De mi estadía en Berlín en el año 1985, mientras hacía un posdoctorado en electroquímica, lo que mejor recuerdo no son las investigaciones en que estaba involucrado, como fue “la reducción de la molécula de oxígeno en las celdas de combustible”, sino las embestidas feroces y el remezón de las murallas que provocaban los vecinos de mi departamento por la noche, cuando ya todos dormíamos. En un principio creía que era solamente un problema mío y que quizás por eso escuchaba con tanta atención, con tanta nitidez esos gritos, esos ahogos, esos gemidos destemplados, y ese catre que daba la impresión que en cualquier momento se iba a desarmar bajo esas embestidas telúricas, felices, bien logradas, como si alguien estuviera arrancándole los clavos a tirones, o colocándole más clavos a la cama, mientras arañaban la pared, las repisas, el entretecho. Después, por la mañana, todo ese desorden, esa batalla, contrastaba al ver a mis vecinos junto a sus modales refinados y suaves, cuando nos saludábamos cortésmente y con amabilidad. Se veían pacíficos y tan inocuos en sus trabajos diarios, en sus trajines de todo los días, en sus mochilas que se colgaban displicentes sobre un hombro, que me costaba reconciliar esas imágenes que todavía reventaban mi imaginación. Un día conversando con mi amigo Steve y su pareja, también vecino, y que también hacía un posdoctorado en química inorgánica en el Fritz Haber Institute, me mencionó los gritos ahogados y rítmicos que escuchaban por la noche. ¿Los escuchaba yo también? Por supuesto, le dije, si ya no duermo, no puedo dormir. Riéndose me confesó lo mismo, que a ellos les ocurría lo mismo. Y que para poder dormir mejor, les habían dejado una nota anónima a esos vecinos, pegada sobre la puerta del departamento, que leía: nadie puede gozar tanto, nadie puede ser tan bueno para eso. Nos reímos a gritos comentando esa nota tan de gringo, donde todo lo grande y desproporcionado tenía que ocurrir en los Estados Unidos. Sobre todo nos reímos porque las embestidas rítmicas no disminuyeron y se hicieron incluso más seguidas, más celebratorias y planetarias. Y así fue como al día siguiente, por la mañana, cuando veía a mis vecinos nuevamente, me parecían todavía más inocuos, más distantes de esas imágenes que ya inundaban con violencia toda mi imaginación. ¿Estaba volviéndome loco? Felizmente a las pocas semanas partieron, o quizás tomaron vacaciones largas, no lo sé; pero extrañé los ruidos, las emociones de toda esa sinfonía que me obligaban a escuchar. Pero siempre los recuerdo, es el mejor recuerdo de mi estadía en Berlín. Memorable.
Pocos días atrás, los recordé nuevamente -pese a los a años transcurridos- cuando pasamos a dejar en auto a dos estudiantes de la Universidad de Michigan, compañeros de trabajo de Pilar, que compartían un departamento pequeño aquí en Ann Arbor. En un principio vivían ellos dos y compartían los gastos, hasta que uno incorporó a su pareja. Cuando se bajaban del auto y uno de ellos sostenía una mochila roja, no me pude frenar, no me pude contener y le pregunté a Pilar. ¿Cómo lo harán? ¿Se taparán la boca por la noche?
Muy simpático!! Muchas gracias Cristian!!!
Jajaja…..por supuesto que es pura ficción, cierto? Felizmente Pilar no los lee!
yo pienso que no tiene nada de ficción. Lo creo al pie de la letra. Tu eres como Kafka…uno cree que es ficción y en realidad todo ha sucedido de verdad!