El laberinto del azar

Voy en mi auto.  Manejo sin compañía, solitario. Deseo detenerme en la librería Barnes and Noble para hojear un libro de Édouard Louis, un escritor francés que, como un buen amigo, me está gustando. El día lo veo tranquilo, nada inusual en el horizonte. Pilar fue a conseguirse unas plantas nativas, pero antes de salir me pidió que comprara leche. Al poco rato salgo hacia el supermercado, pero con la idea de visitar la librería.

Llego al estacionamiento de Barnes & Noble, y desde mi auto veo entrar a un grupo de escolares chacoteros que se empujan y se ríen. Como me ha sucedido en ocasiones anteriores, titubeo, dudo, cambio de opinión, porque algo me dice que mejor no vaya, y me decido a no entrar. Siento que al hacer algo inesperado, elegido a último minuto, sin un plan determinado, le tuerzo la mano a alguien, y evito un resultado trágico. Siento que al cambiar de planes me libero, esquivo un desastre, evito una bala loca que me podría haber reventado al tocar con la punta de mis pies la entrada de la librería. O a lo mejor prevengo que un jeep fuera de control, me atropellara antes de tocar la acera, a pocos pasos del libro que pensaba hojear. Al poco rato, protegido y todavía adentro de mi auto, miro hacia la librería y me convenzo que he evitado una desgracia, seguro que me he salvado, me repito. Sujeto el manubrio entre mis manos y respiro profundo, tranquilo, y comienzo mi regreso a casa; no me ha ocurrido nada tremendo.

En otras oportunidades, al regresar a casa, escojo una autopista rápida, la M-14, y divago en cómo cambiaría todo si me hubiese decidido por una recorrido más engorroso, rural, y casi sin pensarlo tomo la primera exit que me aleja de la autopista. Me demoraré en llegar a casa, pienso, pero llegaré tranquilo. Al tomar esas decisiones, siento que reordeno el puzle, que confundo una sección importante del futuro, que rompo un código que ya se me hacía realidad como el café caliente que ahora estoy probando, o como el cuaderno de tapas negras  que tengo al frente, donde tomo notas para cumplir con la tarea del Taller que nos encomendó Miguel de Loyola en el Zoom que tuvimos a comienzos de semana. En otras oportunidades, cuando entro a un supermercado para comprar un galón de leche, decido no hacerlo, decido que no lo necesito, y arranco como si hubiese intentado algo prohibido; estaba pronto a pagar pero no lo hago, lo dejo todo ahí tirado, a un costado de la caja, y corro hacia la calle, salto, escapo convencido de que me he librado de algo malo, doloroso, incluso trágico.

Afuera, aquí en Plymouth, Michigan, ahora llueve; llueve como esas lluvias tristes que conocí en el Chile de ese entonces. Por unos momentos estuvimos sin luz después de una tempestad de rayos y agua que nos dejó sin energía. Es una buena oportunidad para recordar, para hacer memoria y pensar en los amigos. Siempre pienso en Peter. Peter el compañero de oficina en nuestros tiempos de estudiantes, Peter el buen amigo, el que siempre tuvo tiempo para conversar sobre electroquímica, o sobre lo que estábamos haciendo en el laboratorio de Ernest Yeager.

Pronto pasarían los meses, los años, defenderíamos nuestras respectivas Tesis para salir a ganarnos la vida con un trabajo de verdad. Se terminaba el juego, se terminaban los horarios desparramados sobre el laboratorio y nuestras comidas con amigos. Recuerdo que en esos años, se abrió una posición en nuestra empresa que le mencioné por teléfono. Peter había abandonado su trabajo académico en la universidad de Kentucky y deseaba enmendar rumbos, cambiar.  Sin demora presentó sus antecedentes, lo entrevistaron, le llegó la oferta y aceptó el trabajo. Al poco tiempo ya se había mudado con su familia a Rochester Hills, en Michigan. Anduvo bien por unos meses, hasta que sufrió un accidente donde casi pierde la vida. Nunca me contó cómo había ocurrido, cómo lo habían chocado de costado en una intersección de mucho tráfico. Siempre sentí curiosidad por conocer esos detalles, sobre cómo lo habían chocado. Pensé que a lo mejor si esa tarde, se hubiese detenido a revisar su celular antes de subirse al auto, o si hubiese ido a comprar algo, un galón de leche descremada, no le habría ocurrido nada malo. También pensé en la otra posibilidad que me dolía más: si yo no lo hubiese alertado sobre la oportunidad que se había presentado en mi compañía, Peter no se habría enterado, no se habría mudado a Michigan, y no habría sufrido ningún accidente de consecuencias trágicas.

Menciono que casi muere porque sobrevivió, pero meses después le vino un ataque al corazón del cual apenas logró salir adelante. Desde ese momento tuvo que cuidarse, pero lo hizo mal.

Con los años los dos cambiamos de trabajo, pero hablábamos con regularidad, y ahora que releo su último e-mail me asalta la nostalgia y una especie de fatalidad dolorosa, irreversible. Recuerdo que lo escuché entre sorprendido y admirado. Cómo era posible que mi amigo, bien entrado en el último tercio de su vida, con una salud requebrantada, respirara tan hondo ese aire del mañana y sus posibilidades. Semanas antes me había mandado ese e-mail donde entusiasmado me hablaba de sus planes, sus viajes, sus presentaciones técnicas. Pese a que ya se le habían caído encima los años, hablaba del futuro con el entusiasmo de siempre, y mencionaba las oportunidades que lograba descubrir, y era ahí que regresaba, que volvíamos al laboratorio de otros tiempos, cuando éramos estudiantes en la universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, donde las ecuaciones y los números mostraban las posibilidades, los sueños que estaban al alcance de una mano; solo faltaba una conversación adicional, un encuentro más, otra cerveza, una cerveza compartida en el mesón de la cocina y ahí está. ¿Lo recuerdas, Peter? Esa tarde habías llegado luciendo un par de calcetines de colores diferentes, deshermanados, que Pilar notó de inmediato. Lindo los calcetines, parece que te dijo. Agachaste la cabeza, te los miraste por unos segundos sin decir una palabra, y le dijiste, sonriendo, que en tu departamento tenías otro par idéntico. Reímos juntos.  

Pero esta vez, hace pocos meses,  te escuché asombrado. Recuerdo que te dije que ya me escaseaba el entusiasmo de esos años, cuando éramos estudiantes en el grupo de Yeager. Necesito chantarme, quiero leer, escribir recuerdos, aprovechar la vida que me queda, parece que te dije. Luego me callé y dejé que hablaras -salpicabas tanto fervor en sus palabras- pero al rato  sentí susto y te interrumpí para decirle, Peter, detente, acaso no sabes que te vas a morir. Te lo dije al intuir que ya no podíamos cambiar, esa idea de intentar algo inoportuno se nos había evaporado, se nos había pasado ese momento como para intentar algo distinto, se había ido el cortocircuito que lo podría haber cambiado todo. Largaste una fuerte carcajada que remataste para hablar de libros. Me confidenciaste  que yo estaba leyendo demasiado, muchos libros de García Márquez, Fierro. Es cierto, te dije, pero te insistí: ¿acaso no lo sabes, no sabes que te vas a morir? Me colgaste el teléfono mientras todavía te reías, mientras todavía trataba de entender mi pesimismo.

Esa noche le conté a Pilar que Peter se moría, que estaba trabajando mucho, demasiado, y que con ese sobrepeso a lo mejor sería un ataque al corazón, y sobre el cemento duro y frío de un estacionamiento, quizás en un aeropuerto, en Washington DC, le dije.

Pocas semanas después mi amigo Peter partiría sin anuncio, de mañana, sobre una cama blanda, cuando todos van apurados hacia el trabajo. Los médicos no pudieron hacer mucho. Fue Rada quien me llamó angustiada, casi con rabia, rebeldía. Murió Peter me gritó entre llantos por la línea, entre sustos y silencios. Murió Peter. No, no fue un ataque al corazón, fue un paro cardíaco, que es distinto, un paro cardíaco, ¿me entiendes? Ocurrió hoy por la mañana, en casa. Por suerte estábamos Ana y yo juntas, ¿me entiendes? Pero tengo que cortar para llamar a otra gente, a otros amigos. Ahora tengo que ser fuerte, tengo que ser dura, ¿me entiendes?

La entendí. A Peter lo enterrarían a los pocos días. Fue todo tan rápido que no pude ir a su despedida, pero Peter siempre me acompaña, siempre está conmigo probando una cerveza, o hablando sobre lo que se puede o no puede hacer en un laboratorio.

Intento continuar con la escritura, con la tarea que nos encomendó Miguel, pero me tranco, me cuesta trabajo continuar. Intuyo que debo terminar este relato ahora mismo, me invade la tremenda certeza de dejarlo a un lado, no debo continuar. Siento -como si mi vida dependiera de ello- que debo levantarme de mi asiento para huir, correr, y a lo mejor hojear el libro de Édouard Louis que buscaba antes.

Escucho que Pilar se queja porque se nos acabó la leche. Estoy vivo, continúo con vida, le alcanzo a repetir mientras me toco las manos. Nuestra perra ladra. Está contenta.

7 comentarios en “El laberinto del azar”

  1. Me encantó el relato , de principio a fin. La explicación de por qué evitas los imprevistos y como derivas a tu amigo Peter y el último imprevisto. Lo encontré redondo. Un abrazo.

  2. Muy oportuno tu relato…coincidente con la muerte de Milan Kundera. «El laberinto del azar» también podría ser el título de ese texto llamado «La insoportable levedad del ser».
    La vida podría haber continuado sin ese automóvil que en zona de curvas mostró sus luces demasiado tarde!

    1. Gracias por leerlo, Alberto! Ahora que me «aviejo» me acuerdo de nuestro padre, que cuando pensaba en el futuro -al menos yo lo notaba así- la sombra de la muerte, o la fragilidad de nuestra existencia siempre estaba presente, siempre salía a colación. Yo muy joven, es decir todavía inmortal, rebosante de vida y energía, lo escuchaba como algo que me llegaba de un viejito en mal estado. Ahora noto que se me está cerrando el círculo, y pese a que ya no nos acompaña, lo escucho mejor…..

      Habría sido lindo compartir un almuerzo imposible, donde los dos sentados en una misma mesa y teniendo la misma edad, conversáramos de tantas cosas que no pudimos conversar……

      Un abrazo

Deja un comentario