Últimos dos capítulos de «Como un Suspiro»

Fecha de vencimiento

Estaciono el auto frente a nuestra casa, y pronto me siento en el mesón de la cocina para darle los últimos retoques a este texto. Luca, nuestro gato hondureño, se estira frente al laptop porque también se siente solo, esconde sus cartas. Comienzo a leer y pronto penetro en la burbuja de esos años, la de mi tío Emilio Filippi y la casa de Algarrobo, la entrevista en la IBM, la burbuja de Alone, Anita, la de mis hermanos y hermana, mis padres, la de don Guillermo Blanco, o la de mi querido amigo Ignacio Carrión que escribió tanto y con tanta disciplina, o la burbuja de Guille, la empleada de la casa, y me dan grandes deseos de salir, de salir corriendo con las cartas en mis manos, como jugando con el tiempo, como buscando a ese niño que fui, luchando contra el tiempo que se me escapó, dándole de bofetadas, para encontrarme con un pobre despistado que caminaba con su perro por la vereda de enfrente. Lo agarro de las solapas para gritarle si acaso conoció algo de todo esto. Le muestro las cartas para convencerlo, y le grito si acaso todo eso fue verdad, si acaso ocurrió así.

¿Qué trucos nos juega la memoria? Imagino que en los tiempos del COVID, alguien me pasa a dejar mi fecha de vencimiento:

Fecha de vencimiento

Todo comenzó cuando me dejaron unos panfletos naranjos en el buzón de entrada, aquí en Michigan, mi casa. Me explicaban sin contratiempos la prueba que le ofrecían al cliente. Nuestro perro, el Copo, ladraba como si nos defendiera de un asalto, o como si fuéramos a perder algo importante. Salí raudo hacia la calle a retirar el papelito del buzón mientras veía como se retiraba una camioneta que también era de color naranja, manejada por un chofer que me hacía señas con sus manos, que reía, y que usaba una gorrita naranja. Le hacía señas a mi vecino, Dick, que sonreía como celebrando el espectáculo. En el panfleto me explicaban los detalles de la oferta. Era un programa donde me invitaban a donar sangre para realizar unos perfiles bioquímicos y genéticos. Después de firmar unos papeles, y basados en los resultados del análisis, me visitarían nuevamente para explicarme los datos y predecirme con bastante certeza, y con un error experimental de tan solo un año, mi “fecha de caducidad”, o mi “fecha de vencimiento”, es decir la fecha en que moriría. En el papel leí que la medicina ha progresado lo suficiente, y que había llegado la hora de utilizarla para el beneficio de la comunidad entera, y no para una sola persona. Los accidentes no se pueden predecir, de manera que estaban excluidos, no se consideraban en el contrato; pero me sugerían remover las alfombras que producían desniveles donde uno se podía tropezar, y que no usara nunca un cuchillo cuando no encontrara un destornillador. Es decir, todos consejos mundanos destinados a evitar los accidentes caseros.

Me asombran, me sorprenden estos gringos, esa facilidad que muestran para inventar negocios, nuevos trucos, y como logran dar un barniz azucarado a las peores noticias, las más tristes. Cuando me echaron del trabajo, por ejemplo, y BASF cerró la planta piloto donde trabajaba, me indicaron que eso era simplemente “una reestructuración,” pero una reestructuración donde eliminaron completamente los reactores químicos, los tanques, todos los equipos, para que nadie los pudiera copiar o robar ideas, y nos mandaron a la calle.

…….pero volvamos a mi casa de Michigan. Cuando se retiró el chofer de la gorrita naranja, Pilar, que recién llegaba del trabajo, me preguntó asustada si acaso ya había firmado. ¿Firmaste?, me gritó sobresaltada, ¿firmaste? Le aseguré que todavía no lo hacía, pero que siempre me ha intrigado poder conocer eso. ¿Qué?, me preguntó, aterrada, ¿conocer qué, Cristián? El término de mi vida, le respondí. Ahí se aterrorizó más y me dijo que por qué me daba por hablar de eso, de mi muerte, o de la muerte de nosotros, que ya estaba cansada de escucharme, y me dijo que cómo podía creer eso, que ella había escuchado que cuando llegaba la fecha, y si todavía el cliente no ha caducado, si todavía no te has muerto, Cristián (y la pobre ya casi lloraba) te golpean la puerta otros tipos que te hacen otro examen. Y ahí el Copo nuevamente se puso a ladrar como si me estuvieran asaltando de verdad……

Corrí a buscar la correa del Copo para ir a caminar por el vecindario. La verdad es que el pobre Copo goza olfateando el camino, las piedras meadas por otros perros, y creo que a nosotros, sobre todo a mí, me relaja, me calma los nervios. En la Universidad de Michigan, donde trabaja Pilar, en los períodos de exámenes llegan los vecinos con perros regalones para que los estudiantes los acaricien y se calmen antes de tomar un examen. De manera que sin hablarle a Pilar, saque a pasear al Copo sin despedirte de ella y sin invitarla a salir juntos, evitando la discusión. Afuera la primavera estaba en retirada, de inmediato me golpeó las narices el tufo húmedo del verano de Michigan que reventaba con fuerza. El vecino que antes apenas me hablaba, el mismo que se congració con el chofer del auto naranjo, ahora salía de su casa y me saludaba. Me costó creerle esa amabilidad tan repentina, pero se me aclaró el panorama cuando levantando sus cejas, y mientras le daba una galletita al Copo, me confesó dichoso:

– ¡Ahora ya somos hermanos!

Así de simple, y me lo dijo sin agregar nada más. No necesitaba aclaraciones.

 – ¿Y usted firmó? -le pregunté.

 -Tiempo atrás. La mejor decisión que he tomado en mi vida –agregó- lo mío será un cáncer pulmonar bastante rápido, fulminante. Lo curioso, y para que usted vea lo relativo que es el tiempo, cuando me dieron fecha, ese espacio que te va quedando después de una noticia como esa, se te hace eterno y se te estira como un chicle. Una noticia así te cambia la vida y la percepción del tiempo. Al principio me dio mucha rabia, pero ya se me quitó. -Me iba retirando cuando me gritó:

 -Yo fui el que le conté al chofer que ustedes todavía no habían firmado nada –y me lo dijo riéndose, como si me contara una diablura- siempre andan buscando gente nueva -remató.

No quise conversar más con mi vecino, sentí rabia. Copo olfateaba una roca gris, cerca de la puerta del garaje de entrada, aproveché para emprender mi retirada. Caminé hacia abajo, hacia el sur, donde a poco andar te topé con Dick que se notaba feliz al saludarme; estaba dichoso, siempre espera al Copo para conversar con él. Al parecer se había enterado de algo porque no le hablaba solamente al Copo, y se abrió más que de costumbre al conversar conmigo. Me comentó que nunca había sido tan feliz como después de “conocer su fecha”. Desde que la supo, me dijo, hace unos meses, y cuando le dieron dos años de vida, ya ni siquiera hace esfuerzos por dejar el cigarrillo. Los disfruto, me dijo complacido, sonriendo. Me explicó que al firmar, ya no tienes que pagar impuestos y que ellos, el gobierno, carga con los gastos una vez que se te terminan los ahorros. El gobierno está fomentando ese sistema porque así logran manejar mejor las estadísticas, y examinan los datos de la población con más seguridad, conocen con mayor certeza cuando incentivar la natalidad o cuando frenarla. Es algo importante para los pensionados del futuro, me dijo. Y todo eso me lo contó como si fuese un entendido, mientras fumaba y chupaba un cigarrillo detrás de otro.

Cuando paseo con el Copo, no solo hago ejercicio, también aprendo sobre la vida de mi barrio. No sabía que eran tantos los que ya habían firmado. Y al caminar vuelan las imágenes. A veces me acuerdo de una Playa Grande, en Chile, cerca de la casa de Algarrobo, o de esas lluvias tristes de Santiago, o de mi padre, cuando ya estaba viejo y solitario. La última vez que lo vi en su cuarto de enfermo, antes de que falleciera, estaba en cama y parecía aburrido de la vida, aburrido de los tangos, del debate público y de las noticias que le entregaban los periódicos del día. Recuerdo que probó un jugo de fruta, de naranjas, dejó el vaso casi vacío sobre el velador, y mientras todavía saboreaba ese trago helado, me miró fijamente y me confesó casi sin motivo alguno, pero con algo de molestia, que al final me moriría en los Estados Unidos:

 -Te vas a morir allá, mijito.

Recuerdo que terminaba mis secundarias cuando le pedí a mi padre un cerebro humano para mostrarlo en clase de biología. Creí que no me iba a escuchar, él fue siempre reservado y reticente, cuidadoso en esos territorios, pero a los pocos días me sorprendió al llegar a casa con un cerebro enorme, pesado y con olor a formalina, escondido adentro de un tarro de latón. No me atreví a preguntarle de donde lo había sacado, quién era su dueño o cuándo había muerto (¿su “fecha de vencimiento?”), o cómo había muerto. La verdad es que nunca me atreví a llevarlo a clases y mi padre tampoco me lo preguntó; a lo mejor se le olvidó. Pero recuerdo con una certeza dolorosa cómo terminó ese cerebro, porque yo mismo abrí la tapa del escusado, en el baño de la empleada, de la Guille, un baño pasado a humedad, ubicado a un costado del garaje en mi casa de Santiago y tiré de la cadena sin pensarlo mucho. Con un alivio enorme comprobé como el cerebro se hundía en el agua, y desaparecía en pocos segundos como una burbuja de goma pesada, flexible, elástica, y se iba, se despedía sin taponar el desagüe. Bajé la tapa del retrete y me retiré apurado.

¿Por qué usé el baño de empleada, el de la Guille y no el mío? No lo sé. ¿Por qué nunca se lo conté a la Guille? No lo sé. ¿Por qué nunca se lo conté a nadie? No lo sé.

¿Por qué lo recuerdo y lo escribo ahora? No lo sé; pero ha pasado un mes desde la visita del chofer naranjo y ya vinieron nuevamente a verme. Me quedan tres años, me anunciaron. Me cuentan que lo mío será un Parkinson fulminante. No se lo he contado todavía a Pili. Le mentí cuando ella me lo preguntó porque la primera vez que vinieron a verme doné sangre y firmé varios papeles. O a lo mejor no firmé nada, ya no lo recuerdo bien, estaba nervioso, incluso asustado; pero doné sangre y no le conté toda la verdad a la Pili. Pero tú, tú que estas leyendo, ¿siempre le cuentas todo a tu pareja?……..Yo tampoco. No le conté a Pilar todo lo ocurrido, como tampoco nunca le conté a nadie lo que hice con ese cerebro que despaché en el escusado del baño de la Guille. Cuando llegó la camioneta naranja, donde parece que firmé y doné sangre, antes de partir me prometieron otra visita para compartir los resultados. Tenía confianza en que no me ocurrirá nada malo, porque como he contado antes, en estas notas, mi madre se casó justamente con un roto, con un recién llegado al país, para eso, para mejorar el pool genético y se diluyeran las enfermedades de sus antepasados que se habían casado entre ellos, entre gente como uno. Pero me parece que incluso en eso se equivocó mi madre, aunque concedo que no se equivocó por mucho porque ya tengo 67 años y me quedan tres; es decir he vivido bastante, a lo mejor lo suficiente.

Mi madre le tenía terror al cáncer, y ahora que me han dado fecha creo entenderla mejor, porque a veces es peor no tener fecha de vencimiento, sobre todo con el cáncer, que sale a jugar a las escondidas y en cualquier momento te sorprende. Y esto ya lo he repetido varias veces, pero es algo parecido a lo que ocurre con el Pac-Man, ese juego que llegó a ser tan popular hace algunos años. El cáncer aparece y desaparece, asoma una mano para agarrarte una extremidad, pero pronto te la suelta, y al segundo te la tira, te tira y afloja y entonces todos creen que estas imaginando cosas, enfermedades inexistentes, secretas, desenterrando cánceres, tumores escondidos, dolores, molestias, vértigos, o alergias a la piel.

La verdad es que me dio rabia conocer mi fecha de vencimiento; pero me ayudó ver a mi vecino para compartir la notificación. Él me cuenta que le sucedió lo mismo cuando le dieron fecha. Pero estos gringos son prácticos, tienen grupos de autoayuda para este tipo de problemas. En un principio me rebelé; pero al conversarlo en grupo, me ayudó y cambié. Ahora creo que he llegado a ser un ferviente partidario de la fecha de vencimiento. Incluso le he dado direcciones y datos frescos al chofer de la camioneta naranja cuando logro detenerla. Cada vez que se aparece por aquí lo saludo con la mano en alto y nos sonreímos juntos, nos reímos y eso me gusta, me da confianza, siento que soy parte de un tejido orgánico.

Lo extraño, y lo que me cuesta entender, es que ya se me pasó la fecha y justo ahora llegan unos tipos a golpear mi puerta. Con las drogas que ingiero para combatir el Parkinson a veces sufro de alucinaciones, y me cuesta distinguir entre la realidad y la ficción; es decir estoy –y eso me consuela- en un territorio que conozco, que me parece familiar. Siento golpes en la puerta de entrada y no me preocupa, no corro, no me escondo, y trato de calmar al Copo que ahora ladra como si le fueran a robar algo valioso. Lo raro es que no siento miedo, no me duele nada, incluso me atrae la idea de dejarle este lugar a otro. Me da pena por la Pili, pero siento que soy bastante menos importante de lo que creía. Le he dicho eso muchas veces, y sé que pronto se va a recuperar, lo mismo el Copo; más que nada es el cambio forzado lo que duele. Además, mis hijas ya están grandes.

Me acuerdo de mi padre cuando en mi último día de visita en Chile, cuando ya partía de regreso, me dijo que me iba a morir en los Estados Unidos, “te vas a morir allá, mijito”, aunque nunca mencionó una fecha de vencimiento; en esos años todavía nadie hablaba de eso, nadie hablaba así.

Siento fuertes deseos de probar un jugo de naranjas, o de escuchar un tango. Y de manera un poco tonta (creo que ahora siento menos temor de parecer un viejo leso, como decían le había ocurrido a mi padre), antes de que entren a mi casa, miro mis manos, me las toco, las giro frente a mis ojos, y me pregunto qué va a suceder con ellas; porque sobre la suerte de mi cerebro no me inquieto (creo que nadie lo destruirá en un escusado), pero me intriga saber que va a ocurrir con mis manos. Me da tristeza no poder terminar este relato, esta novela no ficción.

Claramente fueron otros tiempos, tiempos que recuerdo como postales antiguas, seriales ingenuas como Bonanza, o inocentes como Hawai Cinco Cero, o El Santo, o tiempos más duros como la Enciclopedia Salvat, de páginas lustrosas a la entrada de nuestra casa en Santiago. Fueron tiempos acompañados con los juguetes a cuerda y made in Japan, percibidos como cacharros baratos. Tiempos donde el aburrimiento fue demasiado común y donde crecer parecía algo imposible porque los años se estiraban, eran eternos, otros tiempos donde resultó fácil presentarme como un bellaco, un bellaco en el tiempo de los bellacos.

He llegado al final de este relato. Ya no me quedan cartas de esos años porque llegó la Internet y dejamos de escribirnos, y las cartas se extinguieron poco a poco. Ya he contado todo lo que he logrado preservar; pero todavía cuelga una tremenda incógnita, una duda. Imagino que alguien me la arroja con violencia:

– ¿Se te pasó todo muy rápido, Cristián?

– ¿Cómo?

– ¿El tiempo, se te pasó todo muy rápido?

Le suelto las manos a mis dos hijas, a Camila y Sofía que me acompañaban. Y recuerdo a mi tía Oriana cuando por carta me largó esa pregunta que parecía inofensiva, pero que me llegó con un chanfle:

– ¿Aunque tú estás empezando tu vida, me podrías dar una idea para el final de ella? 

Me quedo mudo, callado, veo volar un picaflor mientras repaso mis decisiones, mi matrimonio con Pilar, mi salida de Chile, mis silencios. Creo escuchar una melodía de Leo Dan, pero solitario, silencioso, sin mi madre al lado al comando de ese Chevrolet aletudo y rojo. La recuerdo a ella, pero sola, siempre solitaria y con sus cafés con leche, sus cafés con leche tibia y tendida sobre su cama grande y sola, amplia, fría y sola, en su departamento ubicado en los pisos altos, amplios de un Santiago ruidoso que se le colaba por los ventanales; recuerdo sus cánceres, recuerdo sus enfermedades, sus molestias, sus vértigos, sus alergias, sus ropas, sus pieles, sus guantes, su anillo, y su soledad tremenda, y sobre todo ese descariño final, ese silencio, ese desencuentro final.

Veo a mis hijas que se alejan con el Copo. Caminan felices por nuestro vecindario. ¿Tendrán sus manos tibias? ¿Serán las manos tibias la verdadera herencia de mi padre? De mi madre heredé el lenguaje, la escritura, esa fue mi madre sustituta, mientras que de mi padre siempre encuentro manos tibias, un rincón secreto a donde siempre, escondido en la memoria, puedo regresar, donde al concentrarme puedo volver, puedo retornar y abrir la puerta para tocar una vez más sus manos tibias. Un ejercicio que me ayuda en los momentos de tristeza.

Veo a mi padre recostado sobre su cama grande, recuerdo el pijama que lucía pocos días antes de morir, antes de que le llegara su fecha de vencimiento, veo su radio portátil amarilla, donde escuchaba sus anhelados tangos y noticieros porque finalmente algo importante y bueno ocurriría. No me queda otra alternativa que responder lo mismo:

-Como un suspiro….

Pero nadie me escucha. Mis hijas están lejos, pasean con el Copo. Nadie me pregunta nada….

¿Qué más he descubierto? ¿He llegado al final de este relato y qué puedo decir?

He descubierto que todo se repite, y que cambiamos poco. Incluso este año, en 2022 tenemos otro plebiscito en Chile.

¿Extraño Chile?

Poco, pero extraño el murmullo del oleaje a la orilla de la playa de Algarrobo, o en la Playa Grande, esa música tranquila que escuchaba cuando ya era tarde y caminaba sobre la arena húmeda, ya casi sin luz, y bajo un cielo que comenzaba a inflarse de estrellitas titilantes, caminaba hasta que repentinamente notaba que me había quedado solo, tremendamente solo, aunque caminara bien acompañado.

Y a ella, a mi madre, la trato de recordar sin rabia, pero ella aflora con un descariño doloroso. ¿Llegará eso a transformarse en rabia? Espero que no. A ella la asocio con la casa de Algarrobo, que a veces, también la asocio con nuestra antigua tele. Como ya lo había escrito antes, ocurría así (nunca es tarde como para intentarlo en otro texto): partíamos con mis padres en un fin de semana cualquiera, en ese Chevrolet rojo, aletudo, y que ahora solo veo en los shows de autos históricos aquí en Detroit. Llegábamos después de varias horas al balneario. Era un viaje largo y tortuoso, y donde al pasar por Isla Negra, veíamos la casa vecina a la de Neruda, que habíamos arrendado un verano, antes de que mis padres construyeran la casa de Algarrobo.  Recuerdo con felicidad unos patos que entraban y salían de la propiedad a través de un hoyo en el enrejado. En ese tiempo Neruda era un vecino cualquiera que escribía versos, todavía no había obtenido el premio Nobel.

Al llegar a nuestra casa se me acentuaba esa sensación de lejanía cuando encendíamos la tele, un aparato de plástico, un Motorola, que captaba una señal muy débil. La pantalla gris repentinamente se nos llenaba de puntitos blancos que pronto se evaporaban cuando captaba algo de afuera, una señal anémica, misteriosa que me llenaba de felicidad. Esa señal me empujaba a soñar porque me hacía sentir lejos, aislado, como si estuviera en otro lado, casi escondido de la civilización. Mi madre todavía no se había perdido en los laberintos de una vejez triste y solitaria, agria, como esos vinos baratos que con los años envejecen mal. En ese tiempo todo era distinto, ella era joven y buscaba vernos contentos, felices, en una actitud que la llenaba de alegría cuando reíamos y celebrábamos todos juntos. Una amiga de ese tiempo la recuerda en un e-mail que me mandó después de leer una sección triste de este relato, donde cuento sobre mi madre ya anciana, ya marchita, con esa actitud poco generosa que mostró pocos años antes de partir:  …..me acuerdo de nosotras muy chicas en Punta de Tralca. Nos llevó tu mamá. Ella vestía una túnica o caftán, y allí, en la playa, con los brazos bien abiertos y mucho viento gritaba, ‘quiero ser feliz’ mientras nosotras saltábamos de gusto sobre la arena. Qué feroz es la vejez y la muerte de los padres. Lo triste es que después, con los años, todo eso cambió, crecimos, nos hicimos adultos, y empezó la competencia, hubo barreras entre nosotros, se interpusieron otras gentes, otras familias que ella no había escogido ni aceptado, como nuestros amigos y parejas. Y pronto, demasiado pronto, ella se avinagró. La vejez se la llevó hacia otro lado.

Encendíamos la televisión, y ese pequeño mundo nuestro, santiaguino, hacía su entrada en Algarrobo, pero cuidadosamente, con filtros, con una nieve de puntitos blancos, titilantes, que nos entregaba la pantalla. Me gustaba luchar contra esos tamices, contra esa señal mala. Movía la antena, la orientaba, le colgaba un alambre (que antes había sido un colgador de ropa), y a veces funcionaba bien y nos dejaba ver El Santo, Los Invasores, o Hawái Cinco Cero, seriales populares en esos años que nos llegaban como desde otra dimensión. Después, y con el tiempo, eso también cambiaría, y ya no hubo problemas para escuchar muchos canales y de todo el mundo. Y ahora desde Michigan, a veces, y en días de tormenta, la señal en nuestra televisión empeora. Mis hijas condenan, Camila se enoja, Sofía la apoya, y llaman al servidor, pero a mí me ocurre lo contrario, disfruto de ese desperfecto. Mientras ellas tratan de solucionar urgentemente ese problema, yo lo saboreo, aprecio la mala señal, la busco porque imagino que nuevamente estamos lejos, distantes, que nadie se ha movido. Y entre sueños y alucinaciones, entre los reproches de mis hijas, entro nuevamente a mi casa de Algarrobo, -una casa que sentía como mía- y veo a mi madre anciana, disminuida, sentada sobre una silla de fibra de vidrio roja, pero que sonríe al verme. Salimos en un auto, un Honda gris, hacia Punta de Tralca donde al llegar, veo que se saca sus zapatos y empieza a saltar de gusto frente al mar y mucho viento, y me grita que ha sido feliz, he sido feliz, Cristián, y que está contenta, dichosa, como en esos años de Algarrobo. Vuelvo a ver esos patos que entraban y salían de la propiedad a través de un hoyo en el enrejado, un forado en el espacio y en el tiempo, y me saco los zapatos y la acompaño, me largo y corro contra el viento sobre la orilla de la playa, me mojo los pies, la ropa, y grito a pulmón abierto que yo también quise ser feliz, o que también quiero ser feliz.