Autoficción 46: Te vas a morir allá, mijito

En la siguiente carta mi padre siente algo de optimismo por la evolución política chilena en esos años, en el 87:

 

“…..hace tiempo que no les escribo y trataré de darles más noticias. Acá las cosas políticas siguen fundamentalmente igual pero con algunas esperanzas derivadas de la dictación de algunas leyes políticas, inscripción electoral, circulación del diario La Época, levantamiento del Estado de Sitio, viaje del Papa, etc., puedan producir algunos próximos cambios favorables a mediano plazo…”

 

Comenta nuevamente sobre una ecografía de mi madre que también acarreó noticias optimistas. Seguía viva y aparentemente sin el cáncer, ese convidado de piedra que no la abandonaría nunca, solapadamente estaría siempre ahí; pero lo vigilaban, lo espiaban tratando siempre de sacarle las máscaras con una ecografía, con un examen de sangre, o una visita al médico:

 

“…estamos muy contentos porque la mamá, como saben, se hizo la ecografía y fue absolutamente normal y ya está pensando en la posibilidad de viajar a mediados de año….”

 

Después, mi querido padre le pasa revista a su familia indicando los distintos caminos que va tomando cada uno. Es un inventario que repetirá en prácticamente cada una de sus cartas, donde nos cuenta que mi hermano menor, “Álvaro, está próximo a hacer funcionar una empresa constructora…” O que mi otro hermano, Gonzalo, “como ya te lo dijimos fue contratado por la Unicef”. O que mi hermana, Mónica, “y Pato siguen en Europa y este mes han ido a España y han recorrido Barcelona y el norte de la península.”

A mis padres, la función del abuelo les resultaba ambivalente; por un lado les gustaba ver como se replicaba la familia, la familia de ellos, y tomaban nota al ver como ganaba nuevos espacios y como se renovaba, pero por el otro lado, creo, le temían mucho al título de “abuelo”, ese que los podía hacer sentirse viejos, pasados, irrelevantes, fuera de época. Todos tenemos nuestras taras, pero creo que en mis padres esa fue una especialmente notoria, acentuada. Cuenta que:

 

“….en este último tiempo los fines de semana con la mamá hemos ido fuera de Stgo., una vez fuimos a las Termas de Cauquenes, otro al Hotel Miramar y otra vez fuimos a las Termas de Jahuel. A esta última fuimos con los niños mayores de Alberto, Fernando y Juan Cristóbal. Ellos lo pasaron regio y nosotros quedamos agotados…”

 

Mis padres le tenían terror a ser catalogados como viejos lesos. Le tenían susto al deterioro mental, a que los clasificaran como seres periféricos, y quizás, en particular mi padre, temor a que los pacientes lo sintieran incapaz de ejercer la medicina y verse forzado a cederle el turno a otro; algo que finalmente hizo, pero a regañadientes, a destiempo, a empujones y caídas -grandes caídas- y bastante tarde. Qué lástima que mi padre no haya escrito sobre eso, no haya contado más de su vida cuando ya era un veterano frágil.

 

La viuda de mi querido amigo Ignacio Carrión en un comentario a la nota anterior toca con el dedo un tema bien peludo, complicado, difícil. Menciona a mi madre cuando ella escribió en una de sus cartas que “escandaliza vivir las diferencias con indiferencia.” María Jesús (Chus) comenta con bastante razón que “me ha interesado esa frase porque no sé si se escandaliza de ella misma o del resto.” Difícil saberlo, querida Chus, no lo sé. Pero en mi casa de ese entonces éramos buenos para hablar así, a lo mejor lo hacíamos para sentirnos mejor, al margen de todo lo que sucedía, un poco como seres intocables; porque la verdad es que no teníamos soluciones, íbamos aprendiendo a medida que ocurrían y se desencadenaban los hechos. ¿No es así como aprendemos? Y creo que la desigualdad es un tema vigente y muy actual, porque las diferencias han aumentado con los años, y todos siguen fracasando, uno detrás de otro, como esos búfalos cuando caen al despeñadero, al proponer sus respectivas soluciones.

Finalmente mi padre menciona nuestra casa en el balneario de Algarrobo, una casa que con sus arreglos y caídas creo que terminó reflejando el estado de ánimo adentro de nuestra familia por los distintos períodos en que navegábamos. Hace poco de inundó con los excrementos nauseabundos de la ciudad entera, al florecer estos por un escusado que estaba situado a bajo nivel. Esa casa ha sido como un termómetro de la familia. Me acuerdo de su chimenea, con unos leños húmedos y difíciles de quemar. Y las piedras moteadas que seguían irradiando calor por varias horas, hasta la madrugada, y cuando ya todos se iban a dormir. El aire de esa zona era diferente, lo mismo los montes, o el color de las arcillas, y como crujían bajo la suela del zapato.

 

 

Santiago, Marzo 24 de 1987

Queridos Cristián y Pilar

Hace tiempo que no les escribo y trataré de darles más noticias. Acá las cosas políticas siguen fundamentalmente igual pero con algunas esperanzas derivadas de la dictación de algunas leyes políticas, inscripción electoral, circulación del diario La Época, levantamiento del Estado de Sitio, viaje del Papa, etc., puedan producir algunos próximos cambios favorables a mediano plazo.

Estamos muy contentos porque la mamá, como saben, se hizo la ecografía y fue absolutamente normal y ya está pensando en la posibilidad de viajar a mediados de año. Al respecto, Jorge Ovalle, compañero de Alberto que vive en USA y que tú lo debes conocer por el apodo del “Pollo Ovalle” ha venido con un pasaje New York-Santiago-New York en Lan Chile que le cuesta algo más de US$600. Igualmente le resulta extraordinariamente barato ir de USA a Europa. La empresa que vende estos pasajes es Cóndor Travell. Llamada libre 1 800-4236686. Fono: 212-8899584. Dirección: Manhattan 501 5ª Avenida, Suite 115 New York 10117.

Álvaro (hermano menor) está próximo a hacer funcionar una empresa constructora que se dedicará en el primer tiempo a hacer viviendas sociales. La empresa está formada por el 98% de él y el 2% mío. Álvaro es bastante disciplinado, piensa bastante las cosas, es trabajador y creo le irá bien.

La Mónica (hermana) y Pato siguen en Europa y este mes han ido a España y han recorrido Barcelona y el norte de la península. En estos días están en Barcelona estudiando la arquitectura de Gaudi.

Gonzalo (hermano que actualmente vive en Canadá), como ya te lo dijimos fue contratado por la Unicef y gana aproximadamente $250.000 libres; además del seguro de enfermedad, etc. En estos días anda en Buenos Aires haciendo una auditoría de la Unicef en Argentina. Está muy contento y es probable que vaya a hacer una estadía en New York.

Alberto está trabajando muy bien en su departamento de diálisis y le va muy bien tanto desde el punto de vista económico como médico.

Respecto a ti, estamos felices que continúes como investigador en la universidad; cualquier contrato que tuvieras en la industria ahora sería afuera de Cleveland, lo que significaría que ustedes vivieran separados, y que el mayor sueldo se les iría en gastos de viajar de una a otra ciudad. Lo importante es que aunque tengan que gastar trata de conseguir la visa de residente que es la única que da seguridad para trabajar.

Deseamos que Pilar logre su doctorado cuanto antes y así ustedes, sin separarse, podrán decidir lo que más les guste y les convenga.

Aquí está empezando a cambiar el tiempo , y empiezan a aparecer los primeros días nublados.

Nosotros antes de la llegada del invierno hicimos arreglar el techo de Algarrobo a fin de evitar que la casa se llueva. Además hemos aprovechado para hacer otros pequeños arreglos para que la casa no se arruine.

En este último tiempo y durante los fines de semana, con la mamá hemos ido fuera de Stgo., una vez fuimos a las Termas de Cauquenes, otro al Hotel Miramar y otra vez fuimos a las Termas de Jahuel. A esta última fuimos con los niños mayores de Alberto, Fernando y Juan Cristóbal. Ellos lo pasaron regio y nosotros quedamos agotados.

No te pongas flojo para escribir; echamos mucho de menos tus cartas, siempre tan interesantes. Las últimas tarjetas de Pilar y tuyas han sido muy informativas y se las agradecemos mucho.

Reciban tú y Pilar un cariñoso abrazo y beso de la mamá, los hermanos y mío.

Juan

 

Y aquí viene una carta de Anita, en ese entones la esposa de mi hermano Gonzalo, pero hoy desgraciadamente fallecida después de un cáncer fulminante. No sé por qué ocurre así, pero es parecido a lo que me ocurre con las cartas de mi padre, donde al leerla escucho hablar a Anita, incluso hasta se ríe. Es increíble la fuerza que tiene la memoria, aunque sea parcial, repleta de pifias, selectiva, y quizás un poco arrogante al engañarnos y hacernos creer que somos capaces de recordar tantas cosas. En esos años ella estaba recién empezando su familia:

 

 

27-3-87

Queridos Pilar y Cristián

Disculpen la hoja pero no tenía de carta.

Por fin tengo una foto de Catalina para mandarles. Es súper linda, tiene la carita bien fina y la nariz respingada. Yo creo que va a ser colorida y pecosa.

A la Godita la metí al jardín, pero fue una semana y se resfrió con fiebre y por supuesto que nos contagió a todos. Hasta la Catalina todavía está con antibióticos por una otitis.

Gonzalo está en Buenos Aires hace como diez días. Creo que vuelve el martes y sino tendrá que ser hasta el jueves porque el miércoles está cerrado el aeropuerto por la llegada del Papa.

Les cuento que mañana se va mi empleada. Ya llamé a dos agencias y estoy esperando que me manden alguna.

Aquí ya está llegando el otoño, y en la noche hace bastante frío. Hace unos días hubo una tempestad eléctrica que llegaba a bajar la luz con los rayos.

Ojalá se hagan de un tiempito y nos escriban novedades de ustedes, planes, etc.

Abrazos con mucho cariño

Godita, Catalina y Anita

 

 

Y aquí me despido con el relato-experimento que empecé en la nota anterior. Lo titulé FECHA DE VENCIMIENTO:

 

FECHA DE VENCIMIENTO

 

Todo comenzó cuando pasaron a dejar unos panfletos naranjos en el buzón de entrada en nuestra casa de aquí en Michigan, y donde explicaban el test que me ofrecían. Nuestro perro, el Copo, ladraba como si nos fueran a asaltar, o como si fuéramos a perder algo. Salí corriendo a la calle y saqué el papelito del buzón, mientras veía como se retiraba una camioneta que también era de color naranja y con un chofer que hacía señas con las manos, y que se reía, estaba muerto de la risa. Parece que se hacían señas con mi vecino que también sonreía como celebrando el espectáculo. En el panfleto me explicaban en detalles de qué se trataba el ofrecimiento. Es un test donde me invitaban a donar un poco de sangre para realizar unos perfiles bioquímicos y genéticos. Después de firmar unos papeles y basados en los resultados del análisis, me visitarían nuevamente para explicarme los detalles, y predecirme con bastante certeza, según ellos, con un error de tan solo un año, mi “fecha de caducidad”, mi “fecha de vencimiento”, es decir la fecha en que me iba a morir. Explican que la medicina ya ha progresado mucho, y que ha llegado la hora de utilizarla para el beneficio de todos, leía en el papel. Los accidentes, eso sí, no se pueden predecir, de manera que nada de eso se consideraba en el contrato.

Siempre me asombran estos gringos, la facilidad que demuestran para inventar negocios, nuevos trucos, y como le dan un barniz azucarado a las peores noticias, las más tristes. Cuando me echaron del trabajo, por ejemplo, y cerraron mi planta piloto, me indicaron que esa era simplemente “una restructuración,” pero una restructuración donde cortaron en pedazos los reactores, los tanques, todos los equipos.

…….pero volvamos a la casa. Cuando se fue el tipo de la camioneta naranja, la Pili, que recién llegaba del trabajo, me preguntó asustada si acaso yo había firmado. ¿Firmaste?, me gritó sobresaltada, ¿firmaste? Le aseguré que todavía no, pero que siempre me ha intrigado poder conocer eso. ¿Qué?, me preguntó, aterrada, ¿conocer qué? El término de mi vida, le grité. Ahí se aterrorizó mucho más y me dijo que por qué me daba por hablar de eso, de mi muerte, o de la muerte de todos, en general, que ya estaba cansada de escucharme, y me dijo que cómo les creía, que ella había escuchado que cuando llegaba la fecha, y si todavía el cliente no ha caducado, si todavía no te has muerto, Cristián (y la pobre ya casi lloraba) te golpean la puerta otros tipos que te hacen otro examen. Y ahí el Copo nuevamente se puso a ladrar como si nos estuvieran robando algo……

 

 

Corrí a buscar la correa del Copo para salir a caminar por el vecindario. La verdad es que el pobre Copo goza olfateando el camino, o las piedras meadas por otros perros, y creo que a nosotros, sobre todo a mí, me relaja, me calma los nervios. En la Universidad de Michigan, por ejemplo, donde trabaja la Pili, en los períodos de exámenes llegan los vecinos con perros regalones para que los estudiantes los acaricien y se calmen. Así que sin hablarle a Pilar saqué al Copo sin despedirme de ella, y sin invitarla a salir juntos, evitando toda discusión. Afuera se notaba que la primavera estaba en retirada porque de inmediato me atacó el tufo húmedo del verano que aquí en Michigan ya reventó con mucha fuerza. El vecino que antes apenas me hablaba, el mismo que se congraciaba con el chofer del auto naranjo, salió de su casa para saludarme afectuosamente. No podía creerle esa amabilidad tan repentina, pero se me aclaró bruscamente cuando levantando las cejas, y mientras le daba una galletita al Copo, me confesó dichoso:

 

-¡Ahora ya somos hermanos!

 

Así de simple, y me lo dijo sin agregar nada más. No necesitaba aclaraciones.

 

-¿Y usted firmó? -le pregunté.

 

-Tiempo atrás. La mejor decisión que he tomado en mi vida –agregó- el mío será un cáncer al pulmón bastante rápido, fulminante. Lo curioso, y para que usted vea lo relativo que es el tiempo, cuando me dieron fecha, ese espacio que te va quedando después de una noticia como esa, se te hace eterno y se te estira como un chicle. Una noticia así te cambia la vida y la percepción del tiempo. Al principio me dio mucha rabia, pero ya se me quitó. Me iba retirando cuando me gritó:

 

-Yo fui el que le conté al chofer que ustedes todavía no habían recibido nada –y me lo dijo riéndose, como si me contara una diablura- siempre andan buscando gente nueva -remató.

 

No quise conversar más con mi vecino, sentí rabia. De manera que mientras el Copo olfateaba una roca gris, cerca a la puerta del garaje de entrada, aproveché para correrme. Y caminamos hacia abajo, hacia el sur, donde a poco andar nos topamos con el Dick que se notaba feliz al saludarnos; estaba dichoso, siempre espera al Copo para conversar con el. Al parecer se había enterado de algo porque no le hablaba solamente al Copo, y se abrió más que de costumbre a conversar conmigo. Me comentó que nunca había sido tan feliz como después de “conocer su fecha”. Desde que la supo, unos meses atrás, y cuando le dieron dos años de vida, dice que ya ni siquiera hace esfuerzos por dejar el cigarrillo. Los disfruta, me dice, complacido, muerto de la risa. Me explicó que si uno firma, ya no tiene que pagar impuestos y ellos, el gobierno, carga con los gastos una vez que se terminan los ahorros. El gobierno está fomentando ese sistema porque así logran manejar mejor las estadísticas, y examinan los datos de la población con más seguridad, conocen con mayor certeza cuando incentivar la natalidad o cuando frenarla, por ejemplo. Es algo importante para los pensionados del futuro, me dice. Y todo eso me lo cuenta como si fuese un entendido, mientras fuma y chupa un cigarrillo, uno detrás de otro.

 

Cuando paseo con el Copo, no solo hago ejercicio, pero también aprendo sobre la vida de este barrio. No sabía que eran tantos los que ya han firmado. Y al caminar vuelan las imágenes. A veces me acuerdo de una playa grande, en Chile, cerca de la casa de Algarrobo, o de esas lluvias tristes de Santiago, o de mi padre, cuando ya estaba viejo y solitario. La última vez que lo vi en su cuarto de enfermo, por ejemplo, antes de que falleciera, estaba en cama y parecía aburrido de la vida, aburrido de los tangos, del debate público y de las noticias que le entregaban los periódicos del día. Recuerdo que probó un poco de jugo de fruta, de naranjas, dejó el vaso casi vacío sobre el velador, y mientras todavía saboreaba el trago, me miró fijamente y me confesó casi sin motivo alguno, pero con algo de molestia, que al final me moriría en los Estados Unidos:

 

-Te vas a morir allá, mijito.

 

Terminaba mis secundarias y le pedí a mi padre un cerebro de verdad para mostrarlo en clase de biología. Creí que no me iba a escuchar, él fue siempre muy reservado y reticente, cuidadoso en esos territorios, pero a los pocos días me sorprendió al llegar a casa con un cerebro enorme, pesado y con olor a formalina, adentro de un tarro de latón. No me atreví a preguntarle de donde lo había sacado, quién era su dueño o cuando había muerto (su “fecha de vencimiento”), o cómo había muerto. Y la verdad es que nunca me atreví a llevarlo a clases y mi padre tampoco me preguntó nada; a lo mejor se le olvidó. En todo caso recuerdo con una certeza dolorosa cómo terminó el cerebro, porque yo mismo abrí la tapa del escusado, en el baño de la empleada, a un costado del garaje en nuestra casa de Santiago y tiré de la cadena sin pensarlo mucho. Con gran alivio comprobé como el cerebro se hundía en el agua, desaparecía en pocos segundos como una burbuja de goma, y se iba, se despedía sin taponar ese desagüe. Bajé la tapa del retrete y me retiré corriendo.

¿Por qué usé el baño de empleada, el de la Guille y no el mío? No lo sé. ¿Por qué nunca se lo conté a la Guille? No lo sé. ¿Por qué nunca se lo conté a nadie? No lo sé….

 

Continuará

4 comentarios en “Autoficción 46: Te vas a morir allá, mijito”

  1. Gracias, querido amigo. Tú no tienes muchos “pelos en la lengua”…..y has dedicado una vida a esto de la “escribidura” …..así que por un ratito, bajaré mis defensas y te voy a creer. Un fuerte abrazo que va desde Michigan a Chile!
    Cristian

  2. Cosas de nuerocirujanos … no sabia que ese cerebro el papá te lo trajera a ti … siempre quise saber por qué llegó así … en un tarro de pintura.
    Increíble que el cerebro de una persona – de un ser humano – pueda terminar como terminó ése. Creo que nadie es capaz de imaginar ese fin (en un tarro de pintura y finalmente en el wc del baño de la empleada de la casa y luego la alcantarilla) como el fin para los restos de un ser humano … pero sucede … y sin mala intención.

    Antes (o quizás después? ) tuvimos uno que estaba cortado como un “bistec” y guardado en un especie de “acuario” con formalina… ideal para conocer su anatomía … creo que tenía un tumor … estaba en el hall de entrada… también desapareció … no supe cómo.

    Me recuerda las calaveras que los cirujanos del hospital ocupaban como ceniceros en sus consultas.

    Cosas de neurocirujanos

    1. Que bueno que te acuerdes, Álvaro, de ese cerebro! Ha pasado tanto tiempo que uno ya no sabe si todo eso fue verdad, si ocurrió así o no. Y claro, estaba en un tarro de latón, como tarro de pintura….

      Los horrores que uno a veces comete, o hace, o forma parte…..

      Un abrazo grande desde Michigan y gracias por acordarte, por no quitarle “el poto a la jeringa”…

      Cristian

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