de la falta de previsión.
Después, ya viuda, te imaginé dando tumbos adentro de tu departamento vacío y que con el tiempo parecía agrandarse, crecer, como tu anillo, y donde incluso los muebles, que acumulaban polvo y años, adquirían vida propia, porque durante las noches se te presentaban como vivos y amenazadores, y emitían murmullos, soplos, como si respiraran, o como si alguien se sentara. A lo mejor en tus desvelos, o en tus dudas, nos veías ahí sentados, todavía conversando, o quizás mudos, sin decirte mucho, solo mirándonos. Lo primero que hiciste al fallecer mi padre fue remover los retratos que él había colgado sobre el muro, al lado de su cama. ¿Donde se quedaron escondidas esas fotos? ¿O las conversaciones que habíamos tenido adentro del auto, cruzando el tráfico santiaguino, cercano a nuestra casa de Santiago ubicada en Avenida Suecia 1521? ¿Dónde se escondieron las conversaciones que tuvimos en nuestra casa de Algarrobo, frente a esa chimenea de piedras moteadas? ¿Dónde se quedó el disco de Roberto Parada? Siempre recuerdo esa casa, sus ventanas largas, abiertas, junto a mi padre que leía tendido sobre su cama, mientras tú nos pedías el disco de Neruda recitando sus poemas.
Me pregunto los motivos por los que escribo esta carta ahora, en este momento; me imagino que en esos años no me daba cuenta, no percibía bien estos detalles que ahora te cuento y que encajan en ese puzle que fue tu vida, nuestra vida, donde pareciera que tuvieron que pasar muchos años para poder verlos con mediana claridad y así poder hablar y confrontarlos; pero cuesta trabajo, es triste, es difícil. Todo maduró cuando mi hermana Mónica nos contactó para saber cómo lo podríamos hacer para costear los gastos relacionados con tu salud que ya comenzaban a sumar. Sabiendo que el testamento podría ofrecernos una luz, le sugerí a mis hermanos y a Mónica que podríamos arrendar uno de tus departamentos para costear los gastos o, basado en el testamento, cada uno podría contribuir basado en los distintos porcentajes que recibiríamos como herencia. Desde ahí todo fue silencio. Te escribí una carta explicándote cómo me sentía, la causa de mi silencio tan largo y poco fértil, donde había dejado de hablarte, de preguntar por ti, por tu salud, por tu vejez avinagrada:
Northville, Michigan
Sábado 6 de Abril, 2019
Querida mamá
No te he llamado, tampoco te he escrito una sola palabra porque simplemente no he sabido qué hacer, uno queda paralizado; quedé dolido, triste, al enterarme sobre el testamento que nos has dejado como herencia. Considero que siendo eso algo tan importante, tan crítico para la salud de una familia, no fue conversado, y al menos conmigo, en mi caso, no hubo una sola palabra. Y estás en tu perfecto derecho, pero eso no evita que me hagas sentir como un allegado a la familia, a tu familia, o como un hijo periférico, adoptivo, con otros derechos.
Siento que tengo que contarte esto, que no estaría bien si no lo hiciera. Tengo también derecho a confesarte como me siento. Muchos abogados incluso se niegan a participar en algo como lo que tú has hecho, porque la suerte de un hijo o una hija, puede cambiar en cualquier momento; en un instante cualquiera de nosotros puede perder su trabajo, sufrir una tragedia o ser sorprendido -o sorprendida- con una enfermedad sorpresiva.
En todo caso esta triste experiencia, a nosotros, en mi familia, nos ha servido y creo que estaremos mejor preparados para cuando nos llegue la hora. Pensamos, por ejemplo, dejarle todo lo nuestro a nuestras dos hijas en vida, ahora, y bien conversado. Ya lo hemos hablado con nuestro abogado para que así ocurra.
Creo que ninguno de nosotros se opone a que Mónica quede favorecida, pero de otra manera, conversándolo, hablándolo, como se hace adentro de una familia. Ojalá lo hagas.
Se despide con el cariño de siempre….
Cristián
Mi hermano, Álvaro, te pasó a dejar esa breve nota a tu departamento. Él le agregó una sugerencia manuscrita que decía lo siguiente:
Santiago 12 de abril 2019
Mamá:
Yo estoy de acuerdo con lo que dice Cristián. Alberto también, salvo que él -al igual que yo- aún sentimos que somos familia.
Lamento que lleguemos a esto. Nunca estuvimos así de desunidos.
Espero que lo corrijas haciendo un nuevo testamento más ecuánime y justo.
Un beso,
Álvaro
Tú habías salido a caminar, o parece que dormías. Álvaro te dejó la nota sobre tu cama, pero tú nunca te diste por enterada, nunca la mencionaste ni le dijiste nada a él. Sé que la leíste, aunque mi hermano cree que a lo mejor no, porque no le dijiste una sola palabra ni a él, Alberto, o a mí. Álvaro entonces me sugirió que a lo mejor la carta se había perdido o se había caído a la basura, o al canasto de la ropa sucia, pero sé que la leíste porque vivías sola y nada se caía a la basura sin que tú lo determinaras. La leíste y solo después se cayó a la basura, porque ya no preguntaste por mí, dejaste de hacerlo, y lo decidiste así porque tú también me habías borroneado de tu vida. Durante semanas y meses esperé una respuesta, pero no me llegó nada de ti. Llegué a pensar que esa carta que te escribí había sido un grave error porque exacerbé en ti ese tremendo temor tuyo a que alguien se aprovechara de ti, de tu ancianidad, y se quedara con tus cosas, con tus anillos, tus sombreros, o tu abrigo de visón que guardabas como si fuese una fortaleza protectora, y todo eso junto al espectro temible de tus nueras que pasaron a engrosar ese grupo; las voraces nueras enlistadas sin demora junto a ese ejercito de empleadas y amigas que esperaban ansiosas a que tú fallecieras -o que incluso se podrían aprovechar de ti ahora, en vida, como le había ocurrido a una de tus amigas que había quedado hundida en la miseria cuando su hijo “reclamó su parte”- esperaban esperanzadas correr para agarrar lo que llegara a sus manos, lo que lograran pelotear. No mandaste nunca una respuesta, y mi hermana tampoco, por dos años no dijeron nada, ni tú ni mi hermana, hasta que partiste de este mundo. De seguro imaginaste que no había sido Cristiancito quien te había escrito esa carta, de seguro había sido Pilar, mi esposa, que escondida en las tinieblas se sacaba finalmente la careta -que tú le conocías, que tú siempre habías sospechado- para mover sus hilos y acaparar riquezas, para adueñarse de lo que no era de ella; finalmente Pilar actuaba como la habías imaginado, se le habían soltado las trenzas y se mostraba como lo que siempre fue: una puta voraz, hambrienta y codiciosa.
¿Dónde se quedaron esos saludos que nunca me mandaste? ¿O los que yo no te mandé? ¿Dónde se quedaron las conchitas de mar que coleccioné caminando por la orilla de la playa, en Algarrobo?
Recuerdo los almuerzos que a veces organizabas. Creo que adquirías otra personalidad, porque eras dinámica, alegre, interesada; pero pronto, cuando se retiraban los invitados a sus casas, esa calculada alegría se evaporaba por los aires, se iba por los ventanales de la casa, y llegaban los silencios, los puzles, las convenciones, los sombreros y capotes que te imponías para armar distancia, barreras. Recuerdo que en uno de mis últimos viajes a Chile no te pronunciaste para organizar algo y despedirnos. Estaban los familiares de Pilar acompañándonos por las calles de Santiago, recorriendo Providencia, Las Condes, pero nadie nos invitó a compartir esa última noche santiaguina. Guardo el retrato que nos tomamos en la vereda, apiñados en una esquina. Tú a lo mejor murmurabas que ya no estabas para atender a gente extraña, y te interrogabas sobre el derecho que podían tener esos provincianos para que los atendieran en Santiago. Ahí empecé a notar que tu casa ya no era la mía.
Pero estábamos hablando de José Donoso y la familia, la historia de las antiguas familias chilenas. No sé, desconozco si por ahí él terminó escribiendo la trágica historia de su propia familia en sus relatos. El suicidio de su hija adoptiva, por ejemplo, que después de escribir sobre su padre, donde se expuso a sus sustos, a sus fobias y sus tremendas debilidades, se quitó la vida. No puedo dejar de recordar con tristeza, esa tarde cuando lo fuimos a ver a su casa, ubicada en Avenida Providencia. Su señora, muy alegre y simpática, tu amiga, nos hizo sentir como los amigos de siempre; pero pronto llegó el cineasta Silvio Caiozzi que en ese entonces planeaba una película basada en un libro de Donoso. Donoso era disciplinado y trabajaba mucho, y por eso mismo, creo, buscaba con desesperación el reconocimiento público. Recuerdo que en una entrevista confesó como le había ido a pedir aplausos al director de una obra de teatro basada en un relato suyo. Él estaba mal anímicamente y le pidió si era posible que al final de las funciones lo presentara al público para que lo aplaudieran. Y lo aplaudieron. La verdad es que todos buscamos reconocimiento, pero lo tuyo fue un tremendo narcisismo.
Continúo pensando en ti, mamá, o en lo que pienso cuando pienso en ti. Pienso sobre todo en tus ropas, tus sombreros, tus zapatos y guantes, donde instalabas cierta lejanía, cierta distancia que te inmunizaba un poco hacia la crítica, hacia la fragilidad que se produce cuando uno se expone, se muestra, se desnuda. Pienso en los colores que usabas, pienso en el rojo, en el negro, en las pieles que usabas cuando salían hacia una comida con mi padre. Pienso también en tus estados de ánimo, que eran tan cambiantes. Cuando teníamos invitados largabas a veces unas opiniones sonoras, excéntricas, diseñadas para provocar o indicar espontaneidad, poco cálculo, aunque tú eras más que nada eso, puro cálculo, estrategia, antes de hacer una movida. Cuando se retiraban los invitados, o al día siguiente, todo cambiaba y eras diferente, porque podías quedarte el día entero en cama, la misma cama que mi padre solícito te ayudaba a armar porque tú decías no sentirte bien, te molestaba una pierna o sentías un tirón que provenía de alguna articulación bien escondida. Recuerdo también cuando comías y te sonaba la quijada al masticar, era un quejido de huesos que brotaba del mentón. Tus dientes eran pequeños y puntudos, pero poco hiciste para mejorarlos. Al final de tu vida eran unos palitos frágiles que apenas se te afirmaban sobre un hueso que ya estaba en retirada, y a veces se te caían sobre un plato de comida emitiendo un clic; pero tú nunca te los dejaste tratar, y así fue como muchas veces había que combatir el olor a acetona que arrancaba de tu boca cuando hablabas. Deberías haber usado una placa, pero de seguro eso te habría empujado a sacarte los pocos dientes que te quedaban y reconocer tu vejez, como le ocurrió a mi abuelita Oriana, tu madre, que por la noche los guardaba en un vaso de agua, de vidrio transparente, ubicado sobre su velador al lado de la cama.
Guardo un disco de Julio Iglesias que teníamos en nuestra casa de Algarrobo, junto al del Cid Campeador, que ya mencioné antes, recitado por Roberto Parada. Hubo chispas de felicidad donde parecía todo normal. Me esforcé por creer en eso, mamá, y me esforcé buscando y guardando esos momentos, pero estábamos solos, faltó goma de pegar entre nosotros. Cuando conversábamos, incluso con mis hermanos y hermana, era algo parecido a una entrevista que se hacía para la televisión; no había casi nada íntimo, nada emocional. A veces los amigos de aquí en Michigan, me preguntan sobre lo que te gustaba preparar de comida, mamá. Busco pero encuentro poco. Recuerdo un puré en polvo, que al agregarle agua caliente y crema formaba una masa fluida que no quedaba mal. Muchas veces acompañabas ese puré con un unos pescados Findus, que eran unos fritos congelados que al calentar en el horno quedaban bastante bien. Pero no recuerdo otros platos especiales, otros aromas. En mis tareas del colegio tampoco me ayudaste. Nada en la aritmética, o en las obligaciones de las clases de castellano; todo eso lo podía hacer otro, lo mismo que las comidas y los almuerzos. No recuerdo que hayas ido a consultar con mis profesores del colegio sobre mi rendimiento o sobre mi agrandada timidez. Alguna vez visitaste el colegio porque conocías a las monjas que estaba a cargo de nosotros. A la madre Silvia, por ejemplo, que aparentemente me quería, me apreciaba mucho; pero de ella recuerdo la punta del lápiz que me clavó en la cabeza, mientras en fila, entrábamos a clase. Es cierto, no tengo buenos recuerdos de esa época. Pero por ahí veo a mi padre, a mi papá, mientras jugábamos en el patio del colegio, en un recreo. Lo veo conversando con Martín Miranda, nuestro profesor de castellano, en los pasillos, frente a un ventanal. Mi papá vestía un impecable traje blanco, ya que venía del trabajo. Esa noche, en la casa, no me dijo nada, pero sí recuerdo que repasó conmigo las materias del colegio dibujando una estrella grande sobre los temas que tenía que repasar. Puedo parecer injusto cuando analizo de manera tan descarnada los años de mi infancia, porque tú y el papá, estaban ocupados en salir adelante, en consolidar una posición segura en este mundo, una posición que ahora, a mi edad, considero siempre relativa, porque depende mucho de nuestros sueños y de nuestro punto de referencia. Creo que tu hiciste con nosotros lo que habían hecho contigo cuando pequeña, entregada a las manos de otros, a los cuidados de otros. Incluso para amamantar lo habían hecho así contigo, por encargo a otros. Así fue como dejaste a uno de nosotros, que acababa de nacer, a cargo de tu hermana, viviendo con ella en Santiago, para que tu pudieras pasar un año tranquila en París por un perfeccionamiento médico del papá.
A mí no me gustó nunca el colegio, de enormes clases, con cuarenta y cinco o cincuenta alumnos donde uno pasaba a ser un grano de arena más, y a merced de los matones del curso, los vivos, los buenos para las patadas. Recuerdo que incluso para mi último día de clases, al salir de las secundarias, ni siquiera te enteraste, y ni siquiera se te ocurrió imaginar o preguntar si habría una ceremonia de despedida, de graduación. Yo estaba feliz porque tampoco me interesaba el colegio, su ambiente, sus reglas poco definidas; pero ahora, visto a la distancia, noto ese descuido tuyo como algo decidor. Siento no haber ido a la ceremonia porque nunca logré recuperar el crucifijo de bronce que nos regalaban; esa ha sido una tradición. A lo mejor estabas ocupada con otras obligaciones, pero eso tampoco lo discutiste conmigo. Me da la impresión, mamá, que para ti, el haber tenido hijos fue chequear un listado grande donde anotabas, ya lo hice, me casé, clic; tengo marido, clic; tengo mi casa, clic; tengo casa en la playa, clic; tengo un abrigo de visón, clic; tengo un anillo, una roca enorme, clic; he viajado por el mundo, clic.
¿Y qué ocurrió cuando ya habías logrado todos los clics de ese listado que te habías propuesto? No lo sé, pero quizás por eso creo que lo que te define, al menos frente a mí, no es el de una mujer alegre, realizada, que se esmeraba en presentarse así frente al mundo exterior, a los colegas de mi padre, al médico jefe de mi padre, a tus amigas, a tus escritores amigos, o a los curas que llegaban a la casa. Para mí esa no fue la mujer que conocí, porque más que nada fuiste muy insegura, sembrada de dudas y temores, susto al rechazo, terror a la falta de estatus, y sobre todo al estatus social. A lo mejor ese te golpeó duro por el desmoronamiento social que viste en tus padres cuando pequeña, en tu papá, por ejemplo, un jubilado de mucho apellido pero que sobrevivió apenas trabajando en puestos de pacotilla para Ferrocarriles del Estado. Y tu madre, mi abuelita Oriana, tenía como profesión conocerse los apellidos y los secretos de familia de la gran sociedad chilena. Al final todos ellos, de alguna manera se relacionaban con ella, y sobre todo con sus miserias. Conocía muy bien los apellidos de los recién llegados al país, como la familia Frei, donde uno de ellos llegó a ser presidente de la República…. pese a que ella había visto a su padre vendiendo peinetitas plásticas en la Estación Mapocho. Mi abuelita, como ya había bajado en esa escala social, se esmeraba en arrastrarlos junto con ella hacia el fondo de ese pozo profundo y negro de los ciudadanos comunes, a veces cochinos, mugrosos que se desplazaban por la calle. ¿A ese?, decía, pero si yo vi a sus padres vendiendo peinetitas. ¿Y ese otro? ¿Qué se cree? Se casó con la fulanita de tal que después se metió con su mejor amigo. Y así fue como todos eran desmontados de algún pedestal para llegar a tener la misma altura de la calle, la misma ficha social, la misma vida un tanto miserable, muy cercana a la de tantos mortales que deambulaban por las veredas de Santiago.
Muchas veces siento miedo, miedo a que descubran que soy un impostor, miedo a que me delaten, o que repentinamente alguien diga o grite que no soy ese que creo ser. Siento miedo a que me aprecien y me quieran o me combatan por lo que no soy. Miedo a que alguien venga y me quite la ropa a tirones y me muestre lo que soy, con mis carnes al aire, sin camisa, sin corbatas, incluso sin títulos de nada, y me diga ahora anda, camina, corre Cristián. Quizás eso viene de ti mamá, que te refugiabas y se cubrías con los silencios, con pieles, con mantas gruesas, con capotes negros, guantes de cuero, con sombreros de colores lustrosos. Incluso ya bastante anciana continuaste con esa tradición. Me acuerdo de tus lentes gruesos, tus anillos que también imponían alejamiento sobre los dedos esqueléticos de tu ancianidad. Siempre me fijé en esa distancia que te gustaba imponer cuando estabas con familiares, con amigos, e incluso con nosotros, pero yo no sabía qué era, o no sabía cómo llamarla. Solo ahora me doy cuenta que era miedo, pero no sé a qué. ¿Fuiste también una impostora?
Me habría gustado que me hubieses visto vivir lejos de tu techo, de tus normas, de tus capotes negros, o rojos, pero algo así no lo podías soportar o no lo sabías intentar; habría sido como internarte en un terreno desconocido para entonces tocar con tus manos otra burbuja que te parecía ajena. Éramos nosotros los que teníamos que ir a verte, porque las abejas reinas no golpean las puertas de nadie, de ninguno, nunca. Gracias a la internet leo que las colonias de abejas están constituidas por tres castas, la reina, las obreras y los zánganos. Si tu fuiste la reina, mamá, ¿dónde quedábamos nosotros, donde me ubicaba yo? ¿Obrero o zángano? ¿O en una categoría nueva, diferente, como la de un descastado?
Creo que esa actitud tuya acentuó la soledad, tu aislamiento de abeja situada bien arriba, reina. Lo extraño es que las colonias de abejas colapsan cuando se quedan sin la reina. En tu caso, cuando partiste, sentí una indiferencia tremenda, y eso fue todo, porque nada colapsó. Me pregunto si existirán las abejas descastadas y que por eso las colonias no colapsan. Me llegaron los e-mails de los hermanos anunciando tu muerte y como te contaba, trágicamente lo sentí muy poco. Es triste, demasiado triste, pero aquí, mientras escribo este texto no puedo mentirte, no debo mentirme. ¿Qué tiene que ocurrir para que uno no sienta la muerte de una madre, de su propia madre? ¿Cuesta mucho para que ocurra algo así? ¿Puede ser explicable? Recuerdo que cuando me enteré, vi tu cuarto, imaginé tu cama baja, tu ventanal entierrado y por donde penetraba el bullicio de la ciudad, de las calles, de los niños jugando en las veredas, los bocinazos de los autos, y me pregunté si habrá ocurrido alguna vez la proliferación de una colonia después de la muerte de una abeja reina. No lo creo, pero a lo mejor tú nunca fuiste reina.
Tus últimos años fueron tristes. Yo vivía en USA, en Michigan, y apenas te vi, pero creo que mis hermanos también te vieron poco. Era difícil verte, pequeños errores eran interpretados por ti como insultos graves, ofensas calculadas, ninguneo. Racionalmente no eras así, pero en el diario vivir no podías evitarlo y eso se notaba cuando largabas opiniones lapidarias sobre las distintas pareja que cada uno de nosotros iba eligiendo. No respetaste nuestros espacios. No fue raro que insinuaras que un determinado hijo de un hermano mío no fuera verdaderamente su hijo o hija. Algo así ocurrió bien a menudo en otra época, en la tuya, cuando no existían los medios técnicos para controlar la natalidad, ¿por qué no, entonces, asumir que esa costumbre continuaba como tradición en tus hijos?
Noto que esto que te escribo se repite, mamá, como si escribiera continuamente sobre lo mismo, los mismos temas, con los mismos personajes y dramas. Es la historia que ya he escrito muchos veces, y que siempre reintento con pequeñas variaciones con la esperanza inútil de descubrir algo nuevo, donde me censure menos, para así buscar una mejor respuesta a lo que fuiste tú, o lo que significaste para mí. El texto siguiente, por ejemplo, lo escribí en ese relato que titulé “Familia: las huellas de una huida” (novela no ficción), donde muestro y cuento sobre nuestra vida por intermedio de las cartas que nos escribimos en esos años, los 80 y los 90. Ahí, y de manera muy extraña, pasé a ser tu confidente; un hijo que debía ser tu hijo pasó a ser tu acólito, casi un confesor. Lo escribí en segunda persona, pero después lo cambié. En ese momento intenté la segunda persona imaginando que alguien me soplaba las palabras, y así me censuraba menos. Creo que esa técnica me dio más libertad. Después me he envalentonado y he escrito lo mismo pero en primera persona, y más breve, como en esta carta para ti. Como vez cambian los detalles, pero es la misma historia, es la misma y fuerte intrusión tuya en el espacio nuestro, de tus hijos e hija ya adultos (incluso creo que transgrediste más a mi hermana que a nosotros), y donde compruebo que hiciste algo que se asemeja mucho al abuso, a la violencia. Aquí va solo una muestra de ese texto:
A la distancia, noto que una de las cualidades importantes de mi padre fue esa seguridad que siempre nos supo regalar a destajo; no nos defraudó, no desertó, estuvo siempre ahí. Cuando sucedía algo malo en nuestro entorno, sabíamos que podíamos contar con él, era una roca firme adosada a la orilla de la playa y a donde siempre podíamos arrimarnos para buscar ayuda, socorro. Como médico, conoció a muchos hombres y mujeres que fueron sus pacientes y que muchas veces ocuparon posiciones claves en distintas oficinas públicas y de administración. Por eso, si alguno de nosotros necesitaba un papel firmado, un trámite, un timbre notarial, él lo sabía encauzar de manera rápida y eficaz. Cuando llegábamos de regreso a casa, después de una de esas diligencias, siempre preguntaba: ¿y cómo te atendieron, Cristiancito? ¿Cuéntame cómo te recibieron? Y uno, un tanto avergonzado, achicado, le contaba la firme, que todo había salido bien, muy bien papá……no joda. Claro que no le mencionaba ese final, ese no joda me lo guardaba, pero se lo daba a entender de múltiples maneras, en la mirada, los gestos, mis silencios. Lo veía ahí sentado, e imaginaba que en algún momento de su vida lo pasó muy mal. Nunca se lo pregunté, pero me parecía intuir momentos difíciles, tristes, donde fue tremendamente rechazado por algo, por alguien, y donde lo habían recibido mal. Vivía para su trabajo, y cuando llegaba a casa al final del día, la comida tenía que estar lista para devorarla como si pronto tuviera que partir hacia la guerra. Durante los fines de semana a veces nos organizaba panoramas, como fue ir a cabalgar en la parcela del teniente Carmona.
Con mi madre no tengo recuerdos de ese tipo. Y sus historias son estrambóticas y más bien descabelladas. En uno de mis tantos viajes de visita a Chile, cuando ya había partido a USA, mi madre me recibió muy alarmada. Había tenido una pesadilla, me dijo, como muchos de los malos sueños y conjeturas que a veces la asaltaban. Que yo llegaba de visita a Santiago, me contó, caminaba por sus calles, me cruzaba con familiares, pero no los saludaba, y claramente la evitaba a ella, mi madre. Qué tremendo, Cristiancito, me confesó espantada, qué tremendo. Nos pareció tan ridícula esa pesadilla, tan disparatada esa situación, que ella misma no siguió explicando nada y yo preferí no preguntar por los detalles. ¿Era el inconsciente de mi madre que ya empezaba a hablarle claro, a traicionarla?¿Por qué la rechazaba?
Trato de recordar esa pesadilla, para comprobar que ese desencuentro fue lo que sucedió después, cuando ya anciana y en sus últimos años, ni siquiera la fui a ver, nada, ningún saludo -simplemente hui- pero no encuentro los detalles, las cifras, los olores, ni esa música en los semáforos con luces rojas. Salgo a caminar y no resulta, no logro penetrar hacia esos días tristes, engorrosos, se me esconde el código; no me puedo detener, simplemente huyo.
¿Dónde quedó esa roca firme a la orilla de la playa? ¿Quién me la movió?
¿Qué hubiese pensado mi papá de todo esto?
Recuerdo a mi padre cuando hablaba sobre la importancia que para él tenía, el que fuéramos hermanables entre nosotros. No había nadie en la cocina, era de noche, y mientras buscaba un vaso de agua, en pijama, se sentaba a conversar. A veces se sobaba un muslo, lavaba un plato o limpiaba el mesón de greda con restos de comida seca y después hablaba. A lo mejor, pensando en el mundo un tanto ingenuo de los años 60, donde todo parecía posible y alcanzable, predicaba sobre lo útil, lo necesario que era esa noción de ser buenos hermanos. Creo que su comentario habría tenido una mejor recepción si nos hubiese invitado a conocer de manera más profunda el lado de su familia, su vida secreta, con todas sus vulnerabilidades y tragedias. Su mensaje habría resonado con más fuerza, si tía Maruza, su hermana, por ejemplo, hubiese llegado a nuestra casa más a menudo para reírse con nosotros para celebrar algo, eso que tristemente nunca pudimos celebrar porque jamás le conocimos un cumpleaños. Cuando llegaba a nuestra casa lo hacía como pidiendo permiso, pidiendo disculpas, arrastrándose en puntillas. Es curioso como uno, pese a haber tenido pocos años, percibía claramente ese portón cerrado, esa nula interacción con la parentela más humilde de mi padre. Pero miraba, uno calladito mironeaba, era bueno para eso. Cuando entraba le miraba el bolso vacío, las manos vacías y la boca arrugada. La observaba hasta que llegaba a sentir el sudor de su viaje en micro. Recuerdo que llegaba con algo entre sus manos, un bolso plegable, o un paraguas seco, como para demostrar que andaba en trámites, que estaba circulando por el vecindario y por eso nos tocaba el timbre para entrar a vernos como de sorpresa…. ¿Cómo estás, Cristiancito? -preguntaba- ¿cómo estás? Muchas veces, yo le abrí la puerta, pero no recuerdo qué hacíamos una vez que ella entraba, ni siquiera la veo sentada o compartiendo con alguien de la casa. Pero si recuerdo el paraguas entre sus manos, y un bolso plegable que nunca había usado. ¿Qué ejemplo fue ese? Lo escribo y me molesta, me da rabia, me dan deseos de terminar con esta escritura que me duele. Mi tío Lalo Gutiérrez me da ánimo y empuja a continuar cuando me escribe:
…..te reitero, con el baúl de papeles amarillentos que tienes debes escribir tu novela no ficción antes de que te falle el cuesco. Me encantó tu correo. Pero tómatelo con calma, aun eres un pendejo, cuando tengas 70 o más años, te encontrarás de pronto que eres un viejo de mierda. Es cuestión de que te mires al espejo, cosa que yo no hago desde hace mucho tiempo.
Lalo
Una nota de Chus, viuda de mi amigo Ignacio, me termina por convencer:
…. Me ha alegrado mucho volver a contactar. Agosto y septiembre mucho trabajo. Cambio de casa, la consulta, los nietos, la inminente aparición del último libro de Ignacio….pero todo bien. Yo más animada y con ganas de trabajar y de seguir viviendo. Me interesa mucho el tema de tu trabajo, aunque cuando realmente disfruto es cuando escribes sobre tu familia. Seguimos en contacto. Un fuerte abrazo para Pilar y para ti todo mi cariño.
Chus
Por el lado de mi madre, hubo más contactos con su parentela, pero de costado y con una tendencia recurrente al rechazo, a mirar a esos parientes hacia abajo…..
….continuará -creo- pero todavía no estoy seguro cómo persistiré con este intento, pese a los buenos deseos de mi tío y Chus. A lo mejor necesito narrar estos recuerdos en tercera persona, o mejor los grabo, o los escribo sobre la arena de una playa grande, esa misma que un día caminé buscando conchitas, piedras, vidrios pulidos por el constante azote de las olas; así es la vida, creo, uno la escribe, la vive, y después todo se borra.
Me decidí a continuar esta carta, mamá. Y lo hago porque a menudo me interrumpo y pienso y viajo hacia esos años, cuando éramos pequeños. Al manejar hacia Miami, por ejemplo, no pude dejar de pensar en el papá. En el retrovisor, miraba hacia atrás, mientras manejaba solo, tremendamente solo y me movía hacia adelante. Me preguntaba si el papá había tenido un buen reconocimiento entre sus pares, donde se hizo conocido en el ambiente de la salud, tuvo prestigio; pero me asaltó una interrogante de importancia: ¿fue realmente un buen médico? O fue, más bien del montón, y se hizo conocido como el producto de un buen marketing, de la gran ayuda que le propino el doctor Asenjo, incluidas las variadas maniobras, como esa iniciativa de organizar a las Voluntarias de Hospital Anita Gómez de Asenjo. Me parece verlo en el retrovisor y creo que sí, imagino que fue un buen médico. A menudo me encuentro con sus ex pacientes que hablan bien de él y con cariño. Tuvo una paciente norteamericana, por ejemplo, que operó después de sufrir un grave accidente automovilístico en Santiago donde casi perdió la vida. La visité en Washington, donde me contó que su caso médico es continuamente presentado a los estudiantes de medicina en la Universidad de John Hopkins como un buen ejemplo de como, nunca, se deben perder las esperanzas y hay que actuar, continuamente actuar, insistir, porque nunca se sabe si una vida puede ser salvada. Lo triste es que mi padre, siendo buen médico, creo que no se lo creía. El ninguneo tuyo, fue eficaz, mamá, y esa actitud tuya, junto a sus raíces sociales tan difíciles, tristes, pueden haberlo convencido que no estaba destinado a ninguna gloria o reconocimiento entre sus pares. A lo mejor sufrió el síndrome del impostor, un fuerte sentimiento que lo hizo sentirse inferior, o siempre por debajo del nivel que creía haber logrado. Pero creo que pese a todas sus falencias, lo que el papá logró frente a tanta adversidad, tiene incluso más mérito, pese a tu ninguneo y pese a sus orígenes de un recién llegado a Chile.
Por muchos años mis hermanos se han interrogado, esperanzados, sobre nuestras raíces, o sobre el origen de nuestro apellido paterno, Fierro. Por un tiempo todo fue felicidad mientras desde los variados sitios que ofrecía la Internet, les informaban que descendíamos de una región italiana muy importante, o de reyes gloriosos, Papas, condes o guerreros heroicos; pero cuando mi hermano, Gonzalo, averiguó la verdad, todos corrimos a buscar refugio para evitar el tema y quemar cualquier interrogante. La verdadera historia descubierta por él, la escribí en ese texto “Familia: las huellas de una huida”, pero algunos, pronto o de manera urgente, la olvidaron, o no la leyeron, o no la quisieron leer, para poder, así, resucitar raíces que nos hablaban de un pasado más glorioso. Varios meses después, tuve que corregir esa versión donde claramente describía los orígenes del papá en Chile y se las mandé por e-mail. Uno de mis hermanos se mostró sorprendido, y graciosamente me contestó que era tan tristes esos recuerdos que por eso no los había leído antes, o digerido antes. Los repito ahora, y en primera persona para ver si facilito la lectura, o para que un sobrino o sobrina lo lean y lo cuenten:
Todo comenzó cuando mi hermano Gonzalo mandó una muestra de saliva a My Heritage donde le hicieron un análisis genético. Desde entonces, por e-mail, lo contactan cuando se produce un Smart match con alguno de sus clientes que mantienen en su base de datos. Así fue como le mencionaron a Prisila Rodríguez Monsalve, de Santiago de Chile. Mi hermano le contestó, conversaron por e-mail, y descubrieron que la bisabuela de Prisila, Encarnación Fierro Cabello, había sido hermana de nuestro abuelo, Luis Fierro Cabello, el padre de mi papá y de quien nunca supe nada. Gracias a Prisila, que guarda innumerables certificados de nacimiento y defunción, mi hermano se enteró de esa rama de la familia que había permanecido escondida, tapada, secreta para nosotros. Todo comenzó con Miguel Fierro Méndez, el primero en llegar a Chile, y padre de nuestro abuelo Luis Fierro Cabello. Miguel fue de profesión alarife, como lo mencionan en su certificado de defunción, un término proveniente del árabe hispánico, hoy en desuso, pero que en esos años se utilizaba para indicar lo que hoy se conoce como albañil. Era oriundo de Ronda, España, porque en el Certificado de Nacimiento del Ayuntamiento de la Ciudad de Ronda, de una de sus hijas, María Dolores Fierro Cabello, hermana de mi abuelo, se especifica que ella había nacido en esa ciudad un 5 de octubre de 1877. Tiene que haber nacido poco antes de que partieran como inmigrantes hacia Chile. La travesía buscando una vida mejor no les resultaría fácil, porque Miguel fallecería a los cuarenta y dos años, de pulmonía, un 7 de abril de 1898 en Molina, Chile. Nadie conoce la fecha de su llegada al país, pero se sabe que falleció a los cuarenta y dos años en 1898, de manera que cuando nació su hija María Dolores en 1877, tenía aproximadamente veintiún años. A lo mejor se fueron a Chile poco tiempo después. Lo triste fue que el frío de los inviernos de Molina los sorprendió mal preparados. Tres años antes de su muerte (el 13 de junio 1894) había nacido su penúltimo hijo, Luis Fierro Cabello, mi abuelo, ese desconocido misterioso de quien nunca supimos nada. A Luis Fierro Cabello tampoco le resultaría fácil al quedar huérfano a esa temprana edad. Todo indica que les fue difícil sobrevivir, porque el último de los Fierro Cabello, Miguel, nació el 6 de mayo de 1897 para fallecer de pulmonía un año después, el 22 de abril de 1898, es decir pocos días después de fallecer su padre, Miguel Fierro Méndez. Decididamente les resultó difícil acomodarse a estas nuevas tierras, fueron unos extranjeros en un país donde se miraba con resquemores y prejuicios a los recién llegados. A lo mejor algo parecido sucede actualmente con los haitianos.
Por los documentos y certificados en poder de Prisila, me entero que el 22 de marzo de 1914, a los diecinueve años, mi abuelo Luis Fierro Cabello se casó con María del Rosario Morales Puelma, de tan solo dieciséis. Cuesta creerlo, pero casarse a esa temprana edad era posible, se podía hacer, o era aceptado. El 6 de abril de 1915, es decir pocos meses después, nació mi tía Maruza (María Josefa Adelaida Fierro Morales), la que llegaba pidiendo disculpas cuando entraba a nuestra casa, y luego a mi padre el 1 de agosto de 1917. En el certificado de nacimiento de mi padre se menciona que mi abuelo Luis Fierro tenía como oficio constructor, igual que su padre, Miguel Fierro Méndez. Según el certificado fueron testigos Adelaida y Herminia Puelma, que no sabían firmar. Se menciona también que mi abuelita María Morales no tenía profesión. En el certificado de sepultación de ella, firmado por tía Isabel (Isabel Morales Puelma), se dice que falleció de bronco pulmonía y cáncer intestinal. En el certificado se lee: “autorizo la sepultación de mi hermana María Morales Puelma v de F. en el mausoleo que poseo en el patio 7, calle Central del Cementerio General. Firmado: Isabel Morales P. carné No 5922 de Ñuñoa, 28 de septiembre 1967.” Interesante como todavía figura mi abuelo, Luis Fierro, pero ya en forma borrosa, distante, indicado por ese “v de F”, o “viuda de Fierro”. Seguro que en esa época era mejor aparecer como viuda hasta la muerte que separada, o divorciada.
Gracias a Prisila Rodríguez Monsalve me he enterado de un secreto que explicarían esos misterios que no pudo, o no me quiso develar mi padre. La herida todavía estaba muy cruda como para conversar o siquiera tocar el tema. A las generaciones posteriores les resulta más fácil, pero lo triste es que ya muchos han partido y cuesta armar la historia, cuesta completar el puzle. Según la madre de Prisila -que todavía vive en el año 2023- y que conoció a mi abuelo cuando ella tendría unos nueve años, él fue un hombre de buena facha y de ojos azules, pero jamás supo que se hubiese casado. Es decir, se casó, están los documentos y los hijos, pero duraron juntos por un tiempo breve. Ella lo recuerda como un incapacitado y en silla de ruedas porque jugando fútbol se hirió una pierna que después se le gangrenó. La infección se le expandió hacia la otra pierna, y para salvarlo le tuvieron que cortar las dos extremidades. Según la madre de Prisila, está el registro de esa tragedia en una foto, porque en una elección importante, en la revista Vea de esos años, salió su retrato de mi abuelo cuando llegó a votar en silla de ruedas. En ese tiempo, vivir en esas condiciones, era quedar transformado en un perfecto inútil, y sin posibilidades de mantener una familia, sobre todo cuando su oficio era el de constructor. De manera que algo drástico tiene que haber ocurrido en ese matrimonio, donde esa incapacidad física lo arrancó de su familia, ya sea por mutuo propio o porque mi abuela lo abandonó. Eso lo pudo haber empujado hacia el alcohol y al desamparo. Falleció el 14 de Julio de 1948 a los 54 años. Eso marcó profundamente a mi padre porque para sobrevivir tuvo que vivir de los parientes, de la caridad ajena, o de la buena voluntad de tía Isabel Morales Puelma. Cómo lo indicó mi hermano, Gonzalo, en la casa de esa tía, los jamones y los buenos quesos llegaban con nombres y apellidos, y nunca, jamás, llegaron destinados hacia un Fierro como mi padre, un pobretón, un pobre ave, casi un guacho, hijo de un alcohólico. Esos sentimientos lapidarios fueron las humillaciones y los desprecios que sufrió mi padre, y que yo intuía, y que ya he mencionado en este texto, pero que mi padre por apocamiento, o para evitar un dolor adicional, por doblar rápido la página, no me quiso divulgar, o no pudo. Eso explica también el ninguneo de mi madre hacia los Fierro, los Fierro recién llegados al país, pobretones, tirillentos, muertos de frío, los haitianos de hoy en día en Chile. Pero lo más triste, es que siento, toco, palpo, que en muchas ocasiones mi padre le encontró toda la razón.
Me entero que probablemente los Fierro Cabello se fueron de España y de Ronda porque en esa ciudad la invasión napoleónica y la sucesiva guerra de independencia tuvo especial virulencia. La producción industrial y ganadera sufrió mucho cuando los rondeños se marcharon a las montañas para luchar contra los franceses. La población se redujo de 15.600 habitantes a tan solo 5.000 en tres años.
Pocos años atrás fuimos a Ronda con Pilar y nuestras dos hijas. Eran nuestras vacaciones, y en ese entonces nada sabíamos de este pasado y mis orígenes, pero me atraía esa ciudad, y todos quisieron conocerla. La caminamos entera y devoramos cada una de sus callejuelas, su Plaza de Toros y el Puente Nuevo, donde les tomé las mejores fotos a nuestras dos hijas. Me habría quedado a vivir en esas tierras sin pensarlo mucho.
Mi querida amiga Ana María MacDonald comenta por e-mail, desde Finlandia:
Lo que me cuentas de tus antepasados es muy similar a lo que vivieron los míos. Los míos emigraron desde Escocia a Chile debido a la difícil situación que vivía Europa azotada por hambrunas, guerras, dictaduras, etc. Esta situación se refleja en la fuerte inmigración de europeos hacia América Latina a partir de 1850, especialmente hacia países como Argentina y Méjico que recibieron miles de inmigrantes provenientes de España e Italia y también muchos otros europeos que se distribuyeron por todo el continente. Ayudó mucho el nacimiento de las nuevas naciones americanas que se iban independizando de España y que necesitaban mucha mano de obra y que además veían en Europa un modelo al que imitar. También ayudó la promulgación de leyes que facilitaban la inmigración. Es muy triste que este proceso esté prácticamente ausente en los programas de enseñanza; si lo supiéramos quizás sería más fácil entender la situación que viven en el Chile actual los miles de inmigrantes. También serviría para saber que muchos miembros destacados de la sociedad chilena son justamente descendientes de estos primeros inmigrantes que llegaron en busca de mejores condiciones de vida. Muchos de los que se presumen de “aristócratas” descienden directamente de los hidalgos españoles que buscaban enriquecerse en América porque existía el mayorazgo en España, y en la colonización de América participaron todos los sectores sociales excepto la nobleza, es decir, los que llegaron a Chile, no tenían nada de aristócratas o nobles.
Sin duda que los historiadores tienen un conocimiento profundo y exacto de lo ocurrido en aquella época, pero por las diferentes lecturas que he realizado a lo largo de mi vida y conociendo mi historia familiar, esa es mi visión personal de aquella época.
Generosamente agrega que por supuesto puedes usar mi texto si te parece de interés.
Lo que cuenta Ana María es muy cierto. Todavía recuerdo el orgullo de mi abuelita Oriana, cuando proclamaba que ella había visto a los padres de Eduardo Frei Montalva, presidente de Chile en ese entonces y posteriormente asesinado por los servicios de inteligencia de Pinochet, vendiendo peinetitas de plástico en la calle. Yo lo vi, gritaba como destapando una vergüenza, un secreto, una confidencia hedionda.
Estos descubrimientos tardíos refuerzan la idea que guardo sobre los recuerdos y su importancia, sobre la memoria y su valor, y que me recordó hace pocos días Pato por e-mail:
– ¿Te acuerdas de la alfombra roja, en tu casa de Avenida Suecia 1521?
– ¿Te acuerdas del sol potente que se acrecentaba y crecía por las rendijas de los postigos a medida que avanzaba el día, en tu casa de Avenida Suecia 1521?
– ¿Te acuerdas de la crujidera de las maderas del pasillo, en el segundo piso, en tu casa de Avenida Suecia 1521?
– ¿Te acuerdas del olor en el baño de la Guillermina, la empleada, siempre con filtraciones y humedad, en tu casa de Avenida Suecia 1521?
– ¿Te acuerdas del portazo que daba tu padre al llegar o al irse al hospital, en tu casa de Avenida Suecia 1521?
– ¿Te acuerdas de esa bodeguita/bar, bajo la escalera, llena de arañas y polvo y más arañas, en tu casa de Avenida Suecia 1521?
Sí, me acuerdo, de esos recuerdos no busco huir.
Trato de dormir, mamá, pero antes leo por unos minutos un texto de mi amigo Ignacio Carrión (Diarios, 2011-2015 Editorial Renacimiento, 2016). Estoy solo, no tengo a quién contarle mi historia, solo la puedo escribir para después leer, y corregirla, y regresar al texto de mi amigo:
“Imaginemos que irrumpen en la casa de tus padres y están allí, como los dejaste hace años (o como te dejaron al morir), en la sala viendo le televisión o hablando o ambas cosas a la vez.
-Buenas noches -dices.
Y él contesta y ella alza los ojos con una mueca de aburrimiento escrutador, pero no pronuncia palabra.
Te miran. Y tú devuelves la mirada y te sientas en el sofá en espera de algo que no sabes lo que es, nada o mucho, agradable o desagradable.
-¿Todo bien? -preguntas.
Y a partir de ahí puede ocurrir cualquier cosa.
Sales luego de la sala y avanzas por el pasillo hasta la cocina donde una mujer -pasaron tantas- plancha ropa o prepara unas verduras o friega algo y cruzas unas palabras y parece triste y harta y sabes que su vida es exactamente así, triste y agotadora.
Bebes un vaso de agua y dejas el vaso en el fregadero y vuelves a la sala que es otro mundo, el de los señores, y sientes algo que jamás dejas de sentir en esa casa, como en todas las casas acomodadas donde un pasillo separa a los ticos de los pobres y todo es distinto y esto te angustia y observas a la vieja pareja que es infeliz salvo en muy raras ocasiones, y no hay apenas cosas de las que hablar porque son demasiadas las cosas que os separan. Todo os separa.
Y te despides. Te acercas, los besas, los imaginas así un día tras otro. Día y noche. ¿Cuántos años, todavía? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Menos?
Bajas las escaleras: 4 pisos. Una luz mortecina. Hasta el portal. La calle. No es que sea la vida, tampoco hay vida. Caminas rápido. Tal vez él se asomó a la ventana o al balcón de la terraza, tal vez. ¿Te vuelves a mirar? Depende. Vas a sentirte culpable tanto si lo haces como si no.
No lo haces. ¿No? Aún estás a tiempo. Pero no está allí. No.
No me gusta esta soledad y este silencio, aquí, a esta edad, que es lo que ellos tenían en la página anterior y ahora tengo yo. No me gusta. Me asusta. Me produce cierta congoja. ¿Por qué? ¿Por la repetición de un destino -el de todos los viejos- que presienten el fin del camino más cercano de lo deseable? ¿Qué puedes hacer para sortear estos obstáculos en ese camino sin salida?”
Me levanto tambaleante hoy por la mañana haciéndome preguntas, o escondiendo o rehuyendo las interrogantes. Ignacio está muerto, mis padres están muertos. Pruebo mi café caliente con la tremenda certeza de haber vivido ciertos episodios de la vida de otro. Tú no fuiste alcohólica, mamá, pero con tu ninguneo te portaste como la madre de mi amigo. Y ese desprecio que sentías por el papá, ¿lo recuerdas?, lo sentía también ella por el padre de Ignacio, que también fue médico. Y ese desdén que sentías por la familia más humilde del papá, ¿lo recuerdas?, también lo sentía ella hacia la familia más humilde de su esposo médico. Existen demasiadas circunstancias parecidas que podrían ser calcadas. Problemas con la herencia, por ejemplo, donde el hermano mayor traicionó a Ignacio al aliarse con la hermana, emocionalmente débil y en las cuerdas. Es decir todo muy parecido a lo que me ha ocurrido a mí. ¿Inventó, Ignacio, todo eso, mamá? No lo creo. Pese a que ya están todos muertos, sé que ocurrió así, y por eso puedo confesar sin susto, sin mucho temor, que he vivido parcialmente algunos episodios de la vida de otro.
Con los escritores siempre se sabe, no hay nada dejado al azar, sobre todo con Ignacio.
Escucho música, luego escucho un verso recitado por Parada que me transporta hacia la casa de mis padres que todavía guardo junto a muchos otros recuerdos de esos años. Están tal cual los dejé cincuenta años atrás. Veo a mi madre en cama, pero no me saluda. Está llorando. Veo a mi padre caminar por el cuarto mientras gesticula angustiado, pero tampoco me ve, tampoco me saluda. ¿Cómo están?, les pregunto, ¿todo bien?, pero no me oyen. Bajo apresurado hacia la cocina donde está Guillermina preparándole un café con leche a mi madre. Tampoco me ve, pero a lo mejor siente algo porque se le cae la taza y mira hacia sus manos, se las frota, y grita algo que no escucho. ¿Se quemó? Bebo un vaso de agua que luego dejo en el fregadero y corro hacia la puerta de entrada, que me expulsa hacia otra puerta y otros mundos. Ahí escribo, mamá. Ahora me encuentro en Michigan, en mi propia casa. Escucho que alguien llora….
-¿Cómo están? -pregunto- ¿todo bien?
Pero nadie me contesta, nadie me habla. Ya no escucho los sollozos.
Yo sería más tolerante con el modo de ser de nuestra madre. Sobretodo pienso que ella tuvo sus razones para ser cómo fue. Ella probablemente hizo lo mejor que pudo con sus recursos y sus circunstancias.
Los mismos hechos pueden ser vistos con otros lentes.