¿Y qué podemos hacer con los chalecos cuando son así?

Esa es la pregunta de mi primo, Nicolás Correa, en respuesta a la notita anterior. No sé, tengo que escribir otro poco para que se me aclare un poco la película. Otro amigo muy querido me escribe a la distancia lo siguiente: “lo que se acepta duele menos”.

 

Aquí van algunas interpretaciones al texto anterior que nadie debería estar obligado a leer. Son nada más que eso, interpretaciones, luces o el encendido de una lámpara que nos ayuda simplemente al diálogo. No es una venganza ni tampoco un griterío, pero encuentro que no hay nada más interesante que tratar de “ver” nuevamente la vida de nuestros padres con los anteojos que ya nos da la vida y los años transcurridos.

Le consulté a mi primo Nicolás y me dio autorización para compartir sus opiniones, conjeturas que provienen de esa bella profesión que es la siquiatría. Cuando niño, en mi familia se diseminaba esa opinión de que los psiquiatras eran todos locos. No estoy de acuerdo. La siquiatría no es una profesión tan precisa como la física o la matemática, pero no por eso llega a ser una profesión menor que estudia fenómenos poco interesantes.

Y aquí viene mi primo. Los subtítulos fueron agregados por mi:

¿Creciste?

En parte sí, pero el matiz es que el “crecimiento” implica dejar atrás una suerte de “configuración de infancia” en la que los padres no eran cuestionados. Dejas atrás a Chile (las canciones folklóricas) que es la “Patria” y por extensión, los padres (de infancia).

¿Qué me pesa?

Me atrevo a plantearte que lo que “pesa” tiene que ver con que la señora Sotomayor que se te evoca frecuentemente porque está asociada a tu mamá en esos aspectos “locos” de ella, recordados como verte “mocito”, desvalorizado, de algún modo como esa mujer que te tomaba las mejillas como a un niño. Ésa es una madre frustradora (los ojos negros que pagan mal); el resentimiento por esa frustración quizá impide darle más espacio a los otros aspectos de ella que quedan entonces relegados “como un suspiro”.

Una interpretación interesante: ¿Frustraciones inducidas por quien?

El lapsus “primeras viajes” podría apuntar a confusiones en variados sentidos, si el conflicto “mayor” tiene que ver con frustraciones, son claras para ti las que provocó tu madre, que en la realidad pudo ser muchísimo más frustradora que tu padre, y por lo mismo opacar las frustraciones que él pudo provocar, por ejemplo al impedir acercarte al abrazo de la doctora con Alzheimer, porque qué de malo tendría haberlo hecho, hubiera sido bueno para ella y también para ti, por lo que la negativa del papá parece más bien la expresión de una defensa de él como negando el deterioro de esa mujer. Entonces, tu lapsus podría estar comunicando que tanto mamá (femenino) como papá (masculino) han sido frustradores.

¿Donde habito? ¿En Chile o en los Estados Unidos?

Dice “primeras viajes” debiendo decir “primeros viajes” o quizá “primeras visitas”, si consideramos a este error como un lapsus, podría indicarnos una cierta confusión, tal como lo desarrollas más adelante cuando explicas que no es claro si ibas o venías, en el fondo la duda es cuál país es más tuyo, más propio, si Chile-los padres o EEUU-tú mismo. Y dado que hay una discordancia de género (últimas=femenino, viajes=masculino) se podría considerar una posible confusión mucho más inconciente, entre mujer-hombre, que en el contexto pudiera ser entre padre y madre, por cuanto en el texto aparece primero un hombre venido a menos (el Dr. Luccini que podría representar a tu papá) aunque luego en el relato te “matriculas” con la mujer venida a menos (la doctora del chaleco, la señora Sotomayor y finalmente tu madre).

Ahora, negar el deterioro es negar el dolor por lo que quedó atrás, por lo perdido y desde este vértice podría el lapsus expresar otra confusión, en el sentido de dónde habitas: en Chile, es decir el mundo de tus padres, ése en el que se niega el dolor, o EEUU, tu mundo adulto, donde te asomas a poder vivirlo a fondo.

Tu relato te muestra en ambos mundos (en ese sentido, confundido), porque te duele el chaleco “olvidado” pero algo te “pesa” respecto de tu madre, que desde la metáfora del chaleco podemos preguntarnos si no será que te pesa el conservarlo (predominantemente) en ese clóset “abandonado”. El chaleco “quedó” abandonado por su dueña pero TAMBIÉN por sus custodios que lo confinaron a un lugar “pasado a encierro” y húmedo. Cabe preguntarse si esa doctora llamó alguna vez para recuperar su prenda o si hubo algún intento de tus padres o de alguien de la familia por devolvérselo.

Mi papá se parecía mucho a tu mamá en lo egocéntrico y, por lo tanto, desvalorizador. (Digo “por lo tanto”, porque cuando predomina lo egocéntrico (narcisístico es el término técnico) se necesita ubicar al otro en una posición inferior para poder sentirse superior y he aquí el punto: el otro puede aceptarlo (las más de las veces inconcientemente) sintiéndose inferior y quedándose en ese lugar o enojarse y entrar a pelear por el propio valor mancillado -manteniéndose el conflicto (uno superior al otro) si se queda en una u otra posición- o “salirse” de la “oferta” de superioridad-inferioridad que hace el egocéntrico, enfrentando la relación desde otra perspectiva).

Otra perspectiva

La digresión tiene que ver con esta posibilidad; en el relato, con abrir uno el clóset para darle un destino diferente a ese chaleco abandonado, como creo que lo estás intentando hacer, primo: ir a visitar ese lugar de “exilio implacable”, lo que tiene el costo de contravenir la posición también “implacable” del padre interno, de negar a la figura deteriorada (con Alzheimer) que encierra una pena. ¿Será que este modo de enfrentar el dolor -negando, desvalorizando a la sufriente- predominaba en tu papá y por eso tiendes a vivir a tu mamá “añejada”? Sin embargo, es claro también tu deseo de poder conocer finalmente a la mujer que llora en el aeropuerto para dejar de ver sus mejillas como de yeso y poder verlas de carne y hueso: vivas, sufrientes y también alegres.

¿Tomar distancia o desquite?

Mi moción es a no resignarse cuando aún podría quedar alguna posibilidad, aunque también es cierto que a veces es necesario tomar distancia de aquello que a uno lo daña tanto. Aquí habría que intentar hacer el distingo entre tomar distancia y desquitarse abandonando al otro tal como uno se sintió abandonado por él (o ella). Es decir que los “ojos negros traicioneros” son del otro cuando a uno lo inferiorizan abandonándolo (tu madre te abandonó cuando desvalorizó tu matrimonio) pero también son propios cuando uno abandona por venganza.

En suma, la idea es que podríamos “leer” en el título “Así son a veces los chalecos”, una opción como “y qué podemos hacer con los chalecos cuando son así”.

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