Sin apuntar hacia arriba ni hacia abajo

Recuerdo a mi padre cuando me hablaba sobre la importancia que tenía para él, el que nosotros, sus hijos, llegáramos a ser buenos hermanos.

No había nadie en la cocina, era de noche, él buscaba un vaso de agua en pijama, cuando me hablaba. A veces, sentado se sobaba un muslo y conversaba. A lo mejor pensando en ese mundo un poco ingenuo de los años 60, donde todo parecía posible y alcanzable, me predicaba sobre lo útil, lo importante que había en esa noción de ser buenos hermanos. “Mira a los Kennedy, mijito, mira como son entre ellos y lo que han logrado. Mira como se ayudan. Ustedes tienen que hacer lo mismo,” me repetía, “lo mismo”.

¿Lo escuché? ¿Resultó? No lo creo. De partida, el ejemplo que me daba fue lejano porque, al menos en mi caso, sentía que no tenía ninguna afinidad con los famosos Kennedy. Ellos profesaban gran amor por los deportes, que a mi por otro lado me cargaban, y además los Kennedy tenían buena facha, cosa que jamás imagine tener. Creo que su consejo habría tenido una mejor recepción si él me hubiese invitado a conocer de manera más profunda el lado de su familia, con todas sus vulnerabilidades y tragedias. Si la tía Maruza, su hermana, hubiese llegado a la casa más a menudo para reírse con nosotros y celebrar algo, eso que tristemente nunca pudimos celebrar. Jamás le celebramos un cumpleaños, por ejemplo, y cuando llegaba a la casa lo hacía como pidiendo disculpa, en puntillas. Es curioso comprobar como uno, pese a haber tenido pocos años, percibía claramente ese portón cerrado del pariente pobre: ahí nomás, de lejitos. A mí me encantaba mirar, mirarle el bolso vacío, las manos vacías, la boca, el sudor del viaje en micro. Recuerdo claramente que siempre llegaba con algo en la mano, un bolso plegable y siempre vacío, un paraguas sin lluvias, como para dar la impresión de que andaba en tramites, circulando por el vecindario y que por eso tocaba el timbre para entrar a vernos. Muchas veces yo le abrí la puerta, pero no recuerdo que hacíamos una vez que estábamos en la casa, ni siquiera la veo sentada o compartiendo con nosotros, con nadie. ¿Qué ejemplo fue ese? Lo escribo y me da rabia.

Por el lado de mi madre hubo algo de contacto con su parentela, pero muy de costado y con una tendencia recurrente al rechazo, a mirar hacia abajo. Desde chicos empezamos también a ponernos trampas, como cuando le dejé una nota a mi hermano Gonzalo, donde imitando la letra de mi madre lo amenazaba con los castigos del infierno si no ordenaba su closet de inmediato.

Después llegó Piero, la playa y mientras crecíamos fuimos pensando diferente y habitando burbujas distintas. Pronto, quizás demasiado pronto, cada uno de nosotros fue encontrando a sus respectivas parejas que aumentaron los distanciamientos porque pese a que nos pedían que fuéramos hermanables no nos mostraban claramente como respetar los distintos caminos que íbamos tomando cada uno. Ellos mismos, nuestros padres, muchas veces iniciaban los distanciamientos al reprochar implacablemente nuestros gustos, nuestras elecciones y preferencias; había un convencimiento muy grande sobre qué era lo correcto. Y así fue como se consumieron los años, los cantantes, las ideologías y se terminaron los pantalones de pata ancha. Cada uno de nosotros se construyó su propia cueva y a veces, solo a veces, creo que llegamos a ser buenos hermanos, a mirarnos derechamente a los ojos, sin apuntar hacia arriba o hacia abajo…..

Un comentario en “Sin apuntar hacia arriba ni hacia abajo”

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