Hasta que no quede nada II: “me casé con un roto, tu padre.”

¿Por qué será que ciertos hechos y cometarios que uno ha escuchado cuando niño, en el seno de la familia, demoran tanto en salir a la luz? ¿Será por nuestra necesidad de buscar cierta normalidad dentro de un mundo que no era, que casi nunca fue normal? ¿Será por rehuirle al conflicto? ¿Será por esa cierta vergüenza ajena que llegamos a sentir al ver lo que ha sucedido y lo que está pasando? Por ejemplo, me he dado cuenta que mi padre, el afamado neurocirujano, Juan Fierro, el “macanudo”, “el mejor médico de Chile” -como me aseguró en su día el mecánico de Davis, asombrado con su nuevo descubrimiento, cuando fuimos a reparar nuestro Chevrolet Impala rojo, uno bien aletudo- ese gran médico, parece que no era tan “macanudo” en su propia casa. Esa sensación de grandeza también me la inoculaban ciertos amigos de mis padres, cuando al saludarme me empujaban a un futuro glorioso: “¿Y? ¿Qué piensas seguir, qué piensas estudiar? ¿Serás tan macanudo como tu padre?”

Fue triste, pero nuestro padre, aparentemente tan afamado afuera, el Profesor Extraordinario de Neurocirugía “afuera”, fue poco afamado “adentro”, en su casa, porque en nuestra propia casa casi nunca tuvo el mismo prestigio, sobre todo enfrente a mi madre. Recuerdo cuando niño, cuando mi madre tomaba café en su cama y se pintaba y movía sus cremas adentro de un necessaire celeste que se había traído de un viaje a Europa, me hablaba de su familia y sus grandes apellidos, los Cuevas, los Ossa, los Correa, los Donoso, para repentinamente saltar a la historia de mi padre donde era poco lo que podía agregar, aunque era bien contundente y me caía como un mazazo. Se daba el último toque en una mejilla, se pintaba los labios, y me repetía sin ningún rubor o espanto, como si estuviera probando el agua de un vaso:

-Me casé con un “roto”, tu padre. Por susto a tener hijos tontos, fallados, con problemas genéticos, me casé con él porque en Chile y en nuestra familia todos se casan entre ellos.

¿Y qué hace un niño cuando escucha algo así? ¿Llora? ¿Se enoja? ¿Sale corriendo? No, no ocurre eso, uno simplemente se toca las manos pequeñas, abre los ojos pequeños pero que ya parecen de niño grande y entonces escucha, sigues escuchando y miras a tu alrededor, al necessaire, las cremas y los cepillos y sobre la superficie pareciera que no ocurre nada. Pero entonces llega tu padre al final del día y corres a abrirle la puerta como para decirle que lo quieres, que pese a ser un “roto” lo quieres y lo abrazas. Y apretando esos brazos grandes, enormes, que te regalan seguridad, ahí escondes tu rostro porque el mundo ahí es tibio y sientes que alguien te quiere, que alguien te protege.

Me he dado cuenta que esto que me pasa últimamente con mi familia, encaja perfecto con esta narrativa de mi infancia….. hasta que no quede nada.

2 comentarios en “Hasta que no quede nada II: “me casé con un roto, tu padre.””

  1. ¡ Sorprendente! Quedé Plop, enganchado, qué siga…
    “ME CASÉ CON UN ROTO, TU PADRE.” gran nombre para una teleserie. Conocí y me operé de la columna con el Dr Fierro y soy testigo de su bondad y sabiduría profesional. Felicitaciones, Cristián, estupendo narrador y amigo de toda la vida, Hernáns

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