Mis países

Antes de volar a USA vendí el Fiat 600, blanco, y por algún motivo extraño, simplemente partí de Chile como si encaminara mis pasos hacia una sala de clases. Partí como estudiante y sin esa idea inicial de largarme para no regresar nunca más. Era un paso, no un salto como el que dio mi hermano Gonzalo al partir hacia Canadá. Lo mío fue más solapado, no parecía una partida, un corte, era simplemente un paréntesis; me iba para ir a estudiar lejos y prepararme mejor, ya se vería. Mi hermano Gonzalo, por otro lado, se fue más de frentón, casi de portazo. Ya había estudiado en USA donde había obtenido su flamante título de ingeniería comercial, y simplemente en Chile no se acostumbraba, y pocos lo supieron comprender. Lo amordazaban las costumbres, los trámites, las reuniones, los cafecitos. Tenía trabajo, no le iba mal, pero algo le picaba, y decidió volar y buscar nuevos horizontes con Anita y sus dos hijas. Chile y su estilo de vida lo asfixiaban.

A mí me ocurrió algo parecido, también estaba asfixiado y me sentía como un extranjero en Chile, en mi propio país. Pero ahora me doy cuenta que era culpa mía, porque eso es algo que me ocurre en casi todos los lugares. Incluso en mi propia familia a veces me sentía extraño; me molestaba esa manera oblicua de decirnos las cosas, no te preguntaban “a”, pero te preguntaban “b” de una manera que implicaba “a”, aunque no directamente. Había mucho claro-oscuro, mucha danza para decirnos las cosas por su nombre. También, sobre todo mi madre, recurría mucho al mensajero, al “dile a tu hermano que bla-bla-bla-bla”, en lugar de ir ella directamente a decirlo. Los temas peliagudos eran siempre borrosos, poco claros. Éramos –¿somos todavía?- poco transparentes para decirnos las cosas, había mucho mensaje velado, escondidos para tratar los temas y decirnos las cosas por su nombre. Quizás por eso estas notitas me salen más directas, aunque duela, aunque me duele y nos duela un poco a todos.

En esos años, también era callado y eso me ayudó porque tengo la impresión que a los callados les va mejor en USA. En Chile hay que ladrar mucho, demasiado, y en esa época era malo para eso. Con Gonzalo teníamos edades parecidas, éramos jóvenes, y cuando emigramos aprendimos a generar nuevas raíces a costalazo limpio, dándonos de culo sobre el pavimento. Pero así ocurre cuando uno es joven, donde nos sentimos invencibles y corremos riesgos, viajamos, nos tiramos al río, saltamos. Me fui de Chile como estudiante y me fueron a dejar sin problemas al aeropuerto. Cuando me despedí, me abracé con los papás, los hermanos y los amigos; pero a Gonzalo no le ocurriría así. A él no lo iría a dejar casi nadie de la familia –con excepción de nuestro hermano Álvaro, el menor- porque nadie lo entendió, sobre todo nuestra madre que estaba hecha un trompo. ¿Por qué se iba de esta maravilla para buscar nuevas aventuras? Lo fue a dejar el chofer de la Cepal, donde trabajaba en ese entonces.

En un principio Gonzalo había tratado de emigrar hacia Australia, donde tenemos un pariente, una prima de nuestra madre. Fue así como hizo todos los trámites rutinarios, como visitar el Consulado, llenar formularios, entrevistarse, y cuando ya lo tenía casi todo listo, a pocas semanas de su partida, lo llamaron por teléfono para contarle que su madre había conversado con ellos para informarles de algo grave. ¿Qué era eso? ¿Que les había dicho? Les había largado la noticia-bomba y teledirigida de que en su familia, en la familia de él, de Gonzalo, habían muchos miembros con problemas mentales –lo que no era cierto- y que basado en esa información ya no lo podían aceptar como inmigrante. De más está decir que hasta ahí llegaron los preparativos de su inminente partida. Todo reventó y no le quedó otra alternativa que pensar en Canadá; pero antes, siguió los consejos del consulado: “la próxima vez”, le dijeron, “cuando trate de aplicar en otro consulado, no se lo cuente a nadie y hágalo solito.” Por una extraña coincidencia, nuestro padre le dio el mismo consejo cuando llegó a casa, pero con un agregado de color: “no se lo cuentes a nadie, mijito, no se lo cuentes a tu madre hasta que lo tengas todo listo. Ella está ta-ta-ta-ta-ta.” Y así fue como lo hizo, no se lo contó a nadie, ni siquiera a nuestra madre y por eso fue que partió sin ninguna despedida porque cuando ella se enteró, lo desaprobó con rabia y dio la orden perentoria de que nadie lo podía ir a dejar. Así fue como partió con su señora, Anita, y sus dos hijas, solos a buscar nuevos horizontes a Canadá. En el aeropuerto de Montreal lo esperaba un amigo de nuestro padre que lo llevó a un Hotel de mala muerte donde comenzó su nueva vida. A las pocas semanas ya aprendería algo de francés para conseguir trabajo.

En mi caso llegué a USA a la Universidad de Georgetown, en Washington, para aprender inglés. Tenía recomendaciones del cura Patricio Cariola lo que me ayudó bastante. Así fue como conecté con José Zalaquett (que Pinochet había expulsado pocos años antes) que me ofreció todo su apoyo. Recuerdo que llegué totalmente perdido a su oficina, ubicada en la Universidad de Georgetown donde trabajaba en un proyecto. Después de saludarlo, de inmediato tuve la seguridad de que me ayudaría, porque al ofrecerme café, lo hizo generosamente y sujetando una servilleta enorme, blanca, del porte de una bandera. Mi inglés no era bueno, y me preguntó a donde pensaba ir a estudiar. A Cleveland, le dije. De inmediato me corrigió el acento, me enseño a pronunciar “Cleveland” como los gringos, y me dio nuevos consejos. Al menos tendrás una buena orquesta, me dijo, al mencionar la Orquesta Sinfónica de Cleveland. Al final, no solo me abrió generosamente las puertas de su departamento, pero terminaría jugando ajedrez con sus amigos, todos verdaderas luminarias que después he visto como grandes personajes, escribiendo editoriales en los diarios y revistas más importantes de Washington. Él sería el que me terminaría escribiendo la carta que mandé a Case Western Reserve University, donde explicaba las razones por las que me gustaba la química, y los motivos por los que quería continuar con el doctorado. Y resultó, pero ahora que lo escribo veo un poco la locura de toda esa empresa: me había ido de Chile sin mucha claridad y cuando ni siquiera me habían aceptado. Pero me largué; esas son las aventuras que uno emprende cuando joven. Por eso me cuido –espero- cuando critico a algunas de mis hijas. En todo caso de ahí para adelante no tuve más remedio que acostumbrarme a vivir en un país extraño. Vivía en departamentos de torres altas y olor a encierro.

A los pocos meses, cuando finalmente aterricé en Cleveland, llegué primero a la oficina del departamento de química, de Case, donde las secretarias me ayudaron, me indicaron donde me tenía que alojar, comprar pan, leche y me presentaron a una estudiante de Colombia, Rosario Neira, que me siguió ayudando, mostrándome el departamento y algunos profesores. Es increíble la generosidad con que uno a veces se topa y sin ninguna planificación. Lo curioso es que el edificio donde pasé mis primeros meses –Clark Towers– lo había conocido antes mi hermano, Alberto, cuando vino a Ohio como estudiante de intercambio en las secundarias. Lo sé por una filmación que él hizo en esos años. A lo mejor un miembro de la familia que lo acogió en ese entonces se enroló como estudiante en mi universidad.

Me demoré varios años en acostumbrarme. Y me convencí que a lo mejor aquí, en USA, finalmente me podría sentir a gusto, cuando leí a algunos de sus escritores que más me gustaron. Y desde ese entonces noto que pertenezco a esas tierras que describen en sus textos escritores peruanos, argentinos, chilenos, sirios, gringos. Siento que pertenezco a esas casas, a esas familias, y ahí definitivamente no me siento un extranjero. Esas son mis patrias, ahí me siento en mis países.

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