Autoficción 25 …..después de un suspiro

En la nota anterior decía que mi hermano Gonzalo, en el año 1984, deseaba salir de Chile junto a su familia, era lo único que deseaba hacer. Al final terminarían viviendo en Toronto, no muy lejos de Northville (un suburbio de Detroit), donde vivo ahora con mi familia. Veinticuatro años después, en el año 2008, escribí la nota que incluyo más abajo. La escribí después de visitarlos en Toronto; una visita significativa y que me marcaría a fuego para siempre. Treinta y cuatro años después, es decir ahora, y todavía en Northville y en un día de invierno blanco y frío, la leo como si fuera otro suspiro -realmente no sé cómo llamarla-, y he terminado recogiendo mis partes –mis body parts, como dicen los gringos- mis brazos mutilados, dedos machucados, piernas, que ahora veo desperdigadas por el suelo como si alguien me hubiese arrojado una granada:

 

Los fuimos a ver a Toronto este último fin de semana. Por ahí, entre la espera de la comida china que compramos para llevar a la casa, o mientras apaleábamos la nieve frente al garaje, Gonzalo me contaba algo, pero solo cuando uno se lo preguntaba, y no era mucho. El cáncer que ella tiene es un cáncer “huérfano”, me contó, es decir poco común. Lo llaman adeno-trombo-sarcoma, eso es lo que recuerdo y probablemente está mal escrito, pero no importa. Según Gonzalo, es justamente por ser un cáncer tan raro, inusual, que no se ha tenido la posibilidad de estudiar en detalle, y por eso mismo no tienen un tratamiento eficaz. “Nadie se salva”, me grita, “nadie se salva” mientras empuja una nieve que parece más dura y más helada; en eso todos están de acuerdo, me repite, mientras lucha con la nieve. Lo complicado, es que los pocos casos que se presentan -como no hay síntomas- se descubren tardíamente y cuando ya los tumores se han apoderado del cuerpo, lo que hace aún más difícil el estudio para un posible tratamiento. Como es un cáncer lento, al principio no usaron quimioterapia. Según Gonzalo la quimioterapia funciona con los cánceres rápidos. A Anita se le diagnosticó el cáncer como hace cuatro años, y solo ahora, cuando parece que los tumores han adquirido velocidad, van a tratarla con quimioterapia; antes parece que tomaba solamente hormonas y drogas.

Al entrar a la casa, cuando la vimos, ya cojeaba porque parece que tiene los ganglios tomados y le duelen; los que están ubicados donde las piernas se unen al tronco del cuerpo. Tiene también un tumor en la base del cráneo; pero eso me lo había contado Gonzalo antes por teléfono. Mientras dejaba la pala en el muro, me dijo que tenía otro tumor en la espalda, uno que le adormecía las piernas y le quitaba fuerzas, y otro en el cuello: “fíjate, fíjate y lo vas a ver”, me dijo. El de la espalda parece que se achicó después de un tratamiento de radiación. El del cerebro le producía mucho dolor, como si le sacaran todas las muelas al mismo tiempo. Por eso ahí también le hicieron un tratamiento de radiación que terminó como hace 10 días; pero tiene el labio inferior dormido, además siente dolores en el rostro y por eso toma periódicamente morfina y otro remedio para los vómitos.

Compruebo que Anita es muy valiente; cuando llegamos no sé cómo lo hizo pero se duchó y se había teñido el pelo, como forzándose al máximo tratando de derrotar temporalmente tanta incomodidad, tanto dolor y molestias. Como ya se le cae el pelo, casi tapó el lavatorio; y ella misma lo contaba mientras entrábamos a su casa y nos abrasábamos.

A media mañana Anita y Gonzalo celebraban entusiasmados el triunfo de estar logrando un día libre de vómitos. Parece que estaban espaciando los remedios o combinándolos a distintas horas, las que Gonzalo anotaba meticulosamente en una libretita. Según ellos, esa teecnica les estaba dando buenos resultados. Quizás fuera eso, o quizás fue que simplemente el efecto negativo de la radiación se estaba pasando; no lo sabremos nunca.

Por la noche fuimos a buscar comida al restaurante favorito de Gonzalo, uno Indio que había conocido de pura casualidad cuando en una noche de hambre, simplemente se había envalentonado a entrar para pedir algo rápido. Cuando entró le dio buena espina al sentir los aromas y al ver que no habían nada más que extranjeros, chinos e indios, saboreando los platos típicos de sus tierras lejanas. Pedimos algunos platos, y mientras la esperábamos, me comentaba… “es una comida muy rica…. claro que ten cuidado con el ají… y que bueno que Anita no haya vomitado nada, fíjate”. Nos pasan las cajas de cartón con la comida y Gonzalo me dice que para las sesiones de quimioterapia ya les advirtieron que si algo se complica, si derraman algo del líquido por error, tendrán que evacuar de inmediato la sala. Probablemente la “medicina” contiene elementos radioactivos, pero no se lo pregunté. También ella tendrá que lavar su ropa aislada del resto de la casa, y comer con su propio servicio para después lavarlos separadamente. Y cuando use el baño tendrá que tirar varias veces la cadena; me imagino que para diluir los compuestos radioactivos. Cuando llegamos con la comida eran como las 8:30 de la noche y Anita todavía seguía con cuerda. Ella comió y nos acompañó tratando –con esfuerzo- de poner una mesa linda como lo había hecho desde siempre. Incluso se había dado tiempo para responder unos e-mails muy lindos que le había mandado Alberto, y parece que también Aída. Le había costado esfuerzo contestarlos, nos dijo, “tengo los dedos torpes y me salía todo mal.” No sé si los pudo mandar. Su perro, el Simba, miraba y estuvo todo el día atento a lo que hacía Anita con nosotros. A veces creemos que los perros son tontos, que “no saben”, pero el pobre Simba sabe perfectamente lo que está pasando y la trata de acompañar, la sigue, la mira. Por las noches Simba pide subir a la pieza de Anita, pero a la pobre parece que por los remedios tiene el olfato sensible y si el Simba le respira muy cerca, le dan arcadas y ganas de vomitar. Pobre Simba, nos dice Anita, no sabe porque lo tenemos que dejar fuera.

Disfrutamos la comida, pero por otro lado parecía como una última cena. Anita se repitió y estaba feliz de poder terminar el día libre de vómitos y sin ninguna arcada. En la mesa todavía quedaba comida y las empanadas que Anita nos tenía de sorpresa. Por ahí llamó por teléfono Godi (hija) que a toda carrera, lo antes posible, está tratando de planificar su boda. Ya la fijaron para el 16 de Agosto. Por supuesto espera que Anita pueda asistir. Cata (hija) por otro lado prueba empanadas y nos cuenta sobre sus planes futuros; piensa mudarse a un departamento en Toronto, cercano a la universidad donde estudia. Donde vive actualmente, con sus papás, pierde muchas horas en la micro. Eso es lo que desea Anita, mientras más pronto emprendan vuelo para ella mejor, es un alivio poder ver eso. Seba (hijo) todavía estudia y también trabaja en un supermercado que no está lejos.

Nuestro viaje fue breve. El domingo por la mañana nos despedíamos después de un rico desayuno preparado por Anita, donde ella se esmeró arreglando una linda mesa, como siempre fijándose en el mantel, en sus colores. Seguía sin vómitos y había pasado una buena noche. Miraba por la ventana y se asombraba al ver un poco de nieve colgando de las ramas de un árbol del jardín.

Nos abrasamos fuertemente y claro, tenía “algo” hinchado en el cuello.

 

Me despedí sin entender cómo alguien puede ser tan valiente, cómo puede vivir de esa manera corajuda…… me pregunto cómo lo haré cuando me esté muriendo, ¿voy a invitar a alguien a mi casa? ¿Le ofreceré mi cama? ¿Le ordenaré empanadas……..?

Cristián

6 de Febrero, 2008

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