Viejos que se hablan y se saludan

Febrero 22 2014
Aquí todavía estamos soportando los fríos polares. En la foto de arriba se ve el “jet stream” que podría explicar lo que nos está ocurriendo con el clima. Debido al cambio climático, ese jet stream se hace más ondulado, generando esas lengüetas que suben y bajan, alcanzando así las zonas meridionales. Esa distorsión explicaría la nieve tan al sur que hemos tenido recientemente en USA, alcanzando incluso zonas tan sureñas como Atlanta…. Y para qué decir, Michigan, donde pese a que estamos acostumbrados a los fríos del invierno, nos hemos congelado. Se postula, que cuando las diferencias de temperatura, entre el ártico y las zonas meridionales, disminuye (el ártico lentamente se está calentando) el “jet stream” se hace más ondulado y penetra las zonas meridionales (es decir esas lengüetas frías crecen y se extienden hacia el ecuador). El problema se hace incluso más latente y peligroso porque esa especie de corona que vemos en la foto (el jet stream), rota sobre la tierra, pero rota proporcionalmente a la diferencia en las temperaturas del ártico y las zonas meridionales. Y como ese gap en las temperaturas disminuye (la temperatura en el ártico está subiendo y se acerca a las del trópico) esa “corona” se mueve menos y se estanca; y los que han quedado debajo sufren el calor o el frío. En nuestro caso, en Michigan, esa lengüeta del jet stream se ha quedado detenida sobre nuestras cabezas; por eso el largo invierno y fríos polares. En California ocurre todo lo contrario, es una zona que ahora soporta una de las peores sequías de este siglo…….
Esas son las cosas que tristemente me preocupan y quitan el sueño por ahora. Para aliviarme un poco regresé temporalmente a esos primeros amores de cuentos y relatos breves. Me tropecé gratamente con “Me Alquilo para Soñar,” un cuento de García Márquez que aparece en su colección “Doce Cuentos Peregrinos”. Me gustó sentir como el autor me lleva de la mano y sin titubeos hasta el final del relato. Nada se me hizo cuesta arriba. Una frase seguía a la otra como sujetada por un entramado de ritmo casi tropical en una lectura fácil y entretenida. Me encantó, también, ver como García Márquez introdujo a Neruda describiéndolo de manera gráfica y colorida. Aquí lo copio y lo escribo para disfrutarlo un poco más:
“……Se movía por entre la gente como un elefante invalido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo le parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón.”

Esos viejos que se hablan y saludan en el Northville Crossing

No se si les habrá ocurrido algo parecido, pero muchas veces me pasa que las semanas y meses, incluso las estaciones del verano y los inviernos, se me consumen como si fueran miserables días de horas restringidas, como en la vida de una mosca. Y así fue que hoy por la mañana, tratando de parar y detener esa vorágine de acontecimientos, fechas y obligaciones, me fui a tomar un desayuno reposado y tranquilo a un restorán olvidado, el Northville Crossing-Home Coking, ubicado a pocas cuadras de la casa, al lado de la línea del tren y vecino a una lavandería de autos. Me gusta porque los parroquianos entran y se saludan como si fueran vecinos o parientes cercanos. Se tutean y se conocen los nombres como si fueran miembros de un club de mucha tradición. Entro como el único forastero que no ha sido formalmente invitado –algo que ocurre más a menudo de lo deseado- para sentarme en una mesa, al lado de una ventana con persianas de plástico. Se acerca una señora de edad que me atiende con una cuadernillo de papel arrugado donde lo anota todo. Le pido dos huevos fritos, mientras recuerdo a nuestra hija, Sofía, que cuando niña jugaba a dárselas de mesonera con una libretita parecida, y donde tomaba notas con un lapicero tan grande como su mano.
-¿Y cómo los quiere?
-Frito por los dos lados, con torrejas de corned beef y tostadas con mantequilla.
-¿Coffee?
-Yes, coffee, please.
Mientras tanto llegan más parroquianos con sus periódicos del día, sus bultos, a leer, a conversar y claro, a tomar su desayuno. Se sacuden ruidosamente la nieve de sus abrigos y comentan las inclemencias del tiempo y el frío, antes de sentarse a la mesa. Lo complicado es que cuando se sientan, conversan muy despacio y cuesta escuchar lo que se hablan; pero en sus gestos noto que muchas veces son sabrosos comentarios sobre algunos amigos y familiares. Ella le dice algo bien seria y él, mientras prueba el café, escucha y se queda quietecito. Al poco rato, cuando ya ha dejado la taza sobre el plato, le contesta, pero con algo de resignación y espera. Desde un parlante embutido en el cielo se escucha una radioemisora, pero también muy quieta, y simplemente se mezcla con el ruido del lavado de platos que llega de la cocinería. Los comensales se pasan el periódico unos a otros. Una vecina de jeans y polera blanca se levanta y le ofrece el suplemento del sábado a un conocido que acaba de llegar, y a quien saluda de nombre: John. John se sienta, acepta el periódico y le pide a la camarera de edad que le traiga “lo de siempre”.
Me levanto de la mesa para cancelar mi desayuno y ahí arranca la conversa. Me siento como invitado a un gran banquete, finalmente aceptado. Antes de pasarme la cuenta me pregunta por mi nombre. Cristián, le contesto. Y usted, ¿de donde es? De Chile, le contesto. Claro, como no , un país bien largo, me repite. Y sin darnos cuenta, empezamos a conversar largo y tendido. Vemos pasar a los clientes, desfile de nuevos parroquianos, pero seguimos inmutablemente involucrados con nuestras preguntas y respuestas. Y no lo van a creer, pero como ocurre en los relatos malos, tontos, de coincidencias fáciles –pero este no es un relato, así que todo está permitido-, me contó que su madre había trabajado para “Paulo Nerruda”, cuando este había estado a cargo del consulado chileno en Rangún. Por eso conocía mucho de Chile; pero a su mamá no le cayó nunca bien, “Nerruda,” lo consideraba un glotón. Notamos que a veces oscurecía, pero pronto aclaraba y salía nuevamente el sol. Se nos ocurrió que a lo mejor habíamos estado conversando por semanas, pero no nos sentíamos cansados. A veces, al interrumpir la conversación, notábamos que ya nadie entraba sacudiéndose la nieve.
Al salir a la calle, un calor de verano me abofeteó el rostro. Al instante me suena el celular. Es Pilar, la Pili que perentoriamente me dice que me apure, Camila y Sofía ya están por llegar en una visita de verano……. nuevamente se me había comprimido el tiempo como en la vida de una mosca.

Febrero 22 14
¡Felicitaciones a nuestro sobrino, Fernando, que acaba de ser papi!

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