COMO UN SUSPIRO (Fragmento de mi Novela no Ficción), Noviembre 2023

El tiempo, su paso, desde pequeño, me ha dolido. Primero no fue tanto, porque en esos años los días y los meses desfilaban lentamente. Apenas se movían y todo lo veía eterno, infinito, establecido para siempre.


Un día se lo consulté a mi padre cuando nos bajábamos del auto. Le pregunté si todo se le había pasado rápido. Se demoró en darme una respuesta. Sin embargo, a los pocos segundos, todavía dudando, todavía mirando hacia unos eucaliptos que teníamos enfrente, me confesó casi a empujones, que su vida se le había pasado rápido, demasiado rápido, como un suspiro, mijito, como un suspiro.


Años después de esa respuesta, y rodeado de recuerdos, me decidí a investigar sobre su vida, su familia, su padre, sus ancestros. Eso me condujo hacia la mía, hacia mis tiempos que para ese entonces ya habían cambiado; a mí también se me había pasado todo rápido.


Antes de que mi vida se termine, la escribo, la cuento, la transcribo. Necesito hacerlo. Siento que lo vivido no debería borrarse, debo defenderlo.

Como un suspiro

Tendría unos diez años cuando en los veranos nos trasladábamos en un Chevrolet aletudo, rojo, sobre una carretera antigua camino hacia el balneario de Algarrobo. Pasábamos frente a una casona que denominamos “la casa Pelá” porque nunca veíamos gente. De la radio del auto escuchábamos las canciones de Leo Dan que le gustaban a mamá: 

“Qué dolor

que sentimos cuando a

veces el amor

nos da el mismo camino

pero no al corazón.

Muchas veces amamos

pero no somos amados

muchas veces nos aman y

no queremos amar….”

Mi madre tarareaba distraídamente la melodía, mientras sostenía el volante, como acariciando la letra de la canción. ¿Por qué lo hacía? El viento se colaba  por las ventanillas refrescando. Era un verano caluroso, y  tuve el presentimiento de que en ese momento ocurría algo importante. Bajé un poco más la ventanilla y sentí el aroma nítido de los eucaliptos que bordeaban el camino. Por efímeros segundos sentí felicidad y cariño. Mi mamá todavía cantaba cuando de sopetón le pregunté:

 -Por qué todas las canciones hablan del amor:

Mi mamá dejó de tararear, se quedó quieta, muda, dejó de acariciar el volante, y  siguió escuchando a Leo Dan. Permaneció en silencio un rato y después me contestó como si yo fuera un adulto:

-Es búsqueda, Cristiancito, es búsqueda.

Siguió manejando, pero noté que había ocurrido algo importante. ¿Se había transportado hacia otros lugares, hacia otros recuerdos? Quien sabe. Tal vez  a sus viejos amores, o a lo mejor vió a su primo, con quien la habían tratado de casar cuando jóven. ¿Habría nacido yo? ¿Tendría los mismos hermanos? ¿Otra familia?

Con mi padre me ocurrió una experiencia parecida. Nos bajamos un día del mismo automóvil y me ofreció su mano. Sentí seguridad y calor. Mi papá siempre tenía las manos tibias. Temí perderlo y lo imaginé enfermo, viejo, y que se podía morir pronto. Sin embargo no era viejo, se veía incluso más joven que yo ahora. Lo miré inquieto y le pregunté:

– ¿Se te pasó todo muy rápido, papá?

– ¿Qué, mijito?

-El tiempo, papá, el tiempo. ¿Se te pasó todo muy rápido?

Se quedó serio y mudo, mirando hacia unos eucaliptos lejanos, luego hacia la playa arenosa y grande, mientras sentía que se perdía hacia otros lugares, otros recuerdos… Tal vez en aquel momento pensó en otros amores. Lo noté confuso y perdido. ¿Se le habría olvidado por qué nos habíamos bajado del auto? Yo tampoco lo sabía, pero afuera estaba el mar, el murmullo de las olas, las gaviotas y el sol junto a su mano tibia. Me miró fijamente y con angustia y tristeza me confesó sin dudar:

-Como un suspiro, mijito, como un suspiro- Luego se quedó mudo y me soltó la mano.

De ahí en adelante a mí también el tiempo se me ha pasado como un suspiro. No escucho a Leo Dan, pero sí a Bruce Springsteen, Leonard Cohen, Eduardo Gatti, que también me llevan a pensar en otras vidas, en otras posibilidades. Pero siempre regreso, siempre voy y vuelvo,  continúo manejando mi automóvil, aunque ya no estoy en Chile, ni manejo el viejo chevrolet coludo de papá. Tampoco veo el mar ni las gaviotas como entonces lo veía desde esa casa, ni siento el perfume mentolado de los eucaliptos.

¿Con música o sin música?

Cuando niño pasé períodos donde el mundo lo veía color de rosa. Saboreaba la música de la radio del auto mientras viajábamos. Imaginaba que si esos hombres y mujeres que trajinaban por las veredas polvorientas y atestadas de perros vagos, escucharan la misma música, a Los Iracundos por ejemplo, les gustaría. Sentirían mis emociones, reconocerían el valor que yo les daba. Me reconfortaba pensar que en la privacidad de sus hogares, estarían de acuerdo: la música que escuchábamos sonaba bien.

El auto era el mismo Chevrolet rojo aletudo de siempre. Cuando nos deteníamos en un semáforo, en el centro de Santiago, divisábamos a la muchedumbre avanzando a pasos agigantados para cruzar la Alameda. Siempre lucían ropas oscuras, de tonos grises, que me llamaban la atención. Los plantones en los semáforos en rojo resultaban siempre tediosos. Me sentía solitario adentro del auto, escondido en mi burbuja, mirando a los que circulaban afuera, tan cercanos, pero al mismo tiempo tan distantes. Ese no era mi mundo, era un universo que cuando fuera grande podría llegar a conocer. Pero la bulla y el ajetreo de la  calle presagiaba lo que sería en adelante mi vida de estudiante en las secundarias del colegio San Ignacio.

En esa época surgía en el país el movimiento popular de Salvador Allende y sus grandes sueños y banderas. Fuimos muchos los que quedamos descolocados y haciéndonos preguntas, como ocurrió en mi familia, que se dividió dolorosamente. Por un lado estaban mis padres y en el extremo opuesto un hermano, que siguió las banderas de la Unidad Popular. Los jesuitas donde yo cursaba mis estudios, tampoco se sintieron en tierra firme, y abandonaron parcialmente sus tareas de guías espirituales, para dejarnos  huérfanos a nuestra propia suerte. Los curas estaban demasiado enfrascados estudiando cómo reaccionar frente a esos “signos de los tiempos”, y pasaban embebidos en sus propias revoluciones y discusiones internas. Así quedamos abandonados en poder de los matones del curso. Ahí comprobé en carne propia como florecía el músculo de la tribu, y la importancia de los grupos,  donde mis compañeros físicamente más poderosos organizaban la convivencia e imponían las reglas en los recreos y la vida diaria. Todavía recuerdo con rabia la tremenda patada en el trasero que me propinó un compañero sin motivo alguno, poco antes de entrar a los comedores a la hora del almuerzo. Fue una patada humillante, y por eso todavía me duele, todavía la recuerdo. Muchas veces la relación con los profesores la dominaban también ellos, los matones.

Las autoridades del colegio, a lo mejor imaginando que sería bueno exponernos al mundo de la calle,  decidieron contratar a un profesor de rasgos indígenas. Recuerdo su nombre completo: Rosendo Morgado Wong. Frente a él demostramos descaradamente nuestro racismo crudo al reírnos cuando pronunciaba mal ciertas palabras que nos demostraba su origen humilde. Venía de un barrio periférico donde la “ch” era “sh”, de manera que “chiquillo” pasaba a ser “shiquillo”. Su forma de pronunciar esas sílabas era celebrada con mucha crueldad por la tribu, que chillaba de alegría al escucharlas. Sin embargo, los más pillos del curso, los buenos para los puñetes y las patadas, aprovecharon esa ventana hacía otros mundos pidiéndole consejos sobre “asuntos amorosos,” los que recién comenzábamos a descubrir. Hábilmente, notaron que en los propósitos de las pasiones amorosas, todos se parecen, todos son iguales, porque ahí las castas o estratos sociales ya no existen; ya no importa tu apellido o el barrio donde vives, ni tampoco tu raza o los colores de tu piel.

En los recreos, escuchábamos música bajo unos enormes parlantes distribuidos en el patio del colegio gracias al gran Patricio “Galeno” Walker. Sus selecciones favoritas nos ayudaba a sobrellevar los descansos. Lo recuerdo con cariño escondido en una oficina hedionda a cigarrillo (los cigarros de otro porque él nunca fumó), y rodeado de esos platillos de vinilo negro y equipo electrónico que lo salpicaban de lucecitas rojas y amarillas titilantes sobre el rostro.

En una de mis visitas a Chile, en el año 2002, cuando ya vivía en USA, recuerdo a mi padre recostado sobre su cama, la cama grande donde pocos días después moriría solo. Percibí que sentía angustia, algo de ansiedad, y pensé que a lo mejor así sucede de manera natural cuando descubrimos que se nos aproxima el fin y ya no hay vuelta atrás, porque partiremos pronto. Para tranquilizarlo le dije que estábamos todos bien, que mi hermano Alberto estaba bien, que mi hermano Gonzalo estaba bien, que Mónica y Álvaro se veían bien. Y que a mí no me iba mal en Michigan. Todos están bien, papá, parece que le dije, como asegurándole “misión cumplida”, para que partiera más conforme, sin verse obligado a tener que seguir ayudándonos, guiándonos, o asegurándose que nosotros nos encausábamos por una ruta más segura. Pero él notó algo extraño, se dio cuenta que yo trataba de “dorarle la píldora”, de calmarlo para que descansara, para que entregara las llaves, su antorcha, para que no siguiera preocupado. Fue entonces cuando levantó los brazos y me mostró las mangas del pijama que le llegaban hasta el codo. Estaba la ventana abierta y se filtraba el rumor de la ciudad febril en un día de semana santiaguino, de verano. Escuché unos bocinazos, un griterío lejano, vi un gorrión nervioso que se detuvo sobre el filo del ventanal mientras él terminaba de estirar el borde de la sábana blanca que le llegaba hasta la barbilla. Y pese a lo disminuido que ya estaba, me dio una sorpresa, un gran mazazo cuando se detuvo, fijó su mirada en el cielo raso de su cuarto y me preguntó, como volando hacia otro tema, parecido al pájaro del ventanal:

– ¿Y tú, a quién saliste tan inteligente, Cristiancito?

Habría pagado para que me preguntara a quién salió tan pelotudo, mijito, o no hable huevadas, mijito, no diga leseras, pero no había ocurrido así. Más bien comprobé las sorpresas que nos da el cerebro, que pese a estar acosado por la enfermedad, las debilidades, los dolores, las confusiones, siempre nos puede sorprender con un relámpago de conocimiento cognitivo, algo así como un saludo a la bandera que nos muestra la fibra sana que todavía va quedando, que todavía resiste, ahogada en medio de toda esa maleza de la ancianidad, pero que todavía permanece pese a las molestias, la vejez y el deterioro.

No le contesté, no le dije nada, me hice el leso, como siempre, y parece que tartamudee algo así como “chuta”, pero solo para mí, solitario y calladito, como siempre.

Cuando me mudé a USA a fines del año 81, cambiaron los tonos y colores del invierno, que para aumentar el contraste fueron blancos, había nieve. Y con los años he seguido subiéndome a los distintos automóviles y deteniéndome frente a los mismos semáforos con luces rojas donde todavía aprovecho para escuchar música, esa que escapa de los parlantes de mi radio. Ahora soy yo quien maneja -pero en otro tipo de auto y en otras latitudes- y no mi padre, y me importa menos si a alguien no le gusta la música que escucho. Han pasado los años y más que nada guardo mis melodías, guardo mis recuerdos, o los escribo a escondidas, los atesoro en páginas manuscritas parecidas a esas conchitas de mar que un día coleccioné al caminar sobre la arena, a la orilla de una playa en Algarrobo, o El Quisco, cuando niño. Y me importa menos si a alguien no le gustan, o no las lee, o si a nadie le interesan las conchitas que he guardado. Incluso ya me importa poco si no escucho música cuando detengo el auto frente a un semáforo en la ciudad de Northville, en Michigan, donde vivo ahora…..aunque siempre los prefiero con música (los semáforos).

Antes de partir

Antes de partir hacia los Estados Unidos a finales del año 81, vendí mi Fiat-600, y por algún motivo extraño, simplemente me largué como si encaminara mis pasos hacia una sala de clases. Partí como estudiante y sin la idea fija de largarme para no regresar nunca más. Era un paso, no un salto, como el que dio mi hermano Gonzalo al irse a Canadá poco tiempo después. Lo mío fue más solapado, no se presentó como una partida permanente, un corte, más bien se asemejó a un paréntesis; me iba para estudiar en el extranjero y buscar otro futuro, ya se vería como resultaba todo. Con mi hermano Gonzalo fue distinto, él se fue de frentón y casi de portazo. Ya había estudiado en USA antes, donde había obtenido un flamante título de ingeniero comercial, y simplemente en Chile no se acostumbraba. Fueron pocos los que lo entendieron. Le amordazaban las costumbres que encontró en Chile, los trámites engorrosos, las reuniones de última hora, los cafecitos alargados y esa manera de quemar el tiempo que veía entre sus amistades. En Chile tenía trabajo, no le iba mal, pero algo le picaba, y decidió volar y buscar nuevos horizontes junto a sus dos hijas y Anita Kuschel, su esposa. Chile y su estilo de vida lo asfixiaban.

En ese sentido a mí me ocurrió algo parecido, también me sentía asfixiado, como un extranjero en Chile, en mi país, aunque a lo mejor lo que más me afectó fue lo que sentía a diario adentro de mi propia familia, siempre sometido a sus ritos, sus normas, convenciones y silencios. Mi descontento pudo ser algo personal, y ahí puede estar también el origen de mi despedida, porque esa asfixia es algo que me ha ocurrido en muchos sitios donde me ha tocado vivir. En la casa de mis padres muchas veces me sentí como un extraño; me molestaba esa manera oblicua con que nos decíamos las cosas, donde no nos preguntábamos derechamente por “a”, porque lo hacíamos primero por “b,” pero de una manera solapada que implicaba “a”, que de rebote buscaba esa respuesta, aunque no directamente. Había mucho claro-oscuro, mucha danza para evitar nombrar las cosas por su nombre. Se respetaban poco los espacios de los hijos e hija que ya eran adultos. Mi madre recurría mucho al mensajero, dile a tu hermano que….., o dile a tu hermana que….., en lugar de ir ella a decir claramente lo que pensaba. Los temas peliagudos fueron siempre borrosos, poco claros. Éramos poco transparentes para decirnos las cosas, había mucho mensaje velado para tratar temas y cantar las cosas por su nombre. Quizás por eso, gracias a mi lejanía física, al vivir en otro país, estas notas me salen más directas y sin esos silencios, aunque a veces me duela y pueda lastimar un poco a otros.

En esos años, yo era un joven bastante tímido y callado; aunque creo que eso me ayudó porque tengo la impresión que a los callados les va mejor en USA. En Chile hay que ladrar bien alto, y para eso nunca fui de los mejores.  Con Gonzalo teníamos edades parecidas, éramos jóvenes, y cuando emigramos aprendimos a generar nuevas raíces a costalazo duro, dándonos de culo sobre un pavimento resbaloso. Pero así ocurre cuando se es joven, cuando nos sentimos invencibles y apostamos por los riesgos, viajamos y nos arrojamos al torrente caudalosos de algún río, o, como me ocurriría a mí, saltamos fuera del país. Me fui de Chile como estudiante y me fueron a despedir sin demora al aeropuerto, donde me abrasé tranquilo para alejarme de mis padres, mis hermanos, hermana y los amigos. A mi hermano Gonzalo, no le ocurriría así. A él casi nadie de la familia lo iría a despedir –la excepción fue mi hermano Álvaro, el menor- porque nadie lo entendió, sobre todo mi madre que estaba hecha un trompo y exigió que nadie lo fuera a despedir. ¿Por qué se iba de esta maravilla de país? ¿Para buscar nuevas aventuras? Pero se consolaba imaginando que mi hermano tenía el gen de los exploradores, de los Ossa, antepasados de ella y descubridores del salitre en Chile. Y así fue como a mi hermano lo fue a despedir el chofer de la CEPAL, donde trabajaba en ese entonces.

En un principio Gonzalo había tratado de emigrar hacia Australia, donde tenemos un pariente, una prima de mi madre. Cumplió con todos los trámites rutinarios, como visitar el Consulado, llenar formularios, entrevistarse, y cuando ya lo tenía todo listo, a pocas semanas de partir, lo llamaron por teléfono para contarle que su madre había conversado con el Cónsul para informarle de algo grave. ¿Qué era eso? ¿Qué les había presentado? Les había largado la noticia-bomba y teledirigida de que en nuestra familia, y por lo tanto en la familia de él, de Gonzalo, había muchos miembros con problemas mentales –lo que no era cierto- y que basado en esa información ya no lo podían aceptar como inmigrante. De más está decir que hasta ahí llegaron los preparativos para su partida. Todo reventó y no le quedó otra alternativa que pensar en Canadá; pero antes, siguió los consejos del Cónsul: la próxima vez, le dijo, cuando consulte en otro Consulado, no se lo cuente a nadie y hágalo solito. Por una extraña coincidencia, mi padre le dio el mismo consejo cuando llegó a casa destrozado después del trámite fallido, pero con un agregado de color inquietante: no se lo cuentes a nadie, mijito, y no se lo cuentes a tu madre hasta que lo tengas todo listo. Ella está ta-ta-ta-ta-ta….. Y así fue como lo hizo, no se lo contó a nadie, ni siquiera a nuestra madre que sospechaba de todos, y por eso partió sin ninguna despedida porque cuando ella se enteró, lo desaprobó con una rabia de gato herido y mandó una orden perentoria donde indicaba que nadie lo debía ir a despedir. Así fue como partió con Anita y sus dos hijas, solos, a buscar nuevos horizontes a Canadá. En el aeropuerto de Montreal lo esperaba la hija de Julio Durán, amigo de mi padre, que lo llevó a un Hotel de mala muerte donde recomenzó su vida. A las pocas semanas ya aprendería algo de francés para conseguirse un trabajo.

En mi caso llegué a Washington, a la Universidad de Georgetown, para perfeccionar mi inglés y prepararme. Tenía recomendaciones del sacerdote jesuita, Patricio Cariola, lo que me ayudó. Así fue como conecté con José Zalaquett (el abogado que Pinochet había expulsado pocos años antes por su defensa de los derechos humanos) quien me ofreció todo su apoyo. Recuerdo que llegué perdido a su oficina después de recorrer muchos pasillos ruidosos y escaleras desproporcionadas que me hacían sentir más pequeño, expuesto, frágil. En esos años José era el Director Ejecutivo de Amnesty International y trabajaba también en esa universidad en un proyecto que ya se terminaba. Mientras sacaba fotocopias y organizaba papeles y documentos me explicó, así es aquí, cuando los proyectos se terminan, se liquidan y no hay vuelta. Después del saludo inicial, me abrazó y sentí la importante seguridad de que José, pese a lo ocupado que estaba, me ayudaría. Al ofrecerme café, lo hizo con generosidad; sujetó una servilleta enorme, blanca, tan grande, que me pareció estar parado frente a una bandera. Mi inglés era rudimentario, pero ahí también me hizo sentir acompañado. Todavía lo veo dejar su café sobre un escritorio salpicado de papeles para preguntarme que dónde pensaba estudiar, y quién, qué grupo me ayudaba. En Cleveland, le contesté, pienso estudiar ahí, y por el momento es poca la ayuda que tengo, le agregué. De inmediato, al escucharme, tomó su café con una mano y me corrigió el acento, me empujó a pronunciar “Cleveland” como lo hacen ellos, como arrastrando la “v” y me dio nuevos consejos. Mientras contestaba el teléfono, me explicó que pronto saldría de viaje, y que Cleveland no estaba mal, al menos tendrás una buena orquesta, me dijo, al imaginar la Orquesta Sinfónica de Cleveland. Y así fue como José me abrió generosamente las puertas de su departamento donde terminé jugando ajedrez con sus amigos. A las pocas semanas, me redactó la carta que mandé a Case Western Reserve University donde explicaba las razones por las que me interesaba estudiar, o los motivos por los que quería continuar con un doctorado en química.

Siempre me costó saber qué era lo que me gustaba. Envidiaba a los amigos que a temprana edad descubrían una pasión, sabían qué hacer y cómo hacerlo. Cuando egresé del colegio, siento que me sacaron a empujones, porque no sabía hacia donde encaminar mis pasos, qué estudiar, qué leer. Veía con envidia como mis amigos y conocidos, primos de mi edad, se afiliaban con entusiasmo a las distintas áreas de estudio, como leyes, pedagogía, ingeniería. Maduré tarde. Siento que me atacó algo así como una edad del pavo extendida y que no se terminaba nunca. No era bueno para las matemáticas, pero si le ponía empeño lo lograba. Tampoco era bueno para la química pero si le ponía empeño, sobrevivía. Al menos, empeño no me faltó y por eso estudié química. Para leer fui siempre lento y sigo siendo lento, por eso escojo bien lo que deseo leer. Como era tímido salí bueno para mirar, o para mironear, y creo que sigo siendo bueno para eso; a lo mejor esa fue mi vocación. Me habría gustado tener otro oportunidad para intentarlo todo de nuevo, pero me he quedado sin tiempo, y ahora me muevo por el mundo mirando hacia atrás, hacia lo que hice o lo que no pude hacer, o no me atreví. Y lo escribo. Siento que al madurar tarde, seguí buscando, seguí abriéndome camino hacia afuera y a continuar en una búsqueda que no se me termina, que no tiene fin. Ya voy en mi último tercio, envejezco, empiezo a perder altura, y todavía busco.

Los estudios y mis planes terminaron bien, me resultó, pero solo ahora, que lo escribo, noto la locura de esa empresa: me había ido de Chile sin mucha claridad y cuando ni siquiera me habían aceptado como estudiante en algún instituto o universidad del extranjero. Pero me largué. Así son las aventuras que uno emprende cuando joven.

A los pocos meses, cuando finalmente aterricé en Cleveland, llegué primero a la oficina del Departamento de Química de la Universidad de Case Western Reserve University, donde las secretarias me ayudaron, me indicaron donde tenía que alojar, donde podía comprar pan, leche, y me presentaron a una estudiante colombiana, Rosario Neira, que me siguió ayudando, mostrándome el departamento y presentándome a los profesores. Fue importante la generosidad que conocí, y casi todo sin mucha planificación. Lo curioso es que el edificio donde viví mis primeros meses –Clark Towers– antes lo había conocido mi hermano, Alberto, cuando visitó Ohio como estudiante de intercambio en las secundarias. Lo sé por una filmación que él hizo en esos años.

Me costó trabajo acomodarme al cambio de país. Me convencí que en USA, finalmente, podría sentirme a gusto, sobre todo al leer a algunos de sus escritores. Todavía recuerdo la sorpresa que sentí al leer mi primer cuento de Raymond Carver (Errand) publicado en la revista The New Yorker, en la biblioteca de la universidad de Case Western Reserve. Al terminar su lectura quedé levitando encima del sofá, casi sin saber en qué país vivía, y desde ese entonces aprendí que mis tierras serían más diversas de lo que imaginaba, y que están bien descritas por esos escritores norteamericanos, argentinos, peruanos, chilenos, o libaneses, como el incomparable Hisham Matar. Siento que al leerlos pertenezco a esos hogares, a esas familias, a esos dramas, y que ahí decididamente no soy un extranjero; ahí están mis territorios, mis países.

Escribo buscando sentir como sentía antes

En mi bolsillo izquierdo encuentro un papel arrugado donde alcanzó a escribir una nota rápida mientras espero la luz verde detenido en un semáforo. Lo escribo apurado para no olvidarlo, y antes de que me cambien la canción, o antes de que me impongan la luz verde y me transporten hacia otro territorio y todo se evapore. En el sitio donde me encuentro ahora, detrás de una camioneta roja que se demora en arrancar, me da más tiempo. Anoto:

…..escribo buscando sentir como sentía antes, cuando era joven….

Sucede que a veces inicio una resonancia donde me muevo bajo otras coordenadas, y entonces recuerdo; es algo que me ocurre a menudo cuando escucho música, o cuando sucede algo con mis hijas, donde en una regresión espontanea me transporto a la edad de ellas, cuando yo actuaba de manera parecida. Así es como me empujan a recordar mi propia infancia, pero desde otro ángulo, desde otro lado, desde esa fisura que me ofrece la realidad de mi familia. Disfruto al atrapar esos momentos y los aprovecho para escribir notas breves frente a un semáforo que me inmoviliza. Compruebo que con el paso de los años, ya no siento como me ocurría en ese entonces, percibo con menor intensidad los incidentes, los dramas, bajo una luz más apagada o por intermedio de más filtros. Quizás por ese motivo, como le comenté por e-mail a un amigo hace pocas semanas, mis notas son nostálgicas. Puede que esa nostalgia brote de ahí, de ese intenso deseo por recuperar las emociones. Siento que escribir es como un intento fútil, frágil, por recobrar esa condición original que ya parece inalcanzable, donde una luz efímera los ilumina brevemente y me empuja a escribir como un “viejo prematuro”, algo que me señala cariñosamente mi tío Lalo cuando lee alguna de mis notas.

El auto que veo en mi retrovisor ahora me pitea, la camioneta roja de adelante ya se esfuma, tengo que acelerar y dejar el papelito a un lado. Vivencias de otros tiempos me asaltan frente a los semáforos con luces rojas.

En una entrevista al escritor guatemalteco Eduardo Halfon, leí que para él, hacer literatura es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede. Parodiando a Halfon, a lo mejor podría agregar algo parecido, pero reemplazando la palabra “literatura” por “escribir”, es decir, escribir, para mí, es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, esos enormes huecos, a veces dolorosos, tristes, sabiendo que no se puede, que me quedo corto; pero no me importa, con la fe del carbonero siempre espero algún milagro.  Para recordar me ayudan las cartas que pienso utilizar en este texto, verdaderos comprimidos de memorias, de otros días, otros años, de hechos que casi no recuerdo porque se me ha borroneado la diferencia entre la ficción y no ficción. Lo importante en todo caso, creo, es preservar la autenticidad de esos momentos, ser fiel a esos sentimientos, eso es lo importante. Escarbando entre los muchos papelitos que he guardado, encuentro cartas y libretas con anotaciones, fechas, recordatorios. Creo que lo importante es poder mostrarlas así, tal cual, imaginando que ya a nadie le importan porque estamos todos muertos o al borde del cajón. Mi amigo Ignacio Carrión tenía mucha razón cuando decía que para él era importante escribir así, imaginando a todos los partícipes ya fallecidos, incluyendo el que escribe. Siguiendo su ejemplo, considero que las cartas pierden completamente su valor si las censuro, les robo esa autenticidad tan necesaria. Si no me gano la vida en este oficio, ¿para qué esconderme?, ¿para qué arrancar de los recuerdos, aunque sean dolorosos? Nadie me conoce, nadie me lee, y en el fondo no hay nada que perder con tratar de ser lo más auténtico posible; incluso hasta que duela y sienta que me estoy causando daño. En el fondo, es una buena muestra del respeto hacia los pocos que todavía invierten algo de su precioso tiempo leyendo algunas páginas.

Sobre los anaqueles altos redescubro un libro de Tim O’Brien que habla sobre la escritura de ficción. Lo tituló: “¿Cómo se escribe una historia de guerra?” Me atrae porque como lector, siempre me ha seducido saber si el autor o autora me cuenta realmente la “verdad” de lo ocurrido, tal como le sucedió en el mundo real, o si por otro lado es “inventado”. O’Brien menciona que, para él, la “verdad” se refiere más que nada a ser fiel a la “autenticidad de la experiencia”, eso es lo fundamental y es más importante que la verdad histórica o cómo ocurrieron realmente los hechos; por eso él se da el lujo de cambiar o incluso “inventar”, si con eso se acerca a la verdad más importante que para él es la autenticidad de la experiencia. No me siento particularmente feliz al leerlo, porque recuerdo esa tarde en Cleveland, hace ya muchos años, en los 80, cuando después de una lectura que nos dio en una biblioteca de Case Western Reserve University, en Cleveland, Ohio, le pregunté –ya estábamos afuera, en la calle- si esos compañeros de combate que él describía en sus relatos habían existido. Me miró perplejo, lo pensó por unos segundos, y me dijo que no. Pero en su titubeo y en ese rostro triste que me mostró por un instante, me sugirió que yo no había entendido nada. El libro que discutíamos se presentaba como una obra de ficción, pero claramente O’Brien se introduce hacia un género híbrido donde no se inventa mucho. Ese es el estilo que me atrae. Pasados ya muchos años creo percibir que incluso algunas memorias hoy se escriben de esa manera. Me atrae esa alternativa porque siento que en las memorias también es importante prestarle atención a la verdad emocional, saber transmitirle esa experiencia al lector, aunque a veces se “inventen” ciertos hechos para acercarse a esa otra verdad que es todavía más importante.

En otra estantería me encuentro con el último libro de Barbara Le Guin (“Sin Tiempo para Perder”, o No Time to Spare). Es una recopilación de los blogs que ella publicó por varios años. Según Le Guin –lo leo en la introducción- los blogs no le interesaban hasta que se topó con los de Saramago. Le gustaron tanto que empezó uno propio.

Leo y me gusta como escribe, cuenta la verdad, aunque duela. En octubre del año 2010, escribió que ya no le quedaban muchas esperanzas al contestar un cuestionario que la Universidad de Harvard les envió a sus exalumnos como ella. Escribió que al mirar hacia el futuro solo le esperaban sustos. Tenía razón, pocos días después fallecería.

La frase siguiente tiene poco de original, necesito buscar al autor del libro para darle a su autor el crédito que se merece. Cuando  lo leí, me identifiqué, me iluminó el día, o quizás la noche porque era de noche y llovía, hacía frío. Recuerdo que dice algo así como que escribir da la oportunidad de seguir hablando una vez que uno se muere. Quizás por eso cuando escribo, me asumo muerto como me lo enseñó Ignacio, me siento terminado, donde la censura se diluye y pierde importancia, pierde protagonismo. En ese sentido, creo que escribir combate un poco la mortalidad, nuestra completa desaparición que con los años crece y gana en importancia. Primero nos empiezan a llegar noticias de amigos enfermos. Algunos sanan, pero otros, muchos, fallecen, se terminan. Uno los ve marcharse pero decide continuar con el engaño, con ese juego o esa idea de que lo ocurrido fue una excepción y no el desenlace natural de haber gozado una vida por varios años largos.

Escribir me ayuda también a conocerme, a descubrir quién soy, porque pese a los años que he vivido todavía muchas veces me desconozco. Puede ser un esfuerzo inútil porque lo que ya no pude ver a lo largo de mi vida, durante tantos años, durante todos esos domingos estirados y aburridos, puede que no lo termine de ver nunca, sobre todo si considero los años que me quedan que son menos.

Escribo para recordar a los que ya no están, para recordar lo que hice y no me resultó, o lo que hice y me resultó mal porque hice daño. Escribo para usar otra ropa o para caminar sin ropa. Escribo para decir lo que no me atrevía a decir o a contar.

Escribo también para rescatar las voces de mi infancia, para volver a escucharlas teniendo ya otra edad donde a lo mejor lo entiendo mejor, o me puedo esforzar por entenderlo mejor porque ahora tengo tiempo. Escribo para conversar con mi padre como si ahora tuviera la edad mía. Escribo para ver si todo me pudiera resultar de otra manera, usando otros caminos, otras conversaciones. Escribo para ver si puedo volver a ver a mi tía Maruza, esa tía misteriosa de la cual los adultos me hablaron tan poco o casi nada. Escribo para poder ver de otra manera. Escribo porque me queda poco tiempo. Escribo para ver si ahora me resulta. Escribo para ganarme otra oportunidad. Escribo para usar mejor el tiempo que me queda, para saber si todo fue verdad, si todo ocurrió así. Escribo para llorar acompañado.

¿Qué más podemos ofrecer?

Era un fin de semana y por eso también era Algarrobo. Primero, durante los años iniciales, llegábamos a ese balneario de la costa central chilena, cruzando Melipilla, Llolleo, la “casa Pelá” y muchos otros poblados pequeños como Las Cruces, El Quisco, o El Tabo. Al llegar, nos bajábamos del auto a estirar las piernas entumecidas tras el largo viaje. Sentíamos la brisa fresca en el rostro y el sonido de la arcilla crujiente bajo nuestros zapatos. Muy pronto limpiábamos la casa, espantábamos a las arañas peludas y ventilábamos los cuartos penetrados por la humedad de la playa y del encierro. De ahí salíamos raudos hacia el Club de Yates del cual éramos socios, pero donde no éramos dueños de nada, de ningún bote; ni siquiera teníamos un flotador de goma que mostrar, pero podíamos contar dichosos que éramos socios del Club de Yates de Algarrobo. En esos años sonaba bien decir que íbamos a la playa por el fin de semana. Y la verdad es que nos arrancábamos felices de Santiago y sus calles polvorientas, de su ruido, sus veredas atestadas de gente caminando por el centro de la capital. Nos deteníamos en los semáforos donde veíamos desfilar a la muchedumbre; hombres y mujeres trajinados por el trabajo duro, los horarios sin fin, y que apuraban el paso para llegar a su descanso, a sus casas o departamentos distantes.

Con el tiempo, celebramos la construcción del túnel Lo Prado, inaugurado con mucho ruido publicitario en el gobierno de Eduardo Frei Montalva. Nos abrevió el viaje hacia la playa y dejamos de pasar por los balnearios de la zona. El recorrido de antes nos tomaba varias horas dispersadas por caminos lentos y de muchas curvas. El túnel nuevo nos cambió la ruta, y Casablanca remplazó a ciudad de Melipilla. De Casablanca a Algarrobo seguíamos sobre un camino de tierra y arcilla roja, gredosa. Por ese camino, tiempo después, se mataría mi querido amigo Jaime Escobar en los años 90. Nunca había sido dueño de un auto y su inexperiencia lo traicionó. Me cuentan que se dio una vuelta de campana en una curva maldita donde después del traumatismo no despertó nunca más. A las pocas horas llegó como paciente a las manos de mi padre, quien, pese a que por breves momentos me confesó por la línea, quizás, quizás se salva, mijito, a los pocos días moriría. Por teléfono y desde otro continente, mi papá me dio la noticia en una noche trágica al anunciarme, falleció tu amigo, mijito. Me lo contó bien parco, como escondiendo las palabras detrás del teléfono, como barriendo los detalles de esa derrota inapelable.

Cuando ya teníamos ventilada la casa, salíamos hacia el Club de Yates, donde sin abordar ninguna nave, ascendíamos por una escalera de madera oscura, bien encerada, pasada a la humedad de la costa y a una cera espesa, y nos sentábamos en los sillones de un segundo piso que tenía unos ventanales grandes y sucios por la sal y el agua del océano que los salpicaba.  Afuera se veía el mar moviéndose como un animal lento y tranquilo, acariciando el muelle de metal corroído y las muchas gaviotas, cormoranes, pelícanos que sobrevolaban casi tocando la superficie del océano. Algunas parejas y familias paseaban por la vereda que bordeaba la orilla de la playa. Eran parejas que paseaban hacia afuera, mirando hacia afuera como buscando conocidos, amigos, tratando de encontrar a fulano de tal que también había llegado ese fin de semana buscando un descanso.  En USA a lo mejor ocurre algo parecido en los balnearios de importancia, pero a mí siempre me gustó pasear en el anonimato, mirando hacia adentro, sin buscarle la cara a nadie, y sin tratar de reconocer a nadie tampoco, sin buscar a ese fulano de tal que había llegado ese fin de semana. Así ocurrió hasta que unos amigos de mis padres llegaron con Francisca, que para mí iluminó ese refugio. Me pareció que ella y solo ella dejaba entrar los rayos tibios del sol. Ahí aprendí a caminar de otra manera, mirando hacia afuera, hacia los demás, buscando, tratando de encontrarla a ella. Recuerdo que le presté un libro que después me devolvió junto a una barra de chocolate con almendras y una sonrisa radiante. Lo triste es que no supe decirle, o no aprendí a decirle que la quería, porque cuando se lo dije, la asusté. En esos años apenas sabía agarrar un vaso de agua. Tuvieron que pasar muchos años hasta que mi actual esposa me enseñara -a empujones- a querer.  En Chile no encontré mi burbuja, o un lugar donde me pudiera sentir verdaderamente en casa.

Me atraían los garzones del Club de Yates, apreciaba el ruido que provocaba la crujidera de hielo que largaban cuando preparaban pisco sour. Los garzones pertenecían a una burbuja distinta a la mía y eso me cautivaba, en algo se parecían a mí. Al poco rato nos ofrecían unos canapés de erizos, unos rectángulos olorosos que traían una torreja de limón amarillo colocada sobre la lengua del erizo crudo. Siempre me deleitó comprobar que pese a ser un mocoso callado y bastante mirón, que no contribuía en nada a la conversación de los adultos, me dejaran probar esos canapés que disfrutaba en silencio al estirar la mano, y que acompañaban tan bien ese olor a cera profunda, esa humedad y encierro de las maderas en ese refugio a la orilla de la playa. En esos momentos percibí breves instantes de felicidad, chispazos. Mi padre conversaba con  los mozos –pese a pertenecer a otra burbuja- los que genuinamente se sentían a gusto porque el balneario resucitaba y cobraba vida cuando llegaban los santiaguinos como uno. A veces, cuando a mi padre se le acababa el tema, conversaba animadamente sobre el clima, la última marejada, o la tormenta, y preguntaba sobre temas que apenas conocía, como un yate de dos mástiles que veíamos enfrente nuestro, el Santa María, pero en detalles vagos porque de eso no entendía nada.

Eran fines de semana tranquilos porque todavía no había llegado Steve Jobs a cambiarnos el comportamiento. Los celulares no existían, y Santiago era una ciudad que desde ahí, frente al mar, nos parecía ajena y distante. De las murallas colgaban cuadros patituertos, manchados por la humedad de la playa, y que mostraban buques en medio de una batalla, o enfrentando una tormenta. Imaginaba esos desastres y disfrutaba al estirar la mano nuevamente para probar otro canapé de erizos. Nadie me detenía, nadie me decía nada. Había felicidad, aunque en ese tiempo yo no lo sabía.

Y ahora que ya ha pasado el tiempo, grandulón y con trabajo, salario, y mi propia familia, podría comprarme los bocados más apetitosos, los más caros y exquisitos de este mundo, pero noto que ninguno de ellos me llegará con esa magia y con esa intensidad inicial, no serán nunca tan sabrosos como los que probé en esos momentos, cuando estiraba la mano y respiraba ese aroma a madera recién encerada frente al mar, y frente a esos mozos felices con su trabajo de fin de semana. Todo eso se terminó, se esfumó, se me vaporizó. Creo que a eso me refería cuando escribí que ya no siento como lo hacía antes. Por eso escribo; para recuperar ese mundo que un día dejé, cuando abandoné mis calles, mis veredas, mi casa, y que en ese entonces ya percibía un tanto ajena. Al vivir en otros continentes, viviendo en un país como este, en USA, que tampoco ha sido mío, la situación se regularizó y se me hizo normal sentirme ajeno en tantas partes.

Creo que a mis hijas, en unos años más y cuando nosotros ya no estemos – cuando los de mi generación hayan desaparecido- les gustará también escuchar la crujidera del hielo que genera la preparación del pisco sour. Ellas siempre me observan con atención cuando lo hago, cuando agrego el hielo, el pisco, el azúcar; y me interrogan sobre la mezcla de los ingredientes. A lo mejor en unos años más, se darán cuenta que por breves momentos también fueron felices. ¿Qué más se puede ofrecer, qué más se puede dar?

Así son a veces los chalecos

¿Qué ha sucedido con esos conocidos que alguna vez vi cuando pequeño? ¿Qué ocurrió con el coronel Sudí, por ejemplo, de carabineros? Cuando llegaba a nuestra casa, siempre lo hacía entonando una canción folclórica chilena. Era bonachón y realmente quería y se sentía amigo de mi padre; pero no estoy seguro si mi padre se sentía amigo suyo. ¿Qué ocurrió con él? Siento que repentinamente hubo un cambio de escena –crecí- y muchos de esos conocidos desaparecieron y no los volví a ver nunca más.

Como goteras esos seres lentamente se me fueron, se me evaporaron, desperdigándose al tomar caminos diferentes. Recuerdo cuando en uno de mis primeros viajes de visita a Chile, fui a buscar a mi padre a la Clínica Indisa donde trabajaba en ese entonces. Fue triste porque me encontré con el afamado doctor Luccini, a quien no conocía, que se veía enfermo y viejo, disminuido. Había dejado atrás la imagen de ese médico prestigioso de otros años, el presidente del directorio de la clínica, y ya simplemente se paseaba en la antesala a la oficina de mi padre (que antes había sido la suya) como el portero de la clínica, o como un enfermero esperando una emergencia. Mi padre no me dijo nada, pero noté que el doctor Luccini estaba enfermo y como deferencia lo dejaban deambular con libertad por los pasillos; poco faltó para que lo dejaran limpiar las oficinas. Mi padre se notaba contrariado, y trató de que nos fuéramos pronto, rápido, de regreso a casa.

En otra ocasión, y nuevamente en la clínica, me encontré con una doctora que había almorzado en nuestra casa, en Algarrobo, con su marido que también había sido médico. Ella me reconoció de inmediato, pero cuando feliz traté de saludarla para conversar con ella, mi padre me empujó hacia un costado para que siguiéramos el camino solos, como esquivándola, haciéndole una desconocida porque había que moverse rápido. Vi como estiraba sus manos, percibí la felicidad en su rostro y luego su tristeza, su desilusión, cuando mi padre me indujo a seguir otro camino. Mientras nos alejábamos apurados, me confesó al oído, tiene Alzheimer, mijito. Estaba enferma, era cierto, y algo muy profundo no le funcionaba bien, pero cuando me mostró ese rostro tremendamente triste, reapareció en ella, por breves segundos, la persona sana de otros tiempos, y me reveló los rasgos de una mujer condenada a un exilio implacable. Traté de conversar con ella y rellenar esos huecos de la memoria, esas lagunas, pero no pude hacerlo, no tuve éxito, mi padre me frenó. Tampoco entiendo por qué me aflora ese recuerdo tan seguido, repetitivo, despiadado. La veo a la distancia donde continuamente trata de saludarme levantando sus brazos mientras camino al lado de mi padre, quien nervioso, la mira extrañado y me empuja a seguir otro camino, había que moverse rápido, marcharse. Recuerdo que cuando nos fue a ver ese fin de semana, a Algarrobo, olvidó un chaleco de lana café que después por mucho tiempo, vi colgado en un closet pasado a encierro y a la humedad de la playa. ¿Lo habrá recuperado? Poco importa, la impresión que guardo es que así sucede a veces con la gente que va quedando abandonada en el camino, bien parecido a ese chaleco que alguien deja en la casa de un vecino.

Me acuerdo también de la señora Marta Sotomayor. Nos iba a visitar a nuestra casa de Avenida Suecia 1521. Ya era tarde, terminaba el día cuando llegaba a vernos antes de visitar la casa de unos parientes que vivían a una cuadra, en Pocuro con avenida Suecia. Tocaba el timbre, le abría la puerta, y ella se largaba a cantar mientras me agarraba de las mejillas:

…..yo vendo unos ojos negros quien los querrá comprar, los vendo por hechiceros porque me han pagado mal..

Tampoco sé qué habrá sido de ella; pero al menos recuerdo su nombre y apellido.

A menudo veo a otra señora que nunca conocí porque jamás intercambiamos una palabra, un gesto. Me tomaba un café en el aeropuerto JFK, en Nueva York, cuando vi que lloraba; tenía un café al frente que se le enfriaba y que nunca probó. A lo mejor la recuerdo porque se parecía a mi abuelita Oriana (Oriana Ramírez Ossa). Era uno de mis primeros viajes en que volvía de una visita a Chile, y donde todavía tomaba el avión de salida (¿o de regreso?), como si mis partidas fueran solo un paréntesis porque pronto regresaría “a vivir en mi país”. Al menos eso pensaba en ese entonces. Salía de Santiago en un estado frágil y a lo mejor por eso las neuronas estaban más atentas y receptivas al sufrimiento de otros. El llanto de la señora era contenido, y no movía un solo músculo del rostro mientras se le enfriaba su café. Simplemente se dejó inundar por unas lágrimas transparentes, que se le refalaban sobre sus mejillas que parecían de una porcelana helada.

Al escribir esta nota veo que menciono a muchos conocidos, pero no he hablado todavía de mi madre que anciana y enferma también sufrió, y bastante. Pero con mi madre siento una indiferencia trágica. Con mi padre me ocurrió todo lo contrario. Cuando falleció en el año 2002 lloré, lo extrañé, me bajaba del auto y sentía que había perdido algo importante, que algo fuerte me faltaba. ¿Su mano tibia? Con mi madre, cuando falleció, apenas lo sentí. Pero no todo fue así siempre. Yo tendría apenas cinco años cuando los vidrios de los ventanales empezaron a vibrar. Era el terremoto del año 1960. Supe que era un temblor fuerte porque todos corrían hacia el jardín de entrada. No estábamos en nuestra casa de Santiago, estábamos en Valparaíso, en una hostería, donde todo era desconocido. No me asusté demasiado, pero hice lo que hago siempre cuando llegan los temblores, que es correr y levantar las manos y gritar temblor, temblor. Solo supe que había sido grave o peligroso porque a los pocos minutos llegó mi papá junto a mi madre tocando la bocina y sacando los brazos por la ventanilla del Chevrolet aletudo como si fuera una ambulancia, apurados para atender una emergencia.  Ahí noté que me querían, que se preocupaban de uno, porque estaban afligidos, se les notaba en el rostro, en los movimientos torpes, apurados. Con el tiempo, continuaron los temblores, los terremotos, pero todo fue cambiando, fue distinto y ya no se preocupaban como antes. Hubo cuestionamientos; qué cómo estaba, o si me había dado susto, pero todo era más lejano, más distante, y ya no estoy seguro del cariño que mostraban. A lo mejor eso fue crecer.

Y es triste, pero así son a veces los chalecos.

El baúl de tía Carmen

El televisor que teníamos en ese entonces era voluminoso y nos largaba solo imágenes en blanco y negro. Periódicamente lo reparaba un técnico bajito, que llegaba cojeando junto a su bolsón rebosante de herramientas, cables, tubos y luces. El aparato era un Motorola de plástico café que él ubicaba boca abajo, sobre una mesa amarillenta que teníamos en nuestro cuarto, para inspeccionarlo como si examinara a un perro enfermo. Mientras giraba sus destornilladores largos nos interrogaba sobre la familia, sobre cómo estábamos nosotros, cómo estaba nuestro hermano, Alberto, que vivía su exilio en Alemania, y sobre nuestro gato y nuestros padres. En ese tiempo todavía no existía el control remoto y tampoco había demasiados canales para disfrutar, apenas unos tres o cuatro, y nos quedábamos pegados con naturalidad en un canal determinado. Para cambiarlo nos teníamos que levantar de la silla o de la cama, hacer crujir un dial mecánico que brevemente llenaba la pantalla chica de líneas oblicuas, gruesas bandas, y un salpicado de puntitos blancos que no dejaban ver ni escuchar nada. A veces cuando llegábamos al canal buscado, las bandas gruesas todavía continuaban como lienzos titilantes que cruzaban la pantalla; ahí le dábamos un fuerte manotazo en un costado, una especie de reproche, que el aparato a veces aceptaba corrigiéndonos la imagen de inmediato. Cuando eso no ocurría, llamábamos nuevamente al técnico que llegaba con la misma ceremonia de siempre, las mismas herramientas y las mismas preguntas. Qué cómo estaba el gato, cómo estaba mi hermano Alberto en Alemania y nuestros padres. Ubicaba el aparato boca abajo sobre la mesa amarillenta, y empezaba el proceso de revisarle las entrañas hundiéndole sus destornilladores por la espalda; era el animal electrónico que teníamos en casa. Recuerdo que ahí vimos la llegada del hombre a la luna, y poco tiempo después la antevista a Carmen Machado, amiga de nuestros padres (sobre todo de mi madre), junto a Joan Manuel Serrat en una de sus primeras visitas a Chile. Los recuerdo a los dos sentados en unas sillas altas recordando a su tío, el poeta Antonio Machado, y respondiendo las preguntas del periodista. Ella era la hija del pintor José Machado, hermano de Antonio. Carmen fue periodista y durante un tiempo directora de la revista Eva, publicada en Chile durante muchos años. Estoy seguro que esa entrevista se perdió; en esos años nadie conservaba grabaciones y eran escasos los recursos. Ella falleció en el año 2020. Desgraciadamente quedó tan traumatizada con todo lo que le ocurrió, su escapada hacia la Unión Soviética durante la Guerra Civil española, que nunca quiso o no pudo escribir sobre esos años. Cuando nos visitaba nunca le consulté sobre su vida, nada; era “tía” Carmen y con eso era suficiente. Después supe que formó parte de los llamados “niños de la guerra”, todos menores de edad enviados a la Unión Soviética por las autoridades Republicanas. Tía Carmen –así le decíamos nosotros- se reunió finalmente con su padre en Chile después de siete largos años de ausencia. La vida de toda esa familia no fue fácil. Un hermano de Antonio, que poco recordamos ahora, Manuel Machado, fue también poeta y bastante conocido en ese entonces, y creo que partidario de Francisco Franco (y por eso no tuvo que exiliarse); es decir los dos hermanos ubicados en bandos diferentes y opuestos. Por ahí escuché que la guerra “pilló” a los hermanos en distintos territorios de España, uno dominado por los republicanos y el otro por los partidarios de Franco, y que por eso habían terminado separados. No creo demasiado esa explicación inofensiva. Siento que existió una división dramática y dolorosa adentro de esa familia, algo triste que ellos no quisieron o no han querido recordar. Fue una pena no haber conocido los pormenores de esa tragedia. Recuerdo a “tía” Carmen en nuestra casa de Santiago, conversando sobre asuntos cotidianos, del día a día, pero nunca sobre esos temas complicados y más serios. Estoy seguro que muchos asuntos de familia, esos que ahora consideramos como “íntimos”, “privados”, en un tiempo más no serán gran cosa, no serán extravagantes.

José, el pintor y padre de Carmen Machado, acompañó a su hermano Antonio cuando escaparon hacia el exilio en Francia junto a su madre, y lo acompañó hasta el día de su muerte, la que ocurrió en el pueblito de Collioure, en Francia, muy cerca de la frontera con España. Hasta ahí alcanzó a llegar el poeta, ya enfermo, con 63 años y cargando su maleta. Lo enterraron en un nicho cedido por una vecina y después de haber vendido su reloj de oro para sobrevivir unos días más. Ahí también fallecería tres días después su madre, a los 84 años. José Machado escribió esos recuerdos en un manuscrito que encontraron en un baúl que él dejó al morir en el año 1958, en Santiago, Chile. Habían llegado como exiliados en el año 40. Primero vivió junto a su hermano Joaquín y su familia, en una casa ubicada frente al Museo de Bellas Artes. Lo triste es que la casa se incendió en el año 1944 donde perdieron casi todo. Ahí un médico los ayudó y al poco tiempo les cedieron una casa en Peñaflor. Con el tiempo terminarían viviendo en Matucana 526, en el barrio de Quinta Normal. Cuando vaya de visita a Chile tengo que ver si todavía existe una casa en esa dirección. Nunca regresarían a España y serían enterrados en Chile (y me imagino que ya no en una tumba prestada). Sobre el libro que escribió José Machado, se publicó una edición limitada hace pocos años, en el año 2005, para una celebración organizada en Chile, en el Centro Cultural de España. Antes, en el año 1957, Carmen Machado junto a su marido, lo habían publicado también en una edición reducida que se llamó “Las Últimas Soledades del Poeta Antonio Machado.”

¿Qué dejó escondido en su baúl mi tía Carmen?

Los retratos de mi padre

Pocos meses antes de fallecer, mi padre se atrincheró en la cocina y sentado en una silla –esa que todavía está empotrada en la cocina del departamento que ahora es de mi hermana- comenzó a escribirme notas breves en el reverso de diez fotos. De alguna manera supo que se iba a morir y que le quedaba poco tiempo. A lo mejor notó lo triste que resultan las fotos antiguas, las de antepasados remotos que ya no dicen nada porque están muertos, vaporizados, idos para siempre, y por eso quiso salvar algo escribiéndome reseñas breves. Después buscó un sobre y me las mandó por correo a Cleveland, donde vivía en ese entonces.

En las fotos antiguas, amarillentas, los personajes se quedan estacionados, congelados en el tiempo, pero asumiendo sus mejores poses. Miran desde ese papel retorcido como tratando de contar algo, lo que hicieron o lo que dejaron de hacer con sus vidas, pero donde ya no ganan nada porque están muertos, miran desde el otro lado. A muchos ni siquiera los recuerdo por sus nombres. Cuando falleció mi abuelita Oriana, por ejemplo, alguien colocó los retratos que ella poseía sobre una mesa destartalada desde donde los visitantes las podían escoger para llevárselas. Las mejores fotos se fueron con rapidez para terminar probablemente escondidas en la oscuridad de otra cajonera, y esperando a que les llegara el turno para salir a la luz pública como consecuencia de otra muerte. La parentela que llegó primero, temprano por la mañana, se llevó los mejores retratos, aumentando así las divisiones y rencores que, en mi familia, se pasaban de mano en mano como piedras calientes, como frutas descompuestas. Recuerdo que mi abuelo, Augusto, el marido de mi abuelita Oriana y que había fallecido antes, les sacaba mejor provecho a esas fotografías porque siempre llevaba una en el bolsillo de su chaqueta para lucirla frente a sus amigos y parientes. Recuerdo una que él usó a menudo para impresionar; era una foto de mi hermano mayor, Alberto, junto a mi madre saludando al Papa Pablo VI cuando visitaron el Vaticano. La guardaba en el bolsillo de su chaqueta, y la mostró tantas veces que la transformó en una foto de periódico. A lo mejor también estaba salpicada de saliva, porque cuando la presentaba a sus amigos al caminar por su barrio, hablaba con fervor sobre su nieto y gozosamente la apuntaba con la fuerza de todos los dedos de su mano.

Recuerdo que mi hermano Alberto, hace pocos años, fue a recorrer el departamento cercano a Plaza Italia, donde había vivido nuestra abuelita María junto a su hija, la familia de la hermana de mi padre, nuestra tía Maruza. El lugar funcionaba como un hostal para estudiantes, y cuando él se presentó, lo invitaron a pasar sin inconvenientes. Recorrió los cuartos, y aparentemente le creyeron la historia de su familia, la que había pernoctado ahí antes, hacía ya muchos años, porque le mostraron los baños, los distintos cuartos, y un patio interior muy escondido que ya no tenía la jaula con sus cacatúas. Antes de partir, le regalaron un álbum de fotografías que alguien había encontrado en un closet del primer piso. Eran muchos retratos y hasta el día de hoy mi hermano se entretiene y trata de darles un nombre a esos antepasados anónimos que se ríen, que se sientan, que se abrazan, pero que ya no dicen nada. Cuando falleció nuestra tía, a nadie se le ocurrió ofrecer sus fotos a la parentela y a lo mejor por eso quedaron abandonados en una cajonera, escondidas, y en manos de esos desconocidos del hostal.

En los retratos muchos nos esforzamos por mostrar una gloria o alegría falsa que apenas vivimos, o que a lo mejor existió, pero de manera breve y bien fugaz. Quizás por eso mi padre escribió lo siguiente, en el reverso de la foto donde también estaba él junto a su sonrisa:

Tus antepasados con cara de satisfacción. Los recuerdos penosos no se ven; los tratamos de olvidar poniendo caras alegres.

Foto tomada desde nuestro departamento en Santiago. Abril 2001.

¿Cuáles fueron los recuerdos penosos que mi padre no me quiso divulgar?

Encerrado en nuestra burbuja personal, muchas veces uno puede equivocarse, por eso me cuido, sobre todo cuando escribo sobre mis padres que acarrean tanta historia, tantas vidas, felicidades y penas, o humillaciones que no les conocí, sobre todo las humillaciones. Me atraen las humillaciones, a lo mejor porque permanecen escondidas, secretas, como en los retratos, donde nadie te habla, no se dejan ver, pero son como un elefante que crece gordo y grande, radiante, y que todos pretenden que no existe, que nunca existió.

Recuerdo ese día, ese fin de semana, cuando nos subimos apurados al auto mientras alguien le pedía disculpas a mi padre?…..”perdona, Juanito”, le suplicaba un hombre, “perdona Juanito”, le gritaba, mientras mi padre apurado me agarraba de una mano y abría la puerta del Chevrolet rojo, aletudo, para regresar pronto a casa, partir, escapar lejos, no verlo nunca más. ¿Qué había ocurrido? No lo sé, nunca lo sabré, aunque siga leyendo cartas, escribiendo, o escarbando entre mis papeles. La burbuja de mi padre ya partió. Pero considero que ya no puedo guardar silencio, no vale la pena, hay que escribirlo, y como si estuviéramos vaporizados, todos muertos.

Rodrigo García menciona que su padre, Gabriel García Márquez, (Gabo y Mercedes: Una despedida, Penguin Random House, 2021), consideraba que tenemos tres vidas, la pública, la privada y la secreta. De mi padre no conocí nada de esta última.

Vivir con un recuerdo

Voy al volante de mi Prius blanco, cuando diviso desde la carretera, aquí en Michigan, un pino tumbado y seco, cercano a la autopista, en North Territorial. Me detengo y bajo del auto para tocar el tronco con mis manos, refregándolas sobre la corteza dura, pero noto que no es lo mismo de antes, no es el mismo pino seco y tumbado que conocí en la zona central de Chile, en Algarrobo, cuando corría un viento fresco, y a lo lejos escuchaba el oleaje del mar y el aleteo de los pájaros. No es la misma temperatura, la misma brisa, o el mismo aroma a pinos y eucaliptos frente al sol del verano. Ese es mi pasado, mi historia, mi memoria, que todavía sobrevive y que pese a todo lo que ocurra nadie me podrá quitar. Para eso escribo, para que esas vivencias sean verdaderas y sobrevivan por un tiempo más.

En esos años nosotros vivíamos bajo un mismo techo, nos duchábamos en el mismo baño, y nos sentábamos bajo la misma mesa coja, en el comedor de entrada, para compartir una empanada en el almuerzo…… y por eso lo sentí muy cierto, y creí que todo eso duraría eternamente; pero los años y la distancia parece que nos cambian y muchos asuntos importantes ya no se conversaron o se escondieron, o no se mencionaron. Simplemente me llegó un portazo helado, donde para todos los efectos prácticos me desheredaban como si todo eso hubiese sido una mentira, como si todo eso no hubiese ocurrido nunca, o como si la mesa coja no hubiese existido jamás. Le escribí una carta a mi madre (mi padre ya estaba fallecido), explicándole que al menos eso debería haberse discutido porque esa también había sido mi casa, me deberían haber tomado en cuenta, porque esa también había sido mi familia, pero no lo hizo, y ni siquiera me la contestó. A lo mejor por eso también escribo estas notas, porque mi madre escribía bien, y me reconforta especular que esa fue su herencia, esa fue mi madre sustituta. Quizás mi interés por escribir fue lo que me dejó de herencia, porque ella me empujaba hacia la escritura. Ese pudo ser su legado, y un recuerdo más generoso de ella, construido con buena leche, aunque nunca lo sabré con certeza; pero escribo.

Ella se rodeaba de escritores y participó en innumerables Talleres Literarios, como los de Guillermo Blanco, Martín Cerda, Enrique Lafourcade, o Edmundo Concha. Conoció a escritores, como José Donoso y Alone, el famoso y temido crítico literario de esos años, que ayudó a Neruda cuando nadie lo conocía, que escribía bien, pero solo cuando criticaba a otros escritores en sus celebradas crónicas literarias de El Mercurio en el suplemento del domingo. Fue curioso ver cómo mi padre toleraba a todos ellos, cómo los saludaba al llegar del trabajo, cómo los miraba, cómo les daba la mano; pero ahí nomás, de lejitos, manteniendo la distancia.

La amistad de mi madre con Alone fue bien larga, iban a pasear al Cerro San Cristóbal y se tomaban fotos en esas cámaras de cajón, artesanales, en la punta de ese cerro, a los pies de la Virgen. En varias ocasiones Alone le ofreció enseñarle a escribir invitándola a “Piedra Roja,” su refugio y donde escribía sus temidas crónicas que fulminaban o creaban autores de renombre.

Lo triste y extraño es que cuando a mi madre le resultaba algo en su escritura –y esto no lo entiendo bien- cuando le resultaba un buen relato, cuando escribía algo en carne viva, se asustaba y ya no quería tocar más el tema. Creo que ella consideró la escritura como una distracción, o como una oportunidad donde se podía topar con gente inteligente y con algo de glamur, como José Donoso, o su señora, Pilar Serrano, que siempre y con mucho encanto hablaba de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, o de Cortázar, como si fueran sus vecinos. Para mi madre la escritura fue importante, pero creo que le tuvo temor, porque descubrió que muchas veces se llega a un punto donde ya no hay vuelta y se necesita contar la firme, sin rodeos, y sin los fuegos artificiales de una palabrería inofensiva. Ahí los silencios salen a la luz, se notan demasiado. En todo caso, mi madre tuvo buena compañía porque Alone tampoco se atrevió; se le doblaron las piernas y fracasó, se quedó en la periferia y comentando lo que leía, el último libro que le llegaba a sus manos, porque también se trancó, se asustó. Lo otro que inhibió muchísimo a mi madre, lo que marchitó su escritura, fue el terror visceral que le tenía a la crítica porque no la soportaba, no sabía qué hacer con ella; y pobre del conocido o conocida que con mucha valentía la enfrentara y le hiciera ver un potencial error (……y aquí me acuerdo de mi padre, pobre papá). Nunca, jamás, la vi reconocer algún desliz después de uno de sus juicios certeros, perentorios, inapelables que a veces largaba al grupo como carne cruda.

Recuerdo que mi madre participó del Taller Literario organizado por la escritora Ágata Gligo, fallecida de un cáncer fulminante en los 90. Ella se hizo conocida por la biografía que escribió sobre María Luisa Bombal. Ágata Gligo caló muy bien a mi madre, la conoció y la mencionó en su libro póstumo titulado Diario de una Pasajera (editorial Alfaguara 1997). Como a mí me interesa leer diarios personales, me topé por casualidad con ese libro. Y me gustó porque es íntimo, es un libro verdadero, auténtico, y donde en la página 187 escribió lo siguiente sobre mi madre (Ximena, que viene solo para entretenerse) y otras participantes de su Taller Literario:

Miércoles 21 de septiembre de 1994

Ayer martes, al terminar la clase, las alumnas hicieron todo tipo de declaraciones positivas. Encuentran maravillosas las sesiones, la dinámica y a la profesora. Fedora y Ximena sostienen que su opinión es fundamentada, ya que han pasado anteriormente por conocidos talleres literarios: el nuestro sería algo extraordinario. Fedora, que solo se integró en el segundo semestre al taller que ahora desarrollo en mi casa dice que en estas seis clases ha aprendido más que en toda su vida, que doy mucho, que ilumino y comunico mucho en lo literario y que hago aflorar el sentido filosófico del trabajo. Las demás confirman. Se las ve convencidas. Yo siento que me entrego de verdad a esa tarea. Jamás hubiera pensado que, con todas mis dificultades para escribir, iba a ser capaz de ayudar a otros. Es emocionante. El grupo se ha consolidado muy bien. Me sorprende Ximena. Tiene talento e imaginación, pero carece totalmente de pasión por escribir y, aunque no lo diga, es la única escéptica respecto al propio progreso literario. Intuyo que viene solo para entretenerse.

Aquí va un cuento de mi madre. Lo tituló Vivir con un Recuerdo:

Vivir con un Recuerdo

Los grandes terremotos ya no me impresionan. Viví el primero a los nueve años y caminé entre los escombros que después supe cubrían los cadáveres.

Las atrocidades de la naturaleza nos hacen dar gritos de espanto, pero no nos alcanzan con esa puntada en el pecho, ese escalofrío que nos recorre el espinazo cuando observamos en apenas unos minutos toda una vida.

La muerte de un hijo es una tragedia cruel, la más penosa que le puede ocurrir a una mujer; sin embargo, el tiempo cubre ese sufrimiento de la misma manera con que se cubren las heridas sangrantes, tapándolas con vendas, forrándola. En cambio, los hechos pequeños, realidades apenas advertidas, apenas adivinadas, secretos pesares, como maldades del destino, remueven en la profundidad de nosotros mismos todo un mundo de dolorosos pensamientos que a veces los años y el tiempo no pueden cubrir. Los sufrimientos morales, tan complejos como incurables, tan vivos como profundos, persisten en hundirnos en un mar depresivo, amargo, como un desencanto imposible de alejar.

Recuerdo un hecho hondo, pequeño, palpitante, como si lo viviera ahora mismo. Ya tengo cuarenta años, pero entonces no era más que una chiquilla, una niña algo soñadora sumergida en la filosofía y en la historia. En ese entonces no me gustaba compartir con mis compañeros el café de la escuela, ni me interesaban los alborotos al terminar las clases. Me levantaba temprano y recorría el parque solitaria camino a la escuela. Los jóvenes de ahora ya no parecen caminar bajo los árboles, ¿verdad? El parque era como parte de un bosque olvidado, con claros luminosos, y las avenidas anchas y rectas de los costados fueron mis preferidas. Grupos de flores crecían aquí y allá, y algunas abejas doradas zumbaban al sol de la mañana. A menudo me sentaba a contemplarlas, y gozaba el sosiego de ese mundo.

Una mañana no fui la única. Un viejo flaco y encorvado, reescribía y recopilaba páginas afirmando las hojas sueltas sobre sus rodillas. Me interesó la enigmática postura del anciano. Lo espié durante horas escondida entre el macizo de plantas de la orilla. Me alejaba finalmente silenciosa, esperando no ser vista, cuando repentinamente el anciano me llamó por mi nombre: Ximena. Por un instante me paralizó la sorpresa. De inmediato sus ojos vivos parecieron palpitar al entregarme sus hojas manuscritas. A los pocos minutos, sentados ya muy juntos en la piedra helada, comencé a leer. En lenguaje pomposo explicaba en pormenores el trabajo y los problemas que habían tenido un grupo de personas. Mientras leía, el miraba hacia los lados, inquieto de que alguien más conociera su secreto. Me sentí turbada, intrusa, al conocer las humillaciones que el pobre viejo había sido víctima, hasta ser obligado a jubilar de su propia empresa, una empresa dirigida por él durante veinticinco años.

-Y para que sepas hijita –me aseguró- esto lo publicaré bien corregido, y entonces ellos sentirán vergüenza por lo que hicieron, vergüenza, y me devolverán mi trabajo.

Un ligero viento desprendió de mis manos la última página de su manuscrito. Los hechos narrados estaban fechados treinta años atrás.

Ese viejo, escribiendo su defensa tantos años más tarde, me tortura, y ese recuerdo se me ha quedado adentro como una herida sin curar.

Mi abuelo era un hombre sereno, tranquilo. Gustaba pasar sus horas leyendo en su sillón preferido frente a la chimenea y a su silenciosa biblioteca. ¿Por qué lo encontré escribiendo esa mañana? ¿Por qué esta herida no se cura? No lo sé. ¿Lo sabe usted?

El cuento está bien escrito, esa es la madre que quiero recordar; no la anciana disminuida y desconfiada, amarga, que hablaba mal de todos y que no creía en nadie. En el cuento toca dos o tres temas que me picanean, me rasguñan: primero, el transcurso inexorable del tiempo y la memoria; segundo, los recuerdos indelebles…. y tercero, esa herida que no cura, que se esconde, y que a veces logro cubrir con trámites, con obligaciones, con tareas, con mis gatos, pero que siempre está presente y duele. Me atrae ese tormento final del cuento, esa como irreversibilidad dolorosa con que se nos presenta la vida. Me parece que el relato está bien escrito porque el narrador es invisible, el ego de mi madre, que era portentoso, y que se asociaba a su tremendo narcisismo, no se manifiesta por ningún rincón del relato. Está claro que ese texto lo escribió porque algo le molestaba, le dolía. No lo escribió para lucirse frente a Alone, o frente a sus conocidos, o frente a sus hijos, es decir no lo escribió para asombrarnos; ella estaba finalmente invisible. Al relato tampoco le faltan ni le sobran palabras; está escrito con lo justo y sin fuegos artificiales innecesarios que distraen, que pueden robar, expulsarnos del relato. Uno queda remecido por ese paso inexorable del tiempo (¿hacia la muerte?) y donde regurgitan costras hirientes, desencuentros.

Mi madre escribía bien, y por eso mi crítica; ella pudo, ella debió escribir más y mejores relatos, fue una lástima que no lo hiciera, y no para publicar o hacerse conocida, o exitosa, o famosa; simplemente haber escrito más para que su memoria perdurara entre nosotros, sus hijos, entre sus nietos y nietas. Pese a su talento, no se tomó en serio la escritura, y perdió ella y perdimos todos.

Siento que ese gusto por escribir, ese hechizo que siento por los libros, por las palabras, por el lenguaje, lo heredé de ella, y es algo que no me lo podrán quitar jamás; es un testamento válido que ya no tiene vuelta. En los momentos de desánimo, la trato de recordar de esa manera, imagino que esa fue su herencia, su verdadero legado fue el lenguaje, o el lenguaje fue mi madre sustituta, (como le escuché en una entrevista a la escritora argentina, María Negroni). La mesa coja del comedor de diario, a la entrada de mi antigua casa, fue una realidad, existió, pero tengo que recordarla en textos que transmitan emociones y presenten esa mesa coja para que perdure en mi memoria.

La herencia de mi madre

Abro el laptop y le mando por e-mail el progreso de estas notas a mi tío Lalo, quien me contesta lo siguiente:

…..te reitero, con el baúl de papeles amarillentos que tienes debes escribir tu novela ficción antes de que te falle el cuesco. Me encantó tu correo. Pero tómatelo con calma, aun eres un pendejo, cuando tengas 70 o más años, te encontrarás de pronto que eres un viejo de mierda. Es cuestión de que te mires al espejo, cosa que yo no hago desde hace mucho tiempo…..

Chus, viuda de mi amigo Ignacio Carrión, me escribe por e-mail:

Llevo una hora leyéndote y disfrutando. Me ha alegrado mucho volver a contactar. Agosto y septiembre mucho trabajo. Cambio de casa, la consulta, los nietos, la inminente aparición del último libro de Ignacio….pero todo bien. Yo más animada y con ganas de trabajar y de seguir viviendo. Me interesa mucho el tema de tu trabajo, aunque cuando realmente disfruto es cuando escribes sobre tu familia. Seguimos en contacto. Un fuerte abrazo para Pilar y para ti todo mi cariño. 

 Chus

Sigo el consejo de Chus, de mi tío Lalo, y bajo al subterráneo de mi casa para escarbar entre las cartas que guardo entre carpetas polvorientas, perdidas en cajas de cartón sin etiquetas, en cuadernos desteñidos y álbumes que ya no recordaba. Los gatos me acompañan y me los imagino también interrogándose. Siento como disfrutan de esta excursión hacia el subsuelo de mi familia y sus historias.

Vuelo hacia mi pasado, pero también regreso, regreso a Michigan, lejos de mi madre, lejos de la silla de ruedas de mi madre, esa que usó hasta poco antes de fallecer, de las ropas de mi madre, de sus sombreros de colores, sus guantes, lejos de la sordera de mi madre, alejado también de su ceguera y de sus últimos sufrimientos, de sus comidas, de sus reproches, de sus miserias, alejado de sus cafés con leche fría que saboreaba tendida sobre una cama sola, y de los ruidos que se filtraban en su cuarto, como esa televisión a todo volumen que lo cubría todo como una falsa compañía, un ruido de fondo sin significado. ¿Qué pasó? ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué ese desencuentro? ¿Ese descariño? ¿Esa indiferencia? ¿Por qué esa desconocida tan helada? ¿Acaso fue simplemente la vejez, ese descalabro cognitivo que ocurre con los años? Espero no me ocurra a mí algo parecido. Ojalá me pase como le ocurrió a mi padre, que durante su vejez también voló a más baja altura, pero se abrió y buscó sus tangos y su radio portátil, a pilas, para internarse y perderse entre los laberintos de su niñez y de su infancia, y con sus manos siempre tibias. Algunos decían -incluida mi madre- que se había vuelto tonto, estaba leso, tú papá antes no era así Cristián.

Las cartas, la relectura de las cartas que he preservado, serán como una exploración hacia mis raíces, hacía mi memoria que, con suerte, a lo mejor me ayuda a descubrir, a desentrañar qué fue lo que ocurrió, qué pasó. Hasta el momento no lo sé con certeza, todavía no lo entiendo. Tampoco veo con claridad qué busco. Por ahora capto aromas, ruidos, sabores que resuenan frente a las palabras, frente a frases tomadas de las cartas de mi madre: 

“….hay tantas cosas que quisiera saber de ti….”

“….te quiero tanto Cristiancito y estoy tan orgullosa de tu capacidad, de tu talento.”

“….la mitad mía está en mis hijos…..”

“….Cristiancito amor del mundo….”

Por casualidad encuentro una carta escrita por ella que considero empalma bien con lo que escribí antes, y donde me empujaba a que escribiera:

Querido Cristiancito, Santiago 13 de julio de 1982

Fue rico recibir ayer otra carta tuya. La descripción que haces de esas manos… simplemente magistral. Trata de escribir algo todos los días –sobre lo que ves- quien sabe si esa sea tu verdadera vocación, la observación escrita. Y solo se escribe bien viviendo, por eso hay tanto escritor frustrado…. No saben escribir porque no tienen tema, falta de vivencias, de observación, de esfuerzo, y entonces mirando al cielo en su ociosidad se dedican a la poesía…. Además, que ya estamos en la era de la necesidad de saber hacer bien distintos trabajos… piénsalo. Así, simplemente, sin escribir perfecto, solo naturalmente, como se habla….

Te quiero desde aquí a donde te encuentres…

Mi madre sabía escribir, pero nunca se lo tomó en serio porque le arrancaba, “le quitaba el poto a la jeringa”. Cuando algo le resultaba bien escrito, cuando un texto respiraba autenticidad, dolor, rabia, alegrías, ella arrancaba despavorida y lo dejaba a un lado; que no, que “eso” era solo un borrador, algo escrito a la rápida y como para no aburrirme tanto Cristiancito. Pero eso no era cierto. Ella tuvo talento y se asustó, se pasmó, le faltó esfuerzo y disciplina. En Santiago no existió ningún taller de narrativa al que ella no hubiese asistido: 

Hace dos meses que voy a un taller de narrativa. Somos cuatro viejas, una “lola” y un tipo con un dedo de frente (y que ya aspira a la celebridad), y el profesor, un ingeniero que aburrido del orden numérico un buen día se dedicó a escribir cuentos de ciencia ficción. Le gustó tanto su afición que decidió dedicarse a eso solamente. Ha publicado algunas novelas y cuentos con buen éxito de crítica (ya cincuentón). Es increíble ver lo feliz que está ahora inventando cuentos. Tenemos que llevar uno por semana. Y ríete, el mío fue el mejor la semana pasada; antes siempre encontraba una disculpa para llegar sin nada que mostrar.

Ha sido bueno inscribirme en el Taller Literario. Me ha entretenido conocer gentes tan diferentes; hay una bióloga, un abogado, una estudiante, y un técnico en electrónica. La única sin profesión soy yo. La semana pasada comimos y bebimos dos botellas a la hora de almuerzo arreglando el mundo en la Sociedad de Escritores de Chile. Y lo que me ha pasmado es que mis cuentos los han encontrado tan buenos que el conductor del taller me ha dado orden de enviarlos a un concurso literario argentino. Te envío los cuentos. Me he dado cuenta de que es lo más fácil escribir, me largo nomás y después quito lo superfluo. Hay gente que escribe regio en el taller y solo una lo hacía tipo novelita rosa, pero ahora descubrí sus poesías y eso sí que es bueno. Si continúo en esto, podría pertenecer a la Sociedad de Escritores no publicados. Hasta tienen una sigla y entregan sus manuscritos al grupo en tapas con dibujos….. estoy maquineando una novela. Lo malo es que tengo la obligación de escribir un cuento semanal, con el título que después te dan.

Le gustaba el ambiente que respiraba en ese círculo de escritores amigos, disfrutaba de sus historias, de sus anécdotas, pero creo, siento, que escribir no le resultaba fácil, era someterse a un escrutinio torturante, al análisis público, a mostrar su intimidad, sus vulnerabilidades, y eso simplemente no lo sabía tolerar y hasta ahí llegaba todo, pero sin embargo a mí me empujaba a que lo hiciera libremente. ¿La escuché? ¿Seguí su consejo?:

Cristiancito, no creas que es una tontera escribir. Para mí, por supuesto, no es más que una entretención, ya tengo melladas o enmohecidas las facultades mentales. Para ti es distinto. Estás viviendo experiencias que muy pocas personas tienen, y con facilidad para describirlas. Además, en España y en Europa también se aprecia mucho la literatura latinoamericana por esa mirada nueva, libre del lastre de demasiada civilización, de demasiada erudición y que se nota en el modo de escribir asfixiado de los países antiguos. (Esta es la máquina de escribir de tu hermano Gonzalo, se salta letras, no tiene acentos o no lo encuentro, ni tampoco la letra que sigue a la n). Tú tienes gracia, soltura, fluidez, y eso que se llama “ángel”… más la práctica. Dicen que es bueno anotar en cualquier libretita lo que se te ocurra… con un lote de apuntes así, hay un premio Nobel que ha compuesto sus mejores obras.

Debes seguir escribiendo sobre lo que te pasa, sobre lo que te impresiona. Tienes la cualidad de dar con la frase justa, la que en un solo trazo define lo que ves. Escribe, escribe, mejor si es algo como diario (es lo que aconseja Alone). Él dice que un escritor es oficio, el talento se perfecciona con la práctica. Hace falta gente objetiva, clara, limpia de prejuicios anquilosantes. Alguien como tú. Se puede –se debe tener dos profesiones- una para ganarse la vida y apreciarla y otra para vaciar lo personal, la propia visión de las cosas.

Cuéntame de ti. Espero estés aprovechando el tiempo no sólo en acumular conocimientos sino sobre todo en pasarlo bien, en conocer gente, saber qué piensan, qué sienten, qué esperan. Eso enriquece mucho, porque además relativiza la vida. Mientras más conocimientos vividos, más diferentes combinaciones intelectuales. Y escribe, escribe, tú tienes ese don desde chico, sabes tamizar y expresar tus descubrimientos porque tienes una mirada muy personal de las cosas, y recuerda que “ahora”, siempre “ahora” empieza todo. El pasado es algo terminado y el futuro es el camino siempre presente.

Pinochet nos jodió a todos

Siempre me pregunto cómo fue vivir en los zapatos de mi padre en esos años, en el período marcado entre los años 1970 al 90, y sobre todo desde 1973 hasta el 80, o quizás, para ponerme exquisito y agregar un condimento, entre el 11 de septiembre del año 1973 y pocos días después del golpe militar. Ya anciano y pocos días antes de morir, -y esto ya lo he escrito, pero nuevamente florece y sale en la escritura como pidiendo una nueva versión, una nueva costra, una nueva intentona porque lo que me resultó antes parece no haber alcanzado una buena altura, como que me he quedado corto frente a las expectativas, me he censurado, no me he atrevido a tocar la carne cruda-  cuando mi padre ya estaba anciano y decaído, a pocos días de morir, me confesó con un dejo de amargura los años que le dolían, que le pasaban la cuenta:

-Pinochet nos jodió a todos, mijito…..

Lo miré, y le pregunté por qué decía eso, has hecho una buena carrera como médico, le aseguré; pero entonces, como si ya hubiesen pasado muchos años, como si ya estuviesen todos muertos y enterrados, eternos, me miró como sugiriendo que le estaba vendiendo otra pomada, pero no me lo dijo, ni tampoco me preguntó ¿a quién saliste tan inteligente, Cristiancito? Simplemente escuchó mis explicaciones mientras yacía en su cama y probaba un poco de jugo de naranjas. Una ventisca fresca se coló por el ventanal del cuarto que lo hizo mirar hacia la puerta que se cerró con un violento portazo. Sin encontrar una buena imagen sobre el destino final de su carrera, sobre el éxito o el fracaso de su carrera médica, se sintió anciano y derrotado, al margen del mundo, sin mucho que decir mientras levantaba sus brazos, mientras dejaba el vaso vacío sobre el velador y se acomodaba un almohadón sobre la cabecera de su cama.

En esos años, los años 70, la sociedad chilena estaba tremendamente dividida, y en mi familia ocurrió algo parecido, estábamos partidos, con mis padres opositores a Salvador Allende, mientras mi hermano mayor, Alberto, era un fervoroso seguidor de Allende. Fueron tiempos en que la tensión no se disipaba, simplemente crecía y no tocaba fondo.

Mi padre no fue nunca partidario de Salvador Allende, pero su jefe y mentor, el doctor Alfonso Asenjo, sí lo fue; y no solo fue partidario, pero amigo personal y compadre de Salvador Allende. De manera que llegado ese fatídico 11 de Septiembre del año 1973, Asenjo sin demora fue removido de su cargo como director del Instituto de Neurocirugía –el Instituto que él había fundado- para ser despachado hacia su casa y después hacia un exilio cruel y miserable, mientras mi padre aceptaba el puesto que le ofrecía el dictador, reemplazando así a su jefe, a su mentor….y mientras al mismo tiempo, despedía a uno de sus hijos, el mayor, mi hermano Juan Alberto, que se iba hacia el exilio, hacia Alemania, para evitar las persecuciones y la violencia por haber sido partidario de Salvador Allende. Eso golpeó fuerte a mi padre, y lo ocurrido con Asenjo manchó su legado y le quitó el saludo de muchos colegas que simplemente no le dirigieron nunca más una palabra. Por eso la frase que escogió mi padre pocos días antes de morir, es muy cierta y bien real, “Pinochet nos jodió a todos, mijito”, y acarrea un registro triste pero auténtico: su legado había desaparecido. Nadie lo llamaba y él tampoco tenía a nadie a quien llamar. Estaba retirado y sus pares, sus colegas, no le dieron nunca un reconocimiento. Recuerdo que mi madre, ya viuda, reconoció lo poco que habían hecho por Asenjo, lo poco que habían hecho para ayudarlo frente a las humillaciones que tuvo que aguantar. Yo estaba de visita en Chile en esos años, cuando en una noche larga me lo confesó bien calladita: “una tarde hablaba por teléfono con la señora de Asenjo, cuando le pregunté qué cómo estaban. Ella me contestó que justo en ese momento estaban siendo allanados por una patrulla militar. Y yo no hice nada, Cristiancito, no hicimos nada, pese a que podríamos haber hecho algo, pero no lo hicimos.” No entiendo cómo pudo ocurrir una conversación de ese tipo, hablar con la señora de Asenjo, cuando las relaciones estaban rotas, no existían. Esa fue otra interrogante que se me quedó colgando, y que no resolví porque me parecía todo muy descabellado. Hay que dejar que el tiempo pase, muchos años, para permitir que esas interrogantes cobren vida, maduren, se muevan y entreguen un amago de respuesta.

Años después, escuché una entrevista realizada a Leonard Cohen, en un DVD que compré en la librería Barnes & Noble cerca de mi casa, y recordé a mi padre. Era un tributo que le hicieron en el año 2005 (Leonard Cohen: I’m your Man), donde se reunieron varios artistas para rendirle un homenaje, interpretar sus canciones y al final entrevistarlo. Es ahí cuando Cohen menciona a un general indio que, dispuesto a la batalla, divisa en el bando opuesto a parientes, tíos, amigos, además de sus educadores, gente que lo habían formado a él personalmente. Este general le pregunta entonces desolado a Krishna, un representante de la divinidad, qué hacer, ¿qué hago ahora, maestro? Y este le responde, tú nunca resuelves las circunstancias que te han llevado a este momento, tú eres un guerrero, tú estás regido por las circunstancias que yo he determinado para ti. Anda y cumple con tu deber, eres un guerrero.

Y mi padre así lo hizo, fue guerrero y reemplazó a su mentor sin mayores miramientos mientras muchos médicos le quitaban el saludo por golpista, por asociarse a la dictadura de Pinochet. Presencié la tensión tremenda por la que atravesó mi padre en esos años; para algunos sobreviviendo como un ambivalente, y para otros, sus enemigos declarados, sobrevolando como un “chueco”, sin encarnar realmente a un hombre de izquierda ni tampoco de derecha, es decir con amigos y enemigos en los dos rincones del espectro, y siempre a flote. Para otros, a lo mejor mi padre se paseaba por el mundo como un oportunista desleal, un traidor, o como un amarillo, sin realmente abrasar un compromiso verdadero. Pero a mi padre le preocupaba su legado en la familia, en cómo lo recordaríamos nosotros, sus hijos e hija, y creo que ese interés precipitó su renuncia, en el año 1977, a la dirección del Instituto de Neurocirugía. Ya no podía continuar representando al régimen. Mi madre me contó años después -tienen que pasar muchos años para conversarlo – que Patricio Cariola, un jesuita amigo, lo había visitado en su oficina para contarle que algunos trabajadores del Instituto estaban siendo detenidos, ¿conocía mi padre esos abusos? En esos días Patricio Cariola ya estaba firmemente matriculado como un defensor de los derechos humanos, defensor de los perseguidos por el régimen. Esa visita cambió todo, cruzó la línea roja que mi padre podía, o debía soportar. Si no lograba, o no los quería defender, mi padre tenía que renunciar, debía hacerlo, ya no le quedaba alternativa.  Recuerdo que mi padre iba conduciendo el auto mientras yo lo acompañaba a su lado, cuando me lo preguntó, ¿renuncio al Instituto, mijito? Guardé silencio, pensé en mi hermano, Alberto, viviendo en Alemania, miré a través de las ventanas sucias, y le respondí que sí, que mejor renunciara. De seguro lo había consultado con algunos conocidos, con Patricio Cariola, pero me gustó que me lo preguntara a mí, y cuando estábamos los dos solos atravesando calles que me parecieron distantes y desconocidas. Fue una pregunta que me llegó como un paréntesis, y que respondí pensando en el futuro, porque de pasado no tenía nada, era muy pequeño. En esos años todavía no sabía que al llegar a cierta edad, la mía actual, ocurre todo lo contrario, los años del futuro se hacen cortos y uno es empujado a mirar hacia atrás para sacar cuentas, se hace imperativo revisar, sumar, restar, mover las piezas de ese puzle que ha sido mi vida.

Pero los odios y los desencuentros con Asenjo no dieron nunca tregua. En un Congreso de Neurocirugía celebrado en Europa, coincidieron en el mismo Hotel donde se produjo un bochornoso incidente, algo que solo hace pocos años mi madre me contó, porque mi padre nunca lo hizo, nunca dijo nada. ¿Otro secreto de familia? Estábamos con mi madre en su departamento hablando de esos años, ordenando fotos, cartas, cuando sin motivo alguno me preguntó si acaso yo lo sabía. Saber qué, le pregunté. Y ahí fue que me confesó “lo de Asenjo”, quien después de hablar con los organizadores del Simposio, los había obligado a mudarse del hotel donde se celebraba la conferencia, y los habían obligado a irse hacia un hotel distante, lejano y periférico. Fue tremendo y humillante, me confesó mi madre, cuando ya habían transcurrido muchos años y podía hablar sin rabia. Imagino a mi padre caminando solo por los salones, por los pasillos de la conferencia, y veo o imagino a algunos médicos levantarse de sus asientos cuando le llegaba el turno a él para presentar su trabajo. Pero la venganza de mi padre no se hizo esperar, porque al regresar a Chile contactó a periodistas amigos -como Emilio Filippi- para que divulgaran su participación en esos dos eventos, refiriéndose a ellos como un gran éxito internacional de la medicina chilena, algo que tiene que haberle parecido como una bofetada al doctor Asenjo. En el diario Las Últimas Noticias del jueves 29 de septiembre de 1977, publicaron una nota sobre los dos exitosos Congresos de Neurocirugía a los que asistió mi padre. El titular leía: “Importante participación de Chile en dos Congresos Internacionales”. Y con grandes halagos mencionaban como el delegado chileno, el doctor Fierro, en representación del Ministerio de Salud, había presentado con gran éxito trabajos en el XI Congreso de Hidatidosis celebrado en Atenas, y después en París, en el Congreso de Cirugía de Urgencia. En el artículo lo mencionaban como jefe del Servicio de Urgencia del Instituto, ya que había renunciado a su dirección. Ese era otro motivo por el que mi padre trataba de promocionarse en los periódicos: las autoridades lo tenían en la mira porque en esos años si alguien no estaba con el régimen, con Pinochet, con la dictadura, entonces estaba contra ellos y firmaba como contrincante, un enemigo al que había que neutralizar. Mi padre había renunciado al cargo de director para dejar en su lugar al doctor Reinaldo Poblete, partidario del régimen, seguidor de Pinochet.

Los años bajo Pinochet fueron dramáticos. A nuestra casa llegaban amigos de los más variados rincones del espectro político chileno, de izquierda y de derecha. El común denominador de muchos fue que parecían vivir sus días de manera bien intensa. Recuerdo que a los pocos días del 11 de septiembre, llegó a visitarnos a la casa, como un escolar cualquiera, don René Silva Espejo, el todopoderoso periodista, director del diario El Mercurio. Y pese a todo lo que algunos pudieran imaginar, ese hombre de derecha, acérrimo enemigo de Salvador Allende se portó como un buen tipo, y buscó saber cómo estábamos nosotros. Creo que nos visitó para brindarnos protección. En otra ocasión, cuando mi madre lo encontró caminando frente al periódico, ella trató de detener el auto para saludarlo, pero él le advirtió con urgencia, siga manejando, siga manejando, no se detenga, no se detenga. Seguro que los servicios de inteligencia lo tenían vigilado, y en esa ocasión no deseaba que lo vieran juntos.

Recuerdo claramente su nombre, Parodi, el coronel Parodi, que trabajaba en los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea. Estaba asignado al Instituto donde trabajaba mi padre. Un fin de semana cualquiera y trabajando en la oscuridad de la noche, descubrió un principio de incendio en los pisos altos del Instituto, y donde tuvo que saltar las rejas de entrada para investigar. Me contaron que en algún momento no se entendió bien con mi padre porque amenazó con arrestarlo. Si no me cree, entonces lléveme preso, le dijo mi padre. En esa misma época me enteré por un amigo, Alejandro Parodi, que a tu papá se lo quieren cagar, Cristián. Así me lo dijo, así lo escuché, y sin rodeos y como haciéndome el favor de amigos contándome la firme mientras estudiábamos para un examen de química analítica. El coronel Parodi tiene que haber sido su pariente, y de los cercanos; en Chile todos están relacionados por ese tipo de parentescos, sobre todo si llevan un apellido que es poco común. Decidí no mencionarle nada a mi padre porque imaginé que sería seguirle el juego a los que estaban en el poder en ese entonces, era como dejarnos asustar. No le contesté, y escuché a mi amigo mirando hacia los apuntes y notas que teníamos enfrente. Fue algo así como ver cuando se acerca una tormenta y se hace necesario prepararnos, tomar nota, protegernos…… o partir lejos, emprender vuelo, ¿hacia dónde? ¿Hacia los Estados Unidos? 

Creo que mi padre se libró y nos libró a todos nosotros de una tragedia grande. Siempre me he preguntado cómo lo hizo, cómo sobrevivió siendo un hombre conflictivo para las autoridades de turno. Imagino que notó flaquezas en el otro bando, personajes que también miraban descontentos hacia otros horizontes pese a formar parte de las autoridades de turno, pese a estar amarrados con la dictadura. Supe de un coronel que le recordaba el excelente “team” que formaban al planificar actividades juntos, como insinuando yo te ayudo ahora para que tú lo hagas después, cuando cambie el régimen. Creo que a mi padre lo ayudaron los fuertes contactos que tenía con la embajada de USA en Chile y sus servicios de inteligencia. Todo comenzó cuando atendió a la esposa de un funcionario de la embajada después de un accidente de auto; pero ese es tema para otra nota y no tengo suficiente información.

Poco antes de que mi padre falleciera, no tuve la suficiente claridad como para entender los motivos por los que él me pedía que le corrigiera un texto que me había mandado por carta, y donde contaba sobre su desarrollo como neurocirujano y sobre su especialidad. Todavía consideraba a mi padre como a un ser eterno, siempre presente para contestar una consulta en el futuro. Pablo Donoso, su colega y hermano del escritor José Donoso, ya había publicado Historia de la Neurocirugía en Chile, en la Revista Chilena de Neurocirugía. A su vez, el doctor Gustavo Díaz ya escribía su propio libro (Historia de la Neurocirugía en Chile), que publicó a los pocos años. Mi padre pretendía escribir su versión de cómo había ocurrido todo, pero no me lo dijo claramente. Recientemente me enteré que poco tiempo antes, en el año 1996, el doctor Reinaldo Poblete, a quien mi padre había escogido para reemplazarlo como director del Instituto en el año 1977, había sido nombrado Maestro de la Neurocirugía Chilena…. pero no él, no mi padre……. Creo que por esos motivos, él trataba de escribir su propia versión de lo que había sucedido, pero desgraciadamente lo que alcancé a escribir junto con él no resultó (Historia de la Neurocirugía en Chile y una Despedida, en Amazon), no funcionó porque el tono no fue académico, y estuvo encausado más hacia la autobiografía y la novela que hacia esos textos áridos y sin sabor que enfatizan lo técnico, lo impersonal, que es justamente la que se aprecia y publica en círculos académicos.

En el sitio Internet del “Instituto de Neurocirugía Asenjo”, se menciona que el impulso que Asenjo le dio a la neurocirugía chilena se vio interrumpida en septiembre de 1973, cuando fue exiliado a Panamá. Desde entonces se posó en Chile un estancamiento en su desarrollo, para transformarse hoy en una especialidad más de la medicina y su Instituto ha sobrevivido angustiosamente durante muchos años. Y como se escribe en la editorial de la Revista Chilena de Neurocirugía (Vol 1, No 1, 2012 página 10) Asenjo fallecería el 29 de mayo de 1980, sin volver a pisar los cimientos de su amado Instituto de Neurocirugía e Investigaciones Cerebrales.

Recuerdo la última vez que vi al doctor Asenjo. Había acompañado a mi padre al Instituto y me quedé esperándolo en el auto, frente al edificio, en el estacionamiento. Y estaba en eso, esperando, cuando llegó el doctor Asenjo para revisar su auto; al menos eso creo porque lo recorrió mirándole las llantas, y pronto regresó hacia el Instituto. No lo saludé y él tampoco dijo nada, pero me miró y yo lo miré. Faltaban pocos días para el golpe militar. Una vez que se produjo y volaron las bombas, humo y fuego sobre el Palacio de la Moneda, lo recordé mirándole las ruedas a su auto, o inspeccionándome a mí, el hijo del doctor Fierro, esperando solitario en el estacionamiento. Cuando lo echaron, ¿le permitieron entrar a su oficina para retirar sus cosas, dejaron que las metiera en una caja de cartón? ¿Le devolvieron sus efectos personales, sus libros, sus retratos? No lo sé, y tampoco nunca se lo pregunté a mi padre. Esa fue otra interrogante que se quedó colgando. Recuerdo que en mayo de 1980, cuando el doctor Asenjo falleció, ya de regreso en Chile y después de varios años de un exilio cruel y miserable, muchos médicos llamaron a mi padre pidiéndole que por favor asistiera a su funeral. Fue una seguidilla de llamadas telefónicas de último minuto, urgentes…… a las cuales mi padre, sin titubeos, -y de manera también urgente- a cada uno de ellos les dijo que no, y hasta último momento se negó y no asistió a su funeral. Todavía recuerdo el teléfono, el clic de ese teléfono amarillo, de plástico, pero que parecía hecho de plomo, y la mano de mi padre levantando el fono y después su rostro inmutable, severo, cuando volvía a decir que no, que no pensaba ir a despedir su maestro, y después el clic pesado, un clic pesado y duro, sonoro, doloroso.

 ¿Quién fue mi padre? Es difícil dar una respuesta clara cuando uno se refiere al padre. Los padres serán siempre un misterio porque pertenecen a un universo paralelo donde a veces y en contadas ocasiones se tocan con el universo de uno, de los hijos o hija. Al fallecer ellos, de alguna manera continua el diálogo, como que siguen en comunicación con uno porque las burbujas siguen ahí; pero ya no existen los contactos locales, los roces, las conversaciones, y solo queda ese misterio que se mueve adentro de las burbujas y que se queda inútilmente esperando a que se toquen, a que se hablen. A lo mejor escribir y recordar es un intento fallido por intentar recrear ese contacto. Como escribe Eduardo Halfon, al escribir sabemos que hay algo muy importante que decir con respecto a la realidad, y que tenemos ese algo al alcance, allí nomás, muy cerca, en la punta de la lengua, y que no debemos olvidarlo. Pero siempre, sin duda, lo olvidamos. Algo así me ocurre con mi padre, y sobre todo con mi mamá. Con ella no tuve oportunidad de conversar, de resolver los entuertos, los malentendidos, las opiniones lapidarias. Todavía veo su burbuja, la imagino, la trato de tocar, casi la acaricio, la veo muy cerca, pero siempre, sin ninguna duda, se esconde y se me escapa.

¿Qué hubiese pensado mi papá de todo esto?

Afuera, a través de las ventanas de mi casa, se ve la nieve blanca, y el sol de un día de invierno en Michigan. Adentro, nuestro perro patagónico (un pirineo), el Copo, espera pacientemente a que lo saquemos a pasear.

Esa distancia, este clima diferente, me empuja y ayuda también a ver y a examinar a mi padre, a mirarlo con otras lupas y espejos de colores. ¿Fue realmente un buen médico? ¿Fue una farsa, producto del marketing y la política que muchas veces florece en los hospitales? Recuerdo que siempre hubo conflicto en ese ambiente médico donde él trabajó, donde hubo mucho Superman dispuesto a imitar al jefe máximo, Asenjo, a caminar con el disfraz de Superman por los pasillos del Instituto de Neurocirugía donde existían rivalidades tremendas y mucho ego. Creo que ese ambiente le impidió crear escuela a mi padre, porque cuando vislumbraba a un médico joven que se insinuaba como sobresaliente, lo neutralizaba a tiempo, antes de que se transformara en competencia, en una amenaza. El mundo claramente se dividía entre ganadores y perdedores. ¿Dónde me ubicaba yo? Esos rumbos y alternativas me molestaron siempre y los rechacé desde un principio; por eso, conscientemente tomé otro camino. Recuerdo que mi padre se asombraba cuando alguien le consultaba sobre lo que hacía uno, sobre lo que estudiaba su hijo. Yo contestaba con soy químico, estudié química, sin mencionar el doctorado en química (pero sin mencionar tampoco que el puntaje de las secundarias no me alcanzó para estudiar medicina en esos años). Mi padre asombrado,  preguntaba con curiosidad –delatado en sus gestos, su mirada, una sonrisa velada- ¿cómo lo harás para sobrevivir y ganarte la vida? Mi tía Oriana, hermana de mi mamá, era más amena, porque además de preguntarme ¿y cuando vas a tener novia, Cristián?, me interrogaba sobre el doctorado, para agregar con un dejo de desilusión y desencanto al escuchar mi respuesta desabrida, pero entonces, ¿cuándo vas a ser un médico de verdad, Cristián? Añorando un rocío de las glorias de mi padre, de la fama de mi padre, que en ese entonces yo no buscaba ni tampoco quería.

En esos años las esposas también ayudaban al marido en esa escabrosa ruta diseñada para “hacer carrera”, para escalar posiciones, para subir en la organización, y sobre todo si eran buenas mozas como mi madre, una especie de “esposa-trofeo”. Pero ahí también tomé un rumbo distinto, porque me casé con una mujer “de esfuerzo”, como me confesó con algo de desilusión mi madre. Pilar trabajó y ha trabajado siempre, afuera y adentro de la casa, y sabe usar sus manos sin vergüenza. Recuerdo los viajes en auto en un fin de semana cualquiera, cuando nos dirigíamos al balneario de Algarrobo. Por la radio escuchábamos a Leonardo Favio o Leo Dan junto al ronroneo de esa carretera angosta. Eran otros tiempos. Pasábamos por Melipilla, cerca de “la casa Pelá” y donde ofrecían liebres y conejos a la orilla del camino, un mercado…………..(hasta aquí dejo esta muestra)