La influencia de Cambalache en nuestra vida

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé

En el quinientos diez, y en el dos mil también

Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos

Contentos y amargados, valores y dobles

A mi padre le gustaba escuchar Cambalache, ese tango compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo y que interpretó tan bien Carlos Gardel. Recuerdo que en una de mis últimas visitas a Chile, mi padre me invitó a escucharlo en su cuarto. Se tendió sobre su cama y me invitó también a hacer lo mismo, a tenderme sobre su cama. Tenía una colcha verde a los pies y unos diarios sueltos que el retiró prontamente.  Pero no acepté su invitación y me senté en un sofá o una silla que tenía a los pies de su cama. No tengo claro por qué no me tendí en su cama para escuchar la melodía que después de un clic escuchamos en su casete de plastico amarilla. Pronto miró  hacia el techo mientras movía sus manos dibujando el ritmo sobre su pecho. La canción me gustó; la conocía, pero al terminar de escucharla no le respondí con entusiasmo, o no le dije mucho; él todavía era mi padre y lo traté como tal. Él entonces, se levantó de su cama, apagó el casete con otro clic, mientras me decía: “no, tú todavía no estás listo.” Y nos fuimos a ver la vista del gran Santiago desde los ventanales de su departamento. Corría viento, y había un sol tibio que alegraba en algo la ocasión. La ciudad la vimos grande, casi eterna.

Lo curioso es que ahora, que han pasado los años, me gusta escuchar Cambalache. Y siento que ahora estoy preparado, que estoy listo, pero mi padre ya no está a mi lado, ya no está tendido sobre su cama para poder escucharla juntos….